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El Catoblepas, número 27, mayo 2004
  El Catoblepasnúmero 27 • mayo 2004 • página 23
Libros

El Decálogo de Goodall & Bekoff

Iñigo Ongay

En torno al libro de Jane Goodall y Marc Bekoff, Los Diez Mandamientos para compartir el planeta con los animales que amamos, Paidós, Barcelona 2003

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En nuestros días, tras el arrumbamiento definitivo del «paradigma del maquinismo animal» que llegaron a defender en la modernidad, filósofos como Gómez Pereira o Renato Descartes (pero también Malebranche, e incluso Julián Offray de Lamettrie por el lado de su peculiar materialismo, &c.), por obra de los ingentes desarrollos que en este siglo han distinguido a las disciplinas etológicas y psico-biológicas, nadie puede sin duda alguna, pretender acantonarse bajo el pábulo de las concepciones automatistas concernientes al venerable problema del alma de los brutos (y esto sin perjuicio de la prolongación que durante el siglo XX conocieron unas tales doctrinas de la mano de tradiciones como puedan ser pongo por caso, la reflexología de Pavlov, Shechenov o Berchterev, o el behaviorismo de Thorndike, Watson, Skinner, &c.). Pareciera en este sentido, que la pujanza inapelable de los descubrimientos psico-etológicos nos forzaran a desencajar a las bestias del seno del «eje radial» del Espacio Antropológico en el que –«bruta sensu carent»– habían permanecido subsumidas a resultas de la remoción de sus almas que pudo sacar adelante el impío médico-filósofo de Medina del Campo, Gómez Pereira desde sus propias premisas ontológicas –al fin y al cabo bastante espiritualistas. El alma de los brutos quedaba de este modo cancelada y no ya sólo en lo referido al «alma racional» –algo que desde luego casi nadie había puesto en duda en la tradición escolástica– si no también en lo que toca al «alma sensitiva», con lo que el movimiento de los brutos ya no podría explicarse más que, por ejemplo, como efecto del preciso ajuste entre los engranajes anatómicos propios de los animales-máquinas, un ajuste –tal la versión cartesiana de la doctrina automatista– dispuesto claro está, por las operaciones creadoras de un artesano mucho más perfecto que los demiurgos humanos, a saber: el mismo Dios que nos salva de los acechos del genio maligno. Por lo demás, bien se ve, que presupuesta (como presupone Pereira en virtud de la identificación nominalista de la aprehensión y el juicio{1}) la continuidad entre las almas sensitivas y racionales, si los animales sintieran no podríamos evitar atribuirles también raciocinio, con lo que la liquidación mecanicista del alma sensitiva habría de conducir a la neutralización consiguiente de la propia alma racional, que era, en definitivas cuentas, lo que verdaderamente importaba (por formularlo de alguna manera, «muerto el perro –y nunca mejor dicho- se acabó la rabia»).

Pues bien, ya sabemos que unas tales concepciones habrán de aparecer en la actualidad, como añejas, implacablemente recusadas, al menos en la medida en que conocemos ya (y entre otras cosas precisamente en gracia a la etología como hemos señalado) que los brutos de Pereira ni carecen de sensibilidad, ni cabe tampoco negarles, la racionalidad (o al menos conductas muy análogas, raciomorfas, en la resolución de problemas concretos, como fue el caso de Sultán, el famoso chimpancé de Wolfgang Köhler), y ni siquiera puede aducirse que no desplieguen conductas culturales o lingüísticas (recuérdense las investigaciones de los Gardner, los Fouts, David Premack, Savage Ruambaugh, &c.) o que se mantengan desprovistos de capacidades emotivas muy complejas. Todo ello bien se ve, nos lleva a concluir que el influjo de la investigación etológica, cuyos contenidos por cierto pueden estimarse prefigurados con bastante nitidez por Carlos Darwin –no en vano todo un proto-etólogo– en obras como La Expresión de las Emociones o El Estudio sobre el Instinto, ha contribuido enérgicamente a recuperar, de otro modo, el «alma»{2} de los animales que habrán de figurar ya, en tanto justamente organismos animados, como sujetos operatorios dotados de vis cognoscitiva y vis apetitiva,{3} capaces por ende, de desenvolverse prolépticamente en la escala apotética que define el cerco categorial de la propia etología frente a otras disciplinas biológicas{4}.

