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El Catoblepas, número 55, septiembre 2006
  El Catoblepasnúmero 55 • septiembre 2006 • página 9
De historia y de geografía hispánico modo

La gloriosa veintena

Millán Urdiales

Al triunfo de la expansión del español en las Américas ha contribuido de manera notabilísima, desde el comienzo mismo de la independencia de los nuevos países americanos, el papel desempeñado desde Madrid por la Academia de la Lengua

En lo que llamamos las Américas se hablan, sobre todo, tres lenguas: se habla principalmente inglés en la llamada América del Norte (no olvidemos el francés de parte del Canadá), español en la del Norte, la del Centro y la del Sur, y portugués en esta última también. Cualquier persona medianamente culta sabe en España cuáles son los nombres de los países donde se hablan las mencionadas lenguas, al menos de los países continentales, pues en las Antillas hay varios Estados pequeñitos e insulares donde el inglés, el español y el francés son utilizados como sus lenguas nacionales respectivas sin que sea ya tan fácil poner a cada oveja con su pareja. Pero esta relativa falta de claridad que afecta sólo a ciertos pequeños países del Caribe no invalida lo que pretendemos decir del resto de los países americanos.

Todo el mundo sabe también que el inglés hablado en América es consecuencia de la colonización de los emigrantes ingleses que empezaron a establecerse en las costas del este de lo que hoy son los EE.UU. a partir del siglo XVII. Y todo el mundo sabe también que el español y el portugués hablados en América son consecuencia de los colonizadores españoles y portugueses, que desde principios del siglo XVI se establecieron en distintas zonas de las islas del Caribe y de la América continental.

No es nuestro objetivo describir aquí la evolución paulatina de esos colonizadores hasta llegar al estado actual en que, tras numerosas vicisitudes, han llegado a cobrar vida y carta de países independientes, con su asiento en la ONU, las naciones que se asientan en las Américas. No obstante, cabe repetir que los países europeos causantes de la nueva situación de las Américas fueron esencialmente tres: España, Inglaterra y Portugal. Si queremos decirlo con otras palabras, podemos añadir que sus respectivas monarquías o coronas fueron los focos irradiadores desde los que se extendieron progresivamente, en el espacio y en el tiempo, las actividades colonizadoras respectivas, que habrían de llegar a la situación actual. Esta situación, como todas las concernientes a los grupos humanos que llamamos naciones, países, pueblos, no es estática, aunque como tal la representen los mapas en cada momento. Los grupos humanos que constituyen las sociedades mentadas con tales sustantivos como los empleados aquí, están, como las lenguas, en evolución constante, en un perenne estado de cambio, aunque ese cambio no se percibe en general sino a posteriori, por decirlo así.

Repetimos que no pretendemos hacer aquí la historia de los cambios sucesivos y numerosos que a lo largo de casi cinco siglos han desembocado en los colores y las fronteras que hoy nos ofrece un mapa político de las Américas. Pero, al mismo tiempo, insistimos en que la responsabilidad de los colores y de las fronteras de los mapas es tanta, que, muy a menudo son esas líneas y esas manchas de vario color las que en realidad impiden comprender mejor los hechos.

Sin embargo, sí son los mapas físicos un extraordinario auxiliar para entender los porqués de la evolución de los pueblos o sociedades que habitan en los territorios allí representados. Por ejemplo, la geografía de la mayor parte de la América del Norte contribuye en gran medida a explicar que en un territorio tan vasto hayan llegado a constituirse solamente dos naciones, los EE.UU. y el Canadá, pero la geografía física no basta por sí sola para explicar el hecho. Del mismo modo, la geografía de la América del Sur y de la América Central e Insular ayudan a comprender por qué existen hoy en dichos territorios veintitantos países, más o menos distintos unos de otros. También es la geografía física la que ayuda a entender por qué el área lingüística portuguesa, en contraste con los países de habla española, es una sola y constituye una sola nación, el Brasil. Pero, como en el caso de la América del Norte, la geografía física, aunque contribuye en gran manera a explicar la realidad actual, no basta por sí sola: otros numerosos factores, inherentes a las formas de vida y a los comportamientos respectivos de los distintos colonizadores –ingleses unos, españoles y portugueses otros– traídos a los territorios ultramarinos desde las respectivas metrópolis, contribuyeron poderosamente a hacer distintas las sociedades que hoy pueblan dichos países. Naturalmente, la presencia de numerosas poblaciones indígenas y las ulteriores y distintas relaciones entre los colonizadores respectivos y dichas poblaciones constituyen también un hecho de capital importancia para entender mejor lo que venimos llamando el estado actual de las Américas.

