Nódulo materialistaSeparata de la revista El Catoblepas • ISSN 1579-3974
publicada por Nódulo Materialista • nodulo.org


 

El Catoblepas, número 101, julio 2010
  El Catoblepasnúmero 101 • julio 2010 • página 10
Artículos

La Plaza de Armas
y la ciudad hispanoamericana:
figuras del imperio

Iván Vélez

Las plazas de armas constituyen el epicentro
del desarrollo de las nuevas urbes hispanoamericanas

Necesita Flash Player para ver este vídeo

Plaza de Armas, El debate, nº 47,
con Iván Vélez y Oscar Mazín, presentados por Ismael Carvallo.

El presente trabajo, ha tenido por objeto servir de base para la intervención de quien lo suscribe en el programa Plaza de Armas que, con periodicidad semanal, y bajo la dirección de Ismael Carvallo, se emite a través del canal mexicano Capital21. El título escogido para esta emisión fue: «La Plaza de Armas y la ciudad hispanoamericana: figuras del imperio».

Como es bien sabido, las plazas de armas, constituyen, en el caso de las ciudades fundadas ex novo, el epicentro del desarrollo de las nuevas urbes hispanoamericanas, pero también son, en muchas ocasiones, el resultado de las transformaciones que los españoles habrían introducido en los centros ceremoniales de las ciudades ya existentes que encontrarían en su avance por las tierras que terminarían llamándose América.

La alusión a las ceremonias, que contarían para su desarrollo con lugares fundados ex profeso, nos permitirá introducir, como herramienta de análisis de las plazas de armas y sus precedentes, la Teoría de las Instituciones desarrollada por Gustavo Bueno en su «Ensayo de una teoría antropológica de las instituciones»{1}, que emplearemos conjuntamente con su Teoría del Espacio Antropológico{2}. Será por medio de las herramientas que el Materialismo Filosófico pone a nuestra disposición, como podremos acometer la tarea analítica y clasificatoria de unos ámbitos de gran simbolismo, cuya expresión se lleva a cabo a través de edificios que integran en su arquitectura características y elementos singulares. Edificios que, a su vez, y al margen de las actividades a las que dan cobijo, sirven como escenario para la celebración de ceremonias de diversa índole.

Se trata, en definitiva, de mostrar aspectos fundamentales del ortograma imperial español{3}, manifestado, en este caso, a través de la fundación de numerosas ciudades o de la transformación de las existentes, estrategia que daba continuidad a lo ocurrido en la Reconquista española, en la cual las urbes servirían para consolidar el avance hacia el terreno musulmán. Las ciudades castellanas, que deben este adjetivo a su condición de fortificados asentamientos de frontera, sujetas a muy complejas situaciones, disfrutaron de diversos privilegios que dependían en gran medida de las contingencias bélicas en que éstas eran tomadas. Esta es la causa de la relativa autonomía de la que gozaban, sin perjuicio de su pertenencia a una red que se iba completando hasta encontrar su punto final peninsular con la toma de Granada, para luego proseguir más allá del Atlántico.

De la importancia dada a las ciudades como elemento civilizador por parte de los españoles, da cuenta el propio testimonio del descubridor, Cristóbal Colón, quien refiriéndose a los aborígenes de La Española, refiere lo siguiente:

«Ellos no tienen armas, y son todos desnudos y de ningún ingenio en las armas y muy cobardes, que mill no aguardarían tres, y así son buenos para les mandar y les hazer trabajar y sembrar y hazer todo lo otro que fuere menester, y que hagan villas y se enseñen a andar vestidos y a nuestras costumbres.»

El párrafo, más allá de un análisis relativista reducido al manido recurso de la llamada aculturación, contiene muchos de los componentes característicos del imperialismo hispano, entre el que destaca la institución de una sociedad urbana en mayor o menor medida, que incorpora a los indios.

La reproducción en suelo americano de lo realizado en España, con la ciudad como protagonista, ha sido observada por diversos estudiosos. Tal es el caso de Óscar Mazín, quien en la página 43 de su Iberoamérica: Del Descubrimiento a la Independencia, (Editorial El Colegio de México, México D.F., 2007) afirma, vinculando ciudad a imperio:

«En las Indias la ciudad es, inexorablemente, compañera del imperio. Sólo los imperios romano y español desarrollaron hasta tal punto la vocación urbana... el dato fundamental es que los centros urbanos prehispánicos existieron por sí mismos, mientras que cada una de las ciudades de raigambre ibérica fue parte de una misma red urbana a escala continental. Esta inmensidad entrañó la presencia de dos capitales que hicieron de las indias un territorio bicéfalo. México y Lima fueron los asientos respectivos de cada virreinato español...»

Como prueba del interés civilizador del Imperio español, hemos de destacar el dato de que en 1600 existían 500 ciudades virreinales y entre 8000 y 9000 pueblos, cifra que en el caso de las urbes, se sitúa en el final del Imperio en unas 1000. Estas estructuras urbanas permitirían la integración de los indios en el Imperio a título de súbditos de la Corona, tal y como lo eran los propios conquistadores. Los indios, además, pudieron conservar la lengua y, en su caso, el estatus que tenían antes de la llegada de los conquistadores. Varias instituciones se encargarían de velar por estos derechos, entre las que destaca el Consejo de Indias de Madrid fundado en una fecha tan temprana como 1524. La evangelización, inserta en principio en una estrategia alimentada por el agustinismo político{4}, sería la mejor herramienta para la incorporación de éstos al Imperio, integración que acarreaba diversas peculiaridades como es el hecho de que los indios estaban exentos del alcance del Santo Oficio, exención que parece tener cierta relación con la percepción de éstos hombres “dejados de la mano de Dios”, como buenos salvajes ignorantes de la Buena Nueva, lo cual no impidió que en 1616 fray Juan de Torquemada en su Monarchia indiana, se refiriera a la capital del Imperio azteca, poblada como es lógico por indios, en los siguientes términos

«Tenochtitlán era Babilonia, república de confusión y mal, pero ahora es otra Jerusalén, madre de provincias y de reinos.»

