Nódulo materialistaSeparata de la revista El Catoblepas • ISSN 1579-3974
publicada por Nódulo Materialista • nodulo.org


 

El Catoblepas, número 17, julio 2003
  El Catoblepasnúmero 17 • julio 2003 • página 17
Artículos

El Proceso de Franz Kafka como anticipación

Felicísimo Valbuena de la Fuente

Anticipaciones sobre el mundo que conforman
los medios de comunicación en El Proceso de Franz Kafka

1. Introducción

He escogido El Proceso, de Franz Kafka porque a) se adelantó a situaciones que suceden frecuentemente en nuestro mundo actual y b) podemos interpretar esta obra desde categorías de la Información y de la Comunicación.

Como ha sido mi norma en artículos anteriores sobre otros autores (Valbuena, 1999 y 2000), he decidido no leer estudios sobre Kafka para escribir este artículo. Mi proceder ha sido partir del plano oblicuo de la Literatura y llegar al plano recto de la Teoría General de la Información. Para dialogar con otras interpretaciones políticas, religiosas, sociológicas, literarias... sobre esta obra de Kafka, hemos de contar con nuestra propia explicación. Para que haya interdisciplinaridad, primero tiene que haber disciplinas. De lo contrario, nos encontramos en una noche hegeliana, en que todos los gatos son pardos.

Joseph K., protagonista de esta obra, es un personaje apasionado por buscar información que le lleve a interpretar lo que le está pasando. El personaje de Kafka se nos queda también grabado como alguien que no se dedica a juegos psicológicos, a eludir la responsabilidad, sino que toma su vida en sus manos y está dispuesto a averiguar la verdad aunque le cueste la vida. Como veremos, su mayor grandeza está en su independencia; su mayor debililidad, en que no sabe establecer relaciones duraderas para colaborar con otras personas.

2) Lo que le puede ocurrir a cualquier persona que vive inmersa en el ambiente de los medios de comunicación

El Primer Capítulo –Arresto. Conversación con la Señora Grubach. Después, la Señorita Bürstner– comienza así:

«Alguien debió de haber calumniado a Josef K., puesto que, sin haber hecho nada malo, fueron a arrestarlo una mañana. La cocinera de la señora Grubach (su patrona), que cada día le traía el desayuno hacia las ocho de la mañana, no vino esta vez. Era algo que jamás había ocurrido y esperó aún un momento; desde su almohada veía a la anciana que vivía en la casa de enfrente y que observaba con una curiosidad nada habitual en ella; luego, sin embargo, desconcertado y hambriento a la vez, tocó el timbre. Acto seguido llamaron a la puerta, y un hombre a quien jamás había visto en la casa entró en su habitación.» (página 65.)

Kafka presenta algunos de los efectos de esa posible calumnia. El arresto conlleva que los vecinos le tomen por sospechoso. Al principio, es una anciana que se ha vuelto curiosa. Más adelante, y mientras habla con el inspector, K. advierte que en la ventana de enfrente se ha formado un grupo. «¡Qué gente tan entrometida y desconsiderada!», dijo K. Su patrona, la señora Grubach y la Sra. Bürnster, compañera de pensión, tampoco muestran una gran disposición para responder por él. En el Banco, el subdirector puede aprovechar la situación de K. para malmeter contra él.

Los efectos de una calumnia interesaron tanto a William Wyler, que llevó al cine dos veces –Esos tres (1936) y La calumnia (1962)– la obra de teatro The children's hour, de Lillian Hellman. Kafka va más allá de la calumnia, que tiene un radio limitado a un grupo o a una organización. Nos presenta la indefensión que un particular puede sentir ante los medios de comunicación. ¿Qué puede hacer un ciudadano ante una información equivocada sobre su persona o sobre su familia, que difunde un periódico de gran tirada o un programa de televisión? Acudir a los tribunales para dirimir un asunto de honor, de imagen pública, puede retrasar el veredicto varios años; para entonces, el asunto puede haber perdido toda actualidad. Mientras tanto, también, esa televisión ha podido encontrar otras maneras de horadar la fama de ese ciudadano. Y no digamos si esa televisión forma parte de un conglomerado económico. Kafka presenta esta indefensión distinguiendo entre arresto y acusación.

Cuando Joseph K. pide explicaciones al Inspector, éste le contesta:

«Usted está sólo arrestado, nada más. Yo tenía que comunicárselo, lo he hecho y he visto también cómo se lo ha tomado. Ya es bastante por hoy, y podemos despedirnos, aunque sólo sea transitoriamente. Puede que quiera ir al banco... «¿Cómo puedo ir al banco si estoy detenido?». «Vaya», dijo el inspector, ya desde la puerta, «usted no me ha entendido. Está arrestado, claro, pero eso no debe impedir que ejerza su profesión. Tampoco debe alterar su vida normal». «Entonces, no es tan grave eso de estar arrestado«, dijo K,, acercándose al inspector. «No he dicho nunca que lo fuese.» (pág. 74.)

Para facilitarle más las cosas, ha mandado venir a tres empleados de su Banco; así la llegada a su trabajo pasará lo más inadvertida posible.

¿Qué quiere decir estar arrestado, pero no acusado? James Danowski distingue entre incertidumbre específica e incertidumbre difusa. La específica surge en situaciones definidas con precisión o versa sobre asuntos concretos. La difusa tiene lugar, sobre todo, en las emociones de las personas (Danowski, 1976, 4). K. está pasando por una incertidumbre difusa, no específica.

Como ejemplo de incertidumbre específica, podemos acudir a la película Ausencia de malicia (1981), de Sidney Pollack. Michael Gallagher (Paul Newman) se encuentra muy afectado en su vida personal y profesional por una información que ha publicado una periodista en la que se le vinculaba con la desaparición del líder sindical Joseph Díaz, presidente del Sindicato Local de Estibadores de Miami. Como Joseph K., Gallagher toma personalmente las riendas de su drama y logra que, al final, el sistema legal funcione. La gran diferencia entre K. y Gallagher es que éste sabe quién ha escrito el artículo, la periodista Megan Carter. Ella le dice: «Gallagher, si resulta que es inocente también lo escribiré». «¿En qué página?. Cuando se dice que una persona es culpable, todo el mundo lo cree; cuando se dice que es inocente, a nadie le importa.», responde Gallagher.

