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El Catoblepas, número 56, octubre 2006
  El Catoblepasnúmero 56 • octubre 2006 • página 9
De historia y de geografía hispánico modo

Sobre el crecimiento

Millán Urdiales

Se describen los variados aspectos del crecimiento
a lo largo de los últimos cien años en lo que respecta a España

Los grupos humanos que reciben el nombre convencional de países o naciones pueden ser observados en fechas separadas por un determinado número de años, en un mismo mapa y en idénticas condiciones lingüísticas, es decir, en un marco de aparente fijeza; si el intervalo que separa esas fechas cabe dentro de una vida humana, o lo que es lo mismo, si no pasa de cincuenta o sesenta años, el observador puede ser la misma persona, lo cual es una garantía respecto a la veracidad de la observación, incluso contando con los naturales desplazamientos en el punto de vista entre la juventud y la madurez. Cuando las fechas a que aludimos están separadas por intervalos más largos, el observador tiene que acudir a otros testimonios, en general en forma de textos escritos por otros observadores y que a menudo se prestan a más de una interpretación. De ahí que los juicios de los contemporáneos de los hechos y sucesos, aunque puedan estar teñidos de una subjetividad más o menos apasionada, ofrezcan siempre la garantía de ser producto de la misma persona, que vio con sus propios ojos aquellos hechos.

Aunque las naciones o países estén constantemente en un proceso vital que implica cambios es indudable que hay épocas en las que esos cambios son mucho más grandes, y por lo tanto, mucho más perceptibles. Este parece ser el caso español en los últimos cien años, por ejemplo. Como estos cambios están muchas veces condicionados por factores externos, es decir, que son consecuencia de influjos irradiados desde otros países, su magnitud es relativa y resulta hasta cierto punto inseparable de los cambios que tienen lugar en esos países irradiadores del entorno. Cabe, a pesar de todo, observar cuáles han sido las mutaciones más visibles en el país que llamamos España en el último centenar de años, para tomar una cifra convencionalmente utilizada de un modo general en las ciencias históricas.

El hecho capital podría decirse que ha consistido en el enorme crecimiento del número de los humanos que habitan el territorio llamado España y en el crecimiento, infinitamente mayor que el otro, del número de cosas por ellos producidas o importadas: por cosas entendemos todos los objetos muebles e inmuebles; huelga decir que el objeto por antonomasia son las casas, cuyas aglomeraciones constituyen pueblos y ciudades; en cuanto al resto de las cosas producidas por el hombre, casi todas caben bajo algún tipo de techo y cuando no lo tienen, reposan en espacios que llamamos calles o plazas.

Así pues, las ciudades españolas, como las del resto del mundo, ciertamente, han crecido mucho y tienden a seguir creciendo; este crecimiento, sin embargo, puede ofrecer grandes diferencias entre unos países y otros, porque está condicionado no sólo por factores económicos –también variables de país a país– sino por ideas pertenecientes a la tradición de cada grupo humano. Esto explica la gran diferencia que existe entre las ciudades de un país mediterráneo y las de un país germánico, por ejemplo. La actitud ante la naturaleza por parte de los pobladores de estas dos grandes áreas puede ser tan distinta, a causa de factores geográficos e históricos, que nada tiene de extraño que sus ciudades respectivas se parezcan en realidad mucho menos de lo que pudiera creerse. En el caso de España puede decirse que el crecimiento de sus ciudades en los últimos cien años ha sido tan extraordinario que representa probablemente la mutación más grande que en ella haya tenido lugar desde la época de la romanización. Y si bien es cierto que las ciudades han crecido en todos los países, en España han crecido de un modo peculiar y exclusivo, consistente, sobre todo en hacer vivir a sus habitantes en lo que llamamos bloques de pisos: éstos pueden darse en todos los países –en Europa más en los mediterráneos que en los otros– pero en ningún país se presentan con los rasgos que aquí los distinguen, por su densidad, por su altura y por su distribución con arreglo a calles y accesos en general. La casa decimonónica de vecindad no solía pasar de cuatro pisos y apenas existía fuera de Madrid y Barcelona; tomando en consideración la totalidad del país, lo que predominaba eran las construcciones de planta baja y un piso, tanto en pueblos como en ciudades. La anchura de las calles venía siendo desde antiguo la que convencionalmente pudiéramos calificar de «medieval»; es a raíz de la supresión de las murallas a lo largo del siglo XIX cuando van apareciendo calles más anchas, capaces de permitir el cruce de vehículos con holgura; de la segunda mitad del siglo datan el concepto y la voz ensanche, aplicada a barrios nuevos que se caracterizan por este nuevo tipo de calles bastante más anchas que las antiguas. La anchura de estas nuevas calles resultaba adecuada para casas de dos, tres o cuatro pisos, y debía ser bastante general en Europa. Lo que ahora distingue a España de los demás países es que, no sólo la altura de los edificios de las ciudades ha pasado de dos, tres o cuatro plantas a siete, ocho o más, sin haber aumentado la anchura de las calles, sino que la mayor parte de aquellos edificios de tres o cuatro pisos, que en su mayoría –y esto es lo asombroso– no tenían más de cuarenta o cincuenta años, han venido siendo derribados para construir en su solar los nuevos bloques de siete, ocho o más plantas. El fenómeno es de tal magnitud que, fuera de Madrid y Barcelona, y lo que suele llamarse el «casco antiguo» de algunas otras ciudades, hoy va siendo cada vez más difícil encontrar ejemplares de casas que tengan más de cuarenta años: la sociedad que obra de este modo en condiciones de lo que se entiende como libertad de mercado es una sociedad esencialmente antihistórica.

Este formidable crecimiento vertical no ha ido acompañado en la misma medida por un crecimiento horizontal, pero cuando éste ha existido los accesos y las anchuras han seguido siendo los de las antiguas construcciones de tres o cuatro plantas; son incontables los casos de urbanizaciones, incluso dedicadas a servicios públicos, educativos u hospitalarios, por ejemplo, que carecen de accesos adecuados y cuyos usuarios, y esto es lo grave, son capaces de quejarse de los inconvenientes del fenómeno sin ver sus causas. Huelga decir que todo ello tiene lugar bajo una legislación municipal legal y vigente.

