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El Catoblepas, número 51, mayo 2006
  El Catoblepasnúmero 51 • mayo 2006 • página 9
De historia y de geografía hispánico modo

Sobre las vecindades
geográficas y sus historiadores

Millán Urdiales

De treinta o cuarenta años para acá, el objetivo de todas las naciones no es la paz a toda costa, sino el crecimiento, el ir a más, el desarrollarse

Villamartín de Don Sancho es un modesto lugar a muy pocos kilómetros del muy modesto Cea, en la actual provincia de León. Lo que su nombre pretendía anunciar y advertir en su día es que no era leonés sino castellano, a pesar de estar en la margen derecha del río. Ni el rey de León ni el rey de Castilla tenían entonces mapas de sus reinos y no es fácil para el hombre de hoy comprender cómo imaginaban y conocían ellos las fronteras de tales reinos; de ahí que, a veces, sintieran, como en este caso, la necesidad de añadir un posesivo al topónimo en cuestión; en territorios fronterizos y disputados este tipo de locativo era frecuente en la Edad Media.

Uno de mis primeros placeres escolares era leer en un mapa de Europa los nombres de los países, y, al mismo tiempo, percatarme de quién lindaba con quién. Debo añadir inmediatamente que la insularidad de la Gran Bretaña (en la escuela decíamos siempre Inglaterra) y de Irlanda nunca me extrañó demasiado, quizá por su extraordinaria proximidad al continente. Las demás islas que de manera notable me llamaban la atención eran las del Mediterráneo, grandotas y de formas muy definidas, pero ninguna constituía un país: eran de Italia, de Francia, de Grecia, de España, y después de todo, con quien más habían tenido que ver casi todas era con los romanos y con los cartagineses, al menos desde nuestro punto de vista de escolares adolescentes.

Europa, ahora que está tan de moda, es el fondo de saco de la Asia indoeuropea: esto lo dijeron ya los filólogos del siglo XIX y tal opinión debiera haber contribuido a que los europeos tuviéramos de nosotros mismos una opinión más recatada. Los diversos gallos del corral europeo han contribuido en diversa medida a civilizar/saquear a los otros continentes, naturalmente en proporciones distintas unos y otros, según el momento histórico, según su poder respectivo y según sus alianzas. Exigiría muchas páginas y diversas plumas describir cómo siente cada una de las aves de tal corral los límites con los territorios respectivos de las otras aves. Por ejemplo, ¿con quién creen los irlandeses que lindan? Saben muy bien que casi por todas partes con la Gran Bretaña y un poquito con Filadelfia. Los británicos de los últimos doscientos años tienen y han tenido una idea de los mapas un tanto distinta de la que tiene el resto del mundo, idea que los norteamericanos actuales han heredado «corregida y aumentada». Y ello, dicho sin ironía, resulta natural. Mientras más pronto se comprenda esta afirmación, más pronto sabrá cada uno –personas y países– dónde está.

Desde el punto de vista de un español es interesante tratar de saber cómo sienten sus vecinos sus respectivas vecindades y ello debería contribuir a ayudarle a comprender mejor cómo siente él las suyas. Naturalmente, al correr de los siglos, ese sentir de las respectivas vecindades ha podido variar, a veces mucho, y en eso está la gracia de la Historia. Por ejemplo, a mí me resulta entrañable aquel anónimo juglar del siglo XIII que decía en buen verso castellano que España era superior a Francia y a Inglaterra porque poseía el sepulcro del apóstol Santiago. Parece evidente que la vecindad de la que estaba más consciente aquel poeta era la islámica.

Para acercarse a conocer lo que cada país piensa de sí mismo y de sus vecinos hay que leer las Historias de esos países. La Historia de un país o nación, en términos científicos debe ser una especie de síntesis capaz de explicar la sucesión de los acontecimientos (y la interrelación entre ellos), que caracterizan a lo largo de unos cuantos siglos el vivir cotidiano y cambiante de un determinado grupo humano asentado en un determinado territorio de fronteras bastante estables. Pero el problema –que hace imposible la paz entre los llamados pueblos– está en la tendencia a creer que los habitantes que en un momento dado están más o menos juntos en un territorio dado, son los herederos legítimos, valga la expresión, de los pobladores de aquel territorio tres, cinco o diez, o veinte siglos antes.

