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El Catoblepas, número 58, diciembre 2006
  El Catoblepasnúmero 58 • diciembre 2006 • página 9
De historia y de geografía hispánico modo

De ayer a hoy

Millán Urdiales

España, el país en cuyas posadas era muy difícil comer cien años antes, se ha convertido en uno de los paraísos turísticos del mundo y entre sus mejores clientes están los descendientes de los que antes fueran sus grandes enemigos

Al comenzar el siglo XX estaba prácticamente acabada la exploración de la Tierra y la cartografía correspondiente. El último continente explorado y conocido fue Africa y aunque sus exploradores procedían de diversos países, Francia y la Gran Bretaña se distinguieron entre todos de modo muy especial. Por esa razón, las colonias establecidas en Africa fueron sobre todo francesas e inglesas. Las regiones polares fueron las últimas en ser alcanzadas y conocidas, entrado ya el siglo XX. Los nombres de Scott y Amundsen, entre otros, se hicieron legendarios. Los atlas históricos nos cuentan toda esta historia a la perfección. Sin embargo, la movilidad de las muchedumbres no había comenzado aún. En cuanto a las valoraciones estéticas y al paisaje, era generalmente aceptado identificar el color verde con la riqueza y el progreso, mientras que los ocres y pardos se asociaban con la pobreza y el atraso. En lo económico esto era bastante exacto y por eso la Europa verde, con sus vacas, sus prados, su leche y su mantequilla, se sentía muy superior a la Europa seca, mediterránea, cuya fruta y cuyos productos hortícolas, al no haberse desarrollado aún las técnicas de la conservación mediante el frío, no conocían más que un florecimiento local.

En España fueron los escritores de la generación del 98 los que descubrieron las bellezas de la España seca, en especial de Castilla y de la meseta. Desde el siglo XVI, los aristócratas ingleses solían pagarles a sus vástagos varones un largo viaje por diversos países de Europa, en especial por Italia y Francia, para que, como verdaderos humanistas y renacentistas, completaran la educación recibida en sus escuelas y universidades. Era una manera inteligente de perfeccionar sus conocimientos y su afición a la vieja cultura greco-latina. Esto se llamaba en inglés el Grand Tour y las clases altas lo siguieron practicando en los siglos siguientes. No eran en Europa los únicos viajeros pero sobresalían con gran diferencia entre todos los países por su número y por la calidad de los relatos o cartas que escribían describiendo tales viajes y que se publicaban y tenían lectores. La palabra tour había pasado del francés al inglés y es en esta lengua donde adquirió la significación de 'viaje'; y así fue como aparecieron en inglés las voces tourism y tourist, voces que, ligeramente transformadas con una vocal final, fueron pronto adoptadas por otras lenguas.

A fines del siglo XVIII, los médicos descubrieron que los baños de mar, además de muchas aguas termales, podían ser también saludables. En toda Europa abundan los topónimos alusivos a esas fuentes con propiedades curativas y salutíferas. En toda la literatura decimonónica son muy numerosos los textos en que tales establecimientos aparecen. Los balnearios se convirtieron así en excelentes focos y escenarios de intensa vida social, practicada sobre todo por las clases altas aunque no exclusivamente; tanto es así que en las primeras décadas del siglo XX, todavía era frecuente oir en pueblos de labradores españoles frases como «ir a los baños» o «ir a las aguas» de tal o cual sitio.