El gran desarrollo en el tamaño de las construcciones se ha debido sobre todo a los nuevos materiales de construcción, el acero y el cemento en especial, y se ha visto ayudado de modo esencial por un elemento que pasa desapercibido, interior y anónimo, pero que constituye la guinda del pastel urbanístico: me refiero al ascensor. Este invento es en realidad responsable del llamado urbanismo español de los últimos cuarenta años. Este vigoroso e incesante fenómeno de la construcción es perfectamente rastreable en las hemerotecas, a través de los infinitos anuncios en la prensa diaria; aunque conozca ligeros altibajos no parece decaer y si, a través de dicha publicidad, se lo compara con el de cualquier otro país se comprueba inmediatamente que el caso español es único en todos los aspectos.

Este desenfrenado crecimiento no sólo ha afectado a las ciudades: como todo el mundo sabe, kilómetros y kilómetros de costas, en el Mediterráneo sobre todo, se han visto cubiertos de semejantes construcciones, en la mayor parte de los casos con los mismos defectos de alturas, de anchuras y de accesos. Todo ello ha venido acompañado de un léxico nuevo: polígonos, urbanizaciones, viales, alturas, &c., y más recientemente duplex, adosados, bajo cubierta, &c. El juego sutil que constituye la proporción de las distancias en forma de separaciones, direcciones, ángulos, simetrías, resulta más difícil de manejar cuando se trata de volúmenes como los actuales que cuando era cosa de modestas edificaciones: el resultado de todo ello es que las ciudades españolas actuales están compuestas de espesos mamotretos con habitantes dentro. Si la relación naturaleza-núcleo habitado adoleció siempre en España de una inconfundible hosquedad y no ofreció nunca esa suave transición que entre ambas entidades se da en la Europa húmeda, en las ciudades de la España actual el fenómeno es mucho más grave: el arrabal antiguo podía ser pobre y aun triste, pero el contemporáneo es un insulto a los sentidos. Sería ingenuo achacar esta arquitectura española contemporánea a lo que viene llamándose especulación; aunque ésta exista, las raíces del fenómeno se pierden en un pasado secular: a los españoles nunca les disgustó vivir apretados y espesos.

A este urbanismo ha venido a sumarse en los últimos treinta años un crecimiento gigantesco de lo que conocemos con el nombre de parque automovilístico. El coche constituye uno de los mejores testimonios para comprender la enorme distancia que puede separar a las distintas concepciones de lo que se entiende por ciudad, según el ámbito geográfico de que se trate. En realidad, el coche es un producto norteamericano y en las ciudades que allí venían construyéndose, cumplía a la perfección con su papel; trasladado el invento a Europa, sólo los países que tuvieran una densidad urbana muy baja, es decir, pocos habitantes por kilómetro cuadrado de ciudad, podían disfrutarlo sin demasiados inconvenientes; de ahí que hoy su tremenda difusión provoque muchos menos problemas en las Islas Británicas que en la Europa meridional, por ejemplo. En el caso de España, el fenómeno alcanza tales proporciones que en la prensa diaria se nos habla del colapso circulatorio cotidiano en Madrid, la capital del país. Aunque no es cierto que la mayoría de las demás urbes europeas padezcan el problema en las mismas proporciones, lo más grave es que el colapso madrileño empieza a esbozarse en la mayoría de las ciudades españolas, lo cual es la mejor prueba del error urbanístico que constituyen. Las consecuencias de hechos como éste actúan a su vez en cadena y repercuten en el vivir cotidiano en todos sus aspectos.

Cabe ahora preguntarse cómo y por qué se ha producido el fenómeno del crecimiento de las ciudades. Los factores económicos, de vigencia quizá universal y, cuando menos, existentes en el resto de Europa, es decir, en el entorno más influyente con relación a España, han sido la causa principal. La llamada industrialización, equivalente a oferta de puestos de trabajo, como decimos hoy, atrajo a las poblaciones campesinas y rurales; el fenómeno comenzó en España a fines del siglo XIX, pero adquirió proporciones gigantescas por su magnitud y por su rapidez en la segunda mitad de este siglo y sobre todo a partir de 1960, en relación con determinados planes económicos. Las estadísticas dan fe del formidable trasvase de gentes campesinas a las ciudades. Aunque el fenómeno sea no sólo europeo sino universal, en España ofrece caracteres peculiares que iluminan aspectos nuevos. Por razones tanto geográficas como históricas, los españoles en general parecen haber estado siempre a disgusto en contacto con la naturaleza. Aunque cada región hubiera desarrollado un tipo de hábitat en consonancia con su climatología y con su entorno geográfico, en comparación con el resto de Europa, se tiene la sensación de que los pueblos hispánicos no fueron casi nunca capaces de vivir con un aceptable grado de comodidades y de armonía estética. También es cierto que la pobreza de los materiales puede haber contribuido a estas carencias: en vastas áreas españolas las construcciones eran hasta no hace muchos años de adobe y, en conjunto, parece que la piedra ha abundado menos que en el resto de Europa. De la madera nunca han sido capaces los pueblos mediterráneos de sacar el partido que le sacan los pueblos germánicos. No deja de ser curioso a este respecto que la palabra más utilizada en el español moderno para describir una casa de rango superior, independiente y rodeada de un terreno o jardín más o menos grande, sea chalet; aunque haya llegado a través del francés, no deja de ser un hecho que designa una modesta construcción de madera, propia de montañeses suizos, que con los años han podido quizá utilizarla con fines deportivos.

