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El Catoblepas, número 65, julio 2007
  El Catoblepasnúmero 65 • julio 2007 • página 9
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Hegel a la vista, o España en la encrucijada

Miguel Ángel Navarro Crego

Al celebrarse el bicentenario de la publicación por Hegel de la Fenomenología del espíritu (1807) establecemos aquí algunas reflexiones, a modo de cumplido homenaje, sobre la importancia de la filosofía hegeliana y su herencia para comprender nuestra Europa y España presentes

«No resulta agradable ver cómo la ignorancia y hasta la misma tosquedad informe y sin gusto, incapaz de retener su pensamiento sobre una proposición abstracta, y menos aún sobre el entronque de varias, asegura ser ora la libertad y la tolerancia del pensamiento, ora la genialidad.»
(G. W. F. Hegel, Fenomenología del espíritu, FCE, Madrid 1983, pág. 45.)

«La vida social es, en esencia, práctica. Todos los misterios que descarrían la teoría hacia el misticismo, encuentran su solución racional en la práctica humana y en la comprensión de esta práctica.» (Carlos Marx, octava Tesis sobre Feuerbach,
Obras Escogidas, tomo I, Editorial Progreso, Moscú 1981, pág. 9.)

A modo de introducción

No podemos dejar de reconocer que Hegel es, entre otros, uno de los filósofos claves de nuestro tiempo presente. De esta suerte repensar a Hegel es, nada más y nada menos, que reflexionar sobre las condiciones de posibilidad de Europa, de su difícil relación con América, y por ende también el marco de la filosofía hegeliana nos sirve para reflexionar sobre el destino de España, bien en Europa o bien frente a Europa. Y esto último no porque Hegel dedicara páginas sustanciosas al papel que España ha jugado históricamente en el proceso de construcción del Orden de la Historia Universal como despliegue del Espíritu. Sabido es que a pesar de su sistematismo, y de sus pretensiones omniabarcantes y omnicomprensoras, Hegel se mantuvo siempre fiel a la cosmovisión protestante. Pero precisamente por esto, porque Hegel, junto con Kant, es un filósofo trascendental para nuestro tiempo es necesario que su legado sea discutido; y esto último en el doble sentido de la palabra trascendental: en el kantiano, como condición a priori de posibilidad y en el más castizo de que su obra trasciende y renace constantemente a través de sus críticos, exégetas, defensores y sepultureros.

Por otra parte sabemos también que la obra de Hegel no gozó durante mucho tiempo de buena fama y predicamento dentro de la profesión filosófica académica y universitaria. De hecho la reacción antihegeliana no estrictamente erudita (Kierkegaard y Schopenhauer) surge inmediatamente en el siglo XIX, como una invaginación existencialista y metafísico-irracionalista de la propia sombra del quehacer hegeliano. Amén de que a la muerte del filósofo, Schelling (quien fuera uno de sus amigos de mocedad más íntimos –el otro fue Hölderlin– y con quien compartiera las primeras intuiciones románticas de lo que después sería su magno Sistema), fue llamado a Berlín por las autoridades del nuevo orden social burgués para extirpar el siempre peligroso enraizamiento del pensar hegeliano.

Hegel: entre Oriente y Occidente

Asimismo en el siglo XX los jóvenes franceses fueron a la Primera Guerra Mundial con un ejemplar en su mochila de En busca del tiempo perdido de Proust o con alguna obra del momento de Bergson, el filósofo de moda, mientras que los soldados alemanes leían en las trincheras El mundo como voluntad y representación de Schopenhauer. A su vez el antisemitismo y el irracionalismo racista que nutrió a Hitler, en los años en los que pensó y escribió Mein Kampf, es más bien deudor de Nietzsche y nada le debe a Hegel. No obstante y a pesar de todo esto Hegel ha sido en el siglo XX un filósofo maldecido por la tradición analítica inglesa, que arrancó con Moore y Russell rebelándose frente a la metafísica idealista de Bradley y McTaggart. A su vez Popper se pone de largo como filósofo liberal saldando cuentas con Hegel al que acusa, recién acabada la Segunda Guerra Mundial, de ser uno de los instigadores del totalitarismo (fascismo, nazismo y comunismo) que asola Europa. Hegel es así «distinguido» como uno de los enemigos de la Sociedad Abierta (La sociedad abierta y sus enemigos).

En el proceso de construcción de la Europa de posguerra serán la Filosofía Analítica y la Escuela de Frankfurt los principales referentes académicos, que se utilizarán para combatir el presunto hegelianismo presente en el marxismo estalinista que amenaza Occidente allende el Telón de Acero. De ahí también que Kant y su filosofía se haya erigido (a través de Habermas) en el patrón y mecenas de esa unidad europea capitaneada por el Jano bifronte de Francia y Alemania. De hecho los combates por la hegemonía en la Europa Occidental entre Francia y Alemania (guerra franco-prusiana de 1870 y las dos guerras mundiales del siglo XX) son también los combates teóricos por imponer una determinada Weltanschauung de la propia edificación de Europa.

Así tenemos que hoy el marco kantiano del pensamiento (por ejemplo la hipostatización metafísica, descontextualizadora, que se ha hecho de La paz perpetua en el todavía reciente aniversario de la muerte de Kant), es hoy el referente intelectual y el espejo en el que se miran muchos políticos que se dicen de «izquierdas» (tras la caída del Muro de Berlín y del Bloque Soviético), tanto en el conjunto de Europa como en España. Igualmente recuperar a Kant y autoproclamarse «ilustrado» es el devoto ejercicio espiritual al que se entregan hoy tantos funcionarios del PSOE en España, parta tener así un campo de juego intelectual en el que dibujar sus estrategias políticas (por ejemplo en materia de Defensa, Terrorismo «dialogante» y «Educación para la ciudadanía»).

