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El Catoblepas, número 103, septiembre 2010
  El Catoblepasnúmero 103 • septiembre 2010 • página 12
Artículos

El pensamiento político
de don Miguel de Unamuno

Fernando Álvarez Balbuena

Ensayo de reexposición y una carta inédita

Miguel de Unamuno, por José Gutiérrez Solana, 1936

La Historia, como ciencia que es, o como pretende ser, busca el conocimiento objetivo y riguroso de los hechos. Los documentos en los que se basan las afirmaciones en que tales hechos se reflejan, se analizan desde las perspectivas más estrictas y así se establecen las secuencias y los resultados que se consideran suficientemente probados, dando una visión fotográfica de las realidades pasadas, con la menor implicación posible del pensamiento del historiador, quien, teóricamente, debe limitarse a ser notario de los acontecimientos.

Sin embargo para los griegos la historia no era tanto una ciencia como un arte que Apolo inspiraba por medio de su musa Clío. No es que el historiador griego construyera los hechos, simplemente los relataba, pero debía de saber exponerlos bellamente, porque la esencia de todo arte consiste, precisamente, en la realización y en la expresión de la belleza. De esta dicotomía entre arte y ciencia o si se prefiere de belleza y de veracidad, nace un nuevo concepto que podríamos definir, no como fotografía de la realidad, sino como retrato.

No es preciso escindir los conceptos de retrato y fotografía porque nos parecen lo suficientemente claros, pero sí diremos que aquella es la fría y exacta expresión de la externalidad, sin matices ni sugerencias. El retrato no es tan exacto, se admira en él ciertamente el «parecido», pero el artista al captar en su obra el interior, el espíritu del retratado, nos transmite algo distinto y más profundo que la fotografía, algo del alma (no sé bien si de sí mismo o del otro) en la expresión pictórica que nos hace sentir, junto a la emoción estética, un algo más profundo y más singular.

Julián Marías, en una tercera de ABC, manifestaba que al releer los Episodios Nacionales, de don Benito Pérez Galdós, percibía una especie de sentimiento de la reciente historia de España, que sin alterar fundamentalmente la veracidad de los hechos acaecidos, al ser estos vistos desde un plano distinto al de la fría objetividad histórica, y referidos por personajes literarios, le producían un conocimiento más participativo y quizás, por ello, más personal y profundo.

Algo así sucede cuando se lee a Dostoyewsky o a Tolstoi, cuyas novelas reflejan de modo muy convincente y fiel la realidad rusa del siglo XIX y que alcanzan un alto valor explicativo de las situaciones posteriores y revolucionarias por las que aquel país atravesó. En otras palabras, el arte va matizando la realidad de forma probablemente más intensa que la crónica histórica, excesivamente volcada en los aspectos técnicos y científicos cuyas rigurosas exactitudes enmascaran muchas veces los más humanos derivados de los sentimientos personales y colectivos. Probablemente por ello cobra veracidad la conocida frase «La realidad copia del arte...»

* * *

Siguiendo pues este criterio, buscamos en la obra de don Miguel de Unamuno no solo su pensamiento y sus ideas políticas, sino también los de su época. No son sus obras tratados de ciencia política; son obras literarias que abarcan novela, ensayo, poesía, filosofía y, en definitiva, pensamiento; pero precisamente por eso nos llevarán a una visión política de la realidad de su época con una mayor profundidad y con una participación personal difíciles de conseguir leyendo constituciones, leyes y decretos de aquel entonces. Estos serían los instrumentos mediáticos de una legislación y de las políticas que con ella se ocasionaron; pero las ideas que la informaron y los criterios políticos que guiaron la puesta en vigor de dichas leyes, serán mucho mejor comprendidos a través de las obras de los intelectuales de la época que influyeron decisivamente en el pensamiento político y en conformar lo que Ortega llama la vigencia social de las costumbres y de las ideas. (Ortega, J. 1952)

Acertar pues, a dar una visión del pensamiento unamuniano, de sus cambios y de sus numerosas evoluciones, de su innegable vigor, de su genialidad, de su personalidad contradictoria y atormentada, así como valorar su influencia en las ideas políticas y en la sociedad de su tiempo, como lo que de él y de ellas llegó hasta nosotros, será nuestra tarea a lo largo de las páginas que siguen. En ellas, pese a nuestro deseo de objetividad, quizás no podremos eludir la admiración que el personaje nos provoca por lo que, seguramente, seremos víctima del prejuicio antedicho que nos inspira este vasco que, según sus propias palabras, lo era «por los dieciséis costados», pero que, no obstante su condición de vascongado, amaba tanto a España que «le dolía», le dolía hasta el cogollo del alma (Varela, J. 1999: 10). Son al respecto claras sus propias palabras:

«Se podrá decir que hay verdadera patria española cuando sea libertad en nosotros la necesidad de ser española, cuando todos lo seamos por querer serlo, queriéndolo porque lo seamos. Querer ser algo no es resignarse a ser tan solo.»

Palabras estas, que en la realidad actual nos hacen pensar y recapacitar en la multitud de cuestiones que llevan aparejadas, como son la incomprensión, la intolerancia y el desconocimiento de la historia y de sus motivaciones. Los nacionalismos, que él llama «pruritos de regionalismo más vivaces cada día», han degenerado en algo mucho más serio, y por desgracia, esos pruritos son hoy algo casi incomprensible en el esquema social envenenado que nos ha tocado vivir, gracias en gran medida a las peregrinas, si no insensatas, ideas de Sabino Arana y sobre todo a la malintencionada reelaboración de las mismas que en las ikastolas del país vascongado se inculcan a las nuevas generaciones, las que desde su más tierna infancia aprenden a odiar sin medida a España y a todo cuanto es español; algo que el propio Sabino Arana, hoy día, estaría seguramente más lejos de aprobar que entonces, pero que a pesar de los tardíos e interesadamente silenciados arrepentimientos de la hora de su muerte nos fue transmitido corregido y aumentado (Lasala y Collado, 1924:401).

Don Miguel de Unamuno, ideológicamente, estaba años-luz alejado de un pensamiento tal, ni tan siquiera remotamente parecido, porque compartía su profundo amor a la patria vasca, a su siempre recordado y entrañable Bilbao, cantado en lapidarios sonetos, con otro amor igualmente grande y generoso hacia una España destrozada por su propia decadencia y por el desastre del 98, como también ya virtualmente rota por las tormentas ideológicas y sociales de nuestro principio de siglo. Amaba don Miguel muy especialmente a Castilla, cuya lengua adoraba «como receptáculo de la experiencia de un pueblo y sedimento de su pensar», pero esa adoración al verbo castellano y castizo, no le impedía ser crítico con el casticismo y advertir que Castilla, que era quien había hecho a España, había ido a su vez españolizándose, cada vez más, gracias a la riqueza y variedad de su contenido interior, absorbiéndose el espíritu castellano en otro superior a él, más complejo: el español (1996: 77).

Su amor por las tierras de Castilla se hace patente a lo largo de sus ensayos «En torno al casticismo», pero es más entrañable en los versos que le dedica, muy especialmente a su Salamanca:

«Académica palanca
de mi visión de Castilla»

a la que tanto dio y de la que tanto recibió, incluso tristezas e ingratitudes. Sigo sus propias palabras, manuscritas en una fotografía, muchas veces reproducida, que se hizo en las riberas del Tormes:

«Vasconia –Bilbao– me dio con su sangre espiritual el hueso del alma, que Castilla –Salamanca – con su habla sobre todo me soldó y arreció, y el meollo tuétano español» (11-7-34) (VV.AA. 1966:192)

de manera que es imposible separar en el esquema del ordo amoris de su alma, sus preferencias territoriales y patrióticas.

