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El Catoblepas, número 97, marzo 2010
  El Catoblepasnúmero 97 • marzo 2010 • página 18
Libros

De corruptione democratiae

Felipe Giménez Pérez

Recensión de Gustavo Bueno, El fundamentalismo democrático, la democracia española a examen, Temas de hoy, Editorial Planeta, Madrid 2010, 396 páginas

Gustavo Bueno, El fundamentalismo democrático, Temas de Hoy, Madrid 2010

Los antiguos pensaban y tenían claro que la democracia, como todos los demás regímenes políticos, podía degenerar y corromperse. No padecían pues la enfermedad ideológica o moral del fundamentalismo democrático tan habitual y omnipresente en nuestros días. En la Historia de la guerra del Peloponeso, Tucídides constató la degeneración del régimen democrático, incapaz de dirigir la guerra y administrar sus asuntos internos. Según afirmaba Tucídides, la democracia, régimen político que garantizaba la isonomía y las libertades privadas, exige una constante atención por parte de todos los ciudadanos a los asuntos públicos. Los dirigentes nombrados por el pueblo ha escogido no deben dejar de calcular y reflexionar sus decisiones. La democracia se desmorona cuando las empresas suyas no son conducidas por la inteligencia, del intelecto calculador que no sólo establece estrategias regidas por la phrónesis, sino que también se preocupa por no herir ni favorecer a ninguno de los grupos de la polis. Los demagogos demócratas no conducen al Estado según la reglas de la prudencia

Platón sostenía que la democracia conducía a la tiranía y fomentaba la inmoralidad de cada uno. La solución de Platón consiste en asociar el saber con el poder. Según Aristóteles, la república, el gobierno de todos según la legalidad puede degenerar en democracia, régimen de la mayoría, de los pobres, que buscan ser iguales en todo a los aristócratas, los mejores. En la práctica, sólo existe la demagogia, la democracia, entendida como gobierno de los pobres.

En su último libro político-filosófico Gustavo Bueno también sostiene que la democracia se corrompe. La democracia en su versión parlamentaria sobre todo, es el objeto de su crítica y de su reflexión filosófico-política. La bestia a la que hay que abatir no es otra que el fundamentalismo democrático: «El fundamentalismo democrático –que considera a la democracia parlamentaria como la forma más depurada de la convivencia política y social, aquella forma mediante la cual el Género humano ha alcanzado por fin los valores supremos de la Libertad, de la Igualdad y de la Fraternidad (hoy Solidaridad)– tiende sistemáticamente a circunscribir la corrupción, en sus «indagaciones conceptuales», al campo de las conductas individuales de determinados funcionarios, políticos o empleados de la sociedad política o civil involucrada en aquella» (pág. 9). Es más, el propio fundamentalismo democrático es un síntoma de la corrupción política democrática y es la ideología legitimadora de la corrupción democrática, de la propia democracia al ocultar a los ciudadanos la corrupción del propio régimen democrático.

Así el fundamentalismo democrático entiende que estamos al final de la evolución política histórica. Ya no hay nada que inventar ni añadir. No hay corrupción del régimen democrático. No puede degenerar. Es incorruptible, como los cielos en Aristóteles. Sólo se corrompen los individuos. Las instituciones democráticas no pueden corromperse. No se corrompen. Como dice el Ministro de Educación Gabilondo, los problemas de la educación en materia de orden público en las aulas se solucionan con entretenimiento, esto es, más clases amenas y con más democracia. Todos los problemas de la democracia se solucionan con más democracia.

Es necesario y conveniente saber en qué consiste la corrupción de la democracia si es que tal corrupción existe. Lo primero que constata Bueno es «el carácter confuso de la idea de corrupción» (pág. 35). La idea de democracia es una idea borrosa además de confusa, oscurantista y confusionaria. Por lo demás, está establecido por el Código Penal que algunas conductas delictivas sean denominadas corruptas, delitos de corrupción. Sin embargo, hay una corrupción sistémica del sistema democrático que no constituye delito. La corrupción democrática no es delictiva. Sólo se considera delito un conjunto delimitado de conductas de los funcionarios. Así se circunscribe la corrupción al ámbito de la conducta individual. Se llega así a la paradoja de que hay múltiples corrupciones individuales, pero no hay corrupción colectiva ni institucional ni, por tanto, corrupción del régimen democrático. «Pero no todo lo que es corrupto es delictivo, porque esto equivaldría a ejercitar el conocido principio de que lo que no está en el sumario no está en el mundo» (pág. 37).

