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El Catoblepas, número 40, junio 2005
  El Catoblepasnúmero 40 • junio 2005 • página 11
Polémica

El león de Íñigo Ongay
y el jaguarete de Iguazú indice de la polémica

David Alvargonzález

Respuesta al comentario de Íñigo Ongay
al debate sobre El animal divino

Numinosa religación entre Tintín y un león En un texto publicado en El Catoblepas (nº 39:22), titulado «Númenes reales y Filosofía angular de la Religión», Íñigo Ongay, a la vez que da por terminados sus comentarios a mis tesis en relación con las religiones del Paleolítico, aprovecha para completar los argumentos expuestos en sus cartas publicadas en El Catoblepas (nº 37:1). No quisiera alargar la discusión de un modo inconveniente pero tampoco quiero dejar de comentar un nuevo argumento que Íñigo Ongay añade a los ya expuestos. Se trata del argumento del «encuentro con el león».

La comprometida situación a la que Iñigo Ongay hace que me enfrente no es otra que la de la repentina proximidad de una fiera salvaje peligrosa y hambrienta en un contexto en el que yo careciera de abrigo donde refugiarme o de armas para defenderme.

En este experimento mental, como también en otros lugares, Iñigo Ongay hace una paráfrasis de los textos de Gustavo Bueno: concretamente, en este caso se trata de un texto de las Cuestiones cuodlibetales sobre Dios y la religión en el que Bueno se refiere a una situación semejante narrada por Jean-Jacques Annaud en su película El Oso («Cuestión cuodlibetal undécima», págs. 442-443). Por supuesto, Gustavo Bueno hace ese comentario a la película de Annaud en un contexto muy diferente, acompañado de continuas cautelas, precisiones y matizaciones. Pues bien, mi interlocutor supone que esa situación etológica tan comprometida me tendría que hacer reconsiderar mi impiedad primaria, del mismo modo que la proximidad de la muerte tendría que hacer reconsiderar al impío y ateo sus posiciones. Me viene a la memoria la controversia acerca de si Ortega y Gasset besó o no besó la imagen del Cristo crucificado cuando estaba en su lecho de muerte. Calcula Iñigo Ongay que tendría que encontrarme a solas con el animal real y poderoso para que se diera mi conversión a la religión primaria, para que tuviera una «experiencia religiosa verdadera», como calcula el sacerdote cristiano que, in articulo mortis, el ateo se ablandará y se convertirá. Sin embargo, se equivoca Iñigo Ongay en sus pretensiones y, sobre todo, se equivoca de plano al escoger el ejemplo para intentar probar que las religiones primarias, en algún sentido, siguen presentes como religiones verdaderas.

Se equivoca Iñigo Ongay en sus pretensiones: si, dadas esas circunstancias que él describe, la fiera fuera a matarme y a devorarme, si estuviera inerme y acorralado, quizás mis conocimientos de etología y de psicología animal no me sirvieran de mucho (diremos algo sobre este asunto al hablar del jaguarete de Iguazú), quizás la fiera me mate y me devore (sea así, si es que Iñigo Ongay pretende dar fin a nuestra discusión de este modo terminante), pero, en todo caso, tenga por seguro que moriría en la impiedad primaria siendo plenamente consciente de lo que ocurre y reconociendo los límites de la inteligencia de los felinos.

Pero lo más interesante para nuestra discusión acerca de la posibilidad de las religiones primarias en el presente es que este ejemplo se acaba convirtiendo en un mal ejemplo, porque la religión primaria no es un proceso o un suceso psicológico o etológico individual (una experiencia psicológica por intensa que sea) sino que es una institución antropológica, cultural, suprasubjetiva. Y así, aunque, en tal circunstancia, yo me mostrara de alguna manera piadoso con el animal (lo que no evitaría mi muerte, pues supondría un desconocimiento del etograma de ese animal) seguiría sin haber institución cultural supraindividual y, por tanto, seguiría sin haber religión primaria verdadera. Es curioso que pongan estos ejemplos los que califican mi postura como psicologista porque aquí es el propio Iñigo Ongay el que está muy cerca de caer en una concepción psicologista (etologista) e individualista de la religión.