Unamuno (junto con Zuloaga) son los dos vascos más importantes que ha dado de sí España en el siglo XX. Ambos eran dos vascos castellanizados, conquistados por el espíritu castellano; lo cual se explica en ambos, y en todos los vascos, por ser Castilla mera expansión geográfica ofrecida por la reconquista al país y pueblo vasco. Precisamente por ser Castilla país de espíritu tan fuerte, que a veces parece hasta agresivo, porque el paisaje no se contenta con estar ahí fuera para que lo miren, sino que asalta al ser que lo mira penetrando en él por todos sus sentidos, por esa masculinidad del ambiente castellano es por lo que los vascos se enamoran de Castilla si la saben mirar como los grandes entre ellos. (Madariaga, S. 1974:122). Ambos describieron la grandeza de Castilla de manera plástica y grandiosa. No es menos expresiva la descripción del paisaje de En torno al casticismo de Unamuno, que el Toledo de Zuloaga, pero en Unamuno, a mayor abundamiento, el amor por Castilla, se trasciende en un amor desbordado y apasionado por España.

No cabían, por tanto, en su alma de vascongado resentimientos hacia España. Jamás habló, sino para condenarlos, de odios, de revanchas ni de sentimientos en los que tuviera cabida el menor atisbo de bajeza, ni menos de violencia insensata y criminal. Decía, en un rasgo de originalidad exclusivo, que los españoles deberíamos españolizarnos para universalizarnos, no para europeizarnos, pues sostenía que esto era aún muy poco para una nación tan grande (Carta inédita a Aniceto Sela). Sostenía igualmente que en el derecho, en la lengua y en la religión que Roma nos había transmitido, palpitaban las almas de los derechos, lenguas y religiones indígenas protohistóricas...

Nuestra curiosidad nos impulsa a contemplar el conjunto del pensamiento unamuniano buscándolo a lo largo de su obra que es, como veremos, muy extensa porque cultivó todos los géneros y en todos dio vueltas a sus grandes temas (Lázaro. F, 1988: 259).

A lo largo de su vida escribió seiscientos treinta y un ensayos cortos, veinticinco libros de ensayos, ochocientos artículos publicados en periódicos españoles y americanos, cinco novelas largas, ocho novelas cortas, setenta y dos cuentos en forma narrada y otros ochenta y dos en forma de diálogo. Escribió poesía toda su vida y publicó ocho poemarios y ciento once poemas sueltos en diversas publicaciones, dejando inéditos nada menos que mil setecientos cincuenta y cinco poemas. Encontró ocasión y tiempo para escribir cincuenta y cuatro prólogos a otros tantos libros ajenos y pronunció más de cien conferencias y discursos. Se le han catalogado más de mil cartas y seguramente que escribió bastantes más. Así mismo publicó doce dramas, (aunque en el teatro no alcanzó el éxito que esperaba), dejando proyectadas otras veintiséis obras teatrales. Además de todo ello llevó un diario íntimo durante los años juveniles de principios de siglo, tiempo en el que sufrió la profunda crisis espiritual cuyas consecuencias le marcarían para siempre, sumiéndole en las profundas dudas que ya no le abandonarían nunca. Toda esta producción literaria dio lugar a tantos estudios, suscitó tanto y tan justificado interés que hoy se conocen más de cinco mil libros, en todas las lenguas, dedicados a Unamuno, al estudio del hombre y de su pensamiento (Valdés, M. 1981), lo que da idea de la influencia ejercida por el personaje, no solamente en España, sino también en todo el mundo.

* * *

Una primera aproximación al personaje, a su personalidad, a sus ideas tanto a través de su obra, como de la crítica es, cuando menos, difícil y contradictoria. Inspirador de lealtades profundas y de rechazos radicales, difícilmente podríamos establecer un parámetro de juicio equilibrado, máxime cuando él mismo se confiesa poco seguro de su propio pensamiento, de marchar por la vida «a contrapelo» (Suárez, L. 1999: 403), lleno de dudas, de indecisiones, de paradojas de las que hace gala y siempre preocupado, o mejor decir obsesionado, por un anhelo de perfección y de serenidad que le permitan lograr la trascendencia espiritual que no consigue formular, que se le escapa de entre los vericuetos de su pensamiento, excesivamente atento a cuanto le rodea, pero que se desespera por asir firmemente el absoluto de la verdad.

«Mi vida interior es un torbellino de incesantes contradicciones, una feroz pelea por la conquista de la personalidad» (Carta a Aniceto Sela).

Se palpa su necesidad vital de fe profunda, de algo que sea inmutable y sirva de guía cierta a una vida errática en lo que concierne al último y más importante principio del hombre: su esencia espiritual, las raíces de Dios, intuidas en su alma pero angustiosamente indemostrables. En resumen: una humanidad vigorosa en la que la duda, una duda esencial, vital, una duda existencial como la de Hamlet, no metódica ni metafísica como la de Descartes, es el centro y el ápice de su pensamiento.

Su propia crítica de Descartes es bastante inmisericorde. No acepta el «cogito, ergo sum», lo rechaza de plano porque para Unamuno este principio sobrepasa sus propios términos y por eso lo reforma diciendo: «Pienso, luego soy un ser pensante». Es decir: para él la existencia, el ser es lo primordial, el punto de partida de toda filosofía porque el hombre es, más que un ser pensante, un conato de eternidad, un deseo imparable de sobrevivir, lo que le lleva a considerar a la muerte como núcleo del pensar humano y a formular el hecho de vivir como una tragedia, pues la vida es un continuo devenir hacia un final indeseado, trágico, desesperante, contradictorio con la innata percepción y tendencia humana hacia la permanencia. No le interesa el esencialismo ni siquiera en el sentido que le preocupó a Zubiri, menos aún en el tradicional de las llamadas filosofías de la esencia. Para él, «el principio estructural de la sustantividad», (Zubiri, 1985:517), la esencia, es algo íntimo del «esse», del ser y no del pensar y, precisamente por ello, como más adelante ampliaremos, podemos considerarle como precursor en España de la filosofía existencialista, con un concepto más claro y más vehemente que el que tuvieron otros pensadores europeos. Lo que sucede es que otros crearon escuela, se arroparon y agruparon de discípulos. Don Miguel no, él era un solitario y quizás tampoco pretendió otra cosa.

Este demonio interior de la duda, flanqueada de los problemas inherentes a ella, es muy probablemente el problema humano de cualquier ser inteligente, pero la diferencia es que Unamuno lo aborda con valentía, toma partido y lucha por definirse, por situarse en el terreno de la verdad, y consciente de la dificultad insuperable que está asumiendo, cae voluntariamente en la contradicción y se empeña en defender puntos de vista aparentemente irreconciliables con una brillantez y una sinceridad que a veces desconciertan, pero que siempre resultan fascinantes. Parece imposible que el que escribe una bellísima oda a Jesús crucificado, (El Cristo de Velázquez) que sirve de ejemplo en las clases de religión por su altura mística y teológica, pueda ser también el autor de «La agonía del cristianismo» y de «El sentimiento trágico de la vida», anatematizado y denostado por toda la crítica tradicionalista y ortodoxa que lo considera herético y perverso (Suárez, L. 1999: 403). Sin embargo, en la una y en los otros la altura espiritual es la misma, es también la misma el ansia de profundidad metafísica y, sobre todo, es siempre la misma la inmarcesible sinceridad y la autenticidad de su pensamiento atormentado que le lleva hasta argumentos como el siguiente: «Cristo es hombre, Cristo es inmortal, luego todo Cristo, todo hombre, es inmortal» (citado por Bueno, G.: 1996: 13).

