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El Catoblepas, número 19, septiembre 2003
  El Catoblepasnúmero 19 • septiembre 2003 • página 3
Guía de Perplejos

Del miedo

Alfonso Fernández Tresguerres

El miedo (que de ningún modo ha de confundirse con la cobardía),
cuando es «normal», esto es, no patológico, es una emoción
del todo natural, bastante útil y nada vergonzosa

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En nuestra lengua el miedo es entendido según una doble acepción: por una parte, como «sentimiento de angustia por un riesgo o daño real o imaginario»; y, por otra, como «recelo o aprensión de que suceda algo contrario a lo que se desea». Y la diferencia con el temor (al margen de que éste tiene sus propios significados, tales como el sentimiento de rechazo de cosas consideradas peligrosas, o el de presunción o sospecha) se encontraría, según nuestros académicos, en que el temor vendría referido al futuro, esto es, «recelo de un daño futuro», en tanto que el miedo (parece deducirse), aunque también puede ser de algo futuro, ya que la segunda acepción de miedo («recelo o aprensión de que suceda algo contrario a lo que se desea») podría, en efecto, corresponderse bastante bien con la tercera de temor («recelo de un daño futuro»), puede estar motivado también por algo presente, sea «real o imaginario».

Yo creo que hay que introducir una ligera matización en todo eso (y lo haré más tarde), pero, por el momento, es deber constatar que, en esta ocasión, nuestra lengua se muestra bastante más sutil que determinados análisis llevados a cabo por algunos importantes filósofos. Estoy pensando, por ejemplo, en Epicteto («El miedo nace de lo que se espera, la tristeza de lo presente»), quien, dentro de las coordenadas en las que nos estamos moviendo, incurriría en una grosera confusión entre el miedo y el temor ( y eso sin tener en cuenta lo discutible de la atribución de la tristeza sólo al presente). ¿Acaso no es auténtico miedo lo que en ocasiones se siente ante situaciones enteramente presentes? Resultaría, según esto, que el gladiador colocado frente a la fiera en el circo romano no experimenta miedo, sino tristeza. Y esto, si yo entiendo bien a Epicteto (no debemos olvidarnos de las traiciones de la traducción), parece excesivo. Pero no es el filósofo estoico el único que parece caer en este mismo error. Hume también entiende el miedo como derivado de la probabilidad de un mal (futuro, por tanto) que causaría tristeza. De nuevo tenemos que preguntar lo mismo: ¿no es miedo lo que a veces se experimenta ante un mal efectivo y no sólo probable?

Sorprende, asimismo, la concepción que del miedo tiene Espinosa: «El miedo (...) es una tristeza inconstante surgida (...) de la imagen de una cosa dudosa», podemos leer en la Ética, o también: «El miedo es la tristeza inconstante, surgida de la idea de una cosa futura o pasada, de cuyo resultado tenemos alguna duda». Mas, ¿por qué «una cosa dudosa»? ¿Es que lo que sentimos ante un peligro real e indudable no debe considerarse miedo? ¿Y qué decir de la exclusión expresa del presente tal como se hace en la segunda definición, al afirmar que el miedo se da ante «una cosa futura o pasada»? Creo más bien que el miedo, en sentido estricto, no tiene que ver ni con el futuro ni con el pasado, sino, justamente, con el presente (bien que «la cosa» sea real o imaginaria, ésa es otra cuestión). La rememoración de un hecho pasado puede resultar todo lo desagradable o dolorosa que se quiera, pero no es, hablando con propiedad, miedo lo que provoca; y en cuanto al futuro, lo que suscita, más que miedo, es temor. No olvido, sin embargo, que en nuestra lengua también se considera lícito el uso del término «miedo» referido al futuro. Pero, en cualquier caso, lo que encuentro verdaderamente sorprendente y chocante es que Espinosa no parezca entender, en ningún caso, el miedo como algo referido al presente, para lo que él parece preferir el vocablo «desesperación» («La tristeza surgida de la imagen de una cosa que hemos temido o esperado»). Pero «desesperación», al menos para quienes hablamos en español, es algo que ya no tiene mucho que ver con lo que estamos hablando. Es cierto que el miedo puede conducir hasta la desesperación, pero, ¿no lo es también que se puede estar desesperado sin sentir miedo?

