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El Catoblepas, número 16, junio 2003
  El Catoblepasnúmero 16 • junio 2003 • página 24
Libros

La autobiografía del historiador Hobsbawm

Fernando Muñoz Martínez

Sobre el libro de Eric J. Hobsbawm, Años interesantes.
Una vida en el siglo XX,
Crítica, Barcelona 2003

Eric John Hobsbawm (Alejandría, Egipto 1917)Eric John Hobsbawm (Alejandría, Egipto 1917)Eric John Hobsbawm (Alejandría, Egipto 1917)Eric John Hobsbawm (Alejandría, Egipto 1917)Eric John Hobsbawm (Alejandría, Egipto 1917)

Es notable que un historiador narre su propia biografía, su tránsito a través del siglo reciente. Es de primera importancia cuando el historiador disfruta el merecido prestigio que avala la obra de Eric John Hobsbawm (Alejandría, Egipto 1917). Su formación histórica y su índole personal evitan al lector referencias ajenas al ámbito propio de una biografía, referencias a los residuos de la historia o la política, referencias que ni siquiera llamaríamos privadas, sino –según una palabra hoy ensuciada– íntimas: las heces del vaso de la vida.

En la biografía de E. J. Hobsbawm, que ofrece en español la editorial Crítica, no podía haber confidencias invasoras y tóxicas (intumare), sino el rastro de un ilustre profesor de Historia por un siglo extremo no sólo cronológicamente, respecto a nuestro presente, sino en su propia estructura política. Es posible, sin embargo, que el siglo haya resultado políticamente extremo únicamente hasta el comienzo de los años sesenta, al menos por lo que respecta a la Europa occidental y, en especial, al Reino Unido, efectiva patria del profesor Hobsbawm; cuyo carácter británico se antepone a la Viena o el Berlín de sus años primeros. Fueron los años que vieron crecer la tormenta del nazismo en torno a un joven judío, a salvo, merced a su condición británica, de las hordas de los Hakenkreuzler. A un tal E. Obstbaum le nacieron en Alejandría del Nilo, una ciudad que, sin embargo, no pertenece en absoluto a su biografía, toda la cual transcurre, pese a sus numerosos viajes, ligada a Europa y vertebrada por su condición de comunista. Una condición adquirida, frente al judaísmo hereditario.

La vida de Eric Hobsbawm, el historiador comunista, ha conocido como la de tantos socialistas revolucionarios del siglo XX una brecha profunda que puede medirse con precisión y que tiene una fecha tan determinada que puede señalarse entre los días 14 y 25 de febrero de 1956, fecha de celebración del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética. Los días en que N. Jrushchev abría paso a la desestalinización.

A muchos de los nacidos en el último tercio del siglo XX, bajo los sonidos del rock participativo y el signo de la comunión rebelde, no deja de resultarnos asombrosa la persistente alineación soviética de algunos de los más prestigiosos autores del siglo. Este asombro no procede siempre de la actual descomposición política de las sociedades que algunos llegan a llamar posthistóricas. En efecto, especialmente para quien siga considerando el marxismo como la inexorable filosofía de la historia de la que hay que hacerse cargo en cualquier ensayo de comprensión política del presente, resultará sobremanera asombrosa la tendencia consciente a elaborar, por parte de prestigiosos autores cuya vida arranca en el primer tercio del siglo, una defensa soviética del marxismo, justamente cuando más necesaria estaba resultando la revisión marxista de la Unión Soviética. Por nuestra parte desestimamos cualquier pseudoexplicación de esa persistente alineación por recurso a categorías psicológicas, pero también éticas o morales diseñadas desde las dulces orillas de la historia. El problema consiste precisamente en encontrar el fundamento político de esta firme decisión.

La adscripción militante de Hobsbawm al socialismo revolucionario parte del otoño de 1932, fecha en la que ingresó en la Sozialistischer Schülerbund (SSB), una organización crecida en el revolucionario Berlín de los años 20/30, que fructificó entre estudiantes socialdemócratas y comunistas de las Aufbauschulen, unas escuelas subvencionadas por el gobierno prusiano en las que jóvenes seleccionados de la clase obrera podían lograr su Abitur. La formación de esta organización estuvo impulsada por las Juventudes Comunistas bajo inspiración de Olga Benario.

