Nódulo materialistaSeparata de la revista El Catoblepas • ISSN 1579-3974
publicada por Nódulo Materialista • nodulo.org


 

El Catoblepas, número 19, septiembre 2003
  El Catoblepasnúmero 19 • septiembre 2003 • página 4
Animalia

Guerra, Paz y Etología

Iñigo Ongay

Comunicación a los VIII Encuentros de Filosofía en Gijón
9 al 11 de julio de 2003

Desde la perspectiva del materialismo filosófico la guerra y la paz que constituyen el tema de estos Encuentros representan antes «ideas» filosóficas, que «conceptos» científicos. Ello querría en principio decir, como es bien sabido, que sin perjuicio de que tales ideas penetren los más diversos cercos categoriales (en el caso que nos ocupa nos referimos particularmente a disciplinas tales como la etnología, la antropología política, la arqueología, la historia, la etología, &c., pero también los saberes militares de corte «práctico-práctico»), se mantienen de algún modo, conformadas, en virtud de un entretejimiento symplokeico, entre los intersticios mismos de tales disciplinas (sean éstas científicas, tecnológicas, &c.) sin que pueda decirse que queden agotadas de modo terminante por ningún campo operatorio en particular. De este modo, es precisamente la crítica filosófica –en este contexto entendida justamente como un saber «de segunda potencia» que representa algo así como una suerte de platónica «geometría de las ideas»– la que habrá de procurar coordinar en su desenvolvimiento regresivo los desarrollos de los saberes implicados, para mejor así, reconstruir la arquitectura trascendental de las ideas de «paz» o de «guerra» (y al través de éstas, tal vez también las de «estado», «sociedad», «agresión», &c.) sin perder en ningún momento el contacto con los resultados positivos que a estos saberes les sea dado arrojar. Lejos de pretender construir una idea general de «paz» (o de «guerra») nuestra comunicación va a tratar de atenerse, en este sentido, a una labor mucho más modesta: pretendemos efectuar un cribado –es decir: una crítica– del tratamiento que estas ideas capitales reciben en un recinto categorial muy concreto, el que es propio de las ciencias etológicas y sociobiológicas.

En la medida en que un tal análisis nos resulte hacedero, podremos extraer conclusiones de gran interés, de cara a la Antropología Filosófica, por ejemplo. Y ello aunque este interés pueda residir exclusivamente (en la dirección de un «conocimiento negativo») en la denuncia de la naturaleza abusiva o reduccionista de muchas doctrinas –propiamente metafísicas– presentadas bajo el marchamo de la etología o la sociobiología. Hemos de advertir en rigor, sin embargo, que este bloqueo crítico de las pretensiones invasivas del etologismo, no podemos presentarlo aquí como si se tratase de un resultado inédito al que hubiéramos arribado nosotros solos. Al contrario, las conclusiones que podamos alcanzar permanecen por su parte, de alguna manera previstas en el ejercicio (y también en algunos casos en la representación como es el caso de muchas obras y artículos de Gustavo Bueno y de algunos trabajos de Alfonso Tresguerres) por las propias coordenadas sistemáticas del materialismo filosófico. Pisamos, por lo tanto, un terreno ya parcialmente roturado; confiamos empero que nuestra comunicación pueda sacar a la luz –de forma más o menos monográfica– algunas cuestiones particulares relativas a las ideas de referencia.