Una película en la que el personaje se encuentra en una incertidumbre difusa es 36 horas (1964), de George Seaton, basada en una historia de Roal Dahl, ¡Cuidado con el perro! El protagonista es un agente secreto británico al que la Gestapo rapta en Lisboa. Cuando despierta, le quieren hacer creer que está en Inglaterra y que la guerra ha acabado. Así esperan extraerle información. Poco a poco, él va advirtiendo inconsistencias y llega a darse cuenta de la situación. El show de Truman (1998) lleva mucho más allá esta posibilidad. Si Joseph K. hubiera estado en el lugar de Truman, habría sospechado desde el principio, puesto que el personaje de Kafka sabe captar muy bien las claves no verbales. K. vive una situación en la que no sabe ni quién ni de qué se le acusa. Por tanto, su caso es mucho más difícil. Simplemente, resulta sospechoso. Cuando K. pide consejo a la señorita Bürnster, ella le contesta: «Sí, pero si tengo que actuar como consejera, necesito saber de qué se trata.» «Ahí está lo malo, que no yo mismo lo sé.» K. tiene que andar, por ahora, completamente sólo por su laberinto. La teoría de la espiral del silencio, de Elisabeth Noëlle-Neuman, tiene su lugar aquí.

3) El elemento lúdico de los medios: la broma como posibilidad

K. podría haberse venido abajo y deprimirse ante la falta de información, pero él decide iluminar con su razón el desconcierto que le envuelve. Como está convencido de que no ha cometido delito alguno y de que vive en un Estado de Derecho, se le ocurre pensar que todo es una broma. La información que recoge le sirve para formular una hipótesis que luego quiere verificar.

Hay películas que tratan precisamente sobre este asunto de la broma como posibilidad. Roger Thornhill, el protagonista de Con la muerte en los talones (North by Northwest) (1958), de Alfred Hitchcock, piensa que su secuestro es una broma y continúa pensando y hablando así hasta que comprueba que el secuestro puede llevarle a una muerte segura. El mismo Alfred Hitchcock presentó la historia Feliz Aniversario, sobre las consecuencias de una broma, en su espacio de televisión. El protagonista no piensa en la broma como posibilidad y, al final, muere por los sustos y sufrimientos a que los bromistas le han sometido. David Fincher, en The Game (1997), ha convertido la idea de ese episodio en toda una película. Mi compañero (y sin embargo, amigo) Fernando Huertas, en El elegido (1985), introdujo la idea del concurso de televisión como marco para someter a la víctima a muy diversos lances.

Ha habido desenlaces muy dramáticos de algunas de las bromas de los medios. En un documental titulado Talk-shows, morbo en directo, sus autores nos informan que la estructura de un talk-show era la siguiente: los productores buscaban a personas que sirviesen como ganchos para llevar a conocidos o amigos al programa y, ya en él, daban un cambio y lograban que un invitado-bromista arrancase risas entre el público a costa del invitado-víctima. En una ocasión, el blanco-víctima mató al día siguiente al invitado-bromista, porque no soportó ni el engaño ni el ridículo a los que le habían sometido en televisión. Cuando el abogado defensor del homicida sometió a la presentadora a un contrainterrogatorio, quedó de manifiesto que la mentira era el arma habitual de tratar a los concursantes.

El gran mérito de K., como de Robert Thornhill, es su habilidad para captar desde el principio lo que a otros personajes menos perspicaces les lleva a una cadena interminable de sufrimientos.

4. La info-diversión. Espectáculo y banalización

Le citan un domingo por la mañana para el Primer interrogatorio (Capítulo segundo) y, después de las dificultades típicas que se encuentran los personajes de Kafka para llegar a los lugares, K. entra, por fin, en el lugar donde le va a interrogar el juez.

«K. creyó entrar en una asamblea. Una aglomeración formada por gente de la más diversa índole –nadie se ocupó del recién llegado– llenaba una habitación de tamaño mediano, con dos ventanas, circundada por una galería muy próxima al techo, e igualmente ocupada en su totalidad; (...) resultó que, en medio de aquel hormiguero excitado, quedaba un estrecho paso que, tal vez, dividía a dos bandos opuestos; también parecía confirmarlo el hecho de que K. no viese, ni a derecha ni a izquierda, apenas un rostro vuelto hacia él, sólo veía las espaldas de gente que dirigía sus discursos y movimientos a otra gente de su bando. En el otro extremo de la sala, adonde K. era conducido, había una tarima muy baja e igualmente repleta.» (págs. 90-91.)

El juez empieza diciéndole que debía haber llegado una hora y cinco minutos. En lugar de pedir disculpas o de justificar su retraso porque no le habían comunicado la hora, K. vuelve a comportarse igual que cuando se vio sorprendido en el cuarto de su pensión. Se fija en la audiencia que le rodea y adopta la estrategia de pronunciar un discurso para convencer, lo que la Retórica clásica entendía por «discurso deliberativo».

«K. estaba decidido a observar, más que a hablar. De ahí que renunciara a defenderse por su supuesto retraso y se limitara a decir: "Aunque tarde, estoy aquí." Siguió un estallido de aplausos procedente también de la mitad derecha de la sala. Es fácil ganarse a esta gente, pensó K. y sólo se sintió molesto por el silencio de la mitad izquierda de la sala, que quedaba justamente tras él y de la que no habían salido más que unos pocos aplausos. Pensó qué podía decir para ganárselos a todos a la vez o, si esto no era posible, ganar se al menos temporalmente a los otros... "Bien", dijo el juez de instrucción, hojeó el cuaderno y, en tono de afirmación, se dirigió, a K.: "Así que es usted pintor de brocha gorda." "No", dijo K., "soy el primer apoderado de un gran banco." Esta respuesta provocó en el bando de la derecha una carcajada tan cordial que K. también tuvo que reírse. La gente se ponía las manos en las rodillas y se balanceaban como si tuviesen un fuerte acceso de tos. Se reían incluso algunos de la galería. El juez de instrucción, muy indignado y seguramente impotente frente a la gente de abajo, de un salto, los amenazó y sus cejas, que nada tenían de especial, se le erizaron, grandes y negras, sobre los ojos.» (pág. 92.)

Al principio de la novela, hemos leído que había un arresto sin acusación. Ahora, lo que parecía un interrogatorio, en realidad no lo es; la única pregunta indirecta que le hace el juez es equivocada. Esto provoca una reacción de risa en una parte del auditorio. La estrategia de K. parece que no se ajusta a la audiencia. Las palabras del juez de instrucción cambian enteramente el clima que K. había empezado a detectar. Decía Mack Sennett, el director de tantas películas cómicas en los comienzos del cine, que él siempre accionaba dos mecanismos para lograr humor: la confusión de identidad y el rebajamiento de la dignidad humana. Son exactamente los dos que pone en marcha el juez. A partir de ese momento, K. habla ante un auditorio que no está para decidir sobre la culpabilidad o la inocencia, sino para reírse. Un escenario que hace recordar al de muchos programas de diversión en las televisiones del mundo actual. Cuando el gran problema es averiguar por qué K. es acusado y cuando los asistentes pueden aprender de la experiencia por la que él está pasando, el juez se comporta como un regidor que banaliza los contenidos de un programa. Si se enfada, es porque comprueba que el público no se atiene estrictamente al guión.