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Creo que debemos quedarnos con la definición de nuestra Academia. El miedo es, ciertamente, un estado afectivo o de ánimo intenso y caracterizado por la angustia, la ansiedad y la inseguridad ante un peligro o riesgo, sea real o imaginario, sea presente o futuro, aunque sospecho (insisto) en que la lejanía disminuye la intensidad, y el miedo adopta la forma más moderada del temor.

Pero la matización (a la que me refería antes) que considero conveniente hacer a nuestros académicos es que el miedo no es un sentimiento, sino una emoción. Los sentimientos son duraderos y de intensidad moderada, en tanto que las emociones son intensas y pasajeras, y, sin duda, el miedo se corresponde mejor con estas dos últimas notas que con las primeras. A un miedo persistente en el tiempo le cuadra mucho mejor la denominación de «temor». Los propios trastornos de ansiedad nos pueden servir de ayuda para clarificar esto. En la llamada «ansiedad generalizada», el sujeto experimenta un estado constante de angustia y de temor, pero no de miedo, en cuanto tal; éste tenemos que buscarlo más bien en los denominados «ataques de pánico», intensísimos, pero pasajeros.

Y esto nos da pie también para señalar que existe un miedo normal, mas también un miedo patológico. Este último (del que la neurosis de angustia y las fobias serían un buen ejemplo) es aquél en el que la reacción de temor es desproporcionada a la causa que la provoca, e incluso no parece existir ninguna relación con ella. Que es patológico y, en último término, no adaptativo, puede comprobarse por el hecho de que el individuo presa de un miedo tal ve alteradas su vida y su conducta cotidianas, así como la relación con los otros y con el propio ambiente, a lo que hay que añadir el profundo sufrimiento que le ocasiona. Existe también un miedo que se encontraría a caballo entre lo normal y lo patológico, ya que si bien por su intensidad y la incapacidad manifiesta del sujeto para controlar y ajustar su respuesta (cualquiera que sea) a la situación, podría considerarse patológico, es lo cierto que puede ser experimentado por individuos enteramente normales, quiero decir, no neuróticos. Tal miedo bloquea de tal modo la conciencia del individuo, e incluso su responsabilidad, que nuestro ordenamiento jurídico lo considera causa de no imputabilidad. Se trata de lo que nuestro Código Penal (Art.º 20.6º) denomina «miedo insuperable», y dictamina que quien «obra impulsado por miedo insuperable de un mal igual o mayor está exento de responsabilidad criminal». Pero el miedo que hemos denominado «normal» es una emoción básica y primaria, ligada, sin duda, a la propia conservación y al intento de lograr un estado de seguridad. Y como tal, se encuentra presente en el comportamiento de todas las especies animales, incluso las más simples, desde el punto de vista biológico. Hasta tal punto se trata de una emoción fundamental de cara a la supervivencia, que algunos (entre ellos Emilio Mirá y López, en su conocido Manual de Psicología jurídica) consideran que el miedo es una de las tres emociones primitivas (es decir, que dentro de las emociones básicas o primarias habría tres aún más básicas, si así puede decirse): las otras dos son la cólera y el amor. En tanto que la cólera sería una tendencia a la agresión, el miedo lo sería a la defensa, y ambas tendrían como referencia la conservación del individuo, a diferencia del amor (una forma adornada de referirse al impulso sexual), que conduciría a la reproducción, y, por tanto, su referencia sería, no la conservación del individuo, sino la conservación de la especie. Y aun cabría decir (y Mirá y López está de acuerdo) que el miedo es emoción más primitiva o básica que la cólera, lo que parece bastante claro, si se tiene en cuenta que, en no pocas ocasiones, ésta última es suscitada por el primero, o, por decirlo de otro modo, es secundaria a él, porque presa del miedo, el animal (incluido el animal humano) huye o ataca, según las circunstancias.

