Nódulo materialistaSeparata de la revista El Catoblepas • ISSN 1579-3974
publicada por Nódulo Materialista • nodulo.org


 

El Catoblepas, número 66, agosto 2007
  El Catoblepasnúmero 66 • agosto 2007 • página 10
Artículos

Sobre el mito de la cultura:
indefinición y pretextos políticos

Sergio Pérez González

Desde los presupuestos materialistas de Gustavo Bueno en El mito de la cultura, se ahonda en la denuncia de la indefinición de la idea cultura y en su uso indiscriminado desde los resortes políticos, particularmente en España

Valgan estas líneas como aporte ilustrativo a la ya clásica obra de Gustavo Bueno, El mito de la cultura, editada por séptima vez en 2004 por Prensa Ibérica, con nuevo prólogo ad hoc en el que el profesor Bueno destaca la supervivencia y actualidad del libro ocho años después de su primera publicación en 1996{1}. Este artículo redunda en aquellas palabras del profesor Bueno y actualiza hasta el presente su supervivencia: trataremos, por tanto, de servirnos de aquellos presupuestos materialistas y así continuar con el aguijoneo necesario para desinflar mitos oscurantistas como el que en muchas ocasiones conforma (con una forma un tanto difusa, imprecisa) la idea de cultura aplicada, en este caso, al oficio político y sus incursiones mundanas.

Porque la cultura es en nuestras sociedades un elemento central de la cotidianidad. Pulula cierta idea de ella que se sustancia, de un plumazo, en la sección homónima de la prensa escrita o acaso en una posición meta-informativa de los telediarios, más allá del deporte y los sucesos, aunque más acá de la información meteorológica.

Sucede, sin embargo, que la definición de cultura no está al nivel de su popularidad, es decir, no trasciende tanto su delimitación material como su idea (vaga idea); nadie duda de esa sombra platónica como un contorno cierto –que manejamos sin complejo filosófico– pero resulta enmarañado otorgarle sustancia, relieve o colorido –si sigue valiendo la metáfora–.{2}

Por eso conviene ensayar sobre la idea de cultura. Porque aún a riesgo de que el experimento concluya en error, las sociedades modernas necesitan una concreción progresiva de esta idea –acaso un desmentido– que valga de referencia válida frente a iniciativas políticas e institucionales que, amparándose en la idea de cultura, recaen a diario en las vidas ciudadanas con un aval populista en ristre –como una lanza de justa preparada para desargumentarnos la pechera–.

Para otorgar carta de materialidad a nuestro propósito es necesario desmenuzar la idea de cultura, analizarla, descomponerla, tantearle los conceptos anejos para acercarnos a su fisicidad, a la materia que le concede la existencia. Por tanto, para ello, debemos localizar la propia idea de cultura, ya que ésta pulula, se le ve deambular por escenarios diversos y no es, en absoluto, una idea unívoca.

Bueno diferencia dos grandes ideas de cultura: para los griegos y romanos de peristilo y toga palmada, la cultura era el conjunto de conocimientos que almacenaba una persona, cultivable como la tierra y a la que cosecharle un futuro. Cultura era por tanto conocer la distancia entre Atenas y Mileto, contemplando la posibilidad de que este conocimiento pudiera resultar en algún momento ventajoso –y aunque la gratuidad no sea característica, tampoco le niega culturalidad al conocimiento en sí–{3}.

Pero llegaron los filósofos románticos que, apuntalándose el bigote, escuchaban Parsifal con orgullo henchido en el pecho y escribían que la cultura es la que un pueblo –el suyo–, voluntarioso y cuasielegido, va formando a medida que escribe su historia (la Historia), al modo en que se infla un globo al que luego se agarra la nación para ascender sobre la prosaica tierra labrada a diario.{4}

Hoy, con nuestras sociedades en proceso de transición entre la resaca de las naciones burguesas y las entidades internacionales, hemos heredado una idea de cultura que ha invertido, con el tiempo, en su propia complejidad; véase en ejemplos:

Sin duda que el primer individuo que trenzó fibras para la elaboración de cestas no tenía conciencia de estar realizando labores circunscribibles y conformadoras de la cultura neolítica. Del mismo modo que Aristóteles no sabía a ciencia cierta que con sus diatribas racionales estaba moldeando, en parte, el legado reinventado como cultura clásica occidental. Es probable que Dante Alighieri nunca sospechara que entorno a su Divina Comedia se engranaría buena parte de la cultura italiana; y puede que Kant (un iluminado en muchos sentidos, incluido el peyorativo) no esperara convertirse en el filósofo estrella referente de la cultura democrática.

