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El Catoblepas, número 59, enero 2007
  El Catoblepasnúmero 59 • enero 2007 • página 3
Guía de Perplejos

De la intención

Alfonso Fernández Tresguerres

Sobre intencionalidades, acciones y consecuencias

1

La intención que me ocupa no es aquélla que tiene un alcance meramente psicológico o incluso cognoscitivo, aspecto éste tan importante, por ejemplo, en la Escolástica o en la Fenomenología. La intención, así concebida, definiría el acto mismo del entendimiento o del espíritu, en virtud del cual se dirigen a un objeto, a aquello que se desea conocer, tanto si se trata de algo externo como interno al propio sujeto cognoscente. De este modo, como repetirán Brentano y Husserl, la intencionalidad constituiría el ser propio de la conciencia, en cuanto que ésta es siempre conciencia de algo. Me interesa ahora, sin embargo, la intención en el otro gran sentido, no menos importante, en el que ha sido interpretada: aquél en el que aparece vinculada al juicio y a la acción, mas no de carácter cognoscitivo, sino moral, sin que la demarcación nítida y rotunda que cabe establecer (y que se ha establecido, ya en el propio pensamiento escolástico) entre ambas dimensiones de la intencionalidad se vea empañada en lo más mínimo por el hecho, innegable, por lo demás, de que todo hacer moral presupone siempre algún conocer.

En la segunda de esas dimensiones –la moral–, se encuentra la intención indisolublemente ligada a la voluntad, por cuanto que sólo un ser dotado de la segunda puede, al tiempo, poseer la capacidad de querer o elegir, de preferir una cosa u otra, y ser, en consecuencia, sujeto de deseos e intenciones (conceptos estos últimos, no obstante, que, como luego veremos, no son ni mucho menos equivalentes sin más). E incluso, acaso simplificado en exceso, podría decirse que ninguna acción encaminada a un determinado fin u objeto (ninguna acción, pues, que no sea meramente refleja, automática e involuntaria) es concebible al margen de una intencionalidad previa y en la que se genera la propia acción. Y si esto puede decirse de las acciones, en general, parece claro que también ha de ser dicho de la acción moral, en particular. Mas el problema estriba en cuál sea el valor que en ésta quepa conferir a la intención misma.

Así, podría sostenerse que, conforme a lo anterior, se hace obligado concluir que cuando un acto determinado no vaya acompañado por una intención concreta del sujeto que la realiza, tanto el acto como el propio agente podrán, sin duda, ser juzgados desde distintos parámetros, pero no desde una perspectiva moral. Por consiguiente, allí donde pudiera constatarse la ausencia de toda intencionalidad, tampoco tiene cabida el juicio moral. E incluso podría concluirse aún más: que el valor moral de una acción depende de la intención que la anima, y es sobre ésta sobre la que ha de recaer el juicio moral. Tal es, a grandes rasgos, la posición defendida por las llamadas éticas de intención.