Gustavo Bueno afirma pues, debido al carácter confusionario de la idea de corrupción tal como se da que «En conclusión, podemos afirmar que en cuanto idea funcional la idea de corrupción es una idea indeterminada cuando en ella no se distingue su característica de los valores de la función, y por tanto permanece indeterminada cuando se la utiliza reducida a su característica sustantivada» (pág. 41).

El análisis de la democracia desde la idea de corrupción o del análisis de la corrupción democrática no puede ser ejercitado desde la neutralidad axiológica. El análisis que sigue será partidista o no será….El odio puede ser esclarecedor a este respecto. El odio permite el acceso a la verdad.

Gustavo Bueno entiende la corrupción como un proceso objetivo, pero relativo a los sujetos capaces de tomar partido ante tal corrupción. «La corrupción en sentido fuerte la entendemos como un proceso objetivo, no mental o subjetivo, pero cuya realidad no es absoluta, puesto que está dada en función de determinados subconjuntos de sujetos capaces de tomar partido ante los substratos considerados corruptos» (pág. 67). Entonces, la definición de corrupción en general según Gustavo Bueno podría ser que es la transformación de un sustrato sano en un sustrato repugnante, enfermo o peligroso. «La corrupción es la transformación de un sustrato aparentemente sano, según su presencia estética en el entorno del sujeto, en un sustrato que resulta ser repugnante y aun peligroso para el mismo sujeto que descubre esa transformación» (pág. 69).

Si aplicamos la idea de corrupción a las sociedades políticas, podríamos considerar a la idea de corrupción como un análogo de atribución cuyo primer analogado sería la podredumbre o putrefacción….Fetidez o hediondez repugnante. Esto, claro está, hace alusión o referencia necesaria a un sujeto percipiente que percibe esa hediondez de la transformación del sustrato. El sujeto reacciona ante la percepción organoléptica que hace que sea capaz de estimar a la transformación como algo hediondo o pútrido o repugnante.

Así pues, la corrupción es una idea análoga, no unívoca…Se dice de muchas maneras. Bueno busca establecer una ontología regional acerca de la corrupción teniendo en cuenta lo arriba afirmado. Es preciso pues «considerar a la idea de corrupción como un análogo de atribución cuyo primer analogado fuera precisamente la podredumbre, la descomposición, pero en el sentido registrado en los diccionarios de la lengua española, en la cual esta alude también a la diarrea que envuelve la connotación de fetidez repugnante» (págs. 78-79).

Habitualmente los ideólogos del Régimen de 1978, los ideólogos democráticos fundamentalistas reducen la corrupción a casos aislados individuales y de manera ética por tanto y no como una propiedad sistémica de la sociedad política de la que se trate en su momento.

Respecto a la democracia hay que distinguir entre el momento procedimental de la democracia y el momento ideológico de la democracia. La práctica política real sería el momento procedimental de la democracia y el momento ideológico lo constituyen las ideologías democráticas acerca de en qué consiste la democracia.

Es característico de las concepciones formalistas de la democracia el que éstas giran en torno a la capa conjuntiva de la sociedad política. Esto es un formalismo porque se olvidan de la capa basal y de la capa cortical.

Es un error pensar que en la democracia es el pueblo el que gobierna. Se invoca al pueblo como una entidad infalible, vox populi, vox Dei, de la misma manera que como se hacía en el Antiguo Régimen, donde se invocaba a Dios para legitimar las decisiones políticas del Monarca.

Las concepciones formalistas de la democracia sólo tienen en cuenta a la capa conjuntiva de la sociedad política en sus consideraciones.

La ideología democrática fundamentalista es pacifista y rechaza la guerra como algo bárbaro y primitivo, así como la pena de muerte. Sin embargo, es un error rechazar la violencia es una verdadera insensatez hacerlo. El Estado es quien en la sociedad política tiene el legítimo monopolio de la violencia física y esa violencia legítima es la que garantiza la paz pública. Por lo demás, el Estado tiene el derecho a hacer la guerra y la guerra busca la paz, pero la paz que se busca conseguir es la paz más ventajosa posible….la victoria militar consigue la paz. El vencedor será el que imponga la paz. Además, cuando se piensa la idea del Estado del Bienestar o Estado Social, se está pensando en el fondo que el Estado no tiene como misión controlar la esfera económica en la que se asienta la sociedad civil.

En el fondo, el formalismo democrático hereda la concepción del Estado proveniente de la idea de Estado propia del Antiguo Régimen.

Además el formalismo político es el núcleo mismo del llamado «Estado de derecho» o «Democracia burguesa». Libertad, Igualdad y Fraternidad no son más que ideales formales porque se sobreentienden como objetivos que hay que conseguir en el ámbito de la capa conjuntiva.