Aun siendo compleja la labor de acomunar todos estos elementos y conocimientos para conformar culturas{5}, el consenso popular sobre el asunto parece inquebrantable. Pero en ocasiones aquel consenso deja de serlo y nuestras sociedades designan comités de sabios para dilucidar el grado de culturalidad de una faena de Manolete, de las técnicas de clonación de células madre o del último libro de Ana Rosa Quintana. Por supuesto no pertenece a la cultura católica la quema de brujas y mucho menos a la cultura alemana el genocidio de los judíos. Aceptamos como elemento de la cultura jíbara la reducción de cabezas (en un modo de ordenamiento jurídico tribal) y no creemos que los sabios, por unanimidad, le hagan un sitio en el selecto mundo de nuestra cultura democrática a la guillotina liberadora del pueblo (no son pocas las voces democráticas que pretenden cambiarle el texto a la marsellesa para que en lugar de sangre se cante ketchup).

Un elemento novedoso que trata de delimitar la idea de cultura objetiva, una suerte de santuario en el que ensalzar algunos de los objetos de la cultura, es el museo. En la Inglaterra burguesa (British museum, 1753, sumida Europa en el nacimiento de las naciones) se inventa un emplazamiento para que los ciudadanos accedan al arte, desproveyéndola así de su función original: dar colorido y escenografía a los salones reales, por exponer un ejemplo moderado, sin tener que referirnos a las extravagantes funciones primigenias de las hoy deslumbrantes piezas griegas o egipcias. Se inventa, por tanto, un lugar que otorga culturalidad (o la condición de cultural). Ésta es, así, una nueva función social, no gratuita, inventada para contribuir a la dinámica sostenible de una estructura más global. De esta manera, contextualizando estos detalles, podemos comenzar a comprender las causas que definen la realidad de las culturas en las categorías sociales, asociadas a las estructuras económicas, políticas, &c…

Así, de las ideas originales de cultura, ha transcendido a nuestra sociedad una mezcolanza indefinida a modo de brochazos impresionistas que, desde la distancia, parecen tomar forma suficiente como para componer una figura, pero que, acercándonos a sólo unos centímetros, dejan de tener sentido y se quedan en manchas desamparadas.

Se le desprenden consecuencias a estos brochazos impresionistas, de modo que hoy tomamos por una persona culta a la que consigue esbozar una sonrisilla de comprensión frente a un Tàpies del reina Sofía (el museo), inhalarse completa una versión de Nabucco por la Fura (constatando al compañero de butaca «la íntima tragicidad de la escenografía») o poner en duda, con aires de capacidad probatoria y mesándose la perilla, la validez de alguna propuesta del ministro de exteriores, rumiando intramuros: «éste no se ha leído la paz perpetua». Qué decir si completamos estos supuestos con un curso de iniciación al violín o con el dominio de una lengua muerta, es decir, conocer por conocer… sublime!!.

Pero todas estas apreciaciones (en cuanto reverberaciones de aquella cultura animi) quedan ancladas en el psicologismo que, a veces, enfrenta los supuestos cultos en una trivial partida de trívial.

A efectos de estas líneas, sin embargo, la idea de cultura que nos interesa en cuanto trasciende sobre todo al ámbito político, está fundamentada en la idea alemana, romántica, forjada a golpe de nacionalismo constituyente a lo largo del siglo XIX. En el caso español la relación con este origen es evidente, ya que basta constatar la literalidad del artículo 44.1 de la Constitución Española para dar cuenta de los resortes previstos para salvaguardar, fomentar o proteger la cultura. Y decimos que es evidente la relación con el origen porque, si bien en varias de las catorce ocasiones en que se menta la cultura se hace como conjunto abstracto, en otras tantas se hace de modo expreso y concreto a las culturas de cada uno de los pueblos de España. Y se hace sin clarificar un ápice la propia idea de cultura aunque sí fomentando la inversión política en culturas pseudonacionales en eclosión, es decir, retrotrayéndonos a modos políticos decimonónicos, propios del nacimiento de las naciones, propios del nacimiento de la idea de cultura objetiva.

