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El Catoblepas, número 60, febrero 2007
  El Catoblepasnúmero 60 • febrero 2007 • página 17
Libros

Historia argentina

Sigfrido Samet Letichevsky

Sobre Historia breve de Argentina. Claves de una impotencia,
por Antonio Tello, Silex Ediciones, 2006

Argentina fue fundada por una oligarquía constructiva, a la que sucedió, en 1945, una oligarquía destructiva. Tello describe correctamente los factores políticos, pero no los económicos. Lo que se necesita no son apelaciones morales sino leyes y reglamentos que encaucen la economía y vuelvan rentable las actividades productivas y el comportamiento honesto.

Fascismo y peronismo

A diferencia de casi todos los que han escrito acerca de los problemas de Argentina (incluyendo Memorias del saqueo, de Fernando Solanas, Ref. 1), Tello no carga la culpa a «los otros», lo cual ya es un gran mérito. En la introducción dice (pág. 14): «(...) una realidad perversa que cada argentino, en proporción a sus responsabilidades, o mejor dicho a la dejación de sus responsabilidades cívicas, contribuyó a crear». Y en pág. 44:

«{tras la batalla de Cepeda} Quedó sellada así la visceral alianza entre los caudillos populistas y las masas marginales urbanas, sin ocupación ni conciencia política, que ha perdurado hasta el presente y sobre la cual se sostiene el peronismo desde 1945.»

Repudia netamente al populismo y lo vincula al peronismo. Este último se apoyaba en masas marginales, aunque no «sin ocupación», cosa que hoy sí ocurre, con los «piqueteros».

Luego, en pág. 50: «Ante este cúmulo de medidas modernizadoras, los caudillos federales, los ganaderos y la clerecía se revolvieron contra el gobierno de Rivadavia al grito de «¡Religión o Muerte!», acusándolo de favorecer los intereses británicos, de pretender imponer el federalismo norteamericano y atacar a la Iglesia».

Los caudillos federales movilizaban a esas masas. Las acusaciones a Rivadavia, recuerdan las recientes acusaciones a EE.UU. y a España de ser responsables de la crisis de 2001 (una manera de autoexculparse).

El juicio definitivo está en pág. 375: «La sociedad argentina ha sido víctima y victimaria de su propia tragedia social y de su incultura democrática». Pero más adelante analizaremos si la responsabilidad queda suficientemente aclarada, En pág. 377 dice:

«Cabe deducir que debido a que los políticos y la sociedad brasileña de la que surgen, son menos corruptos que los políticos y la sociedad argentina, los efectos disgregadores y perversos del ultraliberalismo fueron menos profundos y efectivos.»

Parece reiterar lo que dijo en otros contextos, que lo fundamental de los problemas argentinos es de índole moral. Pero ya veremos que este párrafo es susceptible de otras interpretaciones.

La ingerencia militar y el peronismo han tenido tan prolongada continuidad en Argentina, que conviene repasar las opiniones de Tello al respecto. En pág. 137 dice: «El golpe militar fascista del general Uriburu significó la quiebra del orden constitucional y el comienzo de la llamada «década infame», que con perspectiva histórica y considerando la prolongación de sus consecuencias hasta los inicios del siglo XXI podría denominarse «era infame». Muy cierto; y por qué le llama fascista, lo aclara en pág. 142: «Mientras los nacionalistas abogaban por un Estado corporativo, el proyecto conservador liberal del general Justo tenía como meta un Estado con capacidad para «armonizar» las distintas fuerzas sociales y estabilizar las relaciones internacionales (...)».

En mi opinión aún no se ha definido satisfactoriamente el «fascismo». Una de sus características es el Estado corporativo, pero también lo es la existencia de un «duce» o «führer». Tal vez debido a esa falta, no se concretó con Uriburu y (pág. 142): «Una vez hubo asumido la presidencia, a comienzos de 1932, el general Justo emprendió una política orientada claramente a desmarcarse de los postulados pro-fascistas del general Uriburu y sus seguidores nacionalistas».