Kant y Hegel siguen hoy con las espadas en alto luchando entre sí desde sus tumbas cuando percibimos y nos apercibimos de las tensiones existentes en ese difícil proceso que es la construcción europea. El hecho de que Sarkozy quiera enterrar definitivamente los demonios «progres» y libertarios de Mayo del 68 es un buen ejemplo de lo que queremos apuntar. Mientras en España una izquierda de difícil definición que ejerce, muchas veces de forma inconsciente y otras de forma veladamente hipócrita, de «progre», ácrata y ecologista ingenua, busca con afán el marco «ilustrado kantiano» para disimular o prestigiar sus vergüenzas. Las vergüenzas de su tic antiestadounidense infantil, de su negación de todo orden de autoridad en la enseñanza pública (así el desastre educativo que tenemos en España), de su mostrenca identificación del fundamentalismo islámico con el «nuevo proletariado oprimido universal», de sus constantes connivencias por acción u omisión con el terrorismo secesionista, de su multiculturalismo relativista, de su antisionismo, &c., &c. En este sentido el mayor acto de hipocresía y mala fe (en sentido sartreano) es el de un cineasta, «intelectual oficial» y orgánico, que no le hace ascos a las subvenciones gubernamentales al cine patrio, que no patriota, y que se «corre de gusto por vía anal» cuando las «almas bellas» de Hollywood le dan un Oscar, a la vez que proclama, en vísperas de elecciones, que en España ha dado un golpe de estado la «derecha» y que es necesario un «cordón sanitario» frente a esta última, motejada ahora de «derecha extrema».

De igual forma lo cierto es que mientras que el común de los mortales, el pueblo llano, ese «vulgo que sabe latín», construye su mundo con el lenguaje aristotélico del sentido común y mientras que también muchos políticos profesionales se autoproclaman kantianos (por ejemplo y recientemente en Asturias nuestro viceconsejero de Educación, el socialista señor Riopedre), la sombra de Hegel sigue siendo alargada. De hecho la obra de este filósofo ha sido, en los últimos lustros, acicalada y reelaborada (Terry Pinkard, Fukuyama) para que los estómagos norteamericanos, acostumbrados a la tradición pragmática y analítica, puedan digerirla y metabolizarla, ahora en el contexto del nuevo orden mundial surgido tras la caída del Bloque Comunista.

En otro orden de cosas la Fenomenología del espíritu (1807), obra que ahora conmemoramos, es una obra seminal. Seminal por lo que en ella de forma embrionaria se plantea y seminal también por la sombra que proyecta sobre lo que no se dice y oculta, como ocurre siempre con las grandes misiones o proyectos. Por eso mismo muchos antihegelianos únicamente pueden ser entendidos desde esta perspectiva y es que, como sucede en otros ámbitos de la vida y de la historia, la importancia de un pensamiento sólo puede medirse por la grandeza de sus enemigos y adversarios. Así la Fenomenología ha sido interpretada desde muy diferentes claves. Desde los que la ven como una obra literaria y novelesca casi, una proyección romántica elaborada a partir, principalmente, de materiales autobiográficos (Kaufmann), hasta los que la perciben como la inspiradora de un nuevo orden burgués y capitalista que se erige sobre las cenizas y escombros del Antiguo Régimen (Lukács).

Hegel es el filósofo contemporáneo en el que la tensión entre individualidad irreductible en su inmediatez y proyección universal y colectiva está más presente. La Fenomenología como proceso ontogenético de construcción del Espíritu, entendido como ciencia y Sistema (Wissenschaft) de la conciencia, es el proceso de construcción de un «Yo» que es un «Nosotros» y de un «Nosotros» que es un «Yo». Pero un «Nosotros» que no se debe de entender en una sola y estricta línea sociologista aditiva, tal y como lo interpretaron algunas corrientes marxistas y freudomarxistas de corte sociológica y psicológica (Rodolfo Mondolfo, Erich Fromm). Por todo esto la importancia de la Fenomenología como obra embrionaria se mide por la pluralidad irreductible de sus claves exegéticas. Así autores como Kojève, Hyppolite, Garaudy, Lukács, Bloch, Marcuse, Kaufmann, Pinkard, y en España Valls Plana y más recientemente Félix Duque, proyectan luces esclarecedoras sobre la misma. Por eso esta obra es clave para entender el resto de la producción hegeliana, pues en ella ulteriores desarrollos son aquí insinuaciones vivas que están en proceso de elaboración. Al igual que los Grundrisse de Marx son la caja de herramientas, el taller y laboratorio imprescindible para entender y comprender plenamente el alcance de El Capital (como ya demostrara Gustavo Bueno en los años setenta en sendos artículos publicados en la revista Sistema).

Igualmente y como ya decíamos líneas arriba (cuando citábamos a Popper) a Hegel, a fuer de oscuro, se le ha acusado de ser el inspirador y la mano en la sombra de los dos grandes fracasos de la democracia liberal burguesa habidos en el siglo XX (el fascismo y el comunismo). Y esto es de malos hegelianos, pues es sobrepujar la importancia y la determinación de la Filosofía en el complejo proceso de formación de las sociedades y de la Historia. (Sabido es que para Hegel la Filosofía no era más que su tiempo apresado en pensamientos, por eso mismo la lechuza de Minerva alza el vuelo al atardecer cuando casi todo se ha consumado). Pero en esta cuestión hay que recordar que a la base del Mundo Occidental contemporáneo hay dos verdaderas revoluciones que son a su vez dos revoluciones verdaderas. La Norteamericana, que dio lugar a los Estados Unidos, y la Revolución Francesa (con sus secuelas) de la que surgió el marco del que todavía se nutre la Europa actual. Dicho en clave también hegeliana, las tensiones entre Estados Unidos (que oficia en muchos aspectos, y pese a quien le pese incluidos muchos estadounidenses, de nación imperial y gendarme del mundo) y una presumible consolidación de un Estado Europeo emergen de estos dos núcleos embrionarios, de estas dos Revoluciones. La revolución norteamericana se constituye frente a Gran Bretaña (y en general frente a Europa), como una forma de rechazo de todo lo que sea inmiscuirse el Estado en la esfera de la individualidad. Empezando por el libre examen de la Biblia y la libertad de culto religioso, pues no hay que olvidar que los peregrinos del Mayflower se fueron a América por puritanos, por intransigentes e intolerantes. De ahí la primacía del individuo y de sus derechos inalienables frente a la ingerencia de toda superestructura política estatal. Sólo desde este marco ontológico-político se puede entender un hecho como el derecho que consagra la Segunda Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos, por el cual todo ciudadano libre tiene la facultad de poseer y portar armas. Y esto, aunque suene a risa, para poder «defenderse eventualmente» de los atropellos del propio Estado o de un enemigo exterior como una potencia extranjera. Este hecho escandaliza a muchos europeos bienpensantes, sobre todo dado el nivel de violencia que se vive en muchas ciudades de esta nación norteamericana.

