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El Catoblepas, número 45, noviembre 2005
  El Catoblepasnúmero 45 • noviembre 2005 • página 9
De historia y de geografía hispánico modo

De países, de mapas, de gentes

Millán Urdiales

Un centro irradiador es el germen, el lugar desde el cual se han ido extendiendo y fortaleciendo las ideas y las normas capaces de ir organizando en un espacio determinado la vida de eso que llamamos nación

Un país o nación es una comunidad de gentes más o menos estrechamente unidas por una serie de hábitos y de comportamientos idénticos o muy semejantes en un determinado territorio; entre esos hábitos, o, además de esos hábitos, si se prefiere otra expresión, están la lengua y la actitud ante la religión y sus prácticas.

Mientras más identidad o parecido exista entre esos hábitos y comportamientos en todos los lugares de esa comunidad, más homogénea y más característica será ella, en contraste o frente a otras sociedades, más o menos vecinas, que son precisamente otros países o naciones.

A los hábitos y comportamientos comunes hay que añadir otro factor no menos importante: la conciencia que tienen los individuos de esa comunidad de pertenecer a ella frente a los individuos que pertenecen a otras, y la conciencia –acertada o equivocada– de cuál es el origen y cómo es el pasado de esa su comunidad. Mientras más homogéneas sean esas opiniones de esos individuos acerca de ese pasado suyo, es decir, acerca de su Historia, más sólida y más robusta será la comunidad en cuestión. El adjetivo nacionalista describe con bastante exactitud en el español actual el perfil de una comunidad o nación que reúne las características mencionadas en un notable grado de homogeneidad.

Más arriba hemos empleado la palabra territorio para referirnos al espacio ocupado por una comunidad, por un grupo humano al que llamamos país o nación. Pero todo lo humano tiene, evidentemente, un antes y por eso ese espacio no ha sido ab origine, desde siempre, un espacio de límites perennes: cada comunidad o nación es fruto de algo anterior, tiene determinados antecedentes. Hemos de preguntarnos cómo nace una comunidad, cómo se inicia su andadura de comunidad. A mi juicio, el término que mejor describe tal fenómeno es el de centro irradiador, por simple y aun tautológica que pueda parecer tal expresión. El centro irradiador es, pues, el germen, el lugar desde el cual se han ido extendiendo y fortaleciendo las ideas y las normas capaces de ir organizando en un espacio determinado la vida de eso que llamamos nación. Las comunidades o naciones más florecientes y poderosas en algún momento de su devenir, es decir, más logradas como tales comunidades, han contado con un centro irradiador desde el que han ido organizando su vida en un espacio de creciente expansión. Estos centros irradiadores han sido las ciudades en general, y en particular, una ciudad que en español llamamos capital, una voz derivada en último término del latín, donde caput-capitis designaba la cabeza; es pues, una metáfora: así como la cabeza rige la vida del individuo, la capital debe regir la vida del territorio ocupado por el grupo humano llamado nación.

Pero esto es ver al centro irradiador como centro ya consolidado, como capital; sin embargo, antes de ese momento, el centro irradiador en cuestión puede haber tenido que competir con otro u otros centros irradiadores, a veces durante largos períodos de tiempo. Puede, incluso, darse el caso de que dos centros irradiadores coexistan con éxito aunque sólo uno de ellos reciba el nombre de capital, por residir en él la Corte, el Gobierno, &c. Esto ocurrió al menos en numerosos territorios de la Europa Occidental en la Alta Edad Media, antes de que algunos de esos centros irradiadores se convirtiesen en capitales indiscutibles.

Esta fuerza irradiadora, procedente de una capital, observada a través de largos períodos de tiempo, puede ofrecer altibajos, es decir, puede no haber tenido siempre el mismo vigor, o puede haber encontrado resistencias más o menos acusadas en algún punto, y esas resistencias u obstáculos pueden haber sido lo bastante fuertes como para interrumpir aquella irradiación y pueden haberse originado en consecuencia otros nuevos centros irradiadores, centros que pueden haber llegado a originar otras nuevas naciones. Que la interrupción de esa fuerza irradiadora y en consecuencia la ruptura de esa comunidad o nación pueda deberse a la invasión violenta por elementos de otra comunidad más o menos vecina, parece haber sido en el pasado una causa frecuente pero caben muchos matices y puede no ser la única.

