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El Catoblepas, número 17, julio 2003
  El Catoblepasnúmero 17 • julio 2003 • página 16
Artículos

El anticlericalismo y la iconoclastía durante
la II República y la Guerra Civil española:
¿proceso de emancipación de la humanidad
o fomento inusitado de la barbarie?

José Manuel Rodríguez Pardo

Comunicación defendida en el XL Congreso de Filósofos Jóvenes,
celebrado en Sevilla del 22 al 25 de Abril de 2003

1. Introducción. Una época teñida de falsedades historiográficas

No hace mucho tiempo, el períodico El País, a raíz de una declaración del Obispado español sobre si debía pedir perdón por su colaboración con el franquismo, desató una propaganda furibundamente anticlerical. No he podido recoger las muestras completas de todos los artículos, pero algunos muy recientes no tienen desperdicio. Un ejemplo reciente es el publicado en el citado diario El País por el catedrático [sic] de Historia Contemporánea José A. Piqueras:

«Durante la Segunda República, la iglesia oficial y muchos católicos atrajeron sobre sí la ira de organizaciones y personas de la izquierda después que se hubiera mostrado beligerante frente al nuevo régimen y a sus reformas. Durante seis años alentó el repudio hacia el adversario político e ideológico y puso su influencia moral y sus medios de comunicación al servicio de las opciones más derechistas, poco o nada respetuosas con el orden constitucional y los valores democráticos.»{1}

Incluso un hispanista como Ian Gibson afirma que la Iglesia debe pedir perdón por sus acciones, a raíz de la negativa de Monseñor Rouco Varela, que abrió el proceso de beatificación de varios de los mártires de la Guerra Civil, de pedir perdón por la guerra civil:

«Yo lamento los asesinatos de los curas, porque estoy contra la pena de muerte, pero la Iglesia fue la que sembró la semilla del odio y la violencia. Tienen la obligación de pedir perdón y no son capaces. Son menos humildes que su propio jefe, el Papa; son cobardes y traicionan el mensaje de Cristo.»{2}

Lo más sorprendente del caso es que este anticlericalismo no puede ser calificado más que de una vulgar y panfletaria contrafigura de su creencia antagónica, más dogmática aún que el propio catolicismo. Contrafigura enmarcada en la tesis dogmática y divulgada entre el gran público a machacamartillo acerca de una II República española como gobierno de plenas libertades, agredido por la reacción de derechas el 18 de Julio de 1936. La Iglesia sería, en este caso particular, un cómplice de ese asalto a la democracia destruida, y por lo tanto parte responsable y criminal del inicio de la Guerra Civil.

Sin embargo, no hay constancia alguna de que los religiosos se dedicasen a sembrar odio y violencia (los que lo afirman tan sólo expresan débiles conjeturas, sin apoyo documental alguno), sino que más bien el odio sembrado contra la Iglesia durante el período 1931-1939 dejó un panorama que debería cerrar las bocas de tanto anticlerical dogmático. Si seguimos las cifras señaladas en la Historia de la Iglesia en España, durante el golpe de estado provocado por el PSOE (entre otros) en Octubre de 1934, sólo en Asturias fueron 34 los religiosos asesinados y 58 los templos destruidos. Durante la Guerra Civil, se han contabilizado 6.800 religiosos asesinados sobre una población de 30.000,{3} datos que ilustres hispanistas no han discutido.{4}

Debido a la fuerte ideologización y sectarismo existente acerca de este período en la historiografía, hemos decidido acudir a fuentes que consideramos fidedignas sobre el desarrollo de aquellos años. En concreto, partiremos de la interpretación historiográfica que ofrece Pío Moa en su trilogía sobre la II República y la Guerra Civil española.{5} En dicho contexto se comprenden mejor los fenómenos del anticlericalismo, pues la mayoría de las opciones políticas de la época eran no sólo antirrepublicanas (como el PSOE, la CNT o el PCE, golpistas en 1934) o indiferentes frente al tipo de régimen, como la coalición derechista CEDA, sino que sus comportamientos respecto a la religión eran totalmente encontrados (anticlericales furibundos los primeros; católicos los segundos). En base a este marco, vamos a investigar primero, como es natural, lo que es el anticlericalismo.

2. El término «anticlericalismo»

Afirma Julio Caro Baroja que el anticlericalismo en España, o sucesos asimilables a él, tiene un origen religioso, o al menos elaborado desde una religión determinada. Uno de los casos más destacados que cita es el de los protestantes del siglo XVI y XVII, paradigma del rigorismo y el ascetismo, a los que considera un precedente del anticlericalismo contemporáneo. Sus críticas de la vida laxa y poco relacionada con el voto de pobreza del clero católico calarán hondo en el fenómeno anticlerical, como veremos.{6}

Afirma además Baroja que el término «Anticlericalismo» es presentado de forma peculiar en los Diccionarios: «Los diccionarios de la Lengua nos dicen que el "anticlericalismo" es una "doctrina o procedimiento contra el clericalismo". Esto es mucho y es poco. Es mucho porque la palabra "doctrina" nos hace pensar en una enseñanza o instrucción, en un saber que se obtiene mediante ésta o en una opinión autorizada. El anticlericalismo puede carecer de todo esto, y lo que tenga de procedimiento es aleatorio. Una ley anticlerical del Estado puede considerarse como hija del procedimiento y de doctrina mala o buena. La quema de iglesias o la matanza de frailes, que son otras feroces expresiones del anticlericalismo, no tienen nada de lo que puede pensarse que es un procedimiento; se trata de "ejecuciones" bárbaras».{7} Sin embargo, no cabe distinguir entre «ideas sin acción» y «acción sin ideas», a la manera de Marx. Las ejecuciones bárbaras pueden ser inspiradas por doctrinas, quizá no muy elaboradas, pero doctrinas al fin y al cabo. Y de ellas habremos de dar cuenta más adelante.