A este respecto, los etólogos (pero ya antes Darwin) han subrayado el carácter adaptativo del miedo. Así, Eibl-Eifesfeldt ha insistido en lo ventajoso (en términos de supervivencia) de miedos tales como a la noche y la oscuridad, a la separación (generalmente de la madre) o al extraño.

A mí me parece que de ninguna manera debe menospreciarse la importancia de los factores de aprendizaje en la génesis de según qué miedos, y creo también que hay que poner mucho cuidado en que el estimar innata una determinada aversión no nos lleve a la legitimación moral de determinadas conductas. Estoy pensando, por supuesto, en el miedo al extraño y en la consecuencia, que para algunos podría parecer enteramente lógica, de considerar que fenómenos tales como el racismo o la xenofobia son reacciones innatas y, por tanto, inevitables, desde el momento en que lo innato siempre parece ser interpretado (y habría mucho que discutir al respecto) como sinónimo de fatídico o inevitable. Ahora bien, es cierto que el niño manifiesta temor ante la presencia de cualquier rostro extraño (y más si es feo); pero de cualquiera (y durante un tiempo, de cualquiera que no sea el de su madre), no solamente de un rostro perteneciente a otra raza o a otra etnia, o del rostro del extranjero (un recién nacido es poco lo que sabe de fronteras políticas). Siente miedo ante cualquier extraño (incluido el pediatra o su tío materno) hasta que se familiariza con él. Eso es todo. Y cualquier otra conclusión que se quiera derivar de ahí es puramente ideológica.

Tampoco hay que olvidar la modulación cultural del miedo: cada cultura tiene su propio repertorio de fantasmas y de temores, a veces difícilmente comprensibles para los miembros de otra distinta, y esto aboga, naturalmente, como no podía ser menos (porque eso es lo que sucede con cualquier otra manifestación del comportamiento humano), por la importante incidencia de los factores culturales y de aprendizaje en la génesis y manifestación del miedo, que constituiría, así, una prueba más de la confluencia (dialéctica) entre la dimensión biológica y la dimensión cultural del ser humano.

Y a propósito de la modulación cultural del miedo, hay que señalar, asimismo, el uso político que a veces se hace de él. Eibesfeldt (a mi juicio con total acierto) ha reparado e insistido en esta cuestión. Me limitaré, pues, a hacer mías sus palabras: «El miedo –escribe– no sólo induce patrones de comportamiento infantiles, que, por su condición de demandas, suscitan la empatía, sino también una disposición infantil para el aprendizaje. Por tanto, los adultos sometidos al miedo son más fáciles de transformar ideológicamente. Bajo la presión del miedo se da una conversión, una disposición que se utiliza para lavar el cerebro (...) Las dictaduras –prosigue el etólogo alemán– utilizan esa vinculación por el miedo. Porque el miedo despierta la necesidad de recurrir a una personalidad fuerte». Bien, yo no sé si todos lo dictadores son o no personalidades fuertes, pero lo que sí es seguro es que utilizan el miedo, no ya al extraño (del que protegernos), sino principalmente a sí mismo, como mecanismo para mantener el dominio. Algo así como la expresión atribuida a Calígula: «Oderint dum metuant», es decir: «Que me odien, con la condición de que me teman».

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Pero estas matizaciones no implican, desde luego, la negación del carácter innato del miedo, en tanto que reacción emocional primaria y básica al servicio de la supervivencia, y presente, por tanto, en aquellas situaciones en que tal supervivencia, y la seguridad mínima en la que se sustenta, se viesen amenazadas.