En Inglaterra debió ser Jorge IV el primer rey en acercarse al litoral con ese fin; hay cuadros reproduciendo sus visitas a Brighton y a sus playas, naturalmente en verano. Por otra parte, a lo largo del siglo XIX, la tuberculosis hacía estragos en toda Europa, en especial en la Europa de largos, fríos y húmedos inviernos. La medicina de entonces no ofrecía para tal dolencia más que un remedio parcial: mandar a los enfermos a pasar el invierno en un lugar soleado y tibio donde mitigar sus toses. Así fue como los ingleses «inventaron» la Costa Azul. Como estos enfermos eran gente pudiente empezaron pronto a florecer los hoteles y hasta los casinos de juego. El largo paseo que bordea la playa de Niza se llama Promenade des Anglais y hasta la propia Reina Victoria visitaba estos lugares. Así debió comenzar, entre las clases altas, la moda de ir a las playas. Al mismo tiempo, como en verano puede hacer mucho calor tanto en Madrid como en París, pronto se descubrió que las playas atlánticas eran el lugar ideal para soportar la canícula de agosto. Y así la corte española empezó a frecuentar las playas del Cantábrico, aunque ya antes, Napoleón III y su esposa, la española Eugenia de Montijo habían puesto de moda las playas de Biarritz y de San Juan de Luz. Al mismo tiempo, también los ingleses se habían aficionado en verano a las playas normandas: Deauville, Trouville, Dinard, Saint-Malo y otras muchas de las costas normandas y bretonas se llenaban en verano de visitantes ingleses, además de los parisinos. El desarrollo del ferrocarril facilitaba cada vez más estos desplazamientos. En los cuentos y novelas de Guy de Maupassant, entre 1880 y 1890, aparecen con profusión personajes que, cuando en septiembre refrescan ya los días, dejan las playas normandas para volver a París, y que muy pronto siguen hacia la Costa Azul para pasar allí los largos meses de invierno. Maupassant refleja con maestría la irritación que les causaba a los franceses la gran movilidad de los ingleses y de las inglesas, y él mismo debía participar de tales sentimientos.

Esta movilidad, como dijimos más arriba, aunque fuera notable para la época, se limitaba a las clases altas y pudientes, pero la moda de las playas crecía junto a la mucho más antigua de los balnearios. En la Europa occidental, Portugal y España venían siendo en los últimos siglos los parientes pobres. Italia, aun siendo un país mediterráneo, poseía muchas ciudades ricas, con un pasado artístico e ininterrumpido inigualable. Los viajeros ingleses en realidad viajaban por el mundo entero. De España les atraía, sobre todo, la geografía, el arcaísmo de sus gentes y sus formas de vida, la peculiaridad de muchas costumbres, cosas todas ellas que hacían de los ibéricos europeos muy distintos de los otros. Además, la guerra contra Napoleón, la famosa Peninsular War, en la que habían luchado con éxito los soldados ingleses, hacía que todo lo referente a la Península Ibérica le tocase muy de cerca a Inglaterra. Los viajeros ingleses, que habían empezado a visitar España y Portugal en el siglo XVI, habían sido seguidos por muchos otros en el XVII, siglo en el que destacó la visita que hizo a Madrid, de incógnito en un principio, el futuro Carlos I con objeto de conocer y cortejar a la Infanta María; en el siglo XVIII, aumentó el número de visitantes, de turistas, que querían indagar y aprender: de ahí que se haya acuñado la expresión de «los curiosos impertinentes» para esos ingleses listos y fisgones; los más famosos son sin duda los decimonónicos Richard Ford y George Borrow; y en el siglo XX han seguido llamando la atención las opiniones y las experiencias de muchos distinguidos ingleses, a menudo relacionados con la guerra civil de 1936-39.

A lo largo de todos esos siglos, una de las cosas que más impresionaba a los visitantes extranjeros era la escasez y la mala calidad de los albergues en comparación con los de sus países de origen; las ventas y los mesones españoles, y por eso les resultaban tan pintorescos, eran de pobrísima calidad; era incluso frecuente que el viajero tuviese que comprar él mismo la comida y llevarla al hospedaje: allí se la condimentaban y le daban una cama o un camastro. A fines del siglo XIX, la palabra más empleada para este tipo de establecimiento era la de fonda; la voz posada designaba algo más modesto, en general el hospedaje de los pueblos y ciudades pequeñas; se utilizaba aún la expresión estar de posada. La palabra hotel, tomada del francés, aparece en las ciudades grandes a fines del siglo XIX o principios del XX y el nombre de Hotel Francés no era raro.

