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El Catoblepas, número 108, febrero 2011
  El Catoblepasnúmero 108 • febrero 2011 • página 3
Guía de Perplejos

Fraudes

Alfonso Fernández Tresguerres

Falsificaciones e imposturas

Van Meegeren pintando en su celda Jesús entre los doctores, de Vermeer

Dicen algunos que un fraude es un engaño interesado. Pero, ¿cuál hay que no lo sea? ¿Qué sentido tendría hablar de un engaño desinteresado? Todo engaño, como toda mentira, en general, persigue siempre un interés. Y así como una mentira no es, sin más, un engaño, a menos que alcance su propósito que no es otro, en efecto, que engañar, sólo cabe decir que se ha producido un fraude cuando aquél a quien se ha hecho objeto del mismo ha sido, ciertamente, engañado. Puede haber mentira aunque no exista engaño ni fraude, porque éstos no son una simple mentira, sino una mentira que ha logrado su objetivo, es decir, una mentira exitosa.

Ocurre entonces que sólo podemos sentirnos realmente defraudados por algo o por alguien cuando, acaso paradójicamente, ya no somos víctimas de fraude alguno; cuando, descubiertos el engaño o el fraude, nos hemos desengañado o defraudado. Porque es indudable que únicamente puede defraudarnos alguien que previamente –no importa, desde luego, por cuánto tiempo– nos ha hecho creer en lo veraz de una realidad fraudulenta. Que se diga, entonces, que alguien nos ha defraudado, nos es más que una forma de hablar, porque, en sentido estricto, somos nosotros quienes nos defraudamos, y lo hacemos, justamente, al descubrir el fraude, mas no quien nos hizo víctima de él, pues para ello sería menester que confesara haberlo hecho, cuando es así que sucede, al contrario, que muy probablemente su deseo sería que continuáramos ignorantes de esa realidad fraudulenta; del igual modo que no nos desengaña quien nos engañó –y que desearía continuar haciéndolo–, sino que nosotros mismos nos desengañamos al saber que hemos sido engañados.

Tal vez por esto decía Bierce que el fraude es una lección de experiencia que se da a los incautos. Muy cierto: y para aprender la lección es preciso poseer la suficiente lucidez como para salir del engaño, es decir, para defraudarse. Ahora bien, si además de incautos somos tontos, el asunto ya no tiene remedio.

Pero el interés es algo que se da por supuesto en el embaucador –sea del tipo que sea–, y nada significativo añade al concepto de fraude mismo: resulta sencillamente absurdo imaginar un fraude o un engaño desinteresados, o, para el caso, una mentira que no persiga interés alguno. E incluso diría más: las causas finales aristotélicas, que la modernidad ha hecho muy bien en desterrar del ámbito de la ciencia, creo que se hallan plenamente operantes en el de la acción. Yo, al menos, no logro imaginar una actividad humana (o animal, me parece a mí) que no se despliegue en vistas a alguna finalidad, aunque tal vez el grado en que ésta se haga consciente al individuo pueda resultar más o menos variable. Y ninguna exageración hay en afirmar que dicha finalidad es siempre interesada, es decir, busca siempre el logro de algún interés (interés que puede ser, qué duda cabe, noble o innoble, lícito o perverso…, ésa es otra cuestión).

Decía san Agustín que las cosas, en tanto que son, son siempre verdaderas:

verum est id quod est
[«la verdad es lo que es», Soliloquios, II. V.]

Y no parece hallarse descaminado. En efecto: ¿cómo podría decirse de algo que es que es falso? En tanto que es tiene su propia realidad, su auténtico ser, y ésa es su verdad: ser, en último término, lo que es.

«La verdad –escribía Balmes– es la realidad de las cosas» [El criterio, I. 1].

