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El Catoblepas, número 102, agosto 2010
  El Catoblepasnúmero 102 • agosto 2010 • página 14
Artículos

Regeneracionismo y darwinismo social
en el joven Maeztu

José Alsina Calvés

Sobre el libro de Ramiro de Maeztu,
Hacia otra España, Bilbao 1899

Ramiro de Maeztu, Hacia otra España, Bilbao 1899Ramiro de MaeztuRamiro de Maeztu, Hacia otra España, Bilbao 1899

El año 1899 apareció en Bilbao el primer libro de Ramiro de Maeztu, Hacia otra España. Como la mayoría de sus libros (con la excepción de La crisis del humanismo) esta obra consiste en un conjunto de artículos, previamente publicados en distintos diarios y revistas. Maeztu había iniciado su carrera periodística unos años antes; en 1894 había publicado su primer artículo en El Porvenir Vascongado, diario de Bilbao. A partir de 1897, cuando se trasladó a Madrid para cumplir su servicio militar, colaboró con la revista Germinal, y posteriormente entro en la redacción de el diario El País.

Hacia otra España es un libro que surge en el contexto del regeneracionismo español y de la llamada «literatura del desastre» (en referencia a la derrota española en Cuba) pero que presenta rasgos propios y específicos, y donde se abordan determinados temas que serán ya una constante en el pensamiento de Maeztu, aunque posteriormente serán enfocados desde otras perspectivas ideológicas y doctrinales.

En nuestro estudio empezaremos por considerar el contexto social, político e ideológico en el que surge Hacia otra España, para centrarnos después en los elementos propios del libro, que, a nuestro entender, giran en torno del darwinismo social y no, como a veces se ha sostenido, de la influencia de Nietzsche ni, mucho menos, del socialismo.

Fin de siglo, intelectuales y «literatura del desastre»

Como sostienen Gonzalez y Robles{1} en la última década del siglo XIX la función de la elite intelectual sufrió cambios significativos, debidos sobretodo a las nuevas perspectivas abiertas por el periodismo. La extensión del mercado de la prensa y de los libros, con el consiguiente aumento del número y la difusión de los periódicos y las revistas, permitieron a los nuevos trabajadores del intelecto la subsistencia económica mediante la publicación de artículos, libros o poesías. Todo ello desbordó la tradicional actividad académica y profesoral, o, al menos, convivió con ella{2}.

La mayoría de estos nuevos intelectuales procedía de las clases medias o «pequeña burguesía»{3}, es decir, sectores tradicionalmente apartados del poder, y que tendían hacía un cierto radicalismo social, a veces acompañado de un cierto mesianismo.

Esta aparición del intelectual como novedad en la escena social y política en la España de fin de siglo trajo consigo la propia conceptualización del término, que empieza a ser utilizado como sustantivo y no como adjetivo. El propio Maeztu fue uno de los pioneros en utilizar la palabra de manera novedosa. En un artículo publicado en la revista Germinal reprochaba a los socialistas el desde que sentían hacia los intelectuales{4}.

Unamuno y Maeztu, pero también Ganivet, Azorin o Baroja, es decir, los vinculados a la llamada generación del 98, configuraron un modelo de la idea de intelectual, que si bien irrumpió con fuerza en el panorama político y social de la época, en ocasiones quedó algo desdibujado. La mayoría de ellos quisieron abarcar demasiados campos: el periodismo, el ensayo político y filosófico, la novela, la poesía. Maeztu destacó por su rechazo al «arte por el arte», su dedicación exclusiva al periodismo, y su obsesión por mantener su compromiso socio-político, mientras que los demás se iban retirando hacia la creación estética y esquivaban progresivamente el compromiso.

Otro grupo importante es de la Institución Libre de Enseñanza, más vinculado a la Universidad, y que trató de emprender la regeneración del país centrándose en problemas más concretos como la extensión universitaria o la reforma social. La ideología característica de este grupo fue el krausismo, filosofía original del alemán Krause y su discípulo Ahrens, vinculada al idealismo hegeliano{5}. Julián Besteiro o Joaquín Costa, muy admirado por Maeztu, estuvieron vinculados a esta corriente.

Esta nueva funcionalidad del intelectual, o, mejor dicho, este nuevo modelo de intelectual, más vinculado a la literatura, al periodismo y a lo política que a la función docente, hizo que las nuevas clases urbanas progresistas vieran en estos nuevos intelectuales una palanca de su emancipación, así como la posibilidad de crear claves ideológicas movilizadoras de la población. En la mentalidad colectiva de la izquierda{6} de entreguerras existía una creencia ciega en el progreso científico y técnico, pero también en el moral. Los intelectuales, en el sentido aquí indicado, serían fruto de este progreso y de esta perfectibilidad moral. No eran solamente los que «sabían», sino también los depositarios de unos valores muy concretos.

Este proceso no es específico de la sociedad española, sino que se produce en toda Europa. En general esta concepción del intelectual presuponía, casi de forma implícita la actividad política. Es la figura que los franceses bautizaron como engagé (comprometido) y que Sartre popularizaría. De aquí nace el tópico de intelectual de izquierdas, convertido casi en una redundancia: un auténtico intelectual ha de estar comprometido, y si está comprometido solamente puede estarlo con la izquierda.

Aunque este tópico tenga algo de verdad, como suele acontecer con los tópicos, no por ello deja de ser manifiestamente discutible. Tendríamos que empezar por precisar que entendemos por izquierda. Hay una definición esencialista de la izquierda, según la cual determinadas ideologías son de izquierdas: el anarquismo, el comunismo, el socialismo o el republicanismo de izquierdas participan de la esencia de la izquierda (progresismo, optimismo antropológico, igualitarismo, &c.) independientemente de la situación histórica y de las relaciones con el poder.

Pero hay otra definición posible de la izquierda, la situacionista, según la cual un autor o un grupo social se sitúan a la izquierda no tanto en función de su ideología, sino de la situación histórica de esta ideología y de sus relaciones con el poder. El rechazo a los valores establecidos, el anticonformismo y, en general, las posturas críticas, caracterizarían a esta izquierda situacionista, más que sus dogmas teóricos.

Si nos atenemos a la definición esencialista de la izquierda, la adscripción a la misma de estos nuevos intelectuales finiseculares es básicamente falsa. Así, por ejemplo, en el partido socialista español militaron pocos intelectuales, debido especialmente a las reticencias del propio Pablo Iglesias, y el desprecio generalizado que los militantes socialistas sentían hacia los supuestos «obreros intelectuales», a los que consideraban unos pequeños burgueses frustrados.

Si nos atenemos a la definición situacionista de la izquierda nos damos cuenta de que define mejor la realidad, pero es también discutible. La mayoría de los intelectuales finiseculares adoptaron posiciones «de izquierda» en el sentido situacionista del término. El mismo Maeztu es un claro ejemplo de ello. Pero su evolución posterior fue variopinta. Algunos de alejaron completamente del compromiso sociopolítico para concentrarse en su producción literaria, como es el caso de Baroja. Otros evolucionaron hacia posiciones netamente conservadoras, como Azorín, que llegó a ser diputado maurista. Unamuno, desde el punto de vista político siguió una trayectoria más bien errática: se opuso a Primo de Rivera, llegando a ser desterrado; celebró la llegada de la Republica; se unió al alzamiento de Franco{7}, pero poco después se enfrentó públicamente al general Millán Astray. En el entierro de Unamuno acudieron gran número de falangistas uniformados.

El caso de Maeztu es particular: fue de los pocos que mantuvo, durante toda su vida, un compromiso militante, y nunca abandonó el periodismo político. Rechazó explícitamente el esteticismo y el «arte por el arte», pero no evolucionó precisamente hacia la izquierda. Sus posiciones regeneracionistas le llevaron a apoyar la dictadura de Primo de Rivera, hacia el pensamiento contrarrevolucionario y hacia las posiciones de Acción Española, es decir a la extrema derecha. Su condición de «intelectual comprometido» se rubricó con su propia muerte, asesinado por pistoleros anarquistas. Está claro que la condición de engagé no es patrimonio de la izquierda.