Pues bien, vamos a proceder pasando por alto la obra de algunos pioneros del etologismo (como puedan serlo verbigracia, Romanes, Ludwig Büchner o el paleo-antropólogo Raymond Dart, cuya hipótesis del «mono cazador» habría de cobrar un gran auge en los años setenta del siglo pasado en gracia a su popularización debida al dramaturgo Roberto Ardrey) para centrarnos en lo que podríamos considerar como el ciclo de la «etología clásica»{1}; y lo vamos a hacer así por dos motivos principales entre otros: Por un lado, cabe advertir que es precisamente éste (allá por las primeras décadas del siglo XX) el momento cronológico en el que vale situar la constitución misma de la etología como ciencia, en virtud de unos avatares histórico-gnoseológicos en los que no podemos entrar. Además, será precisamente la amplia obra de un reconocido discípulo de Lorenz –Ireneäus Eibl- Eibesfeldt–, aquella que va a servirnos como hilo conductor de nuestro trabajo sin que ello quiera decir en modo alguno que podamos permitirnos tampoco perder de vista otras referencias, de la misma o acaso mayor pertinencia. En efecto, Eibl Eibesfeldt es el autor de una monografía (un verdadero best seller, por otro lado, lo que tal vez justifique la aplicación del certero rótulo de «etólogo pop», acuñado por Stephen Jay Gould) titulada precisamente Guerra y Paz,{2} cuyo tema no es otro que el que aquí nos ocupa. Además, muchas otras de sus obras (El hombre preprogramado,{3} Amor y Odio,{4} &c.) presentan contenidos relevantes de cara a nuestros intereses.

En efecto, Eibl-Eibesfeldt, siguiendo en este punto a Wright, define la guerra en términos etológicos, como un conflicto intergrupal armado, una modulación específicamente humana de la agresión (o del «sistema conductual agonístico») intergrupal e intraespecífica. En este sentido, la agresión armada que se moviliza en los fenómenos bélicos, no respondería tanto a una suerte de instinto bestial degenerado rayano con el «sadismo» o la «necrofilia» (así lo habrían interpretado generalmente aquellos autores próximos a las coordenadas esenciales del psicoanálisis: así Fromm o Walsh) como si la guerra misma supusiese algo así como una desviación patológica y arbitraria del psiquismo humano. Por el contrario, desde la perspectiva manejada por la «etología humana» a la guerra pueden atribuírsele funciones particulares de importancia principal como puedan serlo la redistribución territorial de los diversos grupos humanos. Desde este punto de vista, la agresión armada bélica es ecológicamente adaptativa, al menos en la medida en que por su mediación, queda regulada la competición intergrupal por los diferentes territorios y sus recursos. Además, efectos secundarios de la guerra son la regulación del equilibrio demográfico de las comunidades en conflicto, o la canalización de tensiones psíquicas que propenden a la agresión entendida –a la manera de Lorenz– como conducta apetitiva. Eibl-Eibesfeldt mismo lo señala así:

«La guerra, en consecuencia, es un medio que sirve a los grupos para competir por la posesión de bienes de interés vital (tierra, riquezas del subsuelo, &c.). Se ha dicho también que sirve para mantener el equilibrio demográfico, pero éste es, sin ningún género de dudas, un efecto secundario. O para regular variables psíquicas (desahogo de tensiones psíquicas). En este punto se confunden los móviles individuales con las ventajas desde la perspectiva de la selección.»{5}

Cabe proceder por lo demás, de otro modo : si la guerra misma fuera deletérea o «contra-funcional» la presión de selección habría podido eliminarla; cosa que evidentemente no ha ocurrido. Esto también lo advierte el etólogo austríaco en un párrafo en el que puede rastrearse una curiosa ejecución del modus tollendo ponens:

«O bien es nociva o bien útil desde el punto de vista de la selección. Si la primera posibilidad se hubiera cumplido siempre, hace ya mucho tiempo que se habría organizado una contra-selección, extremo éste que, como demuestra la historia, no se ha dado.»{6}

En todo caso, y siempre según Eibl-Eibesfeldt, la irrupción de las armas de fuego (y muy señaladamente el rifle) rompería este sistema de equilibrio adaptativo en tanto en cuanto tales ingenios militares ocasionaron el incremento catastrófico de las bajas humanas entre los contendientes. Por lo demás, del hecho de que la guerra haya cumplido y cumpla un papel ecológico fundamental, no vale concluir tampoco que tales funciones no puedan encontrar canales incruentos de satisfacción. En este sentido, las conductas agonísticas intergrupales podrán llegar a convertirse en estructuras etológicas vestigiales enteramente susceptibles de eliminación; análogas a lo que en anatomía representa el apéndice vermiforme del cecum o el coxis.

