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El Catoblepas, número 58, diciembre 2006
  El Catoblepasnúmero 58 • diciembre 2006 • página 1
Artículos

Consistencia y deficiencia del concepto
identidad cultural en el proyecto de España:
Ortega y Gasset y Gustavo Bueno

Encarnación López Rojas

Intervención de lectura y defensa de su tesis doctoral, dirigida por Ramón Román Alcalá, celebrada en la Universidad de Córdoba el 6 de octubre de 2006

En el momento en que fue inscrito este trabajo, como proyecto de tesis doctoral (julio del 2000), se solía dar, con cierta frecuencia, en los medios de comunicación titulares que giraban en torno a temas como «globalización» e «identidad cultural», por lo que era frecuente que nos asaltaran dudas acerca de un planteamiento más formal sobre estas cuestiones. Este tema y el deseo de conocer la «España» como «visión» y como «misión» en dos figuras relevantes del panorama de la filosofía española actual, nos llevo a plantear nuestra investigación bajo el título «Consistencia y deficiencia del concepto identidad cultural en proyecto de España: Ortega y Gasset y Gustavo Bueno». Me parece importante dejar constancia que los términos «identidad cultural» o «proyecto de España» serán tratados; a lo largo de todo el trabajo, en un sentido filosófico postmoderno, de una manera debilitada, y sobre todo con una actitud crítica. Ortega (1883-1955) es quizás uno de los pensadores más castigados por los tópicos de la historia de la filosofía, tópicos que él ayudaría a consolidar pareciendo como un hombre frívolo, brillante y vacuo, cuando en realidad todos los que le han conocido lo recuerdan como el profesor de filosofía más agudo e inteligente que conoció nunca la Universidad de Madrid. Es difícil contar con pocas palabras la España que le tocó vivir a Ortega, su famoso artículo del 13 de junio de 1917 «Bajo el arco en ruinas», se convertirá en emblemático de la crisis que vivía España (el Régimen salido de la Restauración se acercaba a su fin). La dictadura de Primo de Rivera (1923-1929), la segunda República, los tres años de guerra civil y los años de dictadura marcarán a la España que le queda de siglo. Bueno (1924) es catedrático emérito de Filosofía de la Universidad de Oviedo y autor del sistema conocido como «Materialismo Filosófico», vive una España presa de una larga dictadura y más adelante con una democracia consolidada que, desde nuestro punto de vista, le permite un análisis de la actualidad más sosegado y distante.

Los debates presentes en la sociedad española, sobre la reforma de nuestra Carta Magna y de los Estatuto de Autonomía, nos lleva a preguntarnos por un determinado «proyecto de España», proyecto que ofrezca respuestas a los problemas de la España actual y que va vinculado a cuestiones que tienen que ver con los supuestos de unidad y/o de identidad cultural. Podría ocurrir que el problema de España no fuese solamente el problema de su unidad, sino también de la determinación de la naturaleza de esa unidad; es decir, el problema de su identidad. Así nuestra discusión estará centrada en si el proyecto de España es una cuestión de «unidad», o es una cuestión de «identidad» y en el rango que ocupa la «identidad cultural» desde su capacidad para «ostentar» o para «sustentar» el «proyecto de España.»

Ambos autores coinciden en ofrecernos un importante punto de partida en nuestro campo de investigación, al cuestionarse la vida desde «formas de ser que dotan al hombre de identidad cultural», es decir como posibilidad y como condición, no como límite o muro de algo. El abundante repertorio bibliográfico «de» y «sobre» Ortega, el rigor metodológico de Bueno y el hecho de que este último se encuentre en plena actividad científica (precisamente y estrechamente vinculado con este trabajo, en noviembre de 2005 Bueno ha publicado España no es un mito), nos ha permitido disponer de un material, datado entre los años 1947 y 2005, con múltiples «posibilidades». Desde ambos autores y con una estrategia de investigación de carácter descriptivo-relacional, se ha contemplado los siguientes objetivos:

  1. Analizar el término «cultura».
  2. Describir las características de la «identidad cultural».
  3. Identificar la idea de «España».
  4. Configurar «España» como proyecto.

La metodología seguida parte de una revisión del término «cultura» a lo largo de la extensa obra de Ortega, donde destacamos el sistemático uso del método fenomenológico y el «abuso» de la crítica cultural como crítica política. Esta tarea en Gustavo Bueno, ha sido abordada desde una perspectiva categorial de la Etnología (afirma el carácter constructivo de la ciencia y considera las leyes de la naturaleza como normas de actuación), en Etnología y Utopía, y desde un punto de vista gnoseológico, ontológico y pragmático de la cultura en El mito de la cultura. Más adelante, pasamos a describir la idea de identidad cultural, para finalizar con la idea España desde la fenomenología orteguiana, el análisis del término nación en Bueno y las reflexiones de ambos sobre el problema de España.