Hay que recordar también que en Estados Unidos nunca llegaron a cuajar los citados fantasmas totalitarios y eso a pesar del Crack del 29. Sin embargo el jacobinismo republicano centralista, que emergió de la Revolución Francesa y que es nuclear y consustancial a Francia y esencial en parte a la propia constitución de la Europa Moderna, sirvió de modelo a la Revolución Rusa. Esta última con ser una verdadera revolución a la postre no ha resultado ser una revolución verdadera, dado que, con independencia de los buenas oficios de Reagan, Margaret Thatcher, el Papa Juan Pablo II y por supuesto el propio Gorbachov, el desmoronamiento económico y social interno del sistema y de la cosmovisión comunista era más que evidente. Y esto porque la Revolución Rusa se basaba en una falsa concepción de la naturaleza humana, al no tener en cuenta, por decirlo también en lenguaje hegeliano, «la vida y el deseo» (y en el seno de esto, pero transcendiéndolo, el thymos, la «fuerza del ánimo», para expresarlo al modo platónico, y la necesidad del «reconocimiento»).

Por todo esto las tensiones entre Estados Unidos y una Europa Unida (unida pero menos, como se puede comprobar siempre que hay un conflicto internacional, por ejemplo el de Oriente Medio) constituye una de las encrucijadas de la actual geopolítica mundial. Lo cual se agrava (por ejemplo en el plano económico-social) con la emergencia pujante de nuevos imperios económicos como China (incluso la India) y otros gigantes asiáticos, amén de Japón. Esta es pues una de las claves de lo que se llama la Globalización. No hay que olvidar tampoco que Hegel comprendió (aunque en clave Idealista-Espiritualista) mejor que Marx el fenómeno del Mundo Asiático. El problema del Modo de Producción Asiático fue durante décadas uno de los incómodos caballos de batalla exegéticos en el seno de las diferentes corrientes marxistas. Sabido es que para Hegel el florecer y la propia evolución del Espíritu y del Sujeto de la Historia camina de Oriente a Occidente, de Este a Oeste, tal y como percibimos el movimiento del sol. Por eso entendía que las sociedades asiáticas no habían entrado aún en la Historia Universal por no tener Sujeto. Pero muchas cosas han cambiado en los últimos doscientos años.

Hoy en día Hegel y su estela siguen siendo claves para entender el proceso histórico de cómo nuevas naciones pujantes ingresan en el ámbito económico holizador y globalizador de la producción y, más lentamente, del consumo. La vieja dialéctica del Amo y el Esclavo sigue siendo también un marco ontológico y gnoseológico explicativo y comprensivo de cómo el trabajo y la producción (en el proceso de fabricación «glocal», «globalización deslocalizada», de mercancías y bienes de consumo) hacen ingresar, cual parto doloroso, a grandes focos poblacionales del antiguo Tercer Mundo en el mundo del Espíritu y en el espíritu del Mundo. El problema que se avizora en lontananza estallará cuando esas masas de población productiva exijan «reconocimiento», léase derecho al voto, participación ciudadana y política democrática, derechos sindicales, &c., es decir cuando luchen por constituirse en «sujetos personales», en «personas» de y para la Historia.

Por otra parte el hecho de que muchos intelectuales europeos (dicho sea así genéricamente) procedentes de la izquierda de quinta generación (incluso trotskistas) sean hoy motejados despectivamente de «Neocon» (neoconservadores), es un signo de que, más allá del marco kantiano europeo, las soluciones a los múltiples problemas que tiene hoy Europa planteados pasan por repensar a Hegel. Así por ejemplo el problema de la identidad nacional, la trampa del multiculturalismo, la necesidad de autoridad y de rigor académico en la institución escolar, &c., &c.

El hecho también de que hoy la izquierda europea (y en especial la española) se haya quedado sin un discurso (construcción ontológica) que sea alternativo, en lo económico, al capitalismo en sus múltiples especies, y el hecho también de que necesite presentar como tal proyecciones de carácter estrictamente ético (dentro del Eje Circular) y ecológicas (dentro del Eje Radial y Angular) es también un factor a tener en cuenta desde este marco de pensamiento que estamos señalando, a saber la polémica entre Kant y Hegel.

Como ya hemos apuntado Hegel es el tema de nuestro tiempo, necesariamente y como no puede ser de otra manera, pues él intuyó mejor que nadie las fases de evolución de la Historia Universal, aquéllas en las que la individualidad del Hombre, en el seno de la materialidad del Espíritu, llegó a las más altas cotas de construcción moral, política e intelectual. («Espíritu Absoluto» que hoy calificaríamos de forma compleja, y no sólo como Superestructura y menos aún como superestructura superflua e innecesaria, de «Mundo de la Cultura» con sus diferentes especies, aunque un mundo, a diferencia de lo que Hegel pensaba, nada reconfortante y reconciliador).

