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El Catoblepas, número 13, marzo 2003
  El Catoblepasnúmero 13 • marzo 2003 • página 16
Artículos

La guerra y el pueblo

José María Rodríguez Vega

O como la realidad política debe y es de hecho ocultada por la ideología y la moral dominantes, dada la ignorancia natural del pueblo

Trataré de mostrar (dejándome arrastrar por el verbo de Maquiavelo), como debido a esa ignorancia del pueblo (de los muchos) es necesario que sea disfrazada la realidad política, por ser esta realidad imposible de ser aceptada dada la moral existente del conjunto del pueblo. Para ello utilizaré preferentemente los textos de Maquiavelo, sin tener por ello que verme obligado o limitado a su estricto contexto, ¡simile!

«Aquí hay una sobresaliente justicia; porque una guerra es legítima por el sólo hecho de ser necesaria, y las guerras son actos de humanidad cuando no hay ya esperanzas más que en ellas.» Maquiavelo, El Príncipe, cap. XXVI.

1. Principio principiado

El fin último de Maquiavelo, como el de todo pensador político y como el de todo actuar político, es la eutaxia, la durabilidad y el buen gobierno ante los embates de la fortuna, entendiendo esta 'fortuna' como lo opuesto a la virtud política o lo que debe ser domeñado por ella. La fortuna es para Maquiavelo aquello que a veces la virtud no puede dominar totalmente, un azar o acaso, que, sin embargo, debe ser aprovechado por el gobernante cuando esta se presenta como la «ocasión propicia». La fortuna es el «chance de la suerte» que es usada por la virtud del zoom politikom y que debe ser aprovechada siempre por la prudencia del Príncipe, ya que el no hacerlo puede ser desastroso por haber perdido la ocasión , a veces única, de ejercer la virtud.

Decimos virtud política para diferenciarla de la virtud cristiana (vertu morale) que es su opuesto directo, o que, cuando menos, no se identifica con ella. Mientras que para Maquiavelo la virtud es el buen obrar identificado con las connotaciones etimológicas de su raíz (vir, varón), con el coraje la inteligencia y la valentía y el arrojo cuando van encaminados al bien público, a la eutaxia de la república, para el cristiano, por el contrario, la virtud se identifica con la mansedumbre y con la sumisión a la fortuna a la cual entiende como designio divino o como 'des-gracia', como estar dejado de la mano de Dios.{*}

La virtud maquiavélica es un don o disposición natural o adquirido que ejerce el Príncipe desde su absoluta autonomía e inmanencia. Es pues, secular y atea, la únicamente apropiada para 'este mundo'.

La virtud cristiana, por el contrario, cabría verla como aquella disposición a subsumirse a imperativos trascendentales de un deber ser impuesto a la criatura por su Criador.

La virtud política (maquiavélica) es, al decir de Montesquieu, el «sometimiento igual de todos a las leyes de la república y en la devoción al bien público».{1}

Fortuna, ocasión y virtud, son la trilogía de que se halla compuesta la realidad política, realidad de la 'materia que ha de revestir la forma' adecuada y que hace de una república un lugar donde no es deseable la existencia de la corrupción.{2}

La materia, esto es, el pueblo, no tiene ni puede tener derecho ni poder para «constituirse en estado civil». La forma política le ha de ser dada desde fuera... (cosa que nos recuerda aquél aserto leninista, según el cual la conciencia le es dada al proletariado por su «vanguardia», por el partido revolucionario) por el Príncipe, esto es, por «el uno, los pocos o los muchos»... Pero los «muchos» se constituyen aquí, empero, como Pueblo sólo y entendiendo por tal una totalidad homogénea y compacta, algo así como el concepto jurídico/político que de él tiene Carl Schmitt.{3} El «ordenamiento superior» que de Hobbes nos saca Schmitt, es aquél concreto ordenamiento (de la materia, del pueblo y en la república o Estado) en el cual «determinados hombres pretendan gobernar... sobre personas de un ordenamiento inferior.»{4}

Pueblo lo es todo aquél concreto que por ser la materia de la forma estatal, se enfrenta a otros pueblos, a otros 'status'.