Cabe decir también que determinado número de individuos a lo largo de determinado número de años o siglos no llegue nunca a constituir un grupo humano que pueda ser llamado nación: la razón de ello suele estar en que no ha habido un centro irradiador, cualesquiera que sean las razones de su no existencia (geográficas, por ejemplo), capaz de organizar a su alrededor la vida de aquellos individuos; podría ser un ejemplo de esto el caso de la mayor parte de los espacios que convencionalmente llamamos África negra.

Al mismo tiempo, parece evidente que los países o naciones más logrados como tales, es decir, los que reúnen en más alto grado las características arriba mencionadas, son aquellos que más pronto contaron con un centro irradiador importante, centro que ha venido a llamarse capital y que antes puede haber sido sólo la Corte, &c. En Europa, por ejemplo, basta observar los atlas históricos para percatarse de que Londres y París han sido desde hace siglos centros irradiadores tan potentes y tan sin rival que los países actuales de que son capital no se explicarían sin ellos. Y si miramos a un pasado más distante, observaremos que sin Roma, Constantinopla, Damasco, &c., no se explicarían los imperios romano, bizantino, musulmán, &c. Cierto es que cuando se trata de períodos muy dilatados y de territorios muy extensos, un gran centro irradiador puede decaer y aun desaparecer, viéndose así sustituido por otro: los propios nombres citados y los de Bagdad y Córdoba, por ejemplo, ilustran esa situación.

Otras veces, un gran centro irradiador puede, tras un período más o menos largo de debilidad, volver a serlo, con carácter diferente: es el caso de Roma que, tras la consolidación del Papado, se convierte en el centro irradiador de la Cristiandad por antonomasia, lo que dicho sea de paso, parece que retrasó la moderna unidad nacional de los habitantes que ocupaban la Península Itálica.

Otro concepto no desdeñable es que, junto al centro irradiador de un territorio más o menos grande y que recibe el nombre de capital, hay o puede haber otros centros irradiadores de menor categoría: de ahí que digamos en español capital de provincia, por ejemplo, aludiendo a un espacio determinado que de algún modo recibe la irradiación a él destinada desde aquel centro irradiador provincial, distinto de otros, &c. Cuanto más equilibrada sea la distribución de la irradiación en el territorio por ella cubierto, mejor funcionará dicho territorio, mejor será su salud social, de grupo humano. De ahí que las dimensiones de los territorios puedan contar para mucho y de ahí que numerosos países de territorio reducido funcionen mejor y sean «más países» que otros que se extienden por territorios más vastos.

También cabe hablar de centros irradiadores artificiales o falsos: cuando un centro irradiador decae como tal, aparecen, en otros puntos del territorio que él irradiaba, nuevos lugares que aspiran a ocupar la posición eminente de aquel: cabe la posibilidad de que, andando el tiempo, alguno de ellos llegue a sustituir con éxito al antiguo centro irradiador, pero mientras llega ese momento, lo cual no siempre ocurre, se produce una pretendida irradiación desde cada uno de esos lugares que compiten entre sí; es lo que ocurre cuando se debilita el vigor de una determinada sociedad, de un grupo humano, que propende entonces a subdividirse en grupos más pequeños y necesariamente más débiles, frente a otros grupos humanos que no se subdividen: el riesgo para el grupo que se subdivide puede no ser grande si sus vecinos no son fuertes y propenden también a subdividirse, pero de lo contrario el riesgo es evidente: a lo largo de la Historia las consecuencias de esa situación han venido llamándose invasiones. Estas podían ser pasajeras, pero otras veces ellas y sus consecuencias podían durar siglos y modificar profundamente los usos y comportamientos de las sociedades invadidas, llegando incluso a cambiar el nombre del territorio en cuestión: tal ocurrió, por ejemplo, en el caso de Francia, nombre que vino a sustituir al de Galia. En el caso de Inglaterra, lo ocurrido fue más complejo: el nombre Inglaterra (francés Angleterre, inglés England) denota a los invasores germánicos, uno de cuyos grupos lo constituían los Anglos, mientras que el nombre de Gran Bretaña recuerda el nombre latino Britania, nombre que tenía el territorio ocupado por pueblos celtas en el momento de las invasiones anglosajonas; de ahí que el nombre de Gran Bretaña designe en general a la isla más grande de las llamadas Islas Británicas; la otra es Irlanda, naturalmente. El empleo de Gran en Gran Bretaña resulta necesario para distinguirla de la Bretaña francesa, y es corriente en francés y en español, pero no en inglés, lengua que como es bien sabido, distingue ambos territorios con las voces respectivas de Britain y Britanny. En el caso de la Península Ibérica los árabes, tras la conquista, la llamaron Al Andalus, pero en los territorios cristianos el nombre latino Hispania terminó por imponerse para designar, en la forma España, al conjunto del territorio peninsular del que se desgaja Portugal a partir del siglo XII.

