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El Catoblepas, número 22, diciembre 2003
  El Catoblepasnúmero 22 • diciembre 2003 • página 17
Economía

Fundamentalismo económico
y destrucción de la naturaleza

Armando Gamarra

Las religiones laicas: neoliberalismo y marxismo dogmático,
son la peor amenaza para la naturaleza

Introducción

Desde el siglo XIX hasta nuestros días, el neoliberalismo y el marxismo dogmático han sido los modelos económico-ideológicos dominantes. Su imposición en vastas regiones del mundo, coincide, en líneas generales, con el comienzo del proceso de destrucción de la naturaleza en el ámbito planetario. Podamos suponer, pues, con propiedad que debe existir algún tipo de vínculo entre la destrucción de la naturaleza y esas ideologías. Los siguientes hechos son significativos al respecto: el exiguo basamento científico de ambos modelos, el carácter fundamentalista de sus adeptos, su escasa consideración por la naturaleza y su predica de la preeminencia de lo económico por sobre cualquier consideración. De confirmarse la hipótesis, el fundamentalismo económico constituiría un aspecto esencial de la problemática ambiental.

En este trabajo proponemos una interpretación de la relación fundamentalismo económico- destrucción ambiental, diferente de la descrita en los libros de texto de economía ambiental. Partimos de una observación fácilmente comprobable: las teorías marxista y neoliberal son concepciones excesivamente simplificadas del mundo. En esas circunstancias, es imposible evitar que aparezca una brecha insalvable entre realidad y modelo. Como resultado, las previsiones del modelo nunca serán corroboradas por la evidencia empírica. Esta discrepancia entre teoría y realidad, se debe a que ninguno de los modelos incorpora la complejidad de lo real entre sus consideraciones. En consecuencia, la capacidad predictiva y la calculabilidad, desideratas esenciales de cualquier teoría realmente científica, no serán posibles. Aparece, por lo tanto, desde un principio, una divergencia entre el supuesto principal de las teorías neoliberal y marxista: la hipótesis de que el mundo es simple y la complejidad irreducible del orden natural. En consecuencia, los dos modelos económicos sólo podrán verificarse en un mundo simplificado donde el orden natural haya sido reducido a su mínima expresión. Es decir, en un mundo artificial, deliberada y racionalmente construido. Es de suponer, pues, que, si no se ven constreñidos por estrictas leyes de protección ambiental, las dos ideologías trataran de eliminar la complejidad de la naturaleza mediante su simplificación forzada. Lo cual sólo puede llevar a su completa destrucción.

De todo esto, podemos colegir que, en las condiciones de extrema complejidad, ignorancia, indeterminación e irreversibilidad que caracterizan a los problemas ambientales, ni marxismo ni neoliberalismo serán capaces de definir adecuadas políticas de protección ambiental. Argumentamos que esta incapacidad no se debe a una limitación técnica, remediable, de esas teorías, sino más bien a que ellas se fundamentan en una concepción errada, simplista, mecanicista y reduccionista del mundo.

La realidad como sistema

Los filósofos, y cada vez mas científicos, hoy en día adhieren a la hipótesis ontológica de que la realidad no tiene nada de simple, que es mas bien una entidad irreductiblemente compleja. No puede, por lo tanto, ser considerada como un sólido y homogéneo bloque de partículas elementales, sino como una estructura jerárquica, un sistema compuesto por muchos niveles entrelazados que interaccionan entre sí. Los fenómenos o procesos que ocurren en cada uno de estos niveles sólo pueden describirse por leyes que le son propias.

Se pueden reconocer, así, cuatro niveles: el físico, el biológico, el psicológico y el social. Los niveles se subdividen en subniveles y estos, a su vez, en otros de menor amplitud y así indefinidamente. Cada nivel se caracteriza por propiedades emergentes que no necesariamente existen en los otros niveles y tampoco tienen significado y referentes. Así por ejemplo: la noción de forma carece de significación en el nivel de las partículas elementales y también en el nivel de los ecosistemas.

Se puede considerar que los problemas ambientales son una consecuencia de la interacción de dos grandes subsistemas: el económico-social y el ecológico. De esta interacción emergen nuevas realidades, nuevos procesos y nuevos fenómenos vinculados por tramas de gran complejidad. La complejidad es, pues, no solo inmanente al mundo natural, sino también absolutamente necesaria.

La complejidad, indeterminación y coevolución como categorías de lo real

Nuestra convicción de que nos asiste un derecho al dominio y al control sobre lo natural se originó en la visión judío-cristiana del mundo y en interpretaciones radicales del pensamiento iluminista. Esas creencias fueron aceptadas como válidas hasta principios del siglo pasado, cuando las ciencias y la filosofía comenzaron a confrontarse con la complejidad ontológica. El desarrollo de nuevas técnicas de análisis, como la mecánica cuántica, la dinámica no lineal, la teoría del caos, &c., demostró que, cuando se los estudia con mayor profundidad y con mas detalle, los fenómenos naturales ya no se pueden describir mediante las simples relaciones lineales a que nos tenia acostumbrados la ciencia clásica.

El mundo esta lleno de cosas que, dada su difícil comprensión, las llamamos complicadas o complejas y usamos esos términos como sinónimos. No obstante, a los fines de afinar el lenguaje descriptivo, es útil establecer una distinción entre estos dos términos. Tanto los sistemas complicados como los complejos tienen en común el estar formados por muchas partes. Sin embargo, en los sistemas complicados, las partes constituyentes se relacionan entre sí en una forma relativamente laxa, de tal manera que el todo no es mas que la suma de sus partes. En cambio, los sistemas realmente complejos se caracterizan por que sus partes interaccionan muy fuertemente. Esto origina la aparición de nuevos fenómenos y de nuevas capacidades, como ser la autoorganización y el autocontrol. Los sistemas biológicos constituyen paradigmas de lo que entendemos por complejidad.

Para los físicos, acostumbrados a manejar sistemas relativamente simples, un sistema es complicado cuando muestra tres características: (1) está compuesto de muchas partes vinculadas de una manera intrincada, (2) su comportamiento varían entre lo ordenado y lo aleatorio, pero no es ni completamente ordenado ni completamente desordenado y (3) presenta una jerarquía de estructuras. Esta definición, es buena para los sistemas físicos, pero no lo suficientemente comprehensiva para los sistemas ecológico-económicos.

Cuando los humanos, u otros seres, se vinculan en sociedades, aparecen los fenómenos de la participación multitudinaria. Esta participación suele ser asincrónica, dependiente de la senda (de la historia previa) y aleatoria y esto deja una indeterminación infranqueable con respecto a los resultados finales de cualquier proceso histórico. Por ese motivo, los sistemas ecológico-económicos deben verse no como entidades estáticas, sino como blancos móviles con múltiples futuros posibles y cuyo estado final dependerá de todo lo que ocurrió antes. Así pues, contrariamente a lo que piensan neoliberales y marxistas, vivimos y viviremos siempre en un mundo complejo, indeterminado, históricamente condicionado, lleno de incertidumbres y donde el cambio y lo nuevo deberán convivir con el presente y el pasado.

