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El Catoblepas, número 13, marzo 2003
  El Catoblepasnúmero 13 • marzo 2003 • página 17
Artículos

Kant, Baltasar Ayala y Carl Schmitt:
¿Hacia la «guerra» perpetua o
hacia verdaderos Tratados de Paz?

Antonio Muñoz Ballesta

En el umbral de una nueva guerra conviene recordar a Baltasar Ayala,
teórico en los años del Imperio español del siglo XVI,
en la tarea de superar las confusiones introducidas por Kant

«Todos deseamos la paz, pero la cuestión, por desgracia, es la de quién decide lo que es la paz, quién lo que sea orden y seguridad, quién lo que se haya de considerar como situación soportable o no soportable.» Carl Schmitt

«¿Qué es la guerra sino una legítima defensa de los Estados ante una amenaza que ninguna organización supraestatal puede evitar?» Álvaro D'Ors

«¡Silete theologi in munere alieno!» Alberico Gentili, De jure belli, I-12

«Sr. Tepan. Muy bien sé yo lo que pasa. Al principio la cosa de la novedad gusta. Eso de matar y de tirar bombas y de llevar casco, que hace tan elegante, resulta agradable, pero terminará por fastidiarte. En mi tiempo hubiera pasado otra cosa. Las guerras eran mucho más variadas, tenían color. Y sobre todo, había caballos, muchos caballos. Daba gusto: que el capitán decía: 'al ataque', ya estábamos allí todos con el caballo y el traje de color rojo. Eso era bonito. Y luego unas galopadas con la espada en la mano y ya estábamos frente al enemigo, que también estaba a la altura de las circunstancias, con sus caballos –los caballos nunca faltaban, muchos caballos y muy gorditos– y sus botas de charol y sus trajes verdes.» F. Arrabal, Pique-Nique en campagne, 1961

«Inter pacem et bellum nihil est medium.» Cicerón

I

Si para algo ha servido el bastante numeroso debate intelectual, sobre la todavía inminente Guerra contra Irak, ha sido para comprobar, una vez más, que las Ideas sobre la Ética, la Moral, el Derecho y la Política, permanecen, desde el punto de vista de la Filosofía Idealista, en una permanente «confusión», «mezcla», y «oscuridad», cuando se relacionan con el concepto de la «guerra» y de la «paz».

Hay que preguntarse, pues, por el origen, en el ámbito filosófico, de esta «confusión», ya que intentando conocer la génesis de esta relación, mal interpretada por los diversos Idealismos y filosofías de implantación gnóstica, puede ayudarse, con generosidad, a un proyecto de verdaderos Tratados de Paz entre las diversas sociedades políticas, sean imperiales o simplemente «estatales». Ya que la «paz política» es el producto de los Tratados de Paz firmados entre los Estados. De ahí la necesidad imperiosa, por ejemplo, de conseguir un régimen político en Irak que pueda firmar una Paz auténtica que impida el ataque militar generalizado, y sobre todo un Estado de Palestina que firme un verdadero Tratado de Paz con Israel que no sea, a su vez, la continuación de la guerra por otros medios{1}: ese será el camino que lleve a una paz duradera en Oriente Medio. ¿Quién impide un acuerdo que evite la guerra terrestre contra Sadam Husein? ¿Quién impide la formación de un Estado de Palestina que firme, de una vez, un Tratado de Paz con Israel?

