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El Catoblepas, número 101, julio 2010
  El Catoblepasnúmero 101 • julio 2010 • página 3
Guía de Perplejos

Del fracaso

Alfonso Fernández Tresguerres

O de que no hay fracasar más que donde hay espera ingenua

Juan Leon Gerome, Diógenes (1860)

Según refiere Diógenes Laercio [Vidas, VI, II, 22], su homónimo, Diógenes el cínico, pidió en una ocasión que le levantasen una estatua, y preguntado por qué hacía tal cosa, respondió: «Porque quiero no conseguirlo.» O lo que es lo mismo (entiendo yo): que se estaba ejercitando en el fracaso y aprendiendo a fracasar. Y, en verdad, no es ése un ejercicio del todo vano ni aprendizaje trivial, porque quizá uno de los más básicos y que antes conviene haber aprendido sea precisamente éste. Cierto es, de todos modos, que la vida, más pronto que tarde, se encargará de proporcionarnos una enseñanza tal, pero mejor sería que hubiera en nosotros una buena disposición al respecto, en lugar de tener que aprender a golpes.

Es preciso señalar, no obstante, que ni el fracaso ni la frustración que le sigue y le es inherente son, en términos absolutos, algo enteramente pernicioso o indeseable: son, eso sí, inevitables; y si el primero nos enseña que no siempre es posible ni se encuentra a nuestro alcance el lograr el objetivo propuesto o la satisfacción de un deseo, con la segunda aprendemos que nada de eso cambiará por mucho que nos entristezcamos o irritemos, sino que, antes bien, es preciso asumir nuestras frustraciones de la misma manera que hemos acabado por asumir el rostro que cada mañana encontramos en el espejo.

Y tanto mejor si es nuestro Yo (por decirlo con Freud) quien se hace cargo de la situación, sin tener que recurrir a ninguno de los mecanismos de defensa característicos del psicoanálisis, lo que supone ya, en cierta medida, la existencia de alguna anomalía patológica, pues su sola puesta en marcha indica ya la presencia de un Yo débil y menesteroso que se muestra incapaz de afrontar y resolver por sí mismo el problema ante el que se encuentra.

Hablo, naturalmente, de fracasos y frustraciones que se encuentran dentro de los límites que se pueden considerar normales. Un fracaso y una frustración de carácter continuo y permanente harían la vida del todo imposible, y acaso conduzcan al individuo a echar mano del último y definitivo mecanismo de defensa, aquél que nunca falla y nunca decepciona: quitarse de en medio.

Mas dejando a un lado esos casos extremos –y quizá también excepcionales–, el fracaso, en su aspecto más cotidiano y normal –por decirlo de alguna manera– es compañero asiduo de nuestro diario existir, y, por norma general, nos frecuenta mucho más que su contrario: el éxito; de ahí que convenga familiarizarse con él y acostumbrarse a su presencia, en lugar de gritar temerosos y comenzar a patalear enrabietados cada vez que tropezamos con su rostro burlón en cualquiera de los recodos de la vida.

Rehusar tal aprendizaje a un niño no sólo supone condenarle, con toda seguridad, a que a la larga sufra más y viva peor, sino también a que, en más de un aspecto, se convierta en un auténtico especialista en amargar la vida al prójimo. Téngase por seguro que de un niño al que se satisfacen todos sus caprichos, al que se mantiene siempre en el regazo, apartado de la más insignificante frustración, y sin hacerle ver en ningún momento que los demás tienen también derechos y deseos que a veces son prioritarios a los suyos propios y que debe, por eso mismo, posponerlos o renunciar a ellos, no haremos un adulto feliz, sino un insolente mequetrefe –y más en concreto: insolente por mequetrefe–, alguien desvalido que es incapaz de comer si no le introducen la cuchara en la boca y que se halla, además, persuadido de que los demás no han venido al mundo sino para eso: darle de comer. O de mamar: porque más que un hombre será siempre un mamoncillo. Y eso en el supuesto de que su bajísimo nivel de tolerancia a la frustración no haga de él un adulto peligroso que más que pedir todo aquello a lo que cree tener derecho se ocupe en proporcionárselo por cualquier medio, sin excluir el recurso a la fuerza y la agresión. No se olvide que ese aspecto –me refiero a la baja tolerancia a la frustración– es uno de los rasgos determinantes de la psicopatía.