La duda en Unamuno es más que duda; es angustia. Angustia como la de Sören Kierkegaard (¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?) frase terrible de Cristo en la cruz que al profesor danés le destruye toda capacidad de esperanza, aunque no de raciocinio, sobre los conceptos cristianos de eternidad y divinidad y que le aparta reflexiva y voluntariamente del ejercicio pastoral de la cura de almas, para el que con sus estudios de teología se había preparado. Este antecedente y principio de la filosofía existencialista, probablemente es Unamuno el único que lo recoge seriamente en España, adelantándose en más de una década al propio Heidegger, (Escohotado, A. 1989: 417) sosteniendo que la angustia es una forma superior de conciencia. Todo ello muy lejos de la pose de los sartrianos{1}, de las cavas para turistas en el Montparnasse parisién, que hicieron gala de un manido concepto de «angustia vital» que impregnó toda una literatura, más extravagante que original, y un cochambroso estilo de vida en los años cincuenta. (Somohano, R. 1951)

La filosofía de Unamuno es, como todo en él, rebelión, contradicción, asombro, dificultad, denuesto permanente de lo establecido y equilibrio inestable. Pedro Cerezo distingue cuatro etapas en su producción filosófica: una primera de «racionalismo humanista», otra de «utopismo», una tercera que llama «agonismo» y, finalmente el «nadismo» y considera que en su pensamiento aparece la tragedia de la cultura moderna como «una experiencia ontológica caracterizada por el desgarro entre la indigencia y la exigencia, entre la penuria y el esfuerzo por ser» a partir de la negación que la modernidad formula de toda fundamentación y de todo pensamiento de la totalidad. (Cerezo, P: 1996: 98). He aquí una probablemente perfecta definición que describe los conceptos unamunianos en perspectiva rigurosa. Sin embargo, una definición más literaria y, desde luego, más comprensible para el gran público, es la que efectúa Antonio Machado, su gran admirador, basándose en la propia autodefinición de Don Miguel, expresándola en unos versos muy machadianos y muy «ad hoc» que dicen:

«Siempre te ha sido ¡oh rector!
de Salamanca, leal
este pobre profesor
de un instituto rural.
Esa tu filosofía
que llamas diletantesca,
voltaria y funambulesca
,
es, gran Don Miguel, la mía...»

Es, en suma, una filosofía heterogénea, propia de aficionados al arte de la dialéctica y de la controversia, a la ruptura con «lo establecido» y siempre a riesgo de caer y hacerse pedazos toda la difícil estructura de su argumentación, pero, a la vez, de una solidez que entraña con la propia conciencia ontológica y con una realidad cambiante, dura, positiva que, no obstante, trata de reconstruirse desde un idealismo absolutamente original, tan sincero y, sobre todo, tan honrado que se vuelve contra él mismo, como si careciera de instinto de conservación y no le importaran las consecuencias penosas, tantas veces sufridas.

Entre 1895 y 1930, la filosofía de Unamuno tomó tres diferentes perspectivas: «ser en lucha», «ser en el mundo» y «ser de la obra en el mundo», pero íntimamente relacionadas y progresivamente desarrolladas. Es notable que a pesar de las diferencias de tópico y en el estilo por él adoptado, expresó siempre su concepto filosófico en una dialéctica abierta de oposiciones. Encontró la estructura lógica de la dialéctica como método de investigación, consistente en formular la encuesta en términos de conceptos contradictorios, mutuamente excluyentes, cuya relación es, por tanto, de dependencia y de oposición. Bajo esta postura subyacen conceptos metafísicos de Platón y de la lógica hegeliana, pero el método dialéctico de don Miguel dramatiza el pensamiento básico de la filosofía agónica (tomado el término en su prístino significado de lucha), ya que para él el ser es esencialmente un fenómeno «en lucha». La cumbre de pensamiento que alcanza en «En torno al casticismo», es la de una perspectiva de la realidad como un flujo siempre cambiante, un devenir en proyección, en una continuidad que metafóricamente se caracteriza por palabras como «flujo continuo y unido» (Valdés, M. 1981).

La España en que se desarrolla toda la vida de Unamuno es también contradictoria, encaja perfectamente con la personalidad unamuniana, quizás por ello se identifican tanto. Son unos tiempos de cambio hacia una anhelada modernidad, hacia un progreso material y moral que no acaba de instalarse en las viejas estructuras liberal-conservadoras de la restauración y del turno pacífico. Son, en realidad, las tan repetidas dos Españas que se alejan la una de la otra, abriéndose entre ellas un abismo que los políticos, lejos de rellenar, ahondan, y que terminará en desastre. Un desastre de tales magnitudes que nos alejará definitivamente de la modernidad europea en un atraso de más de cuarenta años y de la americana en otros diez o quince más, habida cuenta de que llovía sobre mojado, porque el desastre del 98 aún no se había podido asumir, ni menos borrar, en el espacio histórico de treinta y ocho años de pobreza, de aculturación, de un triste atraso material y moral, de una diferencia de clases sociológicamente peligrosa que acabará, como no podía ser menos, estallando como una granada. Y todo ello pese a la repatriación de muy importantes capitales ultramarinos, que después del 98, temiendo represalias de la nueva situación cubana y filipina, vuelven a España a refugiarse, así como los enormes flujos monetarios también refugiados en la España neutral de 1914-18. Una sociedad anquilosada y una burguesía horra de ideas que no es capaz de poner a funcionar la riqueza que inesperadamente nos llega, predominando un ideario económico de funcionarios, de enchufados y de rentistas.

Este triste panorama económico, político y cultural no es solamente responsabilidad de los políticos del momento, sino herencia también de los del siglo XIX. Responsabilidad y grave, también, de unos intelectuales anclados en estructuras tan arcaicas como sus propios pensamientos, hechura de la aciaga decisión de Orovio de exigir a los docentes el juramento de fidelidad a los dogmas de la fe católica (Juaristi, J. 1996: 22) y persecutores de cualquier intento de renovación, como el krausismo, movimiento de intelectuales puros que Orovio y su referido decreto apartó de las aulas. Este notable intento de renovación cultural, intelectual y filosófica, olía literalmente a masonería, pues masón había sido Krause, preconizador de la «Hermandad Masónica», como el único germen existente de la Alianza de la Humanidad, (Ureña, E, 1991:185) y bien conocida es la animadversión y la torcida interpretación de la España oficial de aquel entonces (y aún de ahora) hacia dicho movimiento. Sus miembros, expulsados de las cátedras, fueron fundadores de la Institución Libre de Enseñanza, que es descalificada desde las instancias detentadoras de la ortodoxia oficial menéndezpelayista y se moteja a sus miembros tan insensata como peyorativamente de «librepensadores», así como a sus discípulos y seguidores y a todos sus adeptos, quienes precisamente por pensar de manera libre, tratan de que el pueblo pueda salirse de las bardas de un corral de borregos tiranizados, como el propio Napoleón había dicho en 1808, «por una caterva de curas cerriles». (Vallejo, J.A. 1987). Es esta la situación intelectual de la que solo empieza a entreverse una mejora con la eclosión de la generación del 98, influida por una y otra escuela, y esta es la que produce un profundo cambio en el pensamiento español, una vuelta del revés, instrumentalizando la cultura en sentido inverso, pues los intelectuales del 98 se concibieron como un grupo destinado a la misión de redimir a España de su atraso y de su incultura, (Varela, J. 1999:9) la cual, por desgracia, se incardina en una religión tan integrista e intransigente que ya entonces empezaba a ser imposible de aceptar sin discusión. Baste con poner un ejemplo: a don Marcelino Menéndez Pelayo, su inmenso acopio cultural, su prodigiosa memoria y sus innegables méritos académicos, le sirvieron para amartillar un nacionalcatolicismo excluyente y exclusivo, así como para consagrar una fe a machamartillo, como la «fe del carbonero», consistente tan solo en creer lo que no vimos, a ojos ciegos, sin posible discusión, porque es verdad revelada y como tal infalible e inmutable. Dedicó gran parte de sus esfuerzos ingentes de investigador a escribir la Historia de los Heterodoxos Españoles, fijándose primordialmente en el aspecto de su escasez y considerándolos irrelevantes para la historia y el progreso de España, lo que conllevaba el criterio de que solo la ortodoxia y la unidad de la fe fueron las forjadoras de la grandeza imperial, pregonando con ello un patriotismo peculiar que se identifica con un catolicismo mayoritario y a ultranza.