Hay que rehacer un nuevo Ius Publicum Europaeum, más exactamente, y en interés de los españoles, un «Ius Publicum» Hispano-Americano heredero del Ius Publicum Europaeum tradicional (lo que posibilitaría una reconstrucción histórica de una Comunidad Hispanoamericana o Iberoamericana), que desde una reforma considerable del funcionamiento de la ONU, tendente a favorecer el entendimiento mutuo de los Estados entre sí como «iustus hostis contemporáneos» les permita la firma de verdaderos Tratados de Paz, y con ello una paz auténtica.{2}

Sin embargo no será suficiente la firma de los Tratados de Paz, será preciso un orden, un «nuevo orden», y para ello tenemos que reconocer que serán las «relaciones objetivas» entre los Estados e Imperios quien lo establezca, y quizá la lucha de los partidos políticos, y del pueblo en general de esos Estados, tenga mucho que decir para conseguir un objetivo u otro; en todo caso, tendría que mirarse siempre a la eutaxia de la sociedad política como señala Gustavo Bueno, y que la actividad política no se limite a la emotividad escénica.

No se le escapa a nadie, sea «gobernante» o «gobernado», interesado «en serio» sobre esta relación aquí planteada entre la Idea de «guerra» y la «ética y la política», que ha contribuido muchísimo a esa confusión el, ya de por sí ambiguo, concepto de «guerra justa» que ha llegado hasta nosotros desde la Teología y Filosofía Medieval hasta el pensamiento ilustrado e idealista de Inmanuel Kant (24 de abril de 1724-12 de febrero de 1804), pasando por el injustamente olvidado «Ius Publicum Europaeum»,{3} cuyo último gran representante fue el gran jurista y filósofo Carl Schmitt, y que permitiría la consecución de auténticos Tratados de Paz, es decir, de paz entre los pueblos y los Estados.

II

Surge, entonces, una fatídica pregunta, que el gremio intelectual idealista, quizá, no puede ni tan siquiera «imaginar», es decir :

¿Es Kant, desde el siglo XVIII, responsable de la confusión reinante hoy en día en el ámbito filosófico, sobre el concepto de Guerra? La respuesta es Sí.

Nos mantenemos, con esta interrogación (esa es la intención), en el plano «neutral» de la confrontación filosófica de las Ideas, y obviamente no nos referimos a la «explicación kantiana» de la Guerra de Irak, pues Kant no pudo influir ni pudo analizar las guerras actuales, por lo que, en ese sentido Kant no tiene nada que decir sobre el presente conflicto, pero sí que podemos reconocer la presencia de su pensamiento en el «ideograma» que se dibuja entre los «intelectuales» y ciudadanos, en general, que se posicionan sobre ella, de una forma «no política», como en definitiva terminó por adoptar Kant.

La respuesta, como decimos, a la pregunta formulada, es afirmativa.

Sí, Kant ha contribuido significativamente a la confusión actual sobre el concepto de «guerra», lo cual ha permitido el aumento de la utilización oscura de los conceptos con ella relacionados: «paz», «enemigo total», «guerra total», «imperio», «estado»... e indirectamente ha contribuido, no a una paz perpetua (como era su interés), sino a una guerra permanente entre los países del Mundo en el siglo XIX y XX, y ello es así porque Kant, aún conociendo el avance que supuso el Ius Publicum Europaeum para la «humanización» de las guerras al atribuir un sentido político a las guerras (y en este sentido Kant «muestra dos caras»),{4} no supo o no pudo, teniendo en cuenta las consecuencias de los principios éticos de su filosofía, ser un verdadero «realista «en política, y en las relaciones entre los Estados, aunque recomendara la paz entre ellos. Por lo que deberá recordarse esta hipótesis sobre el pensamiento político kantiano, por los «seguidores y admiradores de Kant» para el próximo año 2004 –bicentenario–.