Sin embargo, pues todo hay que decirlo, España no forma parte como eslabón de ese despliegue del Espíritu de la cosmovisión hegeliana. Sabido es también que en la Fenomenología sólo la figura de Don Quijote (según Kaufmann por ejemplo) aparece como una de las formas figurativas y emblemáticas del proceso de conquista de la libertad de la autoconciencia. Hegel intuyó de alguna manera, en esta obra de tentativa y difícil gestación, la contribución del Quijote a la configuración del Espíritu, pero también es verdad que su protestantismo (y sus recelos contra el catolicismo) no le permitieron interpretar el importante papel que España, la Hispanidad y la Catolicidad, jugaron en la formación del Mundo Occidental. Para Hegel la Modernidad comienza con Descartes (lo cual hoy se repite como un tópico) quien, rompiendo y haciendo tabla rasa con toda filosofía anterior, erige la evidencia del yo pensante (al cogito, diríamos ensimismado) en palanca de apoyo, en fulcro, de todo ulterior pensamiento, método y ciencia. Mas no hay que olvidar que, antes que Descartes, Lutero ya había proclamado la irreductibilidad de la conciencia (por vía agustiniana) en el libre examen de la Biblia. Hoy es también un lugar común afirmar que es aquí, al convertir Lutero a todos los clérigos en laicos y a todos los laicos en clérigos, donde surge la conciencia moderna. De esta forma la Ilustración (con su deísmo y teísmo, incluidas sus intuiciones panteístas, como variantes de un ateísmo cortés) y la Revolución Francesa, con sus consecuencias políticas, no serán más que partes de ese mismo proceso de individualización y secularización de la conciencia. Hegel, a su modo, sabía esto de forma perfecta.

Pensando en España

Después de todo lo que llevamos expuesto podemos preguntarnos: ¿qué es tener en cuenta a Hegel hoy en día? Evidentemente no es, dicho así, proclamarnos hegelianos. Lo cual sería en acto de memez extravagante, un psicologismo vago y un burdo anacronismo. El mismo que hoy cometen, de forma más o menos inconsciente o malintencionada en sus fines políticos, tantos políticos «progres» y de «izquierdas» en nuestra maltrecha España cuando se dicen kantianos. Tener en cuenta a Hegel, contar con él en nuestro quehacer filosófico como ciudadanos de España y Europa, es, en principio, no darlo por «perro muerto» (como no lo dio Marx) y por ende no dar por muerto el Materialismo Histórico, ni tampoco el método dialéctico (el genuino método filosófico desde Heráclito, Parménides y Platón).

Pensar a Hegel es pensar con seriedad y realismo, sin absurdos complejos de inferioridad inoculados por la tradición de la Leyenda Negra, cuál ha sido y cuál ha de ser el papel de España en la construcción de Europa (cuestión, ésta, que está por ver y por hacer). Es pensar también (y sin falsas ingenuidades adolescentes: ésas que proclaman a los cuatro vientos «Alianzas de Civilizaciones», sin saber y explicar el qué, el cómo, el por qué y el para qué) qué papel ha de jugar Hispanoamérica en el contexto del Orden Internacional, máxime (y como ya citábamos) cuando vemos asomar la cabeza a nuevas potencias emergentes. Pensar a Hegel es pues pensar qué es y en qué condiciones se desarrolla la Globalización. De hecho esto los filósofos e ideólogos del imperio U.S.A. lo saben bien. De ahí que autores como Fukuyama hayan extraído la «teoría del reconocimiento» de la obra de Hegel, como núcleo de su concepción del final de la Historia, para proclamar un nuevo orden internacional que, desde que no hay alternativas, según él y otros, al capitalismo de libremercado intrínsecamente vinculado (determinante) a la Democracia política, presentar la «lucha por el reconocimiento», por el thymos (en clave psicologista y segundogenérica, M2), como horizonte de proyección de Estados Unidos en el mundo. (Para una crítica a Fukuyama ver Gustavo Bueno, «Estado e historia (en torno al artículo de Francis Fukuyama)», El Basilisco, 2ª época, nº 11, 1992, págs. 3-27; disponible en internet: http://filosofia.org/rev/bas/bas21101.htm).

Por todo esto también es repensar a Hegel, que no reproducirlo de forma mimética, reflexionar sobre qué ha sido España y qué es España. Para esta ardua labor meditar a este filósofo es pensar que, aunque sea una labor titánica dada la multiplicidad y complejidad de saberes categoriales y no categoriales que hay hoy en día, la Filosofía ha de ser y constituirse como Sistema. Este es el verdadero proceso edificador de un saber, el saber de las Ideas, que por otro lado (como ya sabía Hegel) no ha de ser edificante en un sentido puramente psicologista, a pesar de que el propio Hegel quería ser un hombre de Bildung. Esto supone realmente superar la Modernidad (desde el «cogito cartesiano» hasta el «Yo Trascendental kantiano») sin caer en el nihilismo postmoderno esteticista que tanto impera hoy en la telebasura y en la «tele-política».

En este mismo orden de cuestiones hay que recordar que ya Ortega y Gasset pretendió, por vía literaria y periodística, realizar en la primera mitad del siglo XX el proyecto ilustrado kantiano en España a través de la empresa de la Razón Vital. Con independencia de su valoración, resulta vergonzante que ahora tantos «intelectuales» (esos mismos que ya Hegel vio como impostores, como «almas bellas» o «conciencias desventuradas» porque se dedican a predicar y no a dar trigo) se proclamen lastimeramente ilustrados, negando zafiamente la tradición marxista del PSOE y las luces y sombras que a la misma se le puedan imputar. (Recientemente, y en este sentido, Antonio García-Santesmases, en su obra Laicismo, agnosticismo y fundamentalismo, se queja constantemente de que en España no hubiese Ilustración, de que ahora no haya una República y de la oposición a la asignatura de Educación para la ciudadanía. En definitiva es casi una constante protesta de que España sea España y no sea Francia.) Pues bien, Ortega intentó ilustrar convirtiendo la columna periodística en cátedra, pero sabía sin ingenuidad que de la cárcel kantiana sólo se puede escapar por fagocitación, por lenta y pesada digestión.

Pero pretender recuperar a Ortega por vía estrictamente literaria (él, que fue ridiculizado por Bergson que lo calificó como periodista brillante pero mediocre filósofo, mientras que en nuestra nación sus enemigos lo distinguían como primer filósofo de España y quinto de Alemania), recuperarlo sin Sistema ni coordenadas filosóficas, como alguno pretende desde Asturias quejándose de toda sistematización, es hacerle, digo, un flaco favor. Porque en este sentido publicaciones que sí están en el mundo (en el mundo de lo mediático y de lo mediador), como El Catoblepas y El Revolucionario («el diario global de la izquierda revolucionaria en lengua española») sí pretenden ilustrar, pero ilustrar teniendo un Sistema y unas coordenadas filosóficas detrás, y esto es lo verdaderamente importante. Pues hay que recordar también que «mediar» era la heroica tarea que Platón adscribió a la Filosofía y a la Política, a través de la ebria imagen que Alcibíades construyese de Sócrates en el Banquete.