En primer lugar hemos encontrado en Ortega, y aunque no se pierde a lo largo de su obra (ya desde un planteamiento más fenomenológico: el sujeto se convierte en el referente y el anclaje del término cultura), que la cultura se hace patrimonio objetivo con poder de incitación en la toma de conciencia del ser humano, de su situación y de los proyectos diseñados para dominar su situación. Más adelante para Ortega, la cultura se convierte en alquimia que hace posible la transformación de nuestra propia vida, lo estrictamente biológico, en algo objetivo (aquí entronca con el afán contemporáneo de concebir la filosofía como integración de teoría y práctica). El tema de una cultura viva que no ignore sus raíces y su razón de ser, es algo sobre lo que Ortega vuelve una y otra vez aunque toma especial protagonismo en los años 20, donde el perspectivismo de Ortega se conjuga con la circunstancia. También hemos encontrado que su ontología se le vuelve antropología filosófica, ya que plantea la cultura brotando del ser humano, motivo por el que declina la responsabilidad en cada generación de crear su propia cultura. Esta posición encaja perfectamente, en el Ortega tanto de sus primeros como de sus últimos años de producción literaria. Para finalizar con la revisión del término «cultura» en Ortega, hemos encontrado la clasificación que efectúa de los distintos tipos de culturas donde utiliza no sólo parámetros lógicos, sino psicológicos. Defiende el pluralismo cultural y planta una solución al relativismo histórico, desde la doctrina scheleriana de los valores e intenta acomodar la variedad cultural humana a la idea única de verdad, mediante la teoría de la perspectiva.

La primera obra de marcado acento fenomenológico, su propio título así lo refleja, es Meditaciones del Quijote, contiene fundamentalmente un programa de salvaciones para la España de 1914, la filosofía de Ortega estaba orientada básicamente a la regeneración de España. En España invertebrada define la grave enfermedad que España sufre, el no ser sociedad, el tener destrozada su estructuración social. Sostiene que la ausencia de una minoría selecta en el curso de nuestra historia, ha sido motivada por una doble causa: por un lado en la escasez de seres humanos de valor personal eminente, y por otro en la falta de una masa compacta que haga efectivo el valor de esta escasa minoría. La rebelión de las masas que se publica como folletones en el periódico «El Sol» en 1929 y como libro en 1930, es el intento de hacer un diagnóstico de la situación crítica de la sociedad europea. Este libro es la cumbre de la crítica cultural que hace Ortega y Gasset. Curiosamente en La rebelión de las masas no hay una referencia a cultura y sin embargo, dispone de una elaboración de su teoría de la cultura. Concibe al ser humano «hoy dominante», como un ser primitivo emergido desde un mundo civilizado. En el fondo de su alma desconoce el carácter artificial de la Civilización y supone que forma parte de su propia Naturaleza. Hemos obtenido una «fortaleza» a nuestra tesis en que, para Ortega, toda la reflexión sobre la cultura está orientada a la práctica y en que su método fenomenológico, no es sólo actuar ante las circunstancias sino reabsorción de ellas, mediante la búsqueda del sentido de lo que nos rodea.

La cultura humana para Bueno, no brota del ser humano o de sus precursores los homínidos, sino que es el precursor del ser humano quien se «refunde» al constituirse como ser humano, a través de ese nuevo orden que llamamos Cultura humana y que contiene tanto lo digno como lo indigno. La «cultura» para adaptarse a situaciones pragmáticas, restringió su extensión a los límites de la «Cultura circunscrita» o «Cultura administrada», surgiendo el hecho diferencial de una nación (política o étnica) frente a las otras. Asimismo se convirtió en el indicador privilegiado de la propia Idea de Cultura objetiva, cuando comenzó a conformarse a finales del siglo XVIII. Pero para Bueno, la Cultura, en sentido objetivo, ejerce las mismas funciones que, entre los cristianos, ejercía el Reino de la Gracia sobre el Reino de la Naturaleza, lo que irá abriendo camino al Mito de que «cada Cultura resulta emanada de cada Pueblo». Al quedar conjugada la identidad cultural con la configuración del hecho diferencial de una nación, nos encontramos ante una nueva «fortaleza» de nuestra tesis. Somos conscientes de que, por otro lado, también podemos encontrarnos con un «efecto perverso», ya que para el materialismo pluralista «la identidad de una unidad compleja puede reforzar la cohesión entre sus partes, pero también puede debilitarla». Todo esto nos obliga a reflexionar sobre los que reivindican la identidad de su pueblo, de su cultura o de su ego, sin tomarse la molestia en precisar, si esta modulación es digna o indigna.