«La tríada de valores supremos, Libertad, Igualdad y Fraternidad, puede considerarse de hecho como índice de la holización de una sociedad constituida como un todo atributivo, de partes heterogéneas, con una anatomía diferenciada» (pág. 133).

El formalismo democrático desvincula a la democracia de las naciones políticas. No se tiene en cuenta que la democracia hay que conectarla con la capa basal y con la capa cortical. La democracia se convierte en una substancia separada de la Nación, del Pueblo, del Estado, de la capa basal y de la cortical. Esto es un auténtico formalismo político. La Idea de democracia queda así desvinculada de la sociedad política concreta de la que se trate. Lo decisivo no es ser español o francés, sino ser hombre, hombre demócrata. Todos los hombres del mundo pertenecen a la humanidad democrática, independientemente de la nación política a la que pertenezcan.

También es formalismo democrático el definir la democracia como Estado de Derecho, un concepto típico de la escuela alemana, de Th. Welcker y de Robert von Mohl. Se define Estado de derecho como Estado democrático de derecho y la democracia a su vez se define como Estado de derecho. Círculo vicioso. Esto es la petitio principii.

Hay que volver a recordar que todo Estado por el mero hecho de ser Estado es por ello Estado de derecho. Los ideólogos democráticos distinguen entonces entre Estado legal y Estado de derecho. El invento es metafísico y vuelve a pedir el principio. No hay leyes emanadas del pueblo y leyes impuestas al pueblo. Todas las leyes son impuestas al pueblo. La política es la dominación del hombre por el hombre y ello en todos los regímenes políticos realmente existentes.

Las teorías formalistas de la democracia, esto es, aquellas teorías de la democracia que separan la capa conjuntiva de la sociedad política de la capa basal y de la capa cortical se corresponden con la política del Antiguo Régimen. La democracia burguesa o liberal abandonó a la sociedad civil la capa basal. La sociedad burguesa ha evolucionado hacia la incorporación de la capa basal a los planes del Estado. Es una evolución hacia el materialismo político. Se va así de un formalismo a un materialismo.

Según el materialismo filosófico tanto frente a la socialdemocracia como frente al leninismo, es menester dar la vuelta del revés al marxismo. «El Estado no es el resultado de la lucha de clases, sino que la lucha de clases comienza con el Estado» (pág. 148). Toda sociedad política es la apropiación de un territorio frente a otras sociedades política. Ahí comienza la propiedad privada. Como dijo Hobbes, es el Estado el que funda el derecho de propiedad privada. Gracias al Estado hay propiedad privada y no como ocurría en el marxismo. Ahí surge la Patria. La Patria es siempre el suelo sobre el que vivimos. No tiene sentido el patriotismo constitucional. Da igual que la Patria sea una democracia, una tiranía, una oligarquía. Lo decisivo es la sociedad política. Esto significa que la democracia en abstracto, como sustancia separada, no existe. Entonces ocurre que «la democracia conjuntiva es preciso referirla a su capa basal y a su capa cortical» (pág. 150).

Cuando Bueno afirma que la democracia es corruptible, es ésta una afirmación genérica. Gustavo Bueno quiere «decir sencillamente, que la corruptibilidad deriva de la misma esencia de la democracia, y que no es por tanto un «accidente aleatorio quinto predicable» (como pudiera serlo la corrupción de algún funcionario público). Queremos decir que la corrupción es un accidente propio de la democracia, derivado de su esencia, es decir, que es un accidente cuarto predicable» (pág. 157).

La corruptibilidad puede afectar a las democracias tanto a nivel genérico como a nivel específico. Claro está que la principal corrupción ideológica de la democracia es la ideología llamada fundamentalismo democrático. Es una corrupción ideológica. El fundamentalismo democrático considera a la democracia como internamente incorruptible. He aquí la corrupción ideológica fundamental del Régimen democrático. La corrupción ideológica, el fundamentalismo democrático es la principal corrupción del régimen democrático. «El fundamentalismo democrático supone que la sociedad democrática es el sistema de organización de la sociedad política más perfecto e irreversible» (pág. 159).

La ideología fundamentalista democrática explica la degeneración democrática o la corrupción apelando a déficits democráticos o constitucionales. La democracia según el fundamentalismo democrático es incorruptible. Las deficiencias se subsanarán con más democracia aún. Bueno selecciona tres casos de canalizaciones o soluciones para los problemas de déficit democrático.