Reconocer el legado de Hegel, sus huellas en nuestro presente patrio, es también reconocer la Catolicidad como elemento consustancial a la Hispanidad, con sus claroscuros, pero sin complejos afrancesados. Esto supone no sólo no abjurar de nuestra propia tradición filosófica del Siglo de Oro (neoaristotelismo, tomismo suarista, polémica sobre el «alma» en el contexto de la conquista y cristianización de América, &c.), sino reconocer plenamente que España tuvo su propio proyecto holizador y globalizador. Por ejemplo dentro del marco de las referencias a Hegel, en este caso a las deficiencias y ausencias en su pensamiento, se mencionaba hace pocas fechas en Oviedo en unas jornadas a él dedicadas, que cuando se habla de Derecho, y de Derecho Internacional, hay que empezar recordando al padre Francisco de Vitoria. Ese núcleo de racionalidad (estrictamente filosófica) que hubo en la concepción y proyección de España en América, dentro de la Cosmovisión Cristiana Católica, ha de ser reconocido y recuperado si queremos plantearnos también qué es pensar a Hegel hoy. (Como certeramente lo han hecho, en El Catoblepas, Atilana Guerrero y Pedro Insua. Véanse los artículos en la sección «Polémicas»: sobre el imperio español y los judíos.)

Por eso Ortega cuando inicia su proyecto filosófico, de forma intencional en la Meditaciones del Quijote, registra citando la Antropología kantiana que España, tal y como la calificaría un viajero, es «Tierra de los antepasados». ¡Ahí es nada! Lo cual quiere decir que los muertos siguen gobernando sobre los vivos. En esto cifraba él la mecánica psicológica del reaccionarismo español. ¡Cierto!, ¡muy cierto! Por eso hoy percibimos desde la dialéctica hegeliana que (como también sabía Ortega) en España lo anormal acaba convirtiéndose en normal. Y es cierto porque este es el caso de tantos «progres» (que se dicen de «izquierdas») que necesitan del putrefacto cadáver del Franquismo para nutrir, en una pseudodialéctica menguada, la paupérrima parquedad de sus propuestas, reduciendo a la «intimidad y cordialidad» ética todo asumo de pensamiento innovador. Y es cierto también porque al no haber «asumido» el Franquismo siguen nutriéndose de él (y esto, me apresuro a decirlo, no en clave psicológica, sino como forma lógico-ontológica en el plano político de lo que significa, como nos recuerda Félix Duque, la Aufhebung hegeliana). Por esta misma razón sabemos que el Pensamiento Alicia de Zapatero no es sólo el segregado adolescente de quien, como único gesto etológico, solamente puede mostrar una constante y cándida sonrisa ante los problemas de España que él mismo gesta y recrudece. Es asimismo la nueva forma de la que se reviste ese reaccionarismo.

El actual gobierno de Zapatero (que por suerte no es todo el PSOE) como entramado mediático sostenido en su representación fenoménica, en su escueta apariencialidad, por una farándula de «almas bellas» pagadas de sí mismas y de las subvenciones gubernamentales, que fomentan y rentabilizan políticamente el «mito de la cultura», es sin duda en su actual forma la peor herencia del franquismo sociológico. Pensar a Hegel, pensar dialécticamente, es reconocer esto pese a quien le pese, es reconocer este proceso que va del «en sí» al «en sí y para sí».

Seremos dialécticos si negamos de plano la pseudo ingenuidad que nutre a quien pretende acabar con el fenómeno terrorista negociando con ellos, con los terroristas, en una falsa tregua. Precisamente porque en su miopía intelectual y en su ingenua pretenciosidad de político de oropel, que no de estadista de hombre con sentido patriótico del Estado, es incapaz de reconocer e interpretar la «esencia criminal» del terrorismo. Pensar a Hegel es, por ejemplo, saber que no hemos de solidarizarnos con las víctimas del terrorismo por razones éticas (o no exclusivamente). Pues las razones éticas, las que llevan a llorar compasivamente o a sentir piedad, son razones cogenéricas, como demuestra la Psiquiatría y la Psicología con base científica en las neurociencias, si conocemos y reconocemos bien en su symploké las «junturas naturales» que conforman la parte y el todo biológicamente animal que constituye la naturaleza humana. También las madres de los terroristas lloran. Por eso solidarizarse con las victimas del terrorismo es solidarizarse en cuanto que sus muertos, nuestros muertos, lo son por ser ciudadanos políticos de la nación española. (Por eso la solidaridad es una virtud moral, y política en este grave caso, nunca ética, si es que supera ontológicamente su núcleo originario cristiano de «fraternidad», de donde la tomó su padre y mentor Pierre Leroux). «Solidarizarse con» es solidarizarse siempre como estructura colectiva frente a terceros. En este caso frente a los terroristas, no por atentar contra la vida sino por atentar contra los españoles, es decir contra España. Los muertos, los asesinados, lo son no por ser «sujetos éticos», etéreos habitantes de un divino y ubicuo mundo feliz, sino por ser sujetos morales y políticos de España. La razón ontológica de su asesinato es su misma codeterminación. La de las víctimas y la de los terroristas. Los muertos lo fueron pues por ser españoles y por quienes con sus crímenes se determinan como una amenaza para el orden constitucional español. Por eso mismo todo «pacto» (leído en clave política, no ética) es por sí mismo una traición a España y a los que murieron por ser españoles.

Pensar e interpretar a Hegel es también huir de toda polarización dualista y simplificadora del discurso político, en el «para sí» de su manifestación fenoménica mediático-televisiva. Porque seguir la senda de Hegel es ser también empirista (como él lo era a su modo), es decir reconocer la terrenalidad de lo que hay en sus múltiples manifestaciones.