Varias son las razones por las que podemos afirmar, por lo tanto, tal hipótesis, la primera por el Idealismo propio de la Filosofía de la historia y política de Kant, segundo por su propuesta ética de una sumisión de la política a la moral o ética «formal» que pretendía conseguir una Paz perpetua mediante, y esta es la tercera razón, la consecución utópica (por lo menos en esa época) de una especie «federativa» de «Estado Mundial» –utópica no por ser «republicano», sino por su pretensión de destrucción del pluralismo político–, sin tener en cuenta, como mantenemos aquí, el realismo político de las sociedades políticas con proyectos antagónicos, es decir, en definitiva, y desde el Materialismo Político de Gustavo Bueno, por la falta de implantación política de su filosofía, a pesar de su ambigüedad deliberada sobre la «insociable sociabilidad de los hombres».{5}

Inmanuel Kant, tan crucial para la Historia de la Filosofía en el campo de la Epistemología y la Ética, sin embargo, supuso un retroceso en la comprensión de dos conceptos vitales para las sociedades políticas de Occidente, y posteriormente del Mundo entero, desde el siglo XVIII hasta la más candente actualidad.

¿En qué consistió, entonces, el «enredo kantiano» sobre la Idea de la guerra?

Kant colabora en la destrucción de la claridad y sencillez con la que se había conseguido establecer un concepto de «guerra justa» alejado de toda connotación ética o moral o religiosa, al introducir el concepto metafísico de «enemigo injusto» en su filosofía sobre la política.

Decir, de entrada, utilizando los términos de la filosofía de la época, y también de la kantiana, que no puede haber tal «enemigo injusto» en el «estado de naturaleza», pues «el estado de naturaleza es propiamente un estado de injusticia». Entonces ¿por qué inventa Kant esta absurda categoría política del «enemigo injusto»? (Repárese que la «mayoría» de los periodistas y medios de comunicación, acompañados de la mayoría de los intelectuales, diplomáticos, burócratas de las organizaciones internacionales, teólogos, escritores, artistas, &c. cree hoy en día, sinceramente, en lo profundo de su conciencia «trascendental», que «todo enemigo es injusto»; y precisamente ese es el error de comprensión esencial que ha provocado sin cesar guerras terribles en Europa y en el Mundo, antes y después de Baltasar Ayala y Grocio, y contra el que el Ius Publicum Europaeum logró conseguir una teoría y práctica esclarecedora y realista que suponía la plataforma de la posibilidad objetiva de una paz entre los Estados; Kant en el siglo XVIII supuso un retroceso –que se expresó fundamentalmente en los siglos XIX y XX, en ese sentido de romper la «igualdad formal» entre los Estados beligerantes).{6}

Kant confunde{7} (quizá por el interés de defender «ingenuamente» los ideales republicanos de la Revolución Francesa) la antigua, para él (y ahora para nosotros) teoría del «iustus hostis» que tanta disputa dialéctica había requerido en España y Europa; pues Kant afirma, sorprendentemente lo siguiente:

«un enemigo justo sería aquel a quien yo haría injusticia si me opusiera a él, pero entonces tampoco sería mi enemigo».{8}

¿Puede haber mayor confusión y error en la interpretación del concepto «enemigo justo»? Así Carl Schmitt puede sentenciar que «No se puede interpretar más erróneamente el concepto del enemigo justo».

III

Le ocurrió al pensamiento de Kant, lo que le ocurre a todo pensamiento no implantado «políticamente», es decir, que niega, irresponsablemente, la doctrina jurista y política existente como si fuera «mera ideología o elaboración no racional o prudente», en este caso la doctrina del Ius Publicum Europaeum, que había conseguido establecer el concepto de «iustus hostis» que evitaba pronunciarse sobre la difícil cuestión de saber quién tiene la razón ética o moral en la guerra.

Pues dado que la guerra no es un bien en sí hay que justificarla o legitimarla. Precisamente las teorías sobre la guerra justa tenían que ver con la búsqueda de un «justo título» para la conquista, botín, &c. de las guerras de la Edad Media y Moderna.