La perfecta determinación no es, pues, alcanzable en el mundo real; en realidad la idea de determinación se basa en la hipótesis simplista de que siempre existe una relación lineal entre causa y efecto. Esta idealización, característica del método cartesiano-analítico, no puede ser aplicada acríticamente a cualquier ámbito. En efecto, para aplicar la metodología cartesiana, hay que empezar por construir el llamado: «objeto científico» u «objeto modelo. Este objeto modelo no es mas que un esbozo altamente simplificado del objeto real en estudio. Por ejemplo: el objeto científico de la mecánica newtoniana es el «punto material», un ente extremadamente simple que solo posee masa. Análogamente, el objeto modelo de la teoría neoliberal, es el «consumidor racional» y el de la teoría marxista la «clase obrera revolucionaria» . Se trata, obviamente, de idealizaciones, en la naturaleza no existen puntos inextensos, ni consumidores racionales ni clase obrera ideal. En el mundo artificial, extremadamente simplificado y con mínimos vínculos con la realidad, de la analítica, las expectativas del determinismo pueden ser admisibles. Se observa, sin embargo, que si se afinan las técnicas científica y se introducen mas elementos de la realidad en los modelos, la naturaleza despliega su complejidad ontológica en la forma de los fenómenos del caos, las bifurcaciones, la histéresis, los equilibrios múltiples y, lo que es más importante para este trabajo: la imprevisibilidad.

La ciencia moderna empezó su marcha triunfal cuando se desligó de las totalidades y su complejidad y se concentró en disgregar mentalmente al mundo en partes simples, en la construcción de modelos ideales, en los aspectos parciales y en las causas inmediatas. Es decir, cuando abandono los objetos reales por los objetos modelo. Cuando se lo aplica a describir objetos simples, el triunfo del método científico cartesiano es evidente. No obstante, es difícil justificar que se lo pretenda extender maquinalmente a realidades (como el sistema ecología-economía), por así decirlo, saturadas de complejidad.

Las actitudes fundamentales frente a lo real en la modernidad: la preeminencia de la teoría

Hasta ahora hemos descrito el sistema economía-ecología tal como es en realidad: una entidad altamente compleja, caótica, multidimensional e indeterminada. Esta nueva visión del mundo, difiere marcadamente de la propuesta por el análisis de sistemas. Tan importante como establecer esa distinción es tener en claro que estas cosmovisiones darán lugar a políticas y acciones distintas en relación con la naturaleza. Por cosmovisión entenderemos la totalidad de nuestras interpretaciones acerca del mundo y de nuestro papel en el mismo. Se trata de un concepto metafísico, pero una vez que se establece, la cosmovisión se hace fundamental, pues es ella la que acaba dirigiendo la acción. En este ensayo intentaremos demostrar que existe una correlación entre una cosmovisión particular del mundo, que llamaremos: Fundamentalismo Económico, y la destrucción de la naturaleza. Como los problemas ambientales son una consecuencia de la interacción entre la economía y la ecología, deberemos establecer dos conexiones: una entre economía y visión de mundo (Fundamentalismo Económico) y otra entre éste y la ecología.

Por los años 30 del siglo pasado, la teoría empirista lógica de la ciencia, afirmaba que serían los hechos objetivos, conocidos empíricamente y en forma independiente de cualquier teoría, los únicos capaces de garantizar la validez y la objetividad de las teorías científicas. Esta tesis la han abandonado ya los científicos. Se acepta hoy que el conocimiento, es decir, las teorías que sustentamos, y las presuposiciones –visión de mundo– también juegan un rol fundamental. Pero no debe creerse que hay una dicotomía entre teoría y practica; estas son, en realidad inseparables: la teoría guía a la acción, pero esta, a su vez, guía a la primera.

En el mundo actual, en los términos más generales, encontramos dos características sobresalientes: una es lo que Weber llama: «el espíritu del calculo racional»; es decir, la preeminencia de la racionalidad instrumental, la otra el dominio del hombre sobre la naturaleza por medio de la técnica y de aquel calculo racional. Pero, dominio sobre la naturaleza y técnica son competencias de la práctica, como hemos visto que ésta y la teoría siempre van juntas, cabe preguntarse ¿Cuál es la teoría, esto es, visión de mundo, que ha hecho posible esa practica? Afirmamos con Valke que es lo que él llama: «la actitud parcelaria frente a lo real»; o sea, la visión analítica del mundo. Esta actitud nació en Grecia, pero, con Descartes, se estableció definitivamente en la forma del método analítico propio de la ciencia, el racionalismo sólo contribuyó a afincarla definitivamente.

Para vincular íntimamente: cosmovisión, tecnología y dominio, basta establecer como axioma definitorio de la economía que ésta debe tener como única función la provisión de bienes materiales. Efectivamente, muchos de los economistas ortodoxos así lo creen; por ejemplo: Kreps afirma que la categoría básica de la economía es el individuo consumidor y maximizador de bienes materiales. Para afianzar definitivamente el vínculo, será necesario especificar dos conceptos fundamentales mas: el de orden económico y el de sistema económico aislado. El orden económico es un conjunto de normas y valores cuya función es la de prescribir y condicionar rígidamente las acciones de todos y dirigirlas hacia el desideratum único de la provisión de bienes materiales. El concepto de sistema económico aislado; encarnado en una teoría económica «pura», o «positiva», se encarga de suministrar la supuesta base científica y la supuesta racionalidad que permiten legitimar los dos conceptos anteriores.

Una vez bien establecidos las nociones de sistema y orden económicos, sólo necesitamos de una tecnología para cerrar el circulo de dominación y control, pues con la ayuda de la tecnología podemos dominar a la naturaleza y convertirla en un objeto económico. De esta manera ambas teorías llegan a la siguiente conclusión: la visión de mundo debe estar necesariamente vinculada a su teoría económica, en el sentido de que la teoría económica debe determinar completamente a la visión de mundo. Puesto que una cosmovisión no es otra cosa que un sistema de presupuestos primarios acerca de la realidad, se deduce de lo anterior que lo económico debe ser lo único real. Esta visión economicista del mundo, por ser falsa, es la fuente de los problemas ambientales. A través de ella se establece una red de lazos de retroalimentación entre tecnología, sistema económico puro y orden económico, que no tarda en establecerse como un sistema lógico-deductivo circular. Por razón de este sistema argumentativo circular, conceptos, no necesariamente ligados entre sí en el mundo real, acaban justificándose recíprocamente por vía de la teoría, lo cual, científicamente, no es aceptable. Lo peor de esto es que, en esas condiciones, el complejo: economía-tecnología, se vuelve un ente autónomo, anárquico y sin otra finalidad que la de reproducirse a sí mismo, una especie de cáncer para hombres y medio ambiente. La naturaleza y las sociedades sólo entran en su consideración como «externalidades» molestas de las cuales es mejor prescindir.

Visiones de mundo

Este es, pues, el origen de los grandes problemas ambientales. Debido a esta perspectiva la naturaleza (y con ella millones de seres humanos) queda atrapada entre dos fuegos: dinero y producción anárquica, maquina infernal que para poder subsistir requiere mas dinero y más producción anárquica en un circulo vicioso sin fin. Las raíces del mal no residen, pues, sólo en las prácticas, sino más bien en la teoría que las ha generado. Si es así, para salvar a la Tierra no bastará con reformar las practicas, será necesario modificar en primer lugar a la teoría que las ha creado.