La dinámica de estos nuevos intelectuales en el resto de Europa sigue una dinámica análoga. En general las distintas vanguardias establecieron «compromisos» políticos, tanto ideológicos como formales: el expresionismo se identificó con el antinazismo, el surrealismo con el socialismo heterodoxo, y el realismo socialista con el estalinismo. Al mismo tiempo el movimiento futurista se identifico con el fascismo naciente.

Este nuevo tipo de intelectual finisecular tiene un perfil parecido en los diversos países europeos. Pero en España su emergencia social coincide históricamente con un suceso de gran trascendencia: la pérdida de las colonias de Cuba y Filipinas y la derrota frente a Estados Unidos. La lectura de esta catástrofe que realizan los nuevos intelectuales no es, ni mucho menos, uniforme. Algunos, como Ganivet, abogan por el abandono de cualquier ambición internacional. Otros como Costa y el propio Maeztu, reivindican una «regeneración» de España, aunque con recetas diferentes. La mayoría, sin embargo, coincide en la tesis de la «decadencia» de España y de la crítica al sistema político de la Restauración.

El nombre genérico de «literatura del desastre» se refiere a toda esta producción literaria que busca una explicación a la «decadencia» de España y propone caminos hacia la regeneración. El libro que nos ocupa, Hacia otra España, de Maeztu, es un exponente clásico de este tipo de literatura.

Maeztu y la «generacion del 98»

La relación de Maeztu con la llamada «generación del 98» es un tema problemático y algo confuso. Existen muchas definiciones y clasificaciones en torno a esta supuesta generación, realizadas desde criterios muy variados: el literario, el ideológico, el político o el cronológico. Algunos autores han negado pura y simplemente el concepto de «generación del 98». Otros, como Lisón{8}, sostienen que el concepto es útil siempre que se tome en su aspecto meramente descriptivo, por aproximación, y no como un instrumento explicativo.

Nosotros nos atendremos a la tesis desarrollada en nuestro libro sobre Pedro Laín Entralgo{9}. Lain parte de la idea de generación desarrollada por Ortega y Gasset{10}, según la cual el ser humano vive en un mundo de convicciones, la mayor parte de las cuales son comunes a todos los hombres que conviven en su época. Pero Ortega sostiene que todos los hombres «contemporáneos» no son «coetáneos», y que en cada época histórica podemos distinguir «franjas» de edad, de una duración entre diez y quince años. Los miembros de cada una de estas franjas formarían una generación.

Laín parte de concepto orteguiano, pero matizándolo. Su idea es menos biológica y más biográfica. De hecho nos habla de «grupos generacionales», dando a entender que dentro de una «generación», en el sentido orteguiano del término, definida exclusivamente en términos cronológicos, pueden distinguirse diversos grupos, en función de afinidades más concretas (ideológicas, estéticas, &c.){11}.

En la misma franja cronológica Laín distingue otros grupos generacionales: los regeneracionistas, como Costa, Macias Picavea, Salamero, &c.; los universitarios, como Ramón y Cajal, Ribera, Hinojosa, &c., y otros grupo, bastante más heterogéneo, que sigue «actitudes históricas iniciadas anteriormente al despertar de la generación» entre los cuales destacan los krausistas y los promotores de la Institución Libre de Enseñanza. Esta clasificación es discutible, especialmente en lo que hace referencia al tercer «grupo generacional» descrito por Laín, primero por ser básicamente heterogéneo; segundo porque la adscripción de algunos autores es confusa: Joaquín Costa es, indudablemente, un regeneracionista, pero a la vez estuvo vinculado al krausismo y a la Institución Libre de Enseñanza.

En cualquier caso a nosotros nos interesan dos cuestiones: como conceptualiza Laín la generación del 98, y como al aplicar esta conceptualización al personaje nos resulta altamente problemático considerar a Maeztu como miembro de la misma.

La aproximación de Laín al grupo generacional del 98 es «biográfica», entendiendo por tal no la biografía individual de cada uno de los personajes, sino la biografía del grupo en su totalidad, es decir un conjunto de circunstancias vitales, experiencias compartidas y evolución en el tiempo. Estos elementos permitirán situar a un autor determinado como «central», «periférico» o ajeno al grupo generacional.

En su primera aproximación Lain cita el artículo de Pedro Salinas{12} sobre el 98, según el cual una generación literaria vendría definida por los siguientes elementos: cronología del nacimiento; homogeneidad en la educación; mutua relación personal; acontecimientos o experiencias generacionales; «caudillo» de la generación; lenguaje generacional y anquilosamiento de la generación anterior.

Pero los elementos que define Salinas son estáticos y a Laín le interesa sobretodo la evolución dinámica de la generación en el tiempo. Aplicando los parámetros definidos por Salinas podemos elaborar, como hace Laín, una «nómina» del 98 en sentido amplio, que incluiría a Ganivet, Unamuno, Azorín, Baroja, los Machado, Valle-Inclán, Maeztu, Zuloaga, Benavente, Maragall, Salaverria, Falla, Menéndez Pidal, Asín Palacios.

Pero Laín va a situar un «núcleo duro» como conjunto de personajes «centrales». Al resto lo podemos relegar a una zona periférica. Estos serían Unamuno, Azorín, Baroja, Antonio Machado y Valle-Inclán. Todos ellos vendrían definidos por lo que llama Laín la «biografía de un parecido». Veamos en que consiste.

En primer lugar lo que Laín llama «Amor amargo», es decir una crítica despiadada de la España que ven, del pasado de España en cuanto causa eficiente del presente que tan poco los gusta, e incluso del español real como resultado antropológico de este pasado. Esta actitud de crítica, a veces muy ácida, de la situación española es compartida con otro grupo generacional, los «regeneracionistas» (Costa, Macías Picavea, &c.), pero según Laín la actitud de los miembros de la generación del 98 se caracteriza por mayor sutileza, una superior calidad literaria, más altura intelectual y mayor radicalismo.

Con la excepción de Valle-Inclán, todos los miembros de la generación viven el conato de intervenir en política, desde la actividad literaria, periodística o con la acción, a favor de una urgente reforma de la vida española. Pero este conato dura poco, y pronto pasan de la acción al «ensueño».

Este giro vital, esta renuncia de la política a favor de la literatura es el elemento fundamental de la «biografía de un parecido». Los hombres de la generación del 98, al menos los que forman el núcleo central, son, ante todo, literatos, y su postura es «escapista». Ante una realidad que no les gusta y que se ven impotentes para cambiar, construyen una realidad alternativa en su obra literaria.

Este giro vital es lo que excluye a Ganivet y a Maeztu del «núcleo duro» de la generación. El primero porque eligió el suicidio antes que el escapismo. El segundo porque nunca renunció a ser periodista, agitador político y doctrinario. Aunque, como veremos, las ideas de Maeztu sufrieron a lo largo de su vida una importante evolución, que lo llevo del darwinismo social spenceriano de Hacia otra España, hasta el pensamiento reaccionario de Acción Española y Defensa de la Hispanidad, pasando por la etapa contrarrevolucionaria más templada (y original) de La crisis del Humanismo, nuestro hombre jamás renunció al periodismo político como instrumento para la regeneración de España, y condenó siempre el esteticismo y el «arte por el arte».

José Luis Villacañas, en su libro sobre Maeztu{13}, censura esta exclusión de Maeztu de la generación del 98. Para Villacañas, Maeztu fue el único miembro de la generación que permaneció fiel durante toda su vida al ideal regeneracionista y crítico, lo que le llevó a su militancia política extremista y a la propia muerte. Pero Villacañas no ve que es precisamente esta fidelidad a la postura juvenil de la generación lo que aparta a Maeztu de la misma. Cuando los demás miembros de la generación hacen el «giro biográfico» hacia la literatura, el «arte por el arte» y el escapismo y el ensueño, Maeztu abandona la generación (o si se quiere, la generación lo abandona a él).