Tanto o más –seguramente más– que en nuestros éxitos y satisfacciones, nos hacemos hombres en nuestros fracasos. Así que no hay que dramatizar esto del fracaso, que es algo tan habitual como natural, y aún habría que añadir que, hasta cierto punto, está bien que así sea.

Mas conviene insistir en que, en sentido estricto, el fracaso no en otra cosa consiste más que en el desajuste entre el objetivo propuesto y el alcanzado, bien porque aquél no se logra en absoluto, bien porque se hace sólo de una forma parcial y no plenamente. Y así concebido, es experiencia común a todo ser vivo, a cualquiera capaz de actuar con un propósito o perseguir alguna finalidad. Decir, en cambio, como hacen algunos, que sólo el hombre fracasa, y aun que lo hace esencial y fundamentalmente, supone partir de una concepción puramente metafísica tanto del fracaso como del hombre mismo, y tanto más metafísica (y sospechosamente metafísica) cuando se nos advierte, como hace Lacroix, de que la única forma de no sucumbir a él es abrirse a Dios. ¿Es que no fracasa un león en una cacería, no lo hace un perro siguiendo un rastro, un chimpancé teniendo que renunciar a sus impulsos reproductivos en beneficio de un rival más fuerte? ¿Qué nombre dar, si no, a eso? ¿Y puede negarse, igualmente, que la no culminación de su deseo provoca en cualquier de esos animales un estado, mayor o menor, de frustración? ¿Habrán tales seres de abrirse, por ventura, al dios león, al dios perro o al dios chimpancé para aliviar tan trágicas experiencias? Y viniendo a nosotros, ¿acaso hay alguien que no hay experimentado en su existencia mil y un fracasos del todo cotidianos, inocuos e intrascendentes? Es verdad que otros no lo son tanto, desde luego. Y los que hacen del fracaso el hilo conductor de su concepción del mundo, es en ésos en los que se fijan para generalizar afirmando que la vida es una nausea, porque vivir es esencialmente fracasar; fracaso esencial que consiste en la imposibilidad de ser un «ser-en-sí», sin dejar de ser un «ser-para-si», según Sartre, lo que, después de todo, no deja de ser una suerte, porque de lo contrario nuestra existencia no sería propiamente humana; o en la experiencia de la imposibilidad de superar las situaciones límite, como quiere Jaspers, lo que no es un obstáculo para que el fracaso mismo sea una cifra de la trascendencia del ser.

Tal parece que estos agoreros del vivir y profetas del fracaso (hay más: Cioran, sin ir más lejos) han decidido que la vida debe ajustarse a un determinado sentido, previamente determinado por ellos, y, sin qué se sepa muy bien cuál, si se sabe, no obstante, con toda certeza, que no responde a tales expectativas, con lo que se revela de inmediato como insoportable y fracasada –y pese a ello, ninguno de los que hablamos se ha dado especialmente prisa en abandonarla–.

Convengo en que a cualquiera le llega un momento en que echando la vista atrás, mirando el presente y avizorando, en la medida de lo posible, un futuro que con toda seguridad en nada va a ser esencialmente distinto del momento actual, le entran ganas de exclamar: «¡Así que esto es todo!». Pues sí: esto es todo:

«envejecer, morir,
es el único argumento de la obra»
[Gil de Biedma, Poemas póstumos, V].

Y si a alguien le sirve de ayuda el remedio que yo mismo utilizo en tales momentos, confiando en que se demore largo tiempo el fin de la representación, sepa que consiste en decirme que también podía ser peor; y en preguntarme qué excelsas maravillas había supuesto que me estaban reservadas: ¿honores?, ¿riquezas?, ¿poder?, ¿fama? ¿Y acaso eso me autorizaría a sentirme más feliz y menos fracasado que el disfrute de esos pocos placeres que se encuentran a mi alcance? ¿Sería tal vez más dichoso presidiendo un Gobierno o firmando autógrafos que, careciendo de preocupaciones graves, poder pasar la tarde leyendo a Plutarco, mirando por la ventana o tumbado bajo un árbol con las manos entrelazadas detrás de la cabeza? Las cosas raramente mejoran, pero, en cambio, con frecuencia empeoran.

«—¿Quién puede decir: “Estoy en lo peor”? Yo estoy peor que nunca estuve […] Y todavía puedo estar peor: lo peor no dura un instante más del tiempo preciso para decir: “Esto es lo peor”» [El rey Lear, Acto IV. Esc. I]–.

