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El Catoblepas, número 58, septiembre 2006
  El Catoblepasnúmero 58 • septiembre 2006 • página 16
Libros

Microcréditos

Sigfrido Samet Letichevsky

A propósito del libro de Muhammad Yunus, El banquero de los pobres,
Paidós, Barcelona 2006

Yunus ha logrado impulsar el sistema de microcréditos con una eficacia y extensión planetaria que, además de ayudar a millones de personas ha transformado al Banco Grameen en un coloso económico que incorpora al negocio bancario a los sectores antes excluidos. Con los beneficios colaterales de ir disolviendo prejuicios culturales que parecían inamovibles, encauzando a los violentos a actividades constructivas y logrando notables progresos políticos.

Un profesor de economía observa la vida de la gente en un pueblo pobre

Un joven profesor de la Universidad de Chittagong, que desde 1961 (a sus 21 años) hasta 1965 impartió docencia de Economía, se preguntó cierta vez por qué en la aldea de Jobra, cercana a la Universidad, no se cultivaba para obtener alguna cosecha de invierno (ref. 1, pág. 40).

Bangladesh tiene 8,5 millones de hectáreas cultivables, que sólo producen el 16% de la cosecha potencial. El Profesor Yunus introdujo el arroz de alto rendimiento de Filipinas y enseñó a los campesinos la mejor forma de plantarlo. Los campesinos, casi todos analfabetos, no tenían la información acerca de ese arroz mejor, ni las conexiones para conseguirlo.

Pero, ¿de qué vivían los verdaderos pobres, los que no tenían tierra alguna? Yunus estudió, con la ayuda de sus alumnos, la economía de Jobra, para contestar a esta pregunta y a otras como: ¿qué habilidades poseían los vecinos del lugar? ¿qué obstáculos consideraban que les impedían mejorar sus vidas?

Hicieron un listado de 42 personas que fabricaban artesanías pero no tenían dinero para comprar la materia prima. Por ejemplo, una mujer fabricaba taburetes. El bambú necesario le costaba 5 takas. Un prestamista cobraría por lo menos 10% de interés semanal, de modo que tenía que aceptar el préstamo del comerciante, que implicaba el compromiso de venderle a él los taburetes a 5 takas y 10 poishas, Esa insignificante diferencia apenas le permitía sobrevivir, sin ninguna posibilidad de ahorrar. Esas 42 personas solucionarían su problema con un préstamo total ¡¡de 27 dólares!!, que Yunus les dio de su bolsillo. Casi todas las prestatarias devolvieron su parte y ese fue el germen del futuro Banco Grameen.

Los Bancos no prestan a los pobres

En Las uvas de la ira, de John Steinbeck, hay una escena en la cual un campesino pide un préstamo al Banco. Le es denegado, porque no tiene avales ni riquezas que sirvan de garantía. Frustrado y deprimido, concluye diciendo que los Bancos sólo prestan dinero a quienes no lo necesitan. Cuando Yunus sugirió al Director del Banco Janata (ref. 1, pág. 56) que prestara dinero a esos artesanos, recibió como respuesta que no es posible gestionar un Banco con clientes analfabetos que además no tienen garantías o avales.

Esas experiencias germinales ponen ya sobre el tapete algunos de los descubrimientos de Yunus:

1. Un crédito insignificante puede cambiar radicalmente la vida de muchas personas

Eso sucedió con Sufiya, la mujer que fabricaba taburetes de bambú. Para poder entenderlo adecuadamente, faltan informaciones como:

  1. Valor de los taburetes en el mercado.
  2. Cuántos taburetes puede una persona fabricar diariamente.
  3. Equivalencia entre takas y dólares (en pág. 53, 5 takas=0,1577 $US; en pág. 122, 0,125 y en pág. 180, 1 taka=0,024 $US).

Traté infructuosamente –misterios de la informática– de comunicarme con el Dr. Yunus (en el correo electrónico que figura en el libro y en otro que me facilitó el Presidente de la Fundación Grameen (Aldeas) Argentina) para aclarar estas y otras cuestiones.

El valor de los taburetes en el mercado es importante para saber si hay margen para que la artesana encargue a otra persona la comercialización en caso de no poder hacerlo por sí misma, y para estimar el aumento de ingresos que le reporta el acceso al mercado.