Siguiendo con las curiosidades que aportan los diccionarios, hay que señalar que «la aceptación de la palabra en los diccionarios de la Academia Española es increíblemente tardía. Una exploración rápida me dio un resultado imprevisto. Pensando en términos históricos, la comencé recurriendo en primer término, al de 1843, a la novena edición. No estaba. Pero tampoco la hallé en la oncena, de 1869, ni en la duodécima, de 1884, ni en la siguiente, de 1899. Ni siquiera en la de 1925, que hace la quince. Sí en la décimosexta, de 1939, y en la décimonona, de 1970. En el Diccionario histórico de la Lengua Española, que la misma Academia empezó a publicar en 1933, aparece la palabra "anticlerical" tan sólo, ilustrada con ejemplos de Gómez de la Serna y Moreno Villa».{8}

La aceptación tan novedosa del término nos da pistas para situar el anticlericalismo dentro de unos límites bien definidos: se trata de un fenómeno de la época contemporánea desarrollado en países de gran tradición católica, como es el caso de España.{9} Sin embargo, tal fenómeno tiene unos precedentes de varios siglos atrás, como el caso de los libelos protestantes ya citados, que van acompañados de un fortísimo componente iconoclasta, tal y como sucedió en el caso de la rebelión de los moriscos del Reino de Granada, que veían a la Iglesia como la causa principal de sus desgracias: «Es muy probable, sin embargo, que, sobre todo en la mitad meridional de España, al cabo de varias generaciones el anticlericalismo de origen medieval, cristiano, y el anticlericalismo judeomorisco influyeran en la conciencia popular, cada cual por su estilo, produciendo nuevos resultados. Las explosiones de odio religioso que se dieron cuando la sublevación de los moriscos del Reino de Granada, con las consiguientes quemas de iglesias, mutilaciones de imágenes, persecución del clero, &c., se parecieron bastante a las que se han dado después, en los siglos XIX y XX, cuando la masa de ciertas ciudades y pueblos de los reinos de Andalucía y de Valencia ha tenido ocasión de revolucionarse».{10}

Estos detalles iconoclastas, que suelen acompañar al anticlericalismo español, tienen un gran interés desde el punto de vista de la Filosofía de la Religión. Para nuestro estudio nos basaremos en las concepciones que expone Gustavo Bueno en su obra El animal divino, donde señala como núcleo de la religiosidad los númenes o seres dotados de voluntad e inteligencia, desde los animales recreados en las pinturas rupestres hasta el Dios monoteísta. Sin embargo, tal filosofía de la religión incluye además un cuerpo o sostén de las determinaciones de la esencia de la religión, donde se sitúa la problemática que vamos a estudiar aquí.{11}

En nuestro caso, el cuerpo de la religión incluye a dos de los tres tipos de valores de lo sagrado que señala Gustavo Bueno, es decir, fetiches y santos. En este caso, y tomando como referencia los tres ejes del espacio antropológico{12}, se dirá que los fetiches, las imágenes religiosas, principal blanco de la iconoclastía, entran dentro de las categorías del eje radial, son una cosa, vulgarmente hablando.{13}

Sin embargo, ello no implica que estos iconos o fetiches se consideren aislados respecto a los númenes o los santos, pues la propia constitución del material antropológico que ofrece la religión es ambigua. Como ejemplo, basta considerar la hostia consagrada: para un creyente, es Cristo presente en la Eucaristía, es decir, entraría en la categoría de una persona; para un ateo, se trataría de un alimento{14} (como se dice a propósito de Vázquez de Mella, algunos, por la Eucaristía, consideraban a los católicos como «caníbales»). Y el propio Cristo puede entenderse como Dios encarnado, con lo que sería un numen; así, la hostia consagrada podría interpretarse incluso como un caso de fetichismo, como símbolo de Dios encarnado.

Por ello, estos problemas de discernimiento entre lo que es fetichismo, lo que es santo, lo que es numinoso, y también entre lo que es religioso y lo que no lo es, obligan a un fino análisis que ha de contrastarse con los fenómenos que acontecieron durante la II República y la Guerra Civil española.

2.1. El anticlericalismo en la II República y la Guerra Civil

El 11 de mayo de 1931, y sin que hubiera motivo aparente, comenzaron los incendios de edificios religiosos en toda España. Estos enconadísimos actos destructores contra la Iglesia fueron, contra lo que afirman algunos historiadores, perpetrados por grupos de militantes politizados, miembros de las organizaciones obreras y del Ateneo Republicano, y no por el «el pueblo» como suele afirmarse hoy.{15} El gobierno republicano se negó a defender a las víctimas de tales ataques, llegando incluso a atacar a quienes denunciaron esa pasividad: más de cien periódicos de orientación derechista fueron censurados.

Asimismo, el Artículo 26 de la Constitución republicana vetaba a los jesuitas y cualquier otra orden religiosa todo tipo de actividad industrial, comercio y enseñanza, permitiéndoles sólo mantener sus propiedades inmuebles, de las que en última instancia serían desposeídos al ser expulsados los miembros de la Compañía de Jesús. Con ello, los religiosos eran convertidos en ciudadanos de segunda, caracterización propia del Antiguo Régimen tan detestado por los republicanos.{16} Esta actitud resulta incomprensible si consideramos la preocupación por la mejora de la enseñanza del gobierno republicano, que incluía la hoy curiosamente denostada reválida de estudios. Lo más normal en este caso hubiera sido que se hubiera fomentado la enseñanza pública, al tiempo que se respetaban los centros de la Iglesia ya existentes.

Sin embargo, la ideología de los partidos de izquierda revolucionaria incluía como premisa irrenunciable que la religión y todas sus instituciones eran «el opio del pueblo», para decirlo al estilo de Marx, y su erradicación debía ser practicada de raíz. Cualquier avance que pudieran haber practicado los religiosos tendría que ser visto no como una muestra de progreso, sino como un intento por parte de la Iglesia de mantener sus posiciones privilegiadas, logradas por medio de engaños y de sumisión al poder.