A Unamuno, que fue su discípulo en la cátedra de filología, el patriotismo ultramontano del maestro le repugna, no así el rigor filológico que de él aprende (Juaristi, J. 1996:18), y en virtud de ello separará en su criterio los aspectos filosóficos y filológicos de su maestro. Pero a pesar de la educación laica que recibe en la escuela primaria de Bilbao, no es un hombre irreligioso, al contrario, nada le excluye la inquietud de buscar la fe en Dios, de tratar de encontrar la creencia en algo trascendente y superior antes de cualquier otra cosa. Unamuno quiere encontrar ardientemente esa fe que es tradición, consuelo y norma, pero de la que la razón hace crítica y establece serias dudas. Por ello, hay que esforzarse en razonar, en pensar y en sus años de vida y educación universitaria, el estudio profundo y la reflexión, le llevan a considerar que todo está en nuestro propio interior, que –como Descartes preconizó– hay unas ideas innatas. Pero esas ideas tienen que ser reelaboradas, como puestas al día y ello le lleva a formular su famoso retruécano que preconiza: «fe no es creer lo que no vimos, sino crear lo que no vemos». Sus lecturas, todo su enorme esfuerzo intelectual, el cúmulo de dudas que se almacena en su alma, le hacen escribir algo tan distinto de su maestro como El sentimiento trágico de la Vida, porque para él, el conocimiento, la incesante búsqueda de la verdad y el esfuerzo por alcanzarla, no conducen, desgraciadamente, a la certeza, conducen irremisiblemente a la duda.

Unamuno, miembro convencionalmente adscrito al movimiento intelectual del 98, al que unas veces se adhiere y otras se rehusa, se identificaba con esa España y sentía en propia carne sus problemas (Varela, J. 1999: 168). Nacido durante una guerra civil, la última del siglo XIX, que lógicamente marcará su niñez y por ende su vida, morirá comenzada otra, más sangrienta y general, que saludó con cierto entusiasmo, incluso con su contribución económica (Thomas, H. 1976: 547), viendo en la sublevación de los militares de 1936 la salvación de España, destruida por odios seculares y sumida en el marasmo de un desorden peor que la injusticia social que lo provocó, porque la generosa amnistía de la república en 1936 permitió que, junto a los numerosos condenados por delitos estrictamente políticos, se aprovecharan de ella un número considerable de delincuentes comunes quienes fueron los que más contribuyeron a crear un régimen de terror, semejante al del estallido revolucionario francés dirigido por la irreductibilidad de Robespierre, terror que una vez desatado, el miserable gobierno de Madrid, según las propias palabras de don Miguel de Unamuno, fue incapaz de frenar. (Cabanellas, G. 1973: 797). Estas matanzas, que son venganzas personales y ajustes de cuentas las más veces, horrorizan a Unamuno que retira su apoyo a la república y espera de la sublevación militar, si no la libertad, al menos la salvación del orden.

Entre los críticos de Unamuno no faltó quien afeara su adhesión a la causa de los sublevados y ello es positivamente injusto. Ante todo hemos de decir que cuando se suceden en la historia acontecimientos tan inhumanos y tan vergonzosos como los relatados, la reacción de las personas de orden es la típica del maestro. De sus propias declaraciones al periodista griego Nikos Kazantzakis, reveladas por Luís Araquistain en el Diario de Nueva York, el 1 de julio de 1958, se extraen claramente las razones de su posición política:

«En este momento crítico por el que atraviesa España, era indispensable que yo me sumara a los militares. Son ellos los que mantendrán el orden porque tienen el sentido de la disciplina y saben imponerlo. No haga usted caso de lo que digan de mí. ¡Yo no me he vuelto un hombre de derechas, yo no he traicionado la Libertad! Pero, por de pronto, es urgente instaurar el orden. Usted verá dentro de algún tiempo, sin tardar mucho, que yo seré el primero en reanudar la lucha por la Libertad. Yo no soy fascista ni bolchevique. ¡Yo estoy solo!» (Suárez, L. 1999: 406)

Y era cierto, Unamuno siempre estuvo solo, nadie compartió su angustia, todo el mundo se puso a cubierto tratando de librarse de la vorágine desatada. Intelectuales como Gregorio Marañón, José Ortega y Gasset, Ramón Pérez de Ayala, Menéndez Pidal, Sebastián Miranda, Severo Ochoa y tantos otros, que fueron patrocinadores, amigos y entusiastas incondicionales del régimen republicano, (alguno de los cuales participó incluso en la fundación de una llamada «Agrupación de Intelectuales al Servicio de la República»), cuando vieron cómo la creciente influencia de los comunistas, que perfectamente organizados, establecían sistemática y firmemente las bases de un terror científico, que llevaba a cometer la conocida serie de las atrocidades repulsivas, aprovecharon la menor oportunidad que tuvieron para escaparse literalmente de España y, una vez en el extranjero, retirar su apoyo al régimen nacido el 14 de abril de 1931. (Thomas, H. 1976: 547). Pero cuando el orden estuvo restablecido, gracias a, y a pesar de, la represión de la dictadura franquista, con muy pocas excepciones, como la de Picasso, Ochoa o Pablo Casals, que podían ganarse perfectamente la vida en el extranjero, volvieron para quedarse y algunos incluso hicieron declaraciones que favorecieron innegablemente al régimen, como Ortega y Gasset, cuando afirmó que: España goza de insultante salud{2} (Varela, J. 1999: 347), también, algunos, para afear sotto vocce o en un silencio – digno unas veces y cómplice otras– conductas que Unamuno combatió a cara y pecho descubiertos.

Nos hemos referido líneas arriba al terror revolucionario que siguió al grito de libertad que representó la revolución de 1789. Puede asegurarse que la Revolución Francesa no comenzó con una batalla entre el rey y el pueblo, sino más bien como un idilio entre ambos (Maurois, A. 1947:283,323), pero sucedió que lo que pudieron ser reformas sociales importantes y modernización pacífica del sistema político, degeneró en sangre y en venganzas y cuando la situación se hizo cada vez más insostenible, la reacción de thermidor primero y la dictadura bonapartista después, fueron saludadas como la salvación de la patria, no solo por las gentes de orden, cansadas de tanto terror y de tantos asesinatos injustificables, sino también por numerosos políticos e intelectuales revolucionarios, quienes justificaron la pérdida de las tan ansiadas y difícilmente conseguidas libertad y democracia y su sustitución por un nuevo sistema autoritario, como salvaguardia del orden social, condición primordial, sin la que la libertad es una simple palabra vacía de contenido, sin realidad fáctica. La historia, con su tendencia natural a repetirse, nos ofrece aquella situación como superponible, sin otro comentario, a la española de 1936, tras las inmensas ilusiones del 14 de abril de 1931.

Pero es lo cierto que allá donde Unamuno habla, escribe o explica un criterio, un pensamiento o una simple opinión, estalla la polémica porque su temperamento apasionado no solamente va contra corriente, como él mismo nos ha dicho, sino que hay algo más y ese algo es que su palabra es tan apasionada, tan brillante y tan certero su juicio que hiere y como quiera que el que manda siempre se considera perfecto e intocable, cuando la crítica le zarandea se revuelve furioso. La crítica de don Miguel es tan dura siempre, tan demoledora contra el poder y tan valiente que desencadena la reacción violenta, porque además, como goza de un enorme respeto, fruto de una intachable honradez y suele estar cargado de razón, tiene una gran audiencia y el criticado se encuentra desnudo y desarmado moralmente frente a la opinión pública.

Su crítica es igualmente dura cuando la hace contra alguien en concreto, como cuando la toma contra un estamento o una clase. En 1918 Unamuno publica un artículo sobre «La hermandad futura» del que extraemos, como muestra, este párrafo:

«¿Qué se ha hecho de los que hace veinte años partimos a la conquista de una patria? Quiero decir de los que partimos a la conquista de una patria, ya que entonces, en rigor, no la teníamos –ni la tenemos hoy–, y no de los que se afiliaron en este o en aquel partido político, desde la extrema derecha a la extrema izquierda, en un partido cualquiera con santo y seña y jefe reconocidos, de esos que sirven para hacerle a uno diputado a Cortes y, si peta, ministro. Estos no van nunca a la conquista de una patria; con la nación que vota los presupuestos tienen bastante. Al político de carrera no la hace falta patria.» (VV. AA. 1966: 183)

¿Cuántos «patriotas» no se reconocerían en estas líneas? ¿Qué odios no despertaría esta lúcida evaluación de tantas actitudes políticas oportunistas? Fustigador de la mendacidad social y hombre de hablar en castellano claro (Yo, vascongado, vengo a enseñaros el español, que no sabéis), decía cuanto pensaba claramente y sin reservas mentales y eso en España, y también probablemente en todos los demás países del mundo, no se perdona nunca, porque si bien la calumnia hace daño, mucho más daño hace decir la dura verdad.