La falsedad, en consecuencia, no radicará en la cosa misma, sino en quien la toma por lo que no es. Y ni siquiera se trata, como afirma también san Agustín, de que lo falso sea aquello que pretende ser lo que no es, porque ninguna cosa (ninguna realidad inanimada) pretende ser nada y menos ser lo que no es. La pretensión es patrimonio exclusivo de los individuos (humanos o animales). La imitación o falsificación de una obra de arte no pretende pasar por auténtica. Quien lo pretende es su creador, el falsificador, pero ella misma no es sino lo que es, esto es, una copia, y ésa es su realidad y su verdad, vale decir, su verdadera realidad, y de ella sólo puede decirse que es una obra falsa cuando las pretensiones de quien la hizo tienen éxito y es considerada auténtica por quien la adquiera o por otros individuos que la toman igualmente por creación original. Repárese en el hecho evidente de que aquél que llevó a cabo la falsificación en modo alguno es engañado por ella, es decir, sabe en todo momento que la obra es lo que es, conoce su verdadero ser; y así, si de billetes falsos se tratara, no se dedicará a acumularlos, sino, al contrario, lo que intentará es deshacerse cuanto antes de ellos. Y, al fin y al cabo, de eso es de lo que se trata, ¿no?

Mas si la realidad en tanto que es, es auténtica; si la realidad no puede ser nunca inauténtica o falsa, eso implica también que jamás es fraudulenta. El fraude, lo mismo que el engaño o la falsedad, únicamente pueden darse en los sujetos humanos y animales. Y dejando a un lado aquellos casos en los que el engaño se encuentra al servicio de la propia supervivencia, pocos motivos habrá para el fraude o la falsedad que no encajen en unas pocas categorías: poder, sexo o venganza son algunas de las más notorias. A las que habría que añadir riqueza, honores y fama, en el caso específico del ser humano. Aunque, si bien se mira, el poder, en cualquiera de sus manifestaciones, es el denominador común de todas ellas.

Pero si tales motivaciones es posible que respondan al por qué, y, consiguientemente, al para qué del fraude, resta por examinar el cómo. Y, ciertamente, las variedades de fraude son potencialmente infinitas, pero creo que sin violencia excesiva todas ellas pueden encajar en dos grupos: la falsificación y la impostura. En ambas se encuentra presente la intención de engañar para conseguir alguno de los motivos señalados. Pero median entre ellas sensibles diferencias.

La falsificación la entiendo referida siempre a los objetos, y, por tanto, el falsificador es aquél que crea algo con el deseo y la pretensión de que sea tenido por auténtico. En cambio, entiendo la impostura como la falsedad referida a los propios sujetos, y, en consecuencia, es impostor aquél que quiere pasar por quien no es o por lo que no es. Y, naturalmente, habría que añadir que sólo si se alcanza el propósito, si se tiene éxito durante un tiempo más o menos prolongado, se podrá decir de alguien que es realmente un falsificador o un impostor: en caso contrario no sería más que un simple chapucero.

Yo supongo que todo aquello a lo que se le otorga algún valor (no importa de la clase que sea) es susceptible de ser falsificado. Y de hecho, pocas cosas habrá que, hallándose en esa situación, no lo hayan sido, en efecto. Reliquias, sin ir más lejos. Tenía razón Calvino cuando decía que si se reunieran todas las astillas y trozos de la Santa Cruz que en su tiempo eran objeto de veneración en Europa, se necesitarían más de trescientos hombres para poder cargar con ella. Y algo similar podríamos decir de las espinas de la corona de Jesús. Lo cual no quita para que acaso fuesen auténticas las más de cinco mil reliquias que al parecer tenía Federico de Sajonia y que le otorgaban 128.000 años de indulgencia.