La fuerza de la irradiación disminuye en proporción a la distancia, igual que ocurre con los fenómenos físicos. Es pues natural que, incluso un centro irradiador muy potente, tenga un determinado radio de acción, es decir, que sea eficaz dentro de ciertos límites: estos límites constituyen lo que en el español actual llamamos fronteras. Una frontera es la línea o la zona a uno de cuyos lados está establecida una comunidad distinta de la establecida al otro lado y que, por lo tanto, se ve irradiada desde otro centro, desde otra capital. Los países con mejor salud social son aquellos en los que la irradiación tiene la misma energía al llegar a la frontera que al salir del centro irradiador. Por el contrario, cuando la fuerza de la irradiación llega a una frontera muy debilitada esa zona fronteriza está en peligro de caer bajo otra irradiación más potente, que suele ser, naturalmente, la de un país vecino. La Historia abunda en ejemplos de este tipo: de ahí que se hable de disputas fronterizas, origen de numerosas guerras.

Existe además una irradiación a través de las fronteras que separan a países distintos y a la que no son capaces de detener las barreras lingüísticas o étnicas: nos referimos a la irradiación que parte de centros religiosos, de ciudades que a través de los siglos han ejercido y siguen ejerciendo influencia espiritual de algún tipo sobre territorios vastos y geográficamente diversos; estos centros irradiadores son, por ejemplo, Roma, La Meca, Jerusalén. Estas tres ciudades han ejercido y ejercen poderosísimo influjo sobre numerosas ciudades, cada una de modo quizá distinto y con una intensidad que puede variar según las épocas. Esta intensidad no es sin duda la misma, cualitativamente al menos, en esos tres focos irradiadores; la de Roma, por ejemplo, aparece «redistribuida» a través de los representantes religiosos (Obispos o Conferencias Episcopales) de cada país católico, mientras que la de La Meca es más directa y capaz, por tanto, de atravesar mejor las respectivas fronteras nacionales de los países islámicos. Esto explicaría acaso por qué, a lo largo de los siglos, las fronteras entre esos países parecen haber sido –y siguen siéndolo– mucho más fluidas e inestables que entre los países cristianos, aunque, naturalmente, también la geografia cuenta para mucho.

La noción de centro irradiador es inseparable de la noción de expansión: el grupo humano que se consolida como distinto de sus vecinos tiende por naturaleza a expansionarse por medios más o menos pacíficos; cuando ese grupo humano es muy potente (por su número, su civilización, su capacidad militar, &c.), ejerce ese expansionismo en una forma que los historiadores llaman convencional y acertadamente imperialista. El expansionismo de cada grupo humano llamado nación es tan natural como un fenómeno físico: su éxito como tal expansionismo depende de la resistencia que le opongan los otros grupos humanos que le tienen por vecino.