Llama también la atención el hecho de que las ciudades españolas asentadas a la orilla de un río han vivido siempre de espaldas a él. Aun teniendo en cuenta que en la Península Ibérica no hay más estuarios que el del Tajo en Lisboa, y hasta cierto punto el del Nervión en Bilbao y el del Guadiana en Huelva, y aun siendo una realidad que los ríos peninsulares discurren por cauces muy distintos a los del resto de Europa, es un hecho que ciudades como Lugo, Orense, Logroño, Zaragoza, Zamora, Valladolid, Salamanca, Mérida, Badajoz, Córdoba y Sevilla, por no citar más que aquéllas a cuyo lado pasa un río con respetable caudal, han estado a lo largo de los siglos de espaldas al río; cuando ha habido en ellas un barrio al otro lado del río ha sido un arrabal pobre y sin prestigio social en el mejor de los casos. Sólo en los últimos treinta o cuarenta años el crecimiento urbano ha provocado en algunas de esas ciudades la transformación de ese arrabal convirtiéndolo en una zona cubierta de bloques de pisos. La única ciudad que probablemente reunía condiciones topográficas semejantes a las de las ciudades de la Europa húmeda, asentadas en las orillas de grandes ríos, era Sevilla; pues aun así, el crecimiento de Sevilla en la margen derecha del río es muy reciente. El río, en una de cuyas orillas se asientan las ciudades mencionadas, sirvió a lo largo de los siglos más bien como frontera defensiva; y, aun teniendo en cuenta el habitual desnivel a que suele estar el cauce de agua tangente a esas ciudades mencionadas, cabe creer en factores históricos y psicológicos para poder explicar el fenómeno. El caso de ciertas ciudades mediterráneas, en especial Murcia y Valencia, es muy particular toda vez que los cauces respectivos que por ellas discurren no representan ríos en el sentido propio de la palabra, aunque pudieran desbordarse en ciertas ocasiones y causar grandes estragos, sobre todo en el pasado. Huelga decir que Toledo representa a la perfección el extraño maridaje español entre ciudad y río, en su caso fruto inesquivable de la geografía. Todo esto explica que la población del país tienda a establecerse y a crecer sobre todo en las costas: aparte de Madrid, no son ciudades grandes las que pudiéramos llamar ciudades del interior, con la excepción de Zaragoza, Valladolid y el caso especial de Sevilla.

Si esa peculiar relación española ciudad-río representa, frente al resto de la Europa occidental al menos, uno de los rasgos más característicos, es igualmente cierto que otro no menos sobresaliente es el llamado localismo. Es un hecho que el localismo puede darse incluso en países de menor extensión, como Dinamarca u Holanda, pero sus repercusiones sobre el resto del país respectivo son muy otras. En el caso español quizá haya que achacar sus peculiaridades a la escasa movilidad de las poblaciones hasta tiempos bien recientes; el ferrocarril, por razones varias –geográficas, técnicas, &c.– nunca fue motivo bastante para fomentar la movilidad y sólo recientemente el automóvil parece fomentarla de modo muy notable. Es, pues, un hecho que, aunque en español existan la palabra provinciano y la expresión espíritu de campanario, designando ambas distintos grados de limitación localista, frente a concepciones e ideas más vastas, profundas y completas, su empleo no ha estado nunca tan marcado como las voces o expresiones que en las lenguas de los países vecinos designan ideas semejantes; en francés, el carácter peyorativo de voces como province, provincial, era ya muy acusado en el siglo XIX, y siguen existiendo expresiones como esprit de clocher, rivalités de clocher; en inglés, la expresión más usada para criticar las actitudes pueblerinas de los habitantes de cualquier ciudad es llamarles the locals. Es cierto que en español la palabra provinciano parece haberse utilizado más en el siglo pasado y en las primeras décadas de éste, quizá por influjo literario francés; el desuso en que parece haber caído puede deberse a la pérdida de carácter de la capital, como tal capital; aunque su opuesto, el adjetivo capitalino, nunca se usó con absoluta naturalidad, el abandono de provinciano revela bien hasta qué punto se está perdiendo su concepto opuesto; huelga decir que hoy lo que priva es lo autonómico.

A mi juicio, pocas cosas ilustran de modo más palmario el famoso localismo español que las llamadas casas regionales; cabría quizá concebirlas en las grandes ciudades, como Madrid y Barcelona, por ejemplo, pero curiosamente, se dan en otras ciudades, incluso en aquellas cuya provincia es vecina inmediata de la que instala su casa regional. En la práctica se trata en gran medida de un fenómeno movido por intereses individuales de gentes con iniciativa y capaces de crear un mercado de vanidades y de intereses, alrededor del cual funciona una liturgia de fechas, adecuadas con más o menos habilidad para el realce del festejo. Quizá quepa preguntarse también si en el pasado, este fenómeno de las casas regionales pudiera deberse a lo que podría verse como falta de suficiente entidad capitalina para absorber y transformar el espíritu local, pero el florecimiento de tales casas regionales en el Madrid actual, hace pensar que las raíces del fenómeno son más profundas. En todo caso, va íntimamente asociado al aspecto arriba aludido de la emigración rural hacia los centros urbanos y es un índice evidente de la escasa movilidad de la población hispana.