Pero, sin duda, uno de los campos preferentes de la falsificación es el arte. Y en este ámbito no escasean, desde luego, los auténticos genios que si se dedican a copiar obras ajenas no es tanto (y esto resulta enormemente sugerente) por el afán de ganancia (aunque no renuncian a ella, ciertamente) cuanto por despecho y venganza, al ver rechazada por la crítica su propia creación original. Es el caso de Han van Meegeren, quien harto de que, en la época de pleno apogeo del surrealismo y del cubismo, se le reprochara de continuo no ser más que un imitador de los grandes maestros del siglo XVII, optó por hacer del reproche consejo a seguir al pie de la letra, y aun ir más allá de él, convirtiéndose en un sorprendente imitador de los más notables figuras del Siglo de Oro de la pintura flamenca. Y tal llegó a ser la perfección de su técnica que logró vender al mariscal Göering un Cristo y la mujer adúltera, de Johannes Vermeer (Claro que si él vendió una falsificación, también es cierto que el mandatario nazi le pagó con billetes falsos.) Finalizada la guerra y tras ser devuelto el cuadro a Holanda, Van Meegeren fue acusado de alta traición, lo que le hubiera supuesto una más que segura condena a muerte, de no ser porque el tribunal, tras alegar Van Meegeren que el cuadro no era más que una copia realizada por él mismo, le permitió, con profundo escepticismo, habida cuenta de que la autenticidad de la pintura había sido confirmada por expertos americanos y holandeses, que pintara un nuevo Vermeer. Y así, en presencia de seis testigos, Van Meegeren realizó en su celda una copia de Jesús entre los doctores. Quienes le juzgaban se conformaron con acusarle de falsificación y fraude y condenarle a un año de cárcel, además de la confiscación de todas sus propiedades, obras de arte incluidas.

Y cabe recordar también a Elmyr de Hory, el falsificador enamorado de Ibiza y con una inusual capacidad para copiar a Picasso, aunque no sólo: de hecho, el pintor holandés Kees van Dongen no tuvo reparo en firmar la autenticidad de una obra suya que no era otra cosa que una copia hecha por De Horry, a quien acabó por llegarle el éxito, no sólo como genial reproductor de obras maestras (se llegó al punto de hacer copias de sus copias), sino también en lo que atañe a su propio trabajo. Decidió suicidarse en diciembre de 1976, cuando, en plena época triunfal, era buscado por la policía francesa, acusado de estafa y fraude reiterado.

Como falsificador fue reconocido Eric Hebborn, aunque de ningún reconocimiento fue merecedora su obra original. Y es lo cierto que si comenzó a falsificar (Rubens, Brueghel, Van Dick...) fue por venganza y resentimiento hacia los críticos que despreciaban su obra original; aunque quizá falsificar no sea un término del todo exacto, pues Hebborn no se limitada a copiar un cuadro, sino a pintar uno nuevo, imitando, eso sí, el estilo del maestro en cuestión y aplicándole al lienzo, como es fácil suponer, las adecuadas técnicas de envejecimiento. Pero que también podía realizar una falsificación perfecta lo demostró sin dejar el menor lugar a dudas el año 1991, cuando en su escrito, Autobiografía de un falsario, adjuntó dos reproducciones de un grabado de Jean-Baptiste Camille Corot, desafiando a los expertos, a los que tanto despreciaba, a que dijeran cuál era la auténtica y cuál la copia. Antes, en 1984, harto de que no se reconociera su propia obra y de no ser más que un genio anónimo, convocó una rueda de prensa, en la que, además de hacer públicos sus fraudes, dijo algo enormemente significativo y que viene a apoyar lo que antes yo mismo decía, a saber: que incluso una obra falsa es verdadera, porque es lo que es, y sólo será falsa cuando alguien la toma por auténtica; alguien que, desde luego, nunca es el propio falsificador, a quien la obra se le manifiesta en su más profunda y rotunda verdad: ser una copia. A este respecto, decía Hebborn que quien había considerado sus imitaciones auténticas no era él, sino los supuestos expertos, poseedores de una ignorancia clamorosa que ningún esfuerzo le había costado burlar. Fue hallado el 8 de enero de 1996 en un suburbio de Roma con el cráneo destrozado. Murió tres días después sin llegar a recobrar el conocimiento.

Y se han falsificado sellos; y monedas. (Allá por los años veinte, Artur Virgilio dos Reis hizo cundir el pánico en el Banco de Portugal al inundar el mercado con cien millones de escudos falsos.) E igualmente se han montado importantes fraudes arqueológicos. ¿Cómo no recordar aquí al famoso Hombre de Piltdown?