Por otra parte, uno se percata en seguida de que no todos los países son capaces de historiarse por igual, ni a sí mismos, ni unos a otros. Pronto cae uno en la cuenta de que los más cultos son los que producen historiadores capaces de escribir la historia de los otros, pero no al revés. Y si uno sigue pensando en el asunto se cerciora pronto de que en cada momento determinado, los países más cultos suelen ser los más poderosos: inmediatamente se comprende también que tales países vienen a ser los países victoriosos de la última o últimas guerras; en otras palabras, la Historia la escriben siempre los vencedores, o dicho de otro modo: cuando hay mucha diferencia entre un fuerte y un débil, la Historia del débil la escribe durante mucho tiempo el fuerte y nunca al revés. Pudiera así añadirse que la mejor prueba del fortalecimiento de un país la daría el hecho de saber historiarse a sí mismo, según una descripción respetada por sus vecinos; esa fortaleza sería todavía mayor cuando fuese capaz de escribir la Historia de sus vecinos y aún más cuando éstos se la creyesen y aceptasen.

Viniendo ahora a nuestro caso concreto, el de ser españoles, podemos preguntarnos desde cuándo nuestros vecinos escriben Historias de España y desde cuándo, si es que hay un desde, escriben los españoles Historias de sus vecinos. Llega así el momento de preguntarse cuántos y cuáles son esos vecinos y si esa vecindad ha tenido en unas épocas más trascendencia que en otras. Por vecino se entiende, sobre todo, el país que está al otro lado de la frontera. Las fronteras tienden a concebirse (y en su mayoría lo son, salvo en ciertos archipiélagos), como fronteras terrestres; de ahí la importancia del mar como frontera natural y la enorme repercusión que ello puede tener a través de los mapas. Si la cantidad de mar no es demasiada entre los dos países en cuestión, es decir, si están separados por lo que llamamos un estrecho, resulta innegable que el país del otro lado es un vecino. Por eso, a lo largo de los siglos, ha habido estrechos que han separado mucho menos que algunas fronteras terrestres.

Volviendo a nuestro objeto, la España actual tiene dos vecinos terrestres y uno marítimo, es decir, Francia y Portugal, por un lado, y Marruecos por otro. Pero esto no siempre fue así. El desde cuándo fue así representa la raíz y el problema –hasta hoy discutido y quizá insoluble– de qué se entiende por España. El origen de tal problema –para muchos el error– está en haber identificado Hispania y España, aunque lingüísticamente el segundo sea resultado del primero. De esa identificación tiene gran parte de culpa el mapa, la forma de la Península Ibérica. Pero los buenos historiadores de los siglos medievales nos han ayudado a comprender que las cosas fueron en realidad más complejas y que los habitantes de la España del siglo XX tenemos que aprender a no ser víctimas fáciles de los mapas.

Lo que decimos aquí de España es aplicable también a esos vecinos: como tales naciones esos tres vecinos no tienen la misma antigüedad. Francia, por ejemplo, es un vecino mucho más antiguo que Portugal y Marruecos es un vecino especial por muchas razones. El conocimiento y el interés que los españoles de los dos últimos siglos han tenido y tienen acerca de esos tres vecinos es muy distinto; parece bastante comprensible que el interés por el vecino norteafricano (que no era una nación en el sentido moderno del término, o sea, lo que hoy se llama Marruecos), disminuyese notablemente a partir de la conquista de Granada por los Reyes Católicos. A pesar de los piratas berberiscos, España no volvió a tener conciencia clara de tal vecino hasta el siglo XIX, cuando volvió a ser, si no una amenaza, sí un molesto adversario capaz de influir en la política interna española, situación que se ha repetido en nuestro siglo.

Podría decirse que el movimiento de rechazo hacia los musulmanes, iniciado en la Alta Edad Media con el ideal más o menos vago de restaurar la más o menos clara unidad visigótica, fue acercando más y más a España a lo que se ha llamado Europa, nombre que vino a sustituir en gran medida al de Cristiandad. No obstante, el problema para España consistió en que poco después de aquella fecha tan capital y de tan alto valor simbólico como fue la de la toma de Granada, España se vio abocada a combatir a otros enemigos religiosos: del enemigo islámico se pasó al enemigo protestante casi sin respiro, y cuando se expulsa a los moriscos ya había sido necesario acallar a los erasmistas.

