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El Catoblepas, número 62, abril 2007
  El Catoblepasnúmero 62 • abril 2007 • página 11
polémica

La crítica zascandil indice de la polémica

Pío Moa Rodríguez

Respuesta a un comentario de Pedro Carlos González Cuevas

El señor González Cuevas ha escrito en El Catoblepas (nº 61, pág. 15) un artículo sobre la decadencia cultural de la derecha española, descubriéndonos un pequeño mediterráneo. Un mediterráneo algo nebuloso: más que «cultural», concepto demasiado amplio, debiera decir intelectual. Y más que de decadencia quizá conviniera hablar de inanidad o raquitismo, o algo así; un raquitismo intelectual demasiado prolongado, no se sabe bien cuándo empezó.

Está bien denunciar estas cosas, pero la crítica debe ser seria, y me temo que la del señor González no lo es, sino que refleja, a su vez, ese raquitismo lamentable, esa esterilizante vaciedad pomposa, tan extendida en nuestro país. Ese tipo de crítica, que podemos llamar zascandil suele constar de tres pasos: una pequeña exhibición erudita, consistente en citar nombres y hechos un poco al buen tuntún y sin análisis; exhibición de un gusto exigente, habituado a los más exquisitos manjares intelectuales transpirenaicos, lo cual demuestra mediante un desdén ostentoso por lo que se cuece en España; y, en función de tales méritos, un despliegue de pontifical sapiencia: «Es así porque yo lo digo». Desde luego, tales escritos no aclaran nada, salvo la vanidad del escritor.

Por ejemplo, el señor González establece buenamente que Azaña fue «un intelectual mediocre, de quien lo mejor que puede decirse, como señaló Fernando Lázaro Carreter, es que fue «un utopista a quien el cielo castigó concediéndole el poder». Mediocre, ¿en relación con quién? ¿Con el propio González Cuevas, quizá? En cuanto a la cita de Lázaro Carreter, no pasa de salida más o menos ingeniosa, sin valor explicativo. Azaña no fue un utopista, y a quien castigó el cielo fue a otros. Pero estas pequeñas frases gustan mucho por estos pagos.

Luego argumenta: «¿Acaso –nos preguntamos– no existía la figura egregia de Ortega y Gasset como posible referente intelectual de la nueva derecha española?». Aquí cabe preguntarse por qué el señor González Cuevas no ha puesto manos a la obra él mismo, si tan claro lo ve y tanto le inspira la figura de Ortega. ¿O cree que estas cosas se hacen por decisión ministerial y la correspondiente provisión de fondos? Me temo que de esto se trata, precisamente. Por lo demás, ¿en qué sentido concreto ve él aprovechable el pensamiento político de Ortega? Tendría interés que nos lo explicase, en lugar de darnos a entender su propia agudeza al calificar de egregio a Ortega.

Y si el señor González es un intelectual de izquierda, le vendría bien hacer un ejercicio de autocrítica y preguntarse, mejor, ¿qué tradición intelectual reivindicará la izquierda española? Porque si la derecha puede traer a colación a una considerable serie de pensadores, la izquierda no tiene a casi nadie medianamente serio, a menos que intentemos tomar por tal al «intelectual colectivo» de El País. La izquierda en España nunca ha superado el nivel del panfleto, la consigna y la vulgarización (a menudo estropicio) de ideas importadas. Lo cual indica, de paso, cuán nebuloso es el aserto sobre el que construye el señor González como si se tratase de un pétreo fundamento: «La experiencia histórica demuestra que perder la batalla cultural significa perder la de las instituciones y, en definitiva, la del poder». Ni mucho menos. Un panfleto puede ser más eficaz, en cuanto al poder, que una obra de pensamiento bien meditada; y el comunismo ganó y perdió muchas batallas culturales, pero tomó el poder y lo retuvo casi siempre por la más tangible fuerza de las armas.

