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El Catoblepas, número 62, abril 2007
  El Catoblepasnúmero 62 • abril 2007 • página 3
Guía de Perplejos

De la venganza

Alfonso Fernández Tresguerres

Sobre si es lícito tomar represalias por los agravios recibidos

Apenas haría falta decir que la venganza consiste en infligir un daño o un agravio a otro en respuesta a los que él, previamente, nos ha provocado. Y todas las aclaraciones que al respecto puedan apuntarse para completar el retrato de tal pasión, resultan, casi con toda seguridad, igualmente obvias. Así, la venganza, que sólo se suscita cuando el perjuicio del que se nos ha hecho objeto ha sido –o suponemos que ha sido– del todo intencionado, y que puede quedarse, desde luego, en un puro deseo, que acaso, después de nacido y no satisfecho, nos carcoma de forma paulatina y persistente, a menos que la indiferencia –hija del tiempo– acabe –dependiendo de la gravedad del daño ocasionado– sustituyendo el anhelo de venganza por el mero desprecio, cuando deja de ser un simple deseo y se convierte en un hecho efectivo, debe dar lugar a un mal igual o mayor que el recibido, porque, de lo contrario, más que vengarnos lo que habremos hecho es el ridículo. Pero debe ser tal que, al mismo tiempo, aquél de quien nos vengamos sepa, con toda seguridad, de dónde le viene el golpe y por qué le es dado, es decir, debe saber, sin lugar a dudas, que somos nosotros los agentes del mal que le ha sobrevenido y que éste es la respuesta a aquél que con anterioridad nos ha causado; y tanto más efectiva la venganza cuanto más clara quede la autoría y la imposibilidad de demostrarla, porque un acto vengativo que el otro no reconozca como tal o que no quede impune (por ejemplo, en términos legales, si ése fuera el caso), no es una venganza, sino una chapuza.

Y yo no sé si no resultará igualmente innecesario decir que aunque hoy es afecto –o comportamiento, cuando deja de ser sólo un deseo para consumarse de hecho– mal visto, no siempre ha sido así. A mí me disgustan sobremanera esas expresiones hechas que acaban por convertirse en tópico y muletilla: como eso de «políticamente correcto» –o «incorrecto», naturalmente–. Mas hagamos, por una vez, concesión a la moda, y digámoslo así: hablar en favor de la venganza, o tratar de hallarle, siquiera, alguna disculpa y justificación, es, hoy, políticamente incorrecto; lo correcto es lo que dice Leopoldo W. Zeissig:

«Una virtud digna de todo elogio, es saber perdonar las injurias, cuya virtud sólo se encuentra en los grandes corazones […] si la injuria que se nos hace es grave, debemos acudir a los tribunales y si es leve, debemos despreciarla» [Elementos de moral y urbanidad, II, VIII, Guatemala 1932]:

vengándonos, prosigue este autor, no haríamos sino cometer igual delito que aquél por el que nos vengamos. Naturalmente, cabría preguntarle y preguntarnos si acudir a los tribunales no es él mismo, de algún modo, y por más que legal, un acto de venganza; o cómo de leve ha de ser una injuria para perdonarla (y esto sin entrar en otras consideraciones, como las dificultades inherentes a la idea misma de perdón). Pero ocasión habrá de volver sobre ello. Por ahora me interesa únicamente señalar la forma como los «grandes corazones» –y es patente que todo el mundo se considera poseedor de un «gran corazón»– ven el asunto. Y hay que tener mucho cuidado con esto, porque, en otro orden de cosas, como es sabido, un gran corazón es un corazón que no funciona muy bien, o que, al menos, se halla expuesto a graves riesgos.

Pero si hoy –como decimos– es la venganza considerada disposición malévola y condenable –o eso se dice siquiera sea de cara a la galería–, no siempre lo ha sido.

No lo era para los antiguos hebreos, que la elevaron al rango de ley:

«Al que lesione a un conciudadano, se le hará lo que él ha hecho: fractura por fractura, ojo por ojo, diente por diente. La lesión que causó a otro se le causará a él» [Levítico, 24: 19-20].

