Nódulo materialistaSeparata de la revista El Catoblepas • ISSN 1579-3974
publicada por Nódulo Materialista • nodulo.org


 

El Catoblepas, número 66, agosto 2007
  El Catoblepasnúmero 66 • agosto 2007 • página 3
Guía de Perplejos

Plagiar

Alfonso Fernández Tresguerres

Del plagio entendido como una forma de hurto o de idiotez

1

Dice Voltaire que «plagio» viene del latín plaga, que era un castigo consistente en azotar a aquéllos que habían vendido a hombres libres como esclavos. Nuestros académicos de la Lengua lo hacen derivar, en cambio, de plagĭum, que sería la acción y efecto de plagiar, voz procedente, a su vez, de plagiāre, que designaría la acción no del que vende, sino del que compra a un hombre libre, sabiendo que lo es, y lo retiene como esclavo, o también la de quien hace uso de un siervo ajeno como si fuese propio. Como quiera que sea, es obvia la relación entre todo ello y aquél que copia, total o parcialmente, obras ajenas haciéndolas pasar –pretendiéndolo, al menos– por propias. En todos esos casos, se trata de lo mismo: dar o intentar dar –como suele decirse– gato por libre, es decir, buscar que algo pase por ser lo que no es, querer que se tome por auténtico lo que es inauténtico: sea un hombre libre por esclavo, sea una obra ajena por propia. De este modo –como es evidente– el plagio es siempre un fraude, y si merecedor de azotes es el que hace lo primero, no menos lo es el que se empeña en lo segundo, aunque nada más sea que para devolverles los que ellos han infligido con anterioridad a sus víctimas: al hombre libre tratado como siervo o al autor plagiado. E incluso si nos acogemos al otro gran sentido de «plagiar», a saber: secuestrar a alguien con la finalidad de obtener un rescate –puesto que aunque lo solicitado no sea dinero, siempre es el precio de un rescate lo que se paga–, también hallamos una gran similitud con lo que hace el plagiarĭus, porque quien plagia la obra de otro, la secuestra, en efecto, y secuestra, asimismo, a su autor, de igual modo que el hombre libre es secuestrado cuando se le vende o compra como esclavo, y secuestrado es, en alguna medida, el legítimo dueño de un siervo cuando se le usurpa.

Y por supuesto que el plagio –como asimismo señala Voltaire– es siempre un robo; aunque, con todo, resultaría excesivo acusar de él a compiladores o autores de diccionarios (siempre, desde luego, que citen sus fuentes); incluso si se hace en sentido metafórico o se les considera, como hace el filósofo francés, «plagiarios de buena fe». Porque el plagio auténtico o verdadero –el que posee, curiosamente, la verdad de la mentira y la autenticidad de lo falso–

«consiste –y de nuevo es Voltaire quien lo dice– en publicar como nuestras las obras de otros; en coser en ellas trozos largos de un buen libro, cambiando algunas palabras» [Diccionario filosófico, voz «Plagio»];

y a veces sin cambiar ninguna, sin molestarse en coser, sino apropiándose del paño entero. Y otras, cambiándolas todas: porque decir, punto por punto, lo contrario de lo que alguien dice, es también (como en alguna ocasión ha señalado el maestro Gustavo Bueno) una forma de plagiarle, aunque a quien practica esta última modalidad hay que reconocerle, siquiera, el haberse tomado alguna molestia y un cierto trabajo, ya que si no un derroche de ideas, ha realizado, al menos, un derroche de tiempo.

