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El Catoblepas, número 53, julio 2006
  El Catoblepasnúmero 53 • julio 2006 • página 8
La soledad sonora

La desaparición del pasado

José Ramón San Miguel Hevia

La desaparición del pasado en las Danzas medievales,
en las Coplas y en la poesía del barroco

La Danza de la Muerte

Los siglos XIV y XV son creadores de un género literario que no tiene precedentes en la antigüedad ni se repetirá en los tiempos modernos. Es un poema dramático de una estructura sencilla y sumamente tosca por los recursos poéticos que utiliza, los personajes que intervienen y la repetición de una misma secuencia. Su guión –pues se trata de un guión que marca el paso de la danza– se compone de pesadas octavas de arte mayor.

En la introducción de todas las escenas se presenta el personaje central de la danza, y se abordan todos los lugares comunes de la meditatio mortis medieval. La muerte es cierta y avisa de la brevedad de la vida, es universal, porque tanto los niños de pecho como los mancebos o los viejos tienen la edad suficiente para morir. Un predicador anuncia en un breve sermón inicial la exigencia moral que se deriva de todas estas condiciones.

La continuación del poema es también sumamente esquemática. La muerte va llamando a todos los estamentos que componen la rica sociedad de la Edad Media, que en un primer momento se resisten a bailar con un acompañante tan indeseable. En vista de ello la muerte se convierte en protagonista e inicia con cada uno y contra su voluntad una danza macabra, un musical mezcla de poesía y drama. Los dos momentos están representados por otras tantas octavas, y esta estructura poética se va repitiendo de forma sistemática y monótona, a medida que aparece un nuevo personaje.

Las danzas son un producto literario típicamente medieval y en ellas –como después en las procesiones de la pasión– el pueblo ya no es mero espectador, pues participa en una acción, que lo retrata y lo proyecta hacia un final conocido y aceptado. Tiene elementos de tragedia, porque la muerte sustituye al destino fatal del héroe y además se traslada a toda la colectividad. Tiene también elementos de los Autos Sacramentales, porque cada personaje representa de forma abstracta a un estamento de la sociedad. Pero en todo caso mantienen un perfil típico, que refleja fielmente el modo de ver el mundo y la vida de su época.

La Danza general de la Muerte va llamando sucesivamente a todos los estamentos de la Edad Media, que somete a una crítica implacable en ese momento final. En una lenta procesión van apareciendo los oficios eclesiales, el Papa, que ya no podrá conceder beneficios ni obispados ni organizar cruzadas, el cardenal, el patriarca que ha de renunciar a sus dignidades y a su cruz dorada, el arzobispo amador del mundo y sus placeres, el obispo que dejará la plata y oro y sus palacios, el abad gordo, folgado, vicioso, que ya no podrá catar manjares sabrosos, el deán, el arcediano, que dejará su cargo con mucha afrenta, el canónigo, privado de su sobrepelliz y su dignidad en el coro.

La danza continúa en esa procesión, profundamente anticlerical, llamando al cura, al que sus parroquianos ya no darán diezmos ni regalarán con pollos y lechones, al diácono, al subdiácono que ya no podrá rezar el salterio ni cantar con grandes gritos en las procesiones, al sacristán y al santero, y finalmente al rabí y al alfaquí, tratados con sorprendente benevolencia. Sólo se libran de esta catástrofe universal el monje y el fraile menor, a condición de seguir fielmente su regla, y el ermitaño, que ha renunciado previamente a todos los deleites y beneficios del mundo. Lo que la muerte retrata, critica y anula es la sociedad de la Edad Media y su rígida jerarquía.

La danza y la procesión civil mantiene esa misma organización jerárquica, que viene a ser un duplicado de la eclesial. El emperador cederá la plata y el oro y abandonará su tiranía y sus continuas batallas, el duque no disfrutará de los placeres y las justas y torneos, el condestable renunciará a las doncellas, el caballero verá cómo desaparecen sus armas y sus mercedes y sus tierras y dineros, el escudero tendrá que abandonar los amores sabrosos de las dueñas.