No obstante, insistimos, la percepción dominante que de los indios se tuvo desde un principio, fue la de unos hombres que no rechazaban la fe católica, sino que, simplemente, la desconocían. De este modo, el propio Américo Vespucio se refiere a ellos en los siguientes términos:

«Tampoco tienen sus propios bienes, sino que lo tienen todo en común. Viven juntos sin rey, sin autoridad, y cada uno es señor de sí mismo.»

Después de hacer estas afirmaciones que harían hoy las delicias de los indigenistas que promulgan la vuelta a una paradisíaca barbarie, Vespucio introduce un tamiz clasificatorio de raíz helénica para completar su idílico cuadro:

«…viven según la Naturaleza y pueden llamarse más justamente epicúreos que estoicos.»{5}

Por terminar con este sucinto análisis de la población que conformaba el Imperio, hemos de señalar otro aspecto fundamental ligado al eje circular del espacio antropológico. Éste no es otro que el mestizaje, fruto de la mezcla de razas que daría lugar, entre otros, a un frondoso léxico que daba cuenta de los diversos tipos de súbditos de la corona hispana, en atención a su aspecto físico. Por lo que respecta a la esclavitud, también admitida en territorios hispanos, hemos de decir que ésta fue muy inferior a sus análogos holandeses o ingleses, aumentando significativamente la manumisión de esclavos a finales del siglo XVII.

Pero regresemos a las ciudades. Del grado de autonomía, antes señalado, del que gozaban urbes que controlaban vastos territorios, habla bien a las claras la tardía rivalidad que se dio entre las ciudades de Quito y Guayaquil en pleno proceso de descomposición del Imperio, poco antes del comienzo de los movimientos independentistas que habrían de dar lugar a las actuales naciones políticas hispanoamericanas, entre ellas la República de Ecuador, a la que pertenecen estas antiguas ciudades integradas en el Virreinato de Nueva Granada. Frente a las ciudades españolas, fieles al modelo imperial descrito, se sitúan las urbes anglosajonas u holandesas, e inclusos las factorías portuguesas –llamadas feitorias– de índole comercial, razón por la cual se ubicaron únicamente en el litoral del actual Brasil, constituyendo una réplica de lo realizado previamente por Portugal en África. Se trata, como vemos, de la manifestación urbanística de los imperios depredadores, ávidos tan sólo de extraer materias y hombres esclavizados.

En definitiva, rebasados los límites peninsulares, los españoles proseguirían construyendo ciudades, localizándose éstas, en un principio, en archipiélagos desde los cuales, a modo de plataforma, y como magistralmente ha construido su tesis el filósofo español Pedro Insua{6}, se acometería la tarea de la conquista continental, llevada a cabo en América, partiendo de las ínsulas antillanas para adentrándose en la llamada Tierra Firme, y reducida a tentativa en el caso del Asia tras la conquista de Filipinas.

Por lo que respecta a las ciudades de nueva planta, el espacio que terminaría convirtiéndose, por vía de la edificación circundante, en plaza de armas, tendría como punto de partida una ceremonia fundacional similar a la que describiría el escribano que acompañaba al adelantado del virrey del Perú, Jerónimo Luis de Cabrera, refiriéndose a la fundación de la ciudad argentina de Córdoba de la Nueva Andalucía, acto celebrado el 6 de julio de 1573:

«Como leal vasallo de Su Majestad y en señal de poblazón e fundación en el nombre de la Majestad Real del Rey don Felipe nuestro señor, mandó poner e puso un arbol sin rama ni hoja con tres gaxos por rollo o picota e dixo que mandava e señalava que ally fuese la placa de dicha ciudad de Córdoba e que en este lugar se execute la Real justicia públicamente en los malhechores, el cual rollo e picota quedó puesto e hincado donde el dicho señor gobernador mandó e señaló.»

En el texto, hallamos una institución objetual de gran importancia en la España peninsular que luego se proyectaría allende el océano: la picota{7}, hito de carácter jurídico que se erigía para tomar posesión de una tierra sobre la que se comenzará a construir una nueva ciudad. Se trata, en suma, de una institución penal que serviría en principio para llevar a cabo ejecuciones capitales, pero que más tarde irá perdiendo su dimensión práctica para ir adquiriendo un significado meramente simbólico, el del poder ejecutivo capaz de hacer cumplir las sentencias de acuerdo con un conjunto de leyes operantes en el Imperio Español. En efecto, los originarios maderos o árboles de justicia, darán paso a columnas pétreas en las cuales, las argollas metálicas son sustituidas por elementos heráldicos en los que se inscribe otro nivel de símbolos convenientemente codificados según un particular lenguaje.