Los etólogos, por su parte, pueden dar pautas de conducta útiles ante una situación como la que plantea Iñigo Ongay. Lino Camprubí, en una carta a los foros de Nódulo, reproduce las instrucciones que los responsables del Parque Nacional de Iguazú dan a los visitantes para que las tengan en cuentan en caso de que éstos se encuentren con un jaguarete (Panthera Onca). Las instrucciones son las siguientes:

«1.- Levante a los niños del suelo.
2.- No desvíe la mirada del animal.
3.- Intente parecer más grande.
4.- Háblele en tono recio y decidido.
5.- Empiece a andar hacia atrás sin apartar la mirada y sin parar de hablar.
6.- Si el animal se siente encerrado o por cualquier otro motivo decide atacar, empújelo con fuerza hacia atrás.»

Jaguarete

Desde mis posiciones, esas instrucciones son pura y simplemente las que da un etólogo que conoce bien el etograma de esa especie de felino y, por tanto, conoce también los límites de su inteligencia. Son unas pautas para que ese animal, que en principio rehuye el contacto con el hombre, no se sienta acorralado y decida atacar como medida defensiva, pero que tampoco se sienta confiado y decida atacar como estrategia de caza. Intentar aparecer más grande (y, por tanto, levantar a los niños del suelo, ya que para ese felino los animales pequeños son el primer objetivo de su elección en la caza), no dar la espalda, ni desviar la mirada (para que el animal no interprete que nos descuidamos y le perdemos de vista), empujarlo con fuerza y decisión si llega a haber contacto físico (los jaguaretes más pequeños pesan sólo treinta y tantos kilos y, por tanto, un varón corpulento podría lanzar al animal a una distancia de varios metros), y hablar en tono recio y decidido. Esa situación puede ser analizada perfectamente desde la perspectiva cogenérica y subgenérica de la Etología sin necesidad de referirse para nada a la religión (ni a las instituciones antropológicas, ni a las ceremonias, &c.). Podría pensarse que la instrucción que aconseja hablar al jaguarete fuera un indicio de que se puede hablar con una animal sin necesidad de suponer que tiene una inteligencia capaz de entender el contenido de lo que le decimos. Desde mi interpretación, el contexto de ese «hablar con tono recio y decidido» sigue siendo etológico. La razón es que no importa de qué hables: puedes recitar el «yo pecador», la lista de las preposiciones, la tabla periódica o trozos enteros de El animal divino, o hacer ruidos guturales. Lo que importa es el tono (recio y decido) y la continuidad. Hablar, en ese contexto, es equivalente a ladrar o gruñir. Siguen siendo conductas subgenéricas y cogenéricas ante las que sabemos que ciertos felinos responden de un modo determinado porque conocemos su etograma. Si evaluamos esta situación desde la etología del presente la cosa no tiene nada de particular y en ningún caso se puede hablar de lenguaje humano, porque para que haya ese lenguaje específicamente humano tiene que haber un receptor que nos entiende a la misma escala. (También un ejemplar de El Quijote, en un uso subgenérico, puede valer como combustible en una hoguera.) Tampoco en este contexto cabe hablar para nada de la institución antropológica suprasubjetiva de la religión. Yo supongo que en el Paleolítico la cosa era diferente: los hombres de entonces no tenían trazado el etograma de los animales con los que trataban con la misma claridad y distinción con que lo tenemos trazado nosotros hoy (aunque, en contra de lo que dice Íñigo Ongay, sí podrían tener ciertos conocimientos prácticos que un etólogo consideraría acertados). Esos hombres podían suponer que ciertos animales entendían lo que ellos decían cuando les hablaban, que entendían no sólo el tono de su voz sino los contenidos mismos de los mensajes, y por eso llegaban a tener «contratos» con el animal (como en la ceremonia de la muerte del oso de los ainos). Eso es otra cosa que ya no es exclusivamente etológica, que es específicamente antropológica, que supone una reestructuración de las relaciones con el animal según el criterio de la inversión antropológica y que exige suponer que el animal está en nuestra comunidad lingüística. En ese nuevo contexto es en donde se puede decir que aparece la institución de la oración como institución antropológica. Y, si es necesario incluir a los animales en la propia comunidad lingüística de los hombres, entonces estamos asignándoles componentes circulares. Porque los australopitecos también chillaban y daban gruñidos para ahuyentar a los felinos sin que podamos, entonces, hablar de religión. La oración incluye la expectativa (falsa desde el presente) de que alguien entiende el contenido de nuestras peticiones, de nuestras propuestas o de nuestras exigencias. Aunque pueda tener en su génesis esa situación etológica, u otra parecida, la situación etológica no es todavía una religión. Por eso insisto en afirmar que mantener una filosofía de la religión con un núcleo exclusivamente angular exige no perder de vista el riesgo de caer en el etologismo.