De paso, señala que el nacionalismo es un ingrediente fundamental del fascismo (y del nazismo). Y dice en pág. 166: «La política nacionalista (...) tomó medidas de corte populista consistentes en reducir las tarifas del transporte público y los arriendos rurales, congelar los alquileres de la vivienda urbana y nacionalizar la británica Primitiva Gas Co.». Incluye así al populismo entre los ingredientes del fascismo, en clara oposición a, por ejemplo, Ernesto Laclau (Ref. 2) que hace un brillante análisis de la construcción lingüística del pueblo, pero omite lo fundamental, el análisis político.

La referencia a «congelar los alquileres» es importante, porque muestra que en política y en economía, los resultados de una medida suelen ser opuestos a las intenciones de quien las decidió. El Gobierno congeló los alquileres. Con la inflación, en poco tiempo resultaron ridículamente bajos. En lo sucesivo, nadie tuvo interés en alquilar ni en construir para alquilar. La escasez de viviendas aumentó su valor, y para lograr alquilar un piso, había que pagar una «llave» al inquilino (que a veces la compartía con el propietario). Con lo cual los alquileres reales resultaron más caros que con mercado libre, se creó escasez y disminuyó la actividad en la construcción.

Las dos oligarquías

En pág. 167 caracteriza a Perón como fascista: «Abrevando el los principios del Estado corporativo fascista y de la doctrina social de la Iglesia y haciendo suyos los reclamos de la Alianza Libertadora Argentina relativos al control sindical, el coronel Perón actuó rápidamente respondiendo a las reivindicaciones obreras». Y así como en 1930 el golpe del general Uriburu fue un punto nodular al quebrar el orden constitucional, leemos en pág. 173: «La movilización obrera del 17 de Octubre de 1945 enterró simbólicamente la Argentina de la oligarquía ilustrada y alumbró la Argentina de la oligarquía sindical-peronista». Una oligarquía fue reemplazada por otra oligarquía. Y en pág. 174: «{Las clases bajas} En general, conforman grupos permeables a la demagogia populista de los caudillos, quienes a cambio de la satisfacción de sus necesidades básicas las emplean como fuerza de coacción contra el resto de la sociedad. Perón y sus herederos han hecho, en este sentido, un eficaz uso de los «cabecitas negras», los «villeros», los»humildes», los «descamisados» e incluso de los «piqueteros», como les dieron en llamar según los tiempos».

La oligarquía sindical-peronista estaba constituida por dirigentes sindicales y políticos corruptos. ¿Cómo era la oligarquía ilustrada? Nos dice en pág. 57: «{Mitre accedió a la presidencia, 1862} Casi inmediatamente Argentina, apoyándose en el aumento de las exportaciones agropecuarias y la entrada de capitales británicos, experimentó un significativo desarrollo económico en cuyo marco tuvieron lugar el tendido de las primeras vías ferroviarias y el aumento del flujo inmigratorio procedente de una deprimida Europa».Hubo un fuerte desarrollo económico. Impresiona el comienzo del tendido de las líneas ferroviarias que, entonces, eran una gran novedad en Europa. Luego dice en pág. 79: «Al iniciarse el siglo XX, la República Argentina había logrado reponerse de los efectos de la crisis de 1890 y se la reconocía como uno de los países más ricos del planeta. La oligarquía gobernante (...) tuvo, como ha dicho acertadamente el sociólogo Juan José Sebreli, «la capacidad de crear una gran ciudad, porque actuaba con gran sentido de futuro. Se sentían eternos y crearon Buenos Aires para la eternidad». Y finalmente en pág. 106: «En las primeras décadas del siglo XX, Argentina tenía un volumen de comercio exterior superior al de Canadá y, gozando de una renta per cápita semejante a la de Alemania y los Países Bajos, era el primer importador, también per cápita, de artículos manufacturados».

De modo que, al parecer, la palabra «oligarquía» no es suficiente para formarse un juicio, y, en todo caso la ilustrada construyó la nación que la sindical-peronista contribuyó a destruir.

Destrucción de las instituciones

El acceso de Perón al Gobierno se debió a la torpeza y ceguera de los partidos democráticos, con una «ayuda» adicional: «El subsecretario de Estado estadounidense –pág. 177– Spruille Braden (...) cometió el grave error diplomático de intervenir en la política local sin perspicacia ni tacto (...). Los sentimientos nacionalistas afloraron a la piel de la sociedad y cambiaron el signo de la confrontación electoral, la cual, al quedar reducida a la falsa disyuntiva Braden o Perón, dejó fuera de juego a la UD y con ella la posibilidad de inaugurar un proceso de cambio asentado en el equilibrio institucional».