Bueno sostiene que no existe una cultura universal, sino que la cultura es un «todo complejo». Esta definición no es redundante, ya que «la cultura» no es sólo un todo distributivo sino que también es un todo atributivo. Es decir la cultura como todo complejo está formada por esferas o círculos culturales que se distribuyen geográficamente, concatenadas por unas categoría culturales que se suponen presentes en todas las esferas culturales (como la escritura, lenguaje, religión…). Esto supone, de nuevo, un «punto fuerte» de nuestro trabajo, ya que el proyecto de España se torna intrínsecamente vinculado a una esfera cultural que puede adoptar distintas identidades, en función de la causalidad de sus categorías culturales.

Distinto tratamiento recibe el término «identidad» por nuestros filósofos. En Ortega, sin apenas referencia expresa a lo largo de su obra, la identidad es «ipse», es operación de pensar (no de percibir) que se da en el decurso de la historia. La afirmación de la ipseidad supone apertura, cambio adaptativo, diálogo, etc. Por el contrario Bueno ha tratado el término identidad muy profusamente, llegando a un nivel de matización que nos permite una verdadera propuesta filosófica al respecto. Nos muestra la identidad como una idea oscura, que tiene que ser definida por la reflexividad (que es el núcleo mismo de la identidad) de las relaciones entre los términos identificados.

Situados ya en el plano de la construcción social de la identidad, es decir, la «identidad cultural» entramos a movernos en un terreno donde gravitan cuestiones tales como la «identidad nacional» y lo que se ha dado en llamar «identidad democrática.» En Ortega la identidad cultural (como variable dependiente) actúa en función de la conciencia de sí mismos, de su permanencia en el tiempo, de la radicalidad de su cultura (como respuesta a sus problemas). Bueno aborda un planteamiento crítico de la identidad cultural que no va dirigido a una destrucción, en el terreno político o cultural, sino que busca abrirse camino hacia los diversos modelos penitentes de identidad. En Bueno la identidad cultural convive con otras variables como «entidad idiográfica», «relaciones holóticas» y «unidades morfodinámicas.» El concebir la identidad cultural como algo «mutable» y «comunicable,» y con un claro «sentido pragmático»: de reivindicación, de salvaguarda de la soberanía, de la autonomía…, supone un «punto fuerte» ya que la forma política más adecuada de todo esto, es un proyecto de España que responda a los problemas de la España actual. En este sentido, Bueno mantiene que aunque no siempre la reivindicación de una identidad cultural vaya explícitamente acompañada de la reivindicación de un Estado, siempre marcha a su sombra así como recíprocamente.

Para Ortega la «España una» nace, en la mente de Castilla, como un proyecto de un mañana imaginario capaz de orientar el hoy. En su proyecto de España Ortega conjuga dos planteamientos, que en un principio pudieran parecer incompatibles, el determinismo concedido a la raza, en este caso a la española, y que el individuo no se agota en sus determinaciones étnicas. Son las determinaciones étnicas y temperamentales de los españoles, para Ortega, un largo rosario de defectos. Sólo encuentra un factor positivo y es que el español está dispuesto a «vivir sin condiciones». En este «proyecto vital» fruto del hombre español, encontramos una sombra, una «amenaza» para nuestro trabajo, ya al distanciarse la cultura de su razón de ser «el ofrecer una respuesta a las necesidades sentidas» la cultura se convierte en ideas muertas; lo pudiera abocar hacia un proyecto de España, que no respondería «vitalmente» a las expectativas y necesidades sentidas por los españoles.

Para Bueno la «futura España» empezó como una unidad conformada por Roma y con una identidad romana, aunque España comienza a existir formalmente (es decir, con la identidad y la unidad con la que se reconocerá durante los siglos posteriores) a partir de que los reyes de Oviedo asumieron el nuevo ortograma, cuya expresión es la del Imperio universal. La invasión francesa abrió camino para que España se reconformara como Nación política; pero al ser despedazada como imperio, lo que culminó con la secesión de Cuba y Filipinas en 1898, comenzaron a tomar forma política los movimientos secesionistas en la Península. Es en 1931 cuando se presentaran ante el Parlamento español, los nuevos pueblos que aspiran a ser Naciones políticas. Para Bueno, el «problema de España» no tiene fácil solución porque no es un tema puramente geográfico o antropológico, sino que es un problema de carácter filosófico, que se reduce a dos fórmulas: la unidad y la identidad; el planteamiento filosófico de la unidad y la identidad como problema de España, supone una «consistencia» al objeto de nuestra tesis. Bueno mantiene que España para Ortega no ha existido nunca, para apoyar esta afirmación tomó como referencia más enjundiosa La estética del enano Gregorio Botero, Ortega interpreta al enano Botero como un simulacro de España. Incluso hoy, continúa Bueno, desde ámbitos de intelectuales, historiadores progresistas, nacionalistas, federalistas..., España sólo es un conglomerado de pueblos, de lenguas y de naciones; incluso España es una prisión de naciones, una jaula en la que los castellanos quisieron meter a todos los pueblos.