Pero, ¿qué sucede cuando de una cadena de acciones que podemos, desde luego, suponer intencionadas en sí mismas, esto es, respecto al objeto inmediato que persiguen, se sigue, no obstante, un fin que no ha sido ni buscado ni intencionado, y ni siquiera previsto? ¿Acaso resultaría desproporcionado defender que aun en el supuesto de que no existiera ninguna intencionalidad por parte del individuo en alcanzar ese fin al que sus acciones, pese a todo, acabaron por conducir, siempre, al menos, que las consecuencias inherentes a tal fin resulten dañinas o perjudiciales (sea para sí mismo, sea para otros), el individuo es enteramente responsable de ellas (tanto en términos morales como jurídicos), y puede, con todo acierto, ser considerada su acción no sólo inmoral, sino hasta criminal, llegado el caso, y eso aunque su carácter no deliberado ni previsto (tampoco intencionado) pueda suponer un atenuante tanto moral como jurídico? (Creo, al contrario, que si lo que resulta de ello es un bien o un beneficio, aunque sin duda el individuo es responsable de ellos, en tanto que ha sido su agente causante, de ninguna alabanza moral, en cambio, se hace acreedor.) Supongamos que un individuo que conduce a una velocidad excesiva y de forma temeraria o imprudente, al efectuar un giro invade la acera y arrolla a un peatón causándole la muerte. Es obvio que por mucho que podamos admitir que tal desenlace no ha sido previsto, y menos aún deliberado, sino del todo involuntario e indudablemente no intencionado, no por ello, por supuesto, dejará de ser considerado culpable de lo sucedido, ni su acción, sean cuales sean los atenuantes que en términos jurídicos puedan serle aplicados, dejará de ser tenida por menos inmoral e incluso criminal. O en otros términos: la falta de intencionalidad no sólo no implica, en modo alguno, la suspensión del juicio moral, sino que éste ha de ir referido a la acción misma y al resultado de ella, con independencia de las intenciones que tuviera o dejara de tener el sujeto. Tal sería, también a grandes rasgos, la postura de las éticas de resultados. Desde ellas no se niega, es cierto, la importancia de la intención ni tampoco, como es obvio, su relación con la acción moral; ni siquiera se niega que, acaso las más de las veces, exista un absoluto acuerdo entre ambas, esto es, entre la mala intención que busca, y a veces lo consigue, generar una acción perversa, y la buena intención que anhela, y en ocasiones también lo logra, alcanzar un fin bueno. Pero lo que se sostiene es que, con independencia de cuál sea la intención del sujeto, e incluso con independencia de que tenga o no tenga alguna, y hasta con independencia de que pueda ser demostrada la existencia o no de una tal intencionalidad, el juicio moral ha de recaer sobre las consecuencias de su acción, y es plenamente responsable de ellas, siempre que los actos que acabaron por provocarlas hayan sido realizados (como pedía Aristóteles) de modo consciente y voluntario. Así, por ejemplo, conforme al caso anterior, el sujeto que de una manera consciente y voluntaria realiza una conducción temeraria, es responsable no sólo del hecho mismo de conducir de una manera peligrosa, sino también de las consecuencias que de ello puedan derivarse (la muerte del peatón), por más que no hayan sido ni deliberadas ni intencionadas.

Si con lo dicho hemos acertado a dibujar el problema y la controversia entre las dos posiciones en litigio, podemos ahora dar un paso mas para decir que probablemente la mayor parte de las doctrinas éticas que se han defendido pertenecen al segundo grupo, esto es, al de las éticas de resultados, que sostienen que el juicio moral ha de atribuirse, no a la intención, sino a la propia acción y a las consecuencias de ésta. («Obras son amores, y no buenas razones», reza uno de nuestros más conocidos refranes. Y hasta más claramente, como señala otro: «De buenas intenciones está el infierno lleno».) Lo que cuenta es, pues, lo que el individuo ha hecho finalmente, y no la intención, o la supuesta intención, que tuviese al hacerlo. Menor, en cambio, es el número de aquéllos que consideran que el valor moral de las acciones depende, no de ellas, y ni siquiera de sus consecuencias, sino de las intenciones con que han sido llevadas a cabo:

«La intención hace el agravio»,

que decía nuestro Calderón. Y entre quienes defienden una posición tal, es decir, una ética de intención, seguramente cabe encuadrar a los estoicos y acaso también a san Agustín, o al menos, el famoso «dilige et quad vis fac» («ama y haz lo que quieras»), no resulta desmesurado presuponer que podría soportar una interpretación de esas características. Y de ser así, probablemente nos encontraríamos ante una de las posibles vías de entronque entre el obispo de Hipona y el protestantismo. Éste, en efecto, se encuentra obligado, casi por fuerza, como seguramente sucede con cualquier doctrina que niegue el libre albedrío (caso también de los estoicos), a abrazar una moral de intenciones, más que de resultados, que se hallan supeditados siempre a la voluntad de Dios o al plan divino. En la Escolástica, por el contrario (y podríamos decir que en el cristianismo católico en general), el asunto es más complejo. Así, el año 1992, en el último Catecismo de la Iglesia Católica [1750 y ss.], sin dejar de reconocerse (como no podría ser de otro modo) en el comportamiento moral la importancia de la intención (al lado del objeto elegido, en lo que también tiene mucho que ver la intencionalidad, y las circunstancias de la acción), parece, con todo, que se hace depender el juicio moral mucho más del resultado de la acción misma que de la intención que la anima, pues aun cuando se admite que una mala intención puede tornar malo un acto que de por sí es bueno, no parece, en cambio, concederse de ningún modo que, en alguna circunstancia al menos, una intención buena pueda, no ya hacer bueno algo que de suyo es malo (en lo que, sin duda, es preciso estar de acuerdo), sino ni siquiera justificarlo o exculparlo (lo que, a mi entender, resulta más discutible), y se recuerda en apoyo de tal afirmación, las palabras de Tomás de Aquino, para quien: «No se puede justificar una acción mala por el hecho de que la intención sea buena»; afirmación ésta que viene a interpretarse como aquello de que el fin no justifica los medios. Y de nuevo habría que decir que, aunque así planteada la cuestión, parece que tal postura se hace merecedora de que le otorguemos nuestro asentimiento, yo creo que se puede y se debe hacer un análisis más fino de todo ello. (Lo ensayaremos más adelante.) En cualquier caso, y a efectos de lo que ahora nos ocupa, me parece a mí que no existirán demasiados inconvenientes en admitir que ni la ética escolástica ni la católica, en general, pueden ser consideradas, sin más, o de modo pleno, éticas de intención, sino de resultados. Las posturas que no se ajustan a este principio son raras, y por ello tanto más llamativas. El caso más significado es, quizás, el de Pedro Abelardo:

«Llamamos buena, esto es, recta, a la intención por sí misma. A la obra, en cambio, la llamamos buena no porque contenga en sí bien alguno, sino porque nace de una intención buena» [Ethica seu liber dictus Scito te ipsum, 11].

Con todo, y como es sobradamente conocido, la ética de la intención a quien se encuentra inevitablemente ligada es al nombre de Inmanuel Kant. En el formalismo kantiano, en efecto (la mayoría de las éticas de resultados son también materiales), una acción es moral únicamente cuando se lleva a cabo por estricto respeto al deber (y no por ningún otro móvil egoísta o interesado), es decir, cuando su ejecución tiene lugar conforme a determinados principios morales (principios que brotan, en último término, del imperativo categórico), y todo ello con entera independencia del cual sea el resultado mismo de dicha acción. Únicamente con tal proceder puede fundarse una ética con valor trascendental y a priori, vale decir, con valor absoluto e incondicionado; algo (justo es recordarlo) que acaba por conducir a Kant a extremos que, cuanto menos, han de ser calificados de sorprendentes, ya que si, pongamos por caso, de acuerdo con el imperativo categórico hemos elevado a la consideración de principio con validez absoluta e incondicionada el no mentir, entonces, si un potencial asesino que persigue a una potencial víctima nos preguntara dónde se ha escondido ésta, es nuestro deber decírselo, aun cuando mintiendo consiguiésemos salvar una vida inocente. No cabe, desde luego, ir más lejos en el desligar la moralidad de una acción de sus consecuencias, ni tampoco mantener una fidelidad más rotunda al valor moral de la intención; intención de actuar por respeto a un deber (no mentir, en este caso) previamente establecido como absoluto.

Creo, sin embargo, que nada obliga a llevar las cosas hasta ese punto, y que por mucho que nos decantemos por una ética de intenciones, ésta es perfectamente compatible con el intento de salvar una vida, aunque sea al precio de decir una mentira. En general (y en alguna ocasión ya lo he señalado), entiendo que cualquier principio, sea ético o moral, admite siempre, al menos, una excepción, y es ésta: que al infringirlo se evite un mal mayor al que supone la propia infracción (el problema, desde luego, estriba en que no siempre, como en el ejemplo anterior, resulta inmediatamente obvio cuando un mal es mayor o menor que otro. Pero éste es otro asunto distinto).

Y bien, ¿cómo podríamos terciar nosotros en esta polémica cuyas grandes líneas hemos tratado de dibujar? Para responder a tal pregunta no nos queda sino enfrentarnos, por nuestra parte, con el problema en cuestión.

2

A veces se ha dicho que es imposible (e incluso impensable) que de una mala intención pueda surgir una acción moralmente buena, del mismo modo que lo es el que una buena intención dé lugar a una acción perversa. Creo, sin embargo, que probablemente tal afirmación resulta en exceso apresurada y ligera:

«Pues –como refiere Plutarco– igual que el que pensaba matar a Prometeo, el Tésalo, golpeó con su espada el tumor [de Prometeo] y lo abrió de tal forma que el hombre se salvo y se liberó del tumor reventado»,

de modo similar puede suceder, en muchas otras circunstancias, que alguien, empujado por una intención dañina, acabe por producir un bien que no estaba en su ánimo el propiciar, como también resulta perfectamente factible que un amigo de Prometeo, deseando librar a éste de su mal, hubiese acabado por provocarle la muerte.

