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El Catoblepas, número 26, abril 2004
  El Catoblepasnúmero 26 • abril 2004 • página 19
Comentarios

Crítica e interpretación en política

Marcia Gabriela Spadaro

Comentarios a propósito de Edward W. Said

Edward W. Said, ha bautizado a nuestra época histórica como la Era de Ronald Reagan, y precisamente se circunscribe como tal por la utilización de una política de interpretación y una política cultural.

Para poder descubrir la trama de la interpretación es fundamental enunciar que todo lo dicho pertenece a un sujeto que habla, y por lo tanto debemos interrogarnos por este sujeto, por los fines del mismo, por las circunstancia en que lo ha escrito y hacia quien lo ha escrito (Edward W. Said, Antagonistas, públicos, seguidores y comunidad, pág. 199). De allí la aclaración de que su utilización de términos tales como: votantes, público, antagonistas y comunidad, es la expresión del la existencia de ese Otro receptor que ha de tomar la interpretación dada y realizar la suya propia convirtiéndola en una actividad de consecuencias imprevisibles. Aquí radica la importancia para el humanista del estudio de la Información como componente del conocimiento (pág. 202).

La era del reaganismo es la culminación de la historia de las «criticas» que han pasado por una serie de transformaciones (págs. 199-200). La primera de las sus características es la condenación cultural a quien pretenda generalizar y criticar las criticas, ya que se nos presentan con las propiedades de libres, apolíticas, serias e incluso sin exagerar e implícitamente como ahistóricas. Rasgo que se defiende por su modo de actuación, éste consiste en la ignorancia del pueblo relegando la tarea de análisis y reflexión a expertos y especialistas como a los insiders (personas enteradas) de los problemas existenciales (pág. 200).

El discurso del reaganismo, demuestra Philip Green en The pursuit of Inequality, canjea los conceptos de igualdad y bienestar por aquellos que sean autopromocionantes, es decir de un narcisismo que gobierna al mundo bajo las premisas fundamentales de «productividad» y «libre empresa» (pág. 201).

La escuela de la nueva critica consistía en analizar el objeto verbal en sí mismo, sin recurrir a los interrogantes que han sido descriptos al principio de este trabajo, de este modo Matthew Arnold sumergiéndose en la estructura del texto logra extraer del mismo sus valores culturales (pág. 204).

La nouvelle critique francesa, cuyo más importante defensor ha sido Barthes, se presentaba con un vocabulario técnico un tanto lingüístico, psicoanalítico y marxista proponiendo nuevas expectativas a la comunidad restringida de escritores y lectores cultos (págs. 204-205). «Los recursos del lenguaje simbólico se pusieron a disposición de lectores de los cuales se suponía que padecían las debilitaciones de una información «profesional» irrelevante, o los hábitos acumulados de una perezosa falta de atención». Mientras Jean-Paul Sartre intentaba a través de la literatura plantear el cómo ser desplazando al clásico si ser de Shakespeare, a lo cual respondía mediante el estudio de las normas simbólicas del lenguaje y las posibilidades existenciales que permiten a los individuos (pág. 205).

Thomas Kuhn retrata por medio de sus «paradigmas científicos» estas comunidades, cuyo desenvolvimiento es siguiendo los usuales métodos convenidos, obviamente hasta que aparece un genio que patea el tablero, y así se conforma una uniformidad disciplinaria (pág. 208). Michel Foucault ha trasparentado este funcionamiento en La arqueología del saber, donde manifiesta la existencia de una identidad social de campo lo cual genera una territorialidad, la identidad es tópica y la misma es alcanzada una vez que se han aprendido las reglas de esta disciplina como por ejemplo su lenguaje, entonces éste conviértese en saber e instrumento de poder (págs. 208-209).

Otra escuela interpretativa es la integrada por los críticos: Wolfgang Iser, Norman Holland, Stanley Fish y Michael Riffaterre, entre otros que se basan en la respuesta del lector. Fish nos dice que «la interpretación es único juego en la ciudad», de allí que los interpretes emplean la persuasión y no la demostración científica, siendo por ende ellos los únicos jugadores (pág. 210).

Ahora bien, también satiriza el deconstruccionismo de Derrida cuya crítica es, según nuestro autor, tan insistente, tan monótona e inadvertidamente sistematizadora como el mismo logocentrismo. Y con respecto a René Girard, simplemente le parece absurdo su posición de estudios interdisciplinarios a fin de que todas las disciplinas se aúnan en una sola (pág. 211).

Gramsci nos manifiesta en El príncipe moderno que toda la realidad es política e incluso la filosofía, dado que la realidad cultural es producto de la aplicación de la voluntad humana a la sociedad de las cosas. De este mismo modo todo pensamiento es tópico y se afirma a sí mismo desplazando o superando a otros (pág. 213). Éste también escribe acerca del movimiento que integro junto con Umberto Cosmo: «Me parecía que yo y Cosmo, y muchos otros intelectuales de aquel tiempo (digamos los quince primeros años del siglo) ocupaban cierto terreno común: hasta cierto punto todos formábamos parte del movimiento de reforma intelectual y moral que en Italia partió de Benedetto Croce y cuya primera premisa era que el hombre moderno puede y debe vivir sin el auxilio de la religión... la religión positivista, la mitológica o como uno quiera llamarla... Este punto me parece todavía hoy como la principal contribución que los intelectuales italianos modernos han hecho a la cultura internacional, y me parece una conquista civil que no debe perderse» (pág. 212).