1. Elección directa por parte del pueblo del poder ejecutivo. Superación del parlamentarismo. El parlamentarismo sería una variedad corrupta de democracia. Esto lo decía Antonio García Trevijano en 1994.

2. Modificación de la ley electoral para un sistema electoral mayoritario uninominal.

3. División y separación de los poderes del Estado.

Según Gustavo Bueno quienes proponen estas soluciones se hallan situados aún en la plataforma ideológica del fundamentalismo democrático. El fundamentalismo democrático consigue así minimizar la corrupción democrática y ocultar la democracia real ante los ciudadanos. Es una legitimación ideológica de la democracia. Es una forma de falsa conciencia, de engaño del pueblo para que siga ilusionado con la democracia y siga participando en las elecciones.

Incluso con las canalizaciones arriba supuestas, «habría que seguir hablando de corrupciones, desviaciones o degeneraciones internas de las sociedades democráticas, y por tanto, de la naturaleza precaria de su eutaxia (así como es precaria la naturaleza de la eutaxia de cualquier otro sistema político no democrático)» (pág. 166). Tales reformas institucionales del Estado democrático parlamentario no solucionarían nada ni solucionan nada a decir de Gustavo Bueno.

Ocurre que la sociedad política está envuelta por otras realidades diferentes de ella misma, naturales, sociales, históricas que son inseparables de la democracia. La democracia no es autónoma….No es una forma separada. «No hay una sociedad política compuesta de ciudadanos (individuos, átomos) que puedan regirse por el principio de la inercia (o de la libertad de), ni por tanto, por los principios asociados a él» (pág. 167). No es correcto separar la sociedad civil del Estado. «La involucración de la sociedad civil así definida con la sociedad política determina en la sociedad política profundas perturbaciones y obstáculos a la supuesta libertad, a la igualdad y a la fraternidad de los ciudadanos. Perturbaciones que podemos considerar como una de las fuentes más profundas de la corruptibilidad política» (pág. 169). La sociedad política no está separada de la sociedad civil. Tampoco es autónoma con respecto a la sociedad civil. Las contradicciones internas de la sociedad civil que envuelve a la sociedad política, son el origen de la corrupción democrática. Por último, Bueno señala la ficción constitucional o políticamente necesaria del concepto de representación presente en el concepto de democracia representativa. Representación es un concepto procedente del derecho privado. Sin embargo, en la democracia representativa, la representación es diferente al concepto usado en el derecho privado. Se supone que los diputados representan a Toda la Nación, pero no es así, pertenecen a distintos grupos, partidos o facciones. Eso significa que el pueblo está dividido, partido. Entonces «no puede decirse que el diputado represente en el Parlamento a sus electores, aunque recoja una parte genérica, al menos retóricamente, de los deseos de los ciudadanos que le votan (precisamente aquellas partes genéricas en las que el pueblo puede percibir las oposiciones disyuntivas y maniqueas más groseras)» (pág. 176).

Gustavo Bueno entonces afirma que «las fuentes de las corrupciones, perversiones o desviaciones de la democracia teórica, sobre todo aquellas que tienen lugar en sus estratos más específicos, habrá que ponerlas no ya tanto en la sociedad política en su conjunto, sino en las diversas capas (conjuntiva, basal, cortical) y ramas del poliedro, o en los conflictos entre aquellas capas y estas ramas» (pág. 179).

Gustavo Bueno distingue cuatro tipos de regiones o dominios de la sociedad civil de donde puede manar la corrupción de la democracia: la región religiosa, la región familiar, la región étnica y la región artística, científica o académica.

Desde las tres capas del cuerpo político podemos distinguir las fuentes de corrupción provenientes de la capa conjuntiva. Son múltiples las degeneraciones que tienen lugar en la capa conjuntiva. «Sin duda, una de las fuentes de corrupción más profundas de la democracia es la abstención creciente de los ciudadanos ante las urnas (abstención que en algunas democracias se considera un delito)» (pág. 187).

Las fuentes de corrupción provenientes de la capa basal son también muy abundantes y surgen de lugares diversos del sistema económico.

Las fuentes de la corrupción surgidas de la capa cortical tienen que ver con la política exterior o de defensa y con el cuidado de las fronteras del Estado.

Por último, hay que tener en consideración la corrupción que brote en las intersecciones de las capas conjuntiva, basal y cortical.

La corrupción democrática es múltiple y comprende todos los fenómenos ideológicos, morales, institucionales que tienen lugar en el interior mismo del régimen democrático. Bueno tiene el acierto de adoptar el partido de la Nación política española para evaluar la corrupción política española actual del Régimen de 1978.