Tras estos prolegómenos nos acercamos a lo que podríamos considerar el capítulo de las valoraciones: hasta aquí no hemos hecho más que aludir a hechos que nos parecen evidentes y de unánime apreciación. La visión que de las Américas tienen los actuales pobladores de los países responsables de su colonización, es decir, los ingleses, los españoles y los portugueses, dista mucho de ser la misma, lo cual parece un hecho normal. Pero añadimos en seguida que la visión que tienen los españoles y la visión que tienen los portugueses, aun no siendo idéntica, están mucho más cerca una de la otra que la que puedan tener los ingleses de cualquiera de ellas. Huelga decir que, siendo la lengua un nexo de capital importancia, inspirador incluso de los comportamientos y de las estimaciones, el conocimiento de cada parte de América lingüísticamente distinta, y prescindiendo aquí del conocimiento de los especialistas o historiadores, es mucho más profundo en la antigua metrópoli respectiva: es decir, del Canadá y de los EE.UU. se sabe más y mejor en la Gran Bretaña (y en Irlanda) que en la Península Ibérica, y por el contrario, de la América que habla español y portugués se sabe más y mejor en España y Portugal que en las Islas Británicas. Los contactos pasados y presentes, su intensidad, sus características y circunstancias, explican esos respectivos conocimientos. Vistas las cosas desde las Américas, ocurre algo semejante, aunque no exactamente igual; pero en términos generales, cabe decir que los anglohablantes conocen más de la Gran Bretaña e Irlanda que los hispanohablantes o que los hablantes de portugués, y que a su vez, estos dos grandes conjuntos saben más de España y Portugal, respectivamente, que de las Islas Británicas.

Ahora bien, al saber hay que añadir el sentir; es decir que, al conocimiento de determinada realidad, conocimiento además subjetivo, hay que añadir la valoración de ese conocimiento. Y aquí es donde empieza a haber mayores diferencias entre los pobladores de todos los territorios hasta aquí mencionados, ya sean ultramarinos, ya sean de aquende el Oceáno. Para simplificar, digamos que hay una América anglosajona y anglohablante, y una América ibérica que habla español o portugués, que ambas Américas son muy distintas y se sienten y se creen muy diferentes, y que a causa de esas diferencias se sienten ambas Américas, en muchos aspectos, mutuamente repelidas, y en muchos casos, en el presente y en el pasado, abiertamente hostiles.

Por otra parte, y a causa sobre todo de su común situación ultramarina con relación a Europa, sienten también frente a ésta, o frente a otros continentes, una comunidad más o menos intensa que podríamos llamar, de modo muy general, «americanismo».

La valoración de las respectivas realidades americanas, la anglohablante por un lado, y la que habla español o portugués por otro, es pues, muy distinta, por parte de sus antiguas y respectivas metrópolis. A pesar de su extraordinaria importancia, prescindimos aquí de detalles y aspectos como las fechas respectivas de la independencia de los distintos países americanos y las circunstancias que en cada caso llevaron a ella; quede esto para el historiador y bástenos a nosotros ahora observar los modos y las maneras en que los habitantes de las antiguas metrópolis se refieren a aquellas realidades americanas de hoy, limitándonos a ingleses y españoles, pues no sé lo que, en este aspecto, ocurre en portugués y entre los portugueses.

Los hechos linguísticos nos ayudarán a esclarecer las cosas: para los anglohablantes de Europa (británicos e irlandeses), America ha venido a ser sinónimo en inglés del país también llamado the States, the United States o también U.S.A., y así se dice he went to America o he went to the States. A estas expresiones se opone, de modo un tanto vago, South America, que viene a ser para el inglés no culto la América no anglo-hablante; y así se dice he went to South America y de un modo más preciso se mencionan los países del continente: he went to America but she went to Canada o to Mexico, o to Brazil, &c. Esta oposición aparece realzada en el caso de los gentilicios: puede hablarse así de los Americans, los Canadians, los Peruvians, los Argentinians, &c. Esta es la causa de que los españoles de treinta o cuarenta años para acá, digamos cada vez con más frecuencia los americanos para referirnos a los súbditos de los EE.UU. Es un hecho que se da en otras lenguas y en otros países europeos y quizá en el mundo entero. Esto no se debe solo, como tiende a creerse, al poder e importancia de tal país sino a un hecho lingüístico: el de carecer en inglés de un gentilicio, simétrico de English, Irish, Spanish, Italian, &c., que no sea American, puesto que no hay un gentilicio derivado de the States o the United States; sin embargo, en español, hay dos: estadounidense, que cada vez se emplea menos, y norteamericano, que cada día se emplea más, y que es, en efecto, el equivalente del inglés American. Se llega así a la curiosa situación de que en español decimos con absoluta naturalidad que los norteamericanos son los súbditos y habitantes de los Estados Unidos igual que decimos que los canadienses son los del Canadá o los chilenos los de Chile.

