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El Catoblepas, número 17, julio 2003
  El Catoblepasnúmero 17 • julio 2003 • página 3
Guía de Perplejos

De la moda y del vestir

Alfonso Fernández Tresguerres

Donde se defiende que el origen del vestido es el adorno,
y el motor de la moda el deseo de distinguirse y el afán de emulación

Hablo de la moda en el vestir (el problema de la moda en general, resulta demasiado amplio y complejo como para poder abordarlo en esta breve nota). Pero para hablar de la moda en el vestir supongo que debemos comenzar por hablar del vestir mismo.

En repetidas ocasiones he oído decir a Gustavo Bueno, pensando directamente contra Desmond Morris (y a mi juicio con todo acierto), que el hombre, más que como un mono desnudo, ha de ser definido como un mono vestido. Ciertamente, el vestido es un rasgo distintivamente humano. Pero un rasgo, además, que no deja de resultar inquietante. ¿Por qué nos vestimos? ¿Cuál es el origen del vestido?

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Yo no sé a qué se deba el que esta cuestión no haya recibido por parte de biólogos, etólogos o antropólogos la atención de la que es merecedora. Tal vez suceda que se ha dado por supuesto que el vestido surge de la necesidad de protegernos de las inclemencias del tiempo. Seguramente ésa es la idea que se encierra en el título del famoso libro de Desmond Morris: dado que somos un mono desnudo, esto es, sin la protección natural que el pelo, la grasa o la pluma proporcionan a otras especies animales, no hemos tenido más alternativa que inventar el vestido y cubrir nuestro cuerpo. Ahora bien, esto, que pudiera resultar tan obvio, si bien se piensa, no lo es en absoluto; y no ya porque determinados climas tropicales, y en general benignos, en los que el vestido acabó por implantarse, parecen no exigirlo en absoluto, sino, y principalmente, porque no resulta nada fácil creer que hayamos iniciado nuestro periplo evolutivo sin los recursos naturales mínimos para mantener protegido nuestro cuerpo. Creo que Montaigne acierta cuando observa que: «estando todos los seres dotados en sí mismos de hilo y aguja con que proveerse, parece inverosímil que sólo nosotros hayamos sido producidos en estado indigente y defectuoso, y tal que no nos cabe sostenernos sin ayuda ajena, Así creo que, de igual modo que las plantas, árboles, animales y todos los demás seres vivientes se hallan equipados por la naturaleza para defenderse de las injurias de la intemperie, de igual modo, digo, también nosotros lo estuvimos.» No se trata, pues, de que por carecer de medios de protección natural, o por haberlos perdido como consecuencia de presiones selectivas (lo que resultaría absurdo, dada su innegable utilidad), nos hayamos visto obligados a vestirnos, sino al contrario: fue la costumbre de vestirnos la que acabó por tornar obsoletos aquellos equipamientos naturales, propiciando su extinción. Para ser más concretos: lo que sucedió no fue, con toda seguridad, que habiendo nacido desnudos, esto es, sin la densa mata de pelo propia de todos los monos, nos viésemos forzados a vestirnos, sino que la costumbre de vestirnos fue la que acabó por hacer innecesario el pelo (y la prueba de que en nuestra dotación genética éste era un elemento fundamental es que aún no se ha extinguido del todo, aunque, con toda probabilidad, así sucederá en un futuro).

Y entonces, ¿por qué nos vestimos? Otra explicación, contemplada por algunos, es que el origen del vestido sea el pudor: nos vestimos para mantener oculto nuestro cuerpo. Pero esta segunda explicación tampoco veo yo que se sostenga con demasiada firmeza: ¿por qué habríamos de sentir pudor? ¿Por qué, entre todos los primates, y entre los animales todos, nosotros habríamos de ser el único pudoroso? ¿Qué pudor podría darse estando, desde siempre, todos desnudos? El pudor lo experimenta el individuo desnudo entre gente vestida, o, si se quiere, al descubrir el cuerpo ahora que es costumbre llevarlo cubierto, pero si desde nuestro nacimiento nos hubiésemos visto desnudos entre gente desnuda, no sabríamos lo que es el pudor más de lo que pueda saberlo un niño o una pareja de amantes (claro que esto no viene al caso con los amantes de pijama y camisón). Pero es que, además, se encuentran ejemplos de pueblos (por ejemplo, los de la bahía de Humbolt) que, conociendo y usando el vestido, llevan, en cambio, los genitales desnudos; y los genitales son, no lo olvidemos, las partes pudendas por excelencia (no así en la mujer hotentota, quien se muestra más celosa de su trasero). Creo que una vez más se hace obligado concluir que la flecha causal va justo en la dirección contraria: no es el pudor el que ha dado vida al vestido, sino el vestido el que ha generado el pudor.