Sea de esto lo que sea, Eibl-Eibesfeldt remite, como vemos, la guerra al ámbito genérico de agresión humana (a través del expediente de calificar la agresión específicamente bélica en términos de «intergrupal» y «armada»), pero sucede que el comportamiento agresivo y la agresión intraespecífica constituye una suerte de «universal antropológico», un rasgo propio de nuestra especie (y de otras) rastreable en las comunidades y culturas más variadas. Si esto es así, como Eibl Eibesfeldt pretende haber demostrado frente a la «leyenda» del carácter pacífico de los cazadores-recolectores (esquimales, bosquimanos kung! del Kalahari, kwakiult, ...) y si además las pautas motoras que soportan las interacciones agresivas entre los sujetos son también idénticas en las más diversas comunidades e incluso en niños privados naturalmente (sordos o ciegos de nacimiento, sujetos carentes incluso del sentido del tacto, &c.) de toda experiencia relevante que pudiese justificar alguna interpretación estrictamente ambientalista (como puedan serlo, pongo por caso, la llamada hipótesis frustración-agresión, o el modelo conductista), se seguirá entonces que tales pautas motoras constituyen patrones fijos de acción encastrados en coordinaciones hereditarias filogenéticamente incorporadas al equipamiento innato de nuestra especie, al etograma cuyo aislado es precisamente, uno de los objetivos principales de la etología humana. Sin embargo, tampoco debiera resultar sorprendente una tal circunstancia dado sobre todo, que el sistema conductual agonístico –actividades de hostigamiento, conductas de ataque o de defensa, territorialismo, sumisión, huida, &c.– incluye rasgos que conforman los etogramas de otras especies interconectadas, de diversos modos, por su filogenia, con la nuestra: este sería el caso tanto de los chimpancés de Kortlandt como de los peces espinosos de Tinbergen o de los petirrojos de David Lack. Estas conductas –algunas veces sumamente estereotipadas– permanecen imbricadas en MDI (mecanismos desencadenantes innatas) y vinculadas a estímulos-señales muy precisos que podrán operar por así decir, atómica o molecularmente (en virtud de la llamada «ley de la suma heterogénea de estímulos» descubierta por A. Seitz). Con todo, en el caso de las especies gregarias –y ante todo en el de los mamíferos, aunque también en las aves o en los reptiles– subsisten toda una serie de poderosos mecanismos inhibitorios innatos aptos para moldear la agresión intraespecífica, circunscribiendo ésta a unos límites que impiden su explosión descontrolada. En este contexto, cabe entender muy bien, las funciones de los rituales del vínculo a los que tan profusamente se refiere Eibl Eibesfeldt en Amor y Odio{7} o en El hombre preprogramado.{8} Por otro lado, según la hipótesis ensayada por el autor de Guerra y Paz, tales rituales vinculadores (alimentación nupcial, beso, espulgamiento, algunas formas de saludo, &c.) y las señales apaciguadoras (que vendrían a reproducir conductas de carácter claramente infantiloide) derivarían justamente del cuidado de la progenie que tanta importancia cobra en el repertorio conductual de aves o mamíferos.

«Todos los mecanismos de vinculación al grupo son filogenéticamente muy antiguos, y es bastante probable que se desarrollaran mano a mano con los cuidados de la progenie. Con este "invento", las aves y los mamíferos adquirieron, cada cual por su parte, la facultad de apoyarse mutuamente y de formar grupos altruistas cuyos miembros libran juntos la lucha por la existencia.»{9}

Por otro lado, la ritualización de la propia agresión (bajo la forma de torneos incruentos en los que los organismos no hacen uso de sus «armas» más letales: garras, dientes, veneno) canaliza esta misma de una forma no sangrienta. Cuando la agresión se lleva a cabo en cambio, allende los mismos límites de la propia especie (sobre todo en el caso de la agresión predatoria, pero también la defensa frente a los predadores, o la agresión exploratoria de los felinos, &c.) estos mecanismos inhibitorios quedan neutralizados por entero, los rituales del vínculo dejan de ser operativos.