2

Sin duda, son muy diversas las cosas que pueden plagiarse y también la forma de hacerlo. Por lo pronto, existen plagios totales y parciales, quiero decir, del conjunto de una obra o sólo de parte de ella; plagios de ideas, tesis o teorías, reexpuestas con otras palabras, o, por el contrario, sirviéndose de las mismas, copiando, literalmente, párrafos, páginas o capítulos enteros. Y, ciertamente, según los casos será más fácil o más difícil poder probarlo: resultaría, por ejemplo, muy arriesgado calificar de tal a toda idea coincidente, porque acaso sea en verdad un plagio o acaso no, entre otras razones porque, después de todo, nos alimentamos de lecturas tan diversas que no siempre podemos tener la completa seguridad de qué es enteramente nuestro y qué ha podido quedar en nosotros sin saber de dónde y de quién lo hemos tomado. Tal es, si hemos de creerle, lo que le sucedía a Montaigne, y aun más, porque, según afirma:

«soy tan exagerado en mis olvidos, que ni siquiera mis escritos y composiciones olvídolos menos que el resto. Cítanme a mí mismo cada dos por tres sin que yo me entere. Si alguien quisiera saber de dónde proceden los versos y ejemplos que aquí he acumulado, pondríame en un aprieto para decírselo; y, sin embargo, helos mendigado en puertas conocidas y famosas […] No es extraordinario si mis libros corren el mismo destino que los otros libros, y si mi memoria desampara cuanto escribo como cuanto leo, y cuanto doy como cuanto recibo» [Ensayos, II, XVII];

mas yo no diría, desde luego, que eso sea plagiar. Porque al plagiario hay que presuponerle siempre el conocimiento de que plagia y la intención de hacerlo, algo que, naturalmente, con entera certeza solo él lo sabe, sin que a los demás les sea dado otra cosa que sospechas mas o menos fundadas, aunque en ocasiones –y resulta obvio que así es muchas veces– alcancen prácticamente el grado de un certeza absoluta. Por lo demás si, como quería Borges, la literatura toda no es sino la historia de cuatro o cinco metáforas, y, por lo mismo, la filosofía lo es la de cuatro o cinco soluciones a cuatro o cinco problemas, raro será que tarde o temprano no se produzcan esas coincidencias de las que hablamos, y hasta se podría añadir que, a estas alturas en las que nos encontramos, y cuando ya ni siquiera existen tonterías del todo novedosas, quien reclame para si o se considere poseedor de una originalidad absoluta, pura e incontaminada, no es sino un mentecato. Hago, por esto, a un lado esas situaciones confusas y me referiré únicamente al plagio rotundo, miserable y obsceno, cuya impudicia puede, desde luego, alcanzar también diversos grados –desde la apropiación del conjunto de una obra, a su trascripción o reexposición–, ninguno de los cuales, sin embargo, deja el mas mínimo lugar a dudas.

Me desentenderé igualmente de algo que, a lo que entiendo, acaso podría ser visto también como una forma de plagio, o siquiera como una modalidad del mismo. Me refiero aquél que no se apropia de lo ajeno para sí, y que, por tanto, no aspira a que la labor de otro pase por suya, sino, al contrario: que lo que es suyo pase por ser de otro. Hablo, claro está, de la falsificación y los falsificadores, a los que podemos dejar en tal, sin necesidad de incluirlos en el grupo de los plagiarios, entre otras cosas porque, como es obvio, sutiles diferencias los separan de éstos, principalmente el hecho de que el falsificador, como es patente, no busca el prestigio ni el reconocimiento con su labor de copia, ni la gloria que de la obra falsificada pudiera derivarse, puesto que el éxito de su empresa depende, precisamente, de que nadie advierta su mano tras el producto, y, en consecuencia, tampoco busca ningún otro beneficio que la obra pudiera reportar a su autor, excepto el puramente monetario. Tales falsarios –más frecuentes, sospecho, en la pintura y en la escultura que en parte alguna– pueden ser considerados una especie distinta y una clase aparte de éstos de los que hablamos: a plagiarios y falsificadores les une el fraude, no mucho más.

Volviendo, pues, al genuino plagio, hay que comenzar por decir que pese a ser asunto en apariencia trivial y cuyos misterios (si alguno encierra) resultan de fácil develación, presenta, no obstante, múltiples recovecos y suscita no pocas preguntas, aunque, por lo general, sus respuestas son casi siempre obvias.