¿Se dirá, acaso, que la ley del Talión así entendida, es decir, entendida en sentido estricto, no supone una legitimación de la venganza privada, sino un ejercicio de justicia pública? ¿Y cuál es la diferencia?, porque supongo que no se creerá que con el «ojo por ojo y diente por diente» lo que en realidad se busca es la rehabilitación de agresor. ¿Tal vez, entonces, lo que legitima tal acto es que sea llevado a término por un poder público y no por un particular, esto es, por el propio individuo agraviado? Convengo en que puede defenderse con buenos argumentos que es preferible –por socialmente más útil–que la reparación del daño sea competencia de un organismo judicial y no de los sujetos dañados; e incluso que el paso de una a otra modalidad de resarcimiento es determinante en el establecimiento de la sociedad civil y política, pero espero también que, en lógica correspondencia, se convenga conmigo en que, se mire como se mire, cualquiera de los dos casos no son sino formas de venganza. Es evidente en la ley del Talión, por más que se libere al sujeto agraviado de la engorrosa labor de sacarle el ojo o arrancarle el diente a quien le agravió, pero, ¿seguro que ya no es así en nuestros modernos sistemas de justicia? ¿No será, en el fondo, toda condena y todo castigo una forma de venganza, un procedimiento mediante el cual venga la sociedad al individuo dañado e incluso se venga a sí misma? ¿Y qué sucede cuando el agravio o la ofensa infligidos no alcanzan el rango de delito, bien porque no lo sean realmente, bien porque no son contemplados como tal –y acaso ni siquiera como simple falta– en un determinado código jurídico? ¿Debemos limitarnos a hacer alarde de «gran corazón» y pasar página?

No era eso, desde luego, lo que aconsejaban los héroes homéricos, porque tampoco en el mundo de Homero era la venganza vista como pasión innoble. Más aún: en ocasiones constituía un auténtico deber ético y moral, siendo lo contrario prueba manifiesta de cobardía o de menosprecio a aquél que debería ser vengado. Así, como exclamará Aquiles tras tener noticia de la muerte de Patroclo:

[…] «mi ánimo me manda no
vivir ni continuar entre los hombres, a menos que Héctor
pierda antes la vida abatido bajo mi lanza
y pague haber convertido en rapiña a Patroclo Menecíada»
[Ilíada, XVIII, 90-93].

Que otras veces pudiera sustituirse la venganza por la clemencia, es cuestión distinta, y algo que se encontraba siempre al servicio de subrayar la superioridad y grandeza del clemente, sin dejar por ello de ser un modo de venganza, y no de los menos dolorosos: la conformada por la pura y simple humillación. Para lo que, en cualquier caso, no había lugar en el universo micénico era para el perdón de la injuria, si por tal se entiende el olvido de la misma, y no sólo el mero desprecio.

Mas también en la tragedia griega ocupa un lugar sobresaliente la venganza; un lugar –me atrevería a decir– incluso en el propio catálogo de las virtudes, y del todo similar a la posición que hallamos en Homero:

«No me traicionará el muy poderoso oráculo de Loxias –dice Orestes–, pues me estuvo ordenando afrontar hasta el fin este riesgo. Mucho alzó la voz y me gritó las desgracias que helarán mi ardiente corazón, si no voy contra los que mataron a mi padre de la misma manera que ellos lo hicieron, y me estuvo diciendo que los matara en compensación» [Esquilo, Las coéforas, 270];

y tampoco el Orestes de Eurípides dudará ni un solo instante que su deber primordial es vengar a su padre, aunque para ello se vea obligado a matar a su propia madre; y si tal acto entraña una gravedad que, como es lógico, el propio Orestes no ignora, le encuentra, pese a todo, justificación:

«Yo soy impío por haber matado a mi madre, pero piadoso en otro respecto, por haber vengado a mi padre» [Eurípìdes, Orestes, 546-547].

E igualmente, en opinión de Aristóteles, la venganza, si no tanto como virtud, al menos tampoco es vicio:

«Los que actúan en represalia no comenten ultraje, en efecto, sino que toman venganza» [Retórica, II, 2].