Hacia otra España como literatura regeneracionista

No cabe duda que Hacia otra España es un exponente clásico de la literatura regeneracionista. De alguna manera el impacto del «desastre» (la derrota frente a Estados Unidos y la pérdida de Cuba y Filipinas) despierta a muchos de un sueño y les enfrenta a la realidad. El sueño se llama «Restauración», es decir, el régimen político implantado por Cánovas del Castillo, basado en la monarquía, la existencia de dos grandes partidos, el conservador y el liberal, y su alternancia en el poder.

Con la Restauración se logra una cierta paz social (los enfrentamientos entre progresistas y tradicionalistas quedan en suspenso) y una cierta bonanza económica. Todo ellos hace creer a muchos españoles que España se está desarrollando y alcanzando un lugar entre las naciones más civilizadas de Europa. El «desastre» les despierta del sueño y les enfrenta a la realidad: en España quien manda realmente es una oligarquía caciquil, parasitaria e inoperante. Las elecciones no son más que una farsa amañada. El patriotismo de los españoles es pura fachada zarzuelera. El ejercito y la armada están atrasados y son inoperantes. La Universidad es miserable.

Además fuera del sistema de los partidos dinásticos hay fuerzas políticas y sociales que se agitan cada vez más y ponen en peligro la supuesta estabilidad del mismo. No se trata solamente del viejo carlismo o del republicanismo que nunca se han integrado en el sistema de la Restauración, sino también del naciente movimiento obrero de signo anarquista o socialista. El maurismo{14}, nacido en el seno de partido conservador, es otra fuerza nueva en el panorama sociopolítico que amenaza la estabilidad de la restauración

En este sentido la posición de Maeztu de rechazo hacia todo lo que ha significado la Restauración es inequívoca:

«Arrastra España su existencia deleznable, cerrando los ojos al caminar del tiempo, evocando en obsesión perenne glorias añejas, figurándose siempre ser aquella patria que describe la Historia. Este país de obispos gordos, de generales tontos, se políticos usureros, enredadores y «analfabetos», no quiere verse en estas yermas llanuras sin árboles, de suelo arenoso, donde viven vida animal doce millones de gusanos, que doblan el cuerpo, al surcar la tierra con aquel arado que importaron los árabes al conquistar Iberia.»{15}

La crítica no puede ser más dura y radical. La existencia de España se describe como «deleznable». El régimen político es la conjunción «obispos gordos, generales tontos y políticos enredadores y analfabetos». La vida española es un continuo mirar hacia atrás y vivir de glorias pasadas. Los campos se siguen arando con el arado que trajeron los árabes, lo cual indica que de entonces hasta ahora no se han incorporado técnicas nuevas.

Prosigue Maeztu su descripción del tétrico panorama español:

«No se ve en estas minas de Vizcaya, de donde sales toneladas de hierro, que pagan los ingleses a cuatro o cinco duros, para devolvérnoslas en máquinas, cuyas toneladas pagamos nosotros en millares de pesetas. […] no se ve en esas universidades de profesores interinos; en este Madrid hambriento; en esta prensa de palabras hueras.» (pág. 109.)

En estos párrafos está resumido todo el pensamiento de Maeztu. Quiere una España culta y rica. Para ello hay que olvidarse de «historias». No le sirve el discurso pasadista de los tradicionalistas, mirando las glorias pasadas, pero tampoco el de los «progresistas», ocupados de cuestiones doctrinarias y de constitucionalismos hueros. La «nueva España» se empezará a construir a partir de lo económico. Hay que renovar la agricultura, hay que regar los campos, hay que plantar árboles, hay que apoyar a las pocas regiones industrializadas (Cataluña y Vizcaya) cuyas burguesías emprendedoras deben tomar el relevo de las oligarquías tradicionales, formadas por terratenientes que han abandonando sus tierras y leguleyos y que viven de la política.

La crítica de Maeztu a la situación de España es parecida a la que podrían realizar otros autores regeneracionistas, como el propio Costa. También este hizo énfasis en la economía y en la educación, resumidas en su famosa frase «despensa y escuela», y el olvidarse de glorias pasadas: «doble llave al sepulcro del Cid». Pero Maeztu es mucho más radical que Costa: el aragonés es un arbitrista que, en el fondo quiere hacer política al viejo estilo liberal. Meztu, que respetaba a Costa pero lo consideraba un ingenuo, lo imagina como ministro de Fomento, concertando un empréstito de mil millones para canales de irrigación, e imagina lo que ocurriría con el empréstito:

«…Se cierne sobre la millonada la chusma infame de nuestras direcciones generales, gobiernos civiles, cacicatos de región y de distrito, delegaciones de Hacienda, juzgados, audiencias, escribanías, registros de propiedad, notarías, bufetes, alcaldías, diputaciones, empleados, cesantes, huérfanos, procuradores, alguaciles, curas castrenses, bedeles, periodistas, usureros y demás alimañas, que sobrevivirán, probablemente, al advenimiento de Don Joaquín Costa. […] Este cacique solicita por medio de los ministros de tal y cual que vaya un canalito por su finca (situada a cien kilómetros del río). Aquel joven se contenta con un modesto empleo de capataz que no le impida vivir en Madrid (firma la petición la archiduquesa de Moravia, señora archipotente) […] Entáblanse varios miles de pleitos, a propósito de expropiaciones, entre los dueños y abogados de terrenos y el Ministerio de Fomento, en los que entiende el Consejo de Estado y el Tribunal de lo contencioso.» (págs. 218-219.)

En este párrafo Maeztu resume su posición, mucho más radical que la de Costa y otros regeneracionistas. No basta un buen programa de gobierno. Aunque este programa fuera impulsado por el propio gobierno, por el propio Joaquín Costa como ministro de Fomento, tal como se supone en el texto, la propia estructura corrupta de la sociedad española, el caciquismo, el compadreo, las recomendaciones, actuarían como lastres que harían el proyecto inviable.

Antes de imaginar programas de regeneración arbitristas hay que reformar de arriba abajo la sociedad española, y será esta nueva sociedad civil, no el Estado, la que podrá iniciar la regeneración de España, que será por la economía, y no por la política.

«¡Basta de utopías¡.. La España nueva no ha de hacerse por los gobiernos; no incumbe a la política la capital empresa de mejorar las condiciones de nuestro suelo […] La industrialización del patrio suelo es, ante todo, un gran negocio. ¿Quién duda que las nuevas Indias, y consiguientemente la nueva España, están en estas llamadas hoy estepas, en estos montes preñados de minerales, en estos ríos que se pierden miserablemente?... La explotación de esta riqueza corresponde a los hombres de negocio…¡»

Estamos pues ante un programa regeneracionista, pero que marca distancias frente a otros programas del mismo estilo, como el de Costa. Maeztu, aunque admira a Costa, lo considera un ingenuo al creer que la regeneración de España puede realizarse por una vía puramente «política» (via que satiriza con su exposición sobre el empréstito para política agraria). La propuesta de Maeztu es mucho más radical, pues presupone cambios estructurales profundos en la sociedad española, y se presenta como «antipolítica» porque pretende hacerla al margen y en contra del sistema político de la Restauración. De hecho más que regeneracionista la propuesta de Maeztu es revolucionaria. Nos ocuparemos a continuación de algunos de los presupuestos ideológicos de esta propuesta.

Nacionalismo español

Tal como sostiene Gonzalez Cuevas{16} el pensamiento de Maeztu (al menos en esta etapa) se caracteriza por un nacionalismo regeneracionista, es decir, un nacionalismo que tiene como marco de referencia no una nación por constituir, sino una nación constituida. La realidad nacional española no es nunca puesta en cuestión por Maeztu y ya desde esta etapa de su evolución ideológica se opondrá frontalmente a los separatismos vasco y catalán. Sin embargo, para el pensador vasco la nación no se define como una solidaridad adscriptiva, sino como algo que es preciso realizar mediante un proyecto de trascender su propia situación atrasada en el esfuerzo del desarrollo económico y de la modernización social.

El nacionalismo de Maeztu no es ni casticista ni tradicionalista. Rechaza el casticismo, pues considera que el atraso secular de España no es debida a ninguna idiosincrasia «castiza» de los españoles; pensar tal cosa significa renunciar a cualquier empresa regeneradora. Los españoles pueden perfectamente asimilar las formas económicas y técnicas de los países más desarrollados, y si no lo han hecho es debido a una educación inadecuada, a la influencia del catolicismo y de la Iglesia, y de un Estado que «selecciona» a lo mediocres para una burocracia inútil, en lugar de dejar que el libre juego de las fuerzas económicas «seleccione» a los que son económica y técnicamente más capaces.