A falta de esa información, permítaseme hacer una conjetura. Si el mercado paga 6 ó 7 takas por taburete –cosa muy probable, e incluso podría ser más– eso implica para la artesana una rentabilidad doble o cuadruple de la que obtenía del comerciante. Si fuera la única en recibir microcréditos, los comerciantes tendrían margen para bajar sus precios y expulsarla del mercado. Si todas fueran obteniendo microcréditos, eso no sería posible. En cambio, al volverse un negocio lucrativo lo que era una actividad misérrima, atraería a nuevos artesanos y el aumento de la oferta haría bajar los precios. Pero no hagamos como, según Hernando De Soto (El misterio del capital) dijo el economista inglés Ely Devons: «Si los economistas desearan estudiar el caballo, no irían a mirar caballos. Se sentarían en sus estudios a preguntarse '¿Qué haría yo si fuese caballo?'» La práctica del Banco Grameen (que actualmente tiene millones de prestatarios) demuestra que esto no sucede y que los prestatarios tienen beneficios reales, que les permiten ahorrar, educar a sus hijos y cuidar la salud. ¿Cómo es eso posible?

Las alternativas esbozadas, que conducen ambas a la disminución de precios, se refieren a un mercado perfecto. En la realidad nunca lo es, pero en lugares como Bangladesh, donde la gente es muy pobre, incluso analfabeta, el movimiento de personas y de información, debe ser extremadamente difícil. El mundo entró de lleno en la sociedad de la información, pero hay lugares en los que todavía personas de muy pocos conocimientos pueden usar con éxito los microcréditos, debido precisamente al grado de imperfección de esos mercados. En EE.UU. hay ejemplos de grandes empresas iniciadas por jóvenes en modestos garages. Carecían de fondos; incluso Microsoft se financió con «bonos basura». Pero esos jóvenes eran extraordinariamente inteligentes y ricos en conocimientos, habilidades técnicas y comerciales.

2. Es posible abaratar los costos de gestión, aún trabajando con analfabetos, y lograr una tasa de recuperación del capital prestado, incluso superior a la que logran los Bancos comerciales

La influencia de los Bancos en el crecimiento del comercio y en la mejora de las condiciones de vida, es reconocida por lo menos desde 1776 (ref. 2, pág. 382). Para su mecánica operativa, los requisitos de garantías o avales, clientes alfabetizados y operaciones mayores de un monto determinado, son completamente razonables. El Banco Graneen no es el único en otorgar microcréditos, aunque sí el más exitoso y extendido. En ref. 3 leemos que Esther Afua Ocloo, de 80 años, nacida en Ghana, desde muy joven preparó mermelada, para venderla en el centro de la capital (fue «la primera fábrica de comida procesada del país»). Comenzó a formar federaciones de mujeres y a tratar de que consiguieran créditos bancarios. Logró fundar el Banco Mundial de la Mujer.

Quienes, como Yunus, quisieron sobrepasar las barreras que impedían a los Bancos prestar a los pobres, necesitaron gran tenacidad y creatividad. En ref. 1, pág. 57. dice: «¡Quien va a tener más motivos que ellas para devolverles el dinero, si necesitan pedírselo de nuevo al día siguiente para seguir viviendo! Esa es la mejor garantía que ustedes pueden tener: su vida.» Se trataba de créditos para producción, no para consumo. Y las mujeres, que tuvieron un notable aumento de ingresos con el primer microcrédito, no solo no querían volver a su estado anterior, sino que querían ampliar su actividad, para lo cual necesitaban créditos crecientes. Pero eso no era suficiente. En Ref.1, pág. 64, nos dice Yunus: «(...) nos dimos cuenta de lo cruciales que resultaban los grupos de apoyo para el éxito de nuestras actividades, convertimos en requisito obligatorio que toda persona solicitante se uniera a un grupo de otras personas con ideas afines que vivieran en condiciones económicas y sociales similares a las suyas (...). La pertenencia a un grupo no solo genera apoyo y protección, sino que también atenúa los posibles patrones erráticos de conducta de sus miembros, logrando con ello que cada prestatario sea más fiable. La presión de sus iguales –sutil a veces y no tan sutil otras– mantiene a cada miembro del grupo en sintonía con los objetivos generales del programa de créditos.» (El grupo aprueba los pedidos de crédito, reduce el trabajo del banco, asume la responsabilidad moral y crea competencia intergrupal.)