La materia como pasivo y su forma de gobierno como activo, es el substrato de la política... aquél «ningún pueblo que no esté principiado», el «nullus populus quin principiatus»...esta oposición dual en la cual el Príncipe es un momento o componente del todo social y político que a su vez está «constituido popularmente»{5}; el famoso aserto de Bueno (y de Aristóteles –en Política 1253a–), de que es antes el todo que la parte, de que es antes el Estado que el pueblo, de que es el Estado, el poder concreto (del uno, de los pocos, o de los muchos cuando no son demasiados, cuando en definitiva son pocos) el que forma al pueblo. Ningún pueblo sin estar principiado ni ningún Príncipe sin estar apoyado popularmente, son la síntesis –del modernismo– sobre la realidad política y la representación personal, más o menos difusa, en que se apoya todo Estado.{6} La representación «produce la unidad», el Estado, esto es, el Soberano, tanto si es bajo la égida del uno como si lo es por los pocos o los muchos, tanto si la forma que reviste es la monárquica como si es la aristocrática o la republicana.{7}

«Lo especifico del concepto «pueblo» consiste en que éste es una unidad no organizada y nunca organizable por completo», dice Schmitt.{8}

El pueblo es así el sujeto pasivo sobre el que opera la forma interna de gobierno alcanzada en cualquier status –y en cualquier tiempo–. Ser gobernado es ser pueblo (formatum y materiatum). La dependencia es aquí un correlato necesario de la multitud, del ser muchos. Esta dependencia se vislumbra de entrada como el perseveratum del pueblo en sus hábitos y costumbres y su moral por un lado, y en la especialización del arte de gobernar por los pocos o por el uno por el otro lado. A la dependencia del pueblo (como conjunto heterogéneo) corresponde consecuentemente la doxa, y a la independencia del gobernante corresponde no menos consecuentemente, la episteme. Se supone.

Esto me aleja de creer que semejante «estado de cosas» sea un peldaño de la escalera que pudiera conducirnos (al modo kantiano) hacia el descubrimiento de que todo este orden está predeterminado a una perfección mayor cuyo fin sería el autogobierno o la autonomía plena del individuo que ahora se encontraría enajenado y extrañado por el poder: el fin como la primera causa en el causar de un Avicena o un Duns Scoto.{8*} Esa «intención de la Naturaleza» kantiana es sabido que es un mito{9}; y más se parece a la necesidad de tener una justificación que dar desde el poder, que no a una explicación racional del hecho o acontecer político.

2. La doxa para el pueblo y la episteme para los expertos

Agnes Heller, en su Sociología de la Vida Cotidiana, nos dice que: «El pensamiento jurídico comenzó a quedar separado del pensamiento cotidiano cuando la estatalidad se despegó de facto de la comunidad, es decir, en el periodo clásico de Roma.»{10}

Me quedo con la separación entre pensamiento jurídico y pueblo o plebe, aunque más bien podríamos hablar de su ausencia, de la ausencia de pensamiento jurídico por aquél entonces; pero no hago mía la idea del supuesto de una comunidad separada del Estado. Más bien parece eso un constructo ulterior del antiestatalismo como ideología de los rescoldos posteriores del stalinismo estatalista –desde luego– y luckácsiano en los que Heller se instruyó. Sea como fuere, lo esencial es ahora remachar la separación de la doxa respecto de la episteme, sin olvidar, como bien hace Heller, que no es posible epistemología alguna sin que arranque, a su vez, el pensamiento epistémico, de la «mundalidad» del pensamiento cotidiano, común, de las necesidades, en fin, en que este pensamiento se halla subsumido y afincado. Estas necesidades cotidianas son para la mayoría de los hombres la propiedad y el honor, que son aquellas cosas de las cuales Maquiavelo aconseja al Príncipe no desposeer nunca al pueblo, y son estas cosas las que lo hacen vivir «como si estuvieran contentos.»{11}

A la propiedad se está subsumido en su mera conservación y producción, y tanto más, en cuanto y en tanto sea la propiedad predominante la propiedad agraria, la subsunción al terruño del cual dependían fuertemente la Polis antigua y las ciudades Estado del Renacimiento italiano.