En la lucha por la revolución universal, el Berlín de los años treinta es indudablemente parte formal del escenario crítico en que se produjeron los movimientos determinantes de lo que sería, en la segunda mitad de la década, el rotundo fracaso del socialismo revolucionario en Europa Occidental. Un fracaso que a menudo se contempla hoy, dada la posibilidad retrospectiva de definir los factores determinantes del mismo, como un suicidio. Pero la historia en curso, in medias res, no permite construir la ciencia exacta de su desarrollo, sólo posteriormente cabe reconocer –siempre tarde para el presente histórico– los factores sin duda determinantes del curso pretérito de los acontecimientos.{1} En los planes políticos del KPD habían de estar analógicamente incorporadas las operaciones de sus enemigos, pero éstas son tales que no pueden estar presentes de modo prefijado, como si se trata de reflejos automáticos. Entre otras cosas porque la respuesta de la clase enfrentada –y en particular del NSDAP– estuvo necesariamente mediada por los propios planes y programas del KPD.

Acaso haya sido precisamente el olvido del carácter de ciencia media propio del saber histórico, en nombre del «socialismo científico», el que haya llevado a semejante fracaso. La cegadora luz de la presunta ciencia histórico económica llevaba a considerar que la estabilización del capitalismo a mediados de los años veinte habría de dar paso a una nueva y definitiva crisis revolucionaria.{2} Ésta sólo estaría siendo paliada por la política socialdemócrata de modo que la socialdemocracia aparecía como el obstáculo fundamental al avance del proceso revolucionario. El ascenso del NSDAP sólo era percibido como un peligro secundario.

En resumen, el KPD hizo bandera de la pretendida traición de clase de la socialdemocracia. Semejante conclusión puede ser considerada hoy no sólo un error histórico, sino el principio de un programa rayano en el delirio. Sin embargo, ante la posibilidad de lo (im)posible, el realismo socialdemócrata, que entendía la política como arte de lo posible, había de resultar profundamente miserable. El emblema de esta oposición de los comunistas a los socialdemócratas de Weimar sigue siendo la huelga de transportes de Berlín en noviembre de 1932 –entre el triunfo nazi en las elecciones de julio y el nombramiento de Hitler como canciller en enero del 33–. La huelga convocada por la RGO (Oposición Sindical Roja) fue apoyada por la organización nazi y celebrada con éxito contra los sindicatos oficiales de orientación socialdemócrata. Esta convergencia estratégica coyuntural no ocultaba el enfrentamiento total del partido comunista con el nazismo. Por otra parte, la huelga tuvo el efecto episódico, históricamente despreciable, del aumento del voto comunista en las elecciones del 6 de noviembre, y el decremento de votos nazi. Pero a escala histórica figura como signo del error profundo del planteamiento estratégico comunista.

Hobsbawm reconoce la responsabilidad del partido comunista en la falsa apreciación de sus movimientos estratégicos en el difícil año de 1932, de modo que el error era visible entonces. De hecho, el partido mismo se preparaba conscientemente para la ilegalización y la persecución. Sólo la esperanza en el carácter global del socialismo universal y, sobre todo, la certeza apodíctica en el triunfo de la revolución, derivada de la pretendida ciencia histórico económica, explica la firmeza de los jóvenes comunistas dispuestos a la clandestinidad, la tortura o la muerte.

Así pues, en la lucha de poder a poder del fascismo biologicista nazi y el socialismo revolucionario se sabía que el objetivo inmediato del régimen nacionalsocialista sería la eliminación de comunistas y socialistas, como de hecho sucedería. Ahora bien, también el socialismo revolucionario contaba con su potencia al objeto de la eliminación de las fuerzas de la reacción. Incluso alcanzada la conquista del Estado por el NSDAP, éste sería derrotado por una clase obrera que, organizada por el KPD, sumaba ya en los primeros años treinta un ejército de unas cuatrocientas mil personas.