En cuanto a Portugal, un vecino muy particular toda vez que comparte con España la Península Ibérica, podemos empezar diciendo que los españoles, al menos los españoles modernos entendemos mal su origen. Para muchos españoles viene a ser un vecino reciente y, dada la triquiñuela del mapa, hasta podría vérsele, empleando la terminología actual, como la primera Autonomía. Pero Portugal no fue algo que se desgajó de un todo superior y organizado sobre un territorio uniforme y con fronteras; aunque en su origen tuvieran que ver también los intereses de casas reales ultrapirenaicas, Portugal es el resultado de la ausencia de una capital natural en el Occidente peninsular cristiano del siglo XI; para comprender esta afirmación no hay más que recordar la importancia que tenía un lugar tan modesto como Sahagún para Alfonso VI antes de la conquista de Toledo. Es, pues, la geografía «la culpable» de la historia de España desde sus mismos orígenes.

La incorporación de Portugal a la monarquía española en tiempo de los Austrias no pasó de ser una circunstancia dinástica. Después, y sobre todo en tiempos modernos, ha sido proverbial el desconocimiento y el distanciamiento entre los dos países. Ni siquiera el paralelismo de aconteceres políticos en nuestro propio siglo ha sido capaz de hacer meditar debidamente a los historiadores españoles contemporáneos. Es cierto que en el siglo XIX hubo voces favorables a una unión ibérica pero la cosa no pasó de ser elucubración de intelectuales aislados. Habría que añadir que la mutua ignorancia entre los dos países no tiene la misma justificación. Es bien sabido que, desde muy pronto, Portugal buscó la alianza de Inglaterra para defenderse de la amenaza española, siempre latente pero siempre amenaza; ello demuestra el agudo instinto político de los monarcas portugueses. Esta ignorancia de Portugal por parte de la España moderna es a mi juicio uno de los signos más reveladores de la pérdida de conciencia de la propia identidad, provocada, precisamente por el otro vecino, Francia.

Dada la simetría geográfica y lingüística peninsular podríamos preguntarnos por qué Cataluña no se convirtió en una monarquía independiente desde la Edad Media también. Como el reino de León, la corona de Aragón tampoco tenía entonces un centro irradiador capaz de convertirse en capital natural, y, en todo caso, si había uno ese era Barcelona. Los historiadores de la corona de Aragón pueden explicar el hecho a partir del aspecto eminentemente federativo que caracterizaba la relación entre los diversos territorios que la componían, así como la relación entre estos y la propia corona. No obstante, conviene recordar que por las mismas fechas –1640– en que Portugal recupera su independencia, Cataluña intenta sin éxito conseguir la suya. Como se ha visto después, cuando la conciencia de la identidad española empieza a verse debilitada a raíz del afrancesamiento dieciochesco y decimonónico, nace, quizá junto a otros movimientos periféricos, lo que ha venido a llamarse el catalanismo, es decir, la tendencia y el deseo por parte de los catalanes a convertirse en nación separada de España.

Si se quiere entender el devenir histórico de cualquier país hay que tener siempre presente las influencias –a veces intervenciones directas– de los otros países vecinos. Si hoy podemos considerar la unidad española, España, como un larguísimo camino multisecular de sucesivas incorporaciones territoriales, por las armas unas veces, por alianzas matrimoniales otras, podríamos decir que esa unidad alcanza su cenit con la incorporación de Portugal bajo Felipe II. Pero, a partir de 1640 se inicia un lento y paulatino proceso en dirección contraria, es decir, hacia la disgregación. Aunque fuese la nueva dinastía borbónica la que reforzase, al menos en apariencia, la unidad española, no puede olvidarse que su instauración, paradójicamente, supuso la primera guerra civil de la España moderna y los dos bandos estuvieron apoyados por potencias extranjeras enfrentadas. En teoría, la guerra civil vive en estado latente en todos los grupos humanos y en algunos pueden pasar incluso siglos sin que se declare; en la práctica aflora cuando en el seno del grupo, al debilitarse el sentido de la identidad como tal grupo frente a sus vecinos, es decir, su conciencia nacional, se enfrentan violentamente concepciones distintas del programa vital. Muy a menudo son las influencias de uno o más países vecinos las que contribuyen a fortalecer esa diversidad de criterios. Es también un hecho que en ese lento proceso hacia la disgregación, proceso también más o menos latente, se producen de vez en cuando reacciones de signo contrario. Esas reacciones son, por ejemplo, en el caso español, el patriotismo popular en la Guerra de la Independencia, las actitudes y el ideario de la llamada Generación del 98 y aún más el llamado Alzamiento Nacional de 1936.