La homogeneidad de los hábitos y formas de vida que constituyen una comunidad, una nación, aun sin presiones visibles de otras comunidades, puede conocer épocas de decadencia, simplemente por un proceso natural de envejecimiento, que afecta, tanto a los elementos del mundo físico como a los valores del mundo moral, del mundo de los usos y las estimaciones. Esto quiere decir que, incluso las sociedades más fuertes y duraderas contienen en germen y en estado latente las causas de su propia desaparición. Naturalmente, es muy difícil observar en todo momento tales causas en tal estado, y por eso, sólo a posteriori, los historiadores son capaces a veces de identificarlas. Las sociedades o naciones que más fuertes o más duraderas han sido (ambas cosas no siempre coinciden en igual proporción), son aquellas en las que más difícil resulta descubrir cuáles y de qué magnitud eran las causas de desaparición en estado latente. Aunque suene a tautología, es una idea esencial para entender lo que convencionalmente llamamos la Historia de tal o cual país, y aun la Historia en general. Los historiadores pueden hoy, por ejemplo, identificar los puntos débiles de la monarquía visigoda que habían de llevarla a su desaparición, es decir, las causas en estado latente. La diversidad de razas, lenguas y religiones de algunos países de Asia como la India, parecen causas capaces de llevar a la desaparición de dicho país como tal, dando lugar a nuevas entidades: ésto puede tardar siglos, o puede no ocurrir nunca, pero si un día ocurre, los historiadores a posteriori, verán probablemente en estas circunstancias mencionadas las causas de esa desaparición, hoy por hoy hipotética, de la nación ahora llamada India.

Más arriba describimos lo que entendemos por frontera, la zona en la que termina de manera más o menos brusca y definida la influencia de sendos centros irradiadores vecinos el uno del otro. Cabe preguntarse por qué ha llegado «precisamente hasta allí» la ocupación del territorio por dichas comunidades respectivas: aquí entra un factor hasta ahora no mencionado, la geografia, las circunstancias geográficas. Estas son, naturalmente, o lo han sido en el pasado, las causantes de que tal o cual comunidad se extendiese dentro de tales o cuales límites, y también, y sobre todo, de que los centros irradiadores hayan surgido donde han surgido y se hayan desarrollado en la medida en que lo hayan hecho. El territorio ocupado por una comunidad termina donde aparece otra comunidad vecina, decíamos antes. Muy a menudo este límite se ve facilitado como tal separación por un hecho físico, un obstáculo físico: una cordillera, un río, un desierto, incluso un bosque, y en muchos más casos por el mar. De ahí que se haya creado la expresión «fronteras naturales» para referirse a dichos elementos. También es cierto que ese concepto de «frontera natural» puede variar a lo largo de los siglos a causa de las condiciones materiales o tecnológicas: los establecimientos costeros de distintos pueblos mediterráneos de la Antigüedad, como fenicios y griegos, se basaban en hechos que, aparentemente, contradicen la consideración de frontera natural que supone el mar. La explicación está en que esos territorios que ocupaban y que se llamaron colonias, aun habitados por nativos en sus proximidades, no constituían un territorio suficientemente organizado bajo un centro irradiador digno de tal nombre; es decir, no eran naciones, eran sólo territorios con nativos.

La Historia demuestra que las fronteras naturales son un factor de extraordinaria importancia, que han servido y siguen sirviendo para explicar la larga duración y florecimiento (léase poder y aun poder irradiador) de ciertas comunidades o grupos humanos que llamamos naciones. Y quizá como mejor se mida la importancia de las fronteras naturales es observando su ausencia: la accidentada, la violenta, la trágica historia de los pueblos que viven en lo que llamamos hoy Oriente Próximo o el Medio Oriente, está causada sobre todo por la inexistencia de fronteras naturales entre pueblos a los que separan entre sí profundas diferencias: étnicas, lingüísticas y sobre todo religiosas. De modo semejante, en Europa, los países con fronteras naturales más desdibujadas han encontrado mayores dificultades de estabilidad frente a sus vecinos: los atlas históricos ilustran, por ejemplo, los esfuerzos repetidos de los pueblos germánicos y eslavos para alcanzar esa estabilidad, todavía hoy teñida de provisionalidad. Y, por el contrario, los países europeos con fronteras naturales más sólidas y evidentes han poseído, o creído poseer, una unidad nacional más fuerte. Utilizamos adrede las palabras «evidentes» y «creído» porque puede haber grandes diferencias entre lo que parece y lo que es a la hora de juzgar la identidad nacional de determinados grupos humanos situados en un mapa. En principio el mar puede parecer la frontera natural ideal, y por lo tanto, la isla y en segundo lugar la península serían las formas ideales de un territorio para acoger en él a una nación, a un país, frente a otros países o naciones. Pero esto tiene algo de visión centrípeta y terrestre, teñida de aspectos defensivos y aislacionistas, o en todo caso autárquicos. Frente a esa idea que considera el mar como una barrera natural, la Historia demuestra a lo largo de los siglos que, en muchos casos, los contactos entre comunidades diversas y sobre todo alejadas unas de otras, se han realizado principalmente a través del mar. Utilizando una metáfora de la física, cabría decir que el mar es mejor conductor que la tierra. Este principio no puede generalizarse de un modo absoluto, aunque es un hecho que los llamados descubrimientos a partir del siglo XV se llevaron a cabo esencialmente por vía marítima. También parece que los desplazamientos de ciertos pueblos de la Antigüedad y aun de épocas más remotas, entre territorios pertenecientes a espacios que luego hemos bautizado como continentes distintos, tuvieron lugar por vía marítima. Pero también hubo grandes desplazamientos por vía terrestre, claro está. La importancia del mar como frontera es, pues, equívoca o ambivalente. Cabe además preguntarse si se sentía igual en el pasado, cuando no había mapas aún o cuando éstos, más tarde, no tenían aún la precisión y la riqueza de información que tienen los actuales.