El origen de dichas picotas, habremos de buscarlo en la España de los siglos anteriores a su salto al Nuevo Mundo con el propósito de envolver al Islam. Prueba de ello es el hecho de que en Las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio (1283), ya se trate en torno a estos elementos:

«La setena es cuando condenan a alguno a que sea azotado o herido públicamente por yerro que hizo o lo ponen por deshonra de él en la picota, o lo desnudan haciéndole estar al sol untado de miel porque lo coman las moscas alguna hora del día.»{8}

La presencia de cruces en la cúspide de los rollos, incorporaría en éstos un elemento esencial en el Imperio español, su carácter de Imperio católico que debería recubrir el globo, incorporando en su avance, por la vía de su conversión, al mismísimo del Gran Kan o recuperando Jerusalén para la Cristiandad, dará lugar a una pieza esencial e imprescindible en toda plaza de armas: la iglesia o catedral que, junto con edificios donde se albergaba el poder político, iban rodeando el vacío central en torno al cual se iba desplegando un urbanismo de referencias clásicas y fuerte contenido geometrizante.

Los españoles edificarían ciudades de nueva planta, sirviéndose de experiencias urbanísticas acumuladas. Por lo que a su disposición se refiere, es un lugar común referirse a las ciudades griegas diseñadas por Hipódamo de Mileto, cuya impronta permanece no sólo en forma de viejos trazados que la arqueología hace aflorar, sino, incluso, en un adjetivo empleado con frecuencia en el lenguaje arquitectónico: «hipodámico». En efecto, la disposición en damero de los nuevos asentamientos humanos, dotaría de orden a los mismos, simplificando, cuando la orografía lo permitía, la construcción de nuevas ciudades a menudo sucesoras de campamentos militares o colonias. En este sentido, y como precedente inmediato de las nuevas ciudades americanas, en España se halla el campamento militar, luego municipio, de Santa Fe, levantado por los Reyes Católicos para la toma de Granada en 1483. En esta nueva ciudad ya encontramos las características propias de las ulteriores plazas de armas. La ciudad está cerrada por murallas torreadas abiertas por cuatro puertas donde mueren dos calles principales que evocan el cardo y decumano romanos. En una de estas puertas, la de Loja, donde se colocaría una imagen de la Virgen del Carmen, puede leerse la siguiente inscripción:

«Rex Ferdinandus, Regina Elisabet, urben quan cemis, mínima constituere die adversus fides erecta est, ut conterat ostes. Hit censet dice, nomine Santa Fides». («El Rey Fernando y la Reina Isabel, esta Ciudad que ves, en muy pocos días levantaron. Erigiese para destruir los enemigos contrarios a la Fe, por eso creen que se le debe llamar Santa Fe».)

Las conexiones entre Imperio, religión y urbanismo, a la luz del texto granadino, no pueden ser más explícitas.

Por lo que respecta a la plaza de armas de Santa Fe, ésta viene dada por la unión, en torno a un vacío central, de un templo católico, la iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación, el ayuntamiento, y otras instituciones vinculadas a la capa basal, pero controladas por la capa conjuntiva de la sociedad política española de la época, tales como el mercado o el pósito, banco de semillas erigido más tarde.

Plano de la traza original de Santa Fe, Granada, España
Plano de la traza original de Santa Fe, Granada, España

Pero Santa Fe no es más que el punto final, por lo que a la España peninsular se refiere, de una serie de nuevas poblaciones que se irían levantando tanto en el reino castellano como en el aragonés, así, podemos citar nuevas ciudades fundadas una vez que la Reconquista ha comenzado a consolidarse. De entre ellas, destacan Puente La Reina, Briviesca, Tolosa, Estella o Villarreal{9}, poblaciones todas ellas que no pudieron beber de las enseñanzas de Vitruvio, pues su obra, Los Diez libros de Arquitectura, no se recuperarían hasta 1486, siendo traducida al español en 1583. Los ejemplos traídos, se alimentarían de la propia tradición urbanística española, que ya llevaba incorporados componentes clásicos.

El despliegue de estas ciudades, vendría acompañado de las obras de diversos tratadistas tales como el clérigo franciscano Francisco Eximenis, autor de El Cristiano, libro en el que se dan diversos consejos para el trazado de ciudades. Más tarde, Rodrigo Sánchez de Arévalo, en su Suma de política, de inspiración aristotélica, también se ocuparía de estos asuntos. Pero si estos urbanistas dejarían sus ideas plasmadas sobre el papel, sus obras son, en gran medida, la representación de un acto ejercido durante siglos, el trazado de las citadas localidades de nueva y regular planta levantadas en España desde el siglo XII, al ritmo de la Reconquista.

En su obra, el gerundense Eximenis trata sobre la plaza mayor o de armas, aludiendo a la configuración de ésta e introduciendo en su idea de ciudad, ciertas medidas «higienistas» en lo que respecta a aspectos tanto sanitarios como morales:

«En el medio de la ciudad debe estar la Sede [Catedral] y detrás de ella debe haber una plaza grande y hermosa con gradas altas… Por el honor de la Catedral y de los divinos sagrarios no se debe hacer ningún solaz deshonesto ni debe haber allí cosas venales ni se debe tener ninguna inmundicia, horca ni prisión, ni se debe castigar a nadie sin sentenciar […]. Los hospitales de leprosos, los burdeles, los locales de juego…deben estar en la parte contraria al viento que más sopla en la ciudad, de modo que aquel viento no traiga las infecciones del dicho lugar, sino que las aleje…»

Santa Fe, por lo tanto, es un modelo fundamental de este urbanismo de origen militar. Su reflejo en el Nuevo Mundo, lo representa, entre otros, la propia Santa Fe de Bogotá, inspirada en su homónima granadina. Asentada sobre un pequeño campamento indígena, la ciudad colombiana, que en su fundación de facto, el 6 de agosto de 1538, sería llamada por Gonzalo Jiménez de Quesada, Nuestra Señora de la Esperanza, sería rebautizada con su nombre actual al año siguiente, en 1539, durante su fundación jurídica, llevada a cabo mediante una serie de ceremonias perfectamente institucionalizadas entre las que se incluye la constitución de un cabildo dotado de un escudo de armas, posterior a la erección de una capilla. En su plaza de armas, en cuyo centro se situaba el rollo, Bogotá tendría una Audiencia, edificio desde donde se ordenaba tanto el territorio como las personas sujetas a éste. La ciudad de Bogotá, asimismo, se integraría en el Virreinato de Nueva Granada, dependiente a su vez del Virreinato del Perú creado por Carlos V en 1542, en cuya cabeza figuraba la ciudad de Lima, también de nueva planta.