También descubrieron (coincidiendo con la práctica de Esther Afua) que los préstamos deben darse preferiblemente a mujeres. Demuestran ser más esforzadas y responsables, y se preocupan de mejorar la vida de sus hijos. Por eso dice (ref. 1, pág. 73): «Cuanto más dinero prestamos a mujeres pobres, más me daba cuenta de que el crédito que se concede a una mujer produce cambios más rápidamente que el que se concede a un hombre.»

Mejorando la vida real en oposición a la cultura

Algunos creen que un sistema de microcréditos sólo podría funcionar en lugares como Bangladesh. Pero las dificultades que tuvieron muestran que fue más bien al revés. En pág. 103 dice: «En numerosos casos, aquellas figuras {líderes religiosos y políticos de la localidad} trataron de asustar a los iletrados residentes locales diciéndoles que las mujeres que aceptaban préstamos de Graneen entraban en el terreno de lo maligno, de algo que ellas tenían prohibido. De hecho, muchas veces, les advirtieron de que, como castigo por unirse a Grameen, cuando mueran no se les dispensará un entierro apropiado y conforme a las reglas islámicas, lo cual, para una mujer que no tiene nada, resulta una posibilidad más que aterradora».

Y luego, en pág. 104: «En una localidad de Tangail, por ejemplo, nuestro director de sucursal recibió amenazas físicas de un líder religioso» (a quien las mujeres acosaron hasta que se vio obligado a retractarse). Y en pág. 107: «Lo cierto es que para tener éxito en Bangladesh, hemos tenido que luchar contra nuestra cultura. En realidad, nos hemos visto obligados a crear una contracultura que valore la aportación económica de las mujeres, que recompense el trabajo duro y castigue las prácticas de corrupción. Grameen desalienta activamente la práctica del pago de la dote y las interpretaciones excesivamente rígidas del purdah.» (pág. 75: «El purdah es un conjunto de prácticas con las que se pretende dar cumplimiento al mandato coránico de la protección del recato y la pureza de las mujeres. Según su interpretación más conservadora, el purdah prohibe a las mujeres salir de sus hogares o ser vistas por cualquier hombre que no sea un familiar directo suyo».)

Si lograron superar estos prejuicios culturales, es más que probable que el sostenido funcionamiento de los microcréditos (con la actividad comercial y social que comportan), ayude a la transformación de los elementos más retrógrados de esa cultura. Así, en pág. 106 dice: «Muchos estudiosos islámicos nos han dicho también que la prohibición expresa del cobro de intereses que existe en la sharia no es aplicable al caso de Grameen, ya que, en este caso, las personas que piden prestado son también dueñas del Banco». Lo cual no es otra cosa que interpretar la sharia de una manera más adecuada a la realidad. Pero es interesante destacar las posibilidades de contribuir a la mejora social incluso en el terreno ideológico. El cristianismo también tuvo una sharia que prohibía cobrar intereses, pero como sin crédito y sin intereses no hay crecimiento económico, recurrió a la maniobra de relegar la función de prestamista a los judíos. Por otra parte, en la Edad Media, el señor feudal vivía con lujo para los standards de la época. Pero no podía acumular alimentos por su carácter perecedero (por eso organizaban frecuentes banquetes). La economía se basaba fundamentalmente en el trueque. Aunque se acumularan metales preciosos, estos no eran «capital», pues no había posibilidad de invertirlo para producir más. Por lo tanto, la persona que pedía un préstamo, lo hacía debido a una enfermedad u otras desgracias imprevisibles; era un préstamo para consumo, no para producción. Quien se beneficiara al prestar, se aprovechaba de la desgracia del prestatario. Por eso la posición de la Iglesia tenía cierto fundamento, que desapareció con el desarrollo del comercio y la industria, que dieron lugar al crédito para la producción.

Yunus resume (pág. 70) «nuestros mecanismos de liquidación del préstamo»:

Para ojos europeos o americanos, 20% de interés anual puede parecer una enormidad. Pero no lo es para las condiciones de Bangladesh, donde los prestamistas cobran por lo menos 10% semanal.