Esto es también patente en otros campos: sería curioso conocer qué porcentajes de matrimonios «inter-regionales» tienen lugar en España; a lo largo del siglo XIX, en el seno de una burguesía de funcionarios y de militares, muy reducida en número frente al total de la población, fueron bastante frecuentes los enlaces matrimoniales entre elementos de regiones distintas; no obstante, en nuestro siglo sigue llamando la atención la escasa mezcla de catalanes con no catalanes, por ejemplo, perfectamente rastreable a través de los apellidos; cierto es que parece ser la región donde el fenómeno tiene más relieve. Otro índice muy valioso para juzgar la movilidad de la población española y su relación con la tradicional emigración del campo a la ciudad lo constituye el origen geográfico de los cuerpos de policía; es un hecho quizá bien conocido, pero no bastante subrayado, que los componentes de los diversos cuerpos de policía y Guardia Civil proceden, sobre todo de zonas castellanas, andaluzas, extremeñas y gallegas; las zonas vascas, catalanas y levantinas no proporcionan guardias; este fenómeno no se percibe, sin embargo, en el caso de la oficialidad de las Fuerzas Armadas. El origen de los componentes de la Guardia civil y demás cuerpos de policía está pues en los núcleos rurales y de modo especial en los de zonas interiores, no costeras. Si, como dijimos más arriba, el español ha querido siempre huir de la naturaleza para refugiarse en el medio urbano, en los últimos sesenta años no pocos hijos de labradores han buscado el uniforme para huir del arado, como decía una de las expresiones acuñadas al efecto. Todo ello parece que debería contribuir a que los habitantes de las distintas regiones entendieran mejor todas sus circunstancias. Este sector de población, incorporado a la vida urbana a través del uniforme, es inseparable en los últimos cuarenta años de la emigración provocada por la industrialización, es decir, por el crecimiento de las ciudades, mayor mientras más grande sea la ciudad de que se trate. El fenómeno es de tal magnitud que, a pesar de las estadísticas, a las que no se presta bastante atención, el país ha venido a ser otro. La consecuencia más grave de esto derivada es que la densidad de población entre unas zonas y otras ha variado mucho y la distribución de esa población puede considerarse más irregular que en el pasado. Tradicionalmente, las diferencias entre lo que pudiera llamarse centro principal de una zona (capital de provincia, por ejemplo) y los otros núcleos con él interrelacionados eran pequeñas, es decir, que la zona en cuestión gozaba toda ella de una vida armónica aunque sus habitantes se desplazasen lentamente (incluso mediante tracción animal, por ejemplo) y aunque sus contactos estuvieran limitados a los de ferias y mercados. Esa movilidad que debería parecernos lenta más que pobre, estaba basada en estímulos de una tradición secular y regida por pautas donde no había nada superfluo.

A esto ha sucedido el caótico discurrir actual, en unas ciudades donde la inmensa mayoría de las gentes viven en pisos que tienen dos o tres ventanas a la calle, convertida ésta en un río de coches, parados o en movimiento; la luz eléctrica resulta indispensable incluso de día en muchas habitaciones y cocinas de numerosísimos hogares españoles. Digamos en seguida que este denso urbanismo hispano ofrece una excelente compensación: las necesidades esenciales se alcanzan sin desplazamientos largos y costosos, lo cual es particularmente útil para las gentes de edad. La rapidez de la emigración rural provoca también cambios en el vivir urbano, cuyas características exigen un cierto período de adaptación que muchas gentes tardan en superar o que no alcanzan nunca. Si la ciudad tenía ya un prestigio tradicional frente al pueblo o la aldea, prestigio que en el español de la primera mitad de este siglo simbolizaban a la perfección el verbo colocarse y el nombre colocación, el furibundo crecimiento de los últimos cuarenta años ha hecho aumentar tal prestigio de modo desmedido. Es frecuente que el contento de las gentes del campo que se instalan en un piso urbano esté íntimamente unido al tamaño del bloque en que viven y a la cantidad de bloques que ven levantarse en la ciudad de la que se han hecho vecinos. En la misma medida pierden prestigio los núcleos rurales y la vida campesina, hasta el punto de que le resulta difícil a un labrador, incluso acomodado, encontrar esposa que se resigne a ser labradora: el tiempo libre del asalariado urbano y la identificación de anonimato y libertad que proporciona la ciudad, aparecen como muy superiores a los ojos de las parejas jóvenes, frente a las obligaciones insoslayables de un campesino ganadero. Todos estos cambios han traído una profunda transformación en las actitudes de las gentes rústicas y en sus relaciones con las urbanas: por encima de todo importa instalarse en la ciudad; ante el prestigio que supone tal instalación, el habitante rural que no lo consigue empieza a engendrar resentimiento; esta amargura ha ido haciéndose cada vez más intensa en el curso de los últimos quince o veinte años, cuando el automóvil ha permitido a los emigrados a la ciudad venir al pueblo el fin de semana, a disfrutar de la antigua casa –ahora con comodidades electrodomésticas– y quizá también de alguna relación familiar; en realidad, es sobre todo el placer del desplazamiento en su automóvil, y aun más el prestigio social que ello conlleva frente a sus antiguos convecinos, por lo que tiene de triunfo económico, lo que explica ese fin de semana campestre. Todo ello contribuye a que se sientan frustrados los que no han podido abandonar el lugar y en la impotencia de su frustración, la tradicional falta de simpatía hacia la naturaleza se torna ahora aversión abierta: ante semejante sentimiento no cabe sino buscar la eliminación de aquello que lo produce: ahora bien, en la naturaleza hay esencialmente piedras, tierra, árboles y arbustos y animales sin dueño, es decir, el mundo mineral, el mundo vegetal y el mundo animal: el mundo animal, conocido con el nombre convencional de caza y pesca, está a punto de extinguirse y aun así se le persigue con saña; el mundo mineral es difícil de eliminar sin grandes medios auxiliares; queda el mundo vegetal en forma de árboles, arbustos y hierbas: el fuego lo elimina con facilidad y el que lo provoca no necesita realizar más esfuerzo que el de desplazarse hasta el lugar donde quiere iniciarlo.

Los tremendos incendios que cada año tienen lugar en el país, aun teniendo en cuenta otros factores económicos e históricos –Icona y sus enemigos, los pastos comunes y las disputas que pueden provocar, las imprudencias de turistas y fumadores, &c.– no son sino la consecuencia del rencor que sienten las gentes que aún no han podido hacerse urbanas, rencor difuso e irracional si se quiere, y quizá consciente de que hace daño a algo y a alguien. Las estadísticas hablan de los porcentajes de incendios intencionados; basta ser un modesto observador para creerlas: los lugares donde estos incendios se inician, en la mayoría de los casos, están sólo al alcance del indígena. Cabe mencionar un factor que, dentro de ciertos límites, es decir, en un modesto porcentaje, explica el origen del incendio mediante la colaboración de causas naturales. Es un hecho que en los últimos treinta años, aproximadamente, el ganado ovino y bovino no necesita ya aprovecharse de los pastos de terrenos comunales que en zonas más o menos montuosas y boscosas crecen con las lluvias de primavera y se secan en los meses de julio y agosto. En otras palabras, esos montes y terrenos comunales, hace años, no podían arder con la misma facilidad porque los rebaños y cabañas los pacían de tal modo que, al llegar el verano, no había hierba, hierba que constituye el combustible inicial del incendio; aludiendo a esa hierba no pacida yo he llegado a oír frases como ésta: «¡pero si es que está pidiendo la cerilla!». Quizá haya que pensar también en la predilección de los pueblos mediterráneos por el fuego. Es sabido también que un cierto proceso químico mejora la productividad inmediata de ciertos terrenos al quemar las hierbas. A todo ello se une una crisis de autoridad generalizada. Una vez más cabe decir que, junto a factores geográficos naturales, impuestos al hombre, es éste en último término quien puede adoptar unas u otras actitudes.