De la vigencia del modelo que supuso Santa Fe en el avance por el nuevo continente, da cuenta el hecho de que, incluso, algunos distinguidos personajes, participarían de este trasplante urbanístico. Tal es el caso de Nicolás de Ovando, combatiente en Granada y posterior gobernador de La Española, quien refundaría la ciudad de Santo Domingo.

Frente a la ciudad de México, de la que nos ocuparemos al final de nuestro trabajo, destaca sobremanera Lima, cabeza del Virreinato del Perú, cuyo origen es la conquista del Imperio inca por parte de Francisco Pizarro, que tendría, como colofón, la entrada de éste en la ciudad de Cuzco en 1534, tras la captura, el 16 de noviembre de 1532, de Atahualpa en el famoso episodio de Cajamarca al que nos referiremos brevemente.

Dejando por un momento las cuestiones urbanísticas, hemos de detenernos por un momento en la figura de Pizarro, pues de su conducta en la Batalla de Cajamarca se pueden extraer jugosas conclusiones que faciliten la comprensión del despliegue español por el Nuevo Mundo. El avance del conquistador extremeño, coincidirá con una circunstancia muy concreta del Imperio Inca, el hecho de que éste se hallara inmerso en una grave crisis debida a las aspiraciones de diversas facciones ávidas de acceder al poder. Sin embargo, no fue esta circunstancia la única que actuó a favor del conquistador español.

Por lo que se refiere a la cita de Cajamarca, destaca el hecho de que Atahualpa acudirá envuelto en muy barrocos ceremoniales acordes con su condición de semidiós, característica que se volvería en su contra. Conocida es la escena según la cual, cuando el fraile español Vicente de Valverde le ofrece la cruz y una biblia, instándole a abandonar su paganismo, abrazar la fe católica y convertirse en súbdito del emperador Carlos, Atahualpa las rechaza enérgicamente, arrojando lejos de sí la desconocida institución cultural, pero también tecnológica, que supone el libro, momento en el cual los 180 españoles, pertrechados de algunas piezas de artillería y de 137 caballos, incorporan este verdadero deus ex machina en el encuentro, lo que causa tal confusión y espanto entre los incas, que permite la captura de su emperador y el subsiguiente descabezamiento de su Imperio, a cuya cabeza, tanto política como religiosa se situaba el propio Atahualpa{10}.

Alimentadas por la leyenda negra antiespañola, las interpretaciones de esta batalla, y en general de toda la conquista de América, se reducen a aludir a la codicia de oro por parte de los españoles, a su sed de sangre, fanatismo religioso e, incluso, rebasando el límite de la extravagancia, al despliegue de una guerra bacteriológica por parte de unos individuos que, paradójicamente, ignoraban qué eran los virus y, por descontado, cuáles eran los mecanismos de inmunización. Muy al contrario, a nuestro juicio, la explicación de por qué un imperio pudo derrotar a otro con tan gran facilidad, habremos de buscarla de la mano de argumentos materialistas que nos alejen de tan ideológicas y ramplonas explicaciones. En la Batalla de Cajamarca, según nos parece, lo que se escenificaría es el choque, en el cual lógicamente se insertarían diversos y estériles diálogos, entre dos civilizaciones, entre dos imperios en suma. Por el lado inca, su caudillo era jefe no sólo militar y político, sino también religioso, algo que no ocurría por el lado español, pues a pesar de las interpretaciones de cesaropapismo arrojadas sobre la figura Carlos I, lo cierto es que la iglesia católica a la que él pertenecía, tenía una cabeza religiosa bien definida, el Papa, y esto sin perjuicio del poder e influencia que sobre éste pudiera tener el máximo representante de la llamada Monarquía Católica. En cuanto a las diferencias existentes entre las religiones a las que se acogían incas y españoles, cuestión nada baladí, hemos de señalar que mientras los incas se encontraban en una fase secundaria de la religión, con fuertes componentes numinosos y mitológicos, los españoles llevarían consigo los atributos propios de una religión terciaria, que en este caso, no se limitaban exclusivamente a cuestiones teológicas o a disquisiciones escolásticas, interpretadas a menudo, como simples discusiones bizantinas. Los religiosos españoles, serían pieza clave en el desarrollo del Imperio, hasta tal punto, que son ministros de la Iglesia los que se reúnen en diversas ocasiones para tratar sobre las controvertidas cuestiones que planteaba la conquista de unas tierras habitadas por hombres. Mucho antes de estos hechos, el Imperio español, consciente de su escala, tanto en su plano religioso como en lo concerniente a sus intuidos límites físicos, contaría con dos documentos de capital importancia: las bulas de Alejandro VI y el Tratado de Tordesillas, firmadas en 1493 y 1494 respectivamente. Conquista y evangelización quedaban unidas, si bien, ambos aspectos se irían disociando paulatinamente.