Pero este ejército obrero fue inmovilizado por los movimientos de un subestimado A. Hitler. A nadie sorprendería que los primeros campos de concentración acogieran como sus primeros habitantes a un buen número de comunistas, muchos de los cuales resultaban ser asimismo judíos. Dicho sea de paso, la idea de una íntima relación entre bolchevismo y judaísmo no es sólo una construcción propagandística de Hitler. La efectiva composición judía de buena parte de las organizaciones revolucionarias en Europa es un problema histórico que ha de plantearse. «Junto con el cristianismo, el marxismo es otra de las herejías primordiales del judaísmo.»{3}

El hecho es que el NSDAP conquistaría el Estado desencadenando, en una serie de pasos bien medidos, la suspensión de la (im)posible revolución en Europa. La ilegalización no fue inmediata sino medida con precisión, las Tropas de Asalto (SA Sturmabteilung) así como los Grupos de Defensa del partido nazi (SS Schutzstaffeln) fueron autorizados a desplegar su fuerza represiva como una suerte de policía auxiliar. El Reichstag fue inmediatamente disuelto fijando elecciones para los primeros días de marzo del 33, se decretó el estado de emergencia y restringió la libertad de prensa. El 24 de febrero, asaltado el cuartel general del KPD, presuntamente se encontró documentación que demostraría la alta traición del comunismo a la patria alemana. Pero antes de las elecciones, la noche del 27 de febrero, todavía habría de arder sospechosamente el Reichstag, circunstancia que propició la declaración del estado de excepción. A comienzos de Abril y sólo en Prusia se contarían en torno a 25.000 «detenidos cautelares».

De este escenario de catástrofe fue liberado el joven Hobsbawm, de nacionalidad británica. El resto de su vida el futuro historiador, señalado con la huella de la revolución frustrada, viviría como ciudadano británico y militante comunista. La permanencia de Hobsbawm en el Reino Unido resultaría finalmente determinante en su labor histórica, no sólo por la permisividad relativa con la que las instituciones británicas trataban a sus miembros, los casos de Cambridge tanto como de la London School of Economics son ejemplares, sino también porque, gracias a esta relativa permisividad, el Reino Unido contemplaría en los años treinta el desarrollo de la más importante escuela europea de historiadores marxistas. Esta escuela británica creció no sólo alejada de la esclerosis teórica soviética, sino del influjo filosófico europeo de no sólo Lukács, Korsch o la Escuela de Frankfurt, sino, posterior y fundamentalmente, de Althusser. A pesar de las posibles virtualidades que esta influencia pudiera haber ejercido, es también cierto que fue gracias a su relativa independencia doctrinal por lo que la historiografía británica pudo constituirse sin las trabas esterilizantes que la filosofía marxista continental, especialmente la influencia de Althusser, supuso para la historiografía europea.

A E. Palmer Thompson, cuya La formación de la clase obrera en Inglaterra (1963) obtuvo un enorme éxito, le pudo aconsejar Hobsbawm que atendiera antes a su trabajo como historiador que a la discusión con un pensador cuya influencia no sobrepasaría la década. Un consejo que en Europa habría sido considerado aberrante, dado el imperio filosófico que el pensamiento marxista ejercía sobre la práctica de los historiadores europeos. En efecto, el marxismo continental pretendía ser mucho más «teórico», sin embargo, esta densidad teórica se traducía en ciertas oposiciones escolares del tipo infraestructura/superestructura, estructura/coyuntura etc. que dieron lugar a un relativo abandono, en la historiografía continental, de lo episódico por lo estructural, así en la escuela de los Annales, tanto como a una cierta desestimación de la ideología y la política en cuanto componentes «superestructurales» del proceso histórico. La historiografía británica supo restituir a la política su centralidad en la evolución histórica, sin olvidar por ello los factores económicos y sociales. La obra e E. Palmer Thompson reconstruía en esta línea los conceptos de «clase» y «lucha de clases» intentando superar su definición rigurosamente económica, casi mecanicista, situándolos en el plano real y efectivo de la ideología y la política de un modo no reductivamente económico. Los esfuerzos de Thompson contra Althusser en cuanto fuente de efectos esterilizantes en la práctica histórica (Miseria de la teoría. 1978) pueden considerarse hoy anecdóticos, pero los trabajos del grupo de la revista Past & Present, con el propio Hobsbawm en vanguardia como uno de sus fundadores (1952), se deshicieron en buena medida de las dicotomías dogmáticas de la «teoría marxista».