Repercusiones en la política y en la ideología

Volviendo al tema de la influencia sobre la ideología, leemos en pág. 94: «La provincia de Tangail padecía una situación muy parecida a la de un conflicto bélico en toda regla. Grupos armados de un movimiento disidente marxista en la clandestinidad, llamada el Gonobahini («El Ejército Popular»), aterrorizaban las zonas rurales. Estos guerrilleros mataban sin muchos miramientos: simplemente apuntaban con una pistola y disparaban (...). (De hecho, como descubrimos más tarde, algunos de nuestros trabajadores habían sido miembros activos del Gonobahini hasta que empezaron a trabajar con nosotros).» Y en pág. 95: «Los antiguos miembros del Gonobahini resultaron ser unos trabajadores excelentes. Aquellos combatientes clandestinos eran jóvenes (generalmente entre 18 y 20 años de edad), incansables y entregados. Habían querido liberar a su país con armas de fuego y revolución, y ahora recorrían aquellos mismos pueblos concediendo microcréditos a las personas más necesitadas. Lo único que les hacía falta era una causa por la que luchar. Nosotros encauzamos sus energías hacia algo más constructivo que el terrorismo. Siempre que abandonaran antes sus armas, nosotros estábamos encantados de contratarlos como trabajadores de nuestro banco.»

Además de mejorar el nivel de vida, al crear perspectivas y motivaciones de futuro para los más pobres, se impulsan cambios aún en ideologías ancestrales y se canaliza la actividad de los violentos hacia metas constructivas. Uno no puede evitar pensar como sería hoy Cercano Oriente si cuando asesinaron a Rabin, momento en el que los atentados en Israel habían disminuido hasta cero, se hubiera creado, (entre otras entre otras empresas mixtas palestino-israelíes que entrelazaran ambas economías), un Banco Grameen para los palestinos.

Son notables las repercusiones directas en política. Leemos en pág. 126: «En cuanto incrementan sus ingresos a través del autoempleo, las prestatarias de Grameen se encuentran considerablemente más decididas a tener menos hijos, a dar una educación a los que ya tienen y a participar activamente en nuestra democracia.» Y en pág. 178: «En 1992, unos 400 prestatarios de Grameen fueron elegidos para los consejos de gobierno de los distritos locales (union councils), y en 1996, las prestatarias de Grameen encabezaron la consecución de un hito casi inimaginable hasta entonces: el número de mujeres votantes en las elecciones nacionales fue mayor que el de hombres, lo que contribuyó a barrer casi por completo del Parlamento a un partido político que se había posicionado en contra de los derechos de la mujer. Además, más de 1.750 miembros de Grameen (1.485 mujeres y 268 hombres), así como otros 1.570 miembros de familias de afiliados, fueron elegidos para cargos locales en 1997.»

Independientemente de los resultados, se recibían críticas: «Desde la derecha –dice en pág. 186– los clérigos musulmanes conservadores decían que nos habíamos propuesto destruir nuestra cultura y nuestra religión.» En cambio (pág. 185) «los izquierdistas nos acusaban de ser una conspiración de los estadounidenses destinada a implantar el capitalismo entre las personas pobres y de que nuestra meta real era destruir toda posibilidad de revolución despojando a los pobres de su desesperación y su rabia».

Entre los «izquierdistas» es frecuente que se apele a la revolución «para mejorar la vida del pueblo oprimido», a la vez que se intenta mantenerlo oprimido para obligarlo a ansiar la revolución. La revolución deja de ser el medio y se convierte en el objetivo, para lograr el poder; los pretextos no importan demasiado (ver ref. 4).

Una lectora publicó una carta (ref. 5) en la que dice: «El microcrédito hace únicamente responsable al pobre de su pobreza, pretende que los desfavorecidos desarrollen una mentalidad empresarial equiparando la riqueza exclusivamente al negocio, propone el endeudamiento como única forma de participar en el sistema, añade penosas horas de trabajo a las ya sobrecargadas mujeres y genera nuevas formas de dependencia y no de emancipación y dignidad.»