Y si es llegado el momento de perder lo que ahora tenemos, entonces será, desgraciadamente, cuando lo sabremos valorar y lo echaremos en falta, del mismo modo que no reparamos en el buen funcionamiento de los órganos de nuestro cuerpo hasta que nos duelen.

«Tan descontentadizo ser es, en general, el hombre, amigo de quejarse y de trato terriblemente difícil, sin contentarse con nada de lo propio» [Máximo de Tiro, Disertaciones filosóficas, XV].

Quienes consideran que la vida es básica y esencialmente un fracaso no son, como suele creerse, pesimistas, sino optimistas venidos a menos: gentes que no se acierta a comprender qué plenitud pensaban que les aguardaba y a la que creían tener derecho, de modo tal que todo lo que les es dado se encuentra siempre muy por debajo de sus expectativas. Estaban convencidos de hallarse en posesión de una libertad que podría ejercerse frente a un conjunto infinito de posibilidades, y al advertir que todo lo que nos es dado es la posibilidad de optar entre unas pocas alternativas (a veces tan pocas que no hay más que dos; y en ocasiones, ninguna), sienten que vivir es fracasar porque con frecuencia la realidad se encuentra muy alejada del deseo, y el tiempo pasa, y la vida con él, sin que se acabe, no ya por arribar, sino ni tan siquiera atisbar el puerto deseado. Pero Ítaca no existe.

«Sabio así como llegaste a ser, con experiencia tanta,
ya habrás comprendido las Ítacas qué es lo que significan»
[Kavafis, «Ítaca»]:

lo único real es el viaje mismo.

En lo que a mí respecta, me conformaría con permanecer largo tiempo como estoy ahora: dueño y señor de lo mío, rey y banquero en mi casa, ni rico ni en la indigencia, ni poderoso ni marginado, ni famoso ni con mala fama, sin recibir premios, pero tampoco castigos, y con un organismo cuya adecuada disposición me permita continuar disfrutando de esa media docena de placeres que se gozan con la mente y de los dos o tres para los que nos servimos de otros órganos del cuerpo.

Que la vida sea un fraude o no lo sea, dependerá mucho de lo que cada cual le pida y a lo que aspire. No hay fracaso donde no hay propósito ni deseo, y siendo esto así, no hay sino proponerse y desear lo hacedero y lo que se halla en nuestra mano para sentirnos satisfechos y completos, no porque no se pueda vivir mejor, sino porque puede hacerse peor, y porque éste es, entre los que nos ha sido posible optar, el que hemos elegido.

Y dígase otro tanto de las relaciones con el prójimo. Que se encuentren siempre abocadas al fracaso y a lo inevitable de ser subyugado o subyugar (como una vez más se nos recuerda desde posicionamientos existencialistas), depende mucho, nuevamente, de lo que uno espere y de hasta qué punto esté dispuesto a comprometerse con ellas. Cualquier relación (salvo tal vez, en general, la que liga a padres e hijos) es siempre frágil y, como tal, fácilmente quebradiza. Los amigos –conviene recordar esta verdad tan rotunda como perogrullesca– lo son hasta que dejan de serlo. Y por eso no conviene entregarse nunca del todo, y mucho menos hacerlo de buenas a primeras. Aconsejaba Teofrasto no juzgar después de amar, sino amar después de haber juzgado. La recomendación la encuentro difícilmente aplicable al caso del amor, pero enteramente certera en el de la amistad: uno, por desgracia, no elige de quién se enamora, pero sí quiénes serán sus amigos, y conviene, desde luego, sopesar adecuadamente la amistad que nos ofrecen antes de entregar la nuestra. Quien dice haber sido traicionado por un amigo, se ha traicionado, en realidad, previamente, a sí mismo; y tan culpable es de la traición de que ha sido objeto como el traidor que se la infligió: culpable de no haber tenido los suficientemente en cuenta lo mudables que son los afectos humanos; culpable de haberse entregado demasiado o demasiado pronto, mostrando con excesiva evidencia los flancos en los que, llegado el momento, alguien podría asestar el golpe; y culpable, también, de haber confiado en exceso y esperar en demasía. Por entero, no debemos ser más que de nosotros mismos y en nosotros depositar plenamente nuestra confianza, sin esperar que nadie nos proporcione lo que por nuestros propios medios no podamos conseguir. Sólo entonces no habrá sorpresa en la traición ni dolor en el golpe. Únicamente en nuestra mano está el que la una sea insignificante y el otro inexistente y, asimismo, tan sólo de nosotros dependerá que las consecuencias provocadas por el engaño y la traición resulten demoledoras o sean insignificantes: aquél de quien no espero gran cosa no me puede decepcionar en exceso; y si yo no proporciono las armas suficientes y necesarias para hacerlo, nadie podrá verdaderamente herirme, sino sólo arañarme. Y como al que le comunicaron la noticia del fallecimiento de sus hijos respondió sin inmutarse: «Ya sabía que los engendré mortales», nosotros, ante el engaño del amigo, podremos responder: «Ya sabía que era hombre». Porque vivimos en una comunión de hombres, no de ángeles.

