Nódulo materialistaSeparata de la revista El Catoblepas • ISSN 1579-3974
publicada por Nódulo Materialista • nodulo.org


 

El Catoblepas, número 45, noviembre 2005
  El Catoblepasnúmero 45 • noviembre 2005 • página 3
Guía de Perplejos

Sobre los libros

Alfonso Fernández Tresguerres

Intento –seguramente fallido– de responder a la pregunta qué es un libro

1

Según el asociacionismo o estructuralismo psicológico, defendido por Wundt y Titchener, toda la vida mental se reduce a elementos simples (sensaciones y sentimientos, principalmente, mas también imágenes o recuerdos) que, combinados entre sí, dan lugar a los más complejos. De este modo, la teoría asociacionista de la percepción sostendrá que está es un compuesto de sensaciones elementales que, unidas por el cerebro, hacen posible la captación global del objeto. Así, por ejemplo, el libro que percibimos sería la resultante de una suma de sensaciones de forma, tamaño o color; es decir, captamos, primariamente, esas sensaciones aisladas, y sólo la fusión de todas ellas conduce a la percepción del libro como tal. Y a propósito de esto, el psicólogo G. Miller recrea un diálogo imaginario en el que W. James, al escuchar tales ideas, exclama:

«¡Absurdo! [...]. ¡Absurdo! ¡Hasta un tonto sabe que el libro es un hecho perceptivo primario, inmediato, directo, forzoso! [...] Un objeto no es solamente un manojo de sensaciones ¡Toda persona que vaya por ahí viendo trozos de rojo oscuro donde debería ver libros, está enferma!».

Es verdad. Y la misma objeción –y acaso con más motivos– podría haber sido puesta en boca de cualquiera de los representantes de la Escuela de la Gestalt. La explicación asociacionista de la percepción es, en efecto, falsa, y ello queda probado de manera suficiente por el fenómeno de las ilusiones ópticas: si Wundt y Titchener estuviesen en lo cierto, éstas resultarían inexplicables, o, por mejor decir, lo que sería inexplicable es que existieran. Si incurrimos en ilusiones ópticas (me refiero a las psicológicas, no a las fisiológicas, que son debidas a la propia estructura del ojo) es porque nuestro cerebro percibe las cosas como un todo, es decir, capta directamente totalidades, objetos, buscando siempre la figura mejor y la más simple, y, como consecuencia de de ello, a veces se equivoca al interpretar y juzgar las características de las partes.

Así que, desde luego, quien fuese por el mundo viendo una forma rectangular coloreada donde debería ver un libro, estaría indudablemente enfermo. Pero yo quiero dar un paso más, y sostener que quien al ver un libro vea sólo un libro, no lo está menos.

Digo esto porque un libro es más que un libro: es uno de los hechos más prodigiosos y sorprendentes de la historia de la humanidad, y una de las creaciones más significativas de nuestra especie y de la evolución de ésta, por cuanto que es la resultante y nace de la confluencia de dos de los rasgos evolutivos más notables que nos caracterizan, cultural, uno, y biológico, el otro. Me refiero a la escritura y a la mano capaz de trazarla.

La mano humana, gracias a su pulgar oponible al resto de los dedos (caso único en el orden de los primates), es una herramienta de una altísima precisión que nos permitió comenzar a construir otros utensilios con los que compensar –a veces– nuestras limitaciones físicas y biológicas, con los que prolongar –otras– los propios órganos de nuestro cuerpo y sus funciones, y –también– con los que afinar nuestras habilidades naturales y maximizar su rendimiento. De poco nos hubiera servido el cerebro sin las manos. Sin ellas –sin nuestros pulgares, dicho con mayor exactitud– no hubiéramos pasado de ser un primate más:

«El hombre es inteligente porque tiene manos»,

afirma Anaxágoras. No cabe expresarlo mejor ni de forma más concisa.