Y, así las cosas, ¿ no nos vemos obligados a replantear a otra luz, aquella pregunta que ya se formulara el Padre Feijoo en sus Cartas Eruditas y Curiosas, sobre «si es racional el afecto de compasión hacia los irracionales»? En efecto, en la década de 1970, por las mismas fechas en las que Conrado Lorenz, Nicolás Timbergen y Carlos Von Frisch recibían el Premio Nobel de Medicina y Fisiología, Pedro Singer y Tomás Reagan, acaso las figuras más importantes de entre los abanderados de la «ética animal», comienzan sus respectivas andaduras filosóficas. Mientras eminentes hombres de ciencia analizan morosamente el «efecto Washoe», las organizaciones protectoras de animales y plantas y los frentes de liberación animal se abren camino en las principales sociedades desarrolladas, al través de una intensa labor activista en favor de fines emancipadores y animalistas de todo tipo. Poco después, la misma UNESCO habría de sancionar solemnemente una «Declaración Universal de los Derechos del Animal» que acabaría, a la altura de la década de 1990, por verse acompañada de otro código acaso más radical: la «Declaración de los Grandes Simios Antropoideos», rubricada por los numerosos etólogos, psicólogos, juristas y filósofos que, en 1993, decidieron adherirse al Proyecto Gran Simio.

2

La editorial barcelonesa Paidós en su colección «Contextos», ha sacado a la luz en 2003 el opúsculo titulado Los Diez Mandamientos para compartir el planeta con los animales que amamos del que son autores precisamente dos de los proponentes del Proyecto Gran Simio: la etóloga Jane Goodall (recientemente galardonada con el Premio Príncipe de Asturias de Investigación científico-técnica{5}) y el biólogo Marc Bekoff (profesor en la Universidad de Boulder, en Colorado, EUA), ambos además, co-fundadores de la ONG EETA/CRABS (Etólogos por un trato ético a los animales/ Ciudadanos a favor de los estudios responsables sobre comportamiento animal), constituida en el año 2000.

Pues bien, aunque no vamos evidentemente a desgranar en esta breve reseña todos los contenidos del libro presentado, hemos de señalar que el núcleo principal de la argumentación de Goodall y Bekoff en su obra, puede ser resumido del modo siguiente: dado que la etología demuestra que los animales exhiben una larga serie de características que antes se reconocían exclusivamente al ser humano (y aquí nuestro autores pasan revista a las facultades a las que antes aludíamos y también a otras que Goodall y Bekoff atribuyen a «nuestros hermanos animales», desde sus flagrantes presupuestos etologistas{6}) resulta claro que nuestra especie debe hacer justicia a estos compañeros evolutivos con los que permanece vinculada por estrechos lazos filogenéticos, reconociéndoles ciertos «derechos éticos» que pueden concretarse en el decálogo que Goodall y Bekoff proponen. De observar celosamente estos diez mandamientos, hombres y animales podrán ya, coexistir pacífica, feliz y amistosamente en el maltrecho y acongojado planeta que todas las especies animales (y las vegetales también faltaría más... por no hablar de los restantes tres reinos de Whittaker) compartimos. De manera que, vienen a advertir nuestros autores, «otro mundo es posible»:

«Marc comenzó a soñar con un futuro en el que tanto los científicos como los que no lo son pudieran unirse para conseguir el mismo objetivo: crear un mundo en el que las personas respeten y vivan en armonía con la naturaleza, en el que sus pisadas dejen menos huellas al pasar por la vida. Un mundo en el que la desesperación que provoca la pobreza y el hambre sean cosas del pasado y en el que haya una distribución equitativa de los recursos necesarios para poder llevar una buena vida. Un mundo, sobre todo, en el que los humanos pudieran vivir en paz unos con otros, con los animales y la naturaleza» (pág. 14.)

Como puede comprobarse fácilmente, la versión del etologismo que Goodall y Bekoff están ejercitando conduce directamente a ambos científicos a quedar atrampados entre las mallas de un armonismo tan craso que compadece verdaderamente mal con el mismo darwinismo, i. e., con la teoría de la evolución por selección natural que inexcusablemente involucra el mecanismo de la «competición» intra e inter-específica (sobre todo cuando se da la desagradable circunstancia de que muchos organismos son heterótrofos, otros no «quieren» ser comidos, &c.).