A su vez, la conexión con la idea subjetiva es evidente, ya que cuando ponemos en común las excelencias intelectuales de una determinada comunidad de individuos, se compone un totum del que se sirve la nación (comunidad) que retroalimenta lo que los individuos deben conocer para ser cultos.

Este totum aterriza en la agenda de nuestros políticos, aunque diferenciándose fundamentalmente de aquella idea predecesora teutona en el ámbito al que se refiere: salvando las especialidades pseudonacionalistas, ya no impera una concepción nacional de la esfera cultural, sino que se impone una querencia universalista (globalizada y globalizante) de la cultura. Esto deriva de las posibilidades comunicativas de la sociedad moderna, que ha recortado las distancias hasta hacer de las culturas nacionales un solo conjunto universal{6}; de esta manera se desarrolla el concepto patrimonio de la humanidad, quedando las culturas locales o regionales para recoger elementos que aún no han sido comunicados suficientemente al resto del mundo o que, en su caso, deben enfrentarse a otras culturas regionales o locales próximas que las subyugan (y subsisten, por tanto, en una dialéctica que inventan para su propia supervivencia y beneficio puntual).

Precisamente en esta nueva delimitación territorial de la idea de cultura podemos encontrar una manifestación del mecanismo que genera (o regenera) desde el substrato material la propia idea de cultura: la actividad económica como delimitador esencial de la estructura social, sin perjuicio del movimiento, muchas veces catalizador, en otras categorías sociales. Son estas infraestructuras sociales las que definen la sustancia cultural. Es decir, no existe una esencia pura, auténtica, sagrada de la cultura; no existe un contenido cultural que pueda deducirse de teorías antropocéntricas del tipo: «cultura es aquello que contribuye al desarrollo del espíritu humano», sino que ésta viene definida (y el paso del tiempo hace destacar sus variaciones) por las exigencias económicas o políticas, por ejemplo (y las exigencias actuales tienden a la mundialización; el derecho a la cultura como derecho humano, no ya civil).

Dada esta indefinición suficiente del conjunto de la cultura, es usual en los discursos de nuestros políticos el tratamiento interesado del mismo, maleado a cada momento en función del dictado más conveniente y demandado por la realidad.

La solidez con la que los representantes del pueblo ponen en juego este concepto tan vago por sí mismo merece una apuesta por el análisis capaz de esclarecer, en cada momento y a cada uso, las causas materiales de una praxis enteramente idealista, es decir, de una praxis en la que el presidente del gobierno tose, revisa sus papeles, se dirige a los periodistas con una sonrisa esculpida y desvela que, «en defensa de la cultura», bajará el impuesto sobre los cedés de música{7}, aunque se impondrá un canon por derechos de autor, claro, para que los autores, esos abnegados y atormentados escultores del espíritu humano, puedan comer y alimentar sus ganas de seguir dando forma a nuestra arcilla espiritual.

Y por supuesto que no es asunto de la diatriba partidista la puesta en duda de una cuña de tal solera en las páginas más pensadas e intelectuales de los diarios, ya que ningún líder opositor podría rentabilizar electoralmente un empeño filosófico del tipo: «pero, señor presidente, ¡¡¿¿qué es eso de la cultura??!!».

De aquellos polvos, estos lodos:

No podrá negarse que el amparo cultural que recibe la industria artística viene en buena parte exigido por sus propios trabajadores, ya que el rendimiento de su trabajo está vinculado de manera inmediata a la culturalidad de su producto. A medida que el arte era reconocida como elemento conformador de culturas objetivas y las naciones desarrollaban órganos de sistematización de dichas culturas, los artistas iban dejando de ser idealistas errantes para pasar a ser genios subvencionados, cuando no multimillonarios mediáticos (del mecenazgo precapitalista a nuestros días). Véase la SGAE, que no ceja en su empeño de querer ser un organismo regulador de cultura, como una marca de calidad que revaloriza el producto y, por tanto, los derechos de autor.