Carl Schmitt escribe: «Es posible que precisamente aquella equivocación (de Kant) sea ya presagio de la disolución normativista del Derecho de Gentes interestatal europeo y quizá también el presentimiento de un nuevo nomos de la tierra. En su Rechtslehre (1797) Kant define como «enemigo injusto» a aquel «cuya voluntad manifestada públicamente (de forma verbal o agresiva) es evidencia de una máxima según la cual, si se convirtiera en máxima general, no sería posible un estado de paz entre los pueblos, sino que habría de eternizarse el estado de naturaleza»... un hostis iniustus que es descubierto por el filósofo de Könisberg y que es tan peligroso que, frente a él, «no tiene límites» –según dice Kant– el derecho de los que son amenazados o se sienten amenazados por él... Una Guerra Preventiva contra un enemigo semejante sería aun más que una guerra justa: sería una cruzada, pues no nos enfrentamos a un simple criminal, sino a un enemigo injusto, al eternizador del estado de naturaleza.» C. Schmitt, El nomos de la tierra, C.E.C., Madrid 1979, pág. 198.{9}

Con ello, Kant posibilita (quizá sin ser su intención) la introducción de las «guerras discriminatorias» o «guerras de extermino generalizado», «guerras» contra un «enemigo» que es considerado peor que un «criminal», en lugar de un adversario, con el que se pueda firmar una Tratado de Paz –con él o con un representante de su pueblo vencido, y no «destruido»–.

El Ius Publicum Europaeum, que pudiera servir a una mayor realización de la paz mundial, para «desdicha» de la filosofía española «acostumbrada a la novedad editorial extranjera», tiene su origen en España: Baltasar Ayala.

¿Por qué extrañarse que sea desde España, desde donde se proponga, y ahora de nuevo, una rehabilitación del Ius Publicum Hispano y Americano?

IV

Baltasar Ayala, auditor del ejército español en los Países Bajos insurrectos y autor de los tres libros De jure et officiis bellicis et disciplina militari (1582) –editada por John Westlake en la serie Classics of International Law en Washington, 1912–, recoge, por primera vez, el concepto de la «soberanía estatal» de Bodino para conseguir establecer lo esencial en el concepto de «guerra», a saber, «el acotamiento de la guerra mediante una nueva ordenación referida específicamente al Estado».

Baltasar Ayala consigue diferenciar entre las guerras que corresponden a la confrontación entre dos estados soberanos calificados cada uno de ellos de «iustus hosti», es decir, lucha armada entre soberanos estatales, que constituyen las auténticas guerras en el sentido del Derecho de Gentes, y las «guerras civiles» y «demás persecución penal y supresión de bandidos, rebeldes y piratas».

Lo que establece Baltasar Ayala en el siglo XVI{10}, y que dos siglos después Inmanuel Kant contribuye a destruir con su concepto confuso de «enemigo injusto» y su apelación a un Idealismo ético de una metafísica «paz perpetua», consiste en lo siguiente:

El Iustum bellum es la guerra entre iusti hostes, es decir, que «justo» en el sentido de la «guerra justa» equivale a «correcto», a «perfecto» en el sentido de «ajustado a la forma», al igual que se habla de «iustum matrimonium». Kant, sorprendentemente, vuelve a entender «justo» en el sentido de «moralmente» o «éticamente» bueno, e «injusto» como éticamente «malo», diríamos hoy, como un «eje del bien» y un «eje del mal».

Es curioso que Baltasar Ayala estableciera esta esencial aclaración sobre el concepto de guerra, en la ordenación de los Estados europeos que está surgiendo en esa época, y con el claro sentido histórico de la «superación de las guerras civiles religiosas, y que hoy en día se utilice las religiones y su enfrentamiento para no reconocer que si se estableciera la consideración, que hiciera Baltasar Ayala, sería mucho más fácil y factible conseguir verdaderos Tratados de Paz.

Se corre el peligro de volver a un concepto de guerra medieval, es decir, que las «guerras» pierdan su carácter interestatal, al mezclarse la ética y el relativismo cultural, y otras consideraciones «no políticas», con las verdaderas relaciones políticas objetivas entre sociedades políticas «soberanas» que se manifiesten en un determinado momento en la forma de guerra o «continuación de la guerra», si antes se estableció un armisticio expreso o tácito (como lúcidamente se ha percatado el filósofo Gabriel Albiac para el caso de la guerra en Irak).