Así, aunque indudablemente es cierto que todo plagio entraña un robo y un fraude, también lo es que esos dos elementos pueden encontrarse en distinta proporción y tener peso diverso según cuál sea el tipo de plagiario del que hablemos. De este modo, pudiera suceder que, con el plagio, alguien no persiga más que un beneficio muy concreto y determinado o la satisfacción de algún interés cuyo logro acaso sea propiciado por la obra que plagia, pero no alcanzar la gloria o la fama, o siquiera el mero reconocimiento que pudieran derivarse de ella, porque quizá quien llega al plagio de la mano del puro interés no tenga la menor pretensión de que aquello de lo que se ha apropiado se recuerde durante demasiado tiempo, y menos aún asociado a su nombre, sino que, al contrario, tal vez desee que se olvide cuanto antes y que nadie, pasado un tiempo, recuerde su existencia; anhelando, en suma, no ya que no se descubra el fraude (puesto que, al fin y al cabo, ése es el deseo de cualquiera que plagia), sino, y de manera principal, deseando que se olvide, y a ser posible para siempre, el objeto plagiado y el que hubo un tiempo en el que él lo hizo pasar por suyo; que se olvide incluso que existió un momento en el que él tuvo un buen motivo para incurrir en una acción fraudulenta, porque sin duda acontecerá que descubierto el plagio, se descubrirá el motivo.

Muy distinto a éste es el caso de aquél a quien el resorte principal que le empuja a plagiar es la pretensión de hacer pasar por suyo, y que por tal se tenga, aquello que es ajeno; y todo ello sin perseguir otro beneficio o interés más que esa atribución a sí mismo de algo que es de otro, así como el reconocimiento o el prestigio que pudieran ocasionalmente derivarse del objeto plagiado. En este tipo de plagiario el peso fundamental recae ahora sobre el fraude, y su condición de ladrón, aunque evidente, sin duda, queda, pese a todo, más diluida y como en segundo plano: roba porque ésa es la única forma posible de plagiar, del mismo modo que el otro defrauda porque sólo así puede robar. En uno, el robo está al servicio del fraude, o es el medio para alcanzar tal fin; en el otro, en cambio, es el fraude quien se encuentra al servicio del robo, porque es el medio que posibilita tal fin.

De manera que deteniéndonos en el para qué del plagio, comenzamos por detectar la existencia de dos grandes tipos de plagiario: el que podemos considerar un mero ladrón, y aquél el que caben distintas denominaciones: suplantador o usurpador podrían servir; también exhibicionista, e incluso imbécil, porque al que meramente roba, pero no exhibe, cabe, después de todo, reconocerle una cierta prudencia y considerarlo poseedor –hasta donde ello sea posible– de alguna inteligencia; pero el que además de robar hace alarde y se muestra en público adornado con lo que ha sustraído, pretendiendo hacerse pasar por quien no es y, en consecuencia, usurpando a alguien no sólo un objeto, sino también su personalidad mediante el intento de suplantarla, éste –me parece– no es más que un mentecato.

Naturalmente, los dos roban y los dos engañan, los dos se apropian de algo que no es suyo y los dos se lo atribuyen de una forma falsa y fraudulenta, pero supongo que también es perceptible la diferencia, por sutil que resulte, entre ambos: el plagiario ladrón desea (como todos los ladrones) no ser descubierto, pero desea también mantener oculto lo robado, e incluso que no bien ha obtenido aquello que le indujo al hurto, el objeto de éste desaparezca por completo –si ello fuera posible– de archivos, bibliotecas…, y hasta de la propia memoria de la humanidad, en tanto que el exhibicionista quiere, desde luego, no ser desenmascarado como ladrón, mas no que desaparezca aquello de lo que se ha apropiado, sino que perviva hasta donde alcance la memoria y la historia del ser humano, y que sea admirado y reconocido como algo grandioso del que él es su creador. Que a su condición de ladrón une la de idiota, es algo, creo yo, que no exige demasiadas explicaciones y cae por su propio peso, porque si el primero corre siempre un cierto riesgo de que se acabe detectando el fraude, éste se empeña contumazmente en que así sea. Ambos harían bien en hacer caso a Marcial:

Secreta quaere carmina et rudes curas […]
Mutare dominum non potest liber notus.