Conoció por ello don Miguel desde bien pronto, junto al reconocimiento a su prestigio y a su innegable categoría, la persecución del poder por no ser capaz de callarse sus sentimientos. Sus expresiones políticas no son jamás neutras y si sus conceptos literarios, académicos o filosóficos se ensalzan y tienen el éxito que merecen, con sus declaraciones oficiales no sucede lo mismo. Son siempre motivo de escándalo, proporcionándole serios disgustos que incluso le llevan al confinamiento en Fuerteventura y a la pérdida de su condición de rector de la universidad de Salamanca el 21 de febrero de 1924.

Las razones de esta represalia del gobierno de la dictadura primorriverista, se basan en la carta llamada «Declaración de Inconformismo» que don Miguel publica en la Prensa de Montevideo, según Jiménez de Asúa, (Pérez, J. 1976:30) y según otros en el diario La Nación de Buenos Aires (VV.AA. 1966:185), manifiesto en el que pone en solfa al rey, al gobierno y al propio poder judicial, por seguir consignas reales, inspiradas por las nefastas camarillas palaciegas, en vez de juzgar por pruebas objetivas. Se queja amargamente de ser perseguido por sus ideas desde el estallido de la guerra europea de 1914. Ciertamente no es parco en reproches el rector de Salamanca. Arremete contra la primera magistratura de la nación, denunciando que desde ella se le persigue por un pecado que ignora haber cometido y quejándose de que tras habérsele invitado a visitar al rey, se le da con la puerta en los hocicos (sic) y compara esta conducta con la de Fernando VII, diciendo: «así dicen que las gastaba también el bisabuelo». Continúa con una denuncia implacable de la corrupción y de la entrada a saco de los políticos de la dictadura en las arcas públicas. Censura muy agria y especialmente al general Martínez Anido, afeándole sus turbias combinaciones financieras, clama contra el favor desde el poder de un impresentable agiotismo bursátil y de la verdadera instauración de un «materialismo histórico» en el gobierno de España, que ha venido a ser la doctrina general. Todo ello le vale una condena judicial, dictada según él –como decíamos líneas arriba– desde la propia corte y, aunque se le sugirió que solicitara el indulto, se negó a ello orgullosa y dignamente, haciendo gala de un irreprochable espíritu de indomable gallardía, ya que el perdón significaría culpa y él no es culpable de nada. Recurre su sentencia al Tribunal Supremo, pero carece de confianza en la justicia y asume la convicción de que cierta dama «entretenida» del dictador, ha tenido mucho que ver con su situación, lo que, para algunos, es lo más verosímil, al margen del resquemor que levantara su declaración de inconformismo (Pérez, J. 1976: 30).

Su trayectoria es siempre causa de amenazas y de sanciones de tirios y troyanos. Ante nadie se pliega y ante nadie claudica y se las canta claras a todos y así como sus méritos le llevan a las alturas de las distinciones y de los honores, sus palabras le sumen en la desgracia, en la que cae con más frecuencia que ningún otro personaje, no solamente de su tiempo, sino que es difícil encontrar a otro que se le parezca. Concita incluso la repulsa de algunos de sus coetáneos intelectuales, pues el propio Ortega y Gasset no vacila en llamarle «energúmeno español» (Varela, J. 1999: 278) y goza por doquier de fama de extravagante, lo que no impide ni influye en que sus pasos no se aparten un ápice de sus convicciones y que haga oídos sordos a ciertas críticas contra su persona que, por parciales e interesadas, le parecen irrelevantes.

Veamos sumariamente cómo se desenvuelven los avatares de sus glorias y desgracias: en 1891 gana la cátedra de griego de la universidad de Salamanca y en 1901 se le nombre rector de dicha universidad. Se le destituye en 1914 y, posteriormente se le elige nuevamente vicerrector, desempeñando el cargo de rector nuevamente durante año y medio, hasta 1924, en que, como ya hemos dicho, se le detiene, se le deporta, se le condena y se le destituye nuevamente de todos sus cargos. Bien puede decirse que son estas las cosas que suceden cuando de un régimen político al que se enfrentó no puede esperarse otra cosa que la venganza. Podría decirse incluso que todo ello era consecuencia de ser «persona non grata» a la monarquía... Pero he aquí que a la llegada de la república ésta se sentía en deuda con Unamuno por lo que se le repuso en su cátedra y fue diputado en las Cortes Constituyentes, a la vez que hombre de la confianza máxima del presidente Alcalá Zamora, quien le llama a consulta en varias ocasiones con motivo de crisis ministeriales. Se le colma de honores y en septiembre de 1934 se le nombra de nuevo rector, esta vez vitalicio, de la universidad de Salamanca, acto al que acuden en homenaje nacional el propio Presidente de la República y varios ministros. Pero la suerte es cambiante, quien no cambia es Unamuno que vuelve a cantárselas claras a la república, condenando los desmanes y los crímenes y declarándose partidario del alzamiento militar del 18 de julio de 1936. Resultado: un decreto de la república lo destituye del rectorado, de su cátedra, de todos los honores que le habían sido conferidos y hasta se ordena borrar su nombre de una calle y de un instituto de segunda enseñanza de Bilbao. (Decreto. 23-VIII-36).

El alzamiento militar instrumentaliza en parte al maestro y le confirma como rector, ya que Salamanca está dentro de su zona, pero el sempiterno luchador tampoco esta vez se calla sus justas iras y en un acto que tiene lugar en el paraninfo de Salamanca el día de la raza, 12 de octubre de 1936, sobre el que volveremos más adelante, vuelve a increpar a los responsables de la barbarie enfrentándose violentamente con el general Millán Astray. Se le pide su renuncia, a lo que accede, y nuevamente deja de ser rector, retirándose a su casa en la propia Salamanca donde se muere el 31 de diciembre del mismo año. He aquí una trayectoria vital quebrada siempre por el amor a la verdad, a la dignidad y a la honradez. Un ejemplo para tantos políticos y para tantos que viven de la política, que jurando lealtades inquebrantables, olvidan a menudo que la verdadera y primera lealtad se debe a uno mismo, a la propia dignidad y al honor. Y parte muy importante de este complejo de virtudes que se conoce y reconoce como «honor», es asumir un compromiso social. En el contexto de los tiempos a que hacemos referencia los llamados con más o menos justicia intelectuales, en palabras del propio Unamuno, tenían el deber inexcusable de luchar por la regeneración de España, por la educación popular y por la formación de algo tan importante como la conciencia nacional (Varela, J. 1999: 148), postura sin duda incómoda y difícil en todo tiempo, pero más en aquel, tan lleno de problemas sociales, de componendas políticas, de profundas contradicciones, de autoritarismos y, como consecuencia, de riesgos.

El sistema no permitía matices tan obvios hoy como ser de izquierdas y a la vez monárquico. Ya don Benito Pérez Galdós (Las tormentas del 48) había dicho en sus Episodios Nacionales que la herencia de Fernando VII había sido nefasta para la monarquía, porque había hecho de ella dos facciones irreconciliables: los carlistas, partidarios del llamado rey neto y los cristinos, partidarios de la reina constitucional. Lo cierto es que el correr del tiempo hizo de la monarquía isabelina y, posteriormente de la restaurada en Alfonso XII, un partido político más que una institución arbitral y moderadora de las legítimas corrientes políticas. Se identificaron con ella todos los partidos de derechas de corte liberal-conservador y las revoluciones europeas del 48, gracias a la barrera que les opuso Narvaez, como a la ausencia de una conciencia social apropiada, apenas tuvieron eco en España, de modo que el partido socialista no pudo ser fundado hasta 1879 por Pablo Iglesias, marxista de corte humanista, cuya ideología asumía la forma de gobierno republicana, pero otros socialistas, no marxistas, hubieron de asumirla también, perdiéndose con ello una oportunidad de oro para el pluralismo, y en definitiva para el progreso nacional, pues a pesar de que teóricamente la constitución española de 1876 era muy progresista, la realidad de una clase muy numerosa y extremadamente pobre y de otra clase dominante de muy escasos y ricos propietarios, había condenado al sistema parlamentario al clientelismo político y a una ficción de democracia, cuyo resultado eran los gobiernos manipulados por una inmensa minoría (Momsen. J.W. 1987:104).