Y ¿cuáles son los mandamientos que nuestros autores plantean en su obra? Se trata de un conjunto de «mantras» (así los llegan a denominar los propios Goodall y Bekoff en algunas ocasiones) referidos tanto a los animales con los que el ser humano comparte el planeta como al mismo planeta compartido por animales y humanos, de manera que el decálogo de ambos etólogos aparecería como una suerte de «código normativo» híbrido, situado a caballo entre la «ética animal» y la «ética ecológica» (la llamada ecología profunda) lo que, a la luz de la doctrina del Espacio Antropológico tridimensional defendido por el materialismo filosófico, querría decir que las posiciones de Goodall y Bekoff se mueven entre la «ética angular» y la «ética radial» sin duda; sólo que damos desde luego por supuesto que tales expresiones (es decir: «ética radial» o «ética angular») resultan claramente contradictorias, apareciendo entonces como auténticos contrasentidos (al modo pongo por caso de «nieve frita» o «hierro de madera») por lo menos si tenemos en cuenta que los códigos ético-morales se mantienen necesariamente en el horizonte de las relaciones que se establecen en el contexto del eje circular del Espacio Antropológico, de manera que, aunque parezca muy paradójico decirlo así, no será en la ética (ni tampoco sin duda ninguna en la moral) donde debamos buscar las claves esenciales explicativas de la misma «ética animal», del animalismo, del movimiento en defensa de los «derechos de los animales». Algo muy parecido, advierte Alfonso Tresguerres en relación a la reyerta que en España, enfrenta a los «taurinos» contra los «anti-taurinos»:

«Los dos bandos contendientes plantean su debate en un contexto radial; pero si el toreo es una ceremonia angular (tal como concluía nuestro análisis), entonces el plano esencial del problema se encuentra en el eje angular no en el radial, que aparece desde estas coordenadas, como meramente fenoménico. Y una vez situada la polémica en el eje radial, antitaurinos y taurinos (con la excepción de Savater) entienden el asunto como un problema moral, cuando resulta que, por las razones anteriormente mencionadas, tal cuestión no es (no puede ser) un problema moral. Pero además, y esto es lo decisivo, si atendemos nuevamente al hecho de que el plano esencial del toreo coincide con el eje angular, hemos de concluir que esencialmente el problema tiene más de religioso que de puramente ético.»{7}

Por nuestra parte sostendríamos que puede rastrearse una circunstancia semejante en el caso de los mandamientos propuestos en el libro que nos ocupa: por más que las posiciones de Jane Goodall y Marc Bekoff pretendan dibujarse en un terreno ético, no aparecerán como posiciones éticas más que fenoménicamente, al menos en la medida en que hacen referencia a unos términos con los que el ser humano no mantiene ni puede mantener relación ética alguna (y ello, interesa aclararlo, no tanto por que se nos haya «ocurrido» arbitrariamente excluir a los animales de la «comunidad de iguales» cuanto por poderosas razones que tienen que ver con la estructura trascendental del Espacio Antropológico) y que aunque no podamos ya equipararlos a los «autómatas» de Pereira o de Descartes (incrustándolos por tanto en el eje radial a título de «partes no subjetuales de la naturaleza») tampoco tendríamos por ello que considerarlos personas (aunque sean sujetos operatorios), y si no son máquinas (por ejemplo: máquinas de conversión de hidratos de carbono en proteínas, o «instrumental» de laboratorio psicológico o biomédico, &c., &c.) solamente podrán entonces figurar en el Espacio Antropológico tridimensional que venimos ejercitando a modo de referente organizador del material, qua «voluntades» e «inteligencias» numinosas, sujetos operatorios envolventes capaces de hacer las veces de términos adecuados en lo que Gustavo Bueno denomina una religación de cuarto género.{8} Desde esta perspectiva por lo demás, pueden entenderse con nitidez meridiana, los potentes fermentos místicos que nutren muchos de los párrafos de esta obra; citemos sólo dos, uno de Jane Goodall y otro de Marc Bekoff:

Nos relata la etóloga londinense:

«David Greybeard fue el primer chimpancé que aprendió a confiar en esa extraña simia blanca que había invadido su mundo. Después de casi un año me permitió seguirle por el bosque. Un día, después de una dura persecución a través de una maraña de ramas espinosas, me lo encontré sentado como si estuviera esperándome. Quizás eso era lo que estaba haciendo. Al sentarme junto a él vi el fruto maduro y rojo de una nuez de palma en el suelo. La cogí y extendí la mano hacia David con la nuez. Miró hacia otro lado. Acerqué mi mano todavía más y él se dio la vuelta, me miró directamente a los ojos, cogió la nuez y la volvió a dejar caer para, a continuación, apretar muy suavemente mi mano con los dedos. Esta es la forma que tienen los chimpancés de tranquilizarse unos a otros. Su mensaje estaba claro: no quería la nuez, pero había entendido que yo no tenía malas intenciones. Me había comunicado con David en un antiguo lenguaje que antecedía a las palabras, un lenguaje que tanto los humanos como los chimpancés habíamos heredado de un antepasado común que caminaba por la tierra hace millones de años. David Greybeard se fue hace mucho tiempo de este mundo, pero he honrado su confianza durante todos estos años después de su muerte.» (pág. 63.)

Comprobemos también lo que Marc Bekoff tiene ocasión de revelar a los lectores en la bella dedicatoria que encabeza el opúsculo:

«Me siento profundamente agradecido hacia todos los extraordinarios seres perrunos con los que he compartido mi vida y hacia los animales salvajes que he podido conocer en mi camino, formidables individuos que han enriquecido mi vida desinteresadamente al hacerme partícipe del espíritu, magia y esencia de su ser. Doy las gracias de forma especial a Jethro...»

3

Antes de concluir nuestra pequeña recensión, no nos resistimos a reproducir en lo que sigue, para solaz de los lectores, los diez mandamientos que Jane Goodall y Marc Bekoff ofrecen a la consideración de la antropocéntrica humanidad:

Primer mandamiento: Celebrar que somos parte del reino animal.
Segundo mandamiento: Respetar todas las formas de vida.
Tercer mandamiento: Tener la mente abierta hacia los animales y aprender de ellos con humildad.
Cuarto mandamiento: Enseñar a nuestros hijos a respetar y amar la naturaleza.
Quinto mandamiento: Administrar con sabiduría la vida en la tierra.
Sexto mandamiento: Valorar y ayudar a conservar los sonidos de la naturaleza.
Séptimo mandamiento: Evitar hacer daño a cualquier forma de vida para poder aprender de ella.
Octavo mandamiento: Mantener con valentía nuestras convicciones.
Noveno mandamiento: Elogiar y ayudar a los que trabajan a favor de los animales y de la naturaleza.
Décimo mandamiento: Actuar sabiendo que no estamos solos y vivir con esperanza.
Coda: después de lo dicho y hecho, permanecer en silencio es una traición.

Notas

{1} Para todo ello, Cfr. José Manuel Rodríguez Pardo, «El alma y los brutos en Gómez Pereira», en El Catoblepas, nº 2, abril de 2002, pág. 13.

{2} Véase el artículo de Pedro Insua, «Animalia», en El Catoblepas, nº 5, julio de 2002, pág. 10.

{3} Gustavo Bueno, Televisión: Apariencia y Verdad, Gedisa, Barcelona 2000, pág. 278.

{4} En esta dirección, hemos de señalar que la misma etología (y a fortiori el etologismo) no han hecho otra cosa que recorrer en este punto, el «argumento de Pereira», sólo que a sensu contrario por así decir, esto es, arribando precisamente a la «peligrosa» conclusión que el filósofo de Valladolid pretendía evitar mediante las «paradojas» de su Antoniana Margarita: «puesto que sienten, razonan».

{5} Una visión más general sobre la trayectoria y la obra de la doctora Goodall desde la perspectiva del materialismo filosófico puede encontrarse en el artículo de Alfonso Fernández Tresguerres, «Jane Goodall», publicado en el número 21 de esta revista.

{6} Veamos algunas muestras de entre las recogidas por Jane Goodall en su libro en el que curiosamente, se hace constante uso del famoso «método anecdótico» que era propio de la Psicología Comparada antes de la entrada en escena del Canon Morgan: así, los autores hablan de la «amistad» entre diferentes especies (en particular se relata el caso de la infatigable camaradería entre un perro y una carpa de río), del «enamoramiento» en las aves, de los poderes telepáticos del loro NĘKisi (a los que la autora de A través de la Ventana concede crédito, uniendo de esta manera tan sorprendente, el etologismo con la pseudociencia), &c., &c.

{7} Alfonso Fernández Tresguerres, Los dioses olvidados, Pentalfa, Oviedo 1993, pág. 218.

{8} Véase Gustavo Bueno, El Animal Divino, Pentalfa, Oviedo 1996, 2ª ed., págs. 349 y ss.

 

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