Con los estoicos, por el contrario, se invertirá radicalmente la perspectiva, porque en el estoicismo, en efecto, se configurará ese ideal autosuficiente y autárquico del sabio como aquél al que nada, en realidad, afecta ni daña, y al que, en consecuencia, no puede infligirse ofensa ni agravio, puesto que ningún ultraje del que se le haga objeto es capaz de conmoverlo, desde el momento en que ni siquiera lo sentirá como tal ultraje. No se trata tanto de que la venganza –o el deseo de ella– sea un vicio o un mal, sino que constituye, ante todo, una manifestación de inferioridad y de flaqueza, de debilidad, en suma. Tal ideal –sospecho que no pasa de ser un ideal– encuentra en Séneca una de sus formulaciones más acabadas:

«el espíritu superior, que se valora en lo que vale, no reivindica la ofensa porque no la siente como tal. Tal como las armas rebotan sobre las materias duras, y los objetos sólidos al ser golpeados causan dolor en quien los golpea, así ninguna ofensa consigue que un espíritu noble la perciba, al ser más frágil que lo que ataca. ¡Cuánto más hermoso que, mostrándose impenetrable a cualquier arma, rechace toda injuria y ofensa! La venganza es una confesión de dolor, no hay espíritu que doblegue la injuria. El que te hirió, o es más poderoso o más débil; si es más débil, perdónalo, si es más poderoso, perdónate» [De Ira, III, 5: 7-8].

Lo último, desde luego, hay que reconocer que es consejo nacido del más puro y fino sentido común: porque si tu agresor es más poderoso, lo mejor que puedes hacer es evitar buscarte más problemas. En versión cristiana sería aquello de que si te dan en una mejilla, pongas la otra: naturalmente, porque, como alguien dijo, si pones la misma, duele el doble.

Sin embargo, en el cristianismo, en contra, quizá, de lo que desde una perspectiva muy superficial, y hasta en contra, también, de alguno de sus importantes preceptos, no es la venganza disposición o afecto, tampoco acto, particularmente denostado o que se desaconseje en términos absolutos; algo, por lo demás, que se halla, asimismo, en perfecta consonancia con otros aspectos de su doctrina: resultaría, sin duda, bien extraño que una religión que proclama la existencia del infierno y el castigo eterno de los pecadores, renegase de la venganza. Naturalmente, siempre podría argüirse que la venganza es potestad exclusiva de Dios; por lo tanto, quien la ejerce, además de otras razones por las que pudiera sostenerse que incurre en pecado, sería culpable, asimismo, de usurpar lo que sólo a Dios pertenece. Pero no es ésta la posición cristiana; por lo menos, no la de Tomás de Aquino [Suma Teológica, II-IIae, 108]:

«Quien ejerce la venganza sobre los malos según su jurisdicción no usurpa lo que es de Dios, sino que usa del poder que Dios le ha dado»;

uso en el que, según sostiene, resulta perfectamente lícito llegar hasta la condena a muerte. Y es que la venganza no es sólo legítima, sino que constituye incluso una virtud especial, siempre que guarde«la proporción debida en el castigo», lo que significa que ha de mantenerse en un justo término medio entre la crueldad y la benevolencia excesiva y remisa a la aplicación del merecido castigo; y siempre que esté dirigida «a la represión de los malos», y no meramente a gozar con su dolor:

«La venganza se lleva a cabo mediante algún mal penal impuesto al pecador. Por consiguiente, en la venganza se debe tener en cuenta la intención del vengador. Pues si lo que principalmente intenta es el mal de aquel de quien se venga y en él se complace, eso es totalmente ilícito; porque gozarse del mal de otro es odio, opuesto a la caridad con que debemos amar a todos los hombres. Ni vale el que alguien se excuse diciendo que intenta causar un daño a quien injustamente se lo causó a él, como tampoco queda uno excusado por odiar a quien lo odia. Pues no hay razón que justifique el que peque yo contra otro porque este primero pecó contra mí, lo que sería dejarse vencer por el mal, cosa que prohíbe el Apóstol cuando dice (Rom 12,21): No debes dejarte vencer por el mal, sino que debes vencer el mal con el bien. En cambio, si lo que principalmente intenta el vengador es un bien, al que se llega mediante el castigo del pecador, por ejemplo, su enmienda o, por lo menos, el que se sienta cohibido, la tranquilidad de los demás, la conservación de la justicia y del honor debido a Dios, entonces puede ser lícita la venganza, siempre que queden a salvo las otras circunstancias debidas».