El anticasticismo de Maeztu será ya una constante en toda su trayectoria intelectual. Incluso cuando ya ha evolucionado hacia el pensamiento contrarrevolucionario seguirá oponiéndose al casticismo y creyendo en la regeneración social, moral o religiosa de los españoles. En este sentido recibió de forma muy crítica el ensayo de su amigo Unamuno En torno al casticismo.

En esta etapa de su pensamiento Maeztu es también reacio a cualquier forma de tradicionalismo, aunque en este sentido su pensamiento posterior experimentará cambios notables. Pero curiosamente la crítica de Maeztu al tradicionalismo parte de los mismos presupuestos básicos que su crítica al progresismo y al constitucionalismo: ambas son posiciones retóricas, basadas en una palabrería huera de significado real. Los tradicionalistas adoran un pasado muerto e idealizado y los progresistas un futuro utópico, pero ninguno se ocupa del presente real.

Tradicionalistas y progresistas son «arbitristas»: creen realmente que su palabrería puede cambiar la realidad. Frente a ellos Maeztu reivindica el «movimiento de las cosas» para explicar los procesos de cambio social, y este «movimiento de las cosas» se fundamenta en el egoísmo individual y en la actividad económica. Son patentes las influencias del darwinismo social y concretamente de Herbert Spencer. Citando a Durkheim, se podría decir que el «movimiento de las cosas» al que apela Maeztu no es más que la contundencia con que se imponen los hechos sociales en movimiento independientemente de cualquier resistencia, venga de donde venga{17}.

A partir de aquí conectamos con otra característica del nacionalismo de Maeztu: su antiestatismo. Si los agentes reales del cambio social son el egoísmo individual y la actividad económica, el Estado es visto como un a gigantesca estructura parasitaria, que no hace más que crear obstáculos al desarrollo real y hurtar recursos al mismo. El estado realiza una especie de «selección» al revés: recluta a los mediocres, a los tullidos espirituales, a los necesitados de protección, a los que enrola en su burocracia y que les sirven de proveedores de retórica (tradicionalista o progresista).

En su evolución posterior Maeztu moderará algo su posición, matizando que el Estado es una necesidad, nunca un bien en sí mismo, pero un cierto antiestatismo será una constante en su pensamiento. La posición de Maeztu resulta bastante más comprensible si tenemos en cuenta el contexto político en el que escribe. Su valoración negativa del Estado responde a una descripción bastante acertada del Estado real del régimen de la Restauración en el que vive: oligarquía, incapacidad, retórica huera y burocracias clientelares y parasitarias como defectos intrínsecos que Maeztu atribuye al Estado como institución, son realidades cotidianas de la España en que vive.

Pero el antiestatismo de Maeztu tiene un contrapunto paradójico: su militarismo. Futuro teorizante de la «Monarquía militar», veía en el ejercito uno de los más firmes elementos de cohesión disponibles{18}. A falta de un instrumento que ligara orgánicamente el Estado a la masa de ciudadanos, el Ejercito era el único medio de que disponen los gobiernos para relacionarse y comunicarse con las clases desprovistas de cultura. A las Fuerzas Armadas les correspondía la misión de forjar «este espíritu nacional que tanto contribuye al resurgimiento de la ciencia, de las letras y de la industria». Sin embargo esta misión del Ejercito se veía obstaculizada por la inexistencia de un ideal nacional. Fomentar este ideal era la misión que Maeztu reclama de los intelectuales, es decir «a los maestros, los escritores, los profesores, los hombres públicos, los poetas, los mismos oficiales, los mismos oficiales, no es cuanto militares, sino en cuanto pedagogos»{19}.

Tal como ha señalado Javier Varela{20} hay una cierta incongruencia de postular al mismo tiempo la iniciativa sin trabas de los individuos y la más extremada disciplina colectiva; a admirar las virtudes castrenses de unidad, disciplina y organización, mientras se denunciaba a la burocracia como fuente de todo mal; de denunciar al Estado como calamidad y admirar al Ejercito, que era una parte principalísima del mismo. Ciertas paradojas son una constante en el pensamiento de Maeztu, pero a su lado hay un núcleo duro que tiene una coherencia implacable.

Modernización económica y agentes sociales del cambio

En toda la obra de Maeztu hay una constante reivindicación de la necesidad de una burguesía nacional española, crecida fuera de la burocracia estatal, económicamente emprendedora, que sea protagonista colectiva de la modernización de España. Este programa empieza a ser desarrollado en Hacia otra España.

El embrión de esta burguesía nacional hay que buscarlo en aquellas regiones de España donde se ha iniciado un proceso de industrialización y de desarrollo económico: Bilbao y Cataluña. Maeztu inventa una figura imaginaria, el Sr. Raventós, como símbolo de esta «nueva España», y no es casualidad que el Sr. Raventós sea catalán. Para Valladares (pág. 124) hay tres imágenes en torno a las cuales pivota el libro Hacia otra España, y estas tres imágenes son el Sr. Raventós, Bilbao y la meseta castellana.

«Es muy probable que ninguno de ustedes haya oído hablar nunca del Sr. Raventós. El Sr. Raventós no es político, ni torero, ni actor en chico, ni en grande, ni criminal, ni siquiera comandante de una escuadra yanqui. El Sr. Raventós es un labriego honrado –¡qué inocente!– y trabajador –¡qué tonto!– que ha emprendido la misión de educar a los labradores españoles –¡habráse visto candidez semejante!» (pág. 65.)

El Sr. Raventós se ha desplazado a Madrid para gestionar la supresión de un recargo del 30 por 100 sobre la contribución rústica. Después de miles de gestiones consigue que se rebaje al 10 por ciento el recargo de la contribución. Ningún diario habla de sus gestiones, ningún otro labrador le felicita, nadie le despide al salir del pueblo ni nadie le felicita cuando regresa. El Sr. Raventós simboliza esta nueva burguesía nacional que reivindica Maeztu: no solamente es un hombre que conoce su oficio y que trabaja honradamente en el mismo, sino que además es capaz de catalizar una acción colectiva en defensa de unos intereses legítimos.

De hecho el Sr. Raventós está haciendo «política», aunque Maeztu no emplea esta palabra. En realidad está defendiendo, utilizando una frase del propio Maeztu, «los intereses por crear frente a los intereses creados». La imagen del Sr. Raventós le sirve a Maeztu para realizar una afirmación muy radical, que algunos han querido interpretar en clave nietchzeana, pero que en realidad responde al darwinismo social:

«Creemos que no hay más que dos razas de hombres; la de los hombres que conocen su oficio, raza superior que encuentra en el trabajo su placer y vive segura de si misma y del provenir, en un presente que mejora de día en día, y la raza de los hombres desconocedores de su oficio, raza deleznable que se arrastra penosamente por la vida, condenada a subsistir en fuerza de engaños o merced a la piedad de los demás.» (pág. 67.)

Esta «raza superior» a la que pertenece el Sr. Raventós debería ser, en esta otra España de Maeztu, quien dirigiera los destinos nacionales, desde la economía, la política y la cultura. Pero esto no es así, porque en la España de la Restauración el Estado hace una selección al revés, y pone a su servicio a la «raza deleznable».

«Pues bien, en nuestra España desventurada, por una lamentable derogación de las leyes dinámicas, por una inversión de las tablas de valores sociales, ha prevalecido, erigiéndose en directora y dominadora, la raza de los inútiles, de los ociosos, de los hombres de engaño y de discurso, sobre la de los hombres de acción, de pensamiento y de trabajo, que era precisamente la única digna de conservar la vida nacional y perpetuarla.» (pág. 67.)

