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El Catoblepas, número 44, octubre 2005
  El Catoblepasnúmero 44 • octubre 2005 • página 9
Artículos

Buenos Aires en tres planos

Sigfrido Samet Letichevsky

Después del desastre del 2001, Argentina está creciendo con buen ritmo. Corre el riesgo de volver a caer en el caos, salvo que se modifique la legislación y su aplicación y se hagan grandes y sostenidas inversiones en educación, y que se logre atraer fuertes inversiones de capital y tecnología

«Yo, que en la tierra he nacido
Donde ese genio ha cantado,
Y el pampero he respirado
Que al payador ha nutrido,
Beso este suelo querido
Que a mis caricias se entrega,
Mientras de orgullo me anega
La convicción de que es mía
¡la patria de Echeverría,
la tierra de Santos Vega!»
Rafael Obligado, Santos Vega. 1. El alma del payador, 1877

Un tango-canción, «¡Viva la Patria!», con letra de Francisco García Jiménez y música de Anselmo Aieta, celebró el alzamiento militar del 6 de Setiembre de 1930, que inició la serie de subversiones militares contra el poder civil en Argentina. (¿Por qué será que decimos Paraguay, Colombia o Francia, pero «la» Argentina, siempre precedida por el artículo?) El 25 del mismo mes lo grabó Carlos Gardel. No se si autores e intérprete se arrepintieron de haberlo hecho, pero en este momento interesa la letra, que dice:

¡Viva la Patria
que quisieron mancillar!
Orgullosos de ser argentinos,
Al trazar nuestros nuevos destinos...
¡Viva la Patria!...
¡De rodillas, en su altar!

Buenos Aires, agosto 2005, de izquierda a derecha Sigfrido Samet Letichevsky, Víctor Oscar García Costa y Luis Roizenblat (lo tres colaboradores hace bastantes años de la revista 'Fulanito')

Acabo de pasar 36 días en Buenos Aires. En el frente de una cafetería en la Plaza del Congreso, leo: «Orgullosamente argentinos.» Sigo por la Avenida de Mayo y, antes de llegar a Florida veo una juguetería cuyas dos vitrinas están cruzadas por una banda celeste y blanca, sobre la que se lee: «El orgullo de ser argentinos.» Acabamos de retrotraer el orgullo argentino por lo menos hasta 1877. Los argentinos estábamos orgullosos cuando Dios era argentino, y seguimos orgullosos cuando, en 2001, nos abandonó. Es inútil preguntar de qué estamos orgullosos. Pero tal vez podamos entender por qué somos orgullosos, cual es la función del orgullo.

1. Nivel sensorial

Muchos comercios tradicionales han desaparecido, y hay otros nuevos. No existe más la confitería Royalty, de Callao y Corrientes, donde en 1946, con un solo café, seis jovenzuelos ocupábamos una mesa para discutir durante horas los destinos del país y del mundo. Tampoco existe, en Santa Fe y Callao, el Petit Café, de Gou, Frade y Cía. (donde se reunían los «petiteros»), ni la veterinaria Paul, ni la Compañía La Camona, ni la tienda «Al cristal de roca», ni la confitería «A los dos chinos» (no se por qué a comienzos del pasado siglo, los nombres de muchas tiendan empezaban con «A»). Y hace muchísimo tiempo que dejó de existir en Avenida de Mayo 1242 la librería y editorial de mi padre, Jacobo Samet; pero el destacado historiador Víctor Oscar García Costa me informó que en este año dará, en la Peña del Libro, una charla para recordarlo. La ciudad tiene un aspecto de cambalache, llena de pequeñas tiendas. No sólo en Scalabrini Ortiz (ex Canning) o a lo largo de Paso, Azcuénaga o Larrea, sino incluso sobre Florida y Santa Fe, que antes eran exhibiciones de lujo y buen gusto.