Restaría determinar si esta aprobación de la venganza lo es sólo cuando es ejercida por determinados poderes públicos, ya sean civiles o eclesiásticos, o si también es válida en la relación entre particulares. Probablemente la posición de Tomás es favorable a la primera de esas alternativas, en tanto que en el segundo caso se decante por el perdón o por dejar en manos de dichos poderes el impartir justicia y vengar la ofensa, porque seguramente entiende que sólo ellos logran satisfacer aquellas «circunstancias debidas». Cabría entonces volver a lo que ya antes decíamos, a saber: que sin duda no constituye avance menor en el desarrollo y consolidación de la sociedad política el que la ley del Talión, en su aplicación puramente individual y subjetiva, sea sustituida por los tribunales de justicia, aunque cabría preguntar al santo de Aquino si algunas de las actuaciones de los poderes eclesiásticos (por ejemplo, durante la caza de brujas de la Europa moderna) se mantuvieron siempre en ese término medio alejado de la crueldad, y si es tan claro que con la tortura y muerte de aquellos pobres infelices no otra cosa se buscaba sino su bien (y preguntarle precisamente a él no tendría nada de extravagante, puesto que fue precisamente en su doctrina –sin olvidar a san Agustín– en la que se halló la justificación necesaria para encender las primeras hogueras). Pero, como quiera que sea, a santo Tomás hay que reconocerle, al cabo, tener la valentía suficiente para llamar a las cosas por su nombre y no adornar con eufemismos lo que no es más que un hecho palpable: que el castigo dictado por un juez o un tribunal perfectamente legitimados para hacerlo, no es sino una forma de venganza institucionalizada, ya sea del agravio del que ha sido objeto un individuo concreto, ya sea la víctima un conjunto de individuos indiferenciados, para designar a los cuales usamos la abstracción de referirnos a ellos como «la sociedad». Y venganza, desde luego, lícita y justa, y cuyo ejercicio debe ser potestad exclusiva de organismos especializados (hablo de organismos civiles, no eclesiásticos, cuya actuación debe quedar reducida a su ámbito y a los que han accedido a ser sus súbditos, no al conjunto de la sociedad civil), porque, sin ningún género de dudas, tal situación es preferible a la imprevisible guerra de todos contra todos. Ahora bien, lo deseable de esta legitimación del castigo, y también de que no sea el propio sujeto agraviado quien deba llevarlo a cabo (lo que tiene, entre otras cosas, la ventaja de que si su agresor es más poderoso, no tiene siempre por qué limitarse a mirar para otro lado, como aconseja Séneca), todo eso no debe hacernos olvidar que, en el fondo, estamos hablando de venganza. Y si como consecuencia del castigo que la misma comporta se produce la rehabilitación de quien ha delinquido, tanto mejor, aunque a mi me parece que cada vez somos más lo que creemos menos en este pío deseo que subyace (o se dice que subyace) a la condena.

Cualquier forma de represalia lo es, en último término de venganza, y como infinitas son las formas de la primera, no menos infinitas lo son las de la segunda. Lo que sucede, creo yo, es que suele asociarse la venganza a la comisión de un acto violento (y hasta sangriento, incluso), pero existen, sin duda, muchas otras modalidades que no llegan a tanto, como, por lo demás, tampoco alcanza siempre ese extremo aquello de lo que nos vengamos, aunque, sin duda, tanto el agravio recibido como la represalia constituyen, en un sentido amplio, formas de agresión; mas agresión que, al igual que la propia venganza, presenta múltiples y diversas manifestaciones, entre las que se incluye, ciertamente, la violencia, en sentido estricto, si es que convenimos en reservar este término para referirnos a las expresiones más destructivas de la agresión, en las que habría que contemplar, entre otras, el ataque perpetrado contra el cuerpo de otro, y hasta su destrucción, no solamente física, sino también moral o social. Pero muchas otras modalidades de conducta agresiva no presentan ese carácter violento, ni aquéllas con las que se agravia ni aquéllas con las que se actúa en represalia por el agravio recibido, esto es, aquéllas con las que nos vengamos de él. Por eso decía que toda represalia, cualquiera que sea la ofensa que la suscita, sea un acto violento, dotado de mayor o menor gravedad, sea un simple agresión, más o menos liviana o sutil, es también una venganza. Y si no dígaseme qué otro fin persigue. Cuando nos negamos a continuar favoreciendo a un ingrato, ¿lo hacemos para que deje de serlo y poder seguir haciéndole favores o, por el contrario, para castigarle por su ingratitud y vengarnos de ella? (Además de porque no somos tontos, naturalmente.) ¿Cuándo a un desprecio respondemos con otro, buscamos rehabilitar y educar a quien nos ha ofendido o devolverle, en justa represalia y venganza, el desprecio recibido? Cuando nada queremos saber de los apuros en que se encuentra alguien que una vez nos volvió la espalda cuando le necesitábamos, ¿buscamos corregir su conducta o pagarle con la misma moneda? Las preguntas son retóricas, por supuesto. Que la represalia y venganza tomadas puedan, ocasionalmente, actuar como castigo que, en términos de condicionamiento operante, den lugar a un aprendizaje y a un cambio de conducta, es algo que yo, desde luego, aunque bastante pesimista a este respecto, no niego, sin embargo, por principio. Pero no es ése –lo afirmo con toda rotundidad– el objetivo que perseguimos con nuestra acción. Y si alguien lo hace, ya no es ser humano que responde en consecuencia a un agravio: es un tonto o un santo, como lo es, asimismo, quien a un desprecio responde con ternura y amor…, para que le hagan otro. Mas yo, que algo entiendo de tontos, nada sé, en cambio, de santos: bastante tengo con intentar ser hombre. Pero, a propósito de santos, yo sospecho que la venganza, así entendida, es algo que no desconocen ni ellos ni el Santo Padre de Roma, que no desconoce ni Dios, e incluso éste último parece complacerse en formas particularmente perversas y crueles de la misma, porque un castigo eterno no es sino una venganza sin fin.