[«Búscate poemas inéditos y obras sin pulir» […]
Un libro conocido no puede cambiar de dueño», I, 66, 5, 9],

porque, efectivamente, con algo conocido los dos lo tienen muy difícil. Mas si al ladrón simple, siempre que le acompañe la suerte, podría bastarle, ocasionalmente, al menos, con esa precaución: plagiar algo inédito o poco conocido (aunque no todos ni siempre la tienen), para el exhibicionista, que pone permanentemente a la vista de todos aquello que ha plagiado, no basta seguramente con eso, y sólo podría alcanzar alguna impunidad y tranquilidad si en lugar de robar la obra busca un modo civilizado de acallar a su autor o …lo asesina, de no conseguirlo. En cualquier caso, en tanto que el primero es simplemente un espabilado, el segundo es rematadamente tonto, porque, además, no es del todo infrecuente que se engañe asimismo y acabe por convencerse que el plagio le convierte en aquello que desearía ser.

Erras, meorum fur auare librorum,
fieri poetam posse qui putas tanti,
scriptura quanti constet et tomus uilis :
non sex paratur aut decem sophos nummis

[«Te equivocas, codicioso ladrón de mis libros,
si piensas poder convertirte en poeta por el precio
que cuesta una copia o un trozo barato de papiro:
no se compran los aplausos por seis o diez monedas»,
Marcial, I, 66:1-4].

3

¿Y por qué se plagia? Sin duda, esta pregunta se cruza, en algún sentido, con la anterior, mas posee, no obstante, matices propios, porque no preguntamos ya por el objetivo que se busca al plagiar, sino por las razones por las que un individuo no puede alcanzarlo –o intentar hacerlo– más que plagiando. Pues bien, yo creo que esas razones son básicamente tres: urgencia, pereza e incapacidad. Y de nuevo cada una de ellas puede verse actuando en proporción distinta según que el plagiario pertenezca a una u otra de las dos grandes familias que hemos delineado.

La primera, a la que pertenece el plagiario ladrón, al que mueve algún interés muy concreto y no algo tan difuso como la gloria o la fama, solemos hallarla en ámbitos e instituciones de carácter académico, y es ahí donde despliega su acción y también donde tiene, en ocasiones (aunque no siempre, ni mucho menos) su territorio preferido de caza. Y si lo que mueve a este tipo de plagiario es (como decíamos) la utilidad que el plagio pueda reportarle y los beneficios o prebendas que con él pueda conseguir, fácil es conjeturar que dicha utilidad tiene que ver, asimismo, con cuestiones y asuntos académicos: ese tramo de investigación que hay justificar, esa cátedra que aguarda su sólida presencia, ese sexenio o quinquenio que es preciso acreditar, &c. Cabe suponer, por tanto, que en él, tanto la pereza como la urgencia son motivos importantes que le conducen al hurto: la pereza insuperable que le imposibilita para lo que él ve como la ardua tarea de sentarse a pergeñar media docena de folios, y tal vez, precisamente por eso, el tiempo que se echa encima y ya nada más puede hacerse que apropiarse del trabajo de otro, si se desea comenzar a gozar cuanto antes de las ventajas (por lo general monetarias) asociadas a su nueva situación administrativa. Sobre su incapacidad o incapacidad resulta, en cambio, más difícil juzgar, porque muy a menudo ni siquiera la pone a prueba, y es muy complicado determinar con certeza lo que podría dar de sí un cerebro que nunca ha sido usado. Yo, con todo, me atrevo a sospecharla presente en la mayoría de este grupo de plagiarios, porque es muy difícil que alguien con aptitudes suficientes, si posee, además, un mínimo de amor propio que le induzca a no considerarse, al menos por principio, inferior a nadie, se resigne y se rebaje a copiar lo que otro ha hecho. Admito, no obstante, que pueda haber excepciones, siempre que en alguien el vago domine al orgulloso.