Puede argüirse, no obstante, que lo único que en el ejemplo antedicho se pone de manifiesto es una contradicción o desajuste entre el resultado de la acción y la intencionalidad que la pone en marcha, pero no entre ésta y la acción misma, encaminada, una, a provocar la muerte, y la otra, a curar. Y por eso, de igual modo que no puede ser considerada moralmente buena la primera, por más que provoque un bien, tampoco puede ser calificada de moralmente mala la segunda, aunque de ella se origine un mal. Y sin duda, no es éste matiz tan insignificante que no nos obligue a examinar con más detalle el problema.

Un individuo se tambalea en una escalera. Visto por alguien que le odia profundamente, corre hacia allá, con la intención de derribarle y darle muerte. Pero al poner sus manos en la escalera para empujarla, consigue mantenerla firme el tiempo suficiente como para que el otro pueda saltar al tejado de la casa. Supongamos ahora que no es un enemigo, sino un amigo quien presencia el percance. Se lanza a la escalera con la intención de sujetarla, pero en lugar de eso (tal vez por la precipitación, tal vez porque el mismo resbala), la empuja y derriba a quien quería ayudar, causándole la muerte. ¿Qué es lo que hemos visto en una y otra secuencia?

Ciertamente, tanto en un caso como en el otro, hay que distinguir tres aspectos: la intención, la acción y el resultado (me parece que el objeto elegido, del que hablan los católicos, podemos entenderlo, sin más, como reductible a la intencionalidad en cuanto tal). Por lo que hace al resultado de la acción, como fácilmente se advierte, es claro que puede ser por completo independiente de la intención que pone en marcha el proceso que conduce finalmente a él; no lo es, en cambio, de la acción que lo ha propiciado, puesto que es ella quien lo hace posible. Mas como quiera que dicha acción en modo alguno se desplegó para producirlo, se podría pensar, hasta cierto punto al menos, que es también independiente de ella; de una acción, precisamente, en la que los actos y operaciones que la constituyen resultan fallidos y erróneos, desviados del proyecto original; de una acción, por tanto, que, de algún modo, es ya otra acción distinta. De esta manera, el resultado al que finalmente se arriba puede ser calificado de bueno o malo, en el sentido de positivo o negativo, de deseado o indeseado, pero resultaría evidentemente absurdo cargar sobre él el peso moral de la acción, pues conduciría a considerar moralmente buena la de quien desea provocar la muerte, y de moralmente mala la de quien quería prestar ayuda.

En cuanto a la propia acción, obsérvese que las dos del ejemplo propuesto (y no dudo que así es en muchísimos otros casos), pueden ser del todo similares, y hasta formalmente idénticas; y pueden serlo hasta tal punto que quizás, en según qué circunstancias, resulte del todo imposible, a partir sólo de la cadena de actos que se despliegan ante nuestros ojos, deducir las intenciones del agente que los realiza (y ésta, como no dejará de observarse, es una de las mayores dificultades a las que ha de enfrentarse una ética de intenciones). Ahora bien, respecto a la acción, todos los juicios que sobre ella quepa emitir dependen directamente de la intención que la anima. Y así, podemos comenzar por considerarla buena o mala, en el sentido de efectiva (acertada, atinada) o fallida (torpe, errónea). Tal juicio tiene como referencia, en primera instancia, el conjunto de actos y operaciones que la conforman. Pero, en último término, el que tales actos y operaciones reciban la calificación de atinados o torpes, desde el punto de vista puramente operacional, será sólo en la medida en que realizan el fin previsto (el resultado deseado, si se quiere) o, por el contrario se desvían de él. Mas tal fin no es otro que el propuesto por la intención. En consecuencia, es patente que la acción puede desligarse de la intencionalidad hasta el punto de hacerse (operacionalmente) independiente de ésta, y aun contraria a ella. Y por ello es, desde luego, perfectamente posible que de una buena intención se origine una mala acción (en el sentido de fallida), que conduzca a un resultado no deseado; del mismo modo que lo es el que de una mala intención se produzca un resultado positivo, que sólo será posible por medio de la acción, que, si buena por el resultado al que conduce, es igualmente mala, en el sentido de torpe o fallida respecto a la intención original, ésta sí, mala desde el punto de vista moral. Así pues, cuando una acción se desvía de la intencionalidad que la pone en marcha, es siempre mala, desde el punto de vista de las operaciones que la constituyen, pero, como el propio resultado que provoca, resultaría absurdo calificarla de buena o mala, desde la perspectiva moral: ni la acción ni el resultado último del individuo que queriendo provocar la muerte, ayuda, pueden ser considerados moralmente buenos; ni la acción ni el resultado de quien quiere ayudar pueden ser considerados moralmente malos, y eso aun cuando, en lugar de prestar ayuda, provoquen la muerte. Así entendidos, ni el resultado ni la acción que lo produce pueden ser, en sí mismos, considerados buenos o malos. Únicamente cuando se tiene en cuenta la intención del sujeto puede una acción considerarse buena o mala desde el punto de vista moral. Y será buena siempre que nazca de una buena intención, por más que sea operacionalmente mala y conduzca a un desastre. Y, a la inversa, será mala siempre que se origine en una mala intención, y ello aun en el caso de que siendo también operacionalmente mala, desemboque en un desenlace feliz. Lo deseable, por supuesto, sería que una buena intención de siempre lugar a una acción eficaz y acorde con ella, que conduzca a un resultado positivo; del mismo modo que habría que desear que siempre una mala intención resulte ineficaz, dando lugar, mediante una acción fallida a un resultado igualmente positivo. Pero este es otro cantar.