No voy a hacer aquí referencia al relato del encuentro con el perro, narrado por Gustavo Bueno en las Cuestiones cuodlibetales («Cuestión cuodlibetal primera»), al que se refiere Iñigo Ongay en su nota número cinco. Iñigo Ongay, en su texto, dice que no quiere utilizar argumentos de autoridad y, como en esa nota, al referirse a ese relato, los usa explícitamente, supongo que no dará la cuestión por argumentada. No obstante, como puede fácilmente suponerse, las conductas que acompañan el encuentro con el perro pueden analizarse desde la Etología, y tampoco prueban en absoluto la existencia de las religiones primarias verdaderas como instituciones antropológicas en el presente. Por la misma razón no voy a hacer referencia a los extraterrestre (citados por Ongay en los alrededores de la nota cuatro) porque también aquí utiliza Íñigo Ongay explícitamente argumentos de autoridad que él mismo dice no querer utilizar al no considerarlos verdaderos argumentos.

Las religiones primarias del Paleolítico superior no son posibles como religiones verdaderas en el presente aunque sí fueron «verdaderas» en el momento de su constitución en la Prehistoria. Son «verdaderas» en sentido emic, en sentido trascendental y en sentido «histórico interno», pero no son verdaderas cuando las analizamos desde la filosofía materialista impía del presente. Su núcleo tiene que tener necesariamente componentes falsos (vistos desde el presente) porque, si no fuera así, esas religiones del Paleolítico podrían volver a ser verdaderas hoy. En cualquier caso, decir que en el núcleo de las primeras religiones hay componentes falsos y componentes verdaderos no significa afirmar que ese núcleo se desvanezca en ningún sentido (conclusión que sacan algunos de mis críticos para, a continuación, endosármela a mí). El núcleo sólo se desvanece si regresamos a la situación puramente etológica, no antropológica, a la que regresa Íñigo Ongay que es la propia del periodo protorreligioso. Tampoco he mantenido nunca la tesis de que «los primitivos «proyectaron» sobre los animales la condición de númenes sobrenaturales», como me atribuye, equivocadamente, Íñigo Ongay en su texto.

Iñigo Ongay, parafraseando una vez más a Bueno, dice que «la religión primaria no ha desaparecido sin dejar rastro». Mi interlocutor reconoce aquí y en otros lugares que la religión primaria ha desaparecido. Ahora bien, puestos a buscar el rastro dejado por la religión primaria, siendo perfectamente coherentes con El animal divino, ese rastro habrá que ir a buscarlo en las religiones secundarias y terciarias, donde efectivamente se halla. Esa es la estrategia verdaderamente materialista en filosofía de la historia y de la cultura. El ejemplo del león no vale para seguir el rastro de las religiones primarias sino para referirse a los componentes etológicos (cogenéricos y subgenéricos) que las religiones primarias tienen, componentes que siempre he tomado en consideración y nunca he negado. Del mismo modo que la pentadactilia de los monos antropomorfos no es el «rastro» dejado por la música sinfónica con teclado sino que es un componente subgenérico de esa música.

Por todo esto, sostengo que continúa intacto el argumento de la imposibilidad de las religiones del Paleolítico superior como religiones verdaderas en el presente, argumento que Iñigo Ongay considera «demoledor». Y, si es así, en el núcleo de las primeras religiones tiene que haber componentes falsos (cuando se consideran desde el presente) porque si no los hubiera esas religiones serían posibles como religiones verdaderas hoy.

Gijón, 2 de junio de 2005.

 

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