Sintetizando aún más todas estas ideas que hemos venido desgranando hasta aquí, cabría decir que lo que llamamos España fue el resultado de una lucha heroica frente a un enemigo religioso que durante varios siglos fue superior en cultura, en riqueza, en prestigio y probablemente en número. Ese combate y ese contacto impregnaron el vivir de los habitantes cristianos que paulatinamente iban convirtiéndose en españoles, de una manera tan peculiar, que mental y culturalmente vinieron a ser muy diferentes de los otros países cristianos, entre los cuales el vecino por antonomasia era la poderosa Francia.

Francia es pues el nombre del tercer vecino español, vecino que a partir de la expulsión de los musulmanes va a convertirse casi en vecino exclusivo. Su influencia al sur de los Pirineos había sido ya notabilísima en la Edad Media: el solo nombre de Camino Francés para designar la vía de las peregrinaciones a Santiago de Compostela, simboliza perfectamente la enorme influencia que monarcas, instituciones eclesiásticas e inmigrantes en general ejercieron en lo que iba siendo España. Y aún hay más: el nombre mismo de españoles, como ha demostrado la filología, se lo debemos a esos mismos francohablantes, que bautizaban así a los habitantes cristianos de aquellos territorios que cruzaban camino de Compostela. Cuando en el siglo XVI España se convirtió en primera potencia pudo tratar de igual a igual a su vecina, como bien probaron las llamadas campañas de Italia. Pero a partir del establecimiento de los Borbones en el trono español Francia se aseguró para siempre su frontera sur, ayudada sin duda, por la orografía. Era, pues, fatal que de ella vinieran después los influjos externos directos; y también los indirectos iban a llegar siempre a su través, por razones sobre todo lingüísticas: durante siglos el francés fue para los españoles la lengua extranjera por antonomasia; así se explican los fenómenos conocidos con los nombres de la Ilustración, los afrancesados, la invasión napoleónica y el rey José, y como fondo y por encima de todo ello el papel que desde entonces ha jugado Francia como refugio de exiliados españoles y como exclusivo foro cultural y artístico, hasta el advenimiento del poderío anglosajón, que data solo de la segunda mitad de este siglo. Para muchos españoles ese influjo de Francia ha sido y quizá sigue siendo como una hipnosis, justificada si se quiere en parte, pero solo en parte, por los defectos y errores de monarcas como Carlos IV y Fernando VII. Francia y de un modo especial París, con lo que tal nombre representa en los ámbitos y mercados culturales y artísticos, pusieron a España a merced de su gran vecina. Y ello aun a pesar del suceso napoleónico, que aunque se llamó por los españoles Guerra de la Independencia, fue seguido por otros 150 años más afrancesantes aún que los anteriores.

Puede uno preguntarse ahora: ¿no tiene España más vecinos? ¿Es Inglaterra un vecino de España? La distancia más corta entre ambos países, aunque oceánica, no es mucho mayor que la que separa a Barcelona de Génova, por ejemplo. Esto nos lleva a decir que si Inglaterra es un vecino de España, también Italia lo será, con «la agravante» de que en el pasado, la relación y los tratos con Italia fueron intensísimos y, lo que es más, españoles e italianos somos en lo lingüístico, y en otros aspectos geográfico-culturales muy cercanos parientes. De modo parecido a lo que sucedía con Portugal, cabe aludir aquí a la pobrísima conciencia que tenemos los españoles modernos de la influencia y del poder de la monarquía española en vastos territorios de lo que hoy es Italia, y durante un largo período de tiempo. Uno se pregunta perplejo desde cuándo perdieron los españoles esa «memoria de Italia». Aun a riesgo de que la respuesta pueda parecer extraña yo me atrevería a decir que ese olvido lo provoca, entre otros factores sin duda, la aparición de los afrancesados, con todo lo que conlleva semejante calificativo.