Los diversos oficios y sus ganancias van a seguir el mismo camino. El mercader ve cómo desaparece su comercio y las riquezas que obtiene gracias a él, el abogado prevaricador no puede echar mano de su sabiduría y de los libelos y fueros y Digestos y deja de recibir paga de los dos pleiteantes, el médico debe desistir de curar enfermos y ganar dineros con su arte, el usurero ha de dejar todas las riquezas allegadas a costa de los prestamistas, el labrador ya no prueba los frutos de su trabajo y el mismo camino siguen el contador y el recaudador.

Así pues la intervención de la Muerte imprime un cambio brusco en esa colectividad y en todos sus componentes. Vaya por delante que no se trata de un futuro dudoso o inventado por la imaginación, ni de un consuelo de los oprimidos. Al revés, la Muerte es una realidad tan terrible como cierta, y afecta tanto al papa y al emperador como al labrador y a todos los infinitos estamentos intermedios, que prácticamente sin excepción le tienen verdadero pavor.

Es, además de cierta, irremisible. Ni el Rey la puede evitar llamando en su ayuda a los sus caballeros, ni el Condestable consigue huir de ella con su mejor caballo, ni sirven de nada las súplicas de los poderosos o de los pobres. Nadie puede librarse de su danza, y la reiteración del mismo esquema poético y dramático sirve para anunciar este destino común a todos los hombres.

Dentro de la sociedad cerrada y rígidamente jerarquizada de la última Edad Media, la Muerte juega un papel decisivo, porque es un juez severísimo de todos los hombres cualquiera que sea su condición. En este sentido su juicio es absoluto, pero no porque consuele a unos y castigue a otros según haya sido su conducta y su prosperidad en la vida, sino por su función igualatoria.

Todas las diferencias establecidas por una injusta repartición del destino quedan anuladas. La Muerte es la desaparición del pasado de todos, ricos o pobres, poderosos u humildes, sanos o enfermos, porque ante ella todos son totalmente iguales. Nadie puede llevar nada consigo, ni el Rey sus vasallos, ni el duque sus riquezas, ni siquiera el labrador su trabajo. Pero además su acción demoledora suprime la misma existencia de todos los hombres, que sólo dejan detrás de ellos una pregunta: «Ubi sunt?»

Las Coplas

Jorge Manrique va a retomar los lugares comunes de la Edad Media en su descripción de la vida del hombre, y en este sentido sus coplas no son originales, ni por la forma del razonamiento ni por su contenido. Pero las coplas se desarrollan con tanta calidad de palabra, con tan gran ordenación y limpieza de ideas, y con un estilo tan elevado y al mismo tiempo tan fácil, que son difícilmente superables.

Las ideas que atraviesan la primera parte del poema son típicamente medievales y avisan de la brevedad de la vida y de la desaparición de cuantos estuvieron en el mundo. Únicamente la segunda parte dedicada a su padre sustituye la vivencia del presente y el «carpe diem» por la búsqueda de la fama, la «tercera vida» que anuncia el Renacimiento.

Las estrofas iniciales responden al tópico de la brevedad de la vida y lo desarrollan en tres sentidos. En primer lugar el tiempo del hombre no es estable y se va comprimiendo hasta llegar a su final. Y esto de tal manera que cualquier pasado es para una reflexión atenta mejor que el presente, pues entonces quedaba infinita más vida por delante.

La segunda estrofa es decisiva y representa una inversión del tiempo. La categoría que se impone a todas las demás no es el presente, que se va y se acaba en un instante, ni el futuro, sometido también a un tránsito seguro y fugaz, sino el pasado en el que necesariamente se convertirá la existencia humana: «Porque todo ha de pasar, por tal manera.»

Manrique completa esta descripción con una metáfora, la de los ríos, que resume el tema de las Danzas, señalando el carácter irremisible e igualitario de la muerte. Los ríos siguen una corriente que no se detiene y avanza en un solo sentido, y todos se confunden en el mar, que es su destino común. Allí terminan y quedan iguales, tanto los grandes señores –los ríos caudales– como los medianos y pequeños.

Las coplas resume en una estrofa el mismo tema que las danzas han desarrollado despaciosa y lentamente, llamando a su baile a todos, desde el emperador y el papa, al labrador «que vive por sus manos». La muerte acaba y consume a todos los hombres, cualquiera sea su estado y condición, y en este sentido es un juicio inapelable y definitivo que iguala a todos.