Calles céntricas, como Libertad y Talcahuano, siguen siendo viejas (cada vez más, naturalmente) y sucias. También ha habido mejoras. El edificio del antiguo Mercado de Abasto, obra del ingeniero Delpini, ha sido transformado en galería comercial, aprovechando la estructura y conservando el original exterior. Lo mismo se ha hecho con Puerto Madero, aprovechando los antiguos galpones para construir oficinas y restaurantes. Se ha construido el Recoleta Village, centro comercial en el que se destaca la librería Cúspide. Hay en Buenos Aires una cantidad sorprendente de librerías y muchas otras que comercian con libros usados. Cúspide y algunas más, además de ser muy surtidas y tener gran tamaño, tienen servicio de cafetería, donde el interesado puede a su vez leer libros todo el tiempo que desee. Es decir que, además de comercio, tienen funciones de Biblioteca Pública.

Sigue habiendo colectivos, pero ya no son microómnibus, sino autobuses con toda la barba. «El Detalle» sigue construyendo las carrocerías, pero ya no las firma Jerónimo Gnecco, ni ostentan las tradicionales filigranas, la foto de Gardel y un zapatito del pibe. Son frecuentes y funcionan bien (salvo que el escalón es muy alto y hace difícil y peligroso sobre todo el descenso). El subte (metro) también funciona bien y es muy barato.

Por la calle, la gente, sobre todo los jóvenes, son muy amables. En el centro y de día, no hay problema alguno. De noche y en las afueras, es otra cosa. No he tenido oportunidad de ser testigo, pero la tele informa de secuestros y robos. También acerca de los piqueteros, * que, al cortar calles y carreteras, dificultan el trabajo y el comercio. A propósito de TV, la hay por cable, con 83 canales. Pero su calidad, aunque cueste creerlo, es muy inferior a la española.

Los turistas que vuelven de Argentina suelen comentar que todo está muy barato (y llegan hasta hablar de precios un tercio o un cuarto de los precios europeos). Los alimentos están baratos en los supermercados, digamos término medio la mitad de lo que costarían en Madrid. Pero no todos; el queso se exporta y tiene precios internacionales (y tal vez por eso están usando un queso de mala calidad en vez de mozzarella, con lo que la pizza en Argentina ya no es lo que era). Los pañuelos de papel son más caros que en Madrid. El té descafeinado, tanto en Madrid como en Buenos Aires, es importado de Inglaterra. Pero en Buenos Aires cuesta el triple que en Madrid. Los restaurantes tienen precios variados, pero hay tantos que la competencia es feroz y hay muchos donde se come muy barato, hasta por $10 (3). Hay una cadena «Grant's» de autoservicio donde se come todo lo que uno desee –a rodizio, dirían los brasileros– por $12 (3.60) y la comida es buena y variada.

Hay ropa barata, pero de mala calidad. La ropa de calidad y buen gusto es tan o más cara que en Europa. Es difícil encontrar prendas de lana. Me han dicho que la lana se exporta cruda, sin lavar. Y que ya no se fabrican sábanas; se importan de EE.UU. o de Brasil. Al parecer hay ahora máquinas de alta productividad, pero son tan costosas que no se justifica la inversión, y con las antiguas no se puede competir.

Para manejarse en Buenos Aires hay que saber inglés. Todos los restaurantes, pizzerías y cafeterías, hacen envíos a domicilio. Pero eso se llama «delivery». Casi no hay liquidaciones sino «sales», donde los precios no tienen descuentos, sino «off». En un café dan charlas sobre filosofía, pero no es un curso, sino un «coaching». El ordenador es un «computer» cuyo ratón se llama «mouse». Una tienda que vende ropa no dice que es para mujer, sino para «women». El nombre de la tienda también está en inglés, pero con reminiscencias del «vesre» porteño: se llama «Over-pull».

2. Nivel temporal

En la primera mitad del siglo XX, Argentina era el país latino-americano cuya población tenía más alto nivel de vida (y uno de los más altos del mundo). Cuba era el segundo. Ambas cosas parecen hoy increíbles. Pero recordemos que el vendaval del 2001 hizo cerrar a muchísimas empresas, que muchísimos argentinos muy cualificados emigraron, y que gran parte de los que no pudieron hacerlo, quedaron desocupados. Hoy se nota en Buenos Aires una intensa actividad comercial y de la construcción de edificios. Por tercer año consecutivo la economía crece con un ritmo del 7% anual. Aún teniendo en cuenta los bajísimos niveles de partida, es un crecimiento notable. ¿A qué se debe? Pues a una serie de circunstancias favorables: crecimiento mundial, bajos intereses, mercados emergentes, especialmente China. La soja transgénica es hoy el principal producto que Argentina exporta, por suerte, a pesar de las campañas en contra de los ecologistas, es por ahora la tabla de salvación.