Estas disquisiciones sobre el concepto de vecindades geográficas nos han obligado a apartar temporalmente la idea más arriba esbozada acerca de la procedencia de los historiadores. Decíamos que parecía axiomático el hecho de que son siempre los más fuertes los que escriben su propia historia más la historia de los más débiles. Es evidente que a lo largo de los siglos esas naciones no han sido siempre las mismas. En los siglos medievales hubo en la Península historiadores árabes junto a los historiadores cristianos: unos y otros contaban sucesos que les eran comunes, pero que considerados desde sus respectivos puntos de vista, resultaban diferentes. Cuando los musulmanes fueron expulsados de la Península quedaron solo historiadores cristianos y cuando España y Portugal extendieron su poder y su cultura al otro lado del Atlántico tuvieron sus propios historiadores y sus cronistas para dar fe de aquellos sucesos. Podemos preguntarnos a partir de cuándo fueron los vecinos de España y de Portugal los que empezaron a escribir las historias de éstos; y también cabe preguntarse si hay historias de esos vecinos escritas por españoles y portugueses. Cierto es que los embajadores han sido siempre los encargados de informar a sus gobiernos respectivos acerca del estado de la nación en la que ejercen como tales. Y así, las «relaciones» que remiten a sus gobiernos, es decir, sus informes, son en realidad historias fehacientes; pero su carácter secreto o reservado hace que por mucho tiempo permanezcan archivadas sin llegar al conocimiento del público. En lo que convencionalmente entendemos por tiempos modernos, es decir, los últimos 200 años, la historia de los pueblos ibéricos ha sido escrita sobre todo por otros europeos, en especial franceses e ingleses, y en los últimos 100 años por norteamericanos también e incluso por canadienses y australianos. Son sin duda la geografía y la propia historia de España y Portugal los factores fatales de tal realidad.

Estas afirmaciones no presuponen que las historias que escriben esos historiadores sean falsas o estén necesariamente tergiversadas; muy al contrario, es frecuente el hecho de que, precisamente por ser extranjeros, puedan juzgar con más imparcialidad sucesos que para los habitantes de los pueblos historiados resultan controvertidos. Esto explica que cuando un país ha padecido una guerra civil, suele pasar mucho tiempo antes de que los naturales de tal nación sean capaces de escribir la historia de esa guerra (más sus antecedentes y sus consecuencias), de tal modo que su versión sea aceptada por la mayoría de sus habitantes. Esto explica que los historiadores más prestigiosos de la guerra civil española de 1936-39 sean extranjeros. Pero se observará en seguida que entre esos extranjeros predominan en notable medida los pertenecientes a los países llamados aliados que fueron los triunfadores en la guerra mundial de 1939-45.

Es, pues, un hecho axiomático que mientras los pobladores de un país tengan que acudir, para conocer su propia historia, a las versiones escritas por sus vecinos, están en grave peligro de ser absorbidos o dominados por ellos. Estas absorciones o dominaciones no tienen por qué llegar al estado de ocupación militar o de invasión violenta: basta con la influencia llamada cultural, con el prestigio de estar más adelantados y mejor organizados, de ser, en definitiva, más ricos y más fuertes.

Por todo lo dicho hasta aquí parece que en la llamada Europa occidental es España el país que ha sido la víctima (quizá Portugal también aunque en muy distinta medida), de estas fatales circunstancias en los dos últimos siglos. Las consecuencias de tales circunstancias se revelan de modo aún más lamentable en el hecho de que ellas les impiden a los propios españoles ver las de sus vecinos, al menos las de sus vecinos más fuertes. En todos los países del mundo existe la opinión general de que las guerras son malas y la paz es buena, y este principio se identifica cada vez más con las ideas de justicia, de libertad y de progreso. Los españoles en general sabemos que España fue el único país de esa Europa occidental (y uno de los pocos de toda Europa) que no tomó parte en las guerras mundiales de 1914-18 y de 1939-45, aunque, naturalmente, por razones de cronología, los españoles muertos antes de 1939 no pudieron conocer la neutralidad española en la segunda de esas guerras. Pero uno se pregunta con asombro por qué los españoles no han sentido ni sienten la satisfacción de no haber tomado parte en semejantes conflagraciones. Habrá quien conteste a esto diciendo que el régimen no democrático que imperaba en España durante la segunda de esas guerras, les impide aplaudir ninguna de las decisiones tomadas por ese régimen, incluso cuando las consecuencias de esas decisiones pudieron ser nada menos que la paz. Si ello es así dan prueba evidente de que no han salido de lo que podemos llamar estado mental de guerra civil; o dicho de otro modo, su afinidad con los demás españoles es menor que la que les inspiran los habitantes de otros países, en general vecinos. Ello prueba a qué niveles tan bajos ha llegado la identidad española.