Así las cosas, y sin menospreciar las funciones mágicas que en sus inicios acaso pudo desempeñar el atuendo en algunas ocasiones (por ejemplo, el cinturón lumbar como medio para asegurar la unión del matrimonio entre los weddas), tal vez no quede otra alternativa que atribuir su génesis al afán de adorno, tal como defendiera Ratzel, y también Wundt, pese a que éste último parece conferir una mayor importancia a sus orígenes mágicos.

Pero cuando alguien se adorna, es obvio que no lo hace para sí mismo, sino para los demás; se adorna para resultar más atractivo o agradable; para resaltar las gracias naturales (o para ocultar las desgracias no menos naturales); se adorna, en suma, para gustar. Ahora bien, por lo general a quien se desea gustar es a las personas del sexo opuesto. De donde resultaría que en el nacimiento del vestido sería un factor esencial el deseo de atraer, de agradar, de seducir. Y por aquí venimos a dar en la antítesis de la tesis del pudor, porque nos encontramos con que, lejos de nacer el vestido para proteger un sentimiento de pudor, lo hace justo para lo contrario: propiciar la atracción, excitación y estimulación sexual del otro, convirtiéndose, de este modo, en un mecanismo clave en el juego de la seducción (Eva no se cubrió con una hoja de parra para proteger su pudor, sino para incitar a Adán. Y Adán porque hacía siempre lo que veía hacer a Eva). Y, en contra de lo que opina Grosse, quien sostiene que a medida que se fue generalizando su uso fue perdiendo el vestido poder de excitación, creo que aún es así: más que lo que se ve, atrae lo que se insinúa y lo que se imagina, y el vestido, con sus contrastes de ocultación y desvelamiento, es capaz de dar vida a una amplia gama de insinuaciones que actúan como detonante y disparadero de la imaginación; más que la desnudez plena, excitan los instantes previos a ella, de la misma forma que lo mejor y más gozoso de un día feliz, largamente esperado, suele ser la víspera; y el vestido es justamente esa víspera de la desnudez, la frontera, frágil o infranqueable, según los casos, que separa ambos momentos.

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Pero el vestido es más que eso: es uno de los elementos esenciales en la comunicación no verbal (y no sólo en la de carácter erótico), y como tal, nunca falta en las principales clasificaciones que de la misma se han ensayado (así, la de Argyle o la de Cook). Parece bastante claro que la primera idea que los demás se forman sobre nosotros se deriva de nuestro aspecto, y es patente que éste se halla conformado, en una proporción nada desdeñable, por nuestro modo de vestir (lo expertos en marketing y los asesores de imagen tienen mucho que decir sobre el particular). Y si ello es así, entonces también nosotros podemos intentar influir en el juicio de los demás manipulando nuestro atuendo, jugando a parecer lo que no somos o a poner de manifiesto lo que somos o lo que creemos ser. Al final va a resultar que vivimos en carnaval permanente.

Y una de las informaciones que con el vestido intenta la gente comunicar a los otros es la pertenencia a un determinado grupo (sabido es que las llamadas «tribus urbanas» de jóvenes buscan delimitarse frente a los otros, no sólo, pero sí en una medida importante, por la fidelidad a determinadas marcas comerciales, que vienen a constituirse, así, en una especie de señas de identidad de dicho grupo). Mas también es el vestido indicio por el que el primate humano al que cubre quiere poner de manifiesto el status social que ocupa (o que quiere hacer creer que ocupa, porque muchas veces no se trata más que de mera apariencia). Como decía Mark Twain, a quien desde hace largo tiempo frecuento con renovado placer: «La ropa hace al hombre. La gente desnuda tiene escasa o nula influencia en la sociedad.» Lo cierto es que, tristemente, en no pocas ocasiones, la ropa hace al hombre: tal parece que, con harta frecuencia, no vivimos sino de la apariencia y para la apariencia.