«Sin embargo, la mitad izquierda de la sala seguía muda. La gente formaba hileras y todas las caras se orientaban hacia la tarima, atentas a las palabras que allí se intercambiaban y también al alboroto del otro bando; toleraban incluso que algunos miembros aislados de sus filas hiciesen causa común con los del otro bando. Posiblemente los del bando izquierdo, que por otra parte eran menos numerosos, debían de ser, en el fondo, tan poco importantes como los del bando derecho, aunque la calma de su comportamiento les hacía parecer más importantes. Cuando K. tomó ahora la palabra, lo hizo convencido de representarlos a ellos... "Su pregunta, señor juez de instrucción, sobre si soy pintor de brocha gorda –mejor dicho, usted no me lo ha preguntado siquiera, sino que me lo ha lanzado en pleno rostro– es característica de toda la forma de llevar el proceso instruido contra mí..." K. se interrumpió y miró hacia abajo, a la gente de la sala. Lo que había dicho era fuerte, más fuerte de lo que se proponía, pero sin duda era cierto. Parecía merecer los aplausos de uno u otro bando, pero esta vez se calló todo el mundo. Seguramente esperaban con interés lo que iba a seguir, tal vez se preparaba en silencio una erupción que pondría fin a todo... Los rostros de la gente de la primera fila se dirigían a K. con tanta expectación, que él los examinó desde arriba unos instantes. Todos eran ancianos, algunos de barba blanca. ¿Eran tal vez quienes decidían, quienes podían influir en toda la asamblea, que tampoco se dejó arrancar de su actitud impasible por la humillación en que había caído el juez de instrucción después del discurso de K.?... Aquí hablo en su nombre y no sólo en el mío.» Involuntariamente había ido elevando el tono de voz. En alguna parte alguien aplaudió con las dos manos levantadas y grito: "¡Bravo! ¿Por qué no? ¡Bravo!" Algunos de los que estaban en la primera fila se tiraban de la barba, pero la proclama no hizo volverse a nadie. Tampoco K. le daba valor alguno, pero no por ello dejaba de sentirse estimulado; ya no necesitaba en absoluto que todos le aplaudiesen, bastaba con que todo el mundo empezase a meditar sobre el asunto y con que, de vez en cuando, se ganase a alguno de ellos por medio de la persuasión.» (págs. 92-94.)

Si cuando el juez interviene la primera vez, establece el clima de la sala, durante su segunda intervención K. se da cuenta de la trampa del interrogatorio. Capta las señales que el juez hace para manipular a la audiencia. ¿No hacen lo mismo los regidores y los conductores de programas de televisión cuando quieren elevar la temperatura emocional y acabar inclinando a la audiencia hacia una determinada posición? El célebre Geraldo Rivera y sus imitadores en las televisiones de muchos países hacen lo mismo que este juez. K. denuncia esta descarada manipulación.

«Cuando, al llegar a este punto, K. se interrumpió y miró al silencioso juez de instrucción, creyó advertir que éste estaba precisamente haciendo una seña con la vista a alguien que se hallaba entre la multitud. K. sonrió y dijo: "Ahora mismo, junto a mí, el señor juez de instrucción está haciendo a alguno una seña secreta. O sea que, entre ustedes, hay gente dirigida desde aquí arriba. No sé si esta seña estaba destinada a provocar aplausos o silbidos, y, puesto que la he descubierto prematuramente, tengo plena conciencia de que con ello renuncio a comprender el significado de la señal. Esto es para mí del todo indiferente, y concedo al señor Juez de instrucción plenos poderes para dar órdenes a los empleados a sueldo que tiene ahí abajo y para que no lo haga con señales secretas, sino con palabras bien claras; que diga unas veces ¡silbad! y otras veces ¡aplaudid!".» (págs. 95-96.)

Nosotros podemos interpretar, con el paso de casi ochenta años, toda la fuerza de la denuncia de Joseph K. Sobre todo, porque en la corrupción participan funcionarios muy diversos y que convierten a la organización en una masa viscosa, que invade la sociedad. Como si los trabajadores de una empresa informativa y de una tabacalera cobrasen de un mismo fondo. ¿Qué independencia podrían tener los primeros?

En El dilema (The insider) (1998), de Daniel Mann, cuando parece que el físico Jeffrey Wigand (Russell Crowe) ha conseguido el apoyo de la CBS para denunciar en un reportaje los engaños de las compañías tabacaleras, los directivos de esa televisión se encuentran con que una de las compañías sobre las que va a versar el reportaje puede lanzar una OPA y apoderarse de ella. El dilema-denuncia que plantea Lowell Bergman (Al Pacino), productor del programa 60 Minutos, de Mike Wallace, es si la CBS va a atenerse a valores periodísticos o económicos para decidir la emisión del reportaje.

«Lowell.– Vamos a ver, ¿desde cuando el parangón del periodismo de investigación consiente que los abogados decidan el contenido informativo de 60 minutos?... ¿Qué eres? ¿Un hombre de negocios o un informador?»

«Inmediatamente se calló todo el mundo, tanto era el dominio que ya tenía K. sobre la asamblea. Ya no se gritaban los unos a los otros como al principio, ni siquiera se atrevían a aplaudir, pero todos parecían convencidos, o a punto de estarlo. "No cabe duda", dijo K. en voz muy baja, porque le satisfacía la viva atención de toda la asamblea, y en medio de aquel silencio iba surgiendo un rumor más excitante que los aplausos más arrebatados, "no cabe duda de que, tras las manifestaciones de este tribunal y, en mi caso, después del arresto y del interrogatorio de hoy, se esconde una gran organización. Una organización que no sólo da trabajo a unos guardianes corruptos, a unos inspectores necios y petulantes y a unos jueces de instrucción cuya mejor cualidad es la de ser mediocres, sino que, además, mantiene a una magistratura de grados superiores y supremos, con toda la caterva inevitable y sin número de ordenanzas, escribientes, gendarmes y otros servicios auxiliares, probablemente incluso verdugos (no me asusta la palabra). ¿Y qué sentido tiene, señores, esta gran organización? Consiste en arrestar a personas inocentes y en instruir contra ellas un proceso absurdo y, como en mi caso siempre sin resultado. Teniendo en cuenta la insensatez de todo esto, ¿cómo evitar la peor de las corrupciones en el cuerpo de funcionarios?"» (pág. 96.)

Cuando K. está convencido de que va a persuadir a su auditorio, un estrépito interrumpe su discurso. Una pareja está distrayendo a los oyentes con sus movimientos eróticos. Parece que ha sido el juez quien ha hecho entrar en acción a la pareja, siguiendo el consejo del asesor que le está musitando al oído. Me inclino por pensar en esta posibilidad, sobre todo si tenemos en cuenta lo que va a ocurrir en el Capítulo tercero. Con lo cual, tendríamos una nueva manipulación del juez para banalizar la denuncia y el compromiso moral de K. Éste decide acabar con esa interrupción y se encamina hacia donde está la pareja. Lo que le sorprende más no es lo que está haciendo la pareja, sino la actitud de parte del auditorio. Repara en las insignias y reconoce que se había equivocado al juzgar muy positivamente la racionalidad de sus oyentes. K. reconoce por símbolos (insignias), según la terminología Aristóteles, y emplea el canon de las concordancias de John Stuart Mill (los bandos de la derecha, de la izquierda y el juez las llevan).