Otro de los aspectos más curiosos del crecimiento de las ciudades es el que va ligado a los horarios de comidas, espectáculos y pasatiempos en general; es bien sabido que los españoles solemos comer y cenar a horas muy distintas de las que se usan en la mayor parte del mundo; es curioso también que los historiadores no parezcan capaces de explicar de cuándo data el comienzo de esta peculiaridad. Es la hora de la cena, ciertamente, la que más nos separa de los otros países; pero es también un hecho que la hora de la comida en los últimos cincuenta años se ha retrasado de un modo general entre una y dos horas; aunque el rezo del Angelus, inmortalizado por excelentes pintores decimonónicos, debió desaparecer de la campiña europea antes de este siglo, parece que la campana de la iglesia del lugar siguió anunciando la hora del mediodía durante varias décadas, al menos a los labradores que faenaban en los campos españoles: era la señal para venir a casa a comer; la desaparición de tal aviso –se decía «tocar a las doce»– es inseparable de la decadencia de la campana en general como elemento ordenador de la vida campesina en muchos aspectos. En la cuarta y quinta décadas de este siglo se fue generalizando la costumbre de comer hacia las dos de la tarde, en especial en las ciudades y el mundo rural imitó pronto la costumbre; en cuanto a la cena, el retraso se ha hecho más notable, sin duda a causa del número creciente de restaurantes que, en muchos casos, ofrecen cenas hasta la media noche. Un fenómeno de tal importancia debería merecer más atención de los sociólogos o de los observadores en general, y no puede achacarse solamente a la oferta comercial. Los horar= ios de los restaurantes entran en un contexto mucho más amplio, como es el de los bares y espectáculos, pero la raíz del fenómeno es antigua. Por otra parte, parece natural que un pueblo que ama con pasión la vida extrahogareña y que ha creado un urbanismo acorde con esa inclinación, a partir del momento en que la luz eléctrica hizo inacabable la noche, parece natural, digo, que esté dispuesto a comportarse con arreglo a esa tendencia. No obstante, no deja de llamar la atención el tremendo afán de las generaciones más recientes por prolongar más y más la hora del regreso nocturno al domicilio.

En relación con el tiempo cabe aludir al importantísimo cambio que supone el haber conseguido un segundo día para el ocio, es decir, la conquista del sábado. El invento, una vez más, parece ser inglés o anglosajón cuando menos, y empezó siendo una consecuencia del desarrollo industrial, es decir, un logro de la clase obrera; como es bien sabido, en inglés recibe el nombre de week-end, nombre que ha encajado perfectamente en el español fin de semana. En las Islas Británicas se asociaba al principio el descanso del sábado con las atenciones que exige el garden; pero en el Continente, y sobre todo en España, la inmensa mayoría de la gente carece de jardín y de huerto porque vive en bloques de pisos. La innovación del sábado ocioso es algo revolucionario si se piensa que durante siglos, o incluso milenios, las sociedades humanas, al menos las seguidoras de las tres grandes religiones monoteístas, judaísmo, cristianismo, islamismo, tenían un día de descanso, frente a seis de trabajo, asociado con el culto religioso y que en latín y en las lenguas románicas tiene un nombre equivalente a día del Señor, de Dios. Entre las diversas razones que han contribuido a paganizar en mayor o menor grado la vida del mundo occidental, quizá la más importante, aunque no lo parezca, sea la introducción del sábado con la misma categoría, a efectos de trabajo y en parte a efectos del culto religioso, que el domingo. Este invento inglés (en España se empleó durante años la expresión semana inglesa, hoy caída en desuso) se extendió lentamente por otros países y a España llegó con la segunda mitad de este siglo. Si en el país de origen el week-end se dedicaba en principio al descanso casero, a medida que fue popularizándose el automóvil, el fin de semana se ha identificado cada vez más con la movilidad, con un desplazamiento a otra ciudad, a otro lugar, y ha terminado por crear lo que en francés se ha llamado la résidence secondaire, es decir, otra residencia en otro lugar, más o menos en contacto con la naturaleza. Ese desplazamiento semanal no merece el nombre de viaje y hace ya años que le ha prestado atención el espíritu satírico de muchos observadores. La importancia del fenómeno está además en que ha provocado a su vez otro igualmente importante, los accidentes de tráfico típicos del fin de semana. Los periódicos nos informan con regularidad sobre las estadísticas y a medida que van pasando los años se nos ofrecen gráficos indicadores con mil clases de detalles: meses más mortíferos, países con más o menos coches por kilómetro cuadrado, accidentes con arreglo al número de habitantes, al número de kilómetros recorridos, a la vejez del parque automovilístico, &c. A mi juicio, lo más importante del fenómeno está en que la muerte violenta, es decir, la muerte de una persona que no está enferma, se nos ha hecho familiar y regular: esto es nuevo en la Historia de la humanidad. Podría objetarse que en el pasado las epidemias podían ser vistas desde un ángulo semejante, pero en mi opinión, hay una gran diferencia: la inesquivable regularidad semanal del accidente de tráfico de nuestros días ha hecho de la fatalidad una compañía constante, mientras que entre las pestes medievales o antiguas podían pasar largos períodos. No deja de ser curioso también que a pesar de todas las medidas que en todas partes toman las autoridades para hacer más seguro el tráfico, el hombre de hoy acepta sin inmutarse el riesgo de morir en accidente y, como bien lo explican las estadísticas, ni el tráfico ni el número de usuarios tienden a disminuir en ninguna parte.