Al margen de estas características estructurales de ambos imperios, los españoles contaban con un nivel tecnológico muy superior al de sus adversarios americanos, que se reflejaba no sólo en cuestiones armamentísticas, sino en otras que resultarían definitivas en momentos como el vivido en Cajamarca. Nos estamos refiriendo a la existencia de una escritura tan desarrollada, que permitía dejar constancia de una serie de relatos muy particulares, los de las batallas clásicas –lideradas por Alejandro, César &c.– en los cuales quedan incorporadas las estrategias bélicas de las que se aprovecharían los conquistadores españoles primero en la Península Ibérica –recuérdese la construcción, por medio de incendios, de un desierto en la zona septentrional de Castilla con Alejandro como modelo– y después allende el Océano.

Así pues, desmantelado el Imperio inca, tras el fallido intento de construir la ciudad de Jauja –repárese en el significativo nombre escogido para denominar la nueva ciudad-, Lima se funda el 18 de enero de 1535 bajo la denominación de Ciudad de los Reyes, en homenaje al día de la toma de este territorio por las tropas de Pizarro y sus aliados indígenas. La ciudad, debido a las hostilidades que mantuvieron los españoles con los restos del Imperio inca primero, y los enemigos europeos después, debió ser fortificada y posteriormente amurallada, hecho poco frecuente en el urbanismo hispanoamericano, excepción hecha de las ciudades costeras, que debieron dotarse de estas defensar corticales al estar expuestas a los ataques de los imperios depredadores –Inglaterra a la cabeza- que a partir del siglo XVII comenzarían a constituir una seria amenaza para el Imperio Español. Por lo que respecta a su urbanismo, el centro de Lima unirá Palacio Real, Ayuntamiento, Real Audiencia, Real Hacienda, Mercado, Catedral y Palacio Arzobispal, acogiendo en 1583 el III Concilio de América del Sur. Fuera de la plaza de armas, se levantarían, 12 conventos masculinos, 6 femeninos, hospitales, la Universidad de San Marcos y diversos colegios.

Plano de Lima
Plano de Lima

Si en el caso de las ciudades de nueva planta, las instituciones más representativas se irán asentando alrededor de un vacío central, las plazas mayores, en aquellas ciudades que se levantarían sobre otras preexistentes, ocurrirá otro tanto, pues el espacio ceremonial que ocupaba su centro, sería sustituido por la escenografía imperial. En este sentido, destaca sobremanera lo acaecido en Tenochtitlán, pues en torno a esta metrópoli doblemente imperial, tenemos abundante información, que nos viene dada, entre otros documentos, por las propias Cartas de relación de Hernán Cortés o por la magnífica crónica que es la Historia verdadera de la conquista de Nueva España, obra de Bernal Díaz del Castillo, acompañante del conquistador extremeño en la epopeya mexicana. Si la traza de ciudades ex novo, contaba con una larga tradición hispana, la transformación de ciudades ya ocupadas, no le iría a la zaga, como prueba el hecho de que ya existían protocolos institucionalizados que se ponían en práctica tras la conquista. En efecto, es sabido que una vez tomada una población a los musulmanes, los cristianos realizaban diversas ceremonias de fuerte carácter simbólico que permitían integrar, o mejor dicho reintegrar, las ciudades conquistadas a la España católica. De entre éstas, podemos destacar aquella que se realizaba con el fin de purificar los templos en que oraban los infieles, a menudo asentados sobre templos cristianos anteriores, que a su vez lo hacían sobre edificios romanos, siguiendo una estratigrafía de gran interés arqueológico. Para ello, se empleaba una sustancia de propiedades higiénicas, la sal, incorporada a un líquido elaborado a base de agua, ceniza, vino, con el cual se limpiaban dichos templos, mediante su aplicación a las paredes y el suelo.

Cuando los españoles, tras un largo periplo por lo que hoy se conoce como México{11}, cuyo comienzo se sitúa en el célebre desembarco de Cortés y sus hombres en 1519, llegan a contemplar Tenochtitlán, se maravillan de la traza de esta ciudad lacustre que, de inmediato, les evoca el aspecto de Venecia{12}.

La metrópoli, situada entre dos lagos, uno salado, llamado Texcoco, contenido por un gran dique y otro de agua dulce, contaba con un gran desarrollo en materia hidráulica, perceptible no sólo por los canales, diques y acueductos que la atravesaban, sino por el hecho de asentarse sobre un suelo artificial, las llamadas chinampas, sistema que se basaba en el clavado de estacas a las que se iban arrollando raíces, hasta consolidar un firme sobre el que era posible edificar y cultivar.

De gran escala y sorprendente regularidad, los españoles quedarían hondamente impresionados por su espacio ceremonial, y no sólo por el tipo de edificaciones que lo conformaban, sino, sobre todo, por acoger ceremonias que los conquistadores no dudan en caracterizar de heréticas. Bernal Díaz del Castillo, en su Historia verdadera de la conquista de Nueva España, describe de este modo dicha plaza:

«Y después subimos a lo alto del gran cu, en una placeta que arriba se hacía, en donde tenían un espacio a la manera de andamios, y en ellos puestos unas grades piedras, adonde ponían los tristes indios para sacrificar, y allí había un gran bulto como de dragón, y otras malas figuras, y mucha sangre derramada de aquel día…»

«Y estaban todas las paredes de aquel adoratorio tan bañado y negro de costras de sangre, y asimismo el suelo, que todavía hedía muy malamente»