Así pues, a tener de lo dicho, podría concluirse que si no podemos hacer recaer el juicio moral en el resultado de una acción ni tampoco en la acción misma, sólo queda predicarlo de la propia intencionalidad. Y es que, en efecto, o juzgamos el valor moral de una acción por su intención, o lo juzgamos por sus consecuencias. Pero si lo segundo es absurdo (porque nos obligaría a considerar que actúa moralmente quien queriendo matar presta ayuda, y, al contrario, que actúa inmoralmente quien queriendo ayudar provoca un fatal accidente), si eso es absurdo, digo, sólo nos queda la primera alternativa.

Sin embargo, el asunto es mucho más complejo del que este primer análisis, pudiera dejar entrever: porque, adviértase, por una parte, que nos hemos referido únicamente a aquellos casos en los que resulta del todo patente y nítida la intención del sujeto que lleva a cabo una acción dada; y así las cosas, es claro que aquél que es movido por una intencionalidad dañina es culpable desde el punto de vista moral, aunque las consecuencias de dicha acción resulten inocuas e incluso beneficiosas. Y parece claro, igualmente, que las acciones de quien es guiado por la intención de hacer el bien no pueden ser consideradas inmorales, por más que se traduzcan en consecuencias perniciosas y no deseadas por el propio individuo que con su actividad buscaba justo lo contrario (siempre, por supuesto, que no sea responsable de temeridad o imprudencia, o de, con imperdonable ligera, meter –como suele decirse– las narices donde nadie le llama: algo que, sin duda alguna, constituiría otro tipo de falta moral). Pero, ¿qué sucede cuando no son, ni mucho menos, tan obvias las intenciones del individuo? Y, después de todo, ¿no es esto lo que sucede las más de las veces? Y se comprenderá, sin duda, lo ingenuo que resultaría fiar el juicio moral al testimonio que obtengamos del propio sujeto. ¿Y cuando no existe intencionalidad alguna (e incluso puede constatarse que así es, en efecto) y se causa, no obstante, un daño? Recuérdese el ejemplo anterior referido al conductor que sin pretenderlo realmente provoca una muerte: ¿acaso la falta de intención le exime de cualquier responsabilidad moral? Creo que resultaría excesivo responder afirmativamente. Pero si no lo hacemos, entonces tampoco es posible sostener, sin más, que el juicio moral ha de ir siempre referido a la intención. Y, sin embargo, curiosamente, en el caso contrario, esto es, cuando alguien, sin pretenderlo, hace un bien, no lo consideraríamos digno de alabanza moral, precisamente porque su falta de intencionalidad hace que entendamos el resultado de su acción como producto de la mera casualidad.

Y, por otro lado, ¿es tan obvio que tengamos por fuerza que optar entre atribuir el juicio moral a la intención o a las consecuencias? ¿Es obligado decantarse por una de las dos? No apunto a la solución, que sería puramente trivial y de compromiso, de que, en según qué circunstancias, juzguemos por la intención, y en según qué otras, por el resultado de la acción. Por supuesto, no rechazo por completo la efectividad de la casuística en este asunto; y ésta podría ser, fallidas y fracasadas todas las demás, la última alternativa a la que tendríamos que acogernos: en aquellos casos en los que resulte obvia la intención, juzgaremos a partir de ella, y en los que no sea así, e incluso en aquéllos en los que no exista intencionalidad alguna, siempre que lo que se provoque sea un daño, haremos recaer el juicio moral en las consecuencias. Mas ésta será, como digo, nuestra última posibilidad, que no es, en el fondo, sino una renuncia expresa a resolver el problema. De ahí que si la rechazo (y repito que sólo estaría dispuesto a abrazarla si no queda otra opción) no es tanto por su falta de finura o elegancia, sino porque, en verdad, no soluciona nada, ya que ahora, las dificultades que traemos entre manos volverían a plantearse, con carácter particular, en cada caso concreto: ¿ha habido intención, es patente cual ha sido?, &c.). Lo que me pregunto es si entre la intención y las consecuencias no existirá alguna relación más compleja, pero también más rica que la determinada por un estricta dicotomía de o lo uno o lo otro.