Y en pág. 179: «Haciendo uso del carácter legitimador del voto, el régimen peronista vació de contenido y desvirtuó las instituciones democráticas, suprimió gradualmente las libertades públicas y edificó un Estado corporativo que extendió su poder a todos los ámbitos de la actividad social». Tello no tiene duda alguna en calificar al peronismo como fascista. Leemos en pág. 211: «Nacionalistas y «conservadores populares», por ejemplo, se peronizaron atraídos por el discurso nacionalista del peronismo, mientras que los izquierdistas lo hicieron para obrerizarse, lo cual los movió a negar o justificar «históricamente» los ingredientes fascistas del movimiento. Con el tiempo se verá que fueron estos intelectuales izquierdistas quienes contribuyeron en gran medida a potenciar esa cualidad proteica del peronismo, que le ha permitido adoptar apariencias revolucionarias que han disfrazado su conservadurismo y obstaculizado el desarrollo normal de opciones progresistas».

Sin embargo, no parece acertado –lo mismo que cuando se trata del fascismo italiano o del fascismo– hablar de «conservadurismo», adjetivo adecuado para la oligarquía ilustrada. Muchas personas consideran actualmente al peronismo un movimiento progresista y democrático. Probablemente se debe a una confusión: la de creer que democracia es hacer «lo que el pueblo quiera» y progresista lo que beneficie a la clase elegida, la clase obrera. Lo que el «pueblo» quiere, suele perjudicarle a corto o mediano plazo. Y no hay ninguna clase predestinada a ninguna función (como creían los marxistas); todas las clases están ahora en proceso de desaparición. (Ref. 3).

Y, finalmente, leemos en pág. 374: «El caudillismo peronista acabó de destruir el edificio nacional-estatal surgido de la Constitución federal de 1853. No es casualidad que este movimiento populista surgiera en el seno del régimen militar que había interrumpido el orden constitucional en 1930, cuando parecía que Argentina se orientaba, no sin dificultades, hacia la conformación de un Estado democrático. Tampoco es casualidad que todos los gobiernos peronistas hayan vaciado de contenido las instituciones republicanas para usarlas en función de sus intereses personalistas». Termina así de remachar la vinculación del peronismo al golpe de 1930.

Ideologización, apoliticismo y nacionalismo

Es importante considerar algunos aspectos ideológicos que tuvieron gran predicamento a partir de la segunda mitad del pasado siglo. Vemos en pág. 261: «Uno de los puntos más polémicos de ésta doctrina {teología de la liberación} fue su análisis de la violencia, de acuerdo con el cual la injusticia social era una forma de «violencia de arriba» que justifica la «violencia de abajo». Esto pareció autorizar la radicalización del compromiso que algunos curas tomaron al pie de la letra pasando a la acción armada, como ya lo había hecho el colombiano Camilo Torres, muerto en combate en 1966».

Toda justificación de la violencia es extremadamente peligrosa, como bien sabemos en España. Los «motivos» suelen ser simplemente pretextos, como sucedió con la matanza de judíos por los nazis. Henri Perenne mencionó (en 1917) las cacerías de hombres de la orden Teutónica con pretexto religioso, similar a lo que sus sucesores alemanes hicieron en Polonia y Rusia de 1941 a 1944. (Ref. 4, pág. 350).

El terrorismo de Estado en Argentina, puede llamarse «violencia de arriba», pero fue una respuesta al terrorismo de ERP y Montoneros, una respuesta que, como dijo el general Lanusse (Ref. 5, pág. 177): : «En la lucha contra el enemigo subversivo –dije entonces– {29-12-1970} debe evitarse la fácil tentación de emplear los mismos métodos que los terroristas, ya que ello deterioraría gravemente la eticidad de nuestra posición y destruiría el fundamento de nuestra lucha». Estas palabras fueron pronunciadas en 1970, pero además de ciertas son incluso valientes, porque el libro de Lanusse se publicó en noviembre de 1977, en plena orgía sangrienta de la dictadura de Videla.