En cuanto a la escritura, todo lo que se arguya en su elogio y apología, por fuerza, será siempre poco y resultará insuficiente. Digamos tan sólo que con ella se hizo posible el abandono de la comunicación meramente oral y la superación de las limitaciones que presenta la tradición cultural a ella aparejada: básicamente, el hecho de que tal comunicación sólo puede establecerse con unas pocas generaciones, y, desde luego, raramente le será dado a un individuo remontarse más atrás de sus abuelos o proyectarse más allá de sus nietos (escasos son, y dichosos, aquéllos que han conocido otros antepasados u otros descendientes). Con la escritura, en cambio, la comunicación no sabe de espacios ni lugares, ni conoce las exigencias del tiempo, que marca unos límites a la vida humana. Y así, podemos ahora mismo escuchar a Homero o a Plutarco, sin más sortilegio mágico (aunque éste no sea pequeño) que abrir sus libros, ni más barrera en el tiempo que el que tardemos en hacerlo. Pero sucede, además, que la tradición oral se halla sujeta a la simplificación y a la pérdida de detalles (y en último término, acaso, a la desaparición completa) de aquello que quiere ser transmitido. Y esto es tan grave que sin la escritura tal vez nos viéramos obligados a reinventar periódicamente la rueda o el paraguas, y no digamos la geometría de Euclides o la estructura del ADN. ¡Grave error el de Sócrates! Y gran fortuna para nosotros que Platón no siguiera a su maestro en eso de desdeñar el lenguaje escrito.

Confluencia, como digo, de ambas (mano y escritura) es el libro. Y aunque nada se perdería por continuar su elogio (a grandes rasgos, es el mismo que el de la escritura, obviamente), remarcando, por ejemplo, su papel en el aprendizaje o en la transmisión de saberes y conocimientos; en la adquisición de determinadas habilidades; en la formación de nuestras costumbres y de nuestro carácter (es probable que uno acabe siendo lo que ha leído); en el desarrollo y mejora de nuestro ingenio, o en el permitirnos comprender determinadas cosas, y hacernos comprender, al tiempo, que otras jamás podrán ser comprendidas...; aunque nada de eso estaría de más ni resultaría exagerado, yo voy ahora a dejar que se explaye aquel tanto de epicúreo que llevo dentro y sostendré que el libro es, ante todo, una fuente inagotable de placer, el manantial del que brota el placer más intenso y duradero (y aunque sea un placer solitario, y en modo alguno debamos desdeñar aquél para cuya logro es preferible la concurrencia de dos, el de la lectura tiene la ventaja de estar siempre a nuestra disposición y hallarnos a nosotros siempre dispuestos).

2

Yo rara vez leo por obligación. En realidad, rara vez hago algo por obligación, así de indolente o de caprichoso soy –hay quien dirá que también maleducado–, y dejando a un lado un pequeño número de obligaciones, algunas de las cuales no quiero eludir y otras no podría hacerlo aunque quisiera, ni hago otra cosa que aquello que me resulta placentero, ni entiendo, además, por qué debería hacerlo: hago, en suma, lo que me apetece, lo que me da la gana, o, si así se quiere decir, lo que me sale del lugar que todo el mundo conoce, pero que no está bien visto nombrar, porque las zonas comprendidas entre la cintura y el comienzo de las piernas han acabado siendo tabú y se considera poco fino referirse a ellas o a sus funciones, como si fuesen más nobles nuestras narices o nuestras orejas. Y, de este modo, dejamos de utilizar una expresión muy nuestra y muy contundente para tratar de explicar el carácter propio de los actos volitivos, frente a los meramente intelectuales. Y así, si bien se permite nombrar al órgano responsable de la intelección, y, por tanto, para referirse a la bondad de sus actos se utiliza la expresión tener buena cabeza o utilizar la cabeza, de ninguna manera está permitida construcción lingüística similar con aquéllas glándulas de las que hablamos para dar cuenta de la excelencia y peculiaridad de los actos volitivos.

Pero volviendo a esto del leer, diré que dejados atrás mis años escolares y universitarios, ahora, cuando mi único tribunal examinador soy yo mismo, no leo más que lo que me gusta. Y puedo decir, con Cicerón, que

«me desentiendo de una lectura que no va seguida de placer».

Creo que era Borges quien afirmaba (si no recuerdo mal, en alguno de sus prólogos, aunque he intentado en vano hallar la referencia) que él era un lector hedónico, por lo que, en consecuencia, no daba más que tres oportunidades a un autor antes de abandonarlo definitivamente. Considero que se trata de una actitud en exceso indulgente y generosa. Creo que con dos es suficiente, y, a veces, ni eso: con una basta. Demasiado es lo que hay que leer como para perder el tiempo con un necio o un pedante, o, sencillamente, con alguien que cansa y aburre, o que nos habla de algo sin conseguir suscitarnos el menor interés. Mas no se confunda lo que digo con declaración de lector perezoso y simplón: el placer de la lectura no está reñido con la dificultad, mayor o menor, que ésta entraña. Mis hábitos lectores, en este aspecto, en modo alguno coinciden con los de Montaigne; y de ninguna manera diré que

