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El Catoblepas, número 22, diciembre 2003
  El Catoblepasnúmero 22 • diciembre 2003 • página 22
cine

«Good bye, Lenin!»: despertar del coma

Sigfrido Samet Letichevsky

Una película alemana calificada como comedia, puede hacernos reflexionar, si trascendemos lo «literal», en una metáfora de la falta de correlación entre las creencias y la realidad

Good bye Lenin! La película alemana «Good bye Lenin!» ha merecido el premio Ángel Azul a la Mejor Película Europea. Los comentaristas la han valorado como una excelente comedia. Tal vez como comedia sea sólo buena, pero la calificación de excelente podría deberse a que es algo más que una comedia.

Trata de una señora cuyo marido huyó de Berlín, en la RDA, a occidente. Convinieron en que ella lo haría después junto con los dos hijos de ambos. Pero la mujer no se animó a dar ese paso. Al quedarse en Alemania Democrática, como para autojustificarse, va incrementando su adhesión al socialismo, e incluso miente a los hijos, diciéndoles que su padre se fue tras otra mujer y que jamás les escribió. A poco de iniciarse la película, la mujer sufre un infarto y pasa dos semanas en coma. Durante éste período, tiene lugar la caída del muro de Berlín y cambios espectaculares en la política y en la vida cotidiana de la gente. Milagrosamente, la señora vuelve en sí, y los hijos deciden llevarla a casa. Pero como los médicos advirtieron que no toleraría ninguna emoción fuerte, el hijo decide prepararle el cuarto como estaba antes y mantenerla en la ignorancia de todos los cambios sobrevenidos. Su hermana no está de acuerdo, pero transa en seguir la comedia. Como la señora quiere ver televisión, el hijo logra que un amigo le facilite videos de informativos de la época anterior. Esto resulta insuficiente, así que se ingenian para producir «nuevos». Pero la realidad siempre se cuela por alguna fisura. La señora ve a través de la ventana un enorme cartel de «Coca-Cola» colgado del edificio de enfrente. Entonces preparan un Informativo que explica que, en realidad, la Coca-Cola se inventó en la URSS, y por lo tanto es una bebida socialista. Pero en otra ocasión oye por radio comentarios acerca de la caída del muro. El siguiente Informativo TV, explica entonces que Honnecker decidió abrir el muro, debido a que muchos alemanes occidentales huían y buscaban refugio en la RDA. Tiempo después, la señora sufre un segundo y definitivo infarto. Pero muere sin enterarse de ningún cambio y con sus ilusiones intactas.

A propósito, son muchas las personas que mantienen sus ilusiones intactas. Por ejemplo, Marta Harnecker (R1, nº 194), dice que la URSS avanzó hacia el abismo, producto de la combinación de glasnost y perestroika», en lugar de ver que, a la inversa, fueron intentos desesperados de superar la parálisis y el caos en que se encontraba la URSS. Para que no queden dudas acerca de la tenacidad de sus ilusiones dice en nº 263: «La derrota del socialismo en Europa del este y la URSS no sólo cambió drásticamente la correlación de fuerzas a favor de las fuerzas más reaccionarias (...) sino que al mismo tiempo hace desaparecer del horizonte el principal referente práctico de la izquierda en su lucha por el socialismo». Sin embargo, sale fugazmente del estado de coma y alcanza a decir (nº 983): «No sólo fracasó el socialismo soviético, sino que el capitalismo demostró una sorprendente capacidad para adaptarse a las nuevas circunstancias...»

También hay científicos que conservan sus ilusiones intactas. Por ejemplo, Eudald Carbonell (R2, pág. 84): «...con el apoyo de aquel equipo, sobre todo de amigos de Barcelona, intentamos aplicar una arqueología marxista.» Es sorprendente que alguien pueda creer que la arqueología, la física, la astronomía, o cualquier ciencia particular pueda ser marxista (o kantiana, bergsoniana o platónica). Y después dice: «En un momento determinado, decido dar un 80% de mi capacidad de trabajo a la política porque pensé que, sin cambiar la sociedad, no es posible entender una ciencia social». Creer que cambiar la sociedad es función de la política, y, más aún, que esto es posible por vía política, es propio de soñadores. La sociedad no cambió (salvo la forma de gobierno). Pero como Carbonell es co-director del proyecto Atapuerca, es evidente que SÍ entiende esa ciencia social que es la arqueología.

En la pág. 237 dice: «Ya hemos señalado en otras ocasiones que las únicas personas que pueden hacer predicciones lógicas sobre el futuro somos quienes trabajamos investigando el pasado». Una de las cosas que demostró el fracaso de la URSS, es que las predicciones sobre el futuro pueden ser lógicas, pero difícilmente verdaderas: el futuro es impredecible. Y, finalmente, dice en la pág. 241: «Esto significa exactamente que, en el futuro, seremos cada vez más, construcciones racionales». «La visión de una humanidad diferente sólo es posible si las estrategias actuales del conocimiento y la práctica social están cargadas de técnica socializada, la materia prima básica para la construcción del ser humano que estamos reclamando».