La razón, entonces, por las que la venganza ha tenido con frecuencia tan mala prensa, al punto (ensartemos dos tópicos seguidos) de ser políticamente incorrecto intentar hallarle alguna justificación, creo yo que hay que buscarla en esa identificación que se ha hecho entre ella y la violencia. Espinosa no lo dice expresamente, pero acaso no resulte excesivo sospechar que tiene en mente tal identificación cuando habla de ella. Según él, la venganza, como todos los afectos que provienen del odio, es mala, porque

«El odio nunca puede ser bueno.
Demostración: Al hombre que odiamos nos esforzamos en destruirlo, esto es, nos esforzamos en algo que es malo» [Ethica, IV, 45].

En consecuencia:

«Quien quiere vengar las injurias con el odio recíproco, vive sin duda míseramente»
[Ethica, IV, 46, es].

Seguramente es cierto que la venganza nace del odio, porque aun cuando es verdad que a veces se engendra en el amor, no nos vengamos de la persona que amamos en tanto que amada, sino en tanto que aborrecida (no hay contradicción alguna en que ambos afectos coincidan y se centren en un mismo individuo). Pero lo que ya no resulta tan obvio (entiendo yo) es que el odio sea siempre malo per se (hay sujetos que son odiosos lo mismo que otros son rubios o amables, y si justo es amar al amable, no menos justo es odiar al odioso: con ello no hacemos sino darle lo que le corresponde) y tampoco es obvio que el odio inevitablemente nos conduzca a buscar la destrucción de aquél a quien odiamos. Presiento que con tal suposición nos hemos deslizado del ámbito de la venganza al de la violencia en sentido estricto. Y yo no digo que, de hecho, a veces no sea así, es decir, que el odio y la venganza –o el deseo de venganza– que de él se engendra aspire a la destrucción del otro. Pero con más frecuencia las cosas no llegan a tanto, y ello debido a varias razones: en primer lugar, porque la mayoría de los agravios que se reciben, ni son merecedores de un castigo de tales proporciones ni suscitan, siquiera, el deseo de él; mas también porque nadie desea que tras la destrucción del otro, ocasionalmente pudiera producirse la propia, a manos, sin ir más lejas, de la justicia misma, que tiene, precisamente, el deber de vengarlo. Y si destruirle equivale a darle muerte (las otras formas de destrucción no son, llegado el caso, menos punibles que ésta), es probable, como observa Montaigne, que con ello se pierda el placer que la propia venganza engendra, pues para ello es menester no sólo que la vea el vengador, sino también aquél de quien se venga. En cambio, matándole

«le hacemos el mayor favor de su vida, que es morir pronta e insensiblemente. Quedamos nosotros ocultándonos, trotando y huyendo de los oficiales de la justicia que nos persiguen, y él tan tranquilo. El matar es bueno para evitar la agresión futura, no para vengar la ya hecha: es más un acto de temor que de valor, de precaución que de coraje, de defensa que de ataque. Es evidente que nos apartamos así del fin verdadero de la venganza y del cuidado de nuestra honra; tememos que si sigue con vida nos embista con otra igual. No es contra él, sino por ti por lo que de él te deshaces» [Ensayos, II, XXVII].