Dice Tello en pág. 274: «{Tras el Cordobazo} esta izquierda liderada por el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), pronto comprobó que la masa obrera, al margen de la ideologización y politización de sus dirigentes, no tenía intenciones de derribar el sistema y que el mensaje populista del peronismo se acomodaba mejor a sus aspiraciones (...)».

«Nunca hubo una izquierda peronista. Hubo oportunistas e ilusos bien intencionados de izquierda que se subieron al carro peronista y que finalmente fueron aplastados por éste».

Los obreros sólo buscaban beneficios inmediatos; no les interesaba la política.

Dice en pág. 275: «Algunos de estos sacerdotes eran, como el cura Carlos Mugica, confesores de jóvenes que participaban del «diálogo entre cristianos y marxistas» que comulgaban con la defensa de los pobres y que, bajo el influjo de las ideas de Che Guevara, Franz Fanon y, sobre todo, John William Cooke, fundaron los grupos armados peronistas, entre ellos los Montoneros». Y en la página siguiente: «El papel que jugó el general Perón en este proceso de radicalización por la izquierda de su movimiento constituye uno de los ejemplos más inescrupulosos de manipulación política. (...) Como se constató tras su regreso a Argentina en 1973, su apoyo a una izquierda dentro del peronismo no fue sincero».

Que Perón no fue «sincero», no dice mucho. Del libro de Miguel Bonasso (Ref. 6) puede inferirse que no le interesaba ideología alguna, sino que utilizó a la izquierda para movilizar a su favor a un importante sector de la ciudadanía y para dinamitar al gobierno de Lanusse. Cumplidos estos objetivos, hizo organizar grupos de pistoleros (que él llamaba «el somatén») para liquidar a esa izquierda que, una vez en el poder, sería peligrosa para él.

Pero aunque ni los trabajadores ni los ciudadanos en general, tenían cultura política ni interés en ella, sí los hacía vibrar un elemento ideológico, por lo cual es muy importante lo que dice en pág. 338: «Había bastado que el belicismo de los sectores más reaccionarios de las fuerzas armadas {Galtieri} tocara el nacionalismo chovinista de la sociedad argentina, para que se manifestara en ella ese sarpullido esquizofrénico que convirtió a los verdugos en héroes de la noche a la mañana».

(Para una explicación de por qué apoyamos al nacionalismo, ver Ref. 3).

Tello dice con razón que la oligarquía ilustrada era el Gobierno adecuado para el país en formación, y que fue reemplazado por una nueva oligarquía sindical-peronista, de carácter fascista, cuya acción fue destructiva para el país (aunque repartiera parte de los despojos entre los más pobres, logrando así su apoyo).

Pero, como veremos a continuación, el edificio conceptual de Tello, correcto en su faz política, sufre violentos cimbronazos cuando toca temas como industrialización o economía en general.

Economía e industrialización

En pág. 131 leemos: «Para los radicales como para los conservadores argentinos, estrechamente vinculados a la oligarquía terrateniente, era más beneficioso «para el país» apoyar las actividades agropecuarias y exportar su producción que invertir en la producción de manufacturas y bienes de capital».

No es función de los políticos invertir en producción alguna, sino establecer los cauces que favorezcan la actividad privada. Exportar productos agrícola-ganaderos es lo que se está haciendo ahora igual que entonces, y Argentina se está recuperando gracias a exportar soja genéticamente modificada, que es lo que China demanda en grandes cantidades. No olvidemos que Nueva Zelanda debe su riqueza a la exportación de productos agrícolas. La industria no es un dogma; cada país exporta aquello en lo que tiene ventajas comparativas y que varían según las circunstancias del mercado mundial.

Luego en pág. 149: «De aquí que el verdadero objetivo de la política económica {ca. 1935} gubernamental no fue crear una industria nacional sino favorecer las exportaciones de materias primas y productos derivados y fomentar las inversiones extranjeras. Es decir, que los tecnócratas «progresistas», a tenor de la inspiración keynesiana de su política, seguían anclados en esquemas ideológicos coloniales que les impedía cuestionar un modelo económico estructuralmente dependiente. La élite seguía siendo virreinal».

La industrialización puede ser conveniente y aún imprescindible, pero, como ya dijimos, no es un objetivo a priori, salvo para la política ideológica o para el autarquismo militar.