Vico, a su vez, no guarda su rechazo por lo divino y su admiración por el mundo gentil, ya que esta palabra deriva de gens (el núcleo humano que desplegándose en el tiempo genera la historia) y este tejido histórico está animado por el ingenio y el espíritu humano. Así la historia es hecha por el hombre sin un fondo divino que la trace. Quienes interpretan a la historia lo hacen mirándola, y lo divino surge de aquello hacia donde el hombre no puede llevar su mirada, tal es el pasado, entonces éste se coloca como hacedor del presente. Pero para Vico tales posturas son meramente especulativas e imaginativas, ya que la historia es en esencia acción humana entrecruzándose, oponiéndose y convergiendo. La historia es algo absolutamente caótica y en formación, donde la escritura refleja su misma confusión (pág. 214). El interprete seglar trabaja sobre el mismo flujo de la acción humana negando la mirada y la acción divina (pág. 215).

Pero estas posturas no son las únicas, sino que el reaganismo ha dado origen a otras que son, precisamente, las actuales (pág. 215). Jameson, por ejemplo, estudia semánticamente a través de tres horizontes, siendo el tercero la fase marxista, las novelas modernas para captar en ellas sus discursos ideológicos de las clases sociales (pág. 216). Admite dos tipos de política, una que va desde Hegel a Louis Althusser y Ernest Bloch y la segunda que es la conquistada por Estados Unidos en su personificación de Ronald Reagan, pero acerca del por qué (pág. 217) y de las conexiones que se establecen entre ambas políticas sincrónicas queda velado en las tinieblas (págs. 217-218). Otro rasgo importante es la inoperancia o inexistencia de la conciencia moral como fuerza determinante del flujo histórico (pág. 218).

La acusación Eagleton a la hermenéutica estructural marxista de Jameson como ineficiente a la par que lo reconoce como un crítico importante que escribe para su mismo reducido mundo de marxistas literarios (pág. 220), nos muestra el agotamiento de toda critica interpretativa, ya que toda circunstancia o fenómeno va a ser informado por los limites de la critica no pudiendo traspasar este circulo interpretativo (pág. 222).

Said nos informa que lo representacional es aquello aceptado de muy buen agrado por los críticos literarios, y es allí donde se interrelacionan los diversos ámbitos de la vida humana, pero paradójicamente los críticos desconocen estos aspectos y se basan en los representados. Ello nos refleja la despolitización que genera la expansión del reaganismo, puesto que si todos los estudios de humanidades se ponen las anteojeras para ver simplemente lo que es del orden de lo textual, la vida nos ha quedado fuera de la interpretación y con ella la política (pág. 226).

Parte de esta despolitización es la separación de los campos interpretativos bajo criterios tales como función, institución, historia y objetivo, de modo que cada discurso será representante de su campo. A partir de aquí el profesionalismo estará dado por la exactitud de la replica, de la representación. El discurso, en las áreas sociológicas, se monta sobre una serie de correlaciones que se fundamentan bajo valores como objetividad, realismo, y moderación. Éstos se confirman con pruebas que los demuestran (págs. 228-229).

Said, también, juzga que las humanidades se encargan, especialmente de no interferir en los asuntos del mundo cotidiano. Así es como, cuando se encargan de áreas marginales lo hacen para desviar la vista de la jerarquía de poderes que ocupan el centro, definen el terreno social y fijan los límites de uso de funciones, campos, marginalidad (pág. 229). Es decir que eluden el estudio de las mismas causas que determinan su objeto de estudio. Las característica esencial de este discurso es la legitimación a través de la ocultación (pág. 230).

Hay imperativos epistemológicos e ideológicos interrelacionados que han de imponerse a través de dichas interpretaciones:

«1. El redescubrimiento de los mercado autorregulados, las maravillas de la libre empresa y el clásico ataque liberal contra la regulación gubernamental de la economía, todo ello en nombre de la libertad.
2. La reinvención de la idea de progreso, ahora moldeada en términos de «innovación» y «reindustrialización», y la limitación de expectativas y bienestar social en la búsqueda de productividad.
3. El ataque a la democracia en nombre de la «eficacia», la «manejabilidad», «gobernabilidad», «racionalidad» y «competencia».
4. La nueva mistificación de la ciencia a través de la promoción de metodologías de decisión formalizadas, la restauración de la autoridad de los expertos y el uso renovado de la ciencia como legitimación de la política social a través de una mayor vinculación de la industria con las universidades y otras instituciones «libres» de análisis y recomendación políticos» (pág. 230-231).

Contra esto se nos propone la interferencia y la obstacularización, la literatura tiene por su parte el desplazamiento de los espacios actualmente ocupados por el periodismo (pág. 232). Nos invoca abandonar los ghettos disciplinarios que han apresado a las mentes bajo la representación de los campos y discursos. Este es el único modo que entre lo Otro excluido, el Otro que ha sido estereotipado por las realidades políticas (pág. 233-234).

 

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