No pretendo resumir las conclusiones, que, por otro lado, están pormenorizadas en la tesis, pero si me gustaría resaltar algunas cuestiones básicas que pueden ofrecernos elementos de debate y reflexión, en lo que «hoy» son temas candentes de nuestra actualidad. Una actualidad teñida de expectativas soberanistas que ponen en cuestión la esencia de España, el ser de España, y donde pareciera que nuestra sociedad parece caminar paralelamente a sus dirigentes, más aún y en palabras de Ortega, la situación política actual está alejada de ese su primer mandato «vigorizar lo social, no conquistar el gobierno»:

1. Al referirnos a la «cultura española» en medio de las frecuentes reivindicaciones a la cultura como cultura vasca, catalana, andaluza…, nos da la sensación de que es algo que nunca hubiera existido o quizá que, forma parte de nuestro pasado dictatorial. No es esto lo mantenido por nuestros autores, aunque ellos lo hacen desde planteamientos distintos. Ortega desde la «latencia como realidad vivida» y Bueno desde la «presencia», coinciden en su «preocupación» o su «ocupación» por una cultura española realmente existente. Cuando Ortega se refiere a la cultura española, está denunciando su ausencia, su carácter «impresionista», aunque sí admite contadas excepciones, como sería la figura de Cervantes. La cultura española de Ortega es una cultura que denota una falta de interés por las cosas, una cultura adjetiva, una cultura «fronteriza» y menesterosa de lo sustantivo. En cambio para Bueno, y al margen de otras valoraciones, la cultura española es un elemento tangible que se filtra y se difunde por todas las culturas específicas (catalana, vasca, gallega, andaluza…) Hay que tener en cuenta que, en general, si las regiones autonómicas de España han alcanzado un horizonte universal, ha sido precisamente a través de la historia común, de la historia de España; de tal manera que la identidad de tales regiones no puede interpretarse en un sentido sustancialista (como una identidad propia de una totalidad cuasi megárica), sino que ha de interpretarse como parte de un todo orgánico.

2. Convivimos con la diversidad cultural y estamos en el camino de la «mono» a la «pluriculturalidad», lo que crea problemas de difícil solución. Problemas que afecta fundamentalmente a los jóvenes, que crecen en una sociedad moderna y acaban sin ninguna identidad cultural o «lealtad» hacia su país o sus legados sociales, históricos… Más aún, en determinadas ocasiones, sólo ven el futuro en términos de masacre o suicidio. Las consecuencias de la tendencia a la diversificación cultural y el hecho de que las sociedades, por fenómenos como la inmigración, están constituyéndose como pluriculturales; quedarían tamizados, si situamos al hombre en el centro del proceso de diseño de la identidad cultural. Ya sea, como Ortega propone, en una identidad a través del cambio y con un hombre como «ser histórico»; o como una identidad que se «hace» y se «deshace» en el tiempo, según Bueno y con una hombre, cercano al de Ortega pero, planteado como «sujeto operatorio diamérico» (sujeto corpóreo que se relaciona con individuos de su misma especie, desde su perspectiva histórica y social). Proponemos una identidad cultural no condenada a un constante proceso de multiplicación, sino incardinada en una experiencia de identidad, más abierta e integradora y que siempre esté «haciéndose». Nos parece que sólo desde la perspectiva mitológica o metafísica, es posible pensar en una identidad cultural «en sí misma considerada.»

3. La frecuente identificación de la idea de España con un acontecimiento deportivo o con determinada enseña, nos hace cuestionarnos ¿qué es España? en lo que se atiene a su «identidad y/o unidad». Para Bueno, preguntarse por el «ser» de España entraña el problema acerca de su identidad, un problema vinculado a su unidad fenoménica (incorpora como pertenecientes a la cuestión de la identidad, contenidos empíricos: sociológicos, políticos, antropológicos, histórico-positivos); la unidad está coodeterminada por la identidad, corroborando o comprometiendo la unidad de referencia. Para Ortega, lo realmente importante es la unidad y la dimensión fenomenológica de la unidad es la Nación «nación como la integración de la perspectiva».