La presencia de la muerte violenta fatalmente aceptada por la sociedad contemporánea tiene necesariamente que producir una especie de hábito; poco a poco la repetida noticia ha ido dejando de ser un suceso y de ello se deriva casi de modo inconsciente otro hecho: el que cualquier tipo de muerte violenta, como los que suponen el terrorismo, la mafia y el asesinato en general, sea aceptado cada vez con mayor indiferencia. El que estos fenómenos no se den en todos los países en las mismas proporciones o con semejantes características no invalida el hecho de su gravedad y de su novedad con relación a épocas pasadas.

La tremenda mutación en la distribución de la población a que aludimos más arriba tuvo en seguida graves repercusiones en los ámbitos de la religión y de la educación o enseñanza. Si en las primeras tres o cuatro décadas del siglo había todavía un sacerdote y un maestro en cada uno de los treinta y tantos mil núcleos de población que, mejores o peores, tenían una iglesia y una escuela, las cosas empezaron a cambiar profundamente a partir de los años 50 y 60; las vocaciones religiosas que, como en el caso de los guardias civiles y policías, procedían sobre todo de los medios rurales, disminuyeron bruscamente, en gran medida porque se hizo más asequible la adquisición de estudios en centros de enseñanza estatales; así pues, al mismo tiempo que los Obispos se veían obligados a un tremendo reajuste para mejor distribuir el clero en sus respectivas diócesis, el Estado se veía también obligado a redistribuir la población escolar; los medios de transporte resolvieron en este caso el problema y se crearon unidades escolares, con cientos o miles de niños y niñas que se desplazan unos cuantos kilómetros cinco días a la semana, para volver a sus domicilios ya avanzada la tarde. En la nueva situación, el número de curas ha disminuido mucho y el número de maestros ha aumentado mucho más, pero la importancia del cambio, más que en los números está en el distinto tipo de relación entre servidores y servidos, valga la expresión. El caso de los servicios sanitarios sólo muy parcialmente es semejante porque el número de médicos era muy inferior al de maestros y en las zonas rurales sólo los núcleos de población más grandes tenían plaza de médico, que, naturalmente atendía a otros núcleos más pequeños según sus medios.

En cuanto al ocio y las diversiones, las poblaciones rurales, como en todas partes, poseían cantos y bailes tradicionales que amenizaban las romerías y las fiestas patronales, e incluso los domingos, según la estación o la época del año. Es probable que desde muy antiguo hubiera una taberna en aldeas y pueblos aunque no es seguro que en todas ellas pudiera beberse el vino allí mismo: esto dependería quizá de la voluntad del tabernero y de otras circunstancias, como el espacio, &c. En los núcleos de población más grandes las cosas serían sin duda distintas. En todo caso, también en la tercera y cuarta décadas del siglo, se difunde por todas partes la palabra sin duda más repetida por los hablantes en el español peninsular a partir de entonces: me refiero a la palabra bar, un monosílabo tomado del inglés a través de Norteamérica; la facilidad de su articulación y de su grafía debieron contribuir también a su asombrosa difusión. Como los cafés tradicionales, decimonónicos, han desaparecido en su inmensa mayoría, el bar ha venido a sustituirlos, aunque ni su clientela ni los habituales comportamientos de ésta coincidan con los de aquellos. Dado el amor del español por la vida urbana y dada la peculiar disposición del urbanismo hispano se llega a comprender, a pesar de su desmesura, el elevadísimo número de bares, sin olvidar tampoco que la mitad norte del país en general se destaca de modo notable en este aspecto con relación al resto. Debe añadirse que, a partir de los años 50, empezaron a proliferar también las cafeterías, palabra importada también de allende el Atlántico.

El origen anglosajón de la palabra bar es inseparable de toda la serie de voces que, designando deportes y entretenimientos, han ido extendiéndose por el mundo entero, a partir de fines del siglo pasado y entre las que descuella por su frecuencia la palabra fútbol. No deja de ser curioso que un país como la Gran Bretaña, que tan aburrido aparece a los ojos de muchos extranjeros y quizá de no pocos nativos, haya exportado con enorme éxito los pasatiempos más universalmente en boga, acompañados naturalmente de sus denominaciones. Una de las últimas exportaciones británicas ha sido la de la música a partir de los Beatles. De un modo general cabe decir que si la música tradicionalmente ligada al canto y al baile solía ser esencialmente lírica y a menudo romántica, la nueva música parece haber insertado elementos de tono bélico o si se prefiere, actitudes de protesta, actitudes mesiánicas y hasta actitudes cultivadoras del absurdo, consecuencia natural de la filosofía y de la literatura que alumbran y cultivan ese tipo de registro desde las primeras décadas del siglo. El fenómeno musical de los últimos treinta años está esencialmente unido además a la técnica, es decir que se trata de la música grabada en discos y cintas y llevada así a todas partes a donde uno va; esta música ha venido a ser funcionalmente como una prenda de vestir. Y además está íntimamente asociada a la moda, tanto masculina como femenina; los fabricantes de ropa norteamericanos intuyeron las enormes posibilidades que podía ofrecer el mercado juvenil, y, a través de una serie de factores concatenados, se ha creado un hecho nuevo y que sobrepasa con mucho el tradicional concepto de separación de las generaciones. La vestimenta juvenil, basada en determinados tipos de pantalones, aplicables indistintamente a ambos sexos, el rechazo de lo que se venía llamando traje, sustituido por combinaciones de prendas dispares en color, materia y forma, la desaparición de la corbata y la sustitución de la camisa por otro tipo de camisas, todo ello acompañado por un nuevo calzado que se asocia con lo deportivo, se ha convertido en un verdadero uniforme del que parecen desprenderse fatalmente unos determinados comportamientos. Estos comportamientos pueden resumirse de modo palmario en una sola palabra, gregarismo: nunca como ahora el ocio, los placeres y pasatiempos de adolescentes y jóvenes han ofrecido tales aspectos de gregaria convivencia y nunca los considerados adultos se han visto excluidos de ella con tal rigor. Todos estos comportamientos juveniles han triunfado con rapidez en todas partes en nombre de la idea de libertad, entendida ésta como la realización individual de los deseos sin tener en cuenta para nada la existencia del prójimo.