En la página siguiente dice: «Las organizaciones sindicales urbanas constataron enseguida, que la creación de industrias era una vía fundamental para combatir el desempleo y mejorar las condiciones de vida de los trabajadores, pero la patronal, que desconfiaba de esta posibilidad, combatió con dureza la posición sindical como causante de la dislocación del mercado de trabajo (...).»

«La expansión industrial urbana también se vio favorecida por la inmigración rural».

Nuevamente se están invirtiendo los factores. Las industrias se crean para abastecer al mercado, y requieren personal, con lo que disminuye el desempleo. Pero como la automatización hace disminuir el contenido de trabajo humano por unidad de producto (con lo que disminuyen los costos y mejora el nivel de vida), va a llegar un momento en el que desaparezcan los «puestos de trabajo».

Vemos en pág. 151: «Asimismo, la mecanización del campo liquidó en pocos años a los pequeños agricultores y dejó sin trabajo a miles de jornaleros (...)».

Esos jornaleros quedaron sin trabajo debido al aumento de la productividad agrícola (como había sucedido antes en Europa y en EE.UU.) y pasaron a trabajar en la industria.

Leemos en pág. 195: «(...) en el otoño de 1954, los metalúrgicos declararon una sorpresiva huelga salvaje a la que se sumaron otros sectores obreros y obligaron al régimen a descongelar los salarios. La medida, que desencadenaría un rápido crecimiento de los precios y abrió las puertas a la inflación, provocó el descontento de los industriales cada vez más presionados por la nueva política impositiva y la acción de los sindicatos».

La presión sindical logró que se aumentaran los salarios. Pero lejos de mejorar la situación de los trabajadores, «desencadenó un rápido incremento de los precios». Pues el dinero es papel y no bienes. Cuanto más dinero se emite, más aumenta la demanda y los precios suben. Para que los precios bajen, hay que aumentar la productividad.

En pág. 215 dice que: «(...) la factura pagada por la extracción de petróleo argentino resultó más cara que si se hubiera importado, lo que indica el grado de candidez, si no de irresponsabilidad política, con que se gobernó». Y en pág. 224: «Pero, el rumbo de la economía no parecía preocupar demasiado a los gorilas instalados en el gobierno, obsesionados como estaban con la persecución del peronismo».

No es raro que las obsesiones influyan más que los intereses materiales.

Acerca de la política de Illia, dice en pág. 228: «Esta política, asentada en el reforzamiento del papel regulador del Estado, estuvo orientada a lograr una mejor distribución de la renta, favorecer el desarrollo del capital nacional y fijar límites y controles razonables a las inversiones extranjeras». Parte de la teoría ricardiana de que la renta se «distribuye». Pero cada factor de producción tiene el valor que le asigna el mercado, sin distribución alguna.

Leemos en pág. 251: «De acuerdo con esta ley {17.319, ca. 1967}. el gobierno podría ceder a una compañía petrolífera extranjera hasta siete millones de hectáreas para prospección y explotación durante un plazo de catorce años. A su vez, Argentina pagaría a estas compañías el petróleo que extrajeran al mismo precio que rigiese en esos momentos en el mercado internacional. De este modo, se repitió lo que ya había sucedido en tiempos de Frondizi. Argentina pagó a precio de oro su propio petróleo».

Y en pág. 322: «El modelo resultante de la aplicación de la ortodoxia monetarista {Martínez de Hoz} supuso la destrucción del aparato productivo, un espectacular aumento de la deuda interna y externa, la prevalencia de la economía financiera sobre la productiva y con ella el rápido empobrecimiento de la población».

Un modelo es un objetivo hacia el que se tiende; por eso no puede ser «resultante». Hay que suponer que el espectacular aumento de la deuda es la causa de la destrucción del aparato productivo (y no a la inversa). El aumento de la deuda se debe a haber tomado préstamos, por haber gastado más de lo ingresado. Ni el desequilibrio presupuestario ni la emisión excesiva de moneda pueden denominarse «ortodoxia monetarista». Y las finanzas son, normalmente, parte imprescindible del proceso productivo. Sólo cuando la economía se desquicia, puede haber movimientos monetarios que beneficien a algunos piratas financieros, aunque no parece muy feliz llamar «economía financiera» a estas actividades. Por otra parte, en economías normales, Soros explicó hace muchos años que la especulación monetaria contribuye a estabilizar las monedas. Más adelante volveremos sobre este asunto.