«por nada del mundo quiero romperme la cabeza, ni siquiera por la ciencia y su indudable valor [...] En los libros sólo busco un entretenimiento agradable y honesto [...] Las dificultades con que tropiezo cuando leo las dejo a un lado, no me muerdo las uñas resolviéndolas cuando he insistido una o dos veces»,

porque el «romperse la cabeza» es uno de los placeres irrenunciables, y también lo es en la lectura. Prefiero mil veces que un autor me haga morderme las uñas (aunque no tengo tal costumbre) a que me ensarte trivialidades sin cuento y lugares comunes, por fáciles que sean de entender. Otra cosa es que algunos posean la capacidad de tornar sencillos los asuntos más difíciles y complejos. Sin duda, los tales son dignos de una doble admiración. Pero, hablando en general, es erróneo suponer que el placer sea siempre amigo de la facilidad y enemigo del esfuerzo. Quien ama el ajedrez sabe que pocos acontecimientos hay tan gozosos como resolver un hermoso problema; y, sin embargo, tanto la belleza de éste como el gozo experimentado son directamente proporcionales a su dificultad (con independencia de que, una vez resuelto, la solución, como suele ocurrir con casi todo, parezca clamorosamente simple). Pero, claro, Montaigne aborrecía el ajedrez, al que califica de «juego simple y pueril»:

«Lo odio y rehuyo –añade– por no ser bastante juego, y por entretenernos demasiado seriamente, avergonzándome de prestarle una atención que convendría a alguna cosa buena»;

«cosa buena» que, a lo que se ve, tampoco era la lectura o el estudio de un libro que exigiera algún esfuerzo. Y no sé yo, además, como puede decirse, como él dice que

«sólo me consagro a la lectura cuando el fastidio que me domina, si no hago nada, comienza a invadirme.»

Acaso a él le fuera suficiente con ocuparse de sí, pero yo, en cambio, siendo, como soy, dueño de una persona y una vida interior menos ricas que las suyas, y viviendo, como vivo, en gran medida, con (y hasta en) los libros, tengo que decir, por el contrario, que, pudiendo hacerlo, sólo me consagro a otra cosa (incluida la redacción de estos engendros) cuando me siento fatigado de leer. Mas, al cabo, en algo estoy de acuerdo con Montaigne. Yo también, como él:

«Cuando un libro me aburre, busco otro.»

Esto es, en pocas palabras, lo que quería decir: no entiendo que alguien se empecine en leer algo que no le gusta o sencillamente que no le interesa. Demasiados son ya (para una sola vida) los libros en los que hallaremos gusto y los asuntos que acaparan nuestro interés (y si alguien hubiera a quien ningún libro gusta ni ningún asunto interesa, olvídese, sin remordimiento ni culpa, del leer, porque lo que iba a ganar con ello no paga el precio del libro). El buen lector es omnívoro, aunque selecto: lee de todo, pero no todo ni a todos. Y tiene no sólo unas preferencias, sino también algunas obsesiones: aquel puñado de autores a los que se vuelve una y otra vez en busca de sugerencias y consejos, y a los que se trata con la asiduidad con que se trata a los amigos (¿o es que acaso no lo son?). No incurriré en el pedante exhibicionismo de hacer pública la lista de mis preferidos, y no ya por ser en exceso prolija (tampoco es pequeña la de mis desagrados), sino, ante todo, porque resulta absolutamente irrelevante para cualquiera lo que yo lea o deje de leer; y lo es, de igual modo, quiénes sean mis íntimos. Diré sólo (para hacerme perdonar las arremetidas de que le he hecho objeto en estas notas) que entre ellos se encuentra Montaigne, sin que la discrepancias (hay otras) de las que aquí se da cuenta empañen en lo más mínimo mi cariño y mi devoción hacia él (la amistad se alimenta también del desacuerdo y la controversia: para soportar a otro yo tenemos suficiente con nosotros mismos). Tampoco tiene el menor interés conocer cuáles sean mis deficiencias y mis cegueras. Pero ni me importa tenerlas ni reconocer que las tengo, así que diré que dejo mucho que desear como lector de teatro y de poesía (de la que en mi juventud fui, en cambio, lector famélico), y confieso que, salvo unas pocas (muy pocas) excepciones, no soy muy amigo de dramaturgos ni de poetas, mas ni pido disculpas por mi desagradecimiento ni creo que a estas alturas vaya a enmendarme.