V

Determinar cuando existe una «guerra justa» o no, se trata de una problemática medieval, que no tiene razón de ser hoy en día, y ello a pesar de las perseguidas y ambiguas resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU, la número 1441 y la que se pretende conseguir en estos días, pues dicho Consejo de Seguridad no puede ser una última instancia que establezca la «justicia» o no de una guerra o su valor ético o no, por ello la necesidad de volver a un nuevo orden internacional regido por los principios del Ius Publicum Europaeum .

¿Qué más da que sea el Consejo de Seguridad de la ONU o el presidente Bush II, o el presidente Aznar, el que legitime una guerra, para que ésta respete o no las formas esenciales de las guerras públicas entre Estados que se reconozcan como iguales, y por tanto, que puedan llegar, antes o después o en medio del transcurso de la guerra, a un Tratado de Paz?

Son cuestiones distintas, de distinto nivel, uno ético y otro político, que entran en conflicto, pero que no pueden confundirse, precisamente para conseguir auténticos Tratados de Paz. No solamente hay que tener presente la «ética de la convicción» y la «ética de la responsabilidad» de Max Weber, y la difícil conjugación de las mismas en el límite de lo político que es la guerra, para reconocer la necesaria autonomía relativa del ámbito político, podemos comprobar tal necesidad en la época de Baltasar Ayala, si recordamos los requisitos que estableciera ya en el siglo XIII, Santo Tomás de Aquino, para la «guerra justa»:

1. un fin puramente pacífico sin odios ni ambiciones,
2. causa justa,
3. declaración de guerra por autoridad legítima,
4. y prohibición de toda mentira.

Ante estos requisitos de la Summa Theol. II, II qu. 40, solamente cabe interrogarse ¿Cuántas guerras son y han sido «justas»?

Muy pocas, por no decir ninguna. Por esa razón, Baltasar Ayala señaló:

a) que «la guerra en el sentido justo» hay que desviarla de la justicia material, de la causa justa, hacia «las cualidades formales de una guerra jurídico pública, es decir, interestatal». Es esta la cuestión fundamental: «la guerra ha de ser pública en ambos lados»: No puede admitirse las «guerras privadas» (ámbito en el que tendría cabida los «principios éticos» de negación de las «guerras»). De ahí, por ejemplo, el llamamiento permanente de Bin Laden a que se «territorialice» su «jihad» islámica en Estados soberanos.
b) que la «guerra justa» es la que se produce entre «enemigos justos». Y «enemigo» es el iustus hostis, el soberano estatal en paridad e igualdad con el estado beligerante, aunque éste –por ejemplo Irak o EEUU– no tenga «causa justa» para la guerra, en el sentido moral, ya que se cumple sencillamente con ser un «estado soberano».
c) que la decisión sobre «si existe o no una causa justa le corresponde exclusivamente a cada soberano estatal».

En conclusión: El cambio de significado de la «guerra justa» de la Edad Media, como guerra que tiene «causas justas» (ej. castigo de un crimen, defensa ante un ataque, &c.) y de la que razonaron extensamente San Agustín, San Isidoro de Sevilla, Santo Tomás, J. Legnano, &c., en sus aspectos de «ius ad bellum» y del método de llevarla a cabo o «ius in bello», al concepto de «guerra justa» de Ayala (desarrollado posteriormente por Gentili, Grocio y Vattel, &c.) como «guerra pública interestatal» que posibilite la consecución de los Tratados de Paz entre las naciones políticas beligerantes, sufre, pues, un retroceso con el «enredo kantiano» del establecimiento de la figura del «enemigo injusto», retroceso que significará su disolución en un «Derecho Universal sin distinciones algunas», según la interpretación de Carl Schmitt, y que ha supuesto, a nuestro entender, una invasión ilegítima de lo ético en lo político, que no supone realmente un acercamiento a una paz perpetua, sino a una «guerra perpetua». Es necesario un nuevo orden internacional de grandes comunidades políticas en las que rija, en ellas y entre ellas, los principios del Ius Publicum Europaeum.