En el verano de 1912, el geólogo aficionado Charles Dawson (se discute la parte que tuvo en el fraude su amigo Arthur Smith Woodward, conservador de la sección de geología del British Museum) afirmó haber hallado en los alrededores de la aldea de Piltdown una calavera de un homínido que podía ser el tan traído y llevado eslabón perdido. El ejemplar en cuestión, al que se le calculó una edad en torno a los quinientos mil años, tenía un cráneo similar al del hombre actual, pero su mandíbula protuberante y carente de mentón denunciaba, sin embargo, su proximidad a los grandes simios. El eoantropus dawsoni, como pronto fue conocido, se convirtió en la pieza estrella del Museo de Historia Natural

El fraude de Piltdown

Nadie advirtió la burda falsificación (y eso que en su elaboración se cometieron algunos importantes errores anatómicos); entre otras cosas, seguramente porque los ingleses, en guerra arqueológica con los alemanes, se sintieron enormemente satisfechos de que su fósil fuera unos cien mil años más antiguo que la pobre quijada del heidelbergensis hallada por los teutones el año 1907. Y, sin duda, porque no menos satisfacción les procuró el hecho de que el tan buscado eslabón fuese inglés, y vecino suyo, nada menos que habitante del condado de Sussex. Sin embargo, el año 1953, con el avance de las técnicas de datación cronológica, como el carbono 14, salió a la luz el fraude: se trataba del maridaje (no muy bien hecho, por cierto) entre el cráneo de un varón que pudo haber vivido en la Edad Media y la mandíbula de una hembra de gorila.

El año 2003 un grupo de arqueólogos propuso quemar no sólo la calavera, sino también todos los documentos relativos al caso, pero antes, y durante muchísimo tiempo, proliferaron los rumores sobre la verdadera autoría del montaje (siempre, como es lógico, que el propio Dawson hubiese sido él mismo engañado). Se apuntó a Claude Lévi-Strausss e incluso a sir Arthur Connan Doyle.

Los fraudes en el ámbito de la ciencia no son, desde luego, ni mucho menos insólitos. Baste recordar a Paul Kammerer quien, en el primer cuarto del siglo pasado, se dedicó con inusitado fervor a refutar el darwinismo y defender, paralelamente, las teorías de Lamarck y el neolamarckismo, para lo cual no dudó en falsificar sospechosos experimentos con el tritón proteus, un anfibio ciego al que «logró» proporcionarle visión, y con el Alytes Obstreticians o sapo partero.

El falsificador, cualquiera que sea su especialidad, se halla movido básicamente por el deseo de fama o riqueza (o las dos cosas a un tiempo, naturalmente), y muchas veces también por el resentimiento y el afán de venganza. Pero las motivaciones del impostor son mucho más complejas. Eso no significa que entre ellas no se encuentren también las anteriores, pero no son las únicas, y en muchos ocasiones quizá tampoco las más importantes. Cierto que una impostura puede desplegarse con la mira puesta en la sola ganancia, pero con más frecuencia el resorte último y más íntimo del impostor suele ser un profundo descontento consigo mismo, una notoria insatisfacción con su propia persona y con aquello que realmente se es, de tal manera que la fama o el prestigio que puedan derivarse de la impostura, e incluso los propios beneficios económicos que la misma ocasionalmente lleve aparejados, no son un fin último ni un fin en sí mismo, sino un complejo mecanismo mediante el que tratar de paliar un ser menesteroso y marcado por un severo complejo de inferioridad; un procedimiento a través del cual se pretende borrar una existencia que se antoja insatisfactoria e insoportable, sustituyéndola por una nueva y más acorde con lo que el propio impostor considera necesario para alcanzar un grado aceptable de autoestima.