Por ello, se dio el caso de que los incendiarios se ensañaron con centros como el Instituto Católico de Artes e Industrias de los Jesuitas de Madrid, en la Calle Alberto Aguilera, «y del cual tantos beneficios recibían las clases trabajadoras».{17} Frente a los partidos revolucionarios, y tras la promulgación en 1891 de la encíclica del Papa León XIII De Rerum Novarum, la Iglesia en España había asumido una posición preponderante en la llamada cuestión social, que los propios partidos de izquierda no podían permitir, pues la consideraban de su propiedad.{18}

2.2. La iconoclastía en la II República y la Guerra Civil: algunos ejemplos

Además de lo ya relatado, resulta interesante desde el punto de vista de la Filosofía de la Religión observar que, en los ya citados asaltos del 10 de Mayo de 1931, como el de la Residencia de los jesuitas de la Calle de la Flor de Madrid, «los incendiarios prosiguen su obra destructora, cruzando por los corredores, revestidos sacrílegamente de estolas y casullas. Uno de ellos sale con un gran cuadro del Sagrado Corazón de Jesús y después de clavar un puñal en el corazón de la imagen, la arroja al fuego [...].»{19} En Sevilla, el 11 de mayo, «Ornamentos, misales, muebles y estatuas fueron hacinados en la vecina Plaza de Argüelles, y bárbaramente abrasados.»{20} «Al mediar la mañana, algunos grupos de revoltosos vagaban todavía por las calles de los barrios apartados, paseando imágenes de santos entre burlas y blasfemias, y arrojándolas al río cuando se cansaban de jugar con ellas.»{21}

También el 11 de Agosto de 1932, vencida la sublevación de Sanjurjo, se producen nuevos desmanes. En Granada, en la zona histórica del Albaicín, arde la histórica iglesia de San Nicolás: «Verdaderas obras de arte no había ninguna en la Iglesia, pero sí imágenes muy veneradas, [...]. Sacada a la calle la de San Nicolás, dispararon sobre ella para probar su puntería y la arrojaron después a un barranco inmediato.»{22} Por ello, es normal que en las elecciones de 1936 Acción Popular invocase las procesiones de Semana Santa{23} como motivo para no votar al Frente Popular. Esta exaltación del frenesí iconoclasta, para decirlo en términos de Historia de la Cruzada Española, supuso el motivo de la aversión al gobierno republicano. Quizá en otros lugares de Europa no hubiera provocado más que aversión por la falta de orden público, pero para los españoles tales actos tenían además una significación especial. Y ello porque la cultura española es esencialmente analfabeta. Es decir, en ella la escritura y la lectura no tienen excesivo peso, y sin embargo los iconos de santos y vírgenes son objeto de veneración, a diferencia de lo que suele suceder en países de tradición protestante.{24} Por lo tanto, lo que hemos de analizar es precisamente qué interés tienen para la filosofía de la religión dichos cultos, y la influencia que alcanzan.

3. Los complejos ritos católicos

3.1. El llamado «sincretismo religioso»

A cualquier persona, sin necesidad de estar versada especialmente en la Historia de las Religiones o en Antropología, no se le escapará el detalle de contemplar cómo, aun reconociendo al catolicismo como religión monoteísta, los cultos a diversos santos o vírgenes parecen contradictorios respecto a tal monoteísmo. Personajes de todo tipo, incluyendo por supuesto a historiadores{25} del período 1931-1939, han señalado tal circunstancia. De forma más negativa, otras religiones monoteístas, como las sectas protestantes o el islam, han desdeñado el catolicismo por ser presuntamente politeísta, alegando no sólo estos devaneos idólatras, sino el tema de la Santísima Trinidad, y otros muchos que no podemos aquí tocar. Sin embargo, convendría analizar serenamente y sobre el terreno estas cuestiones, siquiera mínimamente, antes de dar por sentados tales juicios.

Para este fin vamos a hacer referencia a dos ritos que analiza Julio Caro Baroja, y que precisamente conoció de primera mano durante la Guerra Civil: Las Mondas de Talavera y el Toro de San Marcos. Afirma Baroja que según el viejo refrán castellano, «En Talavera no hay Dios, ni Rey ni Semana Santa», y no porque sean los talaveranos ateos y anarquistas, sino porque el culto a la Virgen de Nuestra Señora del Prado absorbe toda la religiosidad, fiesta que relaciona con las ofrendas realizadas a Démeter en la época romana.{26}

Respecto al Toro de San Marcos, esta ceremonia se celebra sobre todo en el norte de Extremadura, zona de gran tradición taurina y de ferias ganaderas. Así, el 25 de abril, festividad de San Marcos, en la dehesa de San Benito (Plasencia) se celebra una famosa feria ganadera. Es reseñable también que hasta la distribución de los santos y sus dones animales que ofrece Ezequiel en la Biblia, es trastocada en España, por nuestra gran tradición taurina, pues si a Mateo le corresponde el Hombre, el Toro a San Lucas y el Águila a San Juan, a San Marcos en lugar de corresponderle el León le corresponde el Toro, el animal de San Lucas.{27}

Concretamente, la ceremonia de San Marcos consiste en elegir un toro de entre la ganadería, de quien se considera que «acoge» al santo y es conducido mansamente hasta la Iglesia para postrarse ante la imagen de San Marcos. Esta insólita ceremonia{28}, que Feijoo tilda de supersticiosa, tiene la peculiaridad de conducir al toro embriagado{29}, por lo que Baroja, tras aludir a la intensa romanización de Extremadura, supone el rito consagrado originalmente al dios Baco (Dionisos). Así, en las Las Bacantes de Eurípides, se dice que Penteo muere por asta de toro, que es el propio Dionisos, aunque esta explicación no le satisface del todo.{30} Aun así, tampoco se debe olvidar que en Mérida se ha verificado la existencia del culto a Mitra, el dios astado.{31}

Otro caso a reseñar es el del santoral español, que es objeto de narraciones mitológicas similares a las de los ritos paganos. Autores como Lope de Vega escribieron las llamadas «comedias de santos», donde se combinan los milagros y los símbolos religiosos con exaltaciones patrióticas o locales. A pesar de los esfuerzos de Mariana y otros por evitar estas celebraciones, siguieron arraigadas hasta el siglo XIX.{32}