Luego dice (pág. 323): «Por lo tanto, argumentando impulsar una mayor competitividad, derogó la legislación proteccionista, lo que trajo aparejado el incremento de las importaciones y el debilitamiento de las empresas industriales nacionales».

Si las empresas argentinas necesitaban barreras proteccionistas, se debería a su ineficiencia, que soslayaban haciendo pagar de más al consumidor. La economía no es un juego de suma cero: el comercio internacional enriquece tanto a vendedores como a compradores (siempre que produzcan lo necesario para pagar lo que compran).

Dice algo muy importante en pág. 325, completando lo dicho en pág. 322, que ya hemos comentado: «El país, con una moneda sobrevaluada con respecto al dólar, entró entonces en la ficción de la «plata dulce», el consumo desorbitado y la fiebre especulativa. Los capitales productivos fueron desplazados por los capitales financieros, que ofrecían una alta rentabilidad a corto plazo y «sin riesgos», mientras los productores perdían ingresos y los beneficios del sector agropecuario en lugar de pasar al sostenimiento de la industria se emplearon para la compra de dólares, importaciones de artículos suntuarios, o la simple especulación financiera».

Es obvio que los precios regulan la asignación de recursos. Si se ofrece oro, dólares o viviendas a mitad de precio, nadie dejará de comprar todo lo que pueda. Si el dinero está sobrevaluado, resulta barato viajar y hacer compras en el extranjero. Y es muy prudente cambiar la moneda local por dólares u otras divisas, pues el chollo no puede durar mucho tiempo. Pero es una política económica disparatada la que fomenta la especulación, y no al revés. Generalmente se devalúa para promover las exportaciones. Pero la inversa ¿para qué? El resultado fue emborrachar de «riqueza» a la clase media y adormecer todo impulso moral de resistencia a la dictadura militar.

Pero –pág. 359– Menem-Cavallo hicieron lo mismo: «En este sentido, las piedras angulares de su política económica –y también dos de las principales causas que aceleraron la degradación moral de la sociedad– fueron la ley de convertibilidad y la privatización de las empresas estatales».

Ninguna de esas medidas es perjudicial por si misma, salvo que las empresas se vendieran a menos de su valor y que la convertibilidad no estuviera ligada a la exigencia de equilibrio presupuestario. Eso se ve más claro en la página siguiente: «En el marco de su política de reducción de los gastos públicos, el gobierno peronista {Menem} dio luz verde a la privatización de las empresas públicas, todas endeudadas y deficitarias.(...) Grandes corporaciones de capital nacional e internacional y entidades financieras acreedoras optaron a la compra al aceptar el gobierno, como moneda de pago, títulos de la deuda pública en su valor nominal.(...) Una suculenta rebaja de la que se beneficiaron las corporaciones compradoras y con las que se pagaron comisiones y sobornos a intermediarios y funcionarios».

«Los recortes presupuestarios, los despidos masivos, el incremento de los impuestos y las privatizaciones aportaron una ingente cantidad de dinero. Aumentada a su vez por la entrada masiva de capitales especulativos, atraídos por las altas tasas de interés y la total libertad de movimientos, en virtud de la resignación que hizo el gobierno de la soberanía financiera del Estado».

Si las empresas estaban endeudadas y eran deficitarias, su privatización libera al Estado de esos pozos de deficits sin fondo. Pero si empresas extranjeras las compraron por una «ingente cantidad de dinero» además de pagar comisiones y sobornos, es porque para ellas era un buen negocio. Con frecuencia las empresas estatales pagan sueldos a personas que no necesitan, para mantener su apoyo político. Las empresas privatizadas despidieron hasta dos tercios del personal, y siguieron funcionando igual o mejor que antes, pero sin déficit. El déficit era lo que toda la sociedad pagaba para que el partido gobernante sobornara a buena parte de sus partidarios.