¿Qué otra razón, puede haber para que alguien como WilhelmVoigt, zapatero remendón, se dedicase a pasear por Berlín con un uniforme de segunda mano de capitán de la Guardia Prusiana? El saludo de los soldados que encontraba a su paso era satisfacción suficiente para este individuo de cincuenta y siete años que había pasado media vida en la cárcel. Claro que, una vez puestos, no había razón alguna para no dar un paso más. Y así, un día de octubre de 1906 entró en el cuartel general del ejército, formó a vivo grito un pelotón de granaderos, los metió en un tren y se presentó en el ayuntamiento de Köperkinck, a cuyo alcalde, debido a un supuesto delito en las cuentas del municipio, confiscó, amén de otras cosas, 4.000 marcos, tras lo cual requisó dos coches para que condujeran, con una guardia militar, al alcalde y al tesorero a Berlín, donde serían interrogados por el general Moltke, quien, como es obvio, no tenía la menor idea del asunto.

Weiyman, vestido de blanco como oficial de enlace del Departamento de Estado, acompañando a la princesa Fátima

No menos notoria era la afición que tenía por los uniformes Stanley Clifford Weyman quien fue, al mismo tiempo, un agregado militar de Serbia y un teniente de la marina estadounidense; más tarde, un capitán cónsul general de Rumanía y teniente de aviación; pero, sin duda, su actuación más lograda fue el presentarse como oficial de enlace del Departamento de Estado a la princesa Fátima de Afganistán, en visita a los Estados Unidos, acompañarla a Washington y presentarla, a su vez, al mismísimo presidente Warren G. Harding. Nada más alejado de la intenciones del «Gran Impostor», como luego le llamarían algunos (aunque no es él único al que se le ha otorgado tal título) que enriquecerse con sus embustes. De hecho, los 10.000 dólares que obtuvo de la princesa, con la disculpa de que era costumbre que los dignatarios extranjeros en visita al país hicieran un «donativo» con el que hacer algunos obsequios a diversos miembros del Departamento de Estado, los gastó en un vagón de tren privado con el que traslado a la princesa a la capital. Fue tiroteado y muerto una noche de 1960 cuando, por una vez, era realmente él y desempeñaba un papel auténtico como portero nocturno de un hotel de Nueva York. «La vida de un hombre –dijo en una ocasión a un periodista– es algo aburrido. Yo he vivido muchas vidas. Jamás me he aburrido».

A otros puede darles por ostentar títulos académicos que no poseen y desarrollar las funciones asociadas a ellos con tanta o más habilidad que quienes sí los tienen, y, desde luego, con mucha más vocación. Así, el año 1954 se descubrió que el doctor Kenneth D. Yates, profesor asociado de física de la Universidad de New Hampshire, era, en realidad, Marvin Hewitt, un alumno fracasado que ni siquiera había completado sus estudios en el Instituto. Pero lo cierto es que aquél era el quinto empleo docente que había obtenido en los últimos siete años. ¿Motivo del fraude? Según dijo, una necesidad compulsiva de enseñar.

¿Y qué decir de Ferdinand Waldo Demara? Desempeño diversos trabajos sin título alguno y todos los desempeñó bien: decano de una Escuela de Filosofía, doctor en psicología, cirujano de la marina o maestro de escuela, y tan bueno que cuando fue descubierto el fraude y se le arrestó, los padres de sus alumnos no sólo exigieron que se le pusiera en liberad, sino que, además, fuese vuelto a admitir en la escuela, donde sus hijos –decían– jamás habían tenido un maestro tan bueno.