Otro tanto ocurre en el caso del cine, aunque en este ámbito la idea de cultura va muy ligada (¿paradójicamente?) al concepto de nación, de manera que se conmina a los poderes públicos a apoyar sin ambages la cultura española mediante subvenciones a las películas nacionales, las cuales, se dice, deben batirse en las carteleras con la depredadora industria cinematográfica estadounidense (y su maquinaria casi exclusivamente comercial, en absoluto cultural).

En esta misma línea medra impetuosamente la gastronomía como disciplina artística. Su ascenso al alto rango de la cultura ha sido vertiginoso en estos últimos años (televisión y guía michelín mediante). Los gurús de la cocina pasan a ser una suerte de pintores o teóricos de los sabores cuyo producto deja extasiado al público exigente e inconformista. Mención aparte merece el deconstructivismo gastronómico de Ferrán Adriá, quien hace poco declaraba no ser Picasso{8} (un modo de decir que, aún siendo un gran artista, todavía, tal vez por su relativa juventud, no había alcanzado las cotas de genialidad del malagueño) y que poco después presentaba una obra artística en la Documenta de Kassel{9}. Por supuesto, el modo más fehaciente de medir este salto cualitativo cultural de esta nueva gastronomía (de origen francés y con muy buena acogida a este lado de los Pirineos) es el que se sustancia en la facturación de sus restaurantes o contratos televisivos. La eclosión de este negocio aún mantiene a muchos de nuestros cocineros-estrella nadando en la abundancia. No sería raro que en décadas venideras acaben asociándose para exigir subvenciones a su labor cultural; las consejerías de turismo ya consideran la posibilidad.

Otro ejemplo de actuación política orientada (la cursiva ironiza y es un modo de decir «que encuentra excusa») por (en) ese conjunto difuso denominado cultura lo encontramos, sobre todo en España, en las fiestas populares que entran en conflicto con otros intereses: recientemente el carnaval de Tenerife ante las molestias ocasionadas a los vecinos, pero por antonomasia, en España, los festejos con animales; de los lanzamientos de cabras desde los campanarios al descabezar de gallinas a caballo pasando por, sobre todo, los toros. Todos estos actos, tras ser estudiados por el alcalde, legislador o juez competente, se resolverán como parte de una de las dos alternativas de la dicotomía: a) ritos cuasimedievales sin amparo racional posible o b) cultura. Sobra decir que esa decisión estará realmente orientada (esta vez sin cursiva) por la acuciante realidad económica, política, electoral, &c…

Sin embargo, la culturalidad no siempre encaja como pretexto idóneo para esos otros intereses. Dado el caso, si la culturalidad de un determinado elemento puede resultar contraproducente a efectos de otros ámbitos, de nuevo será el político competente quien calibre la necesidad o no de asimilar dicho elemento al conjunto de la cultura objetiva. Paradigmático resulta en este aspecto la demolición o salvaguarda de determinados edificios o construcciones que, en ocasiones, son representativas de épocas, estilos o acontecimientos y que, en otras ocasiones, no lo son tanto, en función de las posibilidades urbanísticas de su emplazamiento o de la inminencia de elecciones.

Pero estos comportamientos políticos que, discriminatoriamente, buscan amparo en la cultura objetiva, encuentran en nuestro país una agudización en cuanto se viene produciendo (y su legitimidad política es asunto de otro debate) una creación de culturas autonómicas o pseudo-nacionales. Las culturas catalana, vasca, gallega, &c., legitiman que cualquier rasgo local (de la txapela a, por supuesto, el idioma, incluido el aranés) sea objeto de la más agresiva y chovinista iniciativa política. Y basta la remisión a la abstracción riqueza cultural para que no exista duda ninguna sobre la legitimidad de la iniciativa política al respecto. Otras comunidades, cuyo empeño nacionalista está en fase embrionaria, resuelven su cultura en sectores más concretos: La Rioja, por ejemplo, en la cultura del vino; un concepto difundido –declaraciones institucionales mediante– como concepto milenario, sin que ningún agente social o grupo de opinión ponga en duda su raigambre ni la vincule al nacimiento de la comunidad riojana, a la asunción de mayores cotas de autonomía, al desarrollo de resortes políticos y al mecanismo puesto en marcha por éstos en aras de maximizar exportaciones y turismo. Recientemente hemos asistido a la escenificación de estos intereses durante el debate sobre la llamada ley antialcohol, en el que los políticos riojanos han glorificado el vino con especial ahínco con el objeto de auparlo al grado de cultura y, por tanto, bebida alcohólica excepcional a la que no someter a las incomodidades de aquella ley. Igual que se haría con la cerveza en centroeuropa o el whisky en Escocia (o como harían a su vez las autoridades segovianas si sus destilerías no fueran tan prosaicas). No se trata de señalar con el dedo a políticos especialmente maquiavélicos; es un método común, un vicio.