Por otro lado, la idea de España nos remite a cuestiones a cerca de las «señas de identidad». Si buscamos respuestas en nuestros autores, obtenemos que el cultivo de las señas de identidad de una comunidad en Ortega, supone la reivindicación de una cultura propia frente al Estado opresor y en Bueno, supone un esfuerzo netamente «propagandístico». Ortega gran conocedor de que el lenguaje sirve para comunicarse pero también para pensar, a los nacionalismos les llama «particularismos» y los asocia a la hipersensibilidad para los males propios; más aún, manifiesta que no es un fenómeno referido exclusivamente a provincias o regiones, sino que se manifiesta en las clases sociales. Reconoce que es mucho más grave el «particularismo de clase» (como repugnancia a contar con los demás), que el relativo a los territorios o etnias, la España de Ortega socialmente es una nulidad y se suicida por sus exclusiones, y la insolidaridad de sus componentes. De cualquier forma, el separatismo le parecía un impulso retrógrado que recordaba a los tiempos del feudalismo y a la reivindicación de privilegios locales. Según Ortega, el problema nunca encontraría solución definitiva, así mantiene que los nacionalismos son «callejones sin salida».

Para Bueno los nacionalismos «reaccionarios» no proceden de una nación étnica, sino de los movimientos secesionistas promovidos por una élite de políticos o intelectuales regionales; no es el nacionalismo la raíz del separatismo, sino el separatismo la raíz del nacionalismo. Mantiene que la transformación de España en un Reino de autonomías, consolida un punto de vista antropológico, en su sentido más popular. Si a la filosofía le correspondió, en otras épocas, liquidar los fantasmas teológicos, a nuestra época le corresponde liquidar los fantasmas antropológicos. Nuestros autores desde contextos muy distintos, se posicionan claramente en contra de los proyectos federalistas y/o separatistas, sostienen que son algo no vinculado a la «circunstancia española del momento.» Más aún, a nuestros filósofos no les produce ningún prurito manifestarse sobre el carácter vetusto del debate, «apostando» por que esta opción obedece a una falta de proyectos, planes y actuaciones en otro sentido.

4. Los términos «Estado», «Nación», «proyecto» llenan nuestra actualidad sin apenas dar tiempo a considerar si estamos hablando de realidades distintas, o si se trata de algo que se desvanezca, por el simple hecho de ser nombrado. Para Ortega la vinculación de Nación con el término Estado, es algo que se constata sobradamente en su obra. El Estado empieza cuando se obliga a convivir a grupos nativamente separados, esta obligación supone un proyecto. El Estado no es nada material, es puro dinamismo –la voluntad de hacer algo en común– y por ello la idea estatal no está limitada por término físico ninguno, pero «quien vive es la nación». En definitiva, toda Nación tiene dos elementos, el elemento tradicional (que es equivalente al pueblo) y el proyecto vital «el Estado». Así, desde la Nación surge el proyecto de España que toma fuerza en la cultura entendida como «continuidad ideológica de un pueblo».

Para Bueno la Nación es una idea funcional (en permanente diálogo entre sí) que sólo adquiere significado político en el seno de un Estado determinado, es decir, el Estado es un proyecto que se apoya en una supuesta nacionalidad (incluida hasta ahora en las naciones canónicas); siendo a través de la nación étnica, como la Nación adquiere contenidos sociales, históricos y culturales. Así, el proyecto de Estado conforma a la Nación política y se dota de unos contenidos culturales en la Nación étnica. Estos contenidos culturales sólo adquieren relevancia, cuando no se disponga de otras alternativas ideológicas más estrictamente políticas. El proyecto de Estado se refuerza en la España de Bueno, ya que lo esencial de la identidad española es el modo de estar de los españoles, lo que facilita el promover planes y programas, dignos de ser llevados adelante.

Nuestra pretensión ha sido dejar un debate abierto entorno a «una España ocupada en una experiencia de identidad europea, identidad que dice siempre de una unidad como solidaridad entre sus partes». Esta orientación, esta tendencia, implica un proyecto, ya sea como «exigencia» desde Ortega, o como «idea funcional» desde Bueno. La falta de proyecto que atienda a un modo de «estar de los españoles» daría lugar, desde la perspectiva orteguiana, a la pérdida de la «empresa histórica» y desde el Materialismo Filosófico nos llevaría a la falta de configuración de una «categoría necesaria», es decir a la falta de una totalidad atributiva donde cobraran sentido las totalidades distributivas que la componen.

 

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