De modo que, con la perspectiva temporal desde 2001, la economía del país está creciendo con fuerte ritmo.

Pero ¿a qué se debió el desastre del 2001? (ver ref. 2; escrito en diciembre de 2000, es decir antes de que estallara la crisis). Generalmente se atribuye a la corrupción de los políticos (dicho sin tapujos: al robo de dinero público), a los Bancos, a las multinacionales, al FMI, al imperialismo, &c.

Que hubo corrupción, parece indudable; faltaría cuantificarla. Pero la corrupción se desarrolla en un caldo de cultivo adecuado, como es la política populista que adoptó el país desde 1945, con amplio apoyo ciudadano. Los sindicatos exigieron entonces mantener fogoneros en las locomotoras eléctricas. Otro de los muchos ejemplos dignos de mención: «SOMISA, con una planta de 5.000 empleados gana y exporta más que antes con una planta de 25.000.» (ref. 1, pág. 292.) (ver especialmente ref. 3.) Si cientos de miles de trabajadores recibían sueldos sin trabajar o por «trabajos» innecesarios, ¿cómo se podía impedir que políticos y funcionarios participaran también del festín? Pero para los argentinos, la culpa es siempre de los otros; nosotros no tenemos nada que ver, somos sólo «víctimas».

El FMI dio consejos equivocados al Gobierno Argentino. Pero no había obligación de seguirlos. Otros países los rechazaron y Brasil e Indonesia superaron sus crisis gracias a la ayuda del FMI. Hay que ser muy paranoico para decir (como algunos dicen) que el FMI dañó premeditadamente la economía argentina. Se acaba de informar (ref. 4) que el FMI y el BM perdonan la deuda de 38 países de África por un valor de 55.000 millones de dólares. ¡No es ningún negocio para esas instituciones perder esa enorme fortuna!

Además, la deuda argentina con el FMI es sólo una pequeña parte del total, y se está pagando escrupulosamente a la vez que se azuza el «nacionalismo» vociferando contra el FMI.

El grueso de la deuda es con pequeños ahorristas, jubilados y sindicatos (sólo en Italia son 500.000) y es a quienes se estafó con el default, lo mismo que a los jubilados argentinos, quienes efectuaron aportes durante su vida con dinero valioso y cuyas asignaciones fueron drásticamente disminuidas con la devaluación.

Los gobiernos populistas suelen gastar más de lo que ingresan, para satisfacer demandas inmediatas del electorado, y para malgastar. Como dijo Claudio Loser (ref. 1, pág. 136):

«Es obvio que, cuando un país gasta más de lo que ingresa, se endeuda, pierde reserva y, finalmente, ya no tiene a quien recurrir para recibir dinero. Ahí piden que el FMI vaya a salvarlos. Y lo odian cuando el préstamo viene con una condición sencilla; que vivan de acuerdo con lo que obtienen. Es un simple ejercicio de economía casera.» «(...) Pero la idea de que en algún lugar del mundo hay cuatro banqueros planeando cómo destruir a un país mientras se relamen, comparte con el más clásico antisemitismo su esquema conceptual. Es una estupidez. No es lo que pasa. Y lo digo con énfasis porque esa idea –más o menos acentuada– aparece permanentemente en el discurso político argentino. Creo yo (...) que esa idea es una de las causas del fracaso del país.» (cursivas de S.S.)

Es una de las causas del fracaso del país, porque en lugar de estudiar los problemas y apoyar políticas adecuadas para solucionarlos, distrae la atención hacia una nebulosa paranoica de culpables, de la que a priori nosotros estamos excluidos y exculpados. Nos permite seguir apoyando al populismo, la creencia infantil de que debemos esperar todo de «papá Estado». Y somos orgullosos porque así fortalecemos la escisión entre «nosotros» (que somos los buenos y los mejores por la gracia de Dios) y «ellos» (los inferiores, malvados y culpables de nuestros problemas).

