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El Catoblepas, número 96, febrero 2010
  El Catoblepasnúmero 96 • febrero 2010 • página 3
Guía de Perplejos

Del prestigio

Alfonso Fernández Tresguerres

Que ni en los honores, el prestigio o la fama
se halla el verdadero contento de sí

No deberíamos hacer nada a lo que no estemos estrictamente obligados más que si nos resulta agradable o placentero. Al menos, en lo que a mí respecta, no estoy dispuesto a ocuparme un solo minuto en algo que, no habiéndoseme impuesto, incumpla tales condiciones. Yo no concibo el arte o la literatura, y, para el caso, la propia filosofía o la ciencia más que como juego. Lo que no significa que cualquiera de tales ocupaciones se encuentre exenta de dificultades; pero vencerlas es parte del juego mismo. ¿Quién ha dicho que no pueda hallarse placer en la dificultad? Como decía Shakespeare:

«el trabajo en que hallamos placer cura la pena que causa»
[Macbeth, Act.III. Esc. III].

Escaso es, en cambio, el que cabe hallar en lo fácil. ¿Cuál es el que cabe experimentar en la resolución de un problema elemental de ajedrez o en el pergeñar cuatro ripios con rima en asonante?

Vivir, en cambio, como hacen algunos, exclusivamente para añadir un cero más a una cuenta corriente, cuando apenas caben en ella los que ya tiene, hasta que un buen día les sorprende el infarto mientras consultan los resultados deprimentes de una jornada aciaga en la Bolsa, o exclusivamente para perseguir, como hacen otros, honores y reconocimiento, me parece locura y necedad. Que alguien se envenene para así poder describir minuciosamente los efectos del veneno en una obra que habrá de reportarle gloria eterna, es algo que se encuentra más allá de mi comprensión. Se me objetará, tal vez, que no entiendo ese arrebato casi divino que impele al verdadero artista a posponer todo, incluso la vida, a su obra. Y es verdad: no lo entiendo. Porque, después de todo, ¿qué más da? ¿Que más da si el resultado de tu labor gozará un día de reconocimiento o si, por el contrario, será olvidado entre un montón de cosas olvidadas? ¿Qué puede importarte eso a ti una vez que hayas rendido el último aliento? ¿Piensas acaso gozar póstumamente de tu prestigio? Y respecto al que se pueda alcanzar en el presente, conviene recordar que no pocas veces más ayuda para ello el ser un buen relaciones públicas que tener talento, mejor sirve a la causa el moverse en los círculos adecuados y el estar siempre en el lugar preciso y oportuno que largas horas de trabajo solitario y sacrificado. Lo que importa, en consecuencia, me parece a mí, es disfrutar de lo que se hace mientras se esta haciendo, y después… ¡que Roma se hunda en el Tíber! Porque sucede, además, que si de ser famoso se trata existen mil procedimientos para lograrlo más rápidos y fáciles que el trabajo duro y prolongado.

Y a propósito de esto, creo que hay algunas confusiones en eso de la fama. Porque cuando se habla de ella conviene distinguir, entiendo yo, dos aspectos muy diferenciados: por una parte, el tener buena fama (o mala, naturalmente) y, por otra, el ser famoso; porque puede darse el caso de que alguien tenga fama (buena o mala) de lo que sea, entre aquéllos que le tratan y conocen, y no ser, sin embargo, famoso en absoluto; y se puede ser famoso, esto es, conocido por todo el mundo, sin fama alguna, ni buena ni mala, simplemente por las razones más pintorescas: por salir en los medios de comunicación diciendo que has visto la cabeza de tu bisabuelo difunto girar 360 grados, asegurar que hablas con el cordero de Dios o casarte con un torero. Aunque, sin duda, puede darse las dos cosas a un tiempo: ser famoso y tener buena o mala fama en eso mismo, precisamente, por lo que se es conocido.

Entonces, si convenimos en que el prestigio se halla siempre referido a cosas buenas o positivas (¿no resultaría, en efecto, un tanto incongruente decir de alguien que es un prestigioso asesino en serie?), se convendrá también en que únicamente tendría algo que ver (tal vez todo) con eso que entendemos por buena fama, pero no con la fama sin más, no sólo porque ésta, como hemos dicho, puede asimismo ser mala, sino también porque se puede gozar de un gran prestigio y no ser famoso; prestigio, entonces, como la fama de un no famoso, entre quienes le conocen. Pero, evidentemente, al igual que en el caso anterior, no cabe duda de que alguien con un gran prestigio puede ser, al mismo tiempo famoso. Pero es conveniente matizar esas cuestiones, lo que no siempre se hace, incurriendo no pocas veces en falacias y estupideces, como el suponer que el que alguien sea famoso (por los motivos que fuere) le hace competente (es decir, le otorga prestigio) para hablar de todo lo divino y lo humano, mucho más allá, por tanto, de aquello por lo cual es conocido, y así, lo que diga una bailaora sobre el canibalismo azteca, o un actor sobre el cambio climático, va a misa. Demos las vueltas que demos venimos a dar siempre en la estupidez humana: no hay escapatoria posible.