Los anglohablantes de Europa, como ya dijimos, se sienten más cerca de los anglohablantes ultramarinos que de los hablantes de español o portugués de las Américas. Y aunque no con la misma intensidad ni de manera del todo semejante, los anglohablantes de América (al menos los cultos) se sienten en general, más cerca de los anglohablantes de Europa que de los otros europeos, e incluso que de los otros americanos. Pero es curioso observar, por fin, que ni unos ni otros, en sus relaciones mutuas, utilizan expresiones alusivas a la paternidad, la filialidad, la fraternidad, la Madre Patria. En raras ocasiones y en contextos determinados, los de allende el Atlántico emplean la expresión the old country para referirse a la Gran Bretaña. En nuestros días se utiliza a veces en las cancillerías de Londres o de Washington a special relationship como expresión capaz de describir el parentesco y el mutuo afecto. Si se piensa que, con cierta hipérbole, podría decirse que el Atlántico del Norte es un lago anglosajón, habrá que admitir que tal expresión es tremendamente discreta.

En contraste con esto, los españoles de nuestro siglo estamos acostumbrados a oir y emplear con muchísima frecuencia frases donde se alude a la Madre Patria, o donde se califica a las naciones hispanohablantes y ultramarinas de hijas y de hermanas, según el locutor y su perspectiva. Esta visión antropocéntrica no parece darse entre los anglohablantes, pero sigue haciendo furor entre los hispanohablantes, y naturalmente, revela una concepción del mundo y de las cosas muy distinta de la de aquellos. Desde el punto de vista biológico cabe afirmar que es «más padre» o «más madre», el que procrea más hijos; por eso puede decirse en español «fue madre cuatro veces» y ser madre cuatro veces es más que serlo tres, dos o una. Y lo mismo cabe decir del padre. Así pues, cuando los hispanohablantes queremos subrayar el mérito de la colonización que, andando el tiempo, dio lugar a las nuevas naciones, llevando allá lengua, religión, &c., propendemos con enorme facilidad a servirnos del número con criterios triunfalistas. Y así, desde el entusiasta alevín de periodista hasta el festejado académico, pasando por políticos, enseñantes, hombres de Iglesia e incluso comerciantes, todos, en cuanto la ocasión se presenta, claman con entusiasmo que veinte Repúblicas hermanas hablan nuestra lengua, &c.

No puede menos de llamar la atención el hecho de que los anglohablantes de Europa no se sientan nada rebajados por no haber «procreado» más que un par de vástagos, los llamados en su lengua The United States of America y Canada. Añadamos enseguida que además, el Reino Unido y sus súbditos no llaman nunca hijos ni hermanos a los países anglohablantes de América; en circunstancias inevitables se consideran transatlantic cousins; es a lo más que llegan unos y otros al referirse al parentesco.

Cabe finalmente preguntarse cuándo y cómo empezó a utilizarse con aires de triunfo el famoso plural, las veinte repúblicas hermanas, para realzar el papel de la Madre Patria. En primer lugar, se observará que para llegar a veinte hay que incluir a Puerto Rico y al Brasil, pero es un hecho lingüístico de aplicación general que los números «redondos» tienen mucho más prestigio y mucha más eficacia retórica que los otros: de ahí que veinte «suene» mejor que dieciocho y además veinte puede sustituirse por veintena, cosa imposible en el caso de los otros numerales (dieciocho, diecinueve, etc). No obstante, no conviene desorbitar el alcance de semejante uso: como suena mejor, y es casi verdad, la «gloriosa veintena» se ha hecho popular. El epíteto parece haber nacido en nuestro siglo, probablemente a raíz de la nueva conciencia que los escritores de la Generación del 98 adquirieron sobre la historia de España en general. Entre esas nuevas actitudes no fueron las menos agudas las que se preguntaron sobre el alcance y los contenidos de conceptos amplios y abstractos como decadencia o patriotismo, por ejemplo. Y así, Azorín, en Una Hora de España, un libro de unos cuarenta capítulos, estampas o cuadros, tiene uno titulado precisamente La famosa decadencia. El libro parece que fue su discurso de ingreso en la Academia Española el 26 de Octubre de 1924.{1} Las cuatro páginas del ensayo, además del valor literario de un texto típicamente azoriniano, contienen indudables verdades; aquí nos interesa subrayar la génesis del cliché (la veintena), lo que entraña serios peligros, dado que todo lo que se dice o escribe está siempre en un contexto, y en el caso de un gran escritor, el contexto es aún más importante.