Se puede concebir la realidad sea como unidad, sea como compuesta; estas concepciones pueden llamarse: «globalizante», «totalizante» o sistémica y « parcelaria» o analítica. Estas dos concepciones no reflejan modos de ser de la realidad, sino que sólo son dos modos de verla. Si nos dejamos hipnotizar por la globalidad, como ocurre con las civilizaciones orientales, las partes que están contenidas en esa globalidad se ven como accesorias o secundarias. Cuando, en cambio, sucumbimos a la fascinación de las partes, únicamente éstas parecerán lo real; el todo nos parecerá solo una aglomeración de partes. Cuando una de estas dos visiones se radicaliza «olvidamos» el otro aspecto y pasamos a divinizar la concepción elegida. Tan pronto como se afirme la concepción dominante se hará esencial e impregnará hasta las fibras mas intimas a la civilización donde se asiente.

Con Galileo la visión parcelaria se instaló para siempre en el mundo. Es necesario señalar que la visión parcelaria, como la entendemos aquí, no tiene nada que ver con el atomismo. Se trata de la actitud que adoptan los científicos imbuidos del espíritu analítico-cartesiano, cuando necesitan construir el objeto científico. Esta actitud consiste en disgregar mentalmente el objeto estudiado en partes arbitrariamente elegidas, fijar la atención exclusivamente en ellas y dejar fuera el resto del mundo. Cuando esta actitud arraiga en las mentes, identificamos comprensión e inteligibilidad con analiticidad. Lo complejo, en cambio, nos atemoriza, lo eludimos y lo detestamos; no sólo por ser difícilmente analizable, sino, y sobre todo, por no ser fácilmente controlable. Sin embargo, se podría decir: los científicos no sólo analizan, sino también sintetizan y construyen. Es cierto, pero la reconstrucción sintética no restituye lo artificial a su condición natural original. O sea, la reconstrucción sintética no es equivalente a un restablecimiento del objeto a su forma y función originales, ni es una reunión de todas las partes. No puede serla puesto que la síntesis del científico analítico es una reunión sólo de las partes de la realidad que él previamente aisló mediante el análisis. No repone todo lo que él, desde un principio, dejo fuera, que puede ser mucho.

Un ejemplo altamente significativo de este proceso, lo constituye la aplicación de la ciencia analítica a la explotación del medio natural en la forma de la agricultura científica a gran escala. Su relevancia, para este trabajo, proviene del hecho de que este proceso constituye el ejemplo por antonomasia de dominación y control por medio de la simplificación forzada de una realidad compleja, hipótesis que, suponemos, explicaría la destrucción sistemática de la naturaleza por las visiones fundamentalistas neoliberal y marxista. El proceso consiste en lo siguiente. Primero, mediante el análisis, el tecnólogo elimina de su vista todo aquello que pudiera complicar la descripción, la dominación y el control del sistema natural original: bosque, pradera o lo que fuere. Consigue esto mediante el recurso de reducir el objeto natural a la categoría altamente simplificada de objeto técnico. Una vez en posesión de este objeto técnico; en la forma de un campo del cual se han eliminado todos los animales «salvajes» y las «malas hierbas», un suelo artificialmente enriquecido en ciertos nutrientes, semillas del cultivar genéticamente manipuladas, &c.; el tecnólogo pasa a hacer una reconstrucción sintética con las partes que ha dejado. Es decir, recombina sus objetos técnicos, pero no los coloca de la manera original, sino que los vincula rígidamente, mediante un número reducido de nexos, en la forma más simple posible. De este modo, el tecnólogo logra construir un sistema de partes, conectadas entre sí, es cierto, pero solamente mediante simples relaciones lineales.

El sistema natural ha sido transformado, por consiguiente, en un artefacto, en cierta medida complicado (en el sentido en que los físicos dan a ese término), pero no complejo. El nuevo sistema carece de las particularidades de la complejidad, pero, en cambio, como ha sido simplificado drásticamente, es casi ideal desde el punto de vista de la controlabilidad y la previsibilidad. En efecto, el sistema agrícola sintéticamente reconstruido muestra las siguientes características: (1) el todo no es mas que una simple suma de partes, (2) tanto la dinámica de las partes como la del todo quedan estrechamente acotadas y (3) se le imponen mecanismos de control artificial que impiden que el sistema se aparte de la regla prescripta. En otras palabras, la simplificación forzada de un sistema natural complejo, ha conseguido que el nuevo sistema se aproxime al sistema ideal de neoliberales y marxistas. En efecto, un cultivar así modificado es: completamente determinista, se estaciona en un único estado, es fácilmente describible por ecuaciones lineales, es previsible y se conocen casi todo sobre él. Como consecuencia, resultará fácilmente controlable y dominable. No hay que olvidar, sin embargo, que la simplificación forzada por medio de la técnica consigue hacer desaparecer la indeterminación y garantizar el control solo por tiempos muy cortos. Nuestra conjetura es que los fundamentalistas económicos están extendiendo este proceso no sólo a todo el ámbito natural, sino al social también y, por tanto, de no mediar firmes medidas de protección en la forma de políticas sociales y leyes ambientales consensuadas, no se detendrán hasta intentar transformar todo lo natural y complejo en artificial y simple.

Del reduccionismo al ficcionismo

El análisis y la reconstrucción sintética de sistemas materiales son cruciales para el progreso científico, sin embargo, esos métodos son esencialmente limitados. Debido a que es muchísimo más fácil analizar que sintetizar, resulta casi inevitable una hipertrofia del espíritu analítico. Los teóricos acaban suponiendo que la simplificación es siempre posible, lo que da lugar a la preeminencia de una visión reduccionista del mundo. El reduccionismo, a su vez, no tarda en convertirse en su versión extrema, el monismo. Ya lo decía Demócrito: «solo son verdaderos los átomos y el vacío». El monismo, en esencia, constituye, como los fundamentalismos, una forma de evasión de la realidad, es una búsqueda patológica de la simplicidad como si ésta fuera un valor último.

El reduccionismo pudo instalarse en la cultura occidental debido a que la ciencia analítica, y la visión parcelaria del mundo a ella asociada, a pesar de su declarada objetividad, toleran la arbitrariedad y la subjetividad. En realidad, mas que tolerarlas, no pueden escapar de ellas, porque ninguna construcción teorética puede hacerlo. La arbitrariedad se manifiesta tanto en la etapa de construcción del objeto modelo: cuando el científico retiene para su modelo solo las partes de la realidad que a él le interesan; como cuando, para interpretar la realidad descrita por el modelo, el investigador le impone su propio marco conceptual; o sea, sus presupuestos previos. Cuando se abusa de estas libertades epistémicas, parecerá legítima la construcción de «mundos posibles», mundos enteramente ficticios donde todo funciona «como sí». Esta creencia, aceptada en especial por muchos de los mas conocidos teóricos de la economía pura –como Friedman, equivale a suponer que es completamente irrelevante que las hipótesis de partida de un modelo económico sean válidas o no.

Las vergonzosas contradicciones a que conduce esta filosofía ficcionista, quedan plenamente demostradas al leer, por ejemplo: el primer capitulo de la obra: Curso de Teoría Económica, por Kreps.