«Y se vio enfrentado cara a cara con la multitud. ¿Era correcto su juicio sobre aquella gente? ¿Se había hecho excesivas ilusiones sobre los efectos de su discurso? ¿Habían estado simulando mientras él habló y, ahora que había llegado a las conclusiones, se habían hartado de simular? ¡Qué caras veía a su alrededor! Unos ojuelos negros, minúsculos, que se movían inquietos de un lado a otro; unas mejillas colgantes, como de alcohólicos; unas barbas largas, de pelos erizados y ralos y tiraban de ellas como con garras en el vacío, no como si se tratara de barbas. Debajo de las barbas –y éste fue el verdadero descubrimiento que hizo K.– relucían insignias de colores diversos, prendidas en las solapas. Por lo visto todos llevaban insignias. Todos formaban un único grupo tanto los del bando de la derecha como los de la izquierda, aparentemente opuestos, y, cuando se volvió de pronto, vio la misma insignia en la solapa del juez de instrucción, el cual, con las manos en el regazo, miraba tranquilamente a su alrededor. "Ah, muy bien", exclamó K., y levantó los brazos, porque aquel súbito descubrimiento necesitaba espacio, "veo que todos sois funcionarios, sois esa pandilla de gente corrompida contra la cual he hablado, habéis aparentado que formabais bandos opuestos, y uno de los bandos aplaudía para ponerme a prueba. ¡Queríais aprender la forma de engañar a un inocente! Muy bien, no ha sido inútil vuestra venida, os habrá divertido el hecho de que alguien esperase de vosotros la defensa de la inocencia, o acaso... ¡Suéltame o te doy un tortazo!", gritó K., dirigiéndose a un anciano tembloroso que se le había acercado «o acaso habéis aprendido realmente algo. Si es así, que os aproveche para vuestro trabajo». Tomó velozmente su sombrero, que estaba al borde de la mesa, y, en medio del silencio general (un silencio producido en todo caso por la más completa sorpresa), se abrió paso hacia la salida. Pero al parecer el juez de instrucción fue más rápido que K., porque lo esperaba en la puerta.» (pág. 98.)

5) Búsqueda individual / busca colectiva del sentido

Hemos visto que Joseph se ha enfrentado en varias ocasiones a personas concretas y a grupos. Está dispuesto a luchar contra las injusticias y las manipulaciones. En el Capítulo Primero, él quiere encontrar el sentido de lo que le está ocurriendo. En su diálogo con los guardianes, él asunto acaba por centrarse en el significado de la palabra «ley».

«No hay errores. Los que nos mandan, por lo visto hasta ahora (y sólo conozco los grados inferiores) no tratan, por así decirlo, de localizar la culpabilidad entre la población, sino como dice la ley, se sienten llamados por la culpabilidad, y entonces nos llaman a nosotros, los guardianes. Ésta es la ley. ¿Dónde cabría el error?» (pág. 69.)

K. afirma que no conoce esa ley y que sólo existe en la imaginación de los guardianes. Entonces, uno de ellos se dirige al otro: «Mira, Willen, admite que no conoce la ley y afirma, al mismo tiempo, que es inocente.» «Tiene toda la razón, pero no hay forma de que entienda nada», dice el otro.

K. decide no insistir, porque los guardianes hablan de cosas que él no entiende y que la seguridad de ellos sólo es posible gracias a que son estúpidos. Desde luego, no pueden ponerse de acuerdo porque hay una ambigüedad o ruido semántico en el término «ley». K. la entiende como norma escrita; los guardianes, como norma no escrita. Durante el resto de la novela, K. intentará conocer en qué consiste esa norma no escrita.

Las Teoría del control social de la redacción, de Warren Breed, trata precisamente de este asunto, pero aplicado al Periodismo.

Salir de la ambigüedad para buscar un sentido puede ser un trabajo individual o de grupo. En Ausencia de malicia, Gallagher se ofrece a colaborar con uno de los fiscales de Distrito, Quinn, aunque realmente es para enfrentarle con otro fiscal y así lograr que se esclarezca su caso. En El dilema, Jeffrey Wigand admite la ayuda de Lowell Bergman y, al final, también logra salvar su caso, si bien la lucha contra la gran compañía tabacalera acaba disolviendo su matrimonio. K. comienza adoptando una actitud de individualismo total, engreído. Una figura que se le parece es la del sheriff de Río Bravo (1958), de Howard Hawks, que se pasaba toda la película rechazando la ayuda que algunos le ofrecían, aunque realmente los hechos le demostraban que sólo podía salvarse gracias a los demás.

Durante el camino hacia el lugar donde le han citado para el primer interrogatorio, se encuentra con los tres subordinados suyos a los que el inspector había mandado llamar para hacer menos llamativo el arresto de K.

«Los dos primeros se le cruzaron en un tranvía, pero Karniner estaba sentado en la terraza de un café y se asomó curioso a la barandilla al mismo momento en que pasaba K. Los tres debieron de observarle y extrañarse de ver a su superior corriendo; cierto asomo de altivez había impedido a K. tomar un coche. Le repugnaba la ayuda de nadie, incluso la más insignificante, en aquel asunto suyo, y tampoco quería aceptar ninguna intervención ni poner a nadie en antecedentes, aunque fuese de un modo muy vago. Finalmente, tampoco tenía el menor deseo de rebajarse ante la comisión instructora con una puntualidad excesiva. De todos modos, iba corriendo para llegar, dentro de lo posible, alrededor de las nueve, aunque ni siquiera estaba citado a una hora determinada.» (pág. 87.)

En el Capítulo Séptimo, él ha decidido cambiar. No porque se adapte a las normas de un sistema inicuo, como hace el comerciante Brock, por ejemplo, sino porque piensa que, de alguna manera, puede vencer al sistema. Aprovechará la ayuda de los demás, pero siempre que él la dirija. Su seguridad en sí mismo es ilimitada, pero no advertimos que quiera formar un grupo para cambiar las cosas, como han hecho siempre los innovadores. Por falta de espacio, no me puedo ocupar de las relaciones de K. con los demás. Desde luego, son manifiestamente mejorables.