Claro que matar para evitar una agresión futura, no sé yo si es siempre un buen consejo, y si alguien merece realmente ser muerto por lo que se supone que va a hacer, aun antes de hacerlo. Y, de todos modos, el filósofo francés acaba por contradecirse, puesto que si matamos a quien nos ha agredido porque tememos que en el futuro lo haga de nuevo, nos encontraríamos en el supuesto anterior de la «muerte preventiva», e incluso con mayores motivos, puesto que quien ya nos atacó una vez, es muy probable que vuelva a hacerlo otra.

Pero sucede, finalmente, como señala el propio Montaigne, que el gozo que produce el vengar una ofensa, antes se experimenta con la humillación que con la muerte de quien nos ha ofendido:

«supone mayor bravura y menosprecio más grande el derrotar al enemigo que el acabar con él, el hacerle morder el polvo que el hacerle morir. El apetito de venganza se sacia así mejor, y es mayor el contento que el agraviado recibe, pues éste no tiende sino a mostrar la propia superioridad; por eso no atacamos a un animal o a una piedra cuando nos molestan, porque son incapaces él uno y la otra de experimentar nuestro desquite. Matar a un hombre es ponerle al abrigo de nuestras ofensas» [Ensayos, II, XXVII].

Mas también en Kant, sino me equivoco, se encuentra presente esa confusión entre un acto vengativo y una agresión destructiva, y es ése seguramente el motivo por el que reniega siempre del primero y aconseja no confundir el deseo de venganza con el deseo de justicia, porque

«cuando el deseo de justicia va más allá de lo que es necesario para defender nuestros derechos, se convierte entonces en una venganza. La venganza se ceba con una enemistad implacable que desea ardientemente causar dolor y mal a quien ha violado nuestros derechos, actitud con la que precisamente dejamos de inspirar respeto alguno hacia nuestro derecho. El deseo representado por la venganza propiamente dicha es vicioso por sí» [«Sobre la venganza», Ethica, 37].

Pero, naturalmente, lo que queda por demostrar es que con la venganza necesariamente vayamos siempre «más allá de lo que es necesario para defender nuestros derechos». Ahora bien, lo que Kant parece suponer es, por una parte, que siempre se va más allá de lo necesario cuando en lugar de encomendar la reparación del agravio a un tribunal de justicia, se deja la venganza en manos de los particulares; y por otra, que tal situación no engendrará sino violencia. La segunda de estas suposiciones, que entiendo ya ha sido suficientemente discutida, se refleja con meridiana claridad en el texto que acabamos de transcribir. La primera, por su parte, encuentra su más clara expresión en el siguiente:

«La más dulce de las alegrías producidas por el mal ajeno –escribe–, con apariencia además de sumo derecho e incluso de obligación (como deseo de justicia) es el deseo de venganza, que consiste en proponerse como fin dañar a otros, aun sin provecho propio. Toda acción que viola el derecho de un hombre merece un castigo que vengue el delito en el autor (no sólo que repare el daño ocasionado). Ahora bien, el castigo no es un acto de la autoridad privada del ofendido, sino de un tribunal distinto de él, que hace efectivas las leyes de alguien superior a todos los que le están sometidos; y si consideramos a los hombres en un estado jurídico (como es necesario en la ética), pero solamente según leyes racionales (no según leyes civiles), nadie tiene derecho a imponer castigos y vengar la ofensa sufrida por los hombres, sino aquél que es también el supremo legislador moral, y sólo él (es decir, Dios) puede decir: “La venganza es mía; quiero vengarme”. Por tanto, no sólo es un deber de virtud responder a la hostilidad ajena con odio, sino ni siquiera pedir venganza al juez del universo; por un parte, porque el hombre ha acumulado sobre sí suficientes culpas como para estar él mismo muy necesitado de perdón; por otra parte, y sobre todo, porque no puede imponerse por odio ningún castigo, sea el que sea. De ahí que la clemencia (placabilitas) sea un deber del hombre; sin embargo, no debe confundirse con la benigna tolerancia (mitis iniuriarum patientia), entendida como renuncia a los medios severos (rigorosa) para evitar la continua ofensa de otros; porque esto supondría arrojar los propios derechos a los pies de otros y violar el deber del hombre hacia sí mismo» [Metafísica de las costumbres, II, § 36].