La división fundamental de las ciencias es entre ciencias formales y ciencias empíricas. La lógica y la matemática, son ciencias formales, una invención de la mente humana, y no se refieren a nada que se encuentre en la realidad. En cambio, las ciencias empíricas, como deberían ser toda teoría económica que se precie, se refieren siempre solamente a cosas reales, a hechos que ocurren en el mundo. Por tanto, aunque su verdad resulta siempre huidiza, no tiene remedio. En efecto, salvo las propiedades más elementales (las que observamos con nuestros sentidos), no tenemos ningún conocimiento directo de sí un objeto tiene o no una cierta propiedad. Si queremos obtener conocimientos científicos acerca de cualquier sistema real, es imprescindible establecer un lenguaje con el cual podamos «interrogar» a este sistema. En ciencia, el único lenguaje posible es el experimento científico asociado siempre a una teoría. Para «dialogar» o «interrogar» al sistema, el científico debe perturbarlo, medir la respuesta a esta perturbación e interpretarla a la luz de una teoría. No hay otra manera científicamente valida de proceder. Es por eso que las expresiones de las ciencias empíricas sólo pueden ser convalidadas por la experiencia y son siempre hipotéticas, conjeturales y falsables, en ningún caso verdades absolutas.

La anarquía argumentativa que permea, en especial a la teoría económica pura neoliberal (que no es tan notable en el marxismo), se debe, justamente, a que los ideólogos de estas teorías, no analizan el mundo científicamente. No solo que no proceden como lo exige el pensamiento científico, sino que empiezan por rechazar la diferencia entre lógica formal y ciencia empírica. En este error se originan sus dos fallos categoriales: El primero su pretensión de derivar la realidad de la lógica de sus modelos. El segundo, vinculado al anterior, su pretensión de convertir en lógica a la realidad. La doctrina del «como sí,» seria valida si (y solo sí) fuera posible un acuerdo entre lógica y realidad, lo cual, a su vez, podría darse si la realidad fuese de índole lógica, lo cual es falso, no ocurre. Por tanto, la visión logicista de la economía de Friedman y su escuela es fundamentalmente falsa.

Mundos por decreto

Otra manera de constituir «mundos posibles» es con la ayuda de la definición, o, lo que es lo mismo, como decimos, por decreto. Es decir, recurriendo a la argucia de hacer creativa a la definición. Este es un artilugio falaz, pues una definición (que no es mas que una correspondencia entre signos) no puede aumentar el contenido empírico de un sistema. De otro modo todo lo imaginable sería posible, lo cual no se corrobora por ninguna prueba empírica. Así pues, al hacer creativa a la definición, los teóricos de la economía contravienen las reglas más elementales de la inferencia deductiva. En efecto, en cualquier libro de lógica elemental, se demuestra que no es posible aumentar nuestro conocimiento mediante la inferencia deductiva, ya que ésta sólo puede preservar la verdad contenida ya en las premisas. En otras palabras, de una conclusión obtenida por la vía deductiva a partir de ciertas premisas no puede emerger nada que no haya estado ya contenido en estas premisas. Es ésta la razón por la cual la lógica sola no puede mostrarnos absolutamente nada sobre el mundo. Por la misma razón, es inaceptable que mediante la definición se introduzcan nuevas hipótesis referentes a hechos. Los economistas puros o axiomáticos neoliberales, en cambio, ignorantes de estas limitaciones, o indiferentes a ellas, no vacilan en conferir existencia a una de sus categorías fundamentales: la de individuo racional maximizador.

Por ejemplo, Newman, en su libro Teoría del Cambio, empieza por definir al individuo racional como aquel que actúa conforme a los tres, y sólo a los tres, siguientes axiomas de la llamada: «Teoría de la Elección Racional»: el de Comparación, el de Coherencia y el de Elección. A continuación afirma que: un individuo racional, siempre seleccionará una clase maximal de un conjunto de alternativas factibles. En otras palabras: será, además, un maximizador. Pero ésta es una hipótesis nueva, no estaba entre las tres premisas antes citadas, esta siendo introducida «de contrabando» mediante la definición de individuo racional como maximizador.

El manipuleo de la Metafísica

Finalmente, en su afán de edificar un esqueleto teorético que parezca riguroso, los teóricos neoliberales de la economía pura no vacilan en manipular algunos de los conceptos básicos de la epistemología de la ciencia. A este efecto han usado la argucia de adherir, oportunísticamente, a la visión realista radical del concepto de ley científica. El artilugio consiste en tomar como si fueran idénticos dos conceptos muy diferentes: el de ley científica y el de ley natural. A fin de comprender la sutileza de este artilugio, es necesario esclarecer el concepto metafísico de «universal». El problema de los universales es muy complejo, muchos creen que es el problema central de la metafísica y aún no está resuelto en ningún sentido. La pregunta que origina el problema es: ¿el universo esta constituido únicamente por entidades individuales o existen también los «universales»? Por ejemplo: dado un conjunto de cosas azules: camisas, papeles, &c. ¿Existen solo las camisas azules, los papeles azules, o existe también la característica común a todas ellas: la «azulez»?

Los realistas radicales creen que: (1) los universales existen, (2) que las leyes científicas pueden ser consideradas como «universales» (3) las leyes científicas son idénticas a las leyes naturales. Ahora bien, los economistas puros no aceptan la la primera conjetura, pero si admiten la segunda y terceras conjeturas. Lo hacen porque de la presunción de la universalidad de las leyes científicas pueden hacer la siguiente inferencia: si ley científica y ley natural son lo mismo, se deduce que la necesidad que se afirma de las leyes naturales vale también para las leyes científicas. El concepto de necesidad de las leyes naturales significa lo siguiente: como son necesarias, las leyes naturales existirían en la naturaleza con independencia de que no se cumplan en ningún caso o, inclusive, que no se sepa si son verdaderas o son falsas.

Ahora bien, una vez que se igualan ley científica con ley natural, resulta fácil identificar la realidad con el modelo que pretende representarla (la ley científica) y, a partir de allí, parecerá natural transferir las relaciones lógicas que deben existir entre las partes de un modelo a la realidad que se pretende describir con él. Todo este artilugio equivale a afirmar que la realidad no es sino una proyección de nuestro pensar y, cómo éste es siempre lógico, la realidad también debe serlo. En otros términos: la realidad tendría necesidad de una lógica, lo cual es falso.

Un ejemplo claro de esta visión logicista del mundo, se encuentra en las declaraciones de otro de los teóricos de la economía pura neoliberal: Solow. Indagado sobre si la economía puede subsistir si se agotan los recursos naturales esenciales, contestó que sí. Su respuesta es ciertamente absurda desde todo punto de vista empírico, pero es coherente con su visión logicista de la realidad. Efectivamente, los economistas puros describen la producción por medio de las llamadas: «funciones de producción». Estas funciones se definen matemáticamente y se dotan, mediante la definición creativa, de la conveniente pero irreal propiedad de que: aunque la cantidad de un recurso esencial tienda a cero, es decir, desaparezca, la producción media (o sea, la función de producción) no tiende a cero sino a una constante, o a infinito. De ahí deduce Solow que el agotamiento de los recursos no restringiría el producto agregado. Solow, como todos los teóricos fanáticos de neoliberalismo, en lugar de analizar científicamente la realidad mira a sus libros.