Después de una invocación al salvador y a la forma cristiana de vivir, las estrofas siguientes inician otros tantos razonamientos, que desarrollan lentamente el tema «brevis vita nostra est». En primer lugar, las cosas tras las que andamos tienen tan poco valor que desaparecen incluso antes de nuestra muerte. En la vejez se pierde la belleza y la fuerza y agilidad de la juventud, y deja de tener sentido la preocupación por hacer un cuerpo hermoso.

Pero además las vueltas de la fortuna –otro lugar común de la Edad Media– hacen caer a los más nobles de sus estados y riquezas. El linaje más eminente ve cómo se hunde por el poco valor de sus dueños, o porque privados de haberes se entregan a oficios humillantes. Así que no se puede pedir firmeza ni estabilidad a quienes están sometidos a los vaivenes de una señora tan caprichosa. Y aunque conservásemos invariables las condiciones más excelentes, todas nos acompañarían y terminarían en la fosa común, y eso muy pronto, porque «la vida se va apriesa como sueño». Cuanto más corramos detrás de los placeres y los éxitos engañosos de la existencia, tanto antes caeríamos en la emboscada fatal de la muerte. Y entonces ya no podríamos «dar la vuelta», porque el pasado ya ha desaparecido definitivamente y no queda ningún presente ni futuro para vivir.

La forma de las estrofas, convertidas al mismo tiempo en un poema insuperable y en una sencilla conversación que medita sobre la vida y la muerte, sigue el esquema de un razonamiento escolástico. La vejez, la fortuna y la muerte son las premisas a partir de las cuales se infiere un tiempo irreversible y la fugacidad y brevedad de la existencia, el «brevis vita nostra est» del cantar medieval.

Ubi sunt?

La segunda parte de las coplas es la más brillante y la más original, y responde a la pregunta del «gaudeamus» que avisa de la desaparición de las figuras históricas que el poeta tuvo ocasión de conocer y que sin embargo no están ya en el mundo por más que los busque. El ¿ubi sunt? del cantar y el ¿qué se fizo? de las coplas denuncian esta anulación de lo que ha sido por efecto del paso implacable del tiempo.

La repetición de esa fórmula sirve para subrayar con más fuerza la desaparición del pasado. ¿Qué se fizo el rey Don Juan? ¿Qué se ficieron los infantes de Aragón? ¿Qué fue de tanta invención que trajeron? ¿Fueron sino devaneos, las justas e los torneos? ¿Qué se ficieron las damas? ¿Qué se fizo aquel trovar? ¿Qué se fizo aquel danzar, y aquellas ropas chapadas? Casi toda esta parte de las coplas es una continua interrogación que sirve de base a una meditatio mortis.

Manrique es un cortesano que ha tenido ocasión de conocer todos los reyes y príncipes y grandes del siglo XV. Por las coplas van pasando sucesivamente Juan II y los infantes de Aragón, Enrique IV su heredero, el malogrado infante Don Alfonso, el Condestable Álvaro de Luna y los dos hermanos, maestres de las órdenes de Santiago y Calatrava, enemigos de los Manrique.

A todos estos reyes del pasado ha hecho desaparecer la muerte, pero al mismo tiempo también a las brillantes cortes de Don Juan con sus damas y trovadores, a las desmedidas dádivas y tesoros de Don Enrique, a los señores que siguieron a Don Alfonso, a las infinitas riquezas y villas y lugares de Álvaro de Luna, a la prepotencia de los dos maestres.

Esta segunda parte va preparando dos últimas estrofas magistrales que cierran el tema del «ubi sunt», siempre a través de una interrogación y una meditación. En primer lugar, ¿dónde están ahora, y dónde esconde la muerte a tantos duques, condes, marqueses y barones, y sobre todo dónde quedan todas sus hazañas «que ficieron en las guerras y en las paces»?

La conclusión de este largo discurso avisa de la universalidad de la muerte, a la que no pueden hacer frente los ejércitos más formidables. Ni las huestes innumerables, ni las fortalezas invencibles, cerradas por baluartes y barreras, ni los fosos más hondos, ni cualquier obstáculo impiden que en su momento la muerte «todo lo pase de claro con su flecha».