«Si era cierto que los jueces se podían manejar tan fácilmente a base de relaciones personales, como lo había expuesto el abogado, entonces tenían una gran importancia las relaciones del pintor con aquellos vanidosos jueces y en modo alguno había que menospreciarlas. En este caso, el pintor encajaba muy bien dentro del círculo de protectores que iba reuniendo progresivamente en torno a sí. Una vez, en el banco, elogiaron su talento organizativo; ahora que estaba completamente abandonado a su propio esfuerzo, tenía una buena ocasión para poner a prueba dicho talento hasta donde diera de sí.» (pág. 172.)

6) Los enlaces de K. y las Relaciones Públicas

A pesar del individualismo de K., hay personajes que quieren ayudar a K. a salir de su laberinto. Sobre todo, cuatro mujeres –la señorita Bürstner, la lavandera, una muchacha sin nombre y la enfermera Leni–, y siete hombres –el ordenanza (marido de la lavandera), el tío Albert, el abogado Huld, el fabricante, el comerciante Block, el pintor Tintorelli y el sacerdote–. Son sus enlaces, es decir, aquellas personas que conscientemente contribuyen a que K. logre sus objetivos (a diferencia de los «comodines», que ayudan sin quererlo), según los roles que examinó Stephen Karpman. Examinaré cuáles de estos enlaces desarrollan funciones de Relaciones Públicas y qué modelos subyacentes emplean.

A la semana del primer interrogatorio, K. vuelve a la sala de Justicia (Capítulo tercero). Después de examinar diversas dependencias, el ambiente se le hace irrespirable. Una muchacha le auxilia y, también, le informa. Lo que más nos interesa es que ella le presenta a un personaje al que ahora llamaríamos Director de Comunicación, Jefe del Gabinete de Prensa o Responsable de Relaciones Públicas. Podemos llegar a suponer que le falta mucho para ser un gran profesional porque no han sido sus méritos los que le han llevado al puesto, sino sus conexiones con la estructura de poder. Kafka nos hace ver que la muchacha sí es una gran profesional, porque sabe cómo debería comportarse el hombre para ajustarse al puesto.

«Este señor es encargado de información. Da a los clientes que esperan todas las informaciones que necesitan, y, como nuestro tribunal no es muy conocido entre la población, son muchas las informaciones solicitadas. No deja ni una sola pregunta sin respuesta; si alguna vez tiene ganas, puede ponerle a prueba. Pero no es ésta su única ventaja; la segunda ventaja que tiene es la elegancia de su atuendo. Nosotros, es decir los funcionarios, llegamos a la conclusión de que el encargado de información, que es siempre el primero que trata con las partes interesadas, tenía que vestir elegantemente, para que la primera impresión fuese favorable. Como usted verá, los demás vestimos, por desgracia, muy mal y con ropas pasadas de moda. Tampoco tiene mucho sentido gastar dinero en ropa, porque estamos constantemente en las oficinas, e incluso dormimos en ellas. Pero, como le he dicho, consideramos necesario que el encargado de información llevase trajes bonitos. Sin embargo, como nuestra administración, que en este aspecto es un poco rara, no se mostró asequible, hicimos una colecta –también los clientes contribuyeron– y le compramos este hermoso traje y otros que tiene. Todo estaría, pues, perfectamente preparado para producir una buena impresión, pero él lo estropea con sus risas y asusta a la gente.» (págs. 114-115.)

J. Grunig ha categorizado los cuatro modelos subyacentes en las Relaciones Públicas: agencia de prensa, información pública, Relaciones Públicas y modelo bidireccional y asimétrico (Valbuena, 1997, 243-244). El «señor encargado de la información» se atiene al modelo de información pública, que suelen emplear las burocracias gubernamentales. Quieren diseminar información y lo hacen a través de medios que controlan y con comunicados de prensa.

Leni, la enfermera del abogado Huld, también quiere facilitarle las cosas. Aunque Kafka no describe detalladamente a Joseph K. es fácil deducir que su figura y sus ademanes atraen a las mujeres y él quiere corresponder. En su película El proceso (1962), Orson Welles crea una escena que no está en el libro, precisamente para acentuar la sensualidad y sexualidad del personaje. La atracción de los dos personajes es mutua, como ya había ocurrido con la lavandera. Al final, ella le dice: «Aquí tienes la llave de la casa, ven cuando quieras.» Además de ofrecerse como amante, Leni hace de guía de K. por la casa del abogado y le descubre la imagen externa que los jueces quieren proyectar. La muchacha que le informó sobre el encargado de las Relaciones Públicas, se centró en la vestimenta. Ahora, Kafka da un paso más. Se fija en la imagen permanente de los jueces, en los cuadros. Claramente distingue entre lo que ahora llamamos «imagen real» o «efectiva» y la «imagen intencional o proyectada» y la gran distancia que hay entre ambas. Desde Kafka hasta ahora, cada Institución y Empresa se ha visto obligada a encargar que le pinten sus propios cuadros. También en éste, como en otros asuntos, Kafka prefigura simbólicamente lo que luego ha sido el gran peligro de las Relaciones Públicas y de la Publicidad en el siglo XX. El falseamiento de la realidad al servicio de quien paga ha llegado a alarmar a muchos sectores de la sociedad.

Si estrechamos nuestro campo de observación al de la Justicia, de jueces tan vanidosos, tan preocupados por su imagen, puede esperarse cualquier cosa, prevaricaciones y luchas internas incluidas. Según ha ido formándose la relación simbiótica entre periodistas y jueces, los ciudadanos han advertido el hiato tan grande que hay entre la imagen intencional y la imagen efectiva, sobre todo en los países en los que los jueces son funcionarios de por vida y no se presentan a elecciones. En el Capítulo séptimo, Kafka nos mostrará cómo la distribución y venta de cuadros es una operación planificada, un mecanismo de propaganda de los jueces. Abramos los periódicos de cualquier país europeo y comprobaremos que las asociaciones de jueces y fiscales se cuentan entre las que más declaraciones públicas ofrecen. Intentan proyectar una imagen excelente sobre sus actividades, aunque las encuestas de opinión los sitúen entre las profesiones sobre las que los ciudadanos tienen un parecer mucho menos excelente. En la película Falcone (1999), comprobamos que la mejor imagen que pueden ofrecer los jueces es la de sus acciones valientes, aunque también hay jueces que luchan contra esa excelente imagen.

«"Puede que sea mi juez", dijo K., y señaló el cuadro con un dedo. "Lo conozco", dijo Leni, que también se puso a mirar el cuadro, "viene a menudo por aquí". El cuadro es de cuando era joven, pero nunca puede haberse parecido a él, porque es una persona de tan baja estatura que parece un enano. Sin embargo, en la pintura, se ha hecho representar de cuerpo entero, porque es de una vanidad absurda, como toda la gente de aquí... "Los altos funcionarios se esconden. Sin embargo éste está sentado en un trono." "Todo es invención", dijo Leni con la cara inclinada sobre la mano de K., "en realidad está sentado en una silla de cocina con una vieja manta de caballo cubriendo el respaldo y el asiento".» (págs. 140-141.)