El Fundamentalismo económico y el pensamiento único

Se puede definir un fundamentalista como una persona que cree ser el depositario de una verdad establecida para siempre y a la cual esta dispuesto a adherir con celo sacerdotal. Rechazará toda forma de duda científica o escepticismo secular; según ellos, la autoridad, que es la base de su fe, es inviolable.

En las universidades de los países centrales se ha gestado una curiosa disciplina llamada: economía pura, economía axiomática o económica, términos elegidos para resaltar su supuesto carácter puramente lógico y axiomático. Como expresa Newman: «el mundo de la económica es un mundo habitado enteramente por... gente sintética», queriendo significar: no natural, seguramente. El mismo Newman da cuenta del carácter postulacional –con mucho de definicional creativo, según vimos– de su doctrina cuando reconoce que... comienza postulando un conjunto de axiomas de la preferencia del individuo «típico», para, luego, sobre ésta base [puramente] axiomática... pasar a estudiar los sistemas generales de asignación, la producción incluida». Lo que Newman no reconoce es que, a pesar de partir de una postura en apariencia puramente positiva, los cultores de la económica pasan a otra fuertemente prescriptiva y, como trataremos de demostrar mas adelante, esencialmente fundamentalista. El carácter puramente formal de la económica –constituida por axiomas que deben considerarse como verdades necesarias, establecidas para siempre e independientes del contexto– es lo que más satisface a sus prosélitos. Suponen erróneamente que es ésta base meramente lógico-axiomática la que conferiría un carácter absolutamente racional a su doctrina y la harían, además, inmune a la crítica. Infelizmente, la pretensión de verdad absoluta, la idea de lo económico como lo único real, del discurso económico como suficiente para alcanzar un conocimiento cierto sobre la realidad, y la pretensión de que son capaces de conseguir este conocimiento con la sola ayuda de la lógica, son indiscutibles síntomas de fundamentalismo.

En efecto, por una parte, la moderna teoría del conocimiento ha demostrado que no existe el conocimiento cierto, irrefutable y completo acerca del mundo. Todas las tentativas de demostrar tal conocimiento, justificarlo en términos absolutos o alcanzar la total certeza, terminan en regreso al infinito, lógica circular o en dogma.

Por otra parte, todas las teorías económica puras comparten una gran despreocupación por la investigación objetiva y una seria carencia de soporte empírico. Estas características las convierten en lo que Bunge llama: «economías escolásticas»; o sea, en doctrinas basadas exclusivamente en los libros de sus exegetas. Esta adhesión incondicionada a la doctrina escrita, convierte a la económica en una doctrina literalista, otro rasgo que caracteriza a los fundamentalismos religiosos.

Todo indica, pues, que, como el marxismo ortodoxo, la economía axiomática tiene mas de religión laica que de ciencia; delatan esta condición su dogmatismo, su adhesión incondicionada a principios últimos y, sobre todo, su rechazo de la complejidad de lo natural. Asimismo, su intolerancia con el pensamiento crítico, su negativa a tener en cuenta la realidad social, su insensibilidad moral hacia todo lo que no encaja en su paradigma y su optimismo histórico, descubren su carácter fanático.

Llegados a este extremo, cabe preguntarse: ¿El mundo de la economía pura, mundo único de mercados perfectos, equilibrios generales, y maximizadores altamente racionales? existirá , realmente y será, al mismo tiempo, el único posible? Sí aún la partícula más simple: el electrón, admite dos decripciones: ya como partícula ya como onda y ambas descripciones son correctas. ¿Cómo puede la económica pretender que su visión de mundo no sólo es la única posible, sino también la mejor? Esta postura equivale a dar la espalda a uno de los fundamentos mejor establecidos de la moderna filosofía de la ciencia: la constatación de que la ciencia no es sino un conjunto de teorías que se están sustituyendo constantemente por teorías mejores, en el sentido de más ricas. De hecho, todo indica que a los economicistas no les interesa discutir la condición científica de sus doctrinas. Ya von Mises decía que las teorías económicas son verdaderas a priori y hasta llego a decir que si la realidad no se adaptaba a su modelo, tanto peor para la realidad.

Hasta ahora hemos tratado de sacar a relucir el carácter fundamentalista de los economistas puros con el argumento que se pueden establecer una serie de analogías significativas entre ellos y los fundamentalistas religiosos. Mas adelante demostraremos algo mucho más serio: la doctrina económica pura es incoherente. Esto es muy importante, porque, si bien la coherencia sola no es suficiente para aceptar una teoría o una creencia, la incoherencia sí lo es para rechazarlas.

La epistemología de la económica: pseudociencia e ideología

A continuación seguiremos de cerca a Bunge y presentaremos una serie de argumentos que ponen en seria duda el status científico de la económica. Israel y otros, han demostrado que el sistema de ecuaciones de la llamada: Teoría del Equilibrio General, la opera magna de la económica, no admite solución alguna. Desde el punto de vista de la filosofía de la ciencia, esta seria insolvencia significa que en la formulación de la teoría se han cometido una serie de errores fundamentales; por ejemplo: no estarían bien definidos sus referentes, o no estarían conectados entre sí los conceptos clave o primitivos de la misma. La pobrísima base epistémica de la teoría económica pura constituye un defecto substancial. En situaciones normales, semejante teoría habría sido descartada y reemplazada por otra mejor elaborada. Sin embargo, con la económica no se ha procedido así. Esto se debe a que la teoría económica neoliberal no es como las demás teorías: su aporte a la ideología es crucial. Por otro lado, y a pesar de su pretendido carácter positivo, en manos de grupos económicos sólo interesados en el lucro, se convierte en el modelo fuertemente prescriptivo que ellos requieren para justificar (apelando a la ciencia) cualquier medida.

Los neoliberales han logrado asociar su visión economicista del mundo a su teoría del equilibrio general mediante el recurso de decretar que ésta teoría constituye la descripción científica de esa visión. A partir de esas premisas, nada más natural que tratar de imponerla de cualquier manera. Como se trata de una visión de mundo centrada en un único valor: el mercado y un único modelo: la Teoría del Equilibrio General, no queda lugar para nada más. En el esquema neoliberal basado en la económica, y a diferencia de la economía política, ni consideraciones morales, ni solidaridad, ni bondad, ni nada que no sea estrictamente «económico-racional» tienen cabida. Pero este es, justamente, el rasgo mas claro del totalitarismo, del llamado: «Pensamiento Único». Es así como, a partir de argumentos supuestamente científicos, la economía axiomática termina justificando una visión totalitaria y absolutista del mundo. Es necesario, pues, emplear todos los argumentos posibles en contra de tales pretensiones absolutistas. A ese respecto, los basados en la epistemología de la ciencia son especialmente útiles, porqué erosionan el supuesto carácter científico de cualquier teoría económica absolutista, abriendo así el camino a la crítica. A continuación analizaremos la Teoría del Equilibrio General desde ese punto de vista, el análisis es, en realidad complementario del efectuado en un artículo anterior.