Azorín dice textualmente, «No ha existido tal decadencia. ¿Cuándo se la quiere suponer existente? Se la supone precisamente en el tiempo mismo en que España descubre un nuevo mundo y lo puebla; en el tiempo mismo en que veinte naciones nuevas, de raza española, de habla española, pueblan un continente...». Y más adelante, añade: «No ha existido la decadencia. Un mundo acaba de ser descubierto. Veinte naciones son creadas. Un solo idioma ahoga a multitud de idiomas indígenas». Luego canta la obra colonizadora de España y añade aún: «España es la Península y los veinte pueblos americanos». Azorín termina achacando la idea de decadencia a la antigüedad de la propia idea, con raíces en el mundo antiguo, a la saturación «de doctrinas ascéticas» en las que España vivía «en siglos pasados», y también al interés de los grandes vecinos, Inglaterra y Francia, en debilitar aún más al país que se autocomplacía en su fragilidad. Este texto de Azorín podría muy bien ser el punto de partida de la expresión que ha glorificado el número veinte, aunque quizá no sea el único autor que haya podido emplear semejante expresión, y probablemente otros escritores, directamente o por boca de sus personajes, pueden haber utilizado tal expresión en las tres primeras décadas de este siglo.

La expresión no dejó de llamar la atención de historiadores extranjeros; en A History of Europe,{2} H.A.L. Fisher titula uno de sus capítulos, The End of the Iberian Empires y lo termina así:

Since the Great War Spain has drawn nearer to her daughter nations. There is no talk of a revival of the empire. The Spanish American peoples will not renounce their independence. Yet when the League of Nations meets every autumn at Geneva there is a renewal of the spiritual íntimacy between the scattered members of the Spanish dispersion. Confronted with the strange and complicated portent of Europe, Spain and her American daughters stand together. (Ibid., pág. 940)

El historiador inglés parece así aceptar la idea e incluso la terminología azorinianas; no obstante, antes del texto que acabamos de transcribir, Fisher traduce un largo párrafo del capítulo de Azorín y añade en nota al pie: «The gifted virtuoso omits to notice English capital and German immigrants.» (Ibid., pág. 940)

Sin entrar a discutir punto por punto el ensayo de Azorín se echará de ver que el aspecto triunfalista de la expresión es consecuencia de una especie de ingenuidad provocada por los colores y las fronteras de los mapas; no hay duda de que «veinte naciones« son más que una, que dos, que tres, &c. El trasplante de la lengua española a esas nuevas naciones es otro de los grandes éxitos indiscutibles, como lo son, en general, los de la religión, la organización social, &c. Pero lo que nosotros queremos subrayar aquí es que, en contraste con la colonización de estirpe anglosajona, que no produjo en América más que dos grandes vástagos (uno, por cierto, con el significativo nombre de Estados Unidos, en correspondencia probablemente no buscada, con el de Reino Unido), los españoles de este siglo nos empeñemos en creer que es mejor haber «creado» veinte naciones que haber «creado», por ejemplo, quince, diez, cinco o menos. Es el énfasis puesto en el número donde se refleja la debilidad del argumento, pues cabría pensar que si, en lugar de «veinte», fuesen treinta, cuarenta, cincuenta, &c., el valor de nuestra «creación», sería proporcionalmente mayor. Y, sabido es que hay bastante territorio para que se diesen tales hipotéticas cifras. También es de observar que los lusohablantes de la Península no «crearon» allende el Atlántico más que un solo vástago, el Brasil, cosa de la que los españoles no hablan ni bien ni mal.