Y esto debe ponernos a salvo de la descalificación del miedo, considerándolo no sólo inútil y negativo, sino incluso pasión vil y vergonzosa. Quienes así piensan (desde Platón a Descartes), lo hacen porque identifican sin más (de forma tan ligera como gratuita) el miedo con la cobardía. Esto resulta obvio en el caso del filósofo francés: «el miedo o terror –escribe Descartes–, lo contrario de la audacia, no es sólo una frialdad, sino también una turbación y un pasmo del alma que le quita la fuerza para resistir a los males que presiente próximos (...) me parece –continúa Descartes– que nunca puede ser loable y útil; no se trata de una pasión particular, sino sólo de un exceso de cobardía, de pasmo y de temor siempre vicioso.» También Espinosa considera que se trata de pasión innoble, ya que, por una parte, jamás es bueno en sí mismo, puesto que (al igual que la esperanza), no puede darse sin tristeza; y, por otra, porque «el miedo nace de la impotencia del ánimo, y no pertenece, por tanto, al uso de la razón».

Sin duda, el miedo es una emoción negativa; negativa sólo en el sentido de desagradable (y si afecta a una importante masa de gente, enormemente peligrosa también). Si eso es lo que quiere decir Espinosa al afirmar que «no puede darse sin tristeza», no hay nada que decir (aunque yo no estoy muy seguro de que en verdad pueda decirse que la tristeza sea compañera no ya permanente, sino ni siquiera habitual del miedo, aunque, como hemos tenido ocasión de ver, no es Espinosa el único en relacionar ambos estados de ánimo). Ocasionalmente, sin embargo, resulta agradable, pero sólo con la condición de que nosotros mismos hayamos buscado deliberadamente los estímulos capaces de desencadenarlo (en el cine, en la literatura, &c.) y siempre que tengamos la certeza de que a ningún peligro real nos enfrentamos. En cuanto a lo de que «nace de la impotencia del ánimo», supongo que se trata (como en Descartes) de una identificación del miedo con la cobardía. Pero esto es sencillamente falso. Es erróneo (como hemos visto) que el miedo no sea de utilidad alguna, y es erróneo también que el miedo sea «un exceso de cobardía» (afirmaciones ambas sostenidas por Descartes). Sin duda que los cobardes sienten miedo, pero también los valientes. No se es valiente por no tener miedo (quien nunca ha tenido miedo es un imbécil), sino por ser capaz de superarlo. Y, por lo mismo, no se es cobarde por tener miedo, sino por ser incapaz de sobreponerse a él. No se olvide, por lo demás, que en ocasiones el miedo puede llegar a paralizarnos, pero otras, por el contrario, puede tener el efecto contrario, generando un comportamiento audaz y hasta temerario: no pocos heroísmos han nacido de grandes temores. Como señala Montaigne: «El máximo poder del miedo se demuestra cuando nos impele a la valentía que había sustraído a nuestro deber y honor.»

No son esos, sin embargo (parálisis o audacia) los únicos efectos que puede provocar el miedo. El componente expresivo de esta emoción (detenidamente estudiado por Darwin) es riquísimo, mas también lo son las manifestaciones neurovegetativas de la misma: sudoración, temblores, taquicardia, diarrea, necesidad de orinar, piloerección, &c. Y, por supuesto, angustia y ansiedad. Incluso es cierto que se puede llegar a morir de miedo.

Pero no son menos interesantes aquellos fenómenos psicológicos generados por él. Y no está de más insistir en ello toda vez que con frecuencia son secuestrados, como prueba irrefutable de fenómenos paranormales, por los cultivadores de esa pléyade de falsas ciencias, a las que a veces se da en denominar «ciencias ocultas». Se trata de fenómenos que tienen de paranormal lo mismo que un corte de digestión. En efecto, vivencias tales como sentimientos de desrealización o despersonalización, estados crepusculares, visión de túnel, sensación de presencia, y tantos otros, frecuentes en determinados trastornos mentales, pueden ser también generados, en un individuo enteramente normal, por un miedo intenso. A veces es suficiente incluso con el miedo a que sucedan para que sucedan. O lo que es lo mismo, que tal vez el peor de los miedos es el miedo a tener miedo. La observación hecha por Montaigne vuelve a ser aquí del todo pertinente, cuando afirma que: «La cosa de que tengo más miedo es el miedo, porque supera en poder a todo lo demás.»

 

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