En contraste con esta actitud de muchos españoles, los habitantes de esos países que tomaron parte en esas guerras mundiales (aunque no todos eran los mismos en ambas guerras), parecen haber sido capaces de superar sus antiguos odios. Cierto es que la mayoría de ellos estaba en un bando, el triunfador, pero incluso los que pasaron por ambos bandos en sus alianzas, como fue el caso de Italia y hasta cierto punto el de Francia, no llegaron a la guerra civil y se aprestaron a disfrutar lo antes posible de las ventajas de la victoria y= de la paz.

Si nos preguntamos ahora por las razones de esas guerras en las que España tuvo la fortuna de no entrar, cabe la posibilidad, simplificando un poco las cosas, de reducirlas a una: la oposición que desde el siglo XIX encontraron los germanos del centro de Europa a tomar parte en el banquete colonial, sobre todo el africano, oposición representada especialmente por la Gran Bretaña y por Francia, las nuevas aliadas después de 1870 y que hasta entonces habían sido, durante siglos, dos grandes enemigos. No hay más que repasar con un poco de atención los atlas históricos para entender todo esto.

Podemos hacer una última reflexión acerca de las guerras a las que acabamos de aludir. Como todo el mundo sabe, cuando acabó la primera de ellas, los aliados vencedores y quizá también los vencidos, pretendieron con buen sentido evitar futuras conflagraciones; creyeron así conveniente inventar asociaciones de países capaces de disuadir a potenciales agresores: el primer resultado se llamó precisamente la Sociedad de Naciones; se instaló en Suiza, país neutral entre los neutrales y no duró mucho a causa de los fascismos y de los comunismos. El segundo es la ONU, se instaló en Nueva York (símbolo de los nuevos aires) y a él pertenecen, con sus distintas banderas, los gobiernos de las distintas naciones del planeta. En años más recientes, los componentes de esa famosa Europa occidental emprendieron el camino de alcanzar entre ellos una especie de unión capaz de librarles de nuevos enfrentamientos. No podemos sino desear que tengan todos éxito y que la paz dure mucho pero no debemos tampoco ignorar que este intento tan encomiable de los europeos es la consecuencia del temor a ser absorbidos por otros gigantes mundiales y ultramarinos. Es decir, que, como siempre, se trata de alianzas nuevas provocadas por peligros nuevos.

Ahora bien, de treinta o cuarenta años para acá, el objetivo de todas las naciones no es la paz a toda costa, sino el crecimiento, el ir a más, el desarrollarse más, crecer más, consumir más, divertirse más, viajar más, vender más, comprar más, vivir más, votar más, tener más libertades, más posesiones, más seguridades ante el futuro... Solo en el caso de la natalidad parece haberse invertido la tendencia recientemente ante lo que puede ser una amenaza para el futuro de todos o al menos para el de algunos. No se puede valorar en una frase la complejidad de todo el problema: número, reparto, proporción de goce. Pero dada la conciencia, para muchos aún no bastante evidente, de que las cosas son ya y van a seguir siéndolo cada vez en mayor medida, planetarias, mundiales, sería necesario que la idea de más, ese plus ultra inherente a la mente del hombre, la idea de crecimiento constante, fuese sustituida por otra idea, la idea de equilibrio, que no es lo que los pretendidamente más agudos llaman desarrollo controlado. La idea de equilibrio contribuiría por sí sola a hacer justicia: en el mundo de la física y en el mundo de la biología ambos conceptos vienen a ser lo mismo. Y en el aspecto de la ética hacer justicia es el ideal o uno de los primeros ideales de todas las religiones.

Se observará también que la idea matriz del ir a más se funda en la práctica en la competencia, concepto ahora enriquecido por el de competitividad. Y a su vez, la justifican en el sacrosanto principio de la libertad. De seguir por este camino el suicidio de la especie no va a necesitar efectos especiales de «son et lumière». Uno puede preguntarse hasta qué punto en la mente del hombre –no sé si añadir «moderno»– el ir a más se identifica con el concepto que conocemos con el nombre de esperanza. Pero hay que separar los efluvios del yo de las ideas acerca del prójimo. En lo que concebimos con el nombre de equilibrio, el papel del prójimo adquiere automáticamente una importancia semejante a la del yo. El instintivo deseo humano de crear, de producir, de ir a más, se dirigiría así a colmar los vacíos que hubiese –como la caridad– pero consciente siempre de que se trataría de una labor de re-llenar lo que se hubiera gastado, no de producir más que antes o más que los otros.

 

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