Según afirma Gustavo Bueno, es en los procesos de ejecución de los principios democráticos en métodos y procedimientos de la democracia como técnica política en donde se advierten los gérmenes de la corrupción democrática.

Por lo demás, el pueblo como bien dijo Platón, no es filósofo, sino filodoxo. El pueblo no tiene un conocimiento riguroso ideológico político. Platón decía que carecía de capacidad política. Es el viejo argumento platónico de la incapacidad política del pueblo, del demos para entender los asuntos del Estado y para dirigir el Estado. El pueblo democrático vive sumido en la doxa y ello dificulta el que las decisiones electorales democráticas del pueblo sean acertadas en todo punto. Gustavo Bueno sostiene además que son los partidos políticos los principales responsables del Estado de partidos, los canalizadores de la opinión pública y de las necesidades del pueblo. La democracia sería así una suerte de oligarquía de partidos a decir de Bernard Manin. Oligarquía o aristocracia. Las aristocracias son los partidos políticos que componen la clase política o el personal dirigente del Estado democrático. Gustavo Bueno sostiene la solidaridad estricta entre gobernantes y gobernados en el régimen democrático. «El pueblo, al votar mayoritariamente a un partido o a unas leyes, no hará en pleno subjetivismo, sino votarse a sí mismo. Y en este sentido podría suscribirse la sentencia de Mirabeau: «Cada pueblo tiene el gobierno que se merece» (pág. 394).

Finalmente, El régimen democrático, aún con corrupción, puede seguir existiendo y manteniéndose en corrupción permanente. Aún así, esto no refutará los errores ideológicos de los fundamentalistas democráticos. Seguirán considerando que la democracia es el régimen político definitivo, más perfecto para organizar el Estado y el fin de la historia humana. «Tampoco las democracias, no por corrompidas, están condenadas a la muerte a causa de la corrupción» (pág. 395). La democracia según Gustavo Bueno tiene aún un recorrido muy largo. La democracia desemboca necesariamente en la corrupción política. Es incierto que la corrupción democrática destruya la eutaxia política democrática, la propia democracia y que desemboque así en otro régimen político distinto. Lo que sí es cierto, a mi juicio, es que el cambio periódico de régimen político corrija la corrupción democrática. Cada régimen político se alimenta de alguna manera de las deficiencias de los regímenes políticos contrarios o distintos, de tal manera que la solución de las anomalías o corrupciones de uno sólo puedan subsanadas por la implantación de otro régimen político contrario y así sucesivamente. Hay corruptelas que la democracia es incapaz de extirpar, pero un régimen político distinto sí puede hacerlo, hasta corromperse él mismo a su vez y entonces, procede o bien retornar a la democracia o inventar otro régimen político distinto. La corrupción política es inevitable en la democracia. Sería necesario o bien reformar el régimen democrático o bien sustituirlo por otro régimen político aún sabiendo de la corruptibilidad en general de todo régimen político.

En conclusión, la democracia es intrínsecamente corruptible y corrupta, como cualquier otro régimen político realmente existente. Tales corruptelas son inevitables y no se pueden atajar con reformas constitucionales, esto es, del ordenamiento jurídico de la capa conjuntiva. Esto sería fundamentalismo democrático, esto es formalismo político o idealismo político, consistente en creer que es la capa conjuntiva de la sociedad política la que rige la totalidad del cuerpo político a nivel causal. Resulta que como la sociedad civil es la causa y el origen de la corrupción del Estado, esto hace que la corrupción sea imposible de atajar. Los grupos, las instituciones sociales pertenecientes a la sociedad civil son el origen de la corrupción del Estado y por lo tanto de la democracia. Ciertamente, también otros regímenes son corruptibles. La cosa no tiene remedio, es fatalmente inevitable. Hay que contar con la universal y necesaria corruptibilidad de todos los Estados y de todos los regímenes políticos realmente existentes. La conclusión es ciertamente desoladora y descorazonadora, induce a un pesimismo político, a un pesimismo de los fuertes, al realismo político. No hay que hacerse muchas ilusiones con la democracia. Claro, que para todo esto, para este viaje, no hacían falta tantas alforjas. A esta conclusión parece que habían llegado ya hace tiempo los clásicos. Lo más importante del libro es la crítica al fundamentalismo democrático como ideología legitimadora de la democracia y como principal síntoma ideológico de la corrupción de la democracia, por otro lado, fatalmente inevitable. La crítica a la ideología del Estado de derecho prosigue la crítica implacable y demoledora emprendida contra tal doctrina por Gustavo Bueno en otros libros suyos anteriores. La tradición realista política sostenía y sostiene tesis parecidas al respecto.

 

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