Seguramente es verdad que lo que sabemos es lo que queda una vez que hemos olvidado lo que hemos aprendido. Me parece que también es válido decir que lo que sabemos es lo que queda después de olvidar lo que hemos leído, y aun no sé yo si no habría que añadir que también lo que somos. Quizás en la formación de nuestro carácter, tanto o más que otros factores, influyan nuestras lecturas, y, en especial, los autores de los que gustamos y a los que frecuentamos con una mayor asiduidad. Si es cierto que nos acabamos pareciendo a aquéllos con quienes nos criamos, ¿qué tiene de raro suponer que también nos acabamos pareciendo a aquéllos a quienes leemos? Naturalmente, no se me escapa que siempre sería posible sostener lo contrario, a saber: que no es que los autores más frecuentados por un lector formen su carácter, sino que es su carácter, ya formado, el que le conduce a unos y no a otros, y el que hace que experimente más gusto por éstos que por aquéllos. O en otros términos: que no es tal autor el que, por ejemplo, torna mi temperamento melancólico o proyectado más al pasado que al futuro, sino que es mi temperamento melancólico y proyectado al pasado el que me acerca a tal autor y me hace amarle. Probablemente haya un poco de las dos cosas, y no voy yo ahora a romperme la cabeza ni a morderme las uñas intentando determinar en qué proporción se encuentra cada una de ellas. Diré tan sólo que las lecturas de un individuo dicen sobre él acaso más de lo que podría decir él mismo.

Añadiré, para terminar, que cada cual es muy libre de leer como mejor le cuadre (e incluso de no hacerlo), pero, sin duda, lo más acertado, como hacía Unamuno, es leer siempre varios libros a la vez, es decir, descansar de la lectura de uno con la de otro (no, desde luego, leerlos simultáneamente, como dicen de Tomás de Aquino, que leía dos mientras escribía un tercero). Algunos no reclaman una atención continuada, y es posible volver a ellos pasado un tiempo; y en aquéllos que la exigen, para retomar el hilo del discurso no hace falta otra memoria mayor que aquélla que se necesita para retomar la conservación con un amigo, interrumpida horas o incluso días antes. Tal haya quien considere tal hábito pernicioso, juzgando que resta concentración; tal vez haya quien lo estime hijo de la avidez y de la ansiedad. Niego terminantemente lo primero (lo segundo me trae sin cuidado): un estudiante cambia a cada hora de materia y profesor, y nadie ha dicho todavía que eso merme su capacidad de concentración; lo contrario (cuatro horas con lo mismo), sí es posible que lo haga (tampoco se sabe de ninguno que por eso se haya vuelto loco o haya necesitado un tratamiento intensivo a base de ansiolíticos). ¿Y acaso hay alguna diferencia entre el estudiante y el lector? ¿No son, en el fondo, idénticos?

De todos modos, puestos, no obstante, a buscar diferencias, alguna hay. La obvia viene dada, precisamente, por el milagro de la escritura y el prodigio del libro, que nos permiten, sin salir de casa, asistir a las clases de Aristóteles, o demorarnos un rato en las habitaciones del 221-B de Baker Street, oyendo a Holmes hablar sobre el arte de la deducción. Y esto significa, también, que, a diferencia del estudiante, uno puede decidir quiénes habrán de ser sus maestros. La menos obvia es que se puede leer en la cama (la posición yacente, en cambio, no está permitida en nuestros Institutos ni en nuestras Universidades): porque si leer es un placer, leer tumbado lo es el doble, como sabía igualmente Unamuno (en realidad, todo aquello que se puede hacer en la cama apenas hay razón alguna para hacerlo en otra parte, aunque tampoco es preciso llegar al extremo de convertirla en oficina, como hicieron Descartes y Proust).

Mas dejémoslo aquí, que prometiendo hablar del libro, en lugar de hacerlo, he venido a dar en un discurso demasiadamente subjetivo, a medio camino entre la confesión y la anécdota, y si ya es mucho pedir al lector que se interese por mis lucubraciones, pretensión ridícula e imperdonable sería pensar que habrán de importarle los pormenores ínfimos de mi vida diaria.

 

El Catoblepas
© 2005 nodulo.org