Es una paradoja que la última parte de las coplas, el homenaje a su padre muerto, que motivó toda la composición del poema, sea la más débil desde el punto de vista existencial. Manrique abandona los lugares comunes de la Edad Media y los sustituye por temas propios del Renacimiento. La muerte ya no es una pura desaparición del pasado, pues los caballeros que cumplieron su misión han conseguido, gracias a la fama una tercera vida gloriosa.

Durante la {ultima Edad Media (romancero sobre la muerte de Don Álvaro de Luna), el Renacimiento («En tanto la color de vuestro gesto» de Garcilaso) y sobre todo en el barroco se mantiene de mil modos y maneras el tema del tiempo anulador de la existencia y la memoria de la muerte Valgan como muestra la elegía a la Ruinas de Itálica de Rodrigo Caro y el correspondiente soneto de Francisco de Medrano y el soneto a la rosa del «Príncipe Constante» de Calderón. Pero el análisis de l tiempo y la caducidad de la vida humana alcanza su más poderosa manifestación en la descomunal figura de Quevedo, en su amplísima obra en prosa y sobre todo en los sonetos analiza el tiempo y la preterición de la vida humana con tanta precisión como belleza.

La poesía del barroco

La obra poética de Quevedo, y especialmente sus sonetos que avisan de la finitud de la vida y la presencia inexorable de la muerte están integrados en largos y numerosos tratados filosóficos y políticos en prosa, y en una sátira social, todo con un denominador común. Quevedo sigue la doctrina estoica, y se resigna al destino propio de todo hombre. Además traduce las epístolas de Séneca y hasta defiende el ascetismo sosegado de Epicuro. En consecuencia acepta con una u otra actitud que la muerte es el límite y final de la existencia.

El mismo camino siguen sus escritos políticos. Quevedo asiste a la lenta decadencia del poder de España en el mundo. Con sátira despiadada ataca al Cardenal de Richelieu, cuya cabeza es manantial de todo veneno y desde ella se deriva a Francia y a Europa una epidemia incurable. Dos años después acusa a los mismos franceses de inquietar a los ánimos de los flamencos y convidarlos a que se rebelen contra su señor natural. Casi al mismo tiempo denuncia la separación definitiva de Portugal y la rebelión de Barcelona que «ni es por el huevo, ni por el fuero».

Su crítica de la sociedad española del barroco, que pierde sus referencias morales y sus valores tradicionales es implacable. Los Sueños –del infierno, de la muerte y la hora de todos– y su única novela, Historia de la vida del Buscón, retrata con toda naturalidad a una colectividad moribunda. Nadie se libra de su censura, ni los médicos, letrados, jueces, doctores, escritores y libreros. Tampoco los bufones, truhanes, juglares y pasteleros caníbales, ni ninguno de los infinitos oficios que la imaginación desbocada de Quevedo descubre.

Sus sonetos referidos a la vida, tienen la misma brillantez y aproximadamente la misma extensión de las Coplas, y como ellas meditan en la desaparición del pasado por efecto de la acción del tiempo. Pero mientras que Manrique encuentra en la fama la justificación de toda una existencia gloriosa, Quevedo es testigo de la decadencia y la falta de sentido de la vida individual y colectiva cerrada por la muerte.

Esta presencia destructora del tiempo se extiende al mundo de todos los seres vivientes. En su espléndido soneto a Flora, la ostentación lozana de la rosa, el nevado almendro que se anticipa a los calores, son una llamada de atención a la hermosura y la soberbia humana sujeta a las mismas leyes de caducidad.

El último terceto –como suele suceder en los sonetos de Quevedo– es literariamente intocable: Tu edad se pasará mientras lo dudas, de ayer te habrás de arrepentir mañana, y tarde y con dolor serás discreta. Así que las flores perecederas son una figura de la transitividad de la vida humana.

Los poemas dedicados a las ruinas –otro lugar común del Renacimiento y el Barroco– avisan también de la precariedad de una existencia colectiva y de la desaparición del pasado. El peregrino que busca a Roma en Roma sólo encontrará el cadáver de sus murallas y la tumba de sus montes. De toda aquella grandeza sólo queda el Tíber, que antes la regaba y ahora la llora. Otra vez los versos finales dan sentido al soneto: Huyó lo que era firme y solamente, lo fugitivo permanece y dura.