La «construcción» del hombre nuevo, fue una pretensión totalitaria (tanto del comunismo como del nazismo). Y «la creencia de que la propia mente es capaz de explicarse a sí misma [cosa implícita en el párrafo trascripto, como también la errónea creencia de que las ciencias sociales deben adoptar la metodología de las ciencias naturales] es común a Hegel y Comte» (R3, pág. 313). Aunque a muchos les llegó a través de Marx y sus divulgadores.

Pero dejemos a los pensadores para ocuparnos de los actuadores, es decir, los jóvenes. En Noviembre de 1999, fue una sorpresa enterarnos de que miles de jóvenes se reunieron en Seattle para protestar contra la globalización. A partir de entonces, las manifestaciones se fueron repitiendo en Washington, Praga, Niza, Melbourne, Quebec, Göteborg, Barcelona, Génova y Porto Alegre. (Lo que, entre otras cosas, pone en evidencia que hay muchos jóvenes que disponen de mucho dinero y tiempo.)

Hasta Génova, constituyeron un movimiento heterogéneo, que se conocía como «anti- globalizador». La globalización comenzó con la aparición de nuestra especie, se aceleró con el Imperio Romano, y muchísimo más después del descubrimiento de América. Fue resultante de la acción espontánea de todos los seres humanos; no responde a propósitos preconcebidos y nadie la «dirige». Oponerse a la globalización es imposible, porque implicaría la pretensión de volver al pasado. El mayor antiglobalizador de la historia fue Hitler, porque propugnó para Alemania una economía autárquica, cuyo mantenimiento hizo imprescindible una guerra cada vez más destructiva; reemplazó el comercio internacional por la rapiña como fuente de riqueza. Si hubiera tenido éxito –volver a una sociedad esclavista– esto habría implicado la liquidación, no sólo de los judíos, sino de los 5.000 millones de seres humanos «sobrantes». La «antiglobalización» no es «conservadora» (porque el mundo ya está globalizado), sino profundamente reaccionaria y propia de nostálgicos de mitos. Pero hay que decir, en homenaje a estos muchos miles de jóvenes manifestantes, que, a partir de Génova (Julio de 2001) cambiaron el slogan de «antiglobalización» por el de «otra globalización». No es un cambio baladí: implica reconocer que, como todo proceso, la globalización tiene inconvenientes que hay que tratar de solucionar, pero también tiene enormes ventajas que no hay que perder. Buenaventura Sousa Santos concluye «Las lecciones de Génova» (R4, pág. 320): «Una globalización alternativa está en curso». «El diálogo entre las dos globalizaciones es indispensable». La cristalización de este nuevo y constructivo enfoque, fue evidente en Porto Alegre (Febrero de 2002) y simbolizado principalmente por Lula hablando en el FSM de Porto Alegre y dirigiéndose a continuación al Foro de Davos.

La juventud tiende a la utopía, pero de una manera generalmente conservadora o, peor aún, reaccionaria. Suele apoyar los mitos nacionalistas. Se opone a la globalización. Y se opone a los cereales genéticamente modificados. Por supuesto que hay que ser muy prudente (y este es el lado positivo de las protestas). Pero, como dijo James Watson (R5): «Pero no intentes quedar bien diciendo, por ejemplo, que los oponentes a los alimentos transgénicos tienen un buen argumento cuando la verdad es que no tienen ninguno». (Para una revisión del tema, ver R6.)

Creo que la película que desencadenó estos comentarios, tiene como trasfondo que hay muchos que todavía no han dicho Good bye a Lenin. Para bien de todos, ojalá que despierten del coma. Pues, como dijo Enrique Krauze (R7): «La intelligentsia, en suma, ha sido un factor clave del subdesarrollo latinoamericano». Y, creo, no solo latinoamericano.

Referencias:

  1. Marta Harnecker, La izquierda en el umbral del siglo XXI, Siglo XXI, 1999.
  2. Eudald Carbonell, «Los sueños de la evolución», National Geographic, 2003.
  3. Friedrich A. Hayek (1952), La contrarrevolución de la ciencia, Unión Editorial, 2003.
  4. Miguel Riera Montesinos (editor), «La batalla de Génova», El viejo topo, 2001.
  5. James Watson, «El problema es que no sabemos como funciona el cerebro», El País Domingo, 2-11-2003.
  6. Sigfrido Samet, «Las conexiones ocultas», de Fritjof Capra. Ver «La biotecnología en la encrucijada» y el Anexo: «Panorama de los alimentos transgénicos», El Catoblepas, nº 18.
  7. Enrique Krauze, «América Latina: los paradigmas de su atraso», El País, 15-11-03.

 

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