En el plagiario exhibicionista, en cambio (en aquél que es movido no tanto por la utilidad inmediata o el dinero, sino más bien por la fama), ninguna excepción cabe: la incapacidad es, a no dudarlo, su rasgo más llamativo. Porque puede que disponga de todo el tiempo preciso para crear esa obra inmortal con la que sueña y que le hará famoso, y hasta pudiera ser que no tenga nada de perezoso y que se haya hartado de emborronar cuartillas, pero su absoluta impotencia y falta de ideas unidas a su codicia y afán de notoriedad, a su presunción y estupidez, lo inducen al robo, porque ninguna otra posibilidad ve a su alcance para intentar dar satisfacción a su anhelo.

Denominador común a ambos es, desde luego, esa ineptitud de la que hablamos y que con el plagio no hacen sino poner de relieve. Más, creo yo, el segundo que el primero, porque –como digo– a éste, al ladrón simple, le obliga –es un decir– la necesidad y le inmoviliza la vagancia, y dada ésta, no resulta sencillo establecer cuáles son sus cotas de incompetencia, porque acaso pudiera suceder que si lograra liberarse de su astenia permanente y quizás hasta innata, fuera capaz su magín de alumbrar algo medianamente decente, siquiera sea para salir del paso. Pero al usurpador, a aquél que en estado puro no hay por qué sospechar prisionero de la pereza, nada le fuerza al plagio más que un desmedido deseo de notoriedad que su completa incapacidad le veta. Y por eso, si al primero –yo persisto en hacerlo– la ineptitud se le supone –y aun sería patente, si no le atenaza la pereza–, en el segundo es manifiesta: porque quien a ninguna otra aspira más que a la gloria, es seguro que no escatimará esfuerzos para alcanzarla, y es sólo sus dotes escasas o nulas las que le impelerán a apropiarse del trabajo de otro.

Naturalmente, el que el plagiario ladrón sea especie habitual en instituciones académicas, en tanto que la variedad exhibicionista suele moverse con mayor libertad y no hallarse constreñida por exigencias labores o administrativas, esto no significa que ambas variedades no puedan cruzarse. Y así, hallar plagiarios imbéciles en la Academia, que buscan no sólo dinero –y acaso ni siquiera principalmente–, sino también fama y reconocimiento. Mas raro, en cambio, es encontrar plagiarios ladrones en estado puro fuera de ella, porque éstos suelen perseguir siempre fines académicos, y no bien alcanzada la prebenda que el objeto plagiado les otorga, antes prefieren el olvido que la fama.