Mas a veces ni siquiera es precioso que sean los demás quien, dada la competencia de un individuo en un determinado campo, se la reconozcan también en cualquier otro, no importa cuál, porque sucede que, con sobrada frecuencia, es el individuo en cuestión quien se otorga a sí mismo tal competencia.

Tuve ocasión hace unos días de asistir (o mejor, de no asistir: me fui al cuarto de hora) a una conferencia de un conocido profesor de Química (cuyos destinatarios eran chicos y chicas de 17 y 18 años, aunque más parecía dictada para niños de 7 u 8), donde pude comprobar una vez más el mismo fenómeno: esa escalofriante seguridad del especialista en una determinada disciplina científica que cree ser capaz de elaborar desde ella (y sólo desde ella) una suerte de Teoría del Todo. Escuchándole, tal parecía que para explicar lo sucedido desde el Big Bang a nuestros días (se trata, no se olvide, de teorías del Todo) basta y sobra con la Química: ella, sin necesidad de asistencia alguna, puede hacerse cargo y dar cuenta tanto del más insignificante acontecimiento como del más complejo: desde las pinturas rupestres (quién puede dudar que la clave de ello se encuentra en las reacciones químicas que hicieron posible las pinturas mismas) a la imprenta (¿Cómo? ¿Es que sin la Química iban a existir el papel y la tinta?). ¿Y nosotros? Quiero decir, ¿los individuos que realizaron todas esas grandiosas empresas, no cuentan acaso? Naturalmente, pero es que… «¡Nosotros somos Química!», exclamó en un momento, presa de un arrobamiento y un éxtasis casi orgiásticos: una especie de orgasmo químico que, si todos lo son (¡faltaba más!), éste parecía serlo tal cual. Desde luego que somos Química. Y Física, porque un ser humano es, entre otras cosas, un cuerpo que puede caer desde un séptimo piso cumpliendo con escrupulosa precisión las previsiones de Newton. Y Matemática, porque tenemos un brazo a cada lado del cuerpo que sumados hacen dos. Pero eso no significa que el Moisés pueda explicarse por el hecho de que Miguel Ángel tuviera dos brazos (aunque, sin duda, le hubiese resultado muy difícil hacerlo de tener sólo uno, e imposible de no tener ninguno) o porque Miguel Ángel (como nosotros), en una desmesurada proporción, estuviese compuesto de agua, o, ya puestos, porque el mármol que talló estuviese formado por átomos. Algo más habrá, ¿no? Del mismo modo que el Quijote no se reduce al papel y la tinta utilizados para su impresión. Ni la Crítica de la Razón Pura a la composición bioquímica del cerebro de Kant. Además, si a eso vamos, el matemático podría situarse un peldaño inmediatamente anterior al químico y decir que todo es matemática, porque, después de todo, dos átomos y dos átomos suman cuatro átomos. O el físico: ¿qué es lo que hace que los núcleos atómicos permanezcan unidos sino la fuerza nuclear fuerte? ¿Y quién, sino la fuerza nuclear débil, es la responsable de que la materia estable se reduzca a protones y neutrones, degradando de inmediato otras partículas más complejas?

Pero cuando algunos profesionales de no importa qué ramo se sienten tentados por el Todo, es inevitable el candor que acompaña a sus disertaciones. Se ponen a filosofar y son de temer, porque ni siquiera saben que lo que están haciendo no es ciencia, sino filosofía, sólo que mala e ingenua filosofía, una suerte de materialismo reduccionista ingenuo. Materialismo que, a fin de cuentas, no es en muchos de ellos incompatible con la creencia en Dios (y espíritus varios) o en elixir de la vida eterna. Habría que preguntarles si Dios, en su mayor parte, también está hecho de agua.

Pero dejémoslo aquí y volvamos a lo nuestro.

El prestigio, que no es, sin más, equivalente a la fama, tampoco es lo mismo que los honores: es claro que se pueden recibir muchos sin prestigio alguno, como lo es que se puede tener prestigio y no recibir ninguno (y nuevamente, es obvio, pueden darse las dos cosas a un tiempo, mas no siempre, y esto conviene no perderlo de vista).

Pero, al cabo, algo hay en común entre las tres cosas (la fama, los honores y el prestigio): y es que no se tienen más que porque a uno se las conceden. Ninguna de ellas es algo que dependa de uno mismo y que pueda adquirir por sí solo, como sucede con la virtud. Tal vez tenga algún sentido decir que soy bueno aunque otros opinen lo contrario, pero, ¿qué sentido tendría decir que soy famoso si nadie lo sabe?