Así pues se identificó a la izquierda, injustamente, con la reivindicación ilegítima y con el desorden, (lo que era en cierto modo inevitable, puesto que las peticiones ordenadas no encontraban eco). Cualquier postura que preconizara una mayor justicia social en aquel régimen de privilegios, tanto desde el trono como desde el altar, era considerada peligrosa para la estabilidad del sistema –que se agotaba a ojos vistas– lo que tuvo como principal consecuencia la radicalización de ambas tendencias y la pérdida de personas muy válidas, tanto de una como de otra, que al extremar sus posturas contribuyeron al desastre del 36. La desgracia de la república, que nació sin que nadie lo esperara y en medio de un incontenible regocijo popular, fue precisamente que, al lado de relevantes figuras de la intelectualidad como Azaña, Fernando de los Ríos, Unamuno, o don Niceto Alcalá-Zamora y Miguel Maura (ejemplos los dos últimos de monárquicos «rechazados») se alinearon todos los partidarios del desorden y de la ruptura a ultranza. Se quebraron insensatamente todos los símbolos, se cambiaron la bandera y el himno, sin darse cabal cuenta de que ciertos sentimientos profundos se mueven por cosas tan poco importantes, en realidad, como son las vestiduras exteriores y que curiosamente sus cambios generan antagonismos difíciles de superar. A mayor abundamiento se rompió de golpe y porrazo con la tradición católica, lo que debería haberse hecho con más tiempo y sobre todo con más tacto. Pero las masas que vociferantes e incultas se hacían notar más que la mayoría silenciosa, apremiaban al gobierno que se sentía «apoyado» por el pueblo en la calle, cuando, en realidad, lo que sucedía era que, más que apoyado, estaba desbordado, no tanto por el pueblo, como por el populacho.

No era solo Unamuno quien criticaba aquella baraunda; el propio Ortega y Gasset, tan decepcionado como cualquier ciudadano sensato, pronunció aquellas palabras doloridas que tanto se repitieron luego: «no es eso, no es eso». Quienes pusieron sus ilusiones y sus esperanzas razonablemente en el nuevo régimen, pronto se sintieron defraudados y los primeros en que hizo mella la situación fueron los propios republicanos, pero si hubiera habido más Unamunos, quizás se hubiese salvado la república y, con ella, la propia España, tanto de una guerra incivil, como del retraso al que antes nos hemos referido.

Permítasenos, aunque somos conscientes de la digresión que cometemos, una breve reflexión, pretendidamente imparcial, sobre los tiempos aquellos a los que nos estamos refiriendo, por lo que tienen de explicativo de la conducta de nuestro personaje. La derecha española –dígase lo que se quiera, más civilizada que la izquierda– acató la república porque estaba harta de caciquismos y corrupciones. Las elecciones municipales, convocadas por el gobierno, como tanteo de una situación política que se sentía cada día más insostenible, en realidad y con la ley en la mano, no tenían poder constitucional para cambiar el régimen, pero los acontecimientos desbordaron ampliamente a las previsiones. Curiosamente, y a mayor abundamiento, fueron ganadas por la monarquía, porque solo obtuvieron mayoría los concejales republicanos en las grandes ciudades. El cómputo general fue favorable a los monárquicos, pero se dijo, no sin razón, que en el medio rural la falta de garantías electorales, por el secular falseamiento caciquil, era responsable del triunfo monárquico. Seguramente es cierto, pero no lo es menos que en las capitales de provincia, y muy especialmente en Madrid, votaron por el PSOE y la república algunos miles de fallecidos, mediante el simple expediente, hábilmente manejado por Saborit, de presentar sus cédulas personales (previa y cuidadosamente recogidas en las casas de los fallecidos) en otros colegios electorales por personas que ya habían votado en los suyos respectivos, con una comprobación de identidad más que dudosa (La Cierva, R. 1997: 829). Pero moralmente la república había ganado el pensamiento y la conciencia de la gente y nadie discutió su triunfo, porque nadie estaba ya dispuesto a apoyar el agotado régimen de Alfonso XIII, quien hubo de exiliarse porque ni siquiera el general Sanjurjo, con la Guardia Civil a su mando, quiso oponerse a la imparable marea republicana. (Vilar, P. 2000: 49).

Le fue más difícil a la izquierda aceptar el triunfo de las derechas en el treinta y tres, triunfo que no puede tacharse de sucio y que, sin embargo, provocó la descalificación de socialistas y comunistas, llamando a los dos años del gobierno de la CEDA-Lerroux bienio negro y llevando al país a la revolución de octubre de 1934, condenada por el gobierno y reprimida con dureza, prólogo y causa última del alzamiento militar del 36.

Don Miguel, naturalmente, como consecuencia, tanto de su compromiso social, proclive al pensamiento socio-liberal, como de su convencido republicanismo, puso sus ilusiones políticas en el nuevo régimen y ello no solamente por la dura e injusta persecución de que le hizo objeto la dictadura primorriverista, ni menos por su fobia personal contra Martínez Anido. Tampoco podía ser de otro modo, pero su republicanismo estaba muy distante del desorden y de la vorágine, así como de los clichés sempiternos. Era una actitud perfectamente coherente con sus ideas, pues ya en su juventud, en el Bilbao de los años ochenta, se unió a los jóvenes socialistas con su entusiasmo peculiar, buscando una reforma política, social y económica de aquella España caciquil que le repugnaba y fue colaborador asiduo del periódico, «subversivo» según la opinión de la derecha institucional canovista-sagastiana, «La lucha de las clases». Pero su adscripción política al socialismo, como militante, se rompió antes de empezar el siglo XX. Sin embargo conservó siempre en el fondo de su alma la idea matriz del socialismo, a su manera, como todas sus cosas, porque era incapaz de someterse a la disciplina de un partido, sin hacer uso de su libre albedrío, pero no dejó de colaborar en los números extraordinarios que el órgano oficial del partido, «El Socialista», de Madrid, dedicaba anualmente a la conmemoración del primero de mayo. Siempre buscó pues, con afán ésa reforma social un tanto utópica, y ello llevó a las distintas facciones políticas a querer ganárselo para su causa, creyendo que básicamente don Miguel era un hombre de ideologías y no comprendieron que eso no era cierto, que esa era una visión torcida e interesada de un carácter extraordinario que pocos políticos coetáneos supieron comprender. Lo que era en realidad don Miguel, era un hombre de principios (Valdés, J. M. 1981: 21) y que por la defensa de esos principios era capaz de enfrentarse a sus amigos, con tanta o mayor entereza que a sus enemigos, sin importarle poner en peligro cargos, recompensas o ventajas ni menos sacrificar lo que pudiera ser la legítima satisfacción de su ego. «Nadie más penetrado que yo del vanitas vanitatis y nadie, sin embargo, a quien más atraiga esa vanidad» (Carta autógrafa a A. Sela, 1902).

En las Cortes Constituyentes, en las que fue diputado, su voz fue siempre sensata, lo que no quiere decir acomodaticia, (Fdz. Florez, W. 1950), pero pronto se retiró a su Salamanca y desde allí, y a lo largo del desarrollo del nuevo régimen, se mostró siempre crítico con todo exceso y con todo extremismo, tal como era su talante. Se ha dicho que Unamuno era en el fondo de su alma un extremista, un energúmeno (Ortega.) y ello es anecdóticamente cierto, pero su extremismo, su furibundia, eran una postura espiritual, eran el extremismo íntimo de la conciencia que jamás es benévola, ni siquiera con el propio comportamiento y, a la vez, era el cumplimiento de su misión superior de agitador de la conciencia colectiva española (Valdés, M. 1981: 34) y si bien es verdad que fluctuó de unas a otras posiciones, no lo es menos que la versatilidad del régimen, con unas masas estultamente ebrias de poder y sin el necesario control policial, le obligaron a tomar actitudes críticas contra el desorden institucionalizado, actitudes que, vistas sin la suficiente perspectiva histórica, pueden parecer contradictorias, pero que examinadas en el esquema filosófico que líneas arriba hemos esbozado y dada la personalidad peculiar del personaje, son absolutamente lógicas y coherentes.