Pues bien, la tesis fundamental defendida a este respecto por Ireneäus Eibl Eibesfeldt (en cuya defensa dicho sea de paso, el etólogo de Viena se muestra deudatario de la firma de Erikson) podría resumirse en el presente contexto, del modo siguiente: la «evolución cultura»l en su curso reproductor –a un «nivel superior»– de los dinamismos evolutivos «naturales», habría acabado por determinar el despegue de un proceso de pseudoespeciación, las diferentes comunidades humanas quedan rigurosamente acotadas por factores tales como la lengua o las costumbres llegando incluso a reservar para sí mismas el calificativo de «personas». De esta manera, la agresión intraespecífica se transforma (emic), en una situación de agresión predadora, cazadora. Los enemigos militares quedan anatemizados como miembros de especies diferentes, incapaces ellos mismos de despertar mecanismo inhibidor alguno. En palabras del propio Eibl-Eibesfeldt:

«(...) la evolución cultural, bajo la acción moldeadora de presiones selectivas análogas, imita la biológica en un nivel superior de espiral evolutiva. Así, la creación de las especies se corresponde con la pseudoespeciación cultural. Las culturas se delimitan las unas de las otras como si se trataran de especies diferentes. Para acentuar el contraste, los representantes de cada grupo se autocalifican de personas mientras niegan a los demás ese título o se lo confieren disminuido de valor. Esta evolución cultural se basa en preadaptaciones biológicas, por ejemplo el rechazo del "extraño", que nos es congénito y que conduce al aislamiento del grupo.»{10}

Y algo más adelante, apostilla nuestro autor:

«El hecho de que neguemos a los otros con frecuencia la condición de hombres, desvía el conflicto hacia un enfrentamiento interespecífico, y la agresividad interespecífica suele ser aniquiladora también en el reino animal. Al filtro biológico normativo que inhibe las agresiones destructivas también en el hombre, se le superpone un filtro normativo cultural, que le exige matar.»{11}

A nuestro juicio esta tesis de Eibl Eibesfeldt sin perjuicio de su carácter confuso y absolutamente especulativo, no es en modo alguno gratuita. Al contrario, ella misma puede quedar recogida por el materialismo filosófico si es que fuera practicable su reinterpretación como un diagnóstico (sin duda inadecuado y abstracto, metafísico) de la dialéctica entre ética, moral y política. El propio Gustavo Bueno ha puesto de relieve en El animal divino así como en el Primer ensayo sobre las categorías de las 'ciencias políticas' la posibilidad de que las dimensiones corticales de la dialéctica entre cuerpos políticos experimenten una refluencia de contenidos numinosos (angulares) que provoque su despegue (al menos emic) del eje circular del espacio antropológico, de manera que unas tales relaciones dejarían por ello de ser específicas en tanto circulares. Ha sido además Alfonso Tresguerres quien, en su teoría filosófica sobre la caza, ha acertado a leer este recorrido de Eibl-Eibesfeldt, desde las categorías de El animal divino. A esta luz, dado el mismo proceso de pseudoespeciación al que nos hemos referido, la guerra podría empezar a comparecer como una metábasis circular de la caza genérica.{12} Tales análisis quedan ratificados, de algún modo, por la siguiente descripción de la conducta bélico-predatoria de los pigmeos que nuestro etólogo ofrece en Guerra y Paz, una descripción cuyo coeficiente numinoso es ciertamente acusable sin necesidad de subrayado alguno:

«El pigmeo, como cazador, persigue a su presa y la sorprende; pues bien, a su enemigo se le acerca con la misma cautela, lo acecha emboscado y desde una posición segura y protegida lo derriba de un flechazo.{13}

Sin embargo, el tratamiento que de la guerra arroja Eibl Eibesfeldt aparece lastrado, entre otros motivos, por la enérgica hipostatización de las ideas de naturaleza y de cultura (de la evolución biológica y cultural) que en este tratamiento puede advertirse. Ambos planos quedan metaméricamente diferenciados para después yuxtaponerse según unos modos larvadamente armonistas e irénicos (ante todo por el papel recapitulador de la evolución biológica que nuestro autor atribuye a la cultural). Así las cosas, puede entenderse con facilidad, que la «receta» arrojada por Eibl-Eibesfeldt para poner en marcha un progreso de la humanidad hacia la paz (¿perpetua?) consista precisamente en una utópica armonización de los filtros culturales y los biológicos que pudiese tomar como base la reactivación de canales incruentos de cumplimiento de las funciones atribuidas a la guerra.

Pues bien, si Eibl-Eibesfeldt trata de revertir la conceptualización etológica de la guerra al terreno genérico de la agresión intraespecífica (lo que de algún modo ya supone una maniobra reduccionista de disolución de la especie en el fondo del género), esta misma había sido ya objeto de un tratamiento detallado desde el punto de vista de la etología en las doctrinas que Konrad Lorenz defendió al respecto.{14} Como es bien sabido, al decir de Lorenz, la conducta agresiva toma la forma de una conducta apetitiva regulada tanto por los estados internos del organismo (la acumulación de «energía de acción específica) como por los estímulos clave recibidos por el mismo; de esta manera, llegado el caso, la descarga podría incluso tener lugar «en el vacío» (al modo de los petirrojos de Lack) o frente a modelos claramente deficitarios. Según el llamado modelo «termo-hidráulico» de Lorenz, habría que reconocer, por lo tanto, la actuación de pulsiones innatas que conducirían a la agresión al individuo. Estas pulsiones, cuando se ensortijan adecuadamente con sus correspondientes mecanismos inhibitorios –en el parlamento de los instintos– resultan adaptativas (siempre en el sentido de la «selección de grupos») en la medida al menos en que funcionan como un «test de aptitud» (de cara a la selección sexual) o que permiten regular la distribución territorial de las poblaciones sin necesidad de abrir un combate cruento entre miembros de la misma especie. En este mismo sentido, las armas más poderosas de las que la filogénesis ha dotado a los individuos, quedarían generalmente al margen de tales torneos intraespecíficos. Sin embargo, el problema surge cuando en el caso del ser humano, el desarrollo de la cultura y las tecnologías armamentísticas posibilitan consumar «el acto de matar al semejante» sin dar ocasión alguna a la mediación de las pertinentes señales inhibitorias que establecen los límites adecuados de la descarga en una situación de combate ritual: Comprobemos cómo Lorenz expone un tal desajuste especulando con un escenario que después será llevado cinematográficamente adelante por Stanley Kubrick, en la primera escena del filme 2001: Odisea del Espacio (2001: A Space Odyssey, Gran Bretaña, 1968).

«Ahora estamos en situación de comprender el peligroso desequilibrio que se produjo entre el instinto de agresión y el mecanismo de inhibición con la intervención de la primera arma, la pica. Si nos paramos a pensar en lo que tuvo que ocurrir cuando una criatura con el mal genio y la agresividad de un antropoide se encontró de pronto con que podía matar a un semejante de un solo golpe, con lo que todas las actitudes de humillación, gritos de dolor, etcétera destinados a inspirar compasión, perdieron de pronto su eficacia. Hasta cierto punto casi nos asombra que la Humanidad no quedara aniquilada tras el invento del primer utensilio.»{15}