Los templos, en los cuales se practicaban sacrificios humanos, llamaron poderosamente la atención de los conquistadores y los clérigos de que se acompañaba. En el plano que Cortés envía a Carlos V, se puede observar el espacio central de la Tenochtitlán azteca, que posteriormente daría lugar a la plaza de armas española. En esta reliquia cartográfica, se distingue el templo, al que Cortés se referirá en sus Cartas de relación como «mezquita mayor». Fiel exponente de la arquitectura sagrada ligada a la religiosidad secundaria, esta construcción, plagada de «dragones», esto es, de representaciones de dioses zoomorfos queda equiparado, si seguimos la voz empleada por el conquistador extremeño, con el Islam, por vía de la barbarie a la que aztecas y musulmanes pertenecerían, según la particular visión de un católico hispano de su época. Alrededor del plano de Cortés, parecen gravitar ideas agustinianas. La conquista de Tenochtitlán, ampliaría la Ciudad de Dios. Así parece confirmarlo el propio estilo empleado para representar la capital del Imperio azteca, dibujada como si de una ciudad europea se tratase.

Plano de Tenochtitlán
Plano de Tenochtitlán

En su centro, las principales construcciones aúlicas se distinguen por su singularidad formal y por los nombres con que son rotuladas. Así, podemos localizar en el plano el llamado Templum ubi sacrificant, o el zoológico de Moztezuma, así como el macabro Tzompantli o altar de cráneos que en la cartografía hispana aparece bajo el nombre de capita sacrificorum.

Pero si lo anteriormente citado se refiere a cuestiones arquitectónicas, no serán menos importantes las ceremonias desplegadas en dichos escenarios, reprobadas por Cortés, quien no duda en reprocharle a Moctezuma su conducta, según lo recoge el soldado de Medina del Campo en su Historia verdadera…:

«Señor Montezuma: no sé yo cómo un tan gran señor y sabio varón como vuestra merced es, no haya colegido en su pensamiento cómo no son estos vuestros ídolos dioses, sino cosas malas, que se llaman diablos, y para que vuestra merced lo conozca y todos sus papas lo vean claro, hacedme una merced: que hayáis por bien que en lo alto de esta torre pongamos una cruz, y en una parte de éstos adoratorios, donde están vuestros Uichilobos y Tezcatepuca, haremos un apartado donde pongamos la imagen de Nuestra Señora (la cual imagen ya Montezuma la había visto), y veréis el temor que de ello tienen esos ídolos que os tienen engañados.»

El conflicto religioso estaba servido, y con él, la incompatibilidad de sus meras representaciones. Si la prudencia política y militar aconsejaban andar con cautela por el centro del idólatra universo azteca, no es menos cierto que los españoles erigirían una pequeña capilla en la que orar a su dios terciario, si bien con limitaciones por lo que respecta al ceremonial: la ausencia de vino, impedía la celebración de misas.

La captura de Moctezuma, la salida de Cortés para enfrentarse a Pánfilo de Narváez, enviado a Tierra Firme por Diego de Velázquez, el episodio de la Noche Triste y la posterior devastación de Tenochtitlán, darán paso a la reedificación de la ciudad española sobre las ruinas de la mexica. De esta sucesión de ciudades, da cuenta el hecho de que cuando se edifica la iglesia de Santiago sobre las ruinas del templo pagano, afloran reliquias fundacionales del templo aterrazado en el que se veneraba a los dioses aztecas.

La Ciudad de México, empero, conservaría diversas estructuras precedentes. Sobre todo en lo referido a las citadas obras de carácter hidraúlico. Los canales permanecerán ahora para defender al núcleo central, habitado por españoles, de posibles sublevaciones de los propios indios, temor que se expresa de forma reiterada en las actas que anualmente redactaba el Cabildo, preocupado por el desplazamiento de los españoles a la ciudad de Lima. El uso de los canales de agua como elemento de defensa, reaparecería más tarde en Cádiz, durante la Guerra de la Independencia. Los famosos caños, canales que servían para la abastecer los molinos hidráulicos, sirvieron como fosos defensivos. Una institución radial, ligada a la capa basal de la sociedad política española, adquiriría de este modo, una inesperada dimensión cortical.

La nueva ciudad, que andando el tiempo, y según las palabras de Juan de Viera en su Breve y compendiosa narración de la ciudad de México, llegaría a ser «teatro de maravillas, o bello laberinto de grandeza», partiría precisamente de un espacio central, en el que se ubicarían los edificios más importantes, desplegándose siguiendo una disposición en damero que reproduciría en gran medida la traza de la ciudad azteca, pues ésta, obligada por las características de un suelo fabricado, observaba una gran regularidad. Pero si las dos ciudades comparten muchas de sus características formales, la llegada de los españoles traería consigo una agrimensura muy desarrollada que bebía de las fuentes de la geometría euclídea. Los llamados maestros jumétricos, serían deudores no sólo de los teoremas griegos, sino de las labores que los ingenieros romanos desarrollarían en las tierras que terminarían llamándose España.

En la plaza mayor se ubicarán no sólo edificios, sino también otras instituciones de gran poder representativo que se importan de Castilla. El día 12 de agosto de 1527, en las Actas del Cabildo de la Ciudad de México se puede leer.