Sin duda, no es liviana la empresa que acabamos de echarnos a la espalda. Y, sin embargo, de no hacerle frente de inmediato, no veo cómo podríamos avanzar en nuestras pesquisas.

3

Comencemos por lo siguiente: ¿cómo conocer las intenciones de alguien? El asunto es enormemente complejo, pero tenemos que hallar algún criterio o de lo contrario debemos dejar a un lado intención en cuestiones morales, u otorgar entera credibilidad al agente de la acción, pues únicamente él –podría argumentarse– conoce cuál era su intención al ejecutarlo.

Por lo pronto, conviene comenzar por caer en la cuenta de que no basta simplemente con tener buenas intenciones (o malas, por supuesto). Y, en este sentido, es verdad que no es suficiente con la mera intención, porque se puede, en efecto, tener la intención de hacer algo y no hacerlo nunca. Y, así entendida, la intención no pasaría de ser un simple deseo. Mas si bien cabe el juicio moral sobre los deseos de un determinado individuo, observemos, en cambio, que otra cosa muy distinta sucede desde la perspectiva jurídica: nadie, en efecto, puede ser juzgado por sus deseos, sino únicamente por sus actos; ni tampoco (si a eso vamos) por lo que tiene intención de hacer, sino tan sólo por lo que hace. Con todo, se puede, evidentemente, hablar de buenas o malas intenciones, igual que de buenos o malos deseos, con absoluta independencia de que se procuren o no los medios adecuados para llevar a término tanto las unas como los otros, y esto, simplemente, porque una intención o un deseo pueden ser buenos o malignos en sí mismos, aun cuando jamás se pongan en marcha las acciones encaminadas a realizarlos, pero, en sentido estricto, el juicio moral (y, obviamente, el jurídico) sólo cobra pleno sentido cuando unas y otros (intenciones y deseos) buscan hacerse realidad. Así pues, toda intención ha de ir acompañada de su correspondiente intento (intención significa siempre intentar): tener la intención de algo implica intentarlo. Y esto, al tiempo, nos sirve para diferenciar la intención del simple deseo: se puede desear cualquier cosa, incluso lo imposible o inalcanzable, pero sólo se intenta aquello que resulta asequible y hacedero.