Valladares (pág. 184) ha señalado el gran parecido entre el Sr. Raventós de Maeztu con the forgotten man (el hombre olvidado) definido una década antes por William Graham Summer, paladín del darwinismo social norteamericano, de cuyas influencias en Maeztu nos ocuparemos más adelante. En cualquier caso, tanto para Summer como para Maeztu, esos hombres y mujeres olvidados forman el núcleo de la sociedad, pero en lugar de ser tenidos en cuenta son «olvidados» sistemáticamente por los políticos de turno. El sistema español de corrupción, de recomendaciones y de expedienteo, ha contravenido la ley natural de selección de los mejores y ha erigido como élite dominante a la raza de los ociosos, de los inútiles y de los hombres de discurso y de engaño.

Otra imagen fundamental para entender Hacia otra España es la de Bilbao, que es para Maeztu el buque insignia de la marcha regeneradora hacia la otra España. Bilbao contiene, a pequeña escala, los trazos de lo que ha de ser la transformación de todo el país.

«Sucede con Bilbao lo que ya se ha hecho notar respecto de la capital de Cataluña. El forastero que lanza una ojeada sobre la aérea y esbelta grandiosidad del puente de Palacio, sobre los chalets que bordean la ría, sonriendo a la vida, sobre el dédalo de chimeneas, que a la par que con su negro incienso dulcifican la insondable infinidad del cielo azul, parecen erigirse en mensajeros de la heroica nobleza con que los hijos de esta férrea tierra han aceptado la ley ineludible del trabajo; el visitante que contempla la suntuosidad y esplendidez de los palacios del Ensanche, la canalización perfecta del Nervión, la escrupulosa pulcritud de calles y paseos, la sucesión interminable de vapores atracados a los muelles, la siega de montañas en la región minera y la tenaz audacia de las obras del puerto […] ese transeúnte, ese forastero no disimula su fervorosa admiración.» (pág. 89.)

Es un canto fervoroso a la industrialización y a la modernización. Lo que pueden hacer los fuertes, los mejores, los grandes capitanes de la industria, que en Bilbao están representados por los Martínez Rivas, los Víctor Chavarri o los Cosme Echavarrieta. Todos ellos eran el resultado de un laborioso proceso de selección natural y en su mano guardaban el don de la modernidad. Que muchos de estos nombres estuvieran vinculados a la aristocracia o al menos a la oligarquía no le importa nada a Maeztu. Tiene muy claro que el proceso de modernización de España tiene que estar en manos de minorías, de oligarquías incluso, pero que hayan aceptado «la ley ineludible del trabajo» y que se nieguen a engrosar las filas de una burocracia parasitaria e inoperante.

Pero estas minorías activas, ubicadas especialmente en Cataluña y Bilbao, no pueden desentenderse del problema de España. En la otra España que sueña Maeztu tiene que haber una hegemonía vasco-catalana, pero no hay lugar para el nacionalismo ni el separatismo. La retórica nacionalista es, para Maeztu, tan letra muerta como la retórica tradicionalista:

«Nos llevaríamos gran petardo si fuéramos, como pretenden los bizkaitarras y los catalanistas exaltados, a buscar en la etnografía o en la historia la causa fundamental del separatismo peninsular. Se nos habla del espíritu catalán y del espíritu vascongado en contraposición al espíritu de Castilla. Semejante contraposición no existe, a menos que no emplacemos frente al espíritu agrícola, el industrial y el industrialismo, en cuanto no afecte a las tarifas arancelarias, es por esencia cosmopolita.» (pág. 187.)

Para Maeztu las bases sociales del separatismo no son ni los empresarios ni los trabajadores, sino de las clases medias que aspiran a vivir del servicio del Estado, los aspirantes a burócratas, los leguleyos, es decir, los mismos sectores que mantienen al Estado español en su ineficacia y rapacidad, que aspiran a la creación de estados vasco o catalán para medrar a sus expensas:

«No salen los separatistas de entre las clases ricas ni de entre los obreros, porque el separatismo nace y recluta sus prosélitos entre las clases que llamaremos intelectuales, comprendiendo en esta denominación a cuantos hombres viven o pretenden vivir de la pluma, así se emplee en emborronar cuartillas como en llenar infolios en la Audiencia, como en redactar asientos sobre un librote de comercio.» (pág. 193.)

Maeztu rechaza pues el separatismo, al que considera un síntoma del mismo mal que aqueja a toda España{21}. Pero reclama la hegemonía vasca y catalana para realizar la gran obra transformadora que marcará el paso hacia esta otra España que reivindica. Esta obra es la colonización económica de la España interior, es decir, de Castilla. La imagen de Castilla en Maeztu es el contrapunto de la imagen de Bilbao y del Sr. Raventós, una imagen que no tiene nada que ver con la ensoñación de un paisaje ni con la evocación de glorias míticas. Castilla, para Maeztu, es un páramo despoblado por mil guerras, arruinado por la usura y el fisco, atrasado por que en el sobreviven las odiosas leyendas de los tiempos muertos. Un páramo poblado por gentes que odian al agua y al árbol, las dos fuentes de una riqueza potencial:

«El labriego castellano es pobre y cultiva sus tierras por el sistema de barbecho, cuando el barbecho solo se concibe en regiones ricas de ganado y ayunas de pasto. El labriego castellano carece de aguas…y en lugar de canalizar el Duero…se talan montes… y se organizan rogativas. El labriego castellano necesita asociarse…y malgasta su vida en pleitear por lo más mínimo…colocándose bajo el dominio absoluto del usurero, del abogado o del cacique. El labriego necesita aprender a cultivar su hacienda, y en lugar de educar a sus hijos en las granjas agrícolas, consume sus ahorros en hacer de ellos abogados, médicos o sacerdotes, gentes que carecen del amor a la tierra.» (pág. 169.)

Nada que ver con aquella imagen idealizada de Castilla o del campo castellano que encontramos en un Azorín o en un Unamumo. Aquí se hace evidente la separación de Maeztu de sus antiguos compañeros de generación del 98, y se justifica la tesis de que la ubicación del escritor vasco en este grupo generacional es, al menos, problemática y discutible. En este sentido Javier Varela ha escrito que Hacia otra España no es un texto típicamente noventayochista{22}, aunque sí, afirmamos nosotros, típicamente regeneracionista.

A partir de estas premisas va a desarrollar Maeztu su programa de regeneración nacional. El industrialismo catalán y bilbaíno está apresado en sus propias contradicciones; necesita abrir mercados interiores, pues se ha visto privado del mercado colonial. Es preciso que el núcleo de la meseta castellana ofrezca un mercado de consumo suficiente, y para ello es urgente la industrialización de la agricultura castellana.

«La industria del litoral necesita hoy de una Castilla populosa, de intensa vida, de ríos canalizados, que ensayara en sus tierras propios inventos de químicos abonos, que derribara las chozas de barro para levantar chalets multicolores, que desterrara de sus comidas el tétrico garbanzo –cuya digestión nos encamina a meditar sobre las torturas del infierno– para reemplazarlo por la carne sangrienta y el vinillo ligero que pueblan la cabeza de imágenes sensuales, de formas soberanas y triunfantes. Necesitaría una Castilla alegre y rica, bien poblada por gentes que amaran la vida, que supieran sacar a la tierra lo que la tierra puede dar de sí, y que emplearan estos frutos en mejorar las condiciones de su existencia, en crearse comodidades y bienestar.» (pág. 169.)

¿Quiénes serán los protagonistas de este proceso de modernización? Maeztu lo tiene muy claro: pequeños propietarios que trabajan la tierra (como el Sr. Raventós), artesanos atentos a la última innovación técnica, obreros con conciencia de sus intereses de clase, y, sobretodo, las clases comerciales e industriales. Pero esta gente no va a actuar por «idealismo» ni por «patriotismo», sino a impulso de una «egoísmo salvador», esgrimido por un racimo de individualidades sensatas y enérgicas.

«Para acometer tamaña empresa, no son partidos políticos, ni sentimentalismo literarios, ni ideales democráticos, ni tradiciones de orden, ni estados constituyentes, ni épicas gloriosas, ni marchas de Cádiz, ni profesores de humanidades, ni varones ilustres y probos lo que se necesita; sino bancos agrícolas, sindicatos capitalistas, ruda concurrencia, brutal lucha.» (pág. 170.)