Sospecho que incluso en los llamados «pretendientes», más que la ocasional ganancia que pudiera llegar a derivarse de su impostura, lo que prima es el deseo de ser visto como alguien importante y poder dejar atrás, siquiera sea momentáneamente, el anonimato y una existencia que se les antoja mezquina y carente de todo interés. Tales individuos no son la especie menos frecuente de impostores: desde todas aquéllas «apariciones» del rey Sebastián de Portugal, coronado en 1568, con catorce años, y desaparecido en Alcázar Quibir, cuando trataba de conquistar Marruecos, hasta todas las damas que han querido hacerse pasar por la gran duquesa Anastasia, como Anna Andersson, aunque, a decir verdad, en su caso fue prácticamente «obligada» a ello. Ingresada en un psiquiátrico, sin documentos y sin memoria, su gran parecido con Anastasia llevó a algunos, entre ellos varios miembros de la familia de los Románov, a identificarla como la auténtica Anastasia. Nada tiene, pues, de extraño que posteriormente se dedicara a reclamar título y propiedades. Al parecer, carecía de importancia que no supiera hablar ruso, porque, como ella misma declaró: «pasé momentos tan espantosos que no quería que me los recordasen [y por eso] decidí hablar siempre en alemán, porque el ruso se había convertido en una lengua desagradable para mi».

Y, al menos, Anna Andersson se parecía a Anastasia. Mucho más sorprendente es que un carnicero de Wapping apareciera en 1868 diciendo ser Roger Tichborne, que probablemente había muerto ahogado una docena de años atrás, y que fuese tenido por tal incluso por lady Tichborne, la madre de Roger. Y digo sorprendente porque no sólo ocurre que no recordaba absolutamente nada de la vida de éste o incluso que se le hubiera olvidado el francés, lengua que el auténtico Tichborne dominaba a la perfección, sino que físicamente no existía el menor parecido: Roger era menudo y delgado, de cara larga y estrecha, hombros caídos y pelo negro y liso, en tanto que el pretendiente (conocido a veces como Castro e inmortalizado con tal nombre por Jorge Luis Borges, en su Historia universal de la infamia) pesaba unos ciento cincuenta kilos, era de constitución fuerte, cara redonda y pelo rubio y rizado.

Y resulta oportuno señalar que este hecho pone re relieve una de las claves del éxito del fraude (sea falsificación, sea impostura): todo el secreto estriba en ofrecer algo que alguien anhela vivamente que sea auténtico y cierto. ¿Cómo explicar si no el que una madre pudiera confundir a su hijo con alguien con quien no existe la menor similitud absolutamente en nada? ¿Cómo, a no ser impulsada por el profundo deseo de que el auténtico Roger continuara vivo? Tal deseo (acrecentado tal vez por los sentimientos de culpa de lady Tichburne, quien pasó largo tiempo sin tener ninguna relación con su hijo) resultó mucho más poderoso que cualquier evidencia en contra de la identidad del pretendiente.

Y hay quien quiere hacerse pasar por indio, como Archibald Belaney, nacido en 1887 y transmutado más tarde en Búho Gris, o Sylvester Long, por cuyas venas corría sangre negra, pero ni una sola gota de sangre india y que, acaso por eso, para no ser tenido por negro, en una época de profunda segregación racial, Sylvester decidió explicar su apariencia no del todo blanca convirtiéndose, allá por los años 20 del siglo pasado, en el jefe indio Búfalo Niño Lanza Larga, puesto que, aunque los indios eran vistos también como una raza inferior a la blanca, gozaban, al menos, de más respeto que los negros.

Y hay quien siendo mujer quiere pasar por varón (más rara es la situación inversa, dejando a un lado preferencias sexuales y otras cuestiones afines). La razón puede hallarse, la mayoría de la veces, en la dificultad, hasta tiempos muy recientes, que las mujeres encontraban para alcanzar una posición destacada en un mundo dominado por hombres. Como quiera que sea, los casos abundan. Es conocido el del doctor James Barry, médico excelente y en muchos aspectos muy adelantado a su época, de quien sólo tras su muerte, el año 1865, se descubrió su verdadero sexo: porque resulta el doctor Barry no sólo es que fuera una mujer, sino que existían también claros indicios de que incluso había sido madre.

Queda, es verdad, un último grupo: el del impostor que lo es incluso ante sí, aquél que es capaz de convencerse a sí mismo de ser lo que no es. Pero de éste tipo no merece la pena hablar, porque con él salimos de las fronteras de la impostura e ingresamos en las de la imbecilidad.

 

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