Desde luego, un individuo puede, ciertamente, tener una determinada intención sin que realice jamás intento alguno de llevarla a término (intención que, en este caso, sería un mero deseo), pero sí es verdad que el juicio moral tiene propiamente sentido cuando se dan los dos (intención e intento), ¿cabría pensar que la intención de alguien podría ser conocida a partir de la existencia o no del intento mismo? (De las otras, de las intenciones ocultas que ninguna repercusión real tienen, podemos, creo yo, desentendernos sin mayores complicaciones.) Responder afirmativamente a tal pregunta equivale a estimar que la intención puede ser deducida de la acción, ya que un intento no se manifiesta más que en la propia acción que le da vida. Tal posición resulta, seguramente, muy próxima a la defendida por los estoicos, si es buena la interpretación según la cual sostenían que el juicio moral tiene por objeto, propiamente, la intención del individuo, y que tal intención se manifiesta en si realiza o no acciones convenientes y adecuadas a ella (con independencia siempre del resultado de éstas). Mas entiendo que tal solución es problemática, ya que aunque seguramente es así en múltiples ocasiones (y hasta quizás en la mayoría de ellas), casos hay también, como antes decíamos, en que las acciones nacidas de una buena intención, resultan (en cuanto a la serie de operaciones que las constituyen) indistinguibles de aquéllas dictadas por una intención mala o dañina, con lo que, hipotéticamente al menos, podríamos encontrarnos en determinadas situaciones en las que se haría obligado suspender el juicio moral, y, dependiendo de la gravedad de lo acaecido, limitarnos a exigir responsabilidades por las consecuencias mismas de la propia acción. Del igual modo que, en otros casos, el daño causado puede ser tal que aun en el supuesto de que fuera enteramente demostrable la ausencia de cualquier intencionalidad en provocarlo, es preciso considerar al individuo por completo culpable de él. Mas esto nos devuelve, otra vez, a la dicotomía (consecuencias o intención) de la que antes hablábamos, sin que parezca que, finalmente, hayamos alcanzado algo más que una torpe amalgama entre las posiciones de aquéllos que atribuyen la responsabilidad moral a la intención, y aquellos que la colocan en la acción y las consecuencias de la misma. Y con todo, seguramente no hay otra solución al problema que tenemos planteado, a menos que seamos capaces de entender de una forma distinta las relaciones entre la intencionalidad y la acción y sus consecuencias. Pero sucede (según creo) que las dificultades con las que ahora hemos tropezado (y en las que nos hemos visto amenazados con encallar) tienen su origen en el empeño de mantener separadas (o relativamente separadas siquiera) dos cosas, o dos aspectos del asunto, que son, sin embargo, esencialmente inseparables: Me refiero, obviamente, a la intención y el intento (inseparable, a su vez, de la acción que lo constituye como tal). Pero si no hay intención (a menos que se quede en simple deseo) que pueda ser abstraída de su correspondiente intento, ni intento posible al margen de alguna intencionalidad, esto significa, seguramente, que la intención es el elemento que liga y encadena los distintos intentos, siendo en esa labor en la que precisamente se define como tal, y, al tiempo, que es el intento quien establece el enlace entre las diversas intenciones, siendo en ese enlazar y dar vida a éstas en las que el intento mismo se configura como intento. En esta nueva forma de concebir las relaciones entre ambos (intento e intención), éstos no se presentan ya dicotómicamente (el uno frente al otro o el uno al lado del otro), sino entremezclados, de tal manera que uno sólo se define en función del otro, y viceversa, de una manera probablemente muy cercana al esquema de los «conceptos conjugados», de Gustavo Bueno (esquema del que también hacíamos uso en otra ocasión, al hablar de las relaciones entre el entendimiento y la voluntad). Intención e intento no pueden, pues, ser interpretados de forma dicotómica (metaméricamente), sino entremezclados (diaméricamente).

Ahora bien, un intento no consiste nunca en una sola acción, sino que se halla siempre constituido por una serie de actos; y, al mismo tiempo, ningún intento puede ser abstraído de aquéllos anteriores a partir de los cuales se establece, ni de los posteriores que nacen de él; y toda esa cadena de actos no puede, por su parte, ser concebida al margen de aquellas intencionalidades que se definen y se revelan en el hecho mismo de generarlos, de modo similar a como los propios actos manifiestan su auténtica significación en el proceso de hacer realidad aquellas intencionalidades.

Pero todo esto implica (por decirlo rápidamente) que el juicio moral nunca puede ir referido exclusivamente a aquella acción concreta (y última) que de una manera inmediata provoca y tiene unas determinadas consecuencias, sino sólo sobre el conjunto de actos que desembocan en ella, y, con ella, en sus resultados y consecuencias. Y es seguramente en esas acciones previas (que ni tienen por qué ser tan pocas que quepan en un segundo ni tantas que haya que seguirles la pista un día o un año), en ellas, más que en la última y definitiva, donde se revela la intención del sujeto. Formalmente puede resultar indiscernible el golpe de espada con el que se pretende sajar un tumor de aquél con el que se quiere provocar la muerte, pero, sin duda, la cadena de actos previos al golpe mismo, podrán suficientemente de relieve la intencionalidad que mueve la espada. Y, por supuesto, es perfectamente posible que de una buena intención se derive un mal no querido, como lo es que una mala intención alumbre un beneficio; y ni el primer caso es merecedor de reprobación moral ni el segundo de librarse de ella (y mucho menos de ser calificada su acción de moralmente buena, por más que haya tenido como consecuencia un bien). Mas repárese en que si eso es así, no es sólo porque la intención haya sido buena en un caso y mala en el otro, sino porque buenas y malas han sido, respectivamente, las acciones mismas.