Ejemplos como estos, y muchos otros, podrían dar fe de la idolatría imputada por los protestantes a los católicos. Sin embargo, frente a una visión demasiado simplista, Caro Baroja alude a una cuestión que ha ido retomando a lo largo de su vida académica para explicar estos fenómenos. Se trata del fenómeno del «sincretismo religioso». Es decir, una unión o mezcla de diferentes tradiciones culturales, de tal manera que ambas perviven en la mezcla, en mayor o menor grado. El problema que reside en la explicación de Caro Baroja, como él mismo reconoce, es encontrar un canon para analizar los diversos tipos de sincretismos.{33} Sin embargo, y ya que vuelca su interés en el sincretismo producido por religiones de sociedades imperialistas, como el Imperio Romano, han de citarse los dos hechos cruciales que Baroja considera necesarios para el fenómeno sincrético: las expansiones militares de tendencia imperialista y las empresas comerciales, en que marinos y mercaderes de lugares lejanos entre sí se relacionan de modo bastante estrecho.{34}

Tales rasgos son coordinables con la explicación que da Gustavo Bueno acerca del desarrollo de las esferas culturales. Así, el número de esferas culturales disminuye al tiempo que aumenta su complejidad, pues las culturas de carácter imperialista irán incorporando determinados rasgos de aquellas culturas que engullen.{35} Así, el catolicismo habría incorporado los diferentes ritos de los pueblos evangelizados, tanto en la vieja Europa como en el Nuevo Mundo.{36} Los valores fetichistas, los más representativos de lo sagrado en la religiosidad secundaria (debido a la sustitución de los númenes por sus representaciones corpóreas) toman en la religiosidad terciaria de las sociedades imperialistas modernas (industriales o preindustriales) una posición determinante, asegurada gracias a su alianza con los valores de lo santo.{37}

3.2. La iconoclastía y sus raíces

Sin embargo, al tiempo que la religión católica incorpora nuevos rasgos de religiosidad, tiene que hacerlos coherentes con sus dogmas. Por ello, y ante tan gran material icónico, el catolicismo mantiene una doctrina de término medio que enuncia el Padre Feijoo: los que prestan culto indebido a las imágenes, son idólatras; los que se lo niegan, herejes.{38} Al parecer, hasta Lutero dice que es la Ley de Moisés, el Viejo Testamento, y no la de Cristo, el Nuevo Testamento, la que prohibe adorar las imágenes de Dios. De lo contrario, y coherentemente, debería ser prohibida hasta la Cruz.{39}

Consecuentemente, las imágenes de la Virgen o de los santos han de ser objeto de veneración no como símbolos locales, sino como modelos de un arquetipo único. De lo contrario, se cae en la idolatría.{40} Esta situación contradictoria aparentemente conduce, como reconoce Gustavo Bueno, «hacia la defensa de la sacralidad de lo corpóreo, lo que nos sitúa en la antesala del fetichismo».{41} Situación esta que los protestantes, mucho más espiritualistas, han rechazado abiertamente: «También Cipriano de Valera [protestante español] en el tratado primero de los que publicó en 1588, sobre el Papa y su autoridad, atacó el culto a las imágenes con argumentos parecidos, considerando que hay un elemento muy materialista en él.»{42}

Este fenómeno de rechazo a las representaciones divinas se originó en el famoso iconoclasmo de Bizancio, durante el pontificado de León III (714-741), y presuntamente fue producto del fundamentalismo de capas pobres del Imperio de Oriente, o de tendencias islámicas.{43} La corriente iconoclasta surgida desde la Reforma protestante habría que situarla en un conflicto entre santos y fetiches, considerando los reformados que los católicos daban culto idólatra a las imágenes de santos.{44} Desde estas posiciones de negación del catolicismo y vuelta al cristianismo primitivo se han elaborado diversas filosofías de la religión,{45} basadas en la falsa disyuntiva entre monoteísmo y el ateísmo, como es el caso de Feuerbach: «La época moderna ha tenido como tarea la realización y humanización de Dios, la transformación de la teología en antropología, reduciéndose la primera a la segunda.»{46}

Vemos que a la vista de la percepción emic de los propios filósofos católicos, el culto a las imágenes no es sólo tolerable, sino necesario. Evidentemente, todo ello regulado para evitar la idolatría. Al fin y al cabo, la religión católica no puede sobrevivir sin mantener esos restos de religiosidad secundaria, sin los que se convertiría en puro racionalismo y se desplazaría inevitablemente al ateísmo (hace falta que existan pecadores, restos de la religiosidad secundaria, para que la Iglesia pueda sobrevivir).{47}

Sin embargo, desde una significación etic, ¿cómo podríamos considerar las críticas realizadas por los protestantes a la supuesta idolatría de los católicos? No deberíamos considerarla una lucha dada en el eje angular, entre dos tipos distintos de númenes, pues al fin y al cabo el catolicismo se había constituido como una religión terciaria por sus críticas al delirio mitológico de la religión secundaria (y sus correspondientes imágenes). En realidad, hay que ver la iconoclastía como un caso paradigmático de conflicto entre los númenes (en este caso Dios) y los santos con los fetiches, las imágenes religiosas.{48} Al fin y al cabo, los fetiches de diferentes esferas culturales aisladas pueden ignorarse (incluso las vírgenes de distintos lugares de España), pero no las concepciones monoteístas de sociedades imperialistas católicas y protestantes, como en este caso.{49}

4. Los efectos del anticlericalismo y la iconoclastía en nuestro caso particular de estudio

Habiendo llegado a este punto de nuestra argumentación, nos encontramos en disposición de explicar los motivos y las consecuencias del anticlericalismo y la iconoclastía del período 1931-1939. Para ello, hemos de dejar claros algunos detalles que suelen quedar ambiguos en la historiografía. En primer lugar, hemos de destacar que la II República fue el marco utilizado por partidos políticos obreros en su tránsito hacia otro tipo de sociedad política. Por ejemplo, el primer título de la Constitución Republicana, elaborada principalmente por ponentes del PSOE, afirmaba que España era una «república de trabajadores»,{50} en la línea de la URSS.