En relación con la vestimenta juvenil y la libertad hay que mencionar el caso de las prendas con mensaje, también de procedencia norteamericana; me refiero naturalmente a todas esas chaquetas o jerseys que en el pecho o en la espalda de los jóvenes de uno y otro sexo llevan escritas palabras o frases de variopinto cariz, desde la publicidad más ramplona hasta las alusiones más pretendidamente ingeniosas. Sociológicamente vienen a ser los graffiti de una sociedad que ha hecho del cuerpo humano el primer artículo de consumo. Esta agresión visual, ante la que uno está inerme, es una más, la última hasta ahora, de las muchas que asaltan al hombre de hoy en cuanto pone los pies en la calle: el ojo del hombre urbano está sometido a un ataque ininterrumpido de mensajes de todo tipo, desde las letras y los números que lee en los automóviles hasta la infinita serie de reclamos comerciales, advertencias y prohibiciones que inundan las calles; puede hablarse literalmente de polución óptica, sin olvidar que la acústica no es mucho menor.

Las nuevas actitudes juveniles, tan sólidamente apoyadas en los comportamientos cuasi litúrgicos nacidos de la vestimenta y la música grabada, aparecen encarnadas a la perfección en una figura nueva, mitad líder, mitad profeta, el cantautor. El cantautor se sintió en seguida como un portavoz generoso de un mensaje poético, filosófico y social. Los cantautores han ejercido una tremenda influencia en las juventudes europeas y norteamericanas, durante los últimos treinta años y en las sociedades más endebles, como la española, han tenido una repercusión política trascendental. Con ellos nacieron los conjuntos, una de las primeras denominaciones adoptadas por el nuevo tipo de orquestinas que ponían la música para los nuevos bailes de importación. Es significativo que los nombres que esos conjuntos se daban y se dan a sí mismos, no sólo buscan llamar la atención con el fin de ganar adeptos, como era lo tradicional, sino que muy a menudo pretenden atacar al cuerpo social, haciendo alarde de una postura de protesta y de rebeldía contra las convenciones establecidas por el uso y la tradición. Hay que añadir en seguida que la tecnología va ligada al fenómeno en su totalidad y así se explican las consecuencias musicales de los nuevos instrumentos, las ingenuas alucinaciones del escenario y del espacio donde se baila, acompañadas de ruidos cacofónicos y ensordecedores y, sobre todo, los gestos y contorsiones de los cantautores cuando micrófono en mano se retuercen bajo los focos. Es curioso que un objeto creado para dar realce a la voz haya venido a ser el soporte de una gesticulación sin fe en sí misma; el entusiasmo que todo ello despierta en la espesa y gregaria asistencia es la prueba evidente de que el contrato social entre entertainer y entertained es correcto.

En cuanto al papel que juega el deporte en la vida española desde hace ochenta o noventa años hay que recordar que empezó siendo el entretenimiento de grupos muy minoritarios de zonas urbanas que convertían en algo activo el ocio dominical; pasaron décadas antes de que el deporte tuviese alguna importancia en las escuelas y naturalmente ello era inseparable del número de escuelas, es decir, del gigantesco crecimiento que después ha tenido el campo de la educación. Mientras esos nuevos deportes importados –una vez más de origen inglés sobre todo– tenían cada vez más adeptos en las ciudades, en las zonas rurales siguieron bastante vivos los deportes ancestrales, tales como la pelota, los bolos, ciertos tipos de lucha o de carreras, según las regiones; tras un notable decaimiento hacia mediados del siglo, hoy parecen adquirir nueva vida bajo los impulsos de los gobiernos autonómicos, empeñados a cual más en forjarse pasados de indiscutible identidad propia. Como en gran parte del mundo, el deporte que más adeptos parece tener es el fútbol. No obstante, no deja de ser curioso que en España la afición a las corridas de toros no ha disminuido mucho, aunque puedan haberse producido fluctuaciones de tipo geográfico o local. En todo caso, aunque la expresión fiesta nacional aún se usa no parece tener el prestigio que tenía todavía en las tres primeras décadas del siglo, ni ir asociada con el placer de la tarde dominical litúrgicamente establecido. Por otra parte, llama la atención el hecho de que hay gentes que, al aplaudir las habilidades de un futbolista con el balón, le gritan ¡torero!, lo cual indica qué rasgos admira más en un futbolista ese determinado público.

Todos estos aspectos del crecimiento, que hemos venido describiendo con consideraciones a veces específicas, acerca de la juventud, por ejemplo, están también íntimamente unidos al papel que la mujer ha pasado a desempeñar en todos los campos y probablemente ninguno ha sido tan considerable por su volumen y por las consecuencias de él derivadas. La palabra hogar, aunque probablemente poco empleada en el español hablado, al menos en los siglos más recientes, describía mejor que ninguna otra la unidad familiar monogámica. Cabe decir que los nuevos combustibles, la electricidad y el gas cambiaron las cosas de arriba a abajo; en las cinco o seis primeras décadas del siglo sólo un reducido número de españoles, en algunas ciudades grandes, condimentaba sus alimentos con un combustible que no fuese el carbón o la madera; en cuanto a calentarse, en la España fría no había más que el brasero y en las zonas rurales la cocina, alimentada con leña o con carbón; las casas urbanas con calefacción eran pocas, incluso en las ciudades grandes, si bien es cierto que su uso tendía a aumentar; fue la llegada del gas embotellado, en la década de los años sesenta, lo que cambió por completo la vida de la mujer en el hogar, porque con ella llegaron los electrodomésticos también. A pesar de ser un pueblo que practica con fruición la comida del mediodía, la pieza de la casa llamada cocina no volvió nunca a ser lo que durante siglos había sido, sobre todo en las zonas urbanas; en los pueblos de la España con inviernos fríos y largos sigue muy viva y lozana aunque esté poblada también de electrodomésticos. Sin duda parecen ser éstos los que han afectado profundamente la llamada vida familiar, es decir, que las familias, además de ser más reducidas, no se reúnen necesariamente alrededor de una mesa para comer al mediodía y para cenar por la noche. Naturalmente el trabajo de la mujer fuera del hogar, que ha aumentado de modo considerable en los últimos treinta años, tampoco hubiera sido posible, al menos en la misma medida, sin los medios técnicos auxiliares de que ahora dispone. Parece evidente que conceptos y asociaciones de ideas como los que expresaban voces tales como padre y madre han tenido que variar de modo muy acusado dadas las distintas y nuevas situaciones que ahora desempeñan las personas así nombradas. Hasta los pronombres empleados por los hablantes para denotar las respectivas situaciones de mutualidad se han visto afectados por las nuevas actitudes, lo cual da idea de las consecuencias sociales que de ello pueden derivarse. El anárquico tuteo que cada día parece ganar terreno es un claro indicador de la insegura situación social en que los individuos se mueven dentro de ella.