Al mismo tiempo, cuando alguien sin ninguna intencionalidad provoca algún bien, su comportamiento resulta, sencillamente, neutro desde el punto de vista moral, y, evidentemente, de ninguna alabanza es merecedor, mas, otra vez, no sólo porque no tuviese intención en hacer tal bien (que ha sido una simple casualidad), no sólo –de otra manera– porque neutra fuese su intención, sino porque neutras son también las acciones que acabaron teniendo una determinada consecuencia, beneficiosa, en este caso. Y, paralelamente, cuando alguien sin la menor intencionalidad provoca un daño (con independencia, desde luego, de que es preciso tener presente la cuantía de éste), la moralidad o inmoralidad de su acción no depende exclusivamente de sus consecuencias, mas tampoco de la falta de intencionalidad en el daño causado, sino también, y de manera primordial, de los actos e intenciones anteriores al desenlace mismo, que son quienes, en último término, lo han provocado. Y así, en el caso del conductor que sin la menor intención provoca un accidente mortal, la falta de intencionalidad no le exime de responsabilidad moral o jurídica, si su conducción, es decir, si la cadena de actos que desembocan en la tragedia como tal, ha sido temeraria, imprudente y hasta, en algún sentido, homicida. Mas no porque, al no existir intención, juzguemos ahora, dada la gravedad de lo acaecido, sólo por las acciones y el resultado, sino al contrario: juzgamos por la acción y sus consecuencias, sí, mas también porque, sin duda, ha existido una intencionalidad malévola y hasta criminal, sin la cual el acto final que provoca la muerte del peatón podría pensarse fruto únicamente de la torpeza, la incompetencia de quien conduce el vehículo (lo que no lo haría, sin más, no responsable, desde luego, pero responsable de otro modo) o de la desgracia. Y es que, aunque tal intencionalidad no se encuentre en el acto final que provoca la muerte, es perfectamente localizable en la cadena de actos previos que conducen a ella. Dicho de otro modo: no existió intención de provocar la muerte del peatón, pero sí de conducir de tal forma que acabó provocándola. No existía la menor intención de matar a este individuo concreto; no existía la menor intención de matar a nadie, pero en todo momento existió la intención de actuar de tal modo que se podía matar a cualquiera.

El juicio moral no puede, pues, ir referido sólo a la intención (y menos a la intención inmediata), mas tampoco a la acción (y menos a la acción inmediata) ni a los resultados o consecuencias, sino únicamente al conjunto indisoluble constituido por todos esos elementos, y ello es así (y ahora advertimos que el problema era bastante más sencillo de lo que parecía) por la obvia y elemental razón de ser, precisamente, indisolubles.

*

Queda, con todo, a favor de la intención el hecho (que a mí me parece innegable) de que una mala intención es en cualquier circunstancia culpable sin paliativos, sean cuales sean sus consecuencias; en tanto que siempre que quepa constatar la existencia de una buena intención, y siempre, al mismo tiempo (como ya hemos señalado en alguna ocasión), que el individuo no sea culpable de ligereza o imprudencia (mas de nuevo aquí volvemos a ver como de inmediato nos sale al paso la acción), siempre que ello sea así (digo) resulta perfectamente legitimo exculparlo desde el punto de vista moral (supongo que también jurídico), aunque de una noble intencionalidad se genere una consecuencia dañina.

Y, sin embargo, por más que siendo buena la intención desechemos cargar la imputabilidad en el resultado de la acción, entiendo perfectamente (y otra vez nos sale al paso la dialéctica intención/resultado) que, desde el punto de vista de aquél a quien tiene como destinatario un determinado acto, lo que en último término importa son las consecuencias de éste. (No sé si hago bien al sospechar que ésa es quizá la posición o la premisa de la que, advertida o inadvertidamente, parten las éticas de resultados.) ¿A mí qué me importa, desde luego, que a un individuo le guiase la mejor intención del mundo, si con su acción sólo consigue acarrearme una catástrofe? Es muy probable que tal manifiesta buena intención me impida considerarle realmente culpable de lo acontecido, y que, en consecuencia, no encuentre mayores dificultades para disculparle. (Éste es, en efecto, uno de los pocos casos en los que cobra algún sentido la idea de «perdón».) Pero no es menos cierto que el perjuicio no hay quien me lo quite. Por lo que, obligados a elegir, antes preferiremos un malicioso inepto, cuyas malas intenciones resulten siempre inocuas, o incluso vengan a dar en positivas, que un bien intencionado no menos torpe, en quien sus buenas intenciones redundan siempre en desgracias, y a quien, por mucho que nos asegure:

Non ego te laesi prudens [Tibulo, Carmina I, VI, 29]
[«No he intentado hacerte daño a sabiendas»],

nosotros no podremos dejar de replicarle:

«No conocí jamás a un hombre que tuviera mejores intenciones en todos los desastres que causó» [Graham Greene].

 

El Catoblepas
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