Las leyes científicas pueden considerarse también como principios de imposibilidad. Es decir, como expresiones de prohibiciones, como declaraciones de que ciertas situaciones empíricas no pueden ocurrir en el mundo real. Por ejemplo: el Segundo Principio de la Termodinámica establece que es imposible construir maquinas de movimiento perpetuo. La Teoría de la Relatividad establece que es imposible que los cuerpos materiales alcancen velocidades mayores que las de la luz. Desde esa perspectiva, las situaciones que una teoría prohibe constituyen una medida de su contenido empírico. Esto significa- aunque parezca paradójico- que cuanto más prohibe una teoría, mas probabilidades tiene de ser verdadera. Es decir, mejor se corresponderá con los hechos y más difícil será falsarla. Inversamente, cuanto más cosas afirma del mundo una teoría, mayores serán los riesgos de que sea refutada por los hechos. Como dijimos mas arriba, Israel demostró que la Teoría del Equilibrio General: o bien no admite solución alguna, o bien admite un número infinito de ellas. Ahora bien, decir que un modelo admite infinitas soluciones es lo mismo que decir que el mismo permite todas las soluciones posibles. O sea, todo lo imaginable o, igualmente, que el modelo no prohibe absolutamente nada. Lo cual es absurdo ya que es evidente que en el mundo real nunca ocurren todas las cosas posibles. Por ejemplo: la lógica no impide que existan caballos alados, a pesar de ello, nunca se los ha encontrado. Por consiguiente, un modelo que no prohiba nada no puede considerarse científico. También es inútil, ya que, al afirmar que todo es posible, no permite discernir nada de nada.

Vemos, por tanto, que de cualquier ángulo que se la examine, la Teoría del Equilibrio General muestra serias falencias. Puesto que lo mismo se puede decir de cualquier otra teoría de ella derivada (ya que estaría basada en las mismas premisas) es posible rechazar el carácter científico del modelo económico neoliberal en su conjunto sin temor alguno a equivocarnos. Resulta, pues, que la teoría económica pura no es mas que ideología fundamentalista vestida de ciencia. Sus hipótesis concernientes a la gestión económica del mundo real carecen de basamentos científicos sólidos. No son otra cosa que prescripciones o recetas dogmáticas extraídas de textos considerados sagrados. En consecuencia, no hay riesgo alguno en rechazarla.

Los argumentos en contra del integrismo económico son muchos mas y han sido esgrimidos por conocidos pensadores de todos los campos. Por su interés, sólo mencionaremos algunos de ellos. Bunge, ha puesto en evidencia la vaguedad de los referentes de la económica. En términos concretos, esto significa que nunca se termina de entender de que hablan los economistas puros. Por ejemplo: la microeconomía trataría exclusivamente de los individuos; lo mismo que la teoría de la decisión racional, la teoría de juegos y la teoría del consumidor racional. Serían, por tanto, teorías psicológicas, cosa que no son. Sin embargo, de operar solamente con individuos, los economistas pasan a referirse a firmas y de allí, sin más, a manejar poblaciones, variables agregadas y conceptos macroeconómicos.

Ahora, transferir los caracteres del individuo aislado (por «racional» y «puro» que se lo considere) a las poblaciones altamente interactivas de humanos (de carne y hueso) es altamente arriesgado. La economía axiomática lo hace y cae en un desliz fatal. En efecto, como los economistas teóricos se concentran exclusivamente en las características económicas del individuo (racional por hipótesis), acaban olvidando que el traspaso de esas características»: desde los individuos a los agregados de ellos, no está permitida por otro de los teoremas de la misma economía pura: el famoso «Teorema de la Imposibilidad» de Arrow. Este teorema afirma, justamente, que la agregación de preferencias individuales para conseguir una preferencia social que sea: (1) completa, (2) transitiva, (3) que respete las preferencias individuales y (4) que sea racional, es imposible. De esto se infiere que la teoría de Arrow contradice los postulados fundamentales de la axiomática económica. En realidad, según Arrow, la única manera posible de transferir las preferencias de un individuo a una sociedad, es la tiranía (a la cual han recurrido los neoliberales, por lo menos en Latinoamérica. Pero entonces ya no habría ni completitud, ni racionalidad. En realidad, mucho antes de Arrow, Elster había demostrado que no se puede hablar de racionalidad colectiva, el término pierde sentido cuando se lo refiere a poblaciones, la «racionalidad», sólo se puede predicar de individuos.

La prueba más ilustrativa de la desconexión entre la Micro y la Macroeconomía, viene dada por una afirmación de los famosos economistas Samuelson y Nordhaus, quién en el más conocido libro de economía que se ha escrito jamás:«Macroeconomía», manifiestan, inocentemente, que han enseñado la materia en ambas secuencias y que su libro se puede leer empezando por la macroeconomía y terminando con la microeconomía o viceversa con iguales resultados. Semejante situación es ciertamente notable para un trabajo que se precia de científico. Solo puede significar que, en realidad, las teorías subyacentes al libro tiene poco o nada de científicas, ya que no muestra ninguna conexión entre sus distintas partes.

La simplificación forzada de las sociedades, de la naturaleza y su destrucción

Nos habíamos preguntado si el mundo es realmente como lo representa la económica: simple, lineal, determinista y ahistórico. Ante tamaña pretensión, cabe preguntarse: ¿Y si las pretendidas profecías de la económica (el fin de la historia, de Fukuyama) no fueran sino intentos de forzar la verificación de una utopía?. Hay indicios de que esto puede ser así y, en lo que sigue, presentaremos una serie de argumentos que parecen abonar esa hipótesis.

Popper, en sus criticas al historicismo y a lo que él llama: «la ingeniería social», fue el primero en alertar contra el peligro de las profecías que se auto cumplen. Los científicos sociales, cuando se asocian a políticos que detentan la suma del poder, pueden obligar a grupos humanos a comportarse de acuerdo a pautas preestablecidas. De esta manera, pueden formular predicciones que luego se confirman mediante la fuerza. Estas predicciones tienen como fin único el guiar la acción humana y todos los grandes genocidas han hecho un uso sistemático de ellas.

El mecanismo es mas o menos el siguiente: debido a la gran complejidad y a la indeterminación del mundo real, siempre es posible que una causa teleológica empiece por ser confundida con la acción planificada y después acabe siendo igualada con ella. Esto es posible debido a que, en la acción planificada, la idea del efecto deviene la condición de la causa. Una profecía que se auto cumple, no es, por consiguiente, una situación tan anómala como podríamos pensar. Watzlawik ha dado una serie de ejemplos muy sugestivos y Goebbels utilizo sistemáticamente ése expediente. Así pues, proyectando repetida y sistemáticamente una meta: en nuestro caso la visión de mundo de la económica, podemos acabar, no sólo creyéndola, sino también convencidos de que es la única posible.

Gould, y otros, han demostrado que, en el orden natural, y también en el orden social, las macro estructuras, por ejemplo: los sistemas ecológicos, emergen inintencionadamente a partir de los llamados: «micromotivos» que guían las acciones de los individuos. Sin embargo, debido a la complejidad, esto es: al gran número de posibilidades, a la no-linealidad de las interacciones y a la indeterminación; que impiden una relación directa de causa a efecto, una misma configuración macroestructural es compatible con distintas acciones individuales. En esas circunstancias, el producto final de las etapas evolutivas es muy sensible a las condiciones iniciales. Esta sensibilidad, a su vez, es una manifestación cierta de la presencia de caos en el sistema y el caos significa que el orden observado será sólo uno de los muchos posibles. En esta forma, la complejidad es capaz de confinar a una población en equilibrios suboptimos. Este fenómeno, llamado: hiperselección, es uno más de los efectos colectivos capaces de afectar a múltiples escalas y hacen imposible la previsión a priori de fenómenos complejos.