A esta fama de iconoclasta, de fustigador de todo cuanto no le convence, contribuyen también y en gran medida, la trayectoria de su vida y su lenguaje. Su vida fue de intensa actividad intelectual y de constante lucha. Lucha consigo mismo, debatiéndose entre contradicciones y sin hallar nunca la ansiada paz y lucha también contra la trivialidad y la atonía de su tiempo, contra la falta de inquietudes de una burguesía acomodaticia y de una nación sin pulso, en un intento constante de sacudir las conciencias. Su lenguaje es el de un luchador. Es vehemente, incisivo, incitante. No busca la elegancia, sino la expresividad, la exactitud plástica, la intensidad afectiva. Él mismo decía que buscaba una lengua seca, precisa, rápida, caliente. Su lucha con la expresión y con las ideas se manifiesta en múltiples paradojas y antítesis, o en sus esfuerzos por revitalizar el sentido o las resonancias de ciertas palabras. De ahí su gusto por las palabras terruñeras, (Carreter, F. 1988: 259), de ahí su profundo amor por la lengua de Castilla, por lo castizo de su lenguaje, en contradicción con el otro casticismo restrictivo y empobrecedor que señala en sus ensayos.

Otros pensadores y escritores de la época comparten este toque de alerta que Unamuno grita. Jacinto Benavente, el 18 de mayo de 1916, estrena «La ciudad alegre y confiada», título basado en un texto bíblico y premonitorio de desastres. Alguien quiso ver tras el personaje benaventino de «El desterrado» –conciencia de aquella ciudad alegre y confiada– la figura desfigurada de Unamuno. Otros lo identifican, quizás más certeramente, con don Antonio Maura, dadas las afinidades ideológicas de Benavente con el político. En cualquier caso Unamuno, (que fue desterrado a Fuerteventura entre los años 24 al 30) encarna también este espíritu rebelde y pasional y ya antes de su destierro, si no era un «exiliado interior» en su propia patria, bien podría decirse que por su espíritu solitario y por sus peculiaridades, era un desterrado en el sentido de que estaba muy distante de los usos y costumbres de aquella política funesta, propia de aquel país dormido en el sopor del atraso moral y tecnológico, pero totalmente inadecuada a las esperanzas y los ideales de quienes creían en la salvación de España. Unamuno, pocas horas antes de muerte, expresó la firme convicción de que: «Dios no nos ha dejado de su mano: España se salvará.» (Unamuno, F, en VV.AA. 1966: 183)

* * *

Hemos ahora de concluir nuestro ensayo y entrar en el último capítulo de la historia de don Miguel, capítulo que viene a culminar gloriosamente la limpia trayectoria del hombre y de su pensamiento inquieto e indomable. Sobre los hechos acaecidos desde la espiral de violencia que se inició en la república en octubre de 1934, hasta aquel 12 de octubre de 1936, han corrido ríos de tinta y, a pesar de ser sobradamente conocidos y estudiados, no podemos por menos de detenernos en ellos, aunque lo hagamos con la necesaria brevedad.

La última etapa de la vida de Unamuno coincide con un tiempo político de extraordinario interés, pues a partir de 1922 se desarrolló en Europa y, de una manera muy peculiar y en cierto modo atípica, en España, una nueva concepción del estado. Fruto, tanto de los errores del Tratado de Versalles, como del agotamiento del sistema liberal y de las luchas políticas socialistas, proclives al comunismo soviético, hay una reacción, primero en Italia, con Mussolini (antiguo miembro del partido socialista) y posteriormente en Alemania con Hitler, que propicia la eclosión del movimiento fascista. No entraremos en el análisis de esta ideología, que excedería el ámbito del presente trabajo, pero veremos sumariamente el pensamiento de Unamuno en lo que a Falange Española y a su fundador, José Antonio Primo de Rivera, se refiere.

El hecho de haber sido perseguido por la dictadura de su padre, no privó a Unamuno de un juicio sereno sobre su hijo, José Antonio. Pensaba Unamuno que José Antonio era una cabeza bien organizada y consideraba que había fundado un nuevo partido político que pretendía asumir parte de lo más atractivo para las masas de los programas izquierdistas, a la vez que quería respetar y renovar el sentido nacionalista de las derechas. Se inspiraba sin duda en el ideario de Mussolini, adaptando de manera muy peculiar el credo fascista a la idiosincrasia española, a pesar de lo cual sus enemigos le tildaban de fascista. Para Unamuno la Falange era una copia del fascismo, pero no una copia fiel, era, según él, «un fascismo muy mal interpretado» (Cabanellas, G. 1973). Los falangistas, por su parte, eran grandes admiradores de Unamuno, no tanto porque conociesen a fondo su obra, sino porque aquel vasco enamorado de España y defensor a ultranza de su unidad nacional, era una referencia importante, coincidente en cierta medida con su propia doctrina y con sus románticas nostalgias imperiales. Don Miguel, que seguía de cerca los movimientos políticos, conocía como queda dicho el ideario de Falange Española y había tomado contacto con los falangistas y, personalmente con José Antonio, en Salamanca, en su propia casa, donde le visitaron éste, Bravo y Sánchez Mazas, inmediatamente antes de un mitin que iban a celebrar en el teatro Bretón el día 10 de febrero de 1935, al que, ante la alegría y la sorpresa de los propios falangistas, asistió don Miguel, según relata Francisco Bravo, a la sazón Jefe de la Falange en Salamanca. (Ximénez de Sandoval, F.: 1976, 281 a 287) En dicho mitin, siempre según los falangistas, Don Miguel había aplaudido a rabiar, aunque en la propia fuente antes citada, se dice que la prensa de izquierdas recogió ciertas manifestaciones de Unamuno en las que éste «despotricó contra la Falange». Todo puede ser cierto, dado el carácter peculiar y las actitudes viscerales de don Miguel, pero de cualquier forma y a pesar de las reticencias y desconfianzas que pudiera tener del mensaje y de la doctrina de Falange, por otra parte ampliamente expresadas en la entrevista de la que hacemos mención, ello no le impedía admirar el espíritu de los jóvenes voluntarios falangistas, a los que consideraba idealistas, generosos y dignos de admiración, hasta el punto de arengarles en Salamanca, tras el alzamiento de los militares, y exhortarles a «acabar con aquella república de tiorras». Para Unamuno, por otra parte, estas adaptaciones ideológicas entre izquierdas y derechas no eran nada nuevo. Él mismo había escrito en sus jóvenes años socialistas las siguientes palabras:

«Me puse a estudiar la economía política del capitalismo y el socialismo científico a la vez, y ha acabado por penetrarme la convicción de que el socialismo limpio y puro, sin disfraz ni vacuna, el socialismo que inició Carlos Marx con la gloriosa internacional de trabajadores, y al cual vienen a refluír corrientes de otras partes, es el único ideal hoy vivo de veras, es la religión de la humanidad (...) pero el religioso y el económico son –acción y reacción mutuas– los factores cardinales de la historia humana (...) La economía es la lógica material, la fe el ideal de toda cuestión.»

A una persona, como él, capaz de aunar socialismo marxista y fe religiosa, no podía extrañarle, sobre todo en aquellos difíciles momentos, en que era necesaria una búsqueda urgente de la unidad anticomunista, la tendencia falangista unificadora de socialismo y nacionalismo{3}. Esto, unido al manifiesto oficial que como rector de Salamanca dirigió a todos los centros de enseñanza y a todas las universidades del mundo, sitúa a Unamuno, desde comienzos del alzamiento militar como una referencia intelectual e ideológica que pregona la necesidad de salvar la civilización occidental, slogan coincidente con las manifestaciones de los sublevados, quienes, en principio, no se alzaron contra la forma de gobierno republicana, sino contra el trágico desorden en que había caído el régimen.