Y este libro (ref. 1) es un ejemplo de que esa idea paranoica «aparece permanentemente en el discurso político argentino». Ernesto Tenembaum es un excelente y culto periodista. Entrevista Claudio Loser, ex economista del FMI. Desde el título («Enemigos») tiene la intención de desacreditar al FMI. Sin embargo, el diálogo pone en evidencia el correcto razonamiento de Loser y la buena voluntad del FMI (no obstante sus errores). Que Fernando Enrique Cardoso se aviniera a prologar el libro, muestra que lo consideraba importante, mientras que lo que dice muestra que aprecia el trabajo del entrevistador pero no sus creencias.

Pero aunque la mayoría se dedique irresponsablemente a atacar a «los otros», ¿habrá alguien que estudie los problemas y proponga medidas concretas?. El Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos publicó su propuesta (ref. 5), nada menos que «para refundar la Nación».

En la introducción, Floreal Gorini propone la «industrialización del país, reducción de la jornada laboral sin rebaja salarial para crear más puestos de trabajo, derogación de las leyes flexibilizadoras; supresión del IVA a los productos incluidos incluidos en la canasta familiar y tratar el tema de la impagable deuda externa en conjunto con los países victimizados».

En 1º año de la Escuela Industrial un compañerito me provocó un ataque de risa al proponer, con el objeto de poblar el interior argentino, tender líneas ferroviarias para todos lados, contando con que alrededor de las estaciones se irían formando pueblos. Pero, claro, él no era economista.

Sin duda, la intención del IMFC es favorecer a los trabajadores. Pero, lamentablemente, no dice de qué manera se podrían concretar sus propuestas. Los «victimizados» no son al parecer los cientos de miles de ahorristas defraudados, sino los países que han pedido préstamos y nos los pueden devolver, por haber despilfarrado el dinero. Argentina no puede esperar nuevos préstamos. ¿Quién financiará la instalación de nuevas industrias? Porque sólo tendría sentido invertir, para fabricar productos de los que haya demanda. El mercado argentino es ahora muy reducido. (Sin embargo, en pág. 27 leemos: «El mercado interno debe ser el espacio privilegiado (sic) de la política productiva.») Se podría exportar. Pero ¿cómo podríamos competir en el mercado mundial sin tecnología moderna y con costos laborales crecientes (al reducir la jornada sin rebaja salarial)?

Siempre se han creado industrias para satisfacer al mercado, a los consumidores (todos tenemos una faceta de consumidor y otra de productor), y se tomaron los empleados que fueran necesarios (los menos posibles). Pero Gorini parece creer que el objeto de la industria es «crear más puestos de trabajo». Incluso en la «Propuesta económica» (pág. 14) considera uno de los criterios de éxito de una política económica, «La creación de nuevos empleos, puestos de trabajo de calidad...».

En pág. 16 leemos: «Una de las bases de la propuesta del IMFC es la creación de un amplio sector de la economía, que denominaremos «economía social» cuyo accionar no sean los objetivos de lucro sino los de satisfacción de las necesidades sociales, como alimentación, salud, educación, vivienda, cultura y esparcimiento».

Al igual que en la introducción, no da el menor indicio de cuántas y cuáles empresas habría que crear ni con que financiación (ya que el Gobierno no devuelve lo que debe porque no tiene fondos) y cual sería su viabilidad (porque, obviamente, una empresa cuya financiación y viabilidad no hayan sido cuidadosamente estudiadas, lo más probable es que quiebre en poco tiempo). Pero más importante aún es algo que parece olvidar. La URSS tenía, lo mismo que los demás países de Europa del este y Cuba, una «economía social», sin objetivos de lucro. La producción era de mala calidad, y no alcanzaba a cubrir las necesidades de la población. Como lo que es de todos en realidad no es de nadie, ¿quién se iba a preocupar de innovar en diseño, concepción o calidad? La gente trabajaba lo menos posible y dedicaba sus esfuerzos a obtener ventajas para sí, sea robando o simplemente haraganeando. Y aunque hubieran tenido la mejor buena voluntad ¿cómo podrían saber cómo mejorar la eficiencia de su trabajo y de sus empresas? Los precios de mercado son índices que conducen al aprovechamiento más eficiente del capital (= los medios de producción). Pero en el socialismo no hay mecanismos de formación de precios; no hay «mercado», lo cual conduce inevitablemente al derroche y a la ineficiencia. Eso que tanto horroriza a los izquierdistas, el lucro, es precisamente lo que garantiza una eficiencia creciente y que el mercado va a ser abastecido. Cada comerciante o industrial podrá ser, en su casa, un santo o un demonio. Pero para seguir en el mercado deberá hacer el tipo de producto que el consumidor desea y en la calidad que desea. Deberá competir con otros y esforzarse en mejorar su calidad y bajar sus precios, para no ser desplazado por los competidores. Las reglas de cálculo Nestler eran, en la primera mitad del siglo XX, las mejores del mercado. Pero apareció la calculadora electrónica, mucho más precisa, rápida, versátil... y más barata. ¿Quién se acuerda hoy de Nestler?