Como quiera que sea, es evidente que el plagio es siempre una declaración pública de ineptitud (no importa cuál sea el origen de ésta) y un reconocimiento, no menos público, de inferioridad en relación con el plagiado, al tiempo que constituye, seguramente, un elogio nada desdeñable a éste. Quien plagia la obra de otro pone de manifiesto considerarla valiosa y deseable, digna de elogio –puesto que se la apropia, y nadie quiere para sí el descrédito o el ridículo– y merecedora, incluso, de que por ella sea recordado el nombre de su autor –dado que quien busca precisamente la gloria, cree poder alcanzarla vinculando su nombre al de la obra robada–. A mí, por esto, nada me importa descubrir, de cuando en cuando, haber sido víctima de algún plagio; y hasta me gustaría serlo muchas más, y que quien me roba pasee de continuo por la plaza pública –hoy se llama Internet– el objeto robado. A quienes nunca tendremos discípulos, acaso porque ni los queremos ni los buscamos, pero principalmente porque no los merecemos –porque quien no es maestro de nada difícilmente podrá aspirar a ser maestro de nadie–, no es malo que nos dé Dios o la Naturaleza algún plagiario. Yo por eso, al idiota (que es de quien ahora hablo: ¿quién si no iba a plagiarme?), ya que no con simpatía, no puede evitar mirarlo con una cierta ternura, al tiempo que he de confesar que me hace no poca gracia. Y ojalá me plagiasen tantos y tantas veces que me obligasen a acudir al juzgado, henchido por mi recién descubierta condición de individuo genial. Mas como eso no es así –ni presumiblemente lo será nunca–, de momento me limito a reírme, que es gratis y más sano. Mayor desprecio me inspiran los ladrones puros, porque el exhibicionista, si bien se mira, hace publicidad de lo tuyo, y muchas veces sin obtener de ello el menor beneficio, sino únicamente su propio descrédito, en tanto que el ladrón, en sentido literal, secuestra tu trabajo y te secuestra a ti, obteniendo ventajas de un fraude del que tú eres la víctima y que pudiera suceder que permanezca siempre ignoto, incluso para ti. Y desprecio absoluto me provocan los depredadores, y mayor temor me causa la posibilidad de dar con alguno de ellos. Porque ha llegado el momento de hablar de este tercer tipo de plagiario. No lo hemos hecho antes ya que sus rasgos no presentan características especialmente originales o notables frente a los otros dos, sino que, al contrario, su perfil puede ser perfectamente dibujado a partir del de éstos. Es, sin embargo, el más peligroso. También, como digo el más despreciable. El ladrón es un ladrón, el exhibicionista, con no poca frecuencia, un tonto, pero éste no es más que la miseria en estado puro. Cabe conjeturar, con todo, que un depredador duerme en todo plagiario y que él es lo que quisiera ser cualquiera de ellos, su ideal y su modelo, la idea reguladora de su praxis fraudulenta, y que, en consecuencia, si no son tal es porque no pueden o porque no se les presenta la ocasión de serlo.

Hasta ahora hemos venido dando por supuesto que ni el ladrón ni el idiota plagiarán obras en exceso conocidas –lo que, además de una necedad completa, constituiría un suicidio intelectual–, pero tampoco necesariamente inéditas. Lo inédito es, sin embargo, el alimento preferido de éste al que hemos denominado plagiario depredador. Fácil es imaginarse que, de los tres, es el que se encuentra en una posición más segura, siempre que al legítimo propietario de lo robado le sea difícil, y aun imposible, demostrar tal propiedad. Y por esto es lógico suponer que, como antes decía, tal estado de cosas es el que cualquier plagiario desearía para sí. Es depredador, pues, quien tiene la posibilidad de alimentarse (y se alimenta) con productos frescos, vale decir, inéditos (Desde esta perspectiva cabría denominar carroñeros a los otros, si no fuese porque hacerlo supone, al mismo tiempo, considerar carroña a aquello de lo que se apropian.) Y que eso sea así, apunta al hecho de que tal vez se halla en un situación especial y privilegiada en la que no se encuentra ninguno de los otros: puede que tenga acceso a trabajos inéditos de los que sin pudor se adueña, y quizá sea tal su poder que el que ha sido burlado ni siquiera pueda rechistar. O tal vez –no lo sé: la informática es una más de las muchas cosas que ignoro– conozca el camino adecuado para introducirse en las entrañas digitales de alguien y devorarle sin piedad. O acaso disponga –y esto ya puede hallarse al alcance de cualquiera– de un amigo lo suficientemente ingenuo o estúpido como para no advertir con quien se la juega, que pone en sus manos el producto de su esfuerzo, para recabar su opinión, y que, pasado el tiempo, lo encuentra revendiendo copias del mismo en cualquier mercadillo a 5€ la pieza. A éste, de acompañarle la suerte, es a quien propiamente conviene la definición dada por Bierce en su Diccionario:

«plagio, s. Coincidencia literaria en la que se combina un pasado vergonzoso y una posteridad honorable».

La posteridad del exhibicionista es, por el contrario, siempre más insegura, porque, como decía Mark Twain (creo recordar que en lo que él llamo su autobiografía):

«La gloria construida sobre una mentira no tarda en convertirse en un incomodísimo pedestal».