«(...) La justicia social siempre estuvo lejos de los bancos». No es función de los bancos hacer justicia social, pero sin bancos, esta sería imposible. Además de creer que si hay pobres, alguien tiene la culpa, y el pobre no debe hacer nada para mejorar su situación, esta lectora no se ha enterado (por los escritos de Yunus u otros) de cómo funciona en la realidad el microcrédito, y se atiene al método habitual citado por De Soto (pensar «¿qué haría yo si fuera caballo?», en vez de observar a los caballos). Quienes ganan dinero (incluyendo a los Bancos) lo hacen porque son capaces de crear riqueza y de hacer lo que las personas necesitan. Todos sabemos que gracias a Bill Gates (y otros) podemos comunicarnos por correo electrónico e Internet. Pero él –el hombre más rico del mundo– ha donado gran parte de su fortuna y su tiempo para combatir enfermedades y enseñar a los pobres del mundo. Y el segundo hombre más rico del mundo, Warren Buffet, acaba de donar casi toda su fortuna para los mismos fines (ref. 6).

Uso adecuado del lenguaje

Yunus comprendió pronto la importancia del lenguaje. Dice en pág. 46: «En aquel entonces, por 'persona pobre' podían entenderse muchas cosas (...). Aquella imprecisión conceptual perjudicaba seriamente nuestros esfuerzos para atenuar la pobreza.» Y en pág. 47: «En el mundo del desarrollo, si se mezcla a pobres y a no pobres en un mismo programa, estos últimos siempre acaban expulsando a los primeros (...) quienes no son pobres acaban por cosechar los beneficios de todo lo que se hace en nombre de quienes sí lo son.»

Yunus pensó (pág. 122) en un programa a largo plazo para prestatarios fiables, para la construcción o restauración de sus viviendas. En 1984, el Banco Central de Bangladesh presentó un plan de refinanciación para viviendas en zonas rurales, de modo que Grameen solicitó ayuda. Rechazaron la solicitud porque «lo que se podría construir con 5.000 takas (125 dólares) no podía satisfacer de ningún modo la definición estructural básica de una casa.

«Enviamos una segunda solicitud en la que explicábamos que ya no queríamos extender préstamos para viviendas, sino para 'lugares donde cobijarse' (...) argumentaron que nuestros prestatarios no podían permitirse unos préstamos (...) que no iban destinados a la generación de ingresos (...).»

Hubo entonces una nueva presentación. «Esta vez les dijimos que queríamos facilitar a nuestros clientes unos 'préstamos para fábricas'.» Aunque hubo una tercera denegación, logró que la revocara el gobernador del Banco Central.

«Hasta la fecha, hemos concedido un total de US$ 199 millones destinados a construir más de 616.000 casas con un índice casi perfecto de pago de las cuotas semanales correspondientes. Los programas de este tipo que los bancos comerciales convencionales iniciaron en aquel momento no pudieron presumir de un éxito parecido. Sólo unos pocos de sus prestatarios devolvieron el importe de sus préstamos y el progama en general tuvo que cancelarse tras sólo tres años de vida (...).»

«Otro reconocimiento de nuestra postura se produjo cuando el programa de viviendas Grameen fue elegido en 1989 por un jurado formado por algunos de los más destacados arquitectos del mundo como merecedor del Premio Internacional Aga Khan de Arquitectura». A la pregunta de quién era el arquitecto que había diseñado nuestros prototipos, una casa compacta de 300 dólares, «les respondí que ningún arquitecto profesional había diseñado jamás ninguna de las casas construidas por nuestras prestatarias; ellas son las arquitectas de sus propios hogares como también de su propio destino».

Y, finalmente, en pág. 265: «Cuando yo empleo la palabra 'microcrédito', el que realmente tengo en mente es el microcrédito de tipo Grameen (o 'Grameencrédito'). Pero si la persona con la que hablo solo relaciona este término con alguna otra categoría de microcrédito, no comprenderá mis argumentos.» Y a continuación especifica 13 características del Grameencrédito.

Las actividades se multiplican

«Nuestro informe anual –dice en pág. 108– recogía la concesión de centenares de microcréditos a una plétora de negocios nuevos, desde los dedicados al descascarillado del arroz hasta los especializados en la fabricación de palos para helados, en el comercio con artículos de bronce, en la reparación de aparatos de radio, en el procesado del aceite de mostaza o en el cultivo de la nanjea.»