Parece evidente que la idea que de sí mismo puede tener el grupo humano que llamamos nación encuentra un precioso apoyo en el color con que aparece representado su territorio frente a los colores de los otros territorios. La famosa división del mundo en cinco continentes parece basarse en esa esencial oposición entre tierra y mar. Se observará que la forma insular de las Américas y de Australia (que es lo que plásticamente imaginamos cuando decimos Oceanía), se adapta bien a esa concepción, pero cuando se pretende aquilatar los límites entre los otros tres continentes, las cosas no están tan claras, y de ahí que se haya creado el nombre de Eurasia. No estamos negando el valor que como fronteras naturales, han tenido o siguen teniendo espacios geográficos como el estrecho de Gibraltar, el Bósforo y los Dardanelos. Pero, al mismo tiempo, la Historia nos demuestra que esos estrechos, esas fronteras naturales, pueden no haber sido tales, ni haber constituido barrera alguna entre ambas orillas y la misma comunidad nacional puede haber florecido a ambos lados, como es el caso de Turquía en el Bósforo y como fue en el pasado el caso del Islam respecto al estrecho de Gibraltar, al que incluso dio su nuevo nombre.

El factor que provocó esa nueva situación geográfica con relación a un pasado parece haber sido el factor religioso, pero cualquiera que sea el adjetivo empleado, fue la consecuencia del poder irradiador emanado desde centros como Damasco, Bagdad, Cairuán, Córdoba. El estrecho de Gibraltar, que para los españoles de hoy aparece como una frontera natural evidente no siempre desempeñó tal papel; durante varios siglos, más que los transcurridos desde que sí volvió a serlo, el estrecho de Gibraltar no fue una barrera entre las comunidades de ambas orillas sino un nexo de unión. La historia de la España medieval, sólidamente respaldada por una toponimia insoslayable, ratifica esa opinión. Más adelante aludiremos a propósito de este contexto, a otro tipo de frontera, natural también pero menos visible e identificable en un mapa que la que supone el mar, o un río, o una cordillera.

Decimos más arriba que si el mar parece la frontera natural ideal, la isla, y aun la península, resultan los espacios naturales ideales para que en ellos se asienten y florezcan grupos humanos poderosos, naciones fuertes, con un alto grado de homogeneidad, países de identidad acusada. Sin embargo, en la realidad no parece haberse dado con frecuencia tal fenómeno; es un hecho, no obstante, que en los casos en que se ha dado sí llama la atención. No hay duda, a mi juicio, de que lo que hoy llamamos la Gran Bretaña y el Japón ofrecen un buen ejemplo de comunidades que han visto su homogeneidad y su identidad facilitadas y reforzadas por la insularidad, aunque las consecuencias de tal insularidad hayan sido opuestas en uno y otro caso: si en el de la Gran Bretaña sirvieron para crear un Imperio y para extender su lengua y sus formas de vida, su influencia en general, a vastos sectores del planeta, en el caso del Japón contribuyeron a mantenerlo cerrado frente a las influencias exteriores hasta fines del siglo pasado o principios del presente. Es decir, que la insularidad puede ser un factor positivo a la hora de servir de territorio ideal para un grupo humano, pero está condicionado, naturalmente, por otros muchos factores tales como las dimensiones, los recursos naturales, el clima, la densidad de población, &c. Frente a esos ejemplos de insularidad mencionados, numerosas islas y archipiélagos de otros mares y océanos constituyen más bien ejemplos de lo contrario, es decir, de prestarse a la dispersión y a la diversidad de etnias, culturas, formas de vida.