El propio golpe de estado de 1934 contra la legalidad republicana del PSOE, el PCE y la CNT, entre otros, entraba dentro de la perspectiva de la III Internacional comunista.{51} Aunque estos tres partidos políticos representen tres generaciones de la izquierda, señaladas por Gustavo Bueno en su último libro El mito de la izquierda, es de descatar que PSOE y PCE convergían en objetivos muy similares, que no eran otros que la colaboración con la III Internacional. Incluso la CNT anarquista estaba influida en sus métodos por la citada Internacional Comunista. Esto es, la concepción anticlerical de estas organizaciones obreras tenía como objetivo alumbrar en España el concepto de una organización social totalizadora, como la URSS.{52} Es decir, una sociedad que controla y reglamenta toda la vida del individuo, pues tiene como objetivo expandir su concepto de civilización a toda la Humanidad. Por lo tanto, para lograr su objetivo, estas organizaciones políticas tenían que acabar con todo vestigio de otra organización totalizadora que controlaba los ritos de paso, la Iglesia católica, aunque emic no la considerasen como tal.

En este sentido, cuando los historiadores interpretan que la Guerra Civil española fue provocada por un móvil religioso, están aludiendo realmente al carácter político de la religión católica. Así, la consideración de la Guerra Civil española como una Cruzada, surgida tras el fracaso del pronunciamiento cívico-republicano inicial, sumada a la Carta Colectiva del Episcopado Español de 1937 apoyando al bando franquista, su mejor obra de propaganda,{53} fue un método exclusivamente político, no religioso, utilizado por esa organización social totalizadora (la Iglesia católica) para su supervivencia en España. En este ambiente, los dos bandos enfrentados se veían a sí mismos de forma contrapuesta: como emancipadores de la Humanidad los partidarios de la URSS; como defensores de la civilización los católicos.{54}

Sin embargo, desde el punto de vista de la filosofía de la religión, lo que más nos interesa es que el ateísmo militante de estas fuerzas prosoviéticas había surgido no de la crítica directa al catolicismo, sino de la crítica a un cristianismo primitivo a la manera como lo concebían los protestantes.{55} Y más curioso aún resulta que proyectasen contra el catolicismo las ideas del cristianismo primitivo, cuando la Iglesia católica se había constituido en la gran superación y síntesis de los ritos paganos, el Derecho romano, la filosofía clásica griega y las doctrinas islámicas, entre otras corrientes.{56}

Además, en el caso de los católicos, el que la cultura española sea esencialmente analfabeta ha posibilitado el recurso de las imágenes religiosas para legitimar la absoluta ausencia de lectura, como ya citamos más arriba. Visto desde fuera, esta concepción es un infantilismo que, al mismo tiempo, gratifica a quien lo ejerce, haciéndole estar convencido de participar en una identidad trascendente, cuando esos ritos no tienen nada de trascendente (ni de sobrenatural), no tienen sentido más allá de lo que son en sí mismos.

Y respecto a esa cultura analfabeta, es de destacar que muchos autores intentan explicar la furia iconoclasta como un ataque a la Cultura, por parte de los republicanos y organizaciones obreras afines, auténticos bárbaros alejados de todo concepto de civilización. Sin embargo, tales afirmaciones carecen de sentido.{57} Al fin y al cabo, los mismos que celebraban o participaban activamente en los incendios y destrucciones de imágenes, eran los mismos que podían arrebatar de las manos las obras sobre la URSS o cualquier otro libro de inspiración similar, que no es menos cultura que un Cristo de Ribera o Zurbarán.

Es más, y precisamente por esto, hemos de destacar que esta iconoclastía, solidaria del arte desacralizado, no implica la eliminación del fetichismo. ¿Quién no podría ver en los lectores del realismo socialista de Máximo Gorki, auténtico escritor «de culto», o en el culto a la personalidad de Lenin y Stalin una forma, aunque desacralizada, de fetichismo? El espectacular crecimiento de la cultura extrasomática en las sociedades industriales propicia que, lo que antes era la veneración a las imágenes y santos, se convierta ahora en la veneración a la cultura, en el mito de la cultura como algo trascendente y dignificador, concepción a la que no escapaban los destructores de imágenes.{58}

Por ello, no podía ser la cultura o su destrucción el motivo del frenesí iconoclasta de las organizaciones obreras. Las causas hay que buscarlas en la insuficiencia de sus concepciones sobre la religión católica, que como vimos no es equiparable al cristianismo primitivo, al que resulta estúpido y simple atacar a finales del siglo XVIII, en el siglo XIX, o incluso en el siglo XX o el XXI, como pretenden aquellos estudiosos que señalan la falsedad del catolicismo mediante alusiones a la vida del Jesús histórico. Tales autores intentan sembrar fruto en terreno ya baldío.

Así, cuando los movimientos revolucionarios hijos de la Ilustración y las corrientes marxistas criticaban al catolicismo, en realidad criticaban a un fantasma, pues sus concepciones de la religión como una «impostura de los sacerdotes», al estilo ilustrado, o como «opio del pueblo», al estilo de Marx, eran en realidad elaboraciones al calor de formas de culto protestantes. Por eso, como cuenta F. Borkenau, las críticas de los partidos obreros a la Iglesia copiaban los panfletos protestantes que acusaban de laxitud de costumbres a los religiosos católicos;{59} reclamación paradójica, ya que grupos como los anarquistas reclamaban una moral más laxa, y no podían sino ver a ese clero de vida relajada como una avanzadilla de sus pretensiones. Precedentes de esta tendencia en los anarquistas también podríamos encontrarlos en la obra del socialista utópico Fernando Garrido, denominada ¡Pobres Jesuitas! , y acompañada curiosamente de la Monita secreta, el título que atribuían a sus injuriosos libelos los protestantes.