Y así llegamos a aquel 12 de octubre. No repetiremos la escena que tantos historiadores y comentaristas han descrito con tantos detalles dramáticos, y a veces contradictorios, pero sí diremos que en el paraninfo de Salamanca brilló por última vez y con todo su esplendor el genio de Unamuno, su incontenible facundia y su insobornable rectitud, con una valentía inaudita. No tuvo ningún miedo –miedo que en aquellos momentos estaría más que justificado- a decirle al general Millán Astray, tras llamarle necrófilo e insensato, que la barbarie de unos no disculpaba la de los otros y que tan condenables eran los excesos republicanos, que le habían llevado a condenar a la república, como los represivos de los nacionalistas que vencerían, pero no convencerían, porque para convencer hacía falta la razón, mientras que para vencer solo se necesitaba la fuerza. (Thomas, H. 1976)

Nos imaginamos cuánto sufrió don Miguel hasta el día de su muerte, ochenta días después del acto del paraninfo. Se le desposeyó de todas sus dignidades y se le exigió la dimisión del rectorado vitalicio. Muchos le volvieron la espalda, otros discretamente le visitaron casi a escondidas, todos temían por su seguridad; todos menos él, que no muy recio de cuerpo sí lo era de espíritu. Su entierro, sin embargo, se instrumentó y los falangistas llevaron su féretro a hombros hasta el cementerio. Le despidieron, brazo en alto, con un ¡Presente!, saludo típico a los caídos de Falange Española, y cubrieron su ataúd con la bandera nacional. El párroco D. Valentín González, celebró las exequias fúnebres a templo lleno (Glez. Egido, 1986: 271,272). Posteriormente a su muerte el régimen le reivindicó, silenciando completamente tanto el incidente del paraninfo como sus críticas al alzamiento militar, nada tibias ciertamente, y así Unamuno fue uno de los intelectuales «asumidos» (Varela, J. 1999). Sus condenas a la república sirvieron de justificación al régimen del 18 de julio y se ensalzó su imagen públicamente, siendo los falangistas quienes le quisieron considerar como une especie de maestro de su ideología, cosa que no era cierta porque Unamuno había rechazado enérgicamente, incluso negándose a leer «esas revistas de Vds., porque ¿cómo puede irse contra la inteligencia?». También con manifestaciones como «Yo soy un liberal» (Glez. Egido, 1986: 252, 253). Pero, ya fallecido, el nuevo estado pudo respirar hondo porque el eterno rebelde no podía seguir protestando contra cualquier injusticia o abuso que para castigar a los hunos, cometieran los hotros.

Apéndice

Transcripción de una carta manuscrita e inédita de Don Miguel de Unamuno, rector de la universidad de Salamanca, a Don Aniceto Sela, catedrático de la universidad de Oviedo (cedida por Doña Margarita Sela Cueto de Ruiz de Garibay, de su archivo particular).

El Rector de la Universidad de Salamanca
Particular

23 Agosto, 1 Julio 1902
Sr. D. Aniceto Sela

Mi estimado amigo y compañero: Gracias por su benévola carta.

Mi librejo ha sido un desahogo, un desagüe de malos humores; empiezo á dudar de su valor moral, en todo caso me habrá servido de purga para el espíritu, pero tiene un fondo de amargo nihilismo que no sé si hubiera hecho mejor reservármelo. Mi vida interior es un torbellino de incesantes contradicciones, una feroz pelea por la conquista de la personalidad, Nadie más penetrado que yo del vanitas vanitatis y nadie, sin embargo, a quien más atraiga esa vanidad. Se me ha escapado el nadie; otra caída.

Necesito de la acción de fuerza. El cargo me he hecho mucho bien, y por otro lado observo que mis trabajos de más eficacia son los de encargo, los circunstanciales, los que se me imponen. Lo fue el discurso de apertura, el de Bilbao, el que leí ante el rey. Ahora tengo puestas mis potencias y sentidos todos en el que he de leer en Cartagena el 8 de agosto y que será lo de más alcance que haya hecho. Como al hombre universal y eterno hay que buscarlo dentro y no fuera del local y temporal, debemos españolizarnos para universalizarnos –no europeizarnos, que esto es poco– y buscar bajo el aluvión de la cultura latina la roca ibérica, berberisca tal vez. Bajo el derecho, la lengua y la religión que los romanos nos dieron palpitan las almas de los derechos, lenguas y religiones indígenas, protohistóricas, esto es sotohistóricas. Tal es la tesis, que en lo que hace á la religión es de gran cuantía. Con tal motivo estoy leyendo la Psicología y la Historia del pueblo español de Altamira. Sobre el primero de estos dos libros haré un estudio. Es materia que me tienta desde que hice mis ensayos «En torno al casticismo».

Le repito las gracias. Es raro en España este comunicarse íntimo.

Salude a Aramburu, Altamira, Losada y Acevedo. Y usted sabe como es su amigo

Miguel de Unamuno

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Zubiri, X.: Sobre la esencia, Alianza, Madrid 1985.

Retrato de Unamuno

José Gutierrez Solana, el genial pintor expresionista español, retrató a don Miguel el año de su muerte. Lo pintó en su estudio, sentado a su mesa de trabajo, rodeado de sus cosas, con una pajarita de papel sobre la mesa y un libro en la mano firme y nervuda. Parece ser de noche, al menos el cuadro es oscuro, podría ser una tarde como cualquiera otra, quizás como el mismo atardecer del 31 de diciembre de 1936. Unamuno con su nariz enérgica y afilada, su cabello blanco, ligeramente levantado por los aladares y con sus gafas redondas, tras las que se intuye la viveza aguda y penetrante de sus ojos, tiene el noble aspecto de un buho real, ave que los griegos identificaban con la sabiduría. Ningún símil mejor para aquel filósofo de carácter indomable.

Citando a Hegel (en tantas cosas maestro e inspirador de Unamuno), diríamos que «la filosofía resume su tiempo en el pensamiento y llega siempre demasiado tarde, cuando la realidad ha cumplido y terminado su proceso de formación. Solo al comenzar el crepúsculo levanta su vuelo el buho de Minerva...» (Hegel, F. 1975:16)

Aquél crepúsculo del 31 de diciembre de 1936, voló el espíritu del sabio, suave y silenciosamente, como el ave de Minerva, quizás para encontrar la paz, la justicia y la verdad por las que tan ansiosa y tenazmente luchó toda su vida.

Fotografía de Don Miguel de Unamuno, con su autógrafo

Fotografía de Don Miguel de Unamuno, con su autógrafo, tomada en las riberas del Tormes y a la que nos hemos referido arriba. En ella se aprecia la serenidad del paisaje y la relajada postura de Don Miguel. En el retrato pintado por José Gutiérrez Solana, con el que se abre este artículo, tal como expresábamos en el exordio, se pueden valorar mejor el verdadero carácter y la actitud firme del personaje

Notas

{1} Queremos hacer la salvedad de que J. P. Sartre tiene bastante poco que ver con el movimiento al que aludimos. Su figura como literato y como filósofo comprometido con la causa de la libertad, acertado o equivocado en su marxismo crítico, merece todos los respetos. Lo mal comprendido que fue Sartre algunas veces, se debe precisamente a la imagen un tanto folclórica y distorsionada de las cavas motmartrianas.

{2} A Ortega su conducta benévola y tolerante, cuando menos, con el régimen del 18 de Julio, le valió el reconocimiento oficial y que se pusiera su nombre a una de las mejores calles de Madrid, lo que, a su vez, es poco justo con su anterior titular, el P. Alberto Lista, por tantos motivos acreedor a que no se le relegara al olvido. La Compañía del Ferrocarril Metropolitano de Madrid, no se si por comodidad o por respeto al gran ilustrado, conservó el nombre de la estación del «Metro» de dicha calle.

{3} Sin embargo, si hemos de creer a Núñez Morgado, (1941:169-170) el 1º de Noviembre de 1936, hizo ciertas manifestaciones a un periodista muy críticas hacia Falange y González Egido (1986) recoge otras muchas de igual índole en declaraciones y cartas.

 

El Catoblepas
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