Así, por ejemplo, frente al «toma y daca» de la falsa polémica fabricada en torno a la implantación de la «nueva asignatura» Educación para la ciudadanía. Donde se juega «a posta» en una cancha a dos bandas con dos frentes, nunca mejor dicho, enfrentados: el sector «zapaterista» del PSOE con la ministra del ramo educativo al frente y la «reaccionaria» Conferencia Episcopal erigida en primer y único analogado de toda posible oposición. Hay que señalar que ser dialéctico, ser hegeliano hoy, es afirmar geométricamente (pues el origen de la dialéctica está en la geometría de Euclides), que la distancia entre dos puntos A-B puede ser tan grande e insalvable como la que hay entre cada uno de esos puntos y un tercero llamado C (definición de triángulo equilátero y equiángulo).

Así y aplicado al caso, desde el Materialismo Filosófico, podemos estar y estamos totalmente en contra de esa asignatura malparida, tal y como ha sido concebida. Y esto por razones diametralmente opuestas a las que puedan defender los jerifaltes de la Conferencia Episcopal (incluso coincidiendo en algún asunto puntual). Entre otras cosas porque dado el proceso de destrucción del Bachillerato (destrucción a la que ha contribuido en primer lugar y de forma malévola la «progresía» del PSOE desde que se implantó la LOGSE, y el PP cuando gobernó, por omisión al no auxiliar a la enseñanza pública iniciando sólo unas tímidas pero insuficientes y acomplejadas reformas con la LOCE), es sinceramente un insulto que todos los problemas de la Enseñanza se quieran solucionar con esta Educación para la ciudadanía. (Secundaria que homologa por abajo, Bachillerato mínimo y totalmente insuficiente, desautorización y prostitución del profesorado y de los saberes racionales que se supone que representan y transmiten, destrucción del mérito y de las capacidades individuales en aras del comisariado político servil e ignorante, &c., &c.).

No se trata de que un gobierno no pueda adoctrinar o de que se reproche «el tu también», según el cual la Iglesia ha adoctrinado en España durante mucho tiempo. Pues de hecho, desde la LOGSE para acá, las propias leyes educativas son modelos de deseducación; pues adoctrinan por pasiva en el relativismo axiológico, en el «todo vale», en la consagración muchas veces de la vagancia en el discente, al negar la autoridad al profesorado, compensándolo todo con el «buen rollito y buen talante», &c. El mejor ejemplo de que ni siquiera el propio gobierno actual se toma en serio tal asignatura es que está pensada como una «maría» con una dotación horaria mínima. Los manuales que están saliendo más que «catecismos» de «formación del espíritu nacional» son tebeos pseudo aleccionares y simplistas al máximo. ¡Viva lo fácil! Esa es la máxima, mientras seguimos destruyendo la Enseñanza Pública para goce de la privada y continua y falaz polémica sobre la concertada.

Dialécticamente, y en esta materia, también el señor Zapatero pasará a la historia como el político más ultraconservador en su ignorancia, al haber fomentado más que nadie que la gente que tiene dos dedos de frente, y que no se fía de la enseñanza pública, mande los hijos a la privada (y si no se lo pueden pagar a la concertada), donde hay un mínimo de orden, disciplina y seriedad. Y por desgracia el que esto escribe sabe bastante de degradación de la docencia pública cuando tiene que soportar, en el seno del Departamento de Filosofía del que es miembro y jefe, a una trotskista necia y enferma de odio que manipula aviesamente a los alumnos, insulta y avasalla a sus compañeros y hace apología del terrorismo y de las drogas en el aula. Y todo ello para regocijo y chacota de las «autoridades» educativas asturianas, socialistas ellas, que se frotan las manos mientras miran para otro lado (ya se sabe que hay que tener «talante» y expedientar a un funcionario «crispa» mucho, y «es muy mal rollo», y además, ¡que coño!, si la interfecta es de izquierdas es una de las «nuestras»). ¡Esto es calidad de la Enseñanza y lo demás son zarandajas! Y es que la astucia de la Razón, de la que Hegel sabía un rato, es mucha astucia. Pues los que dicen defender la Enseñanza Pública y dicen pretender reducir o hacer desaparecer a la concertada casi por decreto, construyen en la praxis (que como Marx nos enseñó es donde se validan y revalidan las ideas) justamente lo contrario. De esta suerte nunca el Capitalismo educativo, que concibe la Enseñanza como una empresa a rentabilizar económicamente, lo ha tenido más fácil. Porque lo cierto es que muchos padres y profesores que «moralmente» (y subrayo lo de «moralmente») defienden, y defendemos, la importancia medular de una Enseñanza pública en el concierto de una sociedad democrática, se ven obligados necesariamente y por razones «éticas» (y subrayo lo de «éticas»), las que brotan del amor a sus hijos, a llevar a sus vástagos a la concertada o a la privada. Lo único serio y efectivo para hacer innecesaria una Enseñanza Concertada es competir con ella en su mismo terreno: disciplina, autoridad y rigor son las recetas. Pero para eso el actual gobierno tiene que darse cuenta de que Ética, Moral y Política son tres cosas distintas, que conviven siempre en difícil y a veces contradictoria relación, pero que son tres marcos ontológicos irreductibles entre sí. Mas también es cierto que para gobernar bien es intrínsecamente necesario tener una Filosofía de la praxis que sea racional. Lo contrario es siempre hacerle el caldo gordo al Gran Capital, de ahí la cuestión de la «astucia de la Razón» en sentido hegeliano.