Las prestatarias-propietarias de Grameen adoptaron en 1984 «Dieciséis decisiones» (Pág. 127). Son notables las que se refieren a disminuir la natalidad, educar a los hijos, cuidar la salud, y rechazar la «dote». Decisiones similares, practicadas desde hace tres siglos, aunque no explicitadas, son las que posibilitaron el enriquecimiento de Europa. Ellas y el autoempleo impulsado por los microcréditos, lo harán en el Tercer Mundo, y no las charlas de ningún ideólogo.

En el Tercer Mundo la comunicación y la información son muy difíciles. Hay pocos teléfonos, y extender líneas de cables es muy costoso. El teléfono móvil les vino como agua de Mayo. «Grameen –pág. 133– también les hace llegar las nuevas tecnologías: teléfonos móviles, energía solar, Internet. Pronto las prestatarias necesitarán calcular el coste de sus llamadas telefónicas o leer las palabras que aparezcan en una pantalla de ordenador.» Dice en pág. 204: «Formamos dos compañías independientes: una comercial (Grameen Phone) y otra sin ánimo de lucro (Grameen Telecom).» «En cada uno de los 68.000 pueblos donde estamos implantados –dice en la página siguiente–, habría así una prestataria de Grameen que se convertirá en la 'mujer del teléfono' y se encargaría de vender el servicio telefónico a los habitantes locales gestionando el que bautizamos como 'teléfono público del pueblo'.»

Leemos en pág. 180: «(...) en abril de 1996, prestamos nuestro dólar número 1.000 millones a nuestros 2 millones de prestatarios. Fue un momento emocionante. Un proyecto que había empezado con un préstamo espontáneo de 27 dólares de mi propio bolsillo, había alcanzado ya los 1.000 millones de dólares. En apenas dos años más, prestamos nuestro dólar número 2.000 millones. Grameen no dejaba de ganar velocidad.» «Y cuando iba a los pueblos, veía los muchos prestatarios de Grameen que no solo habían traspasado el umbral de la pobreza y la habían abandonado, sino que la habían dejado ya muy atrás.(...). Su capacidad de tomar a crédito, invertir y reembolsar se había multiplicado por cincuenta en diez años.»

A las actividades mencionadas, se agrega el programa (pág. 183) «de leasing de maquinaria y material y de ganado {que} hacía posible que los prestatarios adquirieran poco a poco equipo y animales de granja costosos a través del acuerdo de arrendamiento con opción a compra que firmaban con nosotros.»

En 1985 el Ministerio de Pesca de Bangladesh (pág. 195) le pidió que se hiciera cargo de mil grandes estanques (proyecto Nimgachi). «Si logramos –pág. 200– conjugar nuestro programa de microcréditos con nuestro programa de gestión de estanques, seremos capaces de movilizar dos recursos de los que Bangladesh dispone en abundancia: un gran número de personas pobres sin tierras y un millón y medio de estanques de agua dulce.» «En Bangladesh no existe ningún motivo por el que haya gente que deba seguir siendo pobre. El nuestro es un problema de gestión y no de falta de recursos.»

Vemos en pág. 211 que «El número total de prestatarios es de 4,3 millones, de los que el 95% son mujeres». «El Banco Grameen cuenta con 1.417 sucursales, opera en 50.936 pueblos o localidades y tiene empleados en plantilla a un total de 13.125 personas. La cuantía total de dinero que el Banco Grameen ha desembolsado en concepto de préstamos desde su creación dólares. De estos, 4.260 millones han sido reembolsados por sus receptores; la tasa de recuperación se sitúa en el 98,89%». {Parece haber un error, sería de 90,64%, S.S.}.

Nos dice en pág. 212 que «El Banco Grameen ha arrojado beneficios todos los años desde su inicio, excepto los ejercicios de 1983, 1991 {en cuyo mes de Abril hubo un ciclón que mató 150.000 personas} y 1992, lo cual es toda una prueba de que las empresas con objetivos sociales pueden financiarse y funcionan». Una empresa que da beneficios, demuestra que funciona bien. Si no los diera, al no tener quien la subvencione, iría a la quiebra y dejaría de ayudar a millones de personas y dejaría de crecer y extenderse, como hace Grameen. Así como ha creado más de 13.000 empleos directos, también se puede decir que ha incorporado a los más pobres al negocio bancario.