La guerra mundial asaltaría a Hobsbawm en el relativamente protegido entorno británico. Su labor militar resultaría, debido a circunstancias imprevisibles, casi anecdótica. Ajeno a los intentos de paz con Inglaterra, por parte de Hitler, y a la presencia de un partido favorable a la firma de la paz en el propio gobierno de W. Churchill, el joven comunista pudo sentirse inmerso en un frente firme contra el fascismo. El por lo menos ambiguo pacifismo británico, que ya se había cubierto de gloria en los acuerdos de Munich, careció en efecto de la fuerza necesaria para imponer su posición. Pero si Halifax hubiera hecho posible la paz, posiblemente la mayoría de los buenos ciudadanos ingleses, como los franceses tras Pétain, habrían caminado en pos de su pacífico líder. No habría sido el caso, desde luego, de Hobsbawm y de las fuerzas revolucionarias que todavía latían en Gran Bretaña. Por otro lado, las absurdas directrices del partido que exigían no tomar las armas contra hermanos de clase fueron razonablemente desoídas en masa también en el Reino Unido. Con la guerra en el centro de su vida, aunque en un ambiente protegido, dado que Hobsbawm sufrió la guerra en una llevadera retaguardia, pudo casarse en 1943 con Muriel Seaman. Un matrimonio de la guerra que acabaría fracasando.{4} Fue el mismo año en que se hizo del todo visible el cambio de rumbo en la «patria de la revolución», ese año Stalin disolvió la Internacional Comunista y anunció la nueva perspectiva de una larga coexistencia con el capitalismo en la postguerra. Tres años después, en febrero del 46 el soldado innecesario E. J. Hobsbawm abandonó el uniforme para regresar al estudio en Cambridge.

La guerra fría, aunque tuvo efectos directos sobre la carrera académica del militante comunista, no se hacía sentir en Gran Bretaña con el gélido aliento que la acompañaba, desde el inmediato final de la guerra, en los EE. UU. Esta relativa permisividad explica que fuera nombrado profesor ayudante del Birbeck College en 1947. Durante los primeros años tras la guerra el anticomunismo resultó incluso notablemente benévolo, hasta el punto de admitir a personas de evidente filiación socialista en programas de reeducación en Alemania. Al respecto Hobsbawm recuerda que los numerosos judíos que sirvieron en los trabajos de «desnazificación» vivieron su regreso sin reacciones antialemanas, pese al conocimiento ya extendido del infierno sin matices que simboliza Auschwitz.

De entre los muchos acontecimientos que hacen difícil entender la persistente militancia comunista de E. Hobsbawm hay uno especialmente sangrante para un socialista judío. La antigua sinagoga de Praga recibió en sus paredes los nombres de los caídos como resultado de los programas nazis de deportación y exterminio. Allí pudo Hobsbawm leer los nombres de sus familiares y conocidos. En los años 70 el comunismo checo eliminó las inscripciones de estas paredes, con la obscura justificación que no destacar a ningún grupo de víctimas del fascismo. Esta exigencia de confusa equivalencia de todas las víctimas armoniza perfectamente con el más radical relativismo, según el cual todas las víctimas son iguales y equivalentes todos los crímenes.

Todavía en 1947, sobre el territorio arrasado de Alemania, la incertidumbre sobre el futuro de la alianza que ganara la guerra era prácticamente completa. Se anunciaba incluso un nuevo enfrentamiento sobre los restos calcinados del país. Ya al año siguiente la tensión creciente se hizo notar de forma directa: los regímenes orientales que se presentaban como democracias populares fueron asimilados a la dictadura del proletariado bajo el imperio del PCUS y se creó una nueva Internacional Comunista dirigida a Europa (Cominform). El bloque occidental, sin purgar propiamente sus cuadros, inició una selección que impidiera a los comunistas confesos el acceso a informaciones de interés público. En las universidades, aunque no se produjo una depuración en sentido propio, los nombramientos a comunistas fueron inexistentes durante una larga década. Pese a todo, Hobsbawm encontraría en 1958 el encargo por George Weidenfeld de un primer volumen de una historia de los siglos XIX y XX: La era de la revolución 1789/1848.