Tello (pág. 364) nos cuenta como Menem repitió la política de los gobiernos militares: «La «estabilización» menemista dio pie a la cultura de la especulación y, como en tiempos de la «plata dulce», la sociedad aceptó la ficción que permitía a los argentinos viajar por el mundo como hijos de la opulencia, mientras en el país crecían los índices de pobreza y analfabetismo, se extendían las villas de emergencia, se degradaban las ciudades, los espacios públicos y las carreteras y el Estado se batía en retirada cediendo el poder al «mercado» y dejando, especialmente en las grandes ciudades, vastas áreas abandonadas a su propio gobierno y ley».

La sociedad argentina acepta tropezar dos o más veces con la misma piedra.

Dice en pág. 366: «En este sentido el proyecto de autonomía bélica que, sostenido por el nacionalismo militar, había impulsado la industrialización, también debió ser abandonado».

Los militares suelen buscar la autarquía –que es extremadamente costosa– porque su expectativa es un probable conflicto bélico. Pero fuera de este panorama, la autarquía no conviene, por ser antieconómica. Es mucho mejor intensificar el comercio; producir aquello en lo que tengamos ventajas comparativas e importar lo que podamos conseguir más barato y aún de mejor calidad.

En pág. 377 vimos antes que: «Cabe deducir que debido a que los políticos y la sociedad brasileña de la que surgen, son menos corruptos que los políticos y la sociedad argentina, los efectos disgregadores y perversos del ultraliberalismo fueron menos profundos y efectivos. (...) La diferencia entre la crisis de 1890 y la de 2001 radica fundamentalmente en la actitud que tuvo la elite para afrontarla. La oligarquía tenía en principio conciencia de clase y sus miembros se sentían responsables del futuro del país que acababan de fundar y estaban empeñados en dotarlo de una identidad nacional».

No dice a qué llama «ultraliberalismo». Pero si la política liberal tuvo menos «efectos disgregadores y perversos» (y quizá otros muy positivos?) en Brasil (y en Chile), ¿será por razones morales, o porque en Argentina no hubo política liberal alguna? Porque a la política económica liberal se debe la pujanza económica de EE.UU., Canada, Europa y Japón. Y la ex paupérrima Irlanda, se dice que hoy es el mejor lugar para vivir. Y China comunista basa su arrollador crecimiento en su política económica liberal.

Las dos últimas citas ejemplifican los cimbronazos más violentos y alejados de la realidad. A menudo uno siente la necesidad de decir, como el general Lanusse al entonces Presidente Onganía (el 5 de Junio de 1970, Ref. 5, pág. 111):

«Debo confesar al señor presidente que no consigo entenderlo y que, en realidad, no logro entender prácticamente nada de todo lo que explica. Estoy de acuerdo con el señor presidente en que el tema ofrece muchas dificultades y que requiere, inclusive, un conocimiento subjetivo de los términos que aquí se utilizan: comunidad, nación, integración, organización. ¿Qué quiere decir cada cosa en este caso y en este esquema? Quizá debamos comenzar con un acuerdo a nivel de vocabulario?».

Dice Tello en pág. 382-83: «El nuevo capitalismo que ha impulsado hasta los inicios del siglo XXI la globalización se articula a través del parasitismo del capital financiero, de la acción depredadora y vampírica de las empresas multinacionales y de la corrupción de las clases dirigentes nativas. Contra esta dinámica destructiva y totalitaria del nuevo orden internacional puede y debe oponerse la vigencia de los valores éticos de la sociedad y la vigorización de un Estado capaz de regular y gestionar con eficacia los recursos económicos y el bienestar de los ciudadanos.(...)».

«(...) En este último apartado {Kirchner} renegoció con sorprendente firmeza el pago de la deuda con el FMI (...). A principios de 2006, Argentina liquidó la deuda con el FMI, cuyo monto –9.574 millones de dólares– es mínimo en relación a los 124.332 millones de dólares que aún debe, pero supone un gesto simbólico de gran trascendencia política al cortar con una de las vías de ingerencia y tutela económica exterior».