Pero en el amor (quiero decir, en el enamoramiento) no cabe, como sugiere Teofrastro, amar después de haber juzgado: enamorarse o no enamorarse no es algo que dependa nuestra voluntad ni de la pericia mayor o menor que podamos tener para evitar los errores y tomar las decisiones oportunas.

Mas el amor en sentido estricto (el enamoramiento) es, por su propia esencia, de corta duración, por lo que su acabamiento no constituye un fracaso, sino el discurrir normal de los acontecimientos, el cumplimiento –me atrevería incluso a decir– de una suerte de ley biológica: su intensidad, la activación fisiológica y psíquica que conlleva más allá de los límites ordinarios, la fijación obsesiva en un solo objeto y, en fin, los estrechísimos márgenes que deja para atender a otra cosa que no sea el enamoramiento mismo, hacen obligado que sea breve y que tal vez no se extienda más allá del tiempo previsto por la Naturaleza para cumplir con el deber básico que impone la supervivencia: la reproducción y cría de la descendencia. Y es deseable que así sea, quiero decir que está bien que su duración sea breve, porque todos los aspectos gozosos que provoca –que también los tiene, ¡qué duda cabe!– no compensan el desasosiego y el permanente estado de zozobra y alarma que provoca.

«¿Tierno ser el amor? Demasiado áspero, demasiado rudo, demasiado violento, y pincha como el abrojo» [Romeo y Julieta, Acto I. Esc. IV].

El enamoramiento es una pasión, y muerta la misma, que devenga en sentimiento, mucho menos tormentoso, que tiene más que ver con el cariño que con el amor como tal, es algo que puede que suceda y puede que no. En cualquier caso, se trata ahora de una forma de amor que ni absorbe por completo ni nos torna inútiles a otra cosa que no sea el estar permanente atentos a él con maniática y obsesiva fijación; fijación en nuestro propio estado anímico y en el ser que lo causa, al que, para mayor desesperación, ni siquiera somos capaces de ver tal como es, sino tal y como nosotros deseamos que sea. El amor en tanto que cariño –incluso el que liga a los dos miembros de la pareja–, más sereno, desde luego, aunque también más monótono, tiene al menos la virtud de ponernos a salvo de la inquietud y de la ceguera.

«Quien ama –dice Kant–, puede muy bien seguir viendo, pero quien se enamora tórnase inevitablemente ciego para las faltas del objeto amado, aun cuando suele recuperar la vista ocho días después de la boda» [Antropología, § 74].

Pero de estas cuestiones ya me he ocupado en alguna ocasión con un cierto detenimiento. Baste ahora decir que el que se apague el primero (el enamoramiento) o no se encienda el segundo no comporta fracaso mayor que el que pueda suponer el hecho de que no podamos volar o respirar bajo el agua.

Que la vida en general, y la relación con el otro, en particular, no sean más que la historia de un fracaso, será entera responsabilidad nuestra: gocemos con lo que nos es dado gozar, abandonemos pretensiones y expectativas vanas, esperemos poco de los otros y, por supuesto, nunca más de lo que puedan darnos, seamos palo firme que sostiene con garbo la vela que le ha sido encomendada, y el negocio éste del vivir será actividad medianamente pasable.

«La felicidad –asevera Aristóteles– es de los que se bastan a sí mismos» [Ética a Eudemo, 7, 2].

Y no digamos que el horizonte de la muerte es prueba suficiente del fracaso del vivir: cuando acabe la representación –comedia, tragedia, drama o esperpento– a nadie le preocupará gran cosa averiguar si su vida fue o no un fracaso.

 

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