Notas

{1} Se puede considerar la guerra como expresión de la política o político en casos límites, pero considerar la paz como expresión de la guerra a través de los Tratados de Paz precisa que se tenga en cuenta que debe ser una «auténtica paz», y no meramente, como critica C. Schmitt, una «guerra fría», o un armisticio, u otra situación intermedia de «bloqueo» económico o comercial, que vienen a legitimar las guerras «no políticas», de efectos tan inhumanitarios y catastróficos como las guerras entre Estados o Imperios y Estados. Me remito, en este sentido, a la diferencia entre los Imperios depredadores y generadores en la Historia.

{2} Olvidamos más de la cuenta las terribles guerras civiles que desde hace más de cuarenta años están impidiendo el desarrollo social y económico de las mayoría de Iberoamérica. España siempre ha sido «Atlántica». Así la situación en Venezuela (que también influye en el «precio del petróleo mundial»), Perú, Colombia, &c.

{3} «Una de las características de aquello que se llamaba ius publicum Europaeum consistía en la humanización de la guerra por la transformación de la lucha armada en combates regulares llevados por las armadas reconocidas de diversos Estados... La guerra de combate se ha transformado en nuestros días en una guerra de lucha por 'causas diversas'», J. Freund, La esencia de lo político, 1968.

{4} Así reconoce el mismo Kant que cada Estado «tiene el mismo derecho a la guerra», y «ninguna guerra entre Estados independientes puede ser bellum punitivum», ni «bellum intervecinum», ni «bellum subjugatorium».

{5} Kant, Hacia la paz perpetua, 1795, edición de Jacobo Muñoz, Biblioteca Nueva, Madrid 1999. Llama la atención también el formato de «Tratado de Paz» de la obra de Kant, ¿quiso utilizar la ironía para indicarnos el camino correcto, pero se equivocó en la justificación? «Hacia la paz perpetua. Un esbozo filosófico. Primer apartado, que contiene los Artículos preliminares para la paz perpetua entre los Estados.