Precisamente este carácter descontrolado marca, según Lorenz, la diferencia específica que señala la agresión humana respecto a la agresión animal, genérica. La cosa por lo demás, tendería a agravarse cuando hacen su aparición factores tales como el deterioro medioambiental, la escasez de recursos energéticos o el desequilibrio demográfico en los diversos «biotopos» colonizados por nuestra especie. El etologismo por lo tanto, está servido como se ve, en tanto en cuanto cabe reconducir una tal distinción en una dirección intragenérica sin perjuicio tampoco del reconocimiento de su peculiaridad. Una peculiaridad que sin embargo, queda enteramente difuminada cuando se la considera a la luz de las mismas premisas que Lorenz está manejando. De aquí a la equiparación de la agresión intragenérica e intergrupal en seres humanos y otros mamíferos (ni siquiera primates) el trecho es bien breve. Y en efecto es el propio Lorenz quien parece franquear la frontera:

«Debemos reconocer la amarga verdad de que, colectivamente, los seres humanos, en principio no actuamos de modo distintos a las ratas, por ejemplo, que en su afán por crear bandas provocan la superpoblación de su espacio vital, lo cual, a su vez, da lugar a las guerras de aniquilación. El símil, realmente, no puede ser más triste»{16}

Desconocemos por nuestra parte, si es o no triste el símil propuesto por Lorenz. Nos parece en cambio bastante improcedente, al menos en la medida en que nosotros no llegaríamos a reconocer, de la mano del etólogo de Altenberg, verdaderas «guerras de aniquilación» en las colonias de roedores así como tampoco atribuiríamos (con Luis Büchner, en La vida psíquica de las bestias), estados, batallas, armisticios, esclavismo, ganadería o socialismo a las abejas, las termitas o las hormigas. Proceder de otro modo –aunque sea metafóricamente, construyendo por lo tanto una metáfora superficial y por ende vulgar– es, a nuestro juicio, tanto como desentenderse de una importante masa de distinciones que a estos respectos resulta inexcusable tener en cuenta. De esta manera, si el etologismo resulta superficial y disolvente es, ante todo, por pretender organizar el material antropológico al margen de parejas de conceptos tales como puedan serlo los de «individuo/persona», «ritual/ceremonia» o al margen de la misma oposición entre «estratos φ/π» que el materialismo filosófico concibe como capital. Esto es, sin negar por supuesto que el ser humano sea un animal (más en concreto un primate, un gran simio) y por tanto sin necesidad de prescindir por entero de los desarrollos etológicos comentados –al contrario acaso se haga imprescindible contar con ellos en todo momento–; el materialismo filosófico trataría por su parte de hacer justicia a la demarcación efectiva entre los hombres y los (demás) animales advirtiendo la pertinencia de señalar caracteres difluyentes que, sin perjuicio de dimanar por así decir del «tronco zoológico» especifican la agresión o la guerra humana no tanto en una dirección intragenérica (subgenérica o cogenérica) como en una dirección metagenérica. De manera que la guerra entre estados (y asimismo los propios estados, las sociedades políticas resultantes, ellas mismas de la transformación sui generis de sociedades naturales como puedan serlo las estudiadas por Franz de Wall en el zoo de Arnhem) vendría a devenir en una suerte de reorganización –a la que Gustavo Bueno denomina anamórfosis– de los mismos contenidos dados en la agresión (etológica, intragenérica) entre bandas de babuinos, chimpancés, rhesus, &c., sólo que esta reorganización desborda dialécticamente (en el contexto de una figura que ya conoció Aristóteles a su modo: metábasis eis allo genos) los materiales de partida; con lo que, por lo demás, cabe señalar que la propia guerra (y ante todo la llamada «guerra civilizada») no puede quedar atrapada entre los márgenes categoriales de ninguna disciplina científica en particular. Cuando esto sucede, cuando un acotado categorial concreto (como pueda serlo en nuestro caso la etología) procura conceptualizar de un modo vigorosamente reduccionista –una reducción que por otro lado no puede ya en rigor pretenderse científica– y abstracto (tal es, en el fondo, el propósito etologista en la medida en que, en el nombre del género se practica una abstracción evacuadora de los contenidos específicos, humanos, «culturales») una idea filosófica como la que estamos perfilando, surgen reivindicaciones gremiales y toda suerte de querellas. Desde esta perspectiva sería preciso notar que la reducción evacuadora propia del etologismo quedaría calificada como formalista en la medida en que la propia dirección emprendida hace «imposible el retorno» a los materiales de los que pudo partirse a quo.{17} En este caso, el testimonio de lo que decimos bien nos lo puede ofrecer, desde el punto de vista de la etnología, el «antropólogo» Marshall Shallins en su obra Uso y abuso de la Biología:

«(...) la guerra no es una relación entre individuos sino entre Estados (u otras formas políticas socialmente constituidas) y las personas participan en ellas no en su condición de individuos o seres humanos, sino en su condición de seres sociales, y no exactamente esto, sino sólo en una condición social específicamente contextualizada.»{18}

Desde nuestra perspectiva, esta tesis de Shalins (que incluye además, al menos de modo incoado, un reconocimiento de la distinción entre individuo y persona) resulta verdaderamente certera en relación al formalismo subyacente a los tratamientos etologistas de las ideas de «guerra» o de «paz». Ciertamente, lo característico de la guerra, en lo que tiene de fenómeno inextricablemente vinculado a la dialéctica entre estados, reside en su alcance formalmente político. Con esto, estamos ante todo circunscribiendo la guerra civilizada (y también las diferentes paces imperiales) a una escala antropológica muy concreta. Cabría por lo tanto, y en este mismo sentido, dar la razón a Carlos Schmitt quien, como se sabe, llegó a pensar la guerra como el «momento de veras», como el horizonte asintótico que haría las veces de condición de posibilidad de la verificación del concepto de lo político, enucleado, precisamente, en torno al enfrentamiento entre «amigos» y «enemigos» (enemigos públicos –no rivales privados–, hostis, y no tanto inimicus). Pero la rivalidad entre dos poblaciones de organismos en lucha por la maximización de sus respectivas aptitudes biológicas (sean estas «darwinianas» o «inclusivas») no puede en modo alguno confundirse, con un enfrentamiento político como el que siempre lleva aparejada la guerra. Decimos esto, por no poner de manifiesto que las diferencias reseñables entre la guerra humana (y este sintagma es, creemos, él mismo idempotente) y la agresión animal intergrupal no se agotan precisamente en este punto. Por más que Goodall, Kortlandt o Sabater Pi hayan hecho ver, con absoluta rotundidad, la proximidad etológica de seres humanos y otros primates en lo referido a las conductas culturales, manejo de herramientas (a veces a modo de armas), &c., no creemos que ésta situación pueda hacerse equivalente al despliegue tecno-científico que la guerra misma ha incorporado a su curso a lo largo de la historia, constituyéndose incluso en un factor determinante de primera importancia en la motorización de la historia de las ciencias (desde la mecánica clásica hasta Internet, desde la cibernética a la investigación en virología o inmunología, desde la psicometría del C. I. hasta el «Proyecto Manhattan» de Oppenheimer).

Antes de acabar creemos que merece la pena dar la palabra a Gustavo Bueno, de quien conocemos un párrafo muy esclarecedor en vistas a arrojar luz sobre la distancia que media entre «enseñar los dientes» y «mandar los misiles» (si se nos permite hacer uso del título, de un excelente artículo de José Sanmartín Esplugues). Señala Gustavo Bueno en su artículo «Sobre el concepto de Espacio antropológico»:

«Estamos ante un gesto agresivo del Presidente Nixon y ante el gesto agresivo de un orangután. Cuando evacuamos los contenidos, ambos gestos aparecen como enteramente similares: tal es el punto de vista del psicólogo, que resulta ser así un punto de vista formal (precisamente en tanto que segrega dichos contenidos). Para que el gesto agresivo de Nixon recupere sus características humanas es preciso introducir, no ya una interior «conciencia reflexiva» del propio gesto, sino, por ejemplo, su referencia a la Bolsa o al Pentágono, es decir a contenidos de la cultura objetiva, a contenidos materiales, contenidos que de ningún modo pueden ser asociados en el mismo sentido al gesto agresivo similar del primate.»{19}

Nota

{1} Es decir, aquel ciclo atravesado por los nombres de Konrad Lorenz, de Niko Tinbergen o de William Thorpe, y que marca un horizonte conceptual que puede considerarse cancelado parcialmente por la crítica a la selección de grupos (Lorenz, Wynne-Edwards, &c.) que pudo abrirse camino a través de la sociobiología en la década de 1970.

{2} Ireneäus Eibl-Eibesfeldt, Guerra y Paz. Una visión de la etología, Salvat, Barcelona 1995.

{3} Ireneäus Eibl-Eibesfeldt, El hombre preprogramado, Alianza, Madrid 1981 (3 ed.).

{4} Ireneäus Eibl-Eibesfeldt, Amor y Odio. Historia natural del comportamiento humano, Salvat, Barcelona 1994.

{5} Ireneäus Eibl-Eibesfeldt, Guerra y Paz. Una visión de la etología, Salvat, Barcelona 1995, pág. 199.

{6} Eibl-Eibesfeldt, op. cit., pág. 194.

{7} Cfr., Ireneäus Eibl-Eibesfeldt, Amor y Odio, Salvat, Barcelona 1994, págs. 129-208.

{8} Cfr., Ireneäus Eibl-Eibesfeldt, El hombre preprogramado, Alianza, Madrid 1981 (3 ed). Ver sobre todo las páginas 175-282, donde el autor se detiene morosamente en diferentes tipos de rituales vinculadores actuantes en el caso de la especie humana.

{9} Ireneäus Eib-Eibesfeldt, Amor y Odio, Salvat, Barcelona 1994, pág. 238.

{10} Ireneäus Eibl-Eibesfeldt, Guerra y Paz. Una visión de la etología, Salvat, Barcelona 1995, pág. 131.

{11} Ireneäus Eibl-Eibesfeldt, op. cit., pág. 132.

{12} Cfr., Alfonso Fernández Tresguerres, Los Dioses Olvidados, Pentalfa, Oviedo 1993, capítulo III, «El cazador de sí mismo», págs. 65-80. Aquí nos importan particularmente las págs. 72 y ss.

{13} Ireneäus Eibl-Eibesfeldt, Guerra y Paz. Una visión de la etología, Salvat, Barcelona 1995, pág. 147.

{14} Véase el clásico La agresión el pretendido mal, Siglo XXI, Madrid 1982 (original de 1973).

{15} Konrad Lorenz, «Sobre el acto de matar al semejante», en La acción de la naturaleza y el destino del Hombre, Alianza, Madrid 1988, pág. 276.

{16} Konrad Lorenz, op. cit., pág. 280.

{17} Y precisamente esta posibilidad de «retornar a la caverna», de asimilar «ad integrum», en la línea del progressus, los contenidos mismos de referencia representaría el preciso timbre metodológico de gloria del materialismo en cuanto opuesto a las diversas modulaciones del formalismo. Véase a este respecto el prólogo de Gustavo Bueno, «Materialismo filosófico como materialismo metodológico», al libro de Alfonso Fernández Tresguerres, Los dioses olvidados, Pentalfa, Oviedo 1993, pág. 26.

{18} Marshall Shalins, Uso y abuso de la Biología, Siglo XXI, Madrid 1982, pág. 19.

{19} Gustavo Bueno, «Sobre el concepto de Espacio antropológico», en El sentido de la vida, Pentalfa, Oviedo 1996, pág. 111.

 

El Catoblepas
© 2003 nodulo.org