En el Capítulo Séptimo –Abogado. Fabricante. Pintor– un comerciante que visita a K. en el Banco se entera de sus problemas y decide ayudarle. Le habla sobre Tintorelli, un pintor que puede informarle sobre el cómo funcionan los tribunales. K. le visita y deduce que él es el autor del cuadro que le mostró Leni sobre un juez de instrucción. Tintorelli hace propaganda de los jueces y pasa a los clientes la información que adquiere en sus conversaciones con los jueces. Claro está que esta transmisión no es gratuita, como luego veremos.

«"Yo me atengo a lo que me han encargado", dijo el pintor. "Sí, claro", dijo K., que no había querido herir a nadie con su observación. "Usted ha pintado la figura tal como la ha visto realmente en el trono." "No", dijo el pintor, "ni he visto la figura ni he visto el trono, todo es invención, pero se me indicó lo que tenía que pintar." "¿Cómo?", preguntó K., actuando adrede corno si no entendiera del todo al pintor. "No hay duda de que es un juez ocupando su sitial." "Sí", dijo el pintor, "pero no es un juez importante ni ha ocupado jamás un trono como éste." "¿Y se hace pintar no obstante en tan solemne actitud? Está sentado ahí como si fuese el presidente de un tribunal." "Sí, estos señores son vanidosos", dijo el pintor. "Pero tienen permiso de sus superiores para hacerse pintar así. A cada uno de ellos se le prescribe con toda exactitud cómo puede hacerse pintar."» (pág. 169.)

Grunig encuadraría al pintor en el modelo de agencia de prensa, según el cual lo importante es que el nombre del cliente aparezca ante el público más amplio posible, sobre todo a través de los medios de comunicación. No se trata de transmitir la verdad sino de hacer propaganda.

7) El tráfico de influencias o «lobby» no regulado

En el Capítulo Tercero, la mujer que había interrumpido junto con un estudiante el discurso de K., y que trabaja como lavandera, se siente atraída por los «bonitos ojos negros» de K. y se ofrece para ayudarle. Después de informarle cómo funciona el sistema de Justicia, le va revelando poco a poco sus relaciones con el estudiante y con el juez. El estudiante es ayudante del juez y ella piensa que puede llegar a tener una influencia mayor. El juez de instrucción le envía para que le lleve a la mujer. En resumen, la mujer está dispuesta a ayudar a K., ofreciéndose sexualmente al juez. A cambio, esto es lo que quiere:

«Tengo que ir con él, con este hombre abominable; mire sus pernas torcidas. Pero vuelvo en seguida, y luego me iré con usted, si me acepta. Iré a donde usted quiera, podrá usted hacer conmigo lo que quiera, me sentiré feliz si puedo estar lejos de aquí el mayor tiempo posible, y mejor que fuese para siempre.» (pág. 104.)

Lo que realmente está ofreciéndole la mujer es que ella puede actuar como «lobby», porque los jueces tienen más afición al sexo que a la justicia, como K. puede comprobar cuando examina los libros que hay sobre la mesa.

«K. abrió el primer libro del montón y apareció un grabado indecente. Un hombre y una mujer estaban sentados, desnudos, en un canapé; la intención sucia del dibujante era perfectamente reconocible, pero su falta de habilidad era tan grande que no se veía, al fin y al cabo, más que un hombre y una mujer que resaltaban con una corporeidad excesiva del resto del grabado; estaban sentados con una rigidez exagerada y, por efecto de un error de perspectiva, les costaba un gran esfuerzo volverse el uno hacia el otro. K. dejó de hojear el libro y se limitó a mirar la portada del segundo; era una novela que llevaba por título: "Lo que Grete tenía que aguantar de su marido Hans." "Vaya códigos los que se estudian aquí", dijo K., "y esta gente es la que tiene que juzgarme". "Yo le ayudaré", dijo la mujer, "¿quiere?" "¿Puede hacerlo realmente sin ponerse en peligro usted misma? Antes ha dicho que su marido dependía mucho de sus superiores." "Le ayudaré a pesar de todo", dijo la mujer, "venga, tenemos que discutir. No me hable más del peligro que corro; sólo temo el peligro cuando quiero temerlo".» (pág. 101.)

A K. también le atrae la mujer. Por eso, siente como una pérdida y como una derrota, que el estudiante se lleve en brazos a la mujer a la habitación del juez. El desconsuelo le dura poco, porque conoce al ordenanza, marido de la mujer, que le cuenta la cadena de sus humillaciones. Ve en K. al único que le puede vengar del estudiante, porque ha demostrado un gran valor delante del juez. A cambio, también está dispuesto a ayudarle.

En el Capítulo sexto –El tío. Leni– su tío Albert quiere ayudarle y lo lleva a casa del abogado Huld. Ahora nos encontramos con la tercera inconsecuencia aparente en la novela de Kafka: En ningún pasaje de la obra presenta al abogado actuando como tal ante un tribunal. Siempre está en su casa, donde le retiene su mal estado de salud. Habla y habla, pero sólo para exponer su estrategia, que se basa en cultivar las relaciones personales con los personajes del mundo de la justicia. Llegamos a concluir que prácticamente no le haría falta defender a K. ante un tribunal, como al «Anciano de la Esquina», de la Baronesa de Orczy o al detective Nero Wolfe, de Rex Todhunter Stout, no les hacía falta moverse físicamente de un lugar para saber quiénes habían cometido los crímenes.

Creo que Orson Welles ha sabido representar muy bien el carácter del abogado Huld, sus actividades y el ambiente. Más que a la abogacía, Huld se dedica a otra cosa, a lo que ahora llamamos «tráfico de influencias». Mientras en otras obras, como en La dama de Sanghai o Sed de mal, Welles adapta el texto a su interpretación particular, en El proceso (1962) sigue fielmente a Kafka, excepto en algunos pequeños detalles, incluyendo entre éstos el desenlace. Puede parecernos histriónica la actuación de Welles –que tanto le gusta y que es una de las marcas distintivas en sus películas–, pero en este caso nos damos cuenta de que algunos traficantes de influencias deben de hablar así, pues han de exagerar la importancia de sus actos porque sólo así pueden cobrar sumas exageradas. Personalmente, me parece que el modelo de actuación en que se inspira Welles es el de Sidney Greenstreet en El halcón maltés (1941), puesto que la manera de hablar que Dashiell Hammett inventó para aquél se parece a la que Kafka escribió para Huld, como podemos comprobar en el siguiente fragmento:

«"Tiene usted que pensar", continuó el abogado como si explicara una cosa obvia y completamente al margen, "tiene usted que pensar que estas relaciones me reportan grandes ventajas de cara a mi clientela, y no en uno sino en muchos aspectos, de los que no siempre se puede hablar. Ahora, naturalmente, a causa de mi enfermedad me encuentro un poco inmovilizado, aunque no dejo de recibir visitas de amigos del tribunal, y ellos me cuentan algunas cosas. Puede que me entere de más cosas que algunos que gozan de perfecta salud y se pasan todo el día en el tribunal. Ahora, por ejemplo, tengo aquí a un amable visitante", y señaló un rincón oscuro de la estancia. "¿Dónde?" preguntó K. casi con grosería en el primer momento de sorpresa. Miró inseguro a su alrededor; la luz de la pequeña vela distaba mucho de iluminar la pared opuesta. Y efectivamente, por aquel lado empezó a moverse algo junto a la esquina. A la luz de la vela, que el tío mantenía ahora en alto, vieron a un anciano caballero sentado junto a una mesita. Seguramente no había ni respirado para pasar inadvertido tanto tiempo. Ahora se levantó ceremoniosamente, al parecer descontento de que hubiesen llamado la atención sobre su persona. Era como si con las manos, que movía como unas aletas, quisiera evitar cualquier presentación, y saludó como si en ningún caso quisiera molestar a los otros con su presencia y como si les pidiera insistentemente que volviesen a dejarlo a oscuras y a olvidarle. Pero ahora ya no podían concedérselo. "Sin duda nos ha dado una sorpresa", dijo el abogado como explicación, e hizo al caballero una seña para alentarlo a que se acercase. Este lo hizo con lentitud, mirando vacilante a su alrededor, pero no sin cierta dignidad. "El señor director de negociado –ah, perdón, no les he presentado–, mi amigo Albert K. y su sobrino el apoderado Josef K., el señor director de negociado. El señor director de negociado ha tenido la amabilidad de ve ir a verme. El valor que tiene semejante visita es algo que sólo un iniciado puede apreciar, alguien que sepa hasta qué punto el señor director de negociado está agobiado de trabajo. Y sin embargo ha venido, hemos conversado apaciblemente, en la medida en que lo permitía mi debilidad. De hecho no habíamos prohibido a Leni abrir la puerta a otras visitas, porque tampoco esperábamos visitas, pero teníamos la intención de permanecer a solas, y entonces fue cuando sonaron tus puñetazos en la puerta, Albert. El señor director de negociado se retiró al rincón con su silla y su mesa, pero ahora resulta que posiblemente, es decir, si aún nos quedan ganas de hacerlo, tenemos que hablar de un asunto que nos afecta a todos, por lo que podemos volver a juntarnos perfectamente. Señor director de negociado", dijo con una inclinación de cabeza y una sonrisa servil, y señaló una butaca próxima a la cama.» (págs. 138-139.)

Ochenta años después de que Kafka escribiera su relato, Ramón Tijeras parece confirmar cos sus hallazgos el panorama que trazó el escritor. En sus libros Abogados de oro: el gran negocio de los bufetes (1997), Las sagas del poder (1998) y Lobbies (2000) ha detallado el funcionamiento de lo que él llama el negocio de la influencia.

En España son los bufetes de abogados los que actúan como despachos de influencias, al estilo de lo que en Estados Unidos se conoce bajo la etiqueta de lobbying, o lo que es lo mismo, la actividad que permite a los especialistas presionar a los funcionarios y a los políticos en lo Congreso, el Senado o el entorno presidencial. Tal y como lo describía la letrada legislativa del Servicio de Investigación de la Biblioteca del Congreso norteamericano: «los lobbies son como abogados, que en vez de actuar ante los tribunales, lo hacen en Capitoll Hill, llamando a la puerta de los congresistas.» (Tijeras, 2000, 24-25)

En el Capítulo Séptimo –Abogado. Fabricante. Pintor–, Kafka ofrece un panorama de lo que ahora llamamos «ingeniería», aplicada a la imagen y los aspectos legales. El abogado Huld explica cómo funciona la comunicación en medio de la maraña jurídica. Confirma los hallazgos de la Retórica Clásica y se adelanta a lo que Carl Hovland acuñó como «efecto de primacía» con sus experimentos de la Universidad de Yale durante la Segunda Guerra Mundial.

Dijo que (el memorial) era muy importante, porque la primera impresión producida por la defensa influía a menudo en todo el curso del proceso.

Ya hemos visto que las relaciones personales son muy importantes para el abogado Huld cuando Kafka lo ha presentado en su habitación con el jefe de negociado. Ahora lo afirma expresamente. Pero no unas relaciones interpersonales con cualquiera. Huld quiere conocer la estructura oficial de poder (lo que suele llamarse comunicación formal) y eso le capacita para influir.

Las relaciones personales del abogado constituyen el peso principal de la defensa. Sin duda K. había deducido ya por sus propias experiencias que le más baja de las organizaciones del tribunal no era del todo perfecta, que había en ella funcionarios sobornables y prevaricadores, por lo que, en cierto modo, la rígida y cerrada uniformidad del tribunal presentaba grietas. La mayoría de los abogados se lanzan a ellas; hay sobornos y espionaje, e incluso se han dado casos, al menos en otros tiempos, de sustracción de expedientes. Es innegable que de este modo se pueden obtener para el acusado unos resultados que, en algunos momentos, llegan a ser sorprendentemente favorables. Esos abogaduchos se ufanan de tales resultados y atraen a nuevos clientes, pero ello no supone nada o nada bueno, para el curso posterior del proceso. En cambio lo único que tiene un valor real son las relaciones personales auténticas, y sólo con funcionarios superiores con lo que, naturalmente, se alude sólo a los funcionarios superiores dentro del grado bajo. Sólo así se puede ejercer una influencia, al principio imperceptible, pero después cada vez más clara, sobre el curso del proceso. Naturalmente, esto está al alcance de muy pocos ahogados, y, por este lado, la elección de K. había sido acertada. (Pág. 148.)

También le interesa la comunicación no oficial o informal. Un Director de Comunicación debe de esforzase por tratar a las personas en lo que tienen de único, de diferente respecto de los demás. En esto se distingue del enfoque sociológico, que tiende a generalizar los rasgos, a buscar coincidencias. Kafka murió en 1924. Un año antes, Carl Gustav Jung publicó su célebre libro Tipos psicológicos, que sigue influyendo en muchas mentes tantos años después, con el aparato estadístico aplicado a los hallazgos del maestro de la Psicología. Hoy ya no resultan tan impredictibles las respuestas de las personas.

«Evidentemente, los funcionarios se comportan en muchos aspectos como niños. Las cosas más inofensivas, y por desgracia no podía considerarse así la conducta de K., podían ofenderles de tal modo que incluso dejaban de dirigir la palabra a sus amigos, cambiaban de dirección al encontrarlos y les hacían todo el daño posible. Pero luego, por sorpresa y sin ninguna razón especial, les hacía reír una pequeña broma que uno se atreviese a hacer porque todo parecía perdido, y se producía la reconciliación. De ahí que resulte a la vez tan fácil y tan difícil tratarlos; apenas si existen normas al respecto. A veces resulta asombroso que una sola vida humana de mediana duración sea bastante para captar la gran cantidad de cosas que cabe hacer en este terreno con alguna perspectiva de éxito.» (pág. 151.)