«…e porque todavía conviene al bien e noblecimiento de esta Cibdad que la dicha agua se traya a la plaza e se haga la fuente e pilar e rollo que estaba acordado e mandado hazer…»{13}

Junto a esta institución penal, la Ciudad de México mostraría un temprano interés en dotarse de diversos símbolos tales como bandera o escudo de armas, así como de la posibilidad de incorporarse como un miembro más en las Cortes castellanas. La aspiración de equipararse con las ciudades castellanas, queda patente el 12 de mayo de 1533, cuando en las Actas se recoge el encargo que el cabildo realiza al alcalde Ruy González y al regidor Bernardino Vázquez de Tapia de hacer unas mazas para los porteros del cabildo:

«…por quanto su majestad hizo merced a esta ciudad para que los porteros della puedan traer mazas como las trae la ciudad de Burgos…»{14}

Es precisamente el Cabildo, fundado en 1524, la institución que en los primeros años dirija el crecimiento de la ciudad. La estructura de la misma, constará de un núcleo central poblado por españoles, siendo los conquistadores los que tiene preferencia en el reparto de solares y huertos; y una periferia en la que se asentarán en principio los nativos en una zonificación cada vez más permeable. Hasta tal punto estaría planificada esta expansión urbanística, que en 1530 se dispone ya de una «traza de la Cibdad» en la cual se establecían las dimensiones de los solares, así como la propiedad de los mismos.

La nueva Ciudad de México, capital de Nueva España, iría recubriendo la antigua ciudad azteca, dividida en diversos cuadrantes –campan en lengua nahualt–, en cuyo centro se reproducía a pequeña escala lo existente en el gran espacio ceremonial, localizado, según le leyenda, en el lugar en el que el águila devoraba a la serpiente. Estos cuerpos urbanos, adscritos a deidades locales y regidas por gobernantes ligados a sagas familiares, serían sustituidos, con la llegada de los españoles, por una suerte de zonificación de carácter religioso. De este modo, la erección de monasterios dominicos, mercedarios, agustinos y franciscanos, articularía estas áreas, en una nueva superposición religiosa que se desarrollaría no sin polémica, pues los clérigos, en contacto directo con los indios, obrarían ajustados a su jurisdicción religiosa, lo cual entraba en ocasiones en conflicto con la autoridad política, expresada a partir de en 1527 a través de la Audiencia de México, quien añadiría fricciones con el cabildo, al solaparse a veces sus funciones. La llegada en 1535 del Virrey Antonio de Mendoza, vendría a poner orden en el gobierno de la ciudad.

El epicentro de esa ordenación de sesgo religioso, hemos de localizarlo en la Catedral, comenzada a construir sobre una pequeña iglesia que se asentaría sobre un templo azteca y que se vería ampliada en sucesivas reformas, siendo la fecha de 1571, la de su arranque definitivo. La Catedral actual muestra los diversos estilos que concurrieron hasta alcanzar su forma definitiva{15}. Al margen de las ceremonias llevadas a cabo en el interior de este templo de gran escala, hemos de aludir a una celebración pública completamente protocolizada, la de la Solemnidad de Corpus Christi, festividad fijada por el papa Urbano IV, quien el 8 de septiembre de 1264, publicó la bula Transiturus, en la cual ordenó que ésta se celebrara el jueves posterior al domingo de la Santísima Trinidad, otorgando indulgencias a los fieles que asistieran a la misa y posterior procesión.

El Concilio de Trento, cuyos efectos operarán directamente en todos los territorios españoles como el propio México, declara al Corpus Christi como día festivo, instando a que se celebre este sacramento y sea llevado en procesión por las calles en conmemoración del triunfo sobre la muerte y subsiguiente resurrección de Jesucristo. El Corpus, sin embargo, tenía ya una profunda implantación en España, por lo que en la nueva ciudad mexicana, su celebración se produce desde el mismo inicio de la nueva población, siendo motivo de controversia por el interés que las más destacadas personalidades de la urbe, tenían en ocupar un puesto de relevancia en las procesiones. De todas estas vicisitudes dan buena cuenta las Actas del Cabildo.

La sucesión de instituciones imperiales en Ciudad de México, continuaría. Como muestra de ellos, valga citar que en 1534 se comienza a acuñar moneda o que en 1551 se funda su universidad. La ciudad, superados sus problemas de despoblación por la fuerte atracción que supuso la ciudad de Perú, desde 1542 cabeza del virreinato del mismo nombre, constituiría una inevitable escala en el viaje a las tierras más extremas del Imperio, las islas Filipinas{16}. En este sentido, la Ciudad de México sería el punto de partida desde el cual, Urdaneta, ya convertido en fraile agustino en esa misma ciudad, planearía primero y realizaría después, el llamado tornaviaje, que permitía regresar a Nueva España desde las islas citadas. Su acompañante sería el ilustre Miguel López de Legazpi, fundador de Manila.

Pero si sobre los restos de Tenochtitlán, los españoles tratarían de edificar una ciudad imperial, con las características formales citadas, será en la vecina población, edificada ex novo, de Puebla de Los Ángeles, fundada el 16 de abril de 1531 en la ruta entre la capital y Veracruz y por la que pasarían las mercancías traídas por el Galeón de Manila. Sin ningún condicionante arquitectónico previo, esta ciudad es un magnífico ejemplo del urbanismo hispano que, por cierto, reproduce de algún modo lo realizado en territorio inca cuando se desestima Cuzco –algo que a punto estuvo de ocurrir con México tras su gran inundación– y se decide levantar Lima en torno al puerto de El Callao.