Pero no sólo sucede con la virtud, desde luego: aquello por lo que ocasionalmente uno pueda adquirir prestigio (tal vez fama y también honores) a ningún otro avatar se halla sujeto más que al esfuerzo (y el talento) del individuo en cuestión, y en alcanzándolo, será algo plenamente objetivo, aunque de ningún reconocimiento se vea acompañado; pero el prestigio mismo (y dígase otro tanto de la fama o los honores) ni está en su mano alcanzarlo ni propiciar el que le sea dado. Y esto basta, entiendo yo, para hacer del prestigio, la fama o los honores algo de escaso valor, porque poco vale aquello que depende del favor de los demás y no de uno mismo. Ya en otra ocasión recordaba yo aquello que decía Aristóteles, a saber: que si los honores son un bien, radican más en quienes lo otorgan que en quien los recibe. Y tanto menos valiosos esos honores cuanto menor sea la calidad de aquéllos que los conceden: no es sino una falsa gloria o una gloria vana. Y en las mismas circunstancias apuntaba estas palabras de Espinosa:

«Lo que se llama “vanagloria” es un contento de sí mismo sustentado sólo por la opinión del vulgo, y, al cesar ésta, cesa también el contento, es decir, cesa lo que es el bien más alto que todos aman; de donde proviene que quien se gloria en la opinión del vulgo, angustiado por una cotidiana preocupación, intente esforzadamente conservar su fama. El vulgo es, en efecto, voluble e inconstante, y, por tanto, si la fama no es alimentada, pronto se desvanece » [Ética, IV, 58e].

Es ciertamente un error buscar el contento de sí en la opinión del vulgo,

ut sunt mutabilis uolgi animi
[mudables como son las inclinaciones de la masa, TitoLivio, Ad urbe condita, II, 7:5];

y por eso tiene razón Espinosa al concluir que «esta gloria o contento es realmente vana, porque no es nada».

Y añádase a ello que no pocas veces la gente (vulgo y no tan vulgo) proporciona esas dádivas de forma absolutamente arbitraria. Y por lo general a quien previamente se las ha otorgado o que, llegado el caso, a su vez, se las otorgará. Lo sabía muy bien La Rochefoucauld:

«Por lo común –afirma– sólo se elogia para ser elogiado» [Máximas, 146].

Y, en consecuencia, poco dispuesta se halla la gente a propiciar el reconocimiento de alguien que previamente no le haya manifestado una cierta devoción.

«Habitualmente –habla también La Rochefoucauld– sólo elogiamos de buena gana a quienes nos admiran» [Máximas, 356].

Se mire donde se mire, todo esta lleno de camarillas y grupitos endogámicos, cuando no directamente incestuosos, que deciden de quién hay que hablar y a quién hay que leer, a quién citar, a quién elevar a alta cátedra, a quien al Congreso y al Senado, y, al contrario, cuáles son los nombres que deben ser silenciados. Entre ellos se reparten premios y prebendas, y estigmas, por igual, a todo aquél que, por decirlo con la Sra. Verdurin, no pertenezca al «cogollito».

Es vano, pues, perseguir la gloria, como sabía nuestro Antonio Machado: primero, porque después de muerto, de poco sirve, y, segundo, porque para obtenerla en vida más que hacer méritos importa estar bien colocado.

Decía Francis Bacon que el alcanzar reputación depende de un cierto arte consistente en hacer valer el talento o la virtud que uno tiene, y presentarlos a los demás desde un punto de vista que resulte ventajoso. Estoy enteramente de acuerdo, pero aún añadiría que muchas veces ni siquiera se necesita tener talento o virtud alguna: basta con hacer alguna que otra genuflexión y aparentar tener lo que tal vez no se tiene, para que, siendo manso y dócil, se te confiera alguna de no importa qué..

Y si se arguye que eso de colocarse bien es una forma de perseguirla, responderé que sí, pero no de tener la seguridad de alcanzarla, porque, verdaderamente, nunca se coloca uno, sino que lo colocan, y que ello suceda o no, depende de muchas circunstancias; y andar, entre tanto, como un perrito desamparado, dejándose ver entre las piernas de unos y otros, a ver si al cabo recibe una caricia, es más de lo que puede tolerar un mínimo amor propio y un cierto respeto a uno mismo.

Perseguir honores o prestigio, fama o gloria, es perseguir un fantasma que tan luego se encuentra aquí como allá, y es, por tanto, carrera vana que ni compensa el tiempo que es preciso dedicarle ni el esfuerzo que exige llevar a cabo tal menester. Y, además, ¿para qué? ¿Qué mayor contento puede haber que el hallar satisfacción con lo que se hace, sin deber favores a nadie y sin perder un ápice de dignidad?

Es una lástima que inevitablemente uno deba sumergirse en el tráfago del mundo. De lo contrario, no sería mal proceder vivir como anhelaba Quevedo:

«Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos».

Sí. Y de cuando en cuando descansar de la lectura para observar el ir y venir de la gente, y reírse de su trajín y sus tejemanejes.

 

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