La importancia de estos hallazgos para este trabajo se debe a que ellos demuestran que los efectos de la complejidad drásticamente limitan, o, peor aún, imposibilitan, todo pronóstico a mediano y largo plazo. Habría, en tal caso, una sola manera de prevenir, o escapar, de la complejidad. Esta única opción consiste en convertir el orden natural en un orden deliberado y calculadamente construido. Sólo de ese modo el orden final buscado coincidirá con el plan previsto y únicamente así lo racional coincidirá, finalmente, con lo real (el sueño de Hegel).

Esta conjetura puede considerarse como un modelo simple de cómo interaccionan, a gran escala, los sistemas económicos marxista y liberal con el medio ambiente ampliado; es decir, el que incluye a las sociedades humanas. El modelo se sustenta en tres hipótesis: (1) marxismo y neoliberalismo, a pesar de sus aparentes diferencias, en todo cuanto se refiere a su relación con la naturaleza, muestran grandes semejanzas, (2) en presencia de la complejidad y sus correlatos: irreversibilidad, ignorancia e indeterminación, el cálculo económico y la previsión se hacen imposibles y (3) el basamento utilitarista-pragmático común a las dos doctrinas no es compatible con la idea de conservación. De esto se deduce que ninguna de ellas será capaz de establecer adecuadas políticas de protección ambiental. En general, es la visión fundamentalista e hipersimplificada del mundo que caracteriza a las propuestas de ambas doctrinas, lo que las hace incompatibles con la complejidad del mundo natural-social. Esto es así no sólo porque el basamento reduccionista (y simplista en extremo) de mundo que caracteriza a las dos doctrinas no tiene correlato real; sino también porque la complejidad ontológica impide la determinación, la calculabilidad y el control, esenciales para la realización de sus modelos. En vista de la manifiesta irracionalidad con la cual se maneja el medio ambiente y de las terribles catástrofes ambientales que, bajo regímenes comunistas y neoliberales, han tenido –y están teniendo– lugar a lo largo del siglo, no es arriesgado suponer que, en condiciones de dominación, los teóricos de ambas ideologías, a fin de viabilizar sus modelos, no vacilarán en tratar de eliminar forzadamente la complejidad natural-social. Si consiguen esto se, se destruiría totalmente a la naturaleza.

Como lo dijimos antes, creemos que un ejemplo paradigmático de la veracidad esta afirmación lo constituye la agricultura científica a gran escala. La acusación, sin embargo, no deja de ser tremenda y, podría pensarse, aventurada. Requerirá, por tanto, ser fundamentada y es esto lo que trataremos de hacer en el resto del ensayo.

Ideología e Utopía

Horowitz ha descrito en los términos mas generales los caracteres de las utopías socioeconómicas y sus conclusiones pueden aplicarse tanto al marxismo como al neoliberalismo. Las utopías representan esfuerzos racionales (en el sentido de que son elaboradas argumentativamente) por escapar a toda restricción de tiempo y lugar. Las utópicas, son sociedades imaginarias planeadas haciendo abstracción de las restricciones y las desventajas que siempre presenta el mundo real. En este sentido, y en analogía con los fundamentalismos, se las puede considerar también como intentos de evasión de las complejidades del mundo natural-social. Los utopistas, en efecto, gustan de poblar su universo con conceptos confusos como: planificadores ideales o mercados perfectos. En cualquier caso, uno de sus supuestos es que las sociedades, para ser racionales, deben, necesariamente, ser homogéneas y simples. Las dos doctrinas necesitan de la simplicidad y de la homogeneidad en razón de que ambas comparten la misma hipótesis de partida. Para los utopistas: la perfección, homogeneidad y simplicidad son las únicas cualidades capaces de inmunizar sus sociedades imaginarias de los avatares de la historia, la indeterminación y la no calculabilidad que la evolución y la coevolución imponen. Esa búsqueda patológica de simplicidad, simetría, homogeneidad y ausencia de conflictividad, es uno de los caracteres más notables del pensamiento utópico de todos los tiempos. Por ejemplo: Platón, en su teoría del estado perfecto, sólo permite dos clases: la de los magistrados armados y educados y la de los esclavos: desarmados y sin educación. Son realmente notables las analogías entre el modelo platónico de mundo y las consecuencias sociales: pauperización mundial y concentración de poder, que la aplicación acrítica de las teorías neoliberales esta produciendo. Tanto es así, que, mas que de neoliberalismo, podríamos hablar de neoplatonismo.

Hitler, por su parte, soñaba con un mundo que sería feliz y eterno por ser muy simple. Estaría constituido por sólo dos clases de seres: los arios (educados y armados) y los sub humanos (desarmados y sin educación). En la utopía de Stalin, el mundo ideal debería estar compuesto por dos clases: los proletarios (desarmados y con poca educación) y los miembros del partido, armados y super educados.

Casi todos los mundos utópicos son simétricos y dispuestos con regularidad, así lo son: la República de Platón, la Utopía de Moro y la Ciudad del Sol de Campanella. Este delirio por la simetría puede ser considerado como una manifestación más de la búsqueda mórbida de simplicidad que caracteriza a los utopistas. Pero es también una demostración del carácter deductivo, antivital y, sobre todo, antihistórico de las teorías subyacentes. En efecto, una de las marcas de la ahistoricidad es, justamente, la perfección del diseño; ya que es la imperfección y no la perfección, el sello indeleble que dejan las vicisitudes históricas.

Las utopías por si solas, no siendo otra cosa que fantasías, no representan un gran peligro; el problema aparece cuando se asocian a ideologías. ¿Cómo se vinculan utopía e ideología?. Una ideología es un conjunto de juicios de valor, creencias y prescripciones que no han sido sometidas a escrutinio científico. Es decir, a las pruebas de coherencia con otras teorías y correspondencia con los hechos. Por consiguiente, las ideologías son doctrinas que, a pesar de llamarse científicas, se resisten a someterse a autovaloración epistémica porque se consideran así mismas como formas superiores de conocimiento. Es fácil acoplar una utopía con una ideología, basta recurrir al ardid de vincular los valores esenciales de la respectiva ideología (mercado, individuo racional, &c.) con el voluntarismo romántico utópico por medio de la definición creativa. La argucia consiste en postular (definir cómo) que un estado solo será racional, si es capaz de plasmar la utopía (por adherir incondicionalmente a sus valores). Adicionalmente, se decreta que, por su condición de racional, un tal estado es el único que puede ser eficaz y lógicamente intachable. De aquí se deduce que no cabe rechazarlo, ya que el hacerlo sería irracional. Cuando se instala un vinculo tan intimo entre ideología y utopía, se implanta, necesariamente, el totalitarismo. El peligro de esta alianza se origina en que se establece, una vez más, un sistema deductivo circular y autoreferencial, mediante el cual los dos conceptos se justifican y legitiman uno a otro. Se instala así una barrera infranqueable a la crítica, como ocurre, según vimos, con el sistema: tecnología-economía.