Otro ingenuo matiz de la expresión triunfalista es el ampuloso valor que se le da a la palabra «nación», consecuencia, sobre todo del indudable significado de los topónimos pero también de los colores de los mapas, y sin olvidar quizá el prestigio que en los años veinte tuvo la llamada Sociedad de Naciones. Sin embargo, si los españoles conociéramos mejor nuestra historia comprenderíamos también mejor que el número de naciones en que se dividieron los territorios de la Corona española en América estuvo directamente condicionado por las circunstancias en que la metrópoli se encontraba cuando esos territorios se convirtieron en naciones; y sabido es que esas condiciones adversas en las que España se hallaba, y que iban a durar más de un siglo, eran sobre todo consecuencia de la invasión napoleónica y de la desintegración española por ella iniciada, desintegración que, de modo más o menos intenso, más o menos larvado y más o menos constante, ha venido amenazando a España desde entonces. En otras palabras, la relación España – Naciones Hispanoamericanas es inseparable de las vicisitudes internacionales en que España ha estado y está, en relación con sus vecinos europeos.

Otros hechos lingüísticos han podido también contribuir a dar prestigio al número: el hecho de que se hayan utilizado y se utilicen aún plurales como las Indias, las Américas, las Españas, son bien significativos. El último plural, inventado por los propios españoles, es el de las Autonomías, que en ciertos contextos aparece caritativamente adjetivado por algunos historiadores con el genitivo «de la Corona». Tampoco hay que olvidar que la voz «reinos» en plural sigue siendo utilizada por los historiadores más serios de la historia de España, para referirse a realidades muy posteriores a la unión matrimonial entre Isabel de Castilla y Fernando de Aragón.

Cabe incluso pensar en otro fenómeno de raíces aún más lejanas y ocultas: el identificar fraternidad con comunidad de religión y de lengua, a pesar de las enormes diferencias físicas, materiales, étnicas y culturales de las respectivas unidades hispanohablantes, a éste y al otro lado del Atlántico, tiene algo de «oriental», en la medida en que recuerda la facilidad con que los países islámicos, a pesar de sus frecuentes querellas y reconciliaciones, propenden a llamarse «hermanos» frente a enemigos más o menos comunes y más o menos pasajeros. Indagando en esta metáfora de la fraternidad aplicada a la «gloriosa veintena» de hijas ultramarinas, con sus banderas, sus constituciones, sus pasados épico-heroicos, indígenas o no, llegaríamos a conclusiones que tienen mucho de arabesco.