El capital financiero es un factor de producción imprescindible y hablar de «parasitismo» remite a las doctrinas de la Iglesia medieval acerca de los préstamos con interés. En todas las actividades puede haber delincuentes, pero cuando –normalmente- las empresas multinacionales actúan legalmente en países que funcionan (que no están en estado de descomposición y corrupción total) actúan como lo requieren los compradores («el mercado») y no son «depredadoras» ni «vampíricas», sino que, para aumentar sus ventas, satisfacen a sus clientes. Gracias entre otros, a Bill Gates, el ordenador se universalizó y está beneficiando a casi toda la población del planeta. Si Linus Torwald regala su software, ¡magnífico! Gates regala todo su tiempo y gran parte de su fortuna en beneficio de la sociedad y Warren Buffet (el nº 2 en riqueza), donó a la Fundación Gates el 80% de su fortuna para esos fines. Tales actitudes se originan en valores éticos. El Estado debe, ciertamente, velar por la seguridad, sanidad y educación de los ciudadanos, pero de ninguna manera «gestionar los recursos económicos». Porque, como ya hemos comentado, es muy difícil evitar que los gobiernos utilicen las empresas públicas para lograr apoyo político, sin tener en cuenta su eficiencia. Si una empresa privada tiene déficit, se aboca a la quiebra, perjudicando a sus accionistas y trabajadores. Si una empresa estatal tiene déficit, lo pagan todos los ciudadanos con sus impuestos.

¿Es «firmeza» devolver al FMI un préstamo poco significativo por el cual se pagaba un bajo interés, mientras que sólo en Italia se sigue defraudando a 500.000 pequeños ahorristas a los que teóricamente se paga un interés alto?

Y, por último, no deja de sorprender que, después de haber señalado que son corruptos tanto los políticos como la sociedad argentina, espero solucionar los problemas basándose en «los valores éticos de la sociedad». Es más probable que una legislación y reglamentaciones adecuadas y efectivamente aplicadas sean el marco que encauce a todos hacia un comportamiento ético y beneficioso. En el Paseo de Moret, de Madrid, hay un monumento al Teniente General Don Manuel Cassola Fernández (1838-1890). En el están grabadas unas palabras de su proyecto de Ley Constitutiva del Ejército:

«El ejército debe estar organizado de suerte que nada tenga que temer de la injusticia ni que esperar del favor». Lo mismo puede decirse de la sociedad civil.

Leemos en pág. 385: «Y por último, también los trabajadores han de promover desde las bases, estructuras sindicales democráticas que impidan que sus sindicatos sigan actuando como verdaderas organizaciones mafiosas que han favorecido hasta el presente los intereses del gran capital, la acción de los represores y el enriquecimiento ilícito de sus dirigentes en detrimento de sus sindicatos».

Los sindicatos tienen pleno derecho de defender los intereses de los trabajadores, pero es equivocado creer que sus intereses corporativos son los de toda la sociedad. El antecedente de los sindicatos obreros son los gremios artesanos medievales. Para defender los intereses y privilegios de los artesanos, frenaban el desarrollo técnico y obligaban a los clientes a pagar altos precios; también perjudicaban a los aprendices, a quienes ponían trabas en su camino para llegar a «maestros». Los sindicatos obreros también actúan coactivamente al presionar con la amenaza de huelga. Como los gremios medievales, esta acción defiende los intereses corporativos e inmediatos de los trabajadores. Pero como la mano de obra es uno de los costos de producción, contribuye a elevar el precio de las mercancías, volviendo ilusorio el aumento logrado. Al repetir el ciclo se produce inflación, que desquicia la economía y al destruir empresas disminuye los puestos de trabajo. Al mismo tiempo, los convenios colectivos igualan los salarios de los trabajadores más eficientes y creativos con los de características opuestas, desalentando el deseo de mejorar. Actúan así como freno al progreso, aunque, al mismo tiempo estimulan a los empresarios a automatizar al máximo los procesos e independizarse de los trabajadores. En Ref. 7 (pág. 138) hay ejemplos notables de invenciones impulsadas por conflictos laborales.

Referencias

  1. Memorias del saqueo, película de Fernando E. Solanas, 2004.
  2. La razón populista, Ernesto Laclau, FCE, 2005.
  3. «El pueblo unido jamás será vencido». Sigfrido Samet, El Catoblepas, 2007.
  4. Historia de Europa, Henri Perenne (1917), FCE, 1942.
  5. Mi testimonio, Alejandro A. Lanusse, Laserre editores, 1977.
  6. El Presidente que no fue, Miguel Bonasso, Editorial Planeta, 1997.
  7. La evolución de la tecnología, Gerge Basalle, Editorial Crítica, 1991.

 

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