Y, en lo que al ladrón respecta, ni la tiene ni la busca: le basta con el beneficio que el plagio le reporta.

El por qué y para qué de este tipo al que llamamos depredador pueden ser cualquiera de los que mueven a los otros, aunque dada su mayor posibilidad de quedar impune, es probable que se vea tentando a buscar la gloria y no el simple beneficio, con lo que ya no es un ladrón puro; y se hace obligado pensar, además, que, con independencia de que haya otros resortes, su acción nace casi siempre de la ineptitud: roba porque por sí mismo no puede hacer nada similar a lo robado. Con lo que por fuerza debemos verlo con vocación de idiota, aunque tampoco es mero idiota, puesto que podría pensarse que acaso no se expone a los riesgos que corre éste. Mas eso no significa, empero, que su estupidez sea menor: porque, después de todo, ¡qué gloria o mérito puede haber en algo falso! Y si construida también sobre una mentira, tal gloria, aunque existan garantías seguras de quedar impune, no acaba por convertirse igualmente en un incómodo pedestal, es sólo porque una malicia sin límites o una necedad no menos ilimitada pueden permitir que un individuo tal se mire cada mañana al espejo sin enrojecer.

Mas –si quisieran escucharme– no me importaría dar algún consejo a cualquiera de ellos. A quien plagia con fines académicos le recordaría que para darles cumplimiento no se necesita, muchas veces, llegar a tanto: a menudo es suficiente con rellenar unas cuartillas con un refrito a base de elementos tomados de aquí de allá; refrito que, aunque plagio, lo es, al menos, con un cierto disimulo, mas se puede optar, igualmente, por el mero resumen de algún libro, incluso hecho a partir de la simple solapa, porque, después de todo, ni uno ni otro (refrito ni resumen) es probable que nadie los lea. O también existe la posibilidad de matricularse en algún curso y no asistir. Conozco quien ha hecho algo de eso, y no le ha ido mal. Y no digo más, porque me gusta hablar de mí sólo lo justo. Sépase, no obstante, que no es sólo que tal proceder da buen resultado, sino que, incluso, muchas veces las cosas suelen ir así bastante mejor que dando a luz productos más acabados que, a lo que se ve, ningún mérito constituyen ni de ningún reconocimiento son merecedores. Y sé de lo que hablo, porque instituciones hay que valoran sobre manera el que alguien certifique que has hecho lo que no has hecho, y no sólo desdeñan, sino que ni siquiera admiten a trámite la presentación de algo novedoso u original. Si a Napoleón un cura le ahorraba cien gendarmes, téngase por seguro que en esas instituciones a las que me refiero un curso ahorra cien libros.

A quien, por el contrario, busca principalmente la gloria, yo le recordaría que Fama es efímera y caprichosa y que raramente se entrega a quienes dedican sus esfuerzos a las creaciones del espíritu. Pretenderla siendo el legítimo creador de algo, es ingenuo: no siéndolo es, además, estúpido y temerario en exceso. Quien quiera ser famoso, dispone de procedimientos más rápidos y eficaces: por ejemplo, robar un banco y huir al Caribe. O también morirse, lo que constituye siempre un procedimiento infalible para alcanzar siquiera un minuto de gloria y protagonismo, para lograr que por un momento se hable de uno, y, además, se hable bien, porque no hay muerto malo.

Y finalmente, al depredador, le diría lo mismo que al idiota o al ladrón (si es que escora más hacia este que hacia el otro), y puesto que no querrá escucharme o probablemente ni siquiera sea capaz de entenderme si le digo que nula y sin mérito es la gloria que pueda engendrar un acto deleznable y un objeto fraudulento, le recomendaría que se cuide no sólo no ya de las querellas, sino principalmente de los ladrillazos: que también los hay inéditos e incluso anónimos.