1. «No debe ser válido como tal Tratado de paz ninguno que se haya celebrado con la reserva secreta de un motivo de guerra» porque en tal caso se trataría, simplemente, de un mero armisticio, de un aplazamiento de las hostilidades... 2. «Ningún Estado existente de modo independiente (grande o pequeño, lo mismo da) podrá ser adquirido por otro mediante herencia, permuta, compra o donación». 3 «Con el tiempo los ejércitos permanentes deben desaparecer totalmente»....otra cosa es defenderse y defender a la patria de los ataques del exterior [Sería el caso del islote Perejil que fue defendido constitucional y valerosamente por el Ejército español]. 4. «No debe emitirse deuda pública en relación con los asuntos de política exterior». 5 «Ningún Estado debe inmiscuirse por la fuerza en la constitución y en el gobierno de otro». 6. «Ningún Estado en guerra con otro debe permitirse hostilidades de un tipo tal que hagan forzosamente imposible la confianza mutua en la paz futura, como el recurso en el Estado combatido a asesinos (percussores), envenenadores (venefici), el quebrantamiento de capitulaciones, la inducción a la traición, &c.» [Aquí hay que interpretar en su justa medida la expresión kantiana « como en la guerra ninguna de las dos partes puede ser declarada enemigo injusto», pues no se contradice con la interpretación correcta que hacemos aquí, ya que, en seguida, da por sentado la existencia del mismo al añadir entre paréntesis «(porque esto presupone ya una sentencia judicial)» y a continuación solamente aparentemente se muestra «realista» al añadir «sino que es el resultado entre ambas partes lo que decide de qué lado está el derecho», al seguir manteniéndose en la necesidad de un contenido material de un «justo derecho» en una de las dos partes, como confirma su condena inmediata de la «guerra de castigo» y «guerra de exterminio» en función de la «desaparición» de «todo derecho». A esas «armas infernales» a las que se refiere Kant, han demostrado ser un «juego de niños» con el desarrollo de la Técnica (que decía C.S.) –guerras nucleares–, y ahora, con la «guerra biotecnológica» de la «TecnoCiencia», que nos obliga a no confiar, exclusivamente, a la apelación kantiana a la «buena conciencia y respeto al Derecho Internacional» de los contendientes.] En el Segundo apartado, que contiene los artículos definitivos para la paz perpetua, 1º La constitución civil de todo Estado debe ser republicana [en este artículo puede leerse «Si es preciso el consentimiento de los ciudadanos (como no puede ser de otro modo en esta constitución) para decidir «si debe haber guerra o no», nada más natural que el que se piensen mucho el comenzar un juego tan maligno...»] 2º El Derecho de Gentes debe fundarse en una Federación de Estados Libres. 3º El Derecho cosmopolita debe limitarse a las condiciones de la Hospitalidad Universal. Suplemento primero: de la garantía de la paz perpetua. Suplemento segundo, artículo secreto para la paz perpetua. Apéndice I Sobre la discordancia entre la moral y la política en relación con la paz perpetua, II De la concordancia de la política con la moral según el concepto trascendental del Derecho Público.

{6} Desde hace años, y en la consecución privada de convenios reguladores en las separaciones matrimoniales de mutuo acuerdo, he podido comprobar esta verdad objetiva de la necesidad de «reconocer» la igualdad de las partes que se separan o divorcian, y no declarar «injusto» a ninguno de los esposos. Claro está que la extrapolación hay que hacerla con las debidas reservas «políticas», pero como ejemplo explicativo de lo que significó el Ius Publicum Europaeum, podría servir. Y siguiendo la metáfora ¿Explicaba Carl Schmitt el «matrimonio» empezando por el «divorcio»?

{7} Carl Schmitt, El nomos de la tierra. Esta confusión kantiana merece que se analice más detenidamente en la Historia de la Filosofía, aquí propongo una posible «causa» de tal «sorprendente confusión kantiana» (cosa que trata de pasada el mismo Schmitt) y su trascendencia posterior en la Historia, pues no hay hasta ahora –o por lo menos no he encontrado– ningún estudio específico, o hipótesis, sobre esta cuestión trascendental.

{8} En esta definición de la extraña figura el «enemigo injusto» podía haberse basado Kant, según C. Schmitt, en el concepto moderno de la Agresión del Crime de L'Attaque, con lo que Kant sería aquí más un Teólogo, que un jurista, pues estos, incluso los del siglo XVIII «no pensaron, como el filósofo [idealista], en negar al adversario... el carácter de un iustus hostis». En definitiva, ¿cuál es la obra esencial de los juristas del Ius Publicum Europaeum? El iustus hostis, la guerra en forma, la definición de unos hostes aequaliter iusti... y ¿negó la Teología ese concepto? Sí: «los teólogos tienden a definir al enemigo como algo que hay que aniquilar», y, ¿negó Kant ese mismo concepto, a pesar de sus «dos caras»? Sí, desde el punto de vista de una «ética filosófica» (idealista). ¿Eliminó Kant el concepto del iustus hostis? Sí, por permitir la introducción, nuevamente de las «guerras discriminatorias».

{9} Subrayo lo que creo más actual.

{10} Carl Schmitt reconoce la importancia de Baltasar Ayala, que aquí resalto, para el logro del Ius Publicum Europaeum, en Der Nomos der Erde, cosa en la que estará conmigo la profesora Monserrat Herrero.

 

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