Además del crecimiento de Grameen, cada vez hay mas promotores del microcrédito, como Results (pág. 138) en EE.UU., que tiene organizaciones hermanas en EE.UU., Reino Unido, Canadá, Alemania, Japón y Australia. En Malasia (Pág. 144), Amansh Ikhtiar Malasia, da servicio a más de 42.000 familias pobres, la mitad de las que viven por debajo del nivel de pobreza. En Filipinas (pág. 146) hay una red de más de treinta programas de réplica de Grameen, con 103.000 prestatarios.

En pág. 148 nos dice: «Alentados por el éxito de los programas de Malasia y de Filipinas, nuevos programas continuaron surgiendo en India, Nepal, Vietnam y otros países. Incluso China puso en marcha tres programas a mediados de la década de 1990. Luego llegó el turno de América Latina y de África. En Sudáfrica, John de Wit fundó un programa llamado Small Enterprise Fundation (SEF)».

También en la República Argentina funcionan los microcréditos. El Licenciado Norberto Kleiman, Presidente de la Fundación Grameen (Aldeas) Argentina, ha tenido la gentileza de informarnos lo siguiente:

  1. Los primeros préstamos Grameen de la Argentina se entregaron el 14/4/2000 en Posadas-Misiones. Hoy existen 26 réplicas funcionando en distintos lugares del país.
  2. Desde el comienzo hasta la fecha se han otorgado casi 3.000 préstamos por un monto total de un poco más de $1.000.000. –El préstamo máximo inicial es de $500, y el promedio está en el orden de los $350.– La tasa de interés promedio es del 20% anual.
  3. Alrededor del 90% de los prestatarios son mujeres, y el recupero promedio es del 95%.
  4. Los préstamos son para iniciar una actividad lucrativa, o para mejorar una ya existente. Las principales actividades son: artesanías, producción de alimentos (empanadas, pan, facturas {bollos}, pizza, &c.), servicios tales como modista, costurera, peluquera, &c., y comercios como verdulería, frutería, rotisería, venta de ropa, &c.

Y Yunus comenta en pág. 152: «Actualmente, nos consta que existe una sensacional demanda de nueva financiación y, para 2005, esperamos haber alcanzado 10 millones de prestatarios en el conjunto de programas de réplica subvencionados por el Grameen Trust.»

Las réplicas del Banco Graneen ya llegan a Estados Unidos, Japón, Alemania... Es decir, a países ricos. En EE.UU. tuvieron el apoyo entusiasta del presidente Clinton. Cuenta (pág. 163) que en la reunión preliminar una mujer pidió 375 dólares. «Soy esteticista –dijo–, pero mi negocio es limitado porque no dispongo del material apropiado. Si pudiera hacerme con una caja para esculpir uñas, que cuesta 375 dólares, estoy segura de que le podría pagar el préstamo con los ingresos adicionales que obtuviera.» Otra quería 600 dólares para comprar un carrito para vender tamales calientes por la calle.

«Mi experiencia de Arkansas –dice Yunus en pág. 165– se repitió en muchas otras partes de Estados Unidos». En Oklahoma, en territorio cherokee, una mujer pidió dinero para comprarse un hornillo con ruedas y dedicarse a la venta ambulante de tacos. Otra pidió un préstamo para criar y vender perritos.

Es curioso que los pobres de EE.UU. se parecen mucho a los pobres de Bangladesh (aunque su porcentaje es menor). Y los microcréditos funcionan con la misma eficacia, porque se dirigen a los nichos marginales, de gran magnitud para los pobres, pero despreciables para los inversores. Seguramente todos los mercados irán convergiendo asintóticamente hacia un funcionamiento perfecto, y los microcréditos perderán eficacia. Pero cuando esto suceda, ya no habrá pobreza extrema y no serán necesarios.

Referencias

  1. Muhammad Yunus, El banquero de los pobres, Paidós, Barcelona 2006.
  2. Adam Smith, La riqueza de las naciones, Alianza, Madrid 1994.
  3. Miguel Bayon, «La vendedora de mermelada», El País, 22 noviembre 1999.
  4. Sigfrido Samet, «Política vs. ideología», El Catoblepas, nº 46, pág. 20.
  5. María Rubio Yuste, «El dogma de los microcréditos», El País, 29 agosto 2006.
  6. Información de Sandro Pozzi desde New York, El País, 2 julio 2006.

 

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