Hobsbawm trasluce cierto orgullo justificado al defender las instituciones académicas británicas que, a él como otros muchos, les permitieron vivir y trabajar durante la larga guerra fría, pese a los obstáculos y controles que, sin duda, existieron. Gran Bretaña no era Estados Unidos.{5} En este contexto su pertenencia a la organización de los Apóstoles de Cambridge, y el respeto que denota hacia la tradición, es otra característica de las paradojas de los revolucionarios, los cuales sin dejar de ser revolucionarios podían ser «apostólicos».{6} De modo que esta asociación compartía el tiempo del historiador con la pertenencia a la Agrupación de Historiadores del Partido Comunista, germen de la escuela británica de historiografía marxista y fuente de la importante revista Past & Present. La Agrupación se quebró con la crisis del XX Congreso del PCUS del año 56. Tras los procesos de Moscú o Checoslovaquia no es fácil entender la pertinaz adscripción comunista de un historiador especialmente bien informado, que pudo visitar la URSS pocos meses después de la muerte de Stalin y antes del postestalinismo. Pese a que no quiso repetir esta visita nunca más, Hobsbawm mantuvo su militancia, aunque a toda la distancia respecto del régimen ruso que la pertenencia a un partido comunista toleraba.

Por lo demás, la labor en un mundo académico que no conocía las dimensiones masivas de los actuales centros e instituciones educativas y culturales permitía, reconoce Hobsbawm, un ascenso social casi mecánico. La continuidad en el espectacular crecimiento económico y la lenta aunque paulatina distensión de la guerra fría abrió paso a formas de vida social que podrían considerarse inéditas. Podría hablarse de una transformación silenciosa, cuya profundidad apenas hoy podemos medir. El amanecer de la alegre juventud, que comulga en enormes auditorios donde su «rebeldía» cobra forma en ritmos de rock y estilos neorousseaunianos de «liberación», puede fechar su aparición en los años 60/70. Frente a este mercado adolescente, Hobsbawm se ligó durante años como crítico musical a la atmósfera menos juvenil del Jazz, hasta que pasó a formar parte del mismo mercado arrasador de una contracultura emancipadora de viejas cadenas (sexuales, familiares, educativas...) que ha terminado por entregarnos a más sutiles cadenas psicodélicas y fantasmáticas, cuya tensión insensible mantiene hoy a los europeos masivamente deprimidos.

Este ambiente supuso también para los militantes comunistas una notable distensión. En el ambiente de la nueva política, vertebrada por los medios de comunicación de masas, la pertenencia a un partido pareció perder importancia en nombre ante la oleada de armonismo universalista que subyacía a las campañas liberadoras, ya del imperialismo colonialista, ya de la amenaza nuclear, ya de las dictaduras totalitarias, ya de las especies en peligro de extinción... Hobsbawm nos habla de sus relaciones con Gales en continuidad con semejante atmósfera libertaria. En efecto, el incremento del nacionalismo, nostálgico de un pretérito indefinido, creció acompasado a la oleada de liberación no sólo del colonialismo real, sino también de las instituciones disciplinarias o de los hábitos heredados de la vieja sociedad en materia de relaciones sexuales, de formas de vida familiar etc. Es fácil entender que la Nueva Izquierda que irrumpía ligada a estas formas sociales de protesta, no resultara compatible con la Vieja Izquierda, ligada a las clásicas estructuras políticas. Una Vieja Izquierda que, a partir de los sesenta, comenzaría a aparecer como resto fósil demasiado próximo a una época ya sepultada por toneladas de sedimento histórico.