Los revolucionarios, al no poder asimilar las pautas del catolicismo y criticarlas adecuadamente, hubieron de recurrir a las mismas críticas de los libelos protestantes del siglo XVI contra el catolicismo. Paradójicamente, unos grupos políticos ateos y anticlericales basaban sus reivindicaciones en formulaciones realizadas por individuos religiosos. De haber sido otro su repertorio, no se entiende entonces cómo las prédicas y la furia revolucionaria se orientaran preferentemente sobre los curas y dejaran marginados, paradójicamente, a los burgueses.{60}

Por lo tanto, el gran problema de los revolucionarios fue su ignorancia respecto del enemigo al que se enfrentaban, y la poca previsión de lo que sucedería cuando los ataques a los símbolos y ritos religiosos se produjesen. Pensando que se encontraban ante el fantasma del cristianismo primitivo, ante el simple opio del pueblo marxiano y la simple disyuntiva entre el monoteísmo y el ateísmo, no sospechaban que los creyentes contemplasen, desde su perspectiva emic, actos de barbarie ante tanta iconoclastía, y que ello condujese a una resistencia masiva de aquella media España que, en palabras de Gil Robles, se resistía a morir.

5. Conclusión

Concluimos por tanto que, frente a lo que pudiese pensarse en aquella época, no es incompatible la filosofía materialista y una visión sacralizada del mundo. Frente a posiciones que explican lo santo a partir de mecanismos psicológicos o etológicos vulgares (en la línea de Freud o de Skinner) y los fetiches a partir de resultados que el análisis químico pertinente pueda ofrecernos, «la educación en los valores de lo sagrado, desde la perspectiva del materialismo filosófico, tendría que ser entendida, a lo sumo, como educación crítica, es decir, ante todo, destructora de cuantas interpretaciones místicas, metafísicas o teológicas suelen envolver a esos valores. Pero esta educación crítica no tiene por qué interpretarse como desacralizadora en el sentido "ilustrado" habitual del término. [...] Pero no para presentar la ignorancia bajo la forma de una profunda sabiduría. La educación en lo sagrado, en el fondo, tal como nos es dado entenderla, se reduciría a la educación misma en el ignorabimus, que acaso no sea otra cosa sino la educación en la docta ignorancia».{61} Es más, nos atreveríamos a ir más allá y afirmar que más dañina aún puede ser esta iconoclastía si sus principales instigadores favorecen a potencias extranjeras que intentan engullir a España.

Notas

{1} El País, (Edición de Valencia)12/03/2001. En Miguel Ángel García Olmo, «Reflexión de un 14 de Abril –en el 70º Aniversario de la II República Española–». Disponible en http://www.hottopos.com/notand8/magolmo.htm

{2} Ibidem.

{3} Tal y como reconocen Antonio Montero Moreno, Historia de la Persecución Religiosa en España, 1936-1939. BAC, Madrid 1999 y Vicente Cárcel Ortí, «La Iglesia en la II República y en la guerra civil (1931-1939)» en Historia de la Iglesia en España, vol. V. B.A.C, Madrid 1979, págs. 331-394.

{4} Así por ejemplo, Gabriel Jackson, en La república española y la guerra civil. Crítica, Barcelona 1976, pág. 459, da por correctas las cifras de Montero Moreno.

{5} Los orígenes de la guerra civil española, Los personajes de la república vistos por ellos mismos y El derrumbe de la segunda república y la guerra civil, editados en Encuentro, Madrid 1999, 2000 y 2001.

{6} Julio Caro Baroja, Introducción a una Historia Contemporánea del Anticlericalismo Español. Istmo, Barcelona 1980., págs. 85 y ss. Ver también el término «Monita secreta» en el Diccionario apologético de la fe católica, Tomo 2. Sociedad Editorial de San Francisco de Sales, Madrid 1890, cols. 2335-2339. Disponible en filosofia.org/enc/dac/monita.htm

{7} Julio Caro Baroja, op. cit., pág. 241.

{8} Julio Caro Baroja, op. cit., págs. 241-242.

{9} Julio Caro Baroja, op. cit., pág. 242.

{10} Julio Caro Baroja, op. cit., pág. 57.

{11} Gustavo Bueno, El animal divino, Pentalfa, Oviedo 1996, págs. 107-115.

{12} «Sobre el concepto de "espacio antropológico"», en El Basilisco, 5 (1ª época) (1978); págs. 57-69.

{13} Gustavo Bueno, «Los valores de lo sagrado: númenes, fetiches y santos», en María Isabel Lafuente Guantes (comp.), Actas del Congreso Los valores en la ciencia y la cultura. Universidad de León, León 2001, pág. 417. Disponible en filosofia.org/aut/gbm/2000val.htm

{14} Gustavo Bueno, El animal divino. Pentalfa, Oviedo 1996, pág. 346.

{15} Pío Moa, Los personajes de la república vistos por ellos mismos, págs. 189 y ss.

{16} Ver Luis Sánchez Agesta, Derecho constitucional comparado, 5ª Ed. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Madrid, Madrid 1973, págs. 462-465.

{17} Joaquín Arrarás, Historia de la Cruzada Española, Vol. I. Ediciones Españolas, Madrid 1939, pág. 313.

{18} «Pero, si bien la Iglesia no atravesaba su mejor momento en la II República, suponerla, entonces o en el siglo XIX, compuesta fundamentalmente por curas guerrilleros y monjitas místicas, distorsiona la realidad. No era desdeñable ni mucho menos su labor asistencial, muy extensa y de enorme valor en un país que no conocería la seguridad social hasta la época franquista; o su esfuerzo de promoción de trabajadores mediante la formación profesional (un objetivo de la "quema de conventos" de mayo de 1931, fueron las escuelas salesianas y jesuitas)» Pío Moa, El derrumbe de la segunda república y la guerra civil, págs. 173-174.

{19} Cruzada, Vol. I, pág. 311.