Dentro del aspecto general del crecimiento, que en el caso de la población es gigantesco a escala mundial, cabe observar que en los países desarrollados el menor número de nacimientos tiende a moderarlo de modo notable, aunque, por otra parte, el aumento de la longevidad humana actúa en sentido contrario. Los sociólogos y los economistas parecen estar conscientes de las implicaciones y consecuencias de estos fenómenos.

Al concepto de crecimiento va ligado el de movilidad, es decir, que los humanos parecen haber empezado a crecer desmesuradamente en número al mismo tiempo que desarrollaban su capacidad de movimientos, sus posibilidades para desplazarse con rapidez de un lugar a otro. La movilidad es pues, consecuencia de los medios de transporte y, hasta cierto punto, de la geografía. Las grandes ciudades son sobre todo consecuencia de una favorable situación geográfica, aunque la tecnología actual sea capaz de superar dificultades que parecían invencibles. Por movilidad se entiende los desplazamientos de los seres humanos dentro de las ciudades o entre unas ciudades y otras, en su propio país, o entre su país y otros. La movilidad humana conoció una revolución el siglo pasado, al pasar de la tracción animal a la mecánica. Cierto es también que los grupos humanos asentados a orillas de mares, ríos o lagos, pudieron disfrutar de una movilidad superior a la impuesta por las condiciones exclusivamente terrestres siempre y cuando su técnica les permitiera dotarse de las adecuadas embarcaciones. El siglo XIX vio nacer el invento del ferrocarril, de la máquina de vapor, que pronto se aplicó también a la navegación. Fue pues en el ámbito terrestre de los países que se industrializaron rápidamente donde las consecuencias del invento se hicieron notar más, y fueron esos países los que a partir de ese momento se convirtieron en regidores del resto del mundo. Las desavenencias entre algunos de ellos a propósito de ese reparto de poderes ocasionaron cruentas guerras y, siglo y medio después, la situación no parece haber cambiado mucho: los países que más pronto conocieron un gran desarrollo ferroviario son casi los mismos que hoy, con exclusión, impuesta o no, de los demás, se permiten fabricar los grandes ingenios voladores, de paz y de guerra.

A la revolución que representó el invento de la máquina de vapor y de su vástago el ferrocarril iba a suceder, tres cuartos de siglo más tarde, otra invención de incalculables consecuencias, el motor de explosión. Aunque el ferrocarril siga todavía floreciente en la mayor parte de los países que lo adoptaron como medio de transporte, la carretera y su variada gama de vehículos se ha convertido en el mundo entero en la expresión vital del siglo XX, y el futuro parece seguir siéndole favorable por el momento. Las palabras relacionadas con el coche y la carretera son probablemente las más repetidas, las más usadas en todas las lenguas y la publicidad del mundo automovilístico es buena prueba de ello. Puede parecer asombroso que desde la última Guerra Mundial, va para cincuenta años, el ideal de los humanos de todos los países, parece haberse concretado en el automóvil; dentro de su esencial simplicidad –plataforma sobre cuatro ruedas que avanza muy de prisa bajo la imperceptible presión de un pedal– resultan incontables las variantes que ofrece el mercado y los consumidores no se cansan de consumir el producto; es quizá el único objeto en cuya publicidad se pregonan virtudes que la ley considera delitos; nunca el espíritu humano ha exhibido con tal desfachatez una contradicción como la que supone anunciar que un coche puede ir a una velocidad que los códigos de circulación prohíben. Por el coche se mueve hoy el hombre, cabría decir parafraseando al Arcipreste de Hita, y por el coche perece rápida la naturaleza –animales y plantas– al permitir que el hombre pueda poner sus pies en todas partes. España, como sus vecinos más próximos, vive con intensidad el fenómeno. A la movilidad marítima y terrestre, producto de los ingenios mencionados, sucedió, se añadió muy pronto otra, la movilidad aérea, resultado también del motor de explosión y de su combustible; en términos poéticos podría decirse que el tiempo no se ha repuesto aún del golpe que ella le ha asestado. Las repercusiones de semejante invento desafían victoriosamente cualquier intento de describirlas; baste decir que, como apuntamos más arriba, son poquísimos los países capaces de producir los vehículos voladores que pudiéramos llamar de vanguardia, ya sean aviones de combate, ya sean aviones de pacífico transporte. El hecho de que en los Estados Unidos de América el avión haya desplazado al ferrocarril en el transporte interurbano de pasajeros y el hecho de que en el mundo entero haya desplazado también al barco de pasajeros, son la mejor prueba de su importancia y de su vigencia. Como en el caso del automóvil, España pertenece al grupo de los países desarrollados, para bien y para mal; el retraso que en la primera mitad del siglo era muy patente junto al progreso de sus vecinos europeos, se ha visto compensado en la segunda mitad por un acelerado crecimiento. Son precisamente los variados aspectos del crecimiento a lo largo de los últimos cien años y en lo que respecta a España lo que hemos pretendido describir en estas páginas.

 

El Catoblepas
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