Este «egoísmo salvador» crea el gran factor de transformación: el gran capital, el capital industrial. Frente a la España del espíritu ruin y del expedienteo, representada por Castilla, surge la España industrial del litoral que practica la ruda concurrencia y la brutal lucha por la vida. Su voluntad de dominio no es otra que hacer un gran negocio. Esta es la fuerza objetiva del capital que le vuelve irresistible, frente a la cual ética, política y filosofía son puras zarandajas, músicas celestiales y lamentos inútiles.

«Hay que llevar a la tierra la empresa por acciones; así comienza a hacerse en las nacientes industrias azucareras; así ha de realizarse en las vinícolas y en las otras explotaciones del suelo. La vida del litoral es imposible mientras el centro no se renueve y progrese. Está el obstáculo en ese expedienteo que malogra cuantos ensayos se hacen para crear nuevas fuentes de riqueza.» (pág. 170.)

La colonización de Castilla va a ser un doble negocio de suma importancia para el litoral de España: por una parte se invierten los ahorros; por otra se abren mercados interiores para las industrias periféricas. En este sentido Maeztu razona como Adam Schmidt, al suponer que la suma de los egoísmos individuales da lugar al bien general.

Frente a este proceso imparable del capital, que representa para Maeztu «la fuerza de las cosas» se baten en retirada los viejos escrúpulos, así como la caduca democracia leguleya, que intenta paralizar los capitales. Pero a pesar de la supuesta «imparabilidad» del proceso Maeztu reivindica como misión de los intelectuales el plantear la colonización de Castilla como un nuevo ideal. Pues aunque la industrialización del suelo castellano es inevitable, puede que la realicen manos no españolas.

«Para los intelectuales es esta colonización un nuevo ideal. No se le tache de prosaico y pobre. ¡Pobres de ánimo son los poetas que no acierten la epopeya del dividendo y del negocio, cuando es tan tentador el empeño de transformar nuestro romanticismo huero en práctico entusiasmo!…¡Ciegos los que no vean que si esta industrialización del suelo castellano no acierta a realizarla el litoral, se verificará de todos modos, más no por manos españolas!» (pág. 171.)

Influencia anglosajona

Hijo de madre inglesa, Juana Whitney (y casado más tarde con otra inglesa, Alice Mabel Hil) las influencia culturales del mundo anglosajón, tanto inglés como norteamericano, son una constante en el pensamiento de Maeztu. Está influencia de deja ya sentir en su experiencia juvenil en Cuba, es decir, antes de haber visitado Inglaterra y Norteamérica.

La actitud de Maeztu frente a la cultura anglosajona es ambivalente. Hay por una parte una profunda y sincera admiración. Hay por otra parte la clara conciencia histórica de que Inglaterra primero, y Estados Unidos después, han sido los grandes enemigos de España (y por extensión de la Hispanidad). Desde la destrucción de la Armada Invencible hasta las derrotas de Cavite y Santiago de Cuba, el poderío y expansión de las naciones anglosajonas ha marcado la derrota y la decadencia de España. Pero como Maeztu rechaza el casticismo está convencido de la posibilidad de una regeneración de España siguiendo el modelo anglosajón. Esta apuesta por la modernidad, desde una perspectiva anglosajona, confiere al joven Maeztu un sello original indiscutible{23}.

Esta actitud ambivalente de Maeztu se pone en manifiesto cuando contesta al discurso de Lord Salisbury, primer ministro inglés, donde con argumentos que rayan el racismo, afirma la superioridad del pueblo inglés sobre el español:

«Días atrás dijo Lord Salisbury, primer ministro inglés, en un discurso de cuya letra me he olvidado, pero cuyo fondo se me ha gravado indeleblemente en la memoria, que hay pueblos grandes, ricos, populosos, refinados, que en pocas horas pueden movilizar ejércitos inmensos, y pueblos agónicos, desprovistos de estadísticas capaces de velar eficazmente por su engrandecimiento, pueblos del pasado, cuya razón de ser estriba en su Historia solamente, pueblos que se aferran con extraña tenacidad a la conservación de su territorio, pero cuyos tristes destinos les impelen de un modo inexorable, a perder sus colonias en beneficio de los pueblos grandes.» (pág. 127.)

Maeztu comparte una parte del diagnostico del político inglés, el cual está haciendo en su discurso una clara alusión a España y a su derrota frente a Estados Unidos. Pero lo que Maeztu no comparte es la inexorabilidad de la decadencia de España. Maeztu está convencido de la posibilidad de le regeneración de España, pues no cree que sobre los españoles se cierna ninguna maldición casticista. Lo que hay es atraso económico, mala administración, malos hábitos, poca cultura y poca educación. Como buen nacionalista, Maeztu sigue creyendo en las posibilidades de los españoles, del pueblo español. Y pone como ejemplo unos vecinos suyos, una pareja joven de tenderos con dos hijos pequeños:

«Me sonreí pensando en que como esa pareja hay cientos de miles en España; pensando en que la mayoría de nuestras parejas son así, porque la española es una raza sobria, fuerte, fecunda y sana. ¡Llámenos enhorabuena Salisbury pueblo agonizante, si con aplicarnos el adjetivo redondea un párrafo! Pienso en las muchedumbres sajonas, ebrias y brutales, sosteniendo en fuerza de alcohol una vida de animalidad dóciles al látigo de la policía, pero desenfrenadas en cuanto de les sueltan los grilletes, pienso en el color pálido del obrero de Londres, o de Manchester, de Birmingham o de Liverpool, en la mujer sajona, de cuerpo seco y alma enjuta, y me sonrío, como el tendero de mi casa […] ¡Pregunte Salisbury a los chicos de mi tendero si están agonizantes!.» (págs. 128-129.)

Pero la influencia cultural anglosajona en Maeztu no se manifiesta únicamente en este sentimiento de ambivalencia. De hecho, el contenido ideológico de su propuesta regeneracionista no es otro que el darwinismo social, y este le llega del mundo anglosajón a través de dos autores muy concretos: Herbert Spencer y William Graham Summer.

El darwinismo social de Maeztu: Spencer y Summer

Los orígenes del darwinismo social de Maeztu hay que buscarlos en su etapa cubana. Por una parte su propia experiencia personal, forzado a ganarse la vida en los más dispares trabajos (en una fábrica de azúcar, como pintor de paredes, como cobrador de recibos), le predispuso favorablemente hacia teorías sociales que daban la bienvenida a la dura ley del trabajo y de la concurrencia. Por otra parte, en la Cuba dinámica que descubre Maeztu, no solamente hay una intensa transferencia de tecnología desde Estados Unidos, sino también de ideas.

Inglaterra hizo posible la obra intelectual de Darwin, pero donde realmente el darwinismo prendió fue en Estados Unidos{24}. Diez años antes de que Cambridge concediera a Darwin un título académico honorífico, ya la Sociedad Americana de Filosofía lo había nombrado miembro de honor, en 1869. El mismo Herbert Spencer, que protagonizó el más serio intento de sistematizar los postulados del darwinismo en el campo de lo social y lo político, fue mucho más popular en Estados Unidos que en Inglaterra.

Antes de seguir debemos matizar que la expresión «darwinismo social» resulta en realidad poco adecuada, y que el propio Darwin no vio con simpatía la aplicación de sus ideas al terreno sociopolítico. De hecho muchas de las ideas a las que se colocó la etiqueta de «darwinismo social» son más bien deudoras de la ética calvinista, de su individualismo radical y su doctrina de la predestinación. Pero el éxito y la polémica que envolvió las obras de Darwin invitaba a un sincretismo «religioso-científico» que podía ser presentado de forma secularizada y con pretensiones de cientifidad{25}.

Después de esta aclaración podemos afirmar que fue Herbert Spencer (1820 -1903) el autentico creador del darwinismo social. De formación autodidacta, como el propio Maeztu, procedía de una familia de radicales metodistas. Periodista y escritor, defendió que la sociedad debía organizarse de conformidad con las leyes de la naturaleza y que el mejor gobierno era el que menos intervenía en la vida de los individuos{26}.