Dicho todo esto es innegable que, de un modo general, los españoles sienten y consideran a los habitantes trasatlánticos hablantes de español y portugués como parientes, es decir, como gentes mucho más cercanas a ellos de lo que puedan estarlo los anglohablantes de los EE.UU. y del Canadá. También es cierto que estos sentimientos de proximidad son, dentro de España, más notables y perceptibles en unas regiones que en otras; esto se debe a factores diversos y de modo especial a la cantidad de emigrantes que de las distintas regiones españolas han partido hacia determinados países ultramarinos; así por ejemplo, puede decirse que Cuba y Méjico se sienten en Asturias como más próximos afectivamente que Perú o Chile; ello se debe a que la emigración asturiana de los últimos cien años se dirigió sobre todo hacia Cuba y hacia Méjico. Este ejemplo nos lleva, de rechazo, a comprender mejor la profundidad del fenómeno centrífugo español de los últimos doscientos años, hasta el punto de que el número de Autonomías en que hoy aparece dividido el país, casi ha venido a coincidir, por casualidad sin duda, con el número de las naciones americanas de habla española. Como dijimos más arriba aunque se hable de veinte naciones en realidad son dieciocho puesto que el Brasil es de estirpe portuguesa y habla portugués, y Puerto Rico tiene un estatus muy particular. Y del latente sentimiento de unidad ibérica es buena prueba que en España se sienta al Brasil como más cercano que a los EEUU o al Canadá; y esto a pesar del tradicional «desconocimiento» entre España y Portugal. De esta conciencia de comunidad entre la Península Ibérica y los vástagos ultramarinos son buena prueba nombres y adjetivos como Iberoamérica, iberoamericano, Hispanoamérica, hispanoamericano. No obstante, es un hecho que Latinoamérica, latinoamericano, compiten, en muchos casos con éxito, con las otras denominaciones. Esto se explica por varias razones: por de pronto, Hispanoamérica e hispanoamericano, excluyen a Portugal y Brasil. Pero el éxito de Latinoamérica, latinoamericano, se debe sobre todo a que el nombre traduce la expresión inglesa Latin America y la francesa Amérique Latine; es decir, desde el punto de vista del americano anglohablante, Latinoamérica es más contundente porque, además de incluir a la realidad lusohablante equivale a «los otros», frente a un «nosotros» que son los EE.UU., y a veces, los EE.UU. más Canadá. Es también innegable que el adjetivo Latin, incluso para los no cultos, alude a Italia, país cuya emigración a países como la Argentina ha sido muy importante. No debe olvidarse tampoco que al prestigio de Latinoamérica o América Latina y su gentilicio latinoamericano, contribuyó de manera muy notable el prestigio de Francia y de la literatura francesa. Si la invasión napoleónica, con sus consecuencias inevitables, sus circunstancias y sus avatares todos, representó el comienzo de la desintegración española como nación (recuérdense las Juntas Regionales por ejemplo), resultaba «natural» que los territorios americanos, gobernados desde Madrid y nunca llamados Imperio, aunque se hablase de Virreyes, se desintegrasen también en fragmentos diversos que, con sus nombres particulares, es decir, los topónimos que en la mayoría de los casos los designaban, vinieron a constituirse en naciones. Estas nuevas naciones veían en un principio a la metrópoli como un enemigo, como el poder opresor del que tenían que liberarse. Esa actitud es natural y universal: los nacientes Estados Unidos de América tuvieron su guerra con Inglaterra para alcanzar la independencia y la inmensa mayoría de los nuevos estados africanos y asiáticos que en nuestro siglo han alcanzado la suya han visto en las respectivas metrópolis que antes los habían colonizado, a sus auténticos enemigos. Pero en la práctica lo normal es que una vez alcanzada la independencia, la antigua metrópoli siga siendo el país con el que más intimidad comercial y aun cultural tengan aquellos. Este es el caso de los países de estirpe ibérica, pero también es innegable que, a lo largo del siglo XIX, la inclinación de la mayoría de esos países hacia Francia fue notabilísima. Ello se explica, sobre todo, porque los intelectuales y los políticos de esos nuevos países se veían atraídos por el foco que representaba Francia y de modo especial París. El papel que esta gran ciudad desempeñaba como mercado artístico, cultural y literario era enorme y la lengua francesa, mucho más próxima y fácil que la inglesa para los hispanohablantes, amén de su arraigado prestigio como lengua internacional y diplomática, se convirtió en el vehículo mediante el cual entraban en el mundo internacional los intelectuales, los escritores y los artistas de procedencia iberoamericana. Esto, además, era algo inseparable de la tremenda influencia que Francia y todo lo francés ejercieron en el mismo período en las respectivas metrópolis, España y Portugal.

En el uso español actual coexisten, pues Iberoamérica e Hispanoamérica, junto a Latinoamérica o América Latina; a mi juicio, el hecho de que Latinoamérica sea más frecuente que América Latina (a lo que contribuye también el adjetivo latinoamericano, toda vez que americano latino no existe), refleja también el desplazamiento universal que del francés está llevando a cabo el inglés. En España, el uso de uno u otro término puede incluso llegar a denotar sutiles afinidades políticas. En los medios académicos más selectos se prefiere el uso de Hispanoamérica (o Iberoamérica en su caso), e hispanoamericano, sin duda porque se está consciente de la importancia y de la autenticidad del hecho lingüístico, es decir, del pasmoso éxito que ha supuesto la expansión del español entre las numerosas lenguas indígenas de América, sin ir acompañada además de la eliminación de las etnias respectivas, cosa que no ha ocurrido en todas partes. A ese triunfo, digno del mayor encomio, que representa la expansión del español en las Américas, ha contribuido, de manera notabilísima, desde el comienzo mismo de la independencia de los nuevos países americanos, el papel desempeñado desde Madrid por la Academia de la Lengua, es decir, la Real Academia Española. El tacto exquisito con que esta secular institución fomentó la creación de Academias correspondientes en las nuevas naciones ultramarinas es uno de los logros más notables que uno puede atribuir hoy a España como solar de esa lengua. Los atinados esfuerzos que todas esas Academias llevan a cabo para mantener la unidad de su lengua común representan la mejor política posible; sus reuniones o congresos periódicos dan buena prueba de ello, y de paso refuerzan –o así lo parece, al menos– la importancia de la lengua como elemento de unidad, en un momento en que el país parece necesitarlo más que antes, en vista de los fenómenos regionalistas que se han desencadenado en los últimos años.

Notas

{1} Citamos por la 1ª edición para la Colección Austral, Buenos Aires 1948, págs. 145-148.

{2} H. A. L. Fisher, A History of Europe, Edward Arnold and Co., London, 1936. (El prefacio está fechado en enero de ese año.)

 

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