{20} Cruzada, pág. 325.

{21} Cruzada, pág. 328.

{22} Cruzada, pág. 519.

{23} Como ejemplo podemos nombrar el siguiente: «Sevillano: ¿Te acuerdas de los años que estuviste sin SEMANA SANTA? Pues prepárate a no tenerla nunca si entran las izquierdas. ¡No ves que son laicos...y enchufistas!». Javier Tussell, Las elecciones del Frente Popular, Vol. 2. Cuadernos para el Diálogo, Madrid 1971, págs. 373 y ss. Tampoco se debe olvidar el robo de la famosa Cruz de Caravaca en 1934, con motivaciones iconoclastas, pues sólo se sustrajo el lignum crucis, dejando olvidadas sus joyas (Cruzada, Vol. II, 1940, pág. 30). Durante la Guerra Civil, el Monumento al Sagrado Corazón de Jesús, situado en el Cerro de los Ángeles (Getafe), fue fusilado [sic] y posteriormente dinamitado (aún hoy se conserva el original destruido, habiendo sido reconstruido en otro lugar cercano). Así, al pie de la foto del monumento destruido se dice: «El monumento al Sagrado Corazón de Jesus, en el Cerro de los Ángeles, destrozado por las hordas», &c. (Cruzada, Vol. VII, 1943, pág. 76).

{24} Señala Julio Caro Baroja en Las formas complejas de la vida religiosa. Akal, Madrid 1978, pág. 108 que: «Cuando, por ejemplo, el maestro Juan de Ávila escribía a cierto prelado de Granada acerca de lo que creía que se debía hacer en su diócesis, para adoctrinar a la gente de los pueblos, indica que consideraba útil que los predicadores y misioneros llevaran no sólo rosario, cartillas y libros devotos, como los de Fray Luis de Granada, sino también "algunas imágenes del santo crucifijo y Nuestra Señora, y San Juan, para que les diesen a los pobres", poniéndoles algunas imágenes en las casas... Y añade: "Y los pueblos han menester todas estas salsas para comer su manjar: rosarios, imágenes han de ser muchas; y los ricos cómprenlos de las ciudades". He aquí una idea "mínima", podríamos decir, acerca del valor religioso de las imágenes. No sólo la de Cristo».

{25} Así Hugh Thomas, en su obra ya clásica La Guerra Civil Española, Tomo I. Grijalbo, Barcelona 1976, pág. 70, Nota 2, señala lo siguiente: «Las mujeres españolas son mucho más religiosas que los hombres, un signo más de la posición femenina dominante en la iglesia, expresada por el papel atribuido en España a la Virgen María, tan exagerado que roza con la mariolatría».

{26} Julio Caro Baroja, Ritos y Mitos equívocos. Istmo, Madrid 1989, pág. 66.

{27} Caro Baroja, Ritos..., págs. 77 y ss.

{28} «No he podido registrar ninguna otra costumbre española semejante a la descrita. Es insólito el caso de que un animal vivo represente a un santo, y aquí no cabe duda de que el toro es una representación de San Marcos». Caro Baroja, Ritos..., pág. 99.

{29} Feijoo, «Toro de San Marcos», en Teatro Crítico Universal, Tomo Séptimo, Discurso VIII. Disponible en filosofia.org/bjf/bjft708.htm

{30} Caro Baroja, Ritos..., págs. 103-110.

{31} Alfonso Fernández Tresguerres, Los dioses olvidados. Caza, toros y filosofía de la religión, Pentalfa, Oviedo 1993, pág. 108.

{32} «No puede imaginarse que había de ocurrir otra cosa en un país con un temperamento no sólo religioso, sino también artístico, en el que el hombre, Dios, santo o pecador ocupa el lugar que ocupa en la esfera de las representaciones y en particular en la de las representaciones plásticas, visuales». Julio Caro Baroja, Las formas complejas de la vida religiosa. Religión, sociedad y carácter en la España de los siglos XVI y XVII. Akal, Madrid 1978, pág. 106.

{33} Julio Caro Baroja, Reflexiones nuevas sobre viejos temas. Istmo, Barcelona 1990, págs. 193 y ss.

{34} Julio Caro Baroja, Reflexiones..., pág. 194.

{35} Gustavo Bueno, El mito de la cultura, Prensa Ibérica, Barcelona 1996, pags. 187 y ss.

{36} Situación que es defendida por Baroja con lógicos argumentos: «En lo único que quiero insistir es en que la cristianización de los ritos, sea el que sea su origen, ha sido muchas veces mal interpretada por teólogos e historiadores dogmáticos que han visto en ella una especie de apartamiento y adulteración de las verdades del cristianismo; este proceso, los protestantes lo dan como propio de las sociedades católicas y tratan de él, en consecuencia, con despego y desprecio». Ritos ..., pág. 76.

{37} Gustavo Bueno, «Los valores de lo sagrado», págs. 423-435.

{38} «La virtud de la Religión, que prescribe el culto de las Sagradas Imágenes, está constituida entre dos extremos viciosos, o dos vicios extremamente opuestos, uno que les presta un culto indebido, otro que les niega todo culto. Aquél es propio de los Idólatras, éste de los Herejes. Los Católicos estamos en el medio justo. Pero los Herejes, para cuyos ojos lo negro es blanco, y lo blanco negro, nos colocan entre los Idólatras». Benito Jerónimo Feijoo, «Sobre la recta adoración y devoción de las imágenes», en Adiciones a las Obras del Padre Feijoo, Discurso I, §. I, 1. Disponible en http://filosofia.org/bjf/bjfvad1.htm

{39} Feijoo, ibidem.

{40} Feijoo, op. cit., §II, 16.

{41} Gustavo. Bueno, «Los valores de lo sagrado», pág. 431.

{42} Julio Caro Baroja, Las formas complejas..., págs. 108-109.

{43} Gustavo Bueno, «Los valores de lo sagrado», pág. 431.

{44} Gustavo Bueno, «Los valores de lo sagrado», pág. 432.