¡Claro que es necesaria una educación para la ciudadanía! Pero para que ésta sea posible, como sabía Platón frente a Gorgias y Protágoras, muchas cosas tienen que cambiar en España. La concepción «progre», que no progresista, del mundo en la que está enfangado el actual gobierno del PSOE destruye la docencia pública, cuando no apuesta por exámenes de ingreso serios en Secundaria, cuando abomina de las reválidas, cuando no impone un mínimo de tres años de Bachillerato, diferenciados curricularmente, más uno de preparación para la Universidad o la vida profesional, cuando relativiza los contenidos racionales de los verdaderos conocimientos científicos y disciplinares al introducir el galimatías de tanta asignatura optativa «chorra y maría», que tan difícil y molesto hacen cuadrar horarios en los institutos, &c., &c. Además el mayor atentado contra la educación ciudadana es la pretensión de eliminar (por reducción al absurdo) la Filosofía en primero de bachillerato, convirtiéndola en pura ideología eticista, al extirpar de ella los elementos racionales filosóficos (Lógica, Ontología, Antropología filosófica) y categoriales (Antropología física y cultural, Teoría de la Evolución, Etología, &c.).

En la áspera dialéctica parlamentaria sobre el Debate de la Nación hemos visto como al señor Zapatero se le ha llamado mentiroso (en torno al tema del «diálogo» con ETA). Yo, sin estar afiliado a ningún partido ni por supuesto pertenecer al PP, tengo que señalar con contundencia que lo que se dialogó y pactó con la anterior Ministra de Educación (señora San Segundo y con el señor Don Alejandro Tiana) en materia de docencia de la Filosofía en el Bachillerato, va camino de ser totalmente traicionado. «Donde dije digo…». Por eso los próximos meses hasta las nuevas elecciones generales han de ser de lucha seria y contundente.

Por otro lado, ¿cómo se puede hablar de educación para la ciudadanía si el concepto y la definición política de «ciudadano» brillan por su ausencia? Si por desgracia lo que no se ha podido construir en España desde 1978 para acá es una noción trascendental (en sentido kantiano) de lo que sea ser ciudadano español. Y en sentido kantiano porque la idea de ciudadano de España (es decir de un Estado Nación) ha de aglutinar a todos y ser la condición «a priori» de posibilidad de la propia vida política. Pues a pesar de la «democracia coronada» vemos cómo constantemente muchos políticos de profesión, para salvar su propia poltrona y partido, rompen o ponen en peligro el marco de la Constitución. No deja de ser esto una quimera del destino de la «clase política» española, cuando el fantasma del terrorismo y del secesionismo (que no del Comunismo internacional como se podría pensar hace sesenta años) amenaza constantemente a España y a los españoles. ¿Qué clase, aula y manual de Educación para la ciudadanía necesitan los filoterroristas que insultan y amenazan en las Vascongadas a los alcaldes y concejales que democráticamente van tomar posesión de sus cargos? Por cierto, ¿reza esa asignatura en sus pretensiones civilizadoras (de civitas) para individuos y personas españolas como de Juana Chaos y Otegui?

Si precisamente lo que se pretende presentar como Educación para la ciudadanía es justamente lo «genérico», es decir la Ética (que muchas veces es la negación de la «razón política»), y no estrictamente lo que determina el ámbito social, moral y político de la esencia de lo que es ser ciudadano, ¿por qué cambiar el nombre creando una confusión mayúscula? ¿No se dan cuenta nuestros gobernantes que una auténtica educación para la ciudadanía española tendría que reconocer precisamente la necesidad, por ejemplo, de procesar a quien pacta con una banda asesina por antiespañola, para que ésta no mate en una determinada región aunque lo haga en el resto de las que conforman España? ¿Cómo se puede hablar de Educación para la ciudadanía cuando se ha «dialogado» con terroristas y se ha violentado la ley para dar un trato jurídico benévolo a quien mata y amenaza a España? Y si lo que se pretende es que los adolescentes sean menos violentos, no le den tanto al «botellón», respeten a su prójimo con independencia de su sexualidad, obedezcan las normas de tráfico y hagan un uso responsable de los anticonceptivos, hay que decir que para ese viaje, con ser esto importante, no hacen falta las pomposas alforjas de una nueva asignatura llamada Educación para la ciudadanía. Con la asignatura de Ética (pues es de lo que se trata) estos temas ya tienen su encuadre gnoseológico y epistemológico adecuado. Asignatura ésta que siempre hemos defendido muchos profesores de Filosofía desde hace lustros (no como optativa a nada, menos aún a la Religión) y no como una «maría» con escasísima dotación horaria y curricular. Pero sabiendo siempre que la Ética tiene como marco ontológico los derechos genéricos del ser humano como individuo (no como persona política) y esto precisamente aunque (y porque) dichos derechos los consagra la Declaración Universal de los Derechos Humanos, llena de buenos propósitos aunque cada declarante e inspirador se guarde sus razones precisamente para no entrar en litigios (como muy bien sabía Jacques Maritain).

Reconocer al Hegel de la Fenomenología es reconocer la importancia, desde el Materialismo Filosófico, que tienen las ciencias en la construcción del juicio y de los conceptos. Por eso es también saber que hoy no se puede discriminar ética, moral o políticamente a nadie por practicar una sexualidad homosexual, cuando ya en el plano empírico y clasificatorio, científico, ningún manual serio de diagnóstico psiquiátrico y psicológico (por ejemplo el DSM-IV) recoge tal hecho como si fuese una enfermedad que hay que corregir (y esto con independencia, y aun reconociendo, la presión ejercida por el lobby homosexual en la comunidad científica y médica). Como Hegel sabía todo reconocimiento presupone la lucha de las autoconciencias, que es una lucha social, no psicologista. Además y por otra parte cualquier persona con formación clásica grecolatina sabe que la homosexualidad forma parte integrante del Mundo Occidental desde su cuna. Pero esto no quiere decir que, con independencia de todos los derechos que se quieran reconocer y precisamente por reconocerlos, para no desbordar el actual marco semiótico sobre el que se ha construido el concepto antropológico y jurídico de familia, no hubiese sido más cauto por parte del actual gobierno que un comité de expertos, incluyendo académicos de la Lengua y no sólo juristas, hubiese formulado las precisiones nominales más adecuadas para la nueva forma jurídica de la unión de parejas homosexuales.