La elegía a la vieja grandeza de Roma se completa con un soneto al más ilustre de sus hombres: César fortunato y fuerte. También él murió, pero de una forma absoluta, hasta el punto de que se han perdido los vestigios de su monumento glorioso, «porque también para el sepulcro hay muerte».

Esta memoria de las ruinas todavía se cierra con el comienzo del soneto probablemente más conocido de Quevedo: «Miré los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes ya desmoronados», y con su final, que anuncia la decadencia de unos tiempos gloriosos, y de una primavera y una juventud perdida: «Y no hallé cosa en que poner los ojos, que no fuese la imagen de la muerte.»

El camino hacia la muerte

Los poemas a la flor y a las ruinas son la preparación de una serie de sonetos, que describen la fugacidad de la vida humana y su fin inevitable. La vida es una total frustración, que anula cualquier pretensión de riqueza o de honra. Porque el tiempo devana el hilo de sus horas fugitivas, y además no vuelve atrás, ni siquiera se detiene. Así que la misma vida está afectada por una muerte que llega silenciosa y distraídamente.

El tiempo es más duro que el acero y el mármol y arrastra consigo en un año breve a la vida mortal, un turbio río que acaba en negro mar. Y es tan implacable que camina a la muerte, antes que los pies aprendan a andar, y lo mismo si se está durmiendo o parado. En esta jornada todo corto momento es un paso largo, que necesariamente se ha de dar, de grado o por fuerza.

Un tercer soneto toca el mismo tema, describiendo las paradojas del tiempo, completamente distinto de cualquier otra entidad física. Mi edad no tiene una realidad sólida y resbala y se desliza entre las manos sin que pueda atraparla. Y la muerte llega de una forma silenciosa y con el mismo silencio iguala a todos. Así que cualquier instante de ese tiempo de la vida humana es un nuevo paso que advierte de su fragilidad y de su vaciedad.

La estructura de la vida

La hazaña de describir el tiempo con toda precisión y de una forma tan poco académica como es un poema, se prolonga en otros tres sonetos dedicados a la vida humana. Quevedo se pregunta dónde está la vida y su pregunta no encuentra respuesta: «¡Ah de la vida! ¿Nadie me responde?» Lo único que descubre esta interrogación es que sin saber cómo ni dónde la juventud se ha ido. Por eso tiene más pasado, un presente más estrecho y un futuro amenazador.

La continuación es un análisis de la existencia que desafía todas las categorías del mundo físico y que sitúa a la filosofía española del barroco en un nivel totalmente distinto al de la europea. El terceto es, una vez más, intocable: «Ayer se fue, mañana no ha llegado; hoy se está yendo sin parar un punto: soy un fue y un será y un es cansado. En el hoy y mañana y ayer, junto pañales y mortaja.»

El soneto a Lico insiste en este mismo carácter transitorio de la vida humana: es igual que un brevísimo viaje, o una navegación, donde volamos distraídamente y llegamos sin darnos cuenta de que estamos ya en nuestro destino. En cada uno de sus instantes amanece en el frágil cuerpo y allí mismo queda sepultada.

El comienzo del segundo cuarteto resume la vida en once sílabas, donde las categorías del ser y la nada juegan en un nihilismo impresionante: «Nada que, siendo, es poco y será nada.» De un pasado que ya no es nada, nace un presente que sólo dura un brevísimo instante e inmediatamente deja de ser para siempre de una forma irremisible.

Todavía describe esta estructura existencial, significando la propia brevedad del tiempo: «¡Fue sueño ayer: mañana será tierra! Poco antes, nada y poco después humo!» O dicho en términos más precisos: «Ya no es ayer, mañana no ha llegado.» Pero el mismo presente es fugaz y camina imparable hacia su momento final, como después dice el soneto de dos modos y maneras.

«Hoy pasa, y es, y fue, con movimiento, que a la muerte me lleva despeñado.» De esta forma la hora y el momento actual son azadas, que a cambio de mis trabajos, están cavando mi sepulcro a lo largo de la vida. La preterición de la existencia, tal como apareció en la última Edad Media, vuelven a encontrar en el barroco y más concretamente en Quevedo una nueva y genial formulación.

 

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