4

Resta, creo yo, plantear y responder una última pregunta, y es ésta: ¿cuáles son, o previsiblemente pudieran llegar a ser, las consecuencias del plagio? Imagino que pueden suponerse repartidas en dos grandes grupos: aquéllas derivadas del ejercicio de la ley y las que tienen que ver con la mera reprobación social, el escarnio, la burla y el desprestigio que puedan llegar caer sobre el plagiario. Y el peso que cada una de esas consecuencias (legales o sociales) pueda tener depende mucho, supongo, del tipo de hurto, principalmente de que sea total o parcial, que se exhiba o se oculte Y, naturalmente, de que pueda ser demostrado o no.

Hemos dado por supuesto que nadie será tan mentecato para plagiar algo sobradamente conocido, no ya en su totalidad, sino ni siquiera parcialmente. Y esto significa que el plagio lo será casi siempre de un producto poco conocido, e incluso prácticamente desconocido, aunque no necesariamente inédito, o de algo que, además, presenta también este segundo rasgo y carece, por tanto, de la mínima cobertura legal que le presta la edición, sin que, al mismo tiempo, su autor tenga alguna posibilidad de probar suficientemente su autoría. Desde esta perspectiva, supongo (me confieso lego en materia de leyes) que quien menos riesgos corre es el depredador, que roba lo inédito, aunque sea en su totalidad, y no sólo parcialmente. Y en cuanto a los otros dos, es obvio que si hacen otro tanto pasan a formar parte de este grupo y serán depredadores sin más, sean cuáles fueren sus motivaciones. Mas si la pieza que cobran (en todo, y quizá con más frecuencia en parte) tiene dueño legal, por ignorado que sea, asumen muchos más riesgos, y de los dos, es el ladrón, que oculta el robo, más que el suplantador, que lo exhibe, el que cuenta con mayores posibilidades de pasar desapercibido y quedar impune.

Mas sea lo que fuere de las consecuencias legales –y hasta que ninguna de ellas tenga el plagio–, ningún plagiario, de ser detectado, puede librarse de las sociales. Y aquí, me parece a mí, la mayor burla y reprobación tendrán como objeto, sin duda, al plagio total –lo que no significa, desde luego, que el otro, el parcial, se vea libre de todo escarnio–, y dado que hemos de suponer que es el depredador el más dado a ese tipo de robo, es él ahora, desde esta perspectiva, el más frágil de los tres, ya que por más que no puede demostrarse, más allá de toda duda razonable, la comisión del robo, cuando sobradas razones inducen a creerlo, no dudará de él ni el propio juez, aunque se vea obligado a inhibirse de la causa o a cerrar el caso. (Que eso no sea siempre así, y que puedan darse rocambolescas situaciones en las que uno acabe por dudar quien es la víctima y quien es agresor es algo con lo que, aunque raro, hay que contar.) Y de los otros dos, vuelve a ser el ladrón el que tiene más posibilidades de pasar desapercibido, porque es muy probable que quien tenga que examinar el producto que presenta para obtener un beneficio no lo haga siquiera, o sea lo suficientemente ignorante para no detectar el plagio, que pasará luego a dormir el sueño de los justos en cualquier archivo. Y es, naturalmente, es el exhibicionista el que, de los dos, se halla de nuevo más expuesto. Y esto con independencia de que cualquier de ellos hurte total o parcialmente, aunque también parece claro que un hurto mayor se haga acreedor de un mayor escarnio.

Por eso, con toda seguridad, para quien se dedica a plagiar, sea cuál sea la familia a la que pertenezca, el procedimiento más seguro para garantizar el beneficio, la gloria (si fuera el caso) y la tranquilidad, es el que aconseja Marcial:

Aliena quisquis recitat et petit famam,
Non emere librums sed silentium debet

[«Quien recita versos ajenos y aspira a la fama
no debe comprar un libro, sino el silencio»] [66: 13-14].

O, como se decía antes –no se me culpe por ello: me limito a hacer historia–: tener un negro.

 

El Catoblepas
© 2007 nodulo.org