Asegura nuestro crítico que el vacío intelectual de la derecha no puede ser llenado por César Vidal y por mí. No le falta razón, en lo que a mí respecta, pues no me considero de derecha, sino que, simplemente, me esfuerzo en acercarme en lo posible a la verdad histórica, sin consideraciones ni servidumbres de partido. En cualquier caso, con su castizo estilo pontificador, el exquisito y exigente señor González establece: «Ni Moa ni Vidal son verdaderos historiadores; a lo sumo, podrían ser calificados de polemistas. Los escritos del primero adolecen de una formación histórica e intelectual muy somera». Tal vez sea así, claro, pero el señor González debiera comprender que su afirmación no vale simplemente porque él la diga en tono tan suficiente. ¿Somera formación en relación con quiénes? ¿Con los historiadores de izquierda que presentan como defensor de la democracia a un Frente Popular compuesto de totalitarios y golpistas, protegidos por Stalin? ¿Con los historiadores de derecha que apenas han entendido lo más grueso del marxismo, pese a la fundamental influencia de este en el siglo XX? ¿Con la formación del propio señor González? No vendría mal una explicación. Y un intento, al menos, de mostrar la huella de esa «somera formación» en mis libros. Eso es lo que diferencia una crítica seria de una tontería.

Y sigue nuestro gourmet intelectual: «Los historiadores de izquierda han calificado la producción de Moa y Vidal de revisionista; pero (…) se equivocan o, lo que es peor, trivializan conscientemente un fenómeno de tanta importancia político-cultural como es el revisionismo histórico-político europeo. Revisionistas han sido auténticos historiadores como Renzo de Felice, François Furet, Pierre Chaunu o Ernest Nolte, cuya brillante producción se encuentra –y da hasta vergüenza tener que decirlo– a años luz de las elucubraciones oportunistas de Moa y Vidal». El señor González vuelve a dejarnos boquiabiertos con la finura de su gusto, incapaz de tragar la bazofia acostumbrada en esta desdichada España… Pero aquí no se trata de degustar, sino de cocinar, y sus pretenciosas comparaciones no nos convencen de que él esté a la altura de Felice y los demás. En fin, zascandilismo en estado puro.

Lo cierto es que la izquierda no pretende dignificarnos al llamarnos revisionistas; y nunca ha sido capaz de sostener un debate medianamente racional, como tampoco lo está siendo el buen González, a pesar de su elevada formación. Pero para él no hay dudas, esos de izquierda sí son historiadores. Como él mismo. Creo que nunca se había asistido a una demostración tan patética de ineptitud y deshonestidad intelectual como la ofrecida por estos personajes de izquierda y bastantes de derecha. Al respecto publicaré pronto un libro titulado, precisamente, La quiebra de la historia progresista.

Y, de paso, vuelve a demostrarse cómo ganar la «batalla cultural» no supone ganar el poder. Aunque hundida intelectualmente, la izquierda sigue detentando el poder, esto es, ejerciéndolo de forma abusiva e inescrupulosa, también en la universidad, y puede seguir así mucho tiempo. El señor González opina que la derecha debe superar el marasmo y para ello «atraerse a verdaderos intelectuales y articular una auténtica élite cultural». Es decir, nuestro crítico se está ofreciendo a los políticos del PP como un «verdadero intelectual», y tratando de eliminar la competencia por anticipado. Pues muy bien, seguro que el PP ha tomado nota y pronto lo veremos salir de su «decadencia cultural» gracias, ¿cómo dudarlo?, al clarividente esfuerzo de González y compañía. Tampoco deben tener cuidado por mi competencia: no aspiro a formar parte de esa élite articulada.

Otra cuestión: como sin darse cuenta, nuestro agudo crítico deriva de la cultura en general a la historiografía, donde hoy se plantea con mayor acuidad la «lucha ideológica», que decían los comunistas. Esa deriva tiene el mayor interés, y quizá el señor González sepa explicarnos por qué.

 

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