El tratado de paz que siguió a la Primera Guerra Mundial se firmó en Versalles y en él tuvieron mucho peso las opiniones del Sr. Wilson, Presidente de los Estados Unidos de América. París, aunque hubiera salido ya de la Belle Époque, era o seguía siendo el ombligo del mundo en los dominios de las artes, en especial de pintores y literatos. La nueva redistribución social que se había iniciado con la industrialización decimonónica iba a fomentar, ahora a lomos de la creciente movilidad de las poblaciones, la aparición de corrientes y escuelas artísticas, con una frecuencia y una periodicidad cada vez mayores y motivadas de modo creciente en razones económicas: periódicos y revistas, exposiciones, congresos, museos y toda clase de eventos y ocasiones culturales, iban a ir floreciendo cada vez más. En un ambiente semejante, el turismo, necesariamente, tenía que crecer y desarrollarse. Si en la Europa occidental tenía ya varias décadas de historia, casi medio siglo, los anglosajones trasatlánticos que habían entrado en más íntima relación con el viejo continente a causa de la guerra, iban ahora a empezar a descubrir sus encantos y su historia. Aunque la relación con la Gran Bretaña era antigua y muy especial, ahora, en la década de los años veinte, «descubrían» París y desde París «exploraban» el resto del continente. De los años veinte data la aparición en París del «bar américain», el nuevo tipo de establecimiento de bebidas que no era ni el ancestral café ni el popular bistrot ni la brasserie decimonónica, ni el pub inglés. Las vanguardias literarias y artísticas norteamericanas impresionaban con sus comportamientos a los parisinos y empezaban a tener imitadores. Eso explica que la palabra bar, un monosílabo sin problemas fonéticos ni gráficos, entrase fácilmente en todas las lenguas, acompañado a veces de la voz restaurant, y en algunas, como la española, se convirtiese en una palabra tan usada y repetida como puedan serlo pan y agua.

Los progresos sociales, en unos países más que en otros, pero mentalmente en todos, iban consolidando la idea y el hecho de las vacaciones. Es de suponer que, por razones geográficas y climatológicas inherentes a la zona templada del hemisferio norte, las vacaciones se asociaran desde un principio con los meses de verano, con julio y agosto. Esto era una gran paradoja, si se piensa que, desde siempre, esos eran los meses en que más trabajaban los campesinos, puesto que era cuando recogían sus cosechas. En el mundo rural, la única vacación, relativa, era el domingo, el día del Señor. Las nuevas vacaciones veraniegas se iniciarían sin duda en el ámbito escolar; los centros de enseñanza cesaban sus actividades en los llamados meses de verano y sus fechas podían fluctuar según el rango escolar de que se tratase; en la enseñanza primaria, desde principios del siglo XX, las vacaciones solían ir de mediados de julio a mediados de septiembre.

Todos los hechos de que venimos hablando iban a verse profundamente afectados, en España por la guerra civil de 1936-39 y en el resto de Europa por la Segunda Guerra Mundial de 1939-45. Pero muy pronto, después de concluida dicha guerra y a pesar de las modificaciones de fronteras y de alianzas, el florecimiento económico, rápidamente fomentado en Europa por el llamado Plan Marshall, reavivó el turismo y demás formas de ocio en general. El gran desarrollo automovilístico que puso el coche al alcance de las clases populares, como algunas de sus marcas o modelos indicaban, contribuyó a poner de moda el turismo en todas partes y entre todas las clases sociales. Y ahora era un turismo esencialmente veraniego, puesto que era un turismo de masas, de asalariados y no de rentistas ricos, de gentes que tenían sus semanas de vacaciones en verano.

A partir de los años cincuenta, los europeos y en un principio de modo especial los franceses, empezaron a salir de sus países en verano para acercarse a las playas. Como también las mores sociales y sexuales empezaron a cambiar y la mujer fue adquiriendo cada vez mayor independencia, la playa y el bronceado solar atrajeron a los veraneantes con creciente fuerza; los trajes de baño femeninos se hicieron cada vez más escuetos y las revistas y las publicaciones sobre la moda y el vestido en general fomentaron rápidamente el fenómeno. Aquí es donde cabe hablar del cambio más importante experimentado por el país llamado España desde hace siglos: el sol de España adquirió en la Europa central y nórdica, fría y húmeda, es decir, entre las gentes que viven al norte de los Pirineos, un prestigio que ya tenía el sol de la Costa Azul y el de las playas italianas y griegas. Y así, en unas décadas, a lomos del desarrollo hotelero, automovilístico e incluso aéreo, España, el país en cuyas posadas era muy difícil comer cien años antes, se ha convertido en uno de los paraísos turísticos del mundo y entre sus mejores clientes están los descendientes de los que antes fueran sus grandes enemigos. Mientras el fenómeno dure, lo que hoy llamamos el desarrollo económico seguirá creciendo –para bien y para mal– aunque muchos españoles no estén conscientes de las raíces y las causas de esta prosperidad, ayudada de un modo eficacísimo por la energía y el talento de los propios españoles.

 

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