Acaso las novelas de M. Houellebecq pongan hoy de manifiesto de manera ejemplar la apariencia ilusoria de la entusiástica liberación que esta rebelión, cuyo símbolo es el Mayo del 68, nos proporcionara. Y, dicho sea de paso, el rastro de desesperación que ha dejado a su paso.

«Lo cierto es que los carteles y grafitos típicos de 1968 no eran en realidad políticos en el sentido tradicional de la palabra. (...). Los estudiantes rebeldes recordaban a los observadores el anarquismo bakuninista durante largo tiempo olvidado, pero, en todo caso, de quienes estaban más cerca era de los "situacionistas", que habían anticipado una "revolución de la vida cotidiana" a través de la transformación de las relaciones personales. (...). Parecía que empleábamos el mismo vocabulario, pero no hablábamos el mismo idioma. (...). Además, para los que habíamos sido educados en la historia de 1776, 1789 y 1917, y éramos lo bastante viejos para haber vivido las transformaciones acaecidas desde 1933, la revolución, por mucho que fuera una experiencia intensa y emocional, tenía un objetivo político.»{7}

Hobsbawm, presente tanto en EE. UU en el 67 durante el punto álgido de la protesta contra la guerra de Vietnam y en París en mayo del 68, escribiría al año siguiente un artículo poco comprensivo hacia los «movimientos de protesta»: «Revolución y sexo.» Por lo demás, tenía plena constancia del carácter mitológico de la liberación cultural:

«En sí mismas, la rebelión cultural y la disidencia cultural son síntomas, no fuerzas revolucionarias. Cuanto más prominentes son –como resulta evidente en EE. UU.– más seguros podemos estar de que lo importante no está ocurriendo.»{8}

Y, sin embargo, más de treinta años después y desde el actual estado del mundo, Hobsbawm considera un error su apreciación. Podríamos establecer cierta analogía a propósito de las preferencias musicales y las adscripciones políticas de Hobsbawm: así como el entorno del jazz reaccionó con profundo desprecio frente al rock, pese a lo cual en pocos años el rock acabaría eliminando prácticamente al jazz, así también los nuevos movimientos de izquierda indefinida anegarían paulatinamente cualquier forma de izquierda política determinada. Merced a este resultado cabe desde el presente considerar el error de enfoque de quien no quiso entender el carácter propiamente «neo-revolucionario» de lo que percibió como una rebelión psicodramática. Y, sin embargo, Hobsbawm sigue escuchando con pasión histórica los complejos sonidos del jazz.

En los años sesenta irrumpe asimismo el llamado «Tercer Mundo» como una instancia política de importancia fundamental. Sus signos fueron Vietnam y Cuba, vistos inicialmente como puntos de resistencia al imperialismo capitalista. Sin embargo, ya en sus primeros pasos era perceptible el romanticismo político con que los revolucionarios cubanos eran contemplados desde Europa; sirva de ejemplo la conocida fotografía de Guevara convertida en marca de la Nueva Izquierda. La agresión al pintor Siqueiros, sospechoso de participación en los planes de asesinato de Trotsky, por un grupo de intelectuales y artistas surrealistas da la medida de la creciente indefinición en que las izquierdas se confundían:

«...nunca quedó claro hasta qué punto la emprendieron con él por razones de desacuerdo político o artístico.»{9}

En esta creciente indefinición confusa la fórmula de la revolución internacional serviría incluso para cubrir a los nacionalismos etnolingüísticos, incluso biologicistas, del tipo de la primera ETA. Y la par las reclamaciones y exigencias características de una huida psicológica masiva se presentaban como políticas.

«Durante un breve período a finales de los sesenta la juventud, o cuando menos los hijos de la antigua clase media y el sector de la sociedad que subían en masa a ese mismo estatus gracias a al explosión de la educación superior, sintieron que estaban viviendo la revolución, bien a través de una simple salida personal colectiva de los ámbitos del poder, de los padres y del pasado, bien por una excitación constante, acumulativa, casi orgásmica de la actividad política, o aparentemente política, o de los gestos que substituyeron a la acción.»{10}