Es muy meritorio que las ONG funcionen sin fines de lucro; su función es ayudar a quienes lo necesiten. Pero la producción de bienes y servicios sólo se puede hacer eficientemente gracias al lucro (cuya parte principal suele reinvertirse como capital, para aumentar y mejorar la producción)

En ref. 5 (pág. 34) proponen: «Las divisas son bienes públicos y por lo tanto su circulación debe ser rigurosamente regulada. Se propone un estricto control de cambios y sanciones penales contra cualquier violación al mismo, entre ellas, fuga de capitales (...)».

¿De modo que el dinero no pertenece a sus dueños, sino que es un bien público?

Todas estas propuestas parecen destinadas a evitar que nadie quiera invertir en Argentina. Pero esta última parece buscar que, aún quienes ya tienen inversiones, hagan todo lo posible por salvar sus propiedades enviándolas a cualquier lugar del mundo que defienda el derecho de propiedad. En lugar de crear condiciones atractivas para los emprendedores, los privan de sus derechos y se les exige mantener su inversión a la fuerza.

Creo que podríamos resumir así:

El populismo (camino elegido por el «pueblo») fue la causa principal del fracaso de la economía, y el caldo de cultivo de la corrupción. Los ideólogos izquierdistas dieron el combustible ideológico al populismo (y por lo tanto al fracaso económico y a la corrupción, responsabilidades que no pueden eludir no obstante su honestidad personal).

La economía argentina está creciendo con buen ritmo. En el próximo apartado discutiremos si es esperable que continúe así.

3. Nivel teórico-futurible

Si Argentina continuara creciendo a un ritmo de 7% anual, en 10 años no sólo se habría recuperado, sino que habría superado sus índices anteriores. Es sorprendente ese ritmo sin inversión extranjera. Se debe a que proviene fundamentalmente de exportar la producción del campo aprovechando circunstancias excepcionales, o al menos nuevas. Las retenciones a las exportaciones son una importante fuente de ingresos del estado. Los beneficios invertidos en inmuebles estimulan la construcción que, a su vez, moviliza toda la actividad económica. Si subieran los intereses (y están subiendo), EE.UU. pudiera exportar soja (impedido ahora por desastres climáticos y por sus preocupaciones bélicas) o China produjera más soja (¿?) el crecimiento argentino, apoyado en bases endebles, estaría en serio peligro.

Por otra parte, al crecer la actividad, se necesita más energía. En dos o tres años, el país será importador neto de crudo (ref. 6). No se exploran nuevos pozos, porque la inseguridad jurídica dificulta las inversiones. También se necesita más energía eléctrica, y las usinas necesitan años para planearse y construirse. Una central hidroeléctrica como la de El Chocón o una usina atómica como la de Atocha, son grandes inversiones. ¿De dónde vendrán sin seguridad jurídica ni estabilidad política?

Como escribió Roberto Cachanosky (ref. 7): «muchos economistas estamos tratando de mirar un poco más allá, alertando que el proceso de reactivación tiende a agotarse sin que se visualice un escenario de crecimiento, entendiendo por crecimiento un fuerte proceso de inversiones que sostengan altas tasas de crecimiento y no sean tan solo el resultado de comparaciones estadísticas contra pisos de producción y tendencia alcista de la inflación.» Y más adelante: «Y la lógica más elemental indica que un modelo de sustitución de importaciones tiene como principal objetivo el de producir básicamente para el mercado interno, gracias a la ausencia de competencia externa. ¿Qué más nos indica la lógica? Que nadie invierte para producir grandes volúmenes sabiendo que tiene un mercado interno con 50% de pobres y 25% de indigentes. ¿Invertir para venderle a quién? Por otro lado, ¿para qué invertir si no tengo la presión de los competidores?»