Ya me he ocupado en el apartado 2) de la calumnia y de cómo Kafka va más allá. Cuando Huld afirma lo que sostiene en el próximo fragmento ¿no se está refiriendo aquí Kafka al invisible poder de la opinión pública? Lo que un buen Director de Comunicación debe de hacer es enfrentarse con la incertidumbre difusa y tener una estrategia que vaya más allá de la defensa contra ataques concretos.

K. no debía olvidar el hecho de que el proceso no era público; si el tribunal lo considera necesario, puede hacerlo público, pero la ley no prescribe la publicidad. De ahí que las actas del tribunal, principalmente el texto de la acusación, sean inaccesibles al acusado y a su defensa. Por ello, en general, no se sabe, o no se sabe muy bien, contra qué dirigir el primer memorial (pág. 149).

K. termina por reconocer que Tintorelli forma parte de la política comunicativa de los jueces. Ahora diríamos que actúa como «lobby» no regulado. Cuando K. le pregunta si es hombre de confianza del tribunal, él responde:

«"Bueno, a menudo estos cargos no reconocidos proporcionan más influencia que los reconocidos." "Justamente este es mi caso", dijo el pintor, y asintió con la frente contraída. "Ayer hablé de su caso con el fabricante; me preguntó si no quería ayudarle." Yo contesté: "Que pase algún día por casa", y ahora estoy muy contento de que se haya dejado ver tan pronto. Parece que el asunto le afecta de verdad, lo que, naturalmente, no me extraña nada.» (pág. 170.)

Tintorelli pinta a los jueces y adquiere información del entramado jurídico mientras ellos están posando. «¿No le sorprende que hable casi como un jurista? Es el trato ininterrumpido con los señores del tribunal lo que tanto me influye. Naturalmente, esto me reporta muchos beneficios, pero se pierde en gran parte la inspiración artística.» (págs. 172-173.) En lugar de cobrar dinero por su información, lo adorna vendiendo sus cuadros a los clientes. Con lo cual satisface también a los jueces, puesto que realiza trabajo de Relaciones Públicas, como ya he señalado en el apartado 5).

Donde el pintor demuestra un gran dominio de la ingeniería legal es cuando le da a escoger a K. uno de entre tres posibles desenlaces de su juicio: absolución real, absolución aparente y aplazamiento. Son diez páginas (172-182) en las que expone los vericuetos y laberintos de los procesos: Veamos cómo se ofrece a ayudarle para que escoja la absolución aparente.

«Es usted quien debe escoger. Yo puedo ayudarle en ambos casos, no sin esfuerzo, naturalmente. En este aspecto, la diferencia consiste en que la absolución aparente exige un esfuerzo concentrado pero temporal, mientras que el aplazamiento exige un esfuerzo mucho menor, pero constante. Hablemos primero de la absolución aparente. Si es lo que desea, voy a escribir una declaración de su inocencia en un pliego de papel. El texto de dicha declaración me ha sido transmitido por mi padre y es completamente intocable. Con esta declaración, paso a ver a todos los jueces que conozco. Por consiguiente, lo primero que voy a hacer será presentarla esta noche al juez que estoy pintando, cuando venga para la sesión. Se la presentaré, le explicaré que usted es inocente y que yo mismo responderé de su inocencia. Pero la garantía que le daré no será meramente externa, sino real y comprometedora.» (pág. 176.)

8) ¿Qué es lo «kafkiano»?

Mi tesis es que en ese adjetivo se condensa el esfuerzo de un individuo por formular un gran número de hipótesis que se le ocurren y el proceso de eliminación que ese mismo individuo acomete cuando decide desechar unas y verificar otras. La abundancia de hipótesis llega a crear un clima de sobrecarga, de paranoia. La verificación prolonga ese clima e, incluso, puede aumentarlo de dos maneras: a) pulverizando todos los esfuerzos mentales o físicos que le ha exigido confirmar la hipótesis o b) comprobando que una hipótesis desechada cobra vida. Como dijo Milton Rokeach cuando expuso su teoría sobre la mente abierta y la mente cerrada (Rokeach, 1960) todos llevamos dentro un panteón de no-creencias, de autoridades negativas, que pueden cobrar vida cuando nos encontramos con determinadas circunstancias.

El resultado de tantos esfuerzos, muchas veces desproporcionados, puede llevar al espectador a una respuesta dramática o cómica. Por eso, algunos pasajes de Kafka resultan humorísticos para el lector.

He encontrado la mejor explicación para comprender ese razonar incesante de K. en lo que Roger Peyrefitte ha escrito sobre la inteligencia judía.

«Jung ha mostrado que "el entredicho" inspiraba al hombre el deseo de realizarse de otro modo, con objeto de progresar. El número de entredichos o prescripciones (seiscientos trece) que existen en la ley judaica es, pues, una de las causas de que los ingenios se hayan afinado, a la sombra del ghetto y después. La fórmula de la bomba atómica ha salido de ahí... El entredicho perpetuo, minucioso, es más que nuestra razón de vida: es nuestra salvación. En cuanto nos dormimos, nos degüellan y, en cuanto renunciamos al entredicho, perdemos nuestra razón de ser judíos.» (Peyrefitte, 1966, 447-448.)

Bibliografía

James Danowski, An Information Theory of Communicative Functions, Michigan State University, East Lansing 1976 (edición fotocopiada).

Franz Kafka, El proceso, en Obras Escogidas, Círculo de Lectores, Barcelona 1983.

Roger Peyrefitte, Los judíos, Editorial Sudamericana, Buenos Aires 1966.

Milton Rokeach, The Open and Closed Mind. Investigations into the Nature of Beliefs Systems and Personality Systems, Basic Books Inc. Publishers, Nueva York 1960; The Nature of Human Values, The Free Press, Nueva York 1975 y Beliefs, Attitudes and Values, Jossey-Bass Publishers, San Francisco 1976.

Ramón Tijeras Cózar, Abogados de oro: el gran negocio de los bufetes, Temas de Hoy, Madrid 1997; Las sagas del poder, Plaza y Janés, Barcelona 1998; y Lobbies, Temas de Hoy, Madrid 2000.

Felicísimo Valbuena de la Fuente, «Retórica y Poética en los relatos del Padre Brown, de G. K. Chesterton», Cuadernos de Información y Comunicación (CIC), Madrid 1999, 4, págs. 275-339; «Mujeres y Negociación en Las mil y una noches», Cuadernos de Información y Comunicación (CIC), Madrid 2000, 5, págs. 99-140; y Teoría General de la Información, Noesis, Madrid 1997.

 

El Catoblepas
© 2003 nodulo.org