Spencer fue colaborador de The Nonconformist y The Economist, y autor de diversos libros, entres los que destacan Estática Social (1850), Principios de la psicología (1855), Primeros principios (1862), donde definió todo un programa de trabajo que se fue concretando en Principios de biología (1864), Principios de la sociología (1876) y Datos sobre la ética, en dos volúmenes (1879- 1893); todas estas obras se recogieron en La filosofía sintética. Además publicó también Educación (1861) libro donde se recogen diversos artículos previamente publicados sobre temas educativos.

Spencer intentó formular y aplicar las leyes de la evolución a la psicología, la sociología la biología, la educación y la ética{27}. Su teoría evolutiva era algo ecléctica, pues aunque se fundamentaba en la «selección natural» de Darwin, también defendía la idea de la «herencia de los caracteres adquiridos», postulada por Lamarck a principios del siglo XIX, con consecuencias importantes en el terreno social.

Para Spencer el elemento de mayor importancia para la comprensión de las sociedades modernas es el proceso de diferenciación, como paso de un estado homogéneo a otro heterogéneo. Este proceso también está presente en la naturaleza, de la cual la sociedad humana no es más que una extensión. Así en geología vemos como una masa da magma se convierte en una montaña (¿), y también se produce diferenciación en las plantas y en los animales.

A lo largo de la historia el ser humano o mejor, la sociedad humana, también ha sufrido este proceso. Así, para Spencer, el hombre civilizado tiene un sistema nervioso más heterogéneo que el salvaje. El cambio social de la homogeneidad a la heterogeneidad se refleja en el progreso de la civilización. Las sociedades primitivas eran conjuntos homogéneos de individuos: cada hombre era guerrero, cazador, fabricante de herramientas…cada familia era autosuficiente. La jefatura fue la primera señal de diferenciación de una función. Luego el poder se hizo hereditario y apareció la diferenciación del trabajo, y como consecuencia de ella la sociedad se diferenció en clases.

Spencer aplicó la noción biológica de la «supervivencia de los más aptos» a las sociedades. Las modificaciones que se producen como consecuencia de la diferenciación social sobreviven si se adaptan al medio ambiente, aunque también incorporó a sus teorías la propuesta de Lamarck de la herencia de los caracteres adquiridos{28}.

La consecuencia inmediata de la doctrina de Spencer es que la sociedad humana funciona con las misma leyes que la naturaleza, y que siendo la selección natural el motor del cambio evolutivo, hay que dejar que esta selección actué también en la sociedad. Cualquier proteccionismo estatal, cualquier intervención del Estado en la economía, es decir cualquier forma de socialismo es nefasta, pues interfiere con las leyes naturales y hace inviable el progreso social.

Hay que aclarar que aunque estas ideas se consideren hoy día profundamente reaccionarias, no era así a principios del siglo XX. Spencer se consideró siempre un progresista, publicó en diarios considerados avanzados y se comprometió en causas contra los privilegios. Sociológicamente fue un representante de las clases medias emergentes.

Otro gran representante del «darwinismo social» norteamericano fue William Graham Summer{29} (1840-1910). Estudio sociología y economía en Yale, y posteriormente teología en Göttingen y Oxford, siendo posteriormente ordenado ministro episcopal. Más tarde regreso a Yales donde ejerció la docencia de estudios clásicos y de ciencia política y social. De su amplia producción literaria hay que destacar su libro What social classes owe to each other, en cuyo capítulo XI encontramos el magnífico estudio sobre «el hombre olvidado», cuyas influencias en Maeztu son evidentes.

A Summer se le considera un darvinista social, no solamente por su gran admiración por Spencer, sino por su decidido rechazo de las políticas «sociales» y de beneficencia a cargo de fondos públicos, pero en su pensamiento tuvo una influencia mucho mayor la creencia protestante en las virtudes de la ética del trabajo y del carácter sagrado de la propiedad privada que las consideraciones de tipo biológico o evolutivo{30}.

Para Espina{31}, que definió a Summer como el sociólogo más genuinamente conservador de toda la sociología norteamericana, su doctrina es una combinación casi perfecta entre la ética calvinista, la economía política y el darwinismo social. Así Summer interpretaba la manumisión de los esclavos negros no como consecuencia de ningún arbitrismo ético, sino como algo inherente al carácter de la sociedad industrial moderna, que, en palabras de Spencer, se basa en la coperación voluntaria y el contrato y no en la coacción, que caracterizaba a la sociedad militar y tradicional.

Para los antiguos esclavos, la liberación significaba que, junto a la sujeción, habían perdido también las garantías vitales. Después de la Guerra Civil, si querían disponer de tales garantías, los negros tenían que ganárselas. La noción de Estado del bienestar no cabía en el ideario summeriano, abiertamente consistente con el de Spencer, que deificaba la eficiencia, la iniciativa individual y el gobierno mínimo.

Spencer y Summer proporcionan a Maeztu el contenido doctrinal para su propuesta regeneracionista, es decir, esta otra España que Maeztu anhela se va a construir solamente si se aplican a la realidad española los principios de la ética individual del trabajo, de la libre concurrencia y de la no intervención del estado. El «hombre olvidado» de Summer, representado en España por el Sr. Raventós y la pujante burguesía bilbaína debe ser el protagonista de esta regeneración de España.

Es indudable que Maeztu recibió otras influencias intelectuales, pero estas tienen para nosotros una importancia menor. El impacto indudable de las lecturas de Nietzsche o de Marx ha alimentado el mito de un joven Maeztu nietzscheano, marxista o socialista. Veamos que hay de cierto en estos mitos.

¿Maeztu nietzscheano?

Es indudable que el joven Maeztu había leído a Nietzsche, y esta influencia de deja sentir en algunas frases y expresiones. Pero no son más que recursos retóricos. Tal como sostiene Fink{32}, Nietzsche ha sido uno de los filósofos más expuestos a ser malentendido de modo banal, y ante sus supuestas influencias sobre otros pensadores hay que preguntarse siempre si se trata de un influjo real de su filosofía, o si es la atracción que ejerce su estilo sugestivo.

En la confusa y nada sistemática filosofía de Nietzsche hay dos elementos fundamentales: el superhombre y el mito del eterno retorno. Una lectura superficial de Maeztu puede encontrar resabios nietzscheanos en su definición de la «raza superior» de hombre que conocen su oficio, o en su desprecio hacia la «moral de los tullidos» que quieren vivir a expensas del Estado. Pero no es así. Resulta algo difícil imaginar al «superhombre» de Nietzsche, pero resulta fácil ver que en ningún caso tendría nada que ver con el Sr. Raventos ni con la industriosa burguesía bilbaína a quien Maeztu tanto admiraba. Para el filósofo alemán estos tipos humanos no habrían sido más que filisteos despreciables.

El otro elemento fundamental de la filosofía de Nietzsche, el mito del eterno retorno, no aparece de ninguna manera, ni en Hacia otra España, ni en ningún otro escrito de Maeztu. No hay pues un Maeztu nietzscheano, sino un Maeztu regeneracionista y darvinista social que utiliza ocasionalmente recursos literarios y retóricos inspirados en la lectura de Nietzsche.

¿Maeztu socialista?

Blanco Aguinaga, en su libro sobre el 98{33}, describe como socialista al joven Maeztu. Entre sus argumentos está el hecho de que Hacia otra España fuera dedicado a José Verdes Montenegro, importante figura del PSOE de aquel tiempo, o que el propio Maeztu se definiera como socialista, en una carta dirigida a Ortega y Gasset en 1910.

Pero estos argumentos son puramente superficiales. Es indudable que Maeztu se movió en ambientes que hoy día calificaríamos de «progresistas», por lo que el hecho de que dedicara el libro a una importante figura del PSOE no prueba su filiación socialista. La revista Germinal, en la que colaboraba asiduamente se movía más bien en las coordenadas de un anarquismo algo nebuloso. Su auto proclamación de socialista es también particular: como sostiene Gonzalez Cuevas{34}, para Maeztu «socialismo» significaba capacidad de educar a los individuos en un ideario de lucha, de acción, y, por tanto, de forja de voluntades poderosas. Otra cosa es que Maeztu viera en los trabajadores de filiación socialista los más conscientes de sus intereses, y por tanto, los aliados objetivos de las nuevas clases medias que tenían que industrializar y modernizar España.