¿Qué tiene que ver todo esto con la simplificación forzada del sistema natural-social mundial y con su destrucción? Tiene que ver y mucho. En efecto, uno de los rasgos más notables del utopismo es, justamente, su total hostilidad hacia la naturaleza. Aunque muchas utopías se presentan como códigos naturales, es decir, como siendo la encarnación de valores que se encontrarían ya en la naturaleza, no hay que dejarse engañar: la utopía es, en realidad, antinatural. Su delirio por la simplicidad y la homogeneidad la traicionan. El utopista coherente, y la coherencia total es otra característica de los utopistas, querrá reemplazar a la naturaleza toda por el artefacto racional.

Se puede ejemplificar estas aseveraciones si se recuerda que los creadores de lenguas artificiales, como el Esperanto, justificaban su demanda de imponerlas con el argumento de que esa era la única manera de corregir los equívocos, las anomalías y las irregularidades que presentaban las lenguas naturales.

Jugando a Dios con el mundo: racionalidad tecnológica y destrucción ambiental

Hemos visto que, partiendo del análisis, se llega a la a la técnica, o sea, a la reconstrucción sintética y con ella a la posibilidad de construir realidades previamente impensables. Lo característico del pensamiento tecnológico es su capacidad de establecerse con independencia de otras formas de reflexión. La técnica, efectivamente, es capaz de establecer una forma de racionalidad: la científico-técnica, que es, en cierta medida, separable de las otras. Constituye un caso extremo de racionalidad instrumental que se arraiga en dos etapas: primero se empieza por reducir toda entidad, natural y, aún humana, a la categoría de objeto técnico o artefacto; después a éste artefacto se le aplica un conjunto de prescripciones para garantizar su controlabilidad. La estricta prescriptividad, o sea, su sujeción a normas operacionales rígidas que no admiten excepciones. es lo mas propio de la reconstrucción sintética por la vía de la técnica. La peculiaridad del pensamiento tecnológico que es la más interesante para nosotros, es su capacidad de introducir la gestión humana sobre los objetos naturales, transformándolos, de ese modo, en objetos técnicos. Estos, así modificados, pierden su condición de naturales, ya no podrán seguir sus propensiones y sólo podrán obedecer a fines impuestos, se volverán pasivos y controlables. En esas condiciones, el tecnólogo termina viéndose a sí mismo como creador. En esta condición, el tecnólogo podrá presumir también que, legítimamente, le asisten derechos de dominación sobre sus creaciones.

Para que el arquetipo tecnológico se proyecte indefinidamente en el tiempo, serán necesarios, otros instrumentos teóricos más, la racionalidad instrumental no es suficiente. En primer lugar, una filosofía capaz de justificar el economicismo, el modelo de mundo centrado en los conceptos de sistema económico aislado y producción sin limites. El concepto de sistema económico aislado garantizará que la hipótesis de la producción sin limites parezca, no solo posible, sino también lo único deseable; mientras que el concepto de orden económico dotará de legalidad a los dos anteriores e inversamente. De este modo, y una vez mas, la visión parcelaria de mundo instaurará un sistema argumentativo circular, independiente y, aparentemente, racional, en el cual valores y sentimientos se vean como anomalías que no encuentran sitio alguno donde afianzarse.

La secuela mas negativa de la visión parcelaria, del fundamentalismo económico y de la prescriptividad de la tecnología, es que acaban por eliminar las ideas de significación, sentido y finalidad. Esta pérdida se debe a que, en un mundo dominado por el ideal economicista-tecnológico, el único sentido posible es el autorizado por los planificadores. Tanto neoliberales como marxistas han tratado de atemperar esta trágica pérdida recurriendo al optimismo histórico: la promesa de un porvenir en el que el hombre, liberado de los miedos y de las servidumbres materiales mediante el dominio de la naturaleza, podrá administrar racionalmente la sociedad.

Este aspecto del problema es esencial para comprender la relación entre fundamentalismo económico y naturaleza, ya que los fundamentalistas económicos ven la complejidad natural cómo la única causa de los problemas que conducen a la ansiedad, al miedo y a la resistencia. Esta mezcla de odio y temor por el mundo natural, talante que comparten marxistas y neoliberales, se origina, por una parte, en la percepción de que sus modelos de mundo son incapaces de dar cuenta de la variedad y complejidad de lo natural. Por otra en que la complejidad natural hace imposible la gestión analítica de la naturaleza. En esas condiciones, las nociones más caras a la visión economicista: mercado perfecto, lo económico como lo único real y producción sin límites, pierden todo sentido. Frente a ése abismo, al fundamentalismo económico sólo le queda una salida: implementar, en el ámbito mundial, un proceso sistemático de eliminación de complejidad que debe empezar por borrar todas y cada una de las estructuras colectivas capaces de obstaculizar la lógica pura del mercado y la revolución productiva proletaria. Nación, estado, región y culturas específicas deben desaparecer.

Pero eso no es suficiente, para ver realizadas las teorías del equilibrio general (o la marxista de la planificación perfecta) será necesario simplificar también el medio natural, fuente de todas las «externalidades» que son la causa de los trastornos. Para este fin la mejor política es convertir en bien económico a todo lo natural. Ciertamente, si se consigue convertir a la naturaleza toda en una mercancía más, ya no queda nada que sea externo a lo económico. Esta actitud, como veremos mas abajo, tendrá las más funestas consecuencias para hombres y ambiente, puesto que ello es equivalente a instituir que no existe una naturaleza digna por si misma de ser preservada y que el concepto de «valor intrínseco» asociado a lo natural no es mas que pura metafísica.

Ahora bien, el dominio y el control resultan mucho más efectivos si se los legitima, o sea, si se convierte a sus acciones en sujetos de un sistema de valores y normas compartido por una audiencia. Cuando se conquista, la legitimidad deviene equivalente a conformidad. Para legitimar el dominio y el control de todos los ámbitos humano -naturales por una doctrina economicista, se requieren solo dos cosas: una ética de fines y una teoría que tenga el aspecto de científica, para proveer de cierta racionalidad a la primera. Para la visión neoliberal, el Utilitarismo Clásico es la teoría ética buscada, mientras que la teoría de la Mano Invisible del Mercado es la teoría «científica». El marxismo se queda con el Utilitarismo como teoría ética, pero reemplaza la mano invisible del mercado por el Socialismo Científico, encarnado en las directivas del partido. De este modo, el economicismo adquiere «completitud» y «madurez»; la ética utilitaria guiará la acción hacia los fines individuales, mientras que la mano invisible del mercado, o las directivas del partido único (apuntaladas por el aparato policial) asegurarán que el mejor modo de conseguir el bien común es que cada uno se procure sus propios fines.

En esas condiciones, finalmente, se cierra el circulo. Ya que en la ética utilitaria no cabe la noción de valor intrínseco, esencial para justificar cualquier política de protección de la naturaleza, y puesto que su simplificación forzada sólo puede conducir a su aniquilamiento –ya que la ecología no puede vivir, ni siquiera supervivir sin la complejidad– se desprende que fundamentalismo económico y protección de la naturaleza son dos paradigmas mutuamente excluyentes, divergentes y sin conexión posible.

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