Pero si todo esto que llevamos dicho va por camino acertado, entonces se comprende que pocas cosas se encuentren tan a merced de los vaivenes de la moda como ésta del vestir; y eso tanto porque varía en cada momento aquello que se considera sugerente o atractivo (aunque no sean más que caminos distintos que siempre conducen al mismo sitio), como por el hecho de que también en cada época el lugar que se ocupa en la «jerarquía de picoteo» ha de ser remarcado por plumajes diferentes. Y ello por la simple razón de que si uno de los objetivos que con el vestido se busca es dibujar la diferencia (entre individuos y entre grupos), cuando un uso se generaliza, es preciso encontrar uno nuevo. He ahí (según creo) el mecanismo que rige el curso de la moda: el afán de señalar lo que se es o de parecer lo que no se es, de distinguirse (¿no se ha reparado que en nuestra lengua al elegante se le llama también distinguido?); mas cuando se produce la uniformidad, nacida de la mimesis, desaparece la distinción, y se hace necesario crear otra. Considero, pues, enteramente acertada la tesis de Kant, quien sostiene que la moda nace del afán de imitación para no parecer inferiores a los demás, por lo que «entra –afirma– bajo la rúbrica de la vanidad, puesto que no tiene en su designio ningún valor intrínseco; e igualmente en la de la tontería, porque hay en ella una fuerza de obligarnos a dirigirnos servilmente por el mero ejemplo que otros muchos nos dan en la sociedad». Y añade: «Así, pues, no es la moda propiamente una cosa del gusto (puesto que puede ser extremadamente contraria a él), sino de la mera vanidad de ser distinguido y de la rivalidad por superarse mutuamente (de este modo, los élégants de la cour, otras veces llamados petits maîtres, son unos presumidos).»

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Yo pienso que es una cosa bien estúpida vivir para la moda (más inteligente, desde luego, es vivir de ella, siendo capaz de crear la necesidad al tiempo que el producto). Y aconsejó, a quien quiera oírme, que recuerde aquello que decía Goethe: «No le sienta bien al hombre entrado en años seguir la moda ni en su forma de pensar ni en la de vestir.» Mis años son ya cuarenta y seis, y en la forma de pensar hace tiempo que no sigo moda alguna. Digo lo que pienso que es verdad, tanto si voy con los tiempos como si no. Y aunque es cierto que hay una docena de autores a los que vuelvo una y otra vez (tampoco sé si están de moda ni me importa), no lo es menos que, al fin y al cabo, para las nimiedades y bagatelas que se me ocurren no precisaría de gran auxilio. Y en lo que atañe al vestir, procuro mantenerme en un justo término medio: no me visto de colorines, pero tampoco siempre de blanco y negro, como solía hacer Montaigne (lo mismo –aclara– que su padre). Es tontería seguir con fidelidad perruna los dictados de la moda, pero tampoco hace falta ser un anticuado (preso de usos pasados) o un extravagante (tener a gran honor no seguir la moda en absoluto). Ambos, extravagante y anticuado (la distinción es de Kant), muestran más presunción y vanidad de las que su desprecio a los usos del presente podría hacer pensar: con su actitud, en el fondo, no buscan sino distinguirse y llamar la atención. Yo en todo esto vuelvo a estar de acuerdo con Kant, cuando afirma que: «Siempre es mejor (...) ser un necio en seguir la moda que ser un necio en no seguirla.» Él, que, ni siquiera en los momentos más oscuros en los que le sumió la demencia senil, jamás se dejó ver en público sin la peluca convenientemente empolvada, creo que estaría de acuerdo conmigo en que se debe seguir la moda sólo lo justo para pasar desapercibido.

 

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