Otro argumento a favor del «socialismo» del joven Maeztu es la influencia recibida de la lectura de Marx, y la utilización por parte de Maeztu de algunas categorías del materialismo histórico en sus análisis. Pero esto tampoco debe llevarnos a confusión: no puede identificarse el marxismo (ni el socialismo) como proyecto sociopolítico concreto, con una interpretación de la historia (y esto es el materialismo histórico) compatible con otras ideologías, incluso conservadoras. El joven Maeztu veía en el marxismo un método para estudiar la historia y la sociedad, pero esto no lo convierte en socialista.

Además las relaciones de Maeztu con los socialistas, incluso en esta etapa, no fueron siempre placidas. Valentin Hernandez, director del órgano del socialismo bilbaíno La lucha de clases entre los años 1894 y 1896, calificó a «Ramirito», el chico de El Porvenir (diario donde trabajaba Maeztu) de mocoso y de darvinista rabioso.

Notas

{1} J. A. González Alcanud & A. Robles Egea, «El intelectual entre dos siglos: profetismo, compromiso y profesionalidad», en J. A. González Alcanud & A. Robles Egea, Intelectuales y ciencias sociales en la crisis de fin de siglo, Ed. Anthropos y Diputación provincial de Granada, Barcelona 2000, págs. 7-8.

{2} Para un estudio más profundo del papel del intelectual en la sociedad moderna ver K. Mannheim, «El problema de la Intelligentsia», Ensayos de sociología de la cultura, Aguilar, Madrid 1957.

{3} Este no es el caso de Maeztu, que procedía de una familia muy acomodada, vinculada a la oligarquía, pero que se había arruinado, en parte debido a la Guerra de Cuba.

{4} «El socialismo bilbaíno» Germinal, 11 (16–VII-1897)

{5} Ver Gonzalo Fernández de la Mora, Los teóricos izquierdistas de la democracia orgánica, Plaza Janes, Barcelona 1985, págs. 39-44. Ver también Fernando Martínez Buezas, La teología de Sanz del Río y del krausismo español, Gredos, Madrid 1977.

{6} Usamos el término «izquierda» en su sentido más genérico. Alguno sectores de la misma, concretamente los socialistas, despreciaban a los intelectuales por su origen pequeño burgués.

{7} El 18 de julio de 1936, Unamuno, que era rector de la Universidad de Salamanca, lanzó un arenga a los soldados del ejercito nacional, donde dijo «¡Venga soldados, a por el faraón del Pardo¡ en clara referencia a Azaña, presidente de la República.

{8} C. Lisón Tolosana, «Réquiem anatómico por una generación», en J. A. González Alcanud & A. Robles Egea, Obra citada, Barcelona 2000, págs. 17-30.

{9} J. Alsina Calvés, Pedro Laín Entralgo. El político, el pensador, el científico, Ediciones Nueva República, Barcelona 2010, págs. 127- 130. Ver también P. Laín Entralgo, «La generación del 98», en España como problema (II): Desde la generación del 98 hasta 1936, Galaxia Gutemberg/Círculo de lectores, Barcelona 2005.

{10} J. Ortega y Gasset, En torno a Galileo, Revista de Occidente, Madrid 1959.

{11} Un excelente estudio sobre el concepto lainiano de generación lo podemos encontrar en D. Gracia, Voluntad de comprensión. La aventura intelectual de Pedro Laín Entralgo, Triacastela, Madrid 2010, págs. 210-214.

{12} P. Salinas, «El concepto de generación literaria aplicado a la del 98», Revista de Occidente, diciembre de 1935.

{13} J. L. Villacañas, Ramiro de Maeztu y el Ideal de la Burguesía en España, Espasa Forum, Madrid 2000.

{14} Su nombre procede de Antonio Maura, presidente del Partido Conservador, que gobernó durante los años 1899-1904 y 1907-1909. Propugnó una revolución desde arriba, que era en realidad una reforma politico-administrativa dirigida contra el caciquismo. Presionado por el propio rey Alfonso XIII el Partido Conservador acabó substituyendo a Maura por Eduardo Dató. Los partidarios de Maura acabaron abandonando el Partido Conservador, en manos de los llamados idoneos y creando un partido propio. Algunos mauristas, como su propio hijo Miguel, evolucionaron hacia una republicanismo conservador. Otros, como Calvo Sotelo y Antonio Goicochea, fueron fundadores de Renovación Española, es decir, del partido monárquico antiliberal y de extrema derecha en el que acabó militando el propio Maeztu. Ver J. Gil Pecharroman, Conservadores subversivos. La derecha autoritaria alfonsina (1913-1936), Eudema, Madrid 1994.

{15} Hacia otra España, pág. 109. Hemos utilizado la edición de Biblioteca Nueva, Madrid 1997, a cargo de Juan Pablo Fusi e introducción de Javier Varela.

{16} P. C. Gonzalez Cuevas, La tradición bloqueada. Tres ideas políticas en España: el primer Ramiro de Maeztu, Charles Maurras y Carl Schimitt, Biblioteca Nueva, Madrid 2002, págs. 38-42. Ver también P. C. Gonzalez Cuevas, Maeztu. Biografia de un nacionalista español, Marcial Pons Historia, Madrid 2003.

{17} S. Valladares, «Hacia la otra España del joven Maeztu», Revista de Antropología Social, UCM, 1998, nº 7, págs. 177-213.

{18} P. Gonzalez Cuevas, (2003) obra citada, pág. 97.

{19} «Deber social del Ejercito», El Imparcial, 13 de febrero de 1902. «Patria y Ejercito», El Imparcial, 22 de Octubre de 1904. Citado por Gonzalez Cuevas (2003) pág. 98.

{20} Introducción de Hacia otra España, pág. 39.

{21} Xavier Casals, en su libro El oasis catalán (1975-2010), Edhasa, Barcelona 2010, sostiene una tesis parecida pero aplicada al momento actual. Según Casals la sociedad catalana se está «españolizando» en el sentido de que sus valores tradicionales (sociedad civil, iniciativa privada, cultura del esfuerzo) están en decadencia y que cada vez hay más catalanes que viven o aspiran a vivir de la administración.

{22} Introducción, Hacia otra España, pág. 39.

{23} Valladares, obra citada, pág. 190.

{24} Valladares, obra citada, pág. 194.

{25} Una prueba de esta dualidad la tenemos en los movimientos neoconservadores americanos, cuyo individualismo radical y aniestatismo tiene la imprompta del darwinismo social, pero cuyo fundamentalismo religioso les hace rechazar cualquier forma de evolucionismo y defender el neocreacinosmo y el llamado «diseño inteligente».

{26} B. Holmes, «Herbet Spencer (1810-1903)», Perspectivas: revista trimestral de educación comparada, vol. XXIV, 1994, nº 3-4, págs. 543-565.

{27} Holmes, obra citada, pág. 549.

{28} Este sincretismo no debe extrañarnos. Aunque posteriormente los términos darwinismo y lamarckismo aparecieron como interpretaciones opuestas e incompatibles de la evolución, no fue así en sus principios. En El origen de las especies Darwin admite la posibilidad de la herencia de los caracteres adquiridos como fuente de variabilidad, reservando siempre a la selección natural el papel de motor de la evolución.

{29} F. Rodríguez Genovés, «W. G. Summer: el hombre olvidado», El Catoblepas, 2005, nº 37, pág. 7.

{30} Rodríguez Genovés, artículo citada.

{31} A. Espina, «El darwinismo social de William Graham Summer revisitado: contra la plutocracia, la democrácia y el imperialismo», Reis, 2005, 110, págs. 201-211.

{32} E. Fink, La filosofía de Nietzsche, Alianza Editorial, Madrid 1976, pág. 11.

{33} C. Blanco Aguinaga, Juventud del 98, Siglo XXI de España, Madrid 1970.

{34} Obra citada (2003), pág 59.

 

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