Junto a la isla, la península favorece también la posibilidad de que un grupo humano se identifique como nación frente a sus vecinos. En Europa, el caso de la Península Ibérica parecería capaz de ilustrar tal afirmación. El mapa hace europea a la Península Ibérica porque se acepta que el mar, léase el estrecho de Gibraltar, es la frontera natural que separa a Europa de África. Pero al mismo tiempo, los Pirineos y todos los demás factores geográficos (altitud, clima, orografía), hacen de la Península Ibérica una unidad tan peculiar frente a las demás naciones europeas que ellos explican por sí solos las dramáticas vicisitudes de su historia pasada y de su presente.

Por otra parte, en el mundo moderno hay otro paradójico elemento de distorsión, es decir, otro factor que no contribuye necesariamente a lo que está destinado a ilustrar: nos referimos a los llamados mapas políticos, con los que, desde la infancia, se familiariza a los nativos de cada país en las escuelas. Este es un fenómeno del mundo moderno, de un siglo para acá aproximadamente. El hecho de que en todos los mapas el mar y los respectivos estados o naciones aparezcan naturalmente pintados de distintos colores y claramente diferenciados unos de otros, invita inconscientemente al ojo que los contempla a identificar unos cuantos centímetros cuadrados de tal o cual color con una sociedad determinada, con unos habitantes dados, que la imaginación tiende a ver teñidos de la misma homogeneidad que tiene el color aquel. Este fenómeno no induce por igual a error en todos los meridianos o paralelos y hay casos en que resulta bastante correcto. Cabe, pues, afirmar que los llamados mapas políticos resultan en muchos casos una engañifa para los habitantes de algunos de aquellos espacios de determinado color.

Y también un mapa físico puede contribuir a subrayar una unidad que, vista desde más cerca, no lo es tanto. Ambos hechos se dan en la Península Ibérica: frente al resto de Europa constituye una unidad muy característica, unidad que, además fue hasta cierto punto política, antes del nacimiento de Portugal, país que históricamente no debe confundirse con la Lusitania de la división romana. El origen de Portugal se debe, aparentemente a ciertas argucias o episodios dinásticos más o menos legales, pero sería más acertado afirmar que la verdadera causa está en la ausencia de un centro irradiador lo bastante fuerte en los territorios de lo que eran en el siglo XII los reinos de León y de Castilla: ni León, ni Burgos, ni Sahagún, ni Zamora, ni el más apartado Santiago, tenían fuerza –ni población bastante– para servir de centro irradiador capaz de mantener la homogeneidad mínima necesaria que hubiera podido impedir el desgajamiento de una parte de aquel territorio, lo cual es comprensible dadas las condiciones geográficas y las condiciones económicas del momento.

El origen de Portugal es un buen ejemplo de cómo puede surgir una nueva unidad de un determinado espacio cuando en este no existe una capital fuerte, un centro irradiador con bastante vitalidad como para mantener unida a la totalidad del territorio; el espacio desgajado necesita a su vez un centro irradiador que le vaya dando forma y unidad y ese papel correspondió a la ciudad que en español llamamos Oporto: en los documentos de la época, los que más temprano aluden a la independencia del territorio desgajado, se habla del «territorio portocalense». La guerra de Reconquista, hizo que, más tarde, ese centro irradiador, terminada ya aquella, se desplazase a Lisboa. Estas circunstancias explican que la frontera luso-española sea una frontera muy poco natural, consecuencia de la falta de un centro irradiador que hubiera podido mantener unidos a los diversos reinos cristianos. Y esto no sólo por lo que respecta a la totalidad de la España cristiana, sino que, ni aun dentro de cada uno de los reinos cristianos hubo ciudades capaces de irradiar su poder en la medida en que lo hacían otras ciudades de otros territorios europeos, ciudades que llegarían a ser las capitales de los Estados modernos. Cabe quizá añadir que, al menos durante el período llamado del Califato, Córdoba representó en el territorio de la España musulmana un centro irradiador quizá más importante de lo que nunca fueron las diversas cortes cristianas medievales.