{45} «El culto a Dios, tal como lo concebían hombres como Calvino, no permitía concesión alguna en relación con las imágenes. Cualquier imagen era una profanación, una consecuencia de aberraciones del hombre y una expresión de paganismo. Representar a Dios, puro sacrilegio. Calvino tuvo una especie de iconoclastía que quedó en su iglesia y que –como es sabido– ha producido en ciertos países una clase de beatería popular tan extremada como la que produce en otros la iconolatría». J. Caro Baroja, Las formas complejas..., pág. 123.

{46} L. Feuerbach, «Principios de la filosofia del futuro», 1 en Principios de la filosofía del futuro y otros escritos. PPU, Barcelona, 1989, pág. 78. Ya antes un autor considerado como materialista y ateo, Tomás Hobbes, afirmaba en su Leviathan. Alianza, Madrid 1992, pág. 497 que «Otro residuo del paganismo es la adoración de las imágenes, cosa que no fue instituida por Moisés en el Antiguo Testamento, ni por Cristo en el Nuevo; tampoco fue adoptada por imitación de los gentiles, sino que éstos la conservaron cuando se convirtieron a Cristo».

{47} Gustavo Bueno, Cuestiones cuodlibetales sobre Dios y la religión. Mondadori, Barcelona 1989, pág. 445.

{48} «El conflicto [entre númenes y fetiches] alcanzó su máxima tensión cuando, a la vez, los valores sagrados fetichistas constituían obras de arte, y de arte considerado como el más refinado; porque entonces, el conflicto entre el elemento religioso o numinoso de lo sagrado, y el elemento corpóreo-fetichista conduciría al proyecto radical de una desacralización del arte. Una desacralización que no estaba impulsada desde una perspectiva racionalista, que buscase secularizar los valores estéticos, sino desde una perspectiva religiosa. Es así como resultará que el proceso de desacralización religiosa del arte se convirtió en el implacable, por no decir fanático movimiento religioso que conocemos como iconoclastia. La desacralización religiosa del arte puede llegar al límite, en la forma de una propuesta de "liquidación" del arte mismo». Gustavo Bueno, «Los valores de lo sagrado», págs. 429-430.

{49} Gustavo Bueno, «Los valores de lo sagrado», pág. 428.

{50} Luis Sánchez Agesta, Ibidem.

{51} Pío Moa, Los orígenes de la guerra civil española. Encuentro, Madrid 1999.

{52} «La Iglesia extiende su interés a los más variados e íntimos aspectos de la conducta no sólo en el templo, sino en la familia, en la vida íntima. El Estado soviético pretendió, a su modo, orientar según un nuevo estilo la totalidad de los aspectos de la conducta del ciudadano: su moral, el arte, la religión, &c. Lo que se dice del Estado soviético puede extenderse, acaso aún más, a ciertas organizaciones políticas –partidos políticos– cuyos militantes tienen la impresión de estar sujetos no ya a un con-junto de compromisos parciales, sino a un compromiso totalizador, en cuanto que afecta a todos los aspectos de su conducta profesional, privada, estética, moral, &c.». Gustavo Bueno, El papel de la filosofía en el conjunto del saber. Ciencia Nueva, Madrid 1970, págs. 33-34.

{53} Ver José Manuel Cuenca Toribio, La guerra civil de 1936. Espasa Calpe, Madrid 1986, pág. 222. Para estudiar la génesis del término Cruzada en la Guerra Civil es interesante consultar el artículo de Maximiliano García Cordero, OP, «Cómo surgió la idea de Cruzada en la Guerra Civil», en Razón española, 116 (noviembre-diciembre 2002); págs. 277-304. Disponible en galeon.hispavista.com/razonespanola/r116-cru.htm

{54} «El país se polarizó, los revolucionarios consideraban a los conservadores un rebaño de necios y serviles manipulados por una oligarquía privilegiada y explotadora, una barrera para la liberación integral del ser humano; los conservadores veían en sus adversarios una masa embrutecida y embaucada por jefes sin escrúpulos, dominados por la envidia y el resentimiento y lo bastante enloquecidos para sacrificar la civilización en aras de unas ambiciones quiméricas». Pío Moa, El derrumbe, págs. 30-31.

{55} Caro Baroja señala con acierto que Los filósofos alemanes del siglo XVIII y XIX criticaron de forma anacrónica al cristianismo por su imagen de los santos atormentados. Para el antropólogo español esta interpretación es excesiva, tan excesiva como oponer el paganismo griego al cristianismo primitivo ¡en 1790 o 1820! (Las formas complejas..., pág. 115).

{56} «La sociedad cristiana primitiva no tenía la complejidad de la sociedad medieval tardía, ni había elaborado como ésta una enorme cantidad de conocimientos técnicos y de tradiciones de origen muy distinto, de suerte que el arte cristiano –como otros elementos de la religión– llega a ser un producto obtenido en un inmenso crisol. Una consecuencia de "novedades" sucesivas, en suma. Y estas "novedades" cuando llegan al momento más crítico es cuando los protestantes vuelven al viejo ataque». Caro Baroja, Las formas complejas..., pág. 123.

{57} «Desmintiendo la falsa imagen de gran parnaso cultural que tantos difunden de este régimen, la furia iconoclasta que desató a lo largo de los nueve años en que se mantuvo convierte en anécdota la destrucción de los budas de Bamiyan a manos de los taliban afganos que tanto nos ha horrorizado». Miguel Ángel García Olmo, op cit. También historiadores como Pío Moa mantienen tales concepciones, aunque sin profundizar en exceso en ellas.

{58} Gustavo Bueno, El mito de la cultura, págs. 117-139 y Cuestiones cuodlibetales, págs. 269-271.

{59} Como afirma en numerosos lugares de su obra El reñidero español, Península, Barcelona 2001.

{60} Pío Moa, Los personajes de la república vistos por ellos mismos, págs. 388-389.

{61} Gustavo Bueno, «Los valores de lo sagrado», págs. 434-435.

 

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