«Además, ¿y si invierto para vender en el mercado interno gracias al tipo de cambio y un día se acaba esta protección cambiaria?(...).»

«Sólo los sectores ligados a las exportaciones pueden llegar a tener algún interés en invertir en tecnología de última generación.(...) Por lo tanto, ¿para qué invertir, mejorar la calidad de los productos e incrementar las utilidades si ese aumento de las utilidades se las apropia el Estado?»

Se habla de «fuga de capitales», pero el principal capital que Argentina perdió fue la emigración de miles de profesionales cuya formación costó muchísimo dinero y tiempo. A vez la educación, en sus tres niveles, se ha degradado. Como dijo Loser (ref. 1, pág. 286): «le diría que el primer factor, el principal por lejos, para generar una política redistributiva, es la educación». Y en la página siguiente: «A mi me sorprende cómo la educación no figura en el discurso político argentino. Hay una sóla área donde, después de tanto tiempo de observar las sociedades más diferentes, yo soy determinista: la principal causa, tomada en sí misma, del desarrollo, es la educación de la gente.»

Es también imprescindible una gran inversión en educación.

Y es imprescindible lograr rápidamente un mínimo de seguridad jurídica. Eso requiere revisar las leyes y su aplicación. Sólo con estos requisitos habrá esperanza de atraer capitales que el país necesita como agua de mayo.

En la situación actual –educación y sanidad degradadas, inseguridad jurídica, políticas y apoyo ciudadano al populismo–, cabe pensar que en dos o tres años Argentina podría volver a una situación caótica (de final imprevisible). Sin embargo, los recientes cambios en la Suprema Corte de Justicia, y la actitud más firme del Gobierno hacia los piqueteros, podrían señalar el comienzo de un cambio. Más aún, el firme apoyo de Joseph Stiglitz y de Enrique Iglesias (ref. 8, 9 y 10), hacen pensar que ellos podrían tener información acerca de importantes e inminentes inversiones. Si así fuera, se podría abrir para Argentina el camino del progreso y de una vida mejor para su población. Aún así, es fundamental tener en cuenta los requisitos enunciados en el párrafo anterior.

27 septiembre 2005

* En la revista «Argentinos.es» (Octubre 2005) hay un artículo («Piqueteros S. A.») que hace una buena descripción de las tres corrientes piqueteras y de por qué Kirchner las apoya pero al mismo tiempo entra en un callejón sin salida. Y el aspecto, a mi juicio más importante, es que muestra como actuó Graciela Fernández Meijide (administración De la Rua) con la mejor intención, pero los resultados fueron perversos. Frecuentemente los izquierdistas se centran en las «intenciones» sin comprender que los fenómenos sociales son complejos y no responden a la causalidad directa.

Referencias

  1. Ernesto Tenembaum, Enemigos, Grupo Editorial Norma, 2004.
  2. Sigfrido Samet, «Deuda externa, economía y política», Sucesos Argentinos, Enero-Febrero 2001.
  3. Sigfrido Samet, «Qué haría yo si fuese caballo», O Debatedouro, Ed. Especial II (Focos de tensión), agosto 2003, www.odebatedouro.com.br
  4. «El Banco Mundial se une al FMI, y aprueba condonar la deuda de África», Ernesto Ekaizer, El País, 26-9-2005.
  5. «Propuesta para refundar la Nación», Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, Abril 2005.
  6. «Del oro negro a un negro futuro», La Nación, 21-8-2005.
  7. «Torturando las estadísticas». Roberto Cachanosky, La Nación, 25-8-2005.
  8. «La Argentina no es consciente de su potencial», dice Iglesias, La Nación, 10-8-05.
  9. «Cristina Kirchner, del tono combativo al académico», La Nación, 24-8-2005.
  10. «Elogios del BID al Gobierno y a los 90», La Nación, 25-8-2005.

 

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