Sirve también recordar para nuestro propósito el nacimiento de los ministerios de cultura (Francia, 1945), desarrollados con más fuerza aún en España a través de sus consejerías homónimas, que son sin duda la recepción política más rimbombante de esta nueva idea. No solamente se usa a la cultura en el discurso, sino que se le otorga –ex profeso– un instrumento político que la hace capaz de ser transportada hasta a los quicios sociales más recónditos.

En definitiva, la sociedad empapada de cultura. Y no en vano:

Bueno establece, en esta línea, una vinculación funcional entre la Cultura (ya se hace necesaria la mayúscula) y el Reino de la Gracia{10} (propio de otros sistemas socio-económicos) como fuente de legitimidades, de manera que si un determinado argumento alcanza una proposición fundamentada en la culturalidad, no se hacen necesarias más disquisiciones, ya que aquella metafísica puesta en marcha se da por causa primigenia que da validez a la acción política. Al modo en que el origen divino o la sacralidad de determinado fenómeno eran, en tiempos, argumento suficiente y definitivo. En los discursos políticos, la idea de cultura se usa como código de no-polémica. Poco menos que existe, tácito, un pacto por la cultura, una convergencia en aquel principio fundamental incuestionable –desde el que se desarrolla un modo de fundamentalismo–.

Sin embargo, y para desmentirnos de una posición nihilista más allá del escepticismo necesario, debemos concluir que no abogamos por la supresión –por decreto filosófico– de la idea de cultura. No pretendemos restarle significantes a la complejidad social: la cultura puede ser el «conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, &c.» (drae), pero esta definición es funcional, no otorga elementos materiales definitivos al conjunto que define. A pesar de ello, no hay alternativa política que no haga de la cultura su bandera ondulante y dinámica. Los programas políticos hacen que una idea tan poética y etérea transcienda y se haga decisión legislativa, llegando por tanto hasta nuestro propio bienestar como gobernados. Por esto, sólo podemos concluir abogando por una política material que justifique sus decisiones en las causas reales, sin servirse de superestructuras ni idealismos fantasiosos para popularizar sus intenciones; Por desgracia, y recuperando a Comte, tal vez aún nos encontremos en un estadio metafísico del desarrollo social y libros como El mito de la cultura sean, solamente, apuntes vanguardistas poco asumibles en la actualidad.

Mientras tanto sólo nos queda mantenernos críticos ante el ideario que nos empapa, ante esa cultura que nos cuentan en aquella sección metainformativa de los telediarios de la que hablábamos al principio.

Notas

{1} Gustavo Bueno, El mito de la cultura, Barcelona, Ed. Prensa Ibérica, 7ª ed., 2004, pág. 11

{2} «La cultura como mito» (Bueno, 2004, 29)

{3} «Cultura animi de Ciceron» (Bueno, 2004, 47)

{4} «La idea objetiva de cultura –la idea moderna de cultura–» (Bueno, 2004, 65)

{5} «La cultura es un todo complejo, según la fórmula de E. Taylor…» (Bueno, 2004, 159)

{6} «Carácter mítico del proyecto de una cultura universal» (Bueno, 2004, 226)

{7} «Desfiscalizar la cultura», titulaba el diario Cinco días, 30 de abril de 2004.

{8} Diario El País, 12 de mayo de 2007.

{9} Diario ABC, 3 de junio de 2007.

{10} «La idea metafísica moderna de cultura es la secularización de la Idea teológica del Reino de la Gracia» (Bueno, 2004, 142)

 

El Catoblepas
© 2007 nodulo.org