La posición de Kant se halla aquí muy próxima a la de Tomás de Aquino, en cuanto a entender que sólo en Dios reside la potestad de vengar las ofensas y en considerar que la legitimidad de los tribunales de justicia reside en haber recibido su autoridad de Él. Pero dejemos a Dios a un lado y ocupémonos sólo de los primeros, no sin antes decir que es necesaria mucha fe para no preguntarse por qué la venganza que en Dios no es sino un acto de justicia –repárese en que Kant entiende el ejercicio de la justicia como un modo de venganza–, en mí ha de ser, por fuerza, una pura y simple felonía.

Ahora bien, yo ya he mostrado mi acuerdo con Kant en que es preferible (por múltiples razones) que el castigar los agravios sea facultad de un tribunal, en lugar de dejarla en manos de los sujetos agraviados. E incluso he admitido que tal mecanismo de reparación supone un paso nada desdeñable hacia eso que llamamos civilización. Pero ocurre que Kant, como consecuencia, quizá, de la confusión a las que nos venimos refiriendo, parece entender, al hablar de la venganza, que lo es sólo y siempre de actos delictivos a los que se responden con una acción violenta, sin caer en la cuenta de que en muchísimas ocasiones aquello de lo que deseamos vengarnos es una ofensa grave, mas no constitutiva de delito, por lo que queda fuera de las competencias de un tribunal de justicia; y parece olvidar, asimismo, que la venganza de tal agravio no tiene necesariamente por qué llegar realizarse mediante la comisión de un acto igualmente delictivo o de una acción violenta o destructiva, sino (recordemos a Montaigne) mediante la pura y simple humillación de quien nos ha ofendido, mediante el corresponderle con un agravio similar y proporcionado al que hemos recibido. Y en estos casos, yo sostengo que la venganza es también una forma de reparación y de justicia. E incluso iré más halla y sostendré también que, en aquellos casos más graves que entran ya en la competencia de la justicia, siempre que ésta (por las razones que fuere) no cumpla (o no pueda cumplir) con su función de castigar a quien nos ha dañado, es perfectamente lícita la venganza y constituye igualmente un modo de hacer justicia.

«—¿Te refieres a un juez o vengador?
—Di simplemente: “cualquiera que dé muerte por muerte”» [Esquilo, Las coéforas, 120].

Porque no se trata sólo de que, como dice Montaigne:

«La venganza es una pasión dulcísima» [Ensayos, III, IV],

aunque él dice desconocerla, y recomienda, en cualquier caso, sustituirla por la clemencia; no se trata sólo, como señala Kant, de que sea «la más dulce de las alegrías producidas por el mal ajeno»; sin duda, eso sería razón suficiente para defender su utilidad ante quien pregunté de qué sirve vengarnos, toda vez que la ofensa o el daño recibidos constituyen ya hechos consumados y definitivos, sin que sea posible volver a un estado de cosas anterior al momento en que se produjeron.

«Aunque poco, algo me alivia el corazón de la aflicción
por la muerte del Menecíada matar a éste, aunque sea peor»
[Ilíada, XVII, 538-539].

Y aunque, ciertamente, es de desear que el tiempo cierre la herida y deje en nosotros sólo el desprecio (descreo bastante del perdón), tampoco pasa nada porque primero nos venguemos y después despreciemos. Porque sucede, además, que, con independencia de la satisfacción subjetiva que reporte, la venganza sirve para lo mismo que sirve un tribunal: para castigar un daño e impartir justicia.

«En la esfera de la inmediatez del derecho –afirma Hegel– la superación del delito es, en primer lugar, venganza, justa según el contenido, en cuanto ella es represalia. Pero según la forma es ella la acción de una voluntad subjetiva que puede colocar en cada vulneración ocurrida su infinitud y, por tanto, su justicia en general es contingente, así como también para los otros es sólo como voluntad particular [Filosofía del Derecho, § 102].

Pues bien, si así quiere decirse, sea; pero, en cualquier caso, ya por el contenido, ya por la forma, si la justicia es una forma de venganza, la venganza es una forma de justicia.

 

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