Puede afirmarse también que la importancia y la trascendencia de la unión de los reinos de Castilla y Aragón tenía su punto más débil en la carencia de una corte estable, de una ciudad capaz de ser el centro irradiador, la capital del vasto territorio que la corona gobernaba. La unidad de España tras el matrimonio de Isabel y Fernando fue así mucho más aparente que real, mucho más unidad de mapa que de otra cosa, si se piensa, además, que la asimilación del reino de Granada, es decir, de sus habitantes musulmanes, no podía ser sino una tarea de larga duración. Pero la frontera natural que representa el mar ha hecho creer, con la ayuda del mapa, que España era una, y, como dramáticamente se añadiría siglos después, grande y libre; todos esos adjetivos no son sino reflejo del patético esfuerzo que a lo largo de los siglos viene haciéndose para dotar a España de una identidad lo bastante fuerte como para resistir el empuje de las identidades vecinas, léase Francia e Inglaterra en especial. El último y reciente invento de las «autonomías» parece confirmar todo lo que venimos diciendo.

Así pues, la representación cartográfica contribuye, hoy más que en el pasado, a mantener un equívoco del que pueden ser víctimas los habitantes de determinados territorios, equívoco que consiste en hacer creer a quienes ven aquel mapa, y en especial a los que habitan en el territorio de ese mapa, que por sólo ese hecho existe entre ellos una identidad de determinada importancia: esto, naturalmente, no es falso: el equívoco, la ambigüedad, están en la distinta apreciación que distintos observadores pueden hacer de esa identidad.

La unidad española, más o menos real según el momento en que se la observe a lo largo de los siglos, está, pues, falsamente apoyada en dos fronteras naturales, el estrecho de Gibraltar y los Pirineos; y el empleo de la palabra «falsamente» no invalida el hecho de que España no es idéntica a las unidades más próximas al otro lado del estrecho, ni tampoco idéntica a las unidades más próximas al otro lado de la cordillera: con lo cual estamos afirmando que constituye una unidad distinta de las unidades vecinas. Pero esto no significa que la homogeneidad de los espacios y de los habitantes que la componen sea equiparable a la homogeneidad de los espacios y los habitantes de esas unidades vecinas.

Más arriba prometimos aludir en su momento a otro tipo de frontera natural menos visible que el mar o la cordillera. Cuando se observan las vicisitudes y circunstancias por las que atravesó la Península Ibérica en los siglos medievales, antes del nacimiento de Portugal, uno no puede menos de pensar que la auténtica frontera natural entre la España cristiana y la musulmana la constituyeron las isotermas de enero, valga la expresión. La islamización de la Península Ibérica parece haberse ajustado con mucha exactitud a los valores geográficos que les eran familiares a los nuevos conquistadores. La historia de los tres o cuatro primeros siglos de dominación musulmana parece indicar de modo evidente que no interesó nunca al nuevo poder establecerse sólidamente al norte del Guadarrama,en la cuenca del Duero y demás territorios del noroeste peninsular, es decir, como se había establecido en la mitad sur de la Península, en la cuenca del Betis y en las costas mediterráneas. La islamización de la cuenca baja y media del Ebro no contradice tal realidad, pues si tenemos en cuenta sus características geográficas, clima, altitud y productos, esos territorios del Ebro se acercan mucho más a los típicamente mediterráneos que a los otros. El límite norte del olivo en la Península Ibérica coincide también con bastante exactitud con la frontera a que aludimos. Digamos, para terminar, que las fronteras de la expansión y la islamización profunda de la Península parecen ajustarse a los territorios que se caracterizan por unos veranos muy cálidos y por unos inviernos suaves o muy suaves: eran sin duda los largos y fríos inviernos de la meseta norte, más el reflejo agrícola que de ellos se deriva, lo que de verdad supuso una barrera natural a la expansión musulmana. Y esto no contradice en modo alguno la existencia de las periódicas incursiones de primavera y verano, forma bélica natural de la época y apoyada además en poderosas razones económicas. Y tampoco suponen contradicción las relaciones e influencias más o menos intensas y más o menos constantes que a lo largo de siglos tuvieron lugar entre los territorios de una y otra creencia.

 

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