Para ir terminando repensar a Hegel es a la vez reconocer que España es una nación compleja y plural en muchas de sus manifestaciones. Más allá del tópico geográfico-climatológico de que es un continente en pequeño, podemos recordar la pluralidad de sus paisajes y paisanajes, es decir de sus países o regiones. Pero esto que es una evidencia antropológica, (y nos referimos en parte a lo que Hegel llamaba «Antropología»), de la razón vital (Ortega) y de la memoria intrahistórica (Unamuno), no justifica para nada en sí mismo el que se pueda hablar de una Memoria Histórica (y menos aún selectiva). De nuevo estamos ante un concepto mal gestado y formado. La Historia (que no la intrahistoria) no es una ciencia de la memoria, sino del entendimiento, y se basa en las reliquias y los relatos documentados y contrastados científicamente. Sería mucho más oportuno, concreto, digno, y sobre todo sincero, hablar de «memoria biográfica» o de «dignificación biográfica», si lo que se pretende es dar una sepultura digna a tantos republicanos muertos durante la pasada Guerra Civil. Jugar a la trampa de la confusión conceptual, cuando estas medidas las podía haber tomado el presidente Felipe González hace lustros, se presta a dar bazas a quien pueda acusar de «maniobra ideológica» para captar votos de forma fácil, actuando sobre la buena fe y los sentimientos heridos de mucha gente.

Asimismo reflexionar sobre Hegel es siempre ser realista en materia política, es pensar también que defender la unidad política y territorial de España, dentro del respeto máximo a la Constitución de 1978, no es un viejo tic de herencia franquista (lo de «atado y bien atado») sino el mejor marco posible que garantiza el orden, la prosperidad general y colectiva y la defensa de los intereses globales de todos los españoles (por ejemplo en agricultura, pesca, turismo, relaciones internacionales, &c., &c.). Porque la política mundial sigue siendo una política de Estados Nación que luchan en múltiples terrenos por su hegemonía. Y si es cierto que en parte bastantes naciones de la Europa dominante (por ejemplo Inglaterra) surgieron y se codeterminaron en su lucha frente a la vieja España imperial y católica, no es menos cierto que la posible unidad europea ha de gestarse sobre el pleno reconocimiento de España como una potencia económica (por ejemplo en agricultura) y cultural. Pues no se trata de que España forme parte de esa Europa al precio de ser de nuevo un país de charanga y pandereta, sólo un «gran campo de golf» o la «playa paradisíaca y soleada» para retiro de todos los jubilados del resto de las naciones.

Hemos de ir acabando este artículo y queremos hacerlo con una nota de humor. A este respecto que la sombra del franquismo es alargada, y la alargan más los que más la necesitan para poder decir algo aunque sean sinsentidos, lo pudimos ver hace unos días en Antena 3 televisión. La señora Pilar Rahola (reconvertida en periodista y tertuliana) y esa otra gran pensadora que es Rossy de Palma (de la estirpe de Don Pedro Almodóvar) se abalanzaron retóricamente sobre un sujeto de Almería, que se quejaba (y al parecer ha organizado políticamente su protesta) de que muchos inmigrantes vienen a España sin control, sin orden ni concierto, y comenten desmanes y fechorías. Estas dos ideólogas le leyeron la cartilla al pobre hombre que llamaba las cosas por su nombre en su ingenuidad sanchopancesca. Para Pilar Rahola este individuo era un ultraderechista y casi un fascista peligroso. ¡Pobre hombre!, ¡y él sin saberlo! Pero hablando de los inmigrantes sudamericanos Rossy de Palma, ¡gran pensadora e intelectual!, «puso el huevo». Según ella, y en un alarde de «reflexión», hay que decir que «la culpa la tuvo Colón», «que descubrimos América y los españoles no dejamos allí más que miseria y los pobres tienen por eso que emigrar». «Benito, el rey del gotelé», el de la serie cómica «Benito y Manolo», que también andaba por allí nos recordó (como si no lo supiésemos) que también los españoles fuimos emigrantes, mientras que Rossy, ¡erre que erre! y confundiéndolo todo, increpaba al respetable vociferando ¡¿por qué les tenéis miedo a los inmigrantes?, ¿qué os van a quitar?! Solo falto que dijeran que, como siempre, la culpa de todo la tienen los curas.

Pero ¡ojo!, en una serie de entrevistas realizadas por Sánchez Dragó en Tele Madrid a los «Neocon» y sus libros, también se descolgó Jorge Vestrynge con tesis casi similares. A lo que los demás contertulios, entre ellos Fernando Schwartz, respondieron con rapidez y sin complejos recordando la labor civilizadora y cristianizadora de España en América.

Mas hablando de tareas «civilizadoras», es también un signo de pésima salud de la democracia española que la endogamia universitaria, propiciada por el régimen de Autonomías que padecemos, siga fomentando el cainismo de las «dos Españas», cuando los que nos dedicamos a tareas académicas sabemos bien cómo se las gastan las camarillas «progres», las «mafias opusdeísticas» y los «contubernios localistas», en el proceso de selección de catedráticos y más si se dedican en serio a hacer Filosofía Académica. Digo esto, evidentemente, pensando en un gran maestro y además amigo, que ha luchado desde el Materialismo Filosófico por la implantación de la Ética y de la Filosofía Moral en el bachillerato, combatiendo con su pluma el racismo y la xenofobia, y que ha sufrido tales desmanes no hace mucho en La Coruña, por la mala obra de la «nada Cristiana Obra».

Aunque es verano y los días son largos cae la noche en nuestra piel de toro, mientras en un mundo cada ve más complejo la vieja dialéctica del Amo y el Esclavo sigue librándose, porque el ritmo de la Producción no se para. Desde la ventana de mi salón, en La Felguera (Asturias), veo pasar confiado, y seguro que totalmente alejado de estas consideraciones mías, a un viejo conocido pero joven minero prejubilado que arranca su Audi A4, y recuerdo que los oprimidos de ayer son ahora los nuevos burgueses y opresores. De nuevo se repite la eterna espiral de esa vieja e implacable dialéctica ahora ya deslocalizada y globalizada. Ya no graznan las urracas y pronto ululará la lechuza, mientras, pienso que en los próximos meses España seguirá en la encrucijada.

En La Felguera, 4 de julio de 2007

 

El Catoblepas
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