Finalicemos. Tal y como hemos pretendido demostrar, el Imperio español se estructura en torno a una vasta red de ciudades. Su ánimo civilizador sigue, entre otros, el esquema practicado por Alejandro Magno{17}, pues si éste pretendía helenizar, el Imperio de los Pizarro y Cortés, trató y consiguió, hispanizar, con la diferencia, entre otras, de que las nuevas ciudades españolas no reproducían el nombre del emperador, sino el de ciudades y territorios hispanos existentes, acompañados muchas veces, de alusiones a elementos propios del catolicismo. Con las debidas rectificaciones, el modelo adquirió gran desarrollo, quedando, entre otros muchos, como legado jurídico de plena vigencia, la obra de Vitoria y otros juristas españoles.

Si desde las coordenadas del Materialismo Filosófico se puede afirmar que el Imperio español lo fue en tanto que generador, historiadores como el mexicano Óscar Mazín, han sabido darle una definición precisa que encaja perfectamente con dicha calificación: la Pax hispánica, que según Mazín se extendería entre 1640-1760. Una paz, en efecto, que resultaría, en principio, de un dominio militar que habla a las claras de la potencia institucional –institucionales son las armas, pero, insistimos, también las estrategias– del Imperio español, que ya había derrotado a los musulmanes y dominaba diversos reinos cristianos en Europa. Bajo esta Pax hispánica pudo construirse un Imperio cuyos restos, no sólo arquitectónicos, sino también lingüísticos y filosóficos, permiten, por ejemplo, la realización de este televisivo debate.

Notas

{1} El Basilisco, nº 37, Oviedo, julio-diciembre de 2005.

{2} Gustavo Bueno, «Sobre el concepto de ‘espacio antropológico’», El Basilisco, 1ª Época, nº 5, Oviedo 1978.

{3} Gustavo Bueno, en su España frente a Europa (Alba Editorial, Barcelona 1999), distinguió entre imperios generadores e imperios depredadores en función de sus ortogramas políticos, distinción en la cual intervienen la clasificación del escolástico Ginés de Sepúlveda, quien discrimina entre imperio civil e imperio heril.

{4} En este punto resulta imprescindible la lectura de la serie de artículos que, bajo el título «Hermes católico», ha publicado Pedro Insua en los números 98, 99 y 100 de El Catoblepas. En este monumental trabajo, el filósofo vigués da cuenta de los diversos reajustes que sufrió el despliegue imperialista español, correcciones derivadas de la puesta en práctica de un ortograma que mostraría de este modo su dinamismo.

{5} En torno a estas primeras fases de ampliación del Imperio española al otro lado del Atlántico, véase el libro de David Brading: Orbe indiano. De la monarquía católica a la República criolla. 1492-1867. (Traducción de Juan José Utrilla, Fondo de Cultura Económica, México)

{6} Véase su «Hermes en China», El Catoblepas, nº 71, enero 2008, pág. 16.

{7} En torno a las picotas, véase nuestro artículo «De rollos, picotas y cruceiros», El Catoblepas, nº 83, enero 2009, pág. 15.

{8} Ley IV, Tít. XXXI. De las penas y de las naturalezas de ellas, Partida Séptima.

{9} Muchos son los ejemplos que se pueden traer a colación en este sentido. Algunos de estos pueblos de nueva fundación, han quedado sepultados, en lo referente a su toponimia, por denominaciones que tratan de borrar toda vinculación de éstos con la Historia de España. Sirva de ejemplo el actualmente conocido municipio de Legutiano, cuyo nombre original, Villarreal de Álava, es cuidadosamente ocultado por el citado topónimo, por iniciativa de las facciones hispanófobas operantes en Vascongadas, estratagema a la que se suman, dóciles e indoctos, los medios de comunicación españoles.

{10} El lector puede encontrar un análisis más detallado de este episodio bélico en el libro de Jared Diamond: Armas, gérmenes y acero (Debate Editorial, abril 2006), el cual fue reseñado en El Catoblepas, 87:19.

{11} En este sentido, llaman poderosamente la atención visiones de la historia tan extravagantes como la llevada a cabo por el antropólogo y profesor de la Universidad Complutense de Madrid, Tomás Calvo Buezas, en la presentación del muy erudito libro de Lucía Mier y Terán Rocha, La primera traza de la ciudad de México 1524-1535 (Fondo de Cultura Económica, México, 2005), quien llega a establecer la conquista de estos territorios como una «relación México-Extremadura», delirante versión que no sólo da por supuesta la existencia de un México coincidente con la actual República, sino que obvia el hecho incontrovertible de que los extremeños que se adentraron en estas tierras lo hacían en tanto que españoles, prestos a conquistarlas en nombre de la fe católica y del rey de España.

{12} El propio Cortés, en sus Cartas de Relación, envía un plano de la ciudad. Para ampliar conocimientos en torno a la representación de ésta y otras ciudades hispanas: Richard L. Kagan, Imágenes urbanas del mundo hispánico.1493-1780, Ediciones El Viso, Madrid 1998.

{13} Cit. en La primera traza de la ciudad de México 1524-1535, Fondo de Cultura Económica, México 2005, pág. 223. Tomo I.

{14} Op. Cit. pág. 388.Tomo I

{15} Ver Pedro Navascués Palacio, Las catedrales del Nuevo Mundo, Ediciones El Viso, 2000.

{16} Todavía, en el año 1805, el médico alicantino Francisco Javier Balmis, comandante de la Real Expedición Filantrópica que sirvió para llevar vacunas contra la viruela a las tierras de ultramar, se serviría de México como escala previa al viaje a Filipinas.

{17} El historiador Tomás Pérez Vejo, en su libro Elegía criolla. Una reinterpretación de las guerras de independencia hispanoamericanas (Tusquets Editores, México D. F., 2010) trata en torno a las conexiones entre el mundo hispano y el helénico.

 

El Catoblepas
© 2010 nodulo.org