Cuando la oleada del flower-power empezó a remitir, quedando como restos de la resaca algunos grupos recubiertos del vocabulario tradicional paramarxista, empezó a resultar patente la ruina del sueño revolucionario. El historiador lúcido pudo enfrentarse a grupos que, arropados por el léxico de la Revolución, poseían objetivamente un carácter reaccionario, cuando no simplemente delirante. Si con los grupos hispano americanos la disidencia podía resultar argumentada, los grupos europeos armados resultaban absurdos o contraproducentes. Los únicos con alguna posibilidad política de hacer avanzar sus programas eran los secesionistas irlandeses o vascos. De entre ellos cabe señalar que por lo menos el IRA no pretendía adscribirse a ningún género de izquierda, mientras ETA se arropó, sin embargo, de una cobertura popular izquierdista que le sirvió de máscara en la indefinida danza de la política española del último tercio del siglo.

Finalmente los rebeldes europeos del 68 quedaron convertidos en progresistas que mantenían su fervor, desarraigado de la práctica política efectiva, en departamentos universitarios. Otros muchos prosperaron en la política democrática de partidos adoptando una más efectiva tendencia socialdemócrata: Lionel Jospin –ex trotskista– o Joscka Fischer –viejo guerrillero urbano– son ejemplos conocidos.

Si las organizaciones sociales –presuntamente políticas– quedaban anegadas en el océano de una izquierda indefinida, cuyos rasgos distintivos no proceden del ámbito político, sino de los terrenos de la moda, del «estilo de vida», o –en general– de la noche obscura de La Cultura, cabe señalar que la producción industrial, auténtica fuerza generadora de esa clase media masiva que está detrás de la «revolución cultural» de mercado, cambió efectivamente el mundo. En 1968 la industria francesa del vestido produjo por primera vez más pantalones de mujer que faldas, mientras los seminarios católicos conocieron el punto de inflexión que conduce a la profunda «crisis actual de vocaciones».

Por otra parte, los años sesenta han supuesto también la aparición de una elite intelectual itinerante, de la que el propio Hobsbawm forma parte. Desde sus viajes a Cuba entre el 60 y el 68 a la actualidad un grupo de intelectuales de prestigio internacional han constituido una nueva clase de observadores y sabios viajeros que recorren el planeta en una peregrinación que se mueve entre la propaganda cultural y comercial de promoción editorial y la antigua labor académica de comunicación y estudio.

A través de su intervención en las discusiones relativas a la reforma del Partido Laborista y la índole del thatcherismo, Hobsbawm ha sido reconocido como un importante «observador político». Una de las voces capaces de poner orden hoy en la actividad política contemporánea cuyo grado de obscuridad y confusión alcanza cotas alarmantes, precisamente en los países desarrollados, herederos del Estado del Bienestar, gestores hoy de una paz limpia que no quiere reconocer en su propio gesto ecumenista el rostro de la guerra. Acaso la posición racional que otorga el intenso trabajo académico y político de estos 86 años explique el modo en que E. Hobsbawm nos observa desde la fotografía de portada de esta autobiografía.

Notas

{1} Cf. Gustavo Bueno, «Sobre el alcance de una "ciencia media" (ciencia β1) entre las ciencias humanas estrictas (α2) y los saberes prácticos positivos (β2)», El Basilisco, nº 2 (noviembre-diciembre 1989), págs. 57-72.

{2} Una absurda ciencia histórica del futuro según una denominación que utiliza el propio Hobsbawm: «...nuestra victoria ya estaba escrita en el texto de los libros de historia del futuro.» [Años interesantes. Una vida en el siglo XX. Crítica editorial. Barcelona 2003, pág. 76.]

{3} G. Steiner, Errata. El examen de una vida. 5. Siruela editorial. Madrid 1998, pág. 82 ss.

{4} El matrimonio con la imprescindible Marlene, su segunda esposa, es uno de los fundamentos tácitos pero ubicuos de esta autobiografía.

{5} Años interesantes..., pág. 177.

{6} Años interesantes..., pág. 179.

{7} Años interesantes..., págs. 233-234.

{8} Años interesantes..., pág. 235.

{9} Años interesantes..., pág. 240.

{10} Años interesantes..., pág. 241.

 

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