El honor de que nos habla Maquiavelo, es a su vez, una subsunción ético-moral, una subsunción a los habitos y a las buenas costumbres, y por tanto es una subsunción, que, como veremos, sólo puede, o sólo debería darse, en la doxa del pueblo, esto es, en los individuos particulares o no gobernantes... se supone.

Para Heller la subsunción no reviste el ropaje del «vivir civil» maquiavélico, orgulloso y altivo, egregio, incluso, como el ejemplo que nos da Maquiavelo con Camilo.

Si en Maquiavelo el salir de la corrupción es muchas veces el volver a la virtud de los antiguos, de los padres de la Patria, para Heller, por el contrario, es un algo que: «Sólo si el proceso de «darle sentido» a alguna cosa puede ser (al menos parcialmente) desconectado del de la simple subsunción; sólo si somos capaces de cuestionar determinados segmentos de nuestra «época presente; sólo si podemos criticarlos, rechazarlos y denunciarlos como «faltos de sentido» desde el punto de vista de las objetivaciones y valores de las épocas presente-pasadas y de los ideales de un futuro imaginado, sólo entonces podremos distinguir razonablemente entre «presente histórico» y «época presente-presente».{12}

Y este «futuro imaginado» es la fantasía (la phantasmata) sin Estado...que los hacen vivir como si siempre estuvieran descontentos, digo yo. Es un asunto que sólo puede ocurrírsele a la episteme en su afán de redimir al pueblo, o sea: al individuo profesional intelectual y revolucionario, el cual a su vez, bien puede ser muchas veces mero instrumento útil del Príncipe, (¿de Stalin?), al ser su fantasía la cosa más alejada posible de la realidad política, del presente a secas.

En Maquiavelo no encontramos por ningún lado alusión alguna a ese «futuro imaginado» de que nos habla Heller. El realismo político no puede pensar con potenciales y futuribles basados en anhelos extraños al perseveratum político. Encontramos todo lo contrario a los «futuros imaginados» al comienzo del capítulo XV de El Príncipe:

«Siendo mi fin escribir una cosa útil para quién la comprende, he tenido por más conducente seguir la verdad real de la materia que los desvaríos de la imaginación en lo relativo a ella; porque muchos imaginaron repúblicas y principados que no se vieron ni existieron nunca. Hay tanta distancia entre saber cómo viven los hombres y saber cómo deberían vivir ellos que el que, para gobernarlos, abandona el estudio de lo que se hace para estudiar lo que sería más conveniente hacerse aprende más bien lo que debe obrar su ruina que lo que debe preservarle de ella.»

El pensamiento de la utopía no es un pensamiento de y sobre la política, sino un pensamiento que mistifica y religa la realidad trastocándola en una ilusión de imposible alcance. Ideales... dice Heller, «ideales de un futuro imaginado»... ¿Y no es ese futuro imaginado, este idealismo o esta idealidad, un componente esencial del pensamiento doxológico, esto es: acientífico?

Maquiavelo distingue claramente esta diferencia cuando a continuación dice:

«Dejando, pues, a un lado las cosas imaginarias de las que son verdaderas, digo que cuantos hombres hacen hablar de sí, y especialmente los príncipes, porque están colocados en mayor altura que los demás, se distinguen con algunas de aquellas prendas patentes, de las que más atraen la censura y otras la alabanza. El uno es mirado como liberal, el otro como miserable...», y &c.

Y como el pensamiento sobre lo imaginario no compromete a nada actual ni mancha a la prudencia por no usarse esta, es este pensamiento sobre la idealidad utilizado por todos los infamantes de este mundo, por eso dice Maquiavelo que: «...es necesario que el príncipe sea bastante prudente para evitar la infamia de los vicios que le harían perder su principado.»

¿Cómo poder explicar la ocasione de la guerra al pueblo? ¿No es esa situación de «estar colocados en mayor altura que los demás», la que imposibilita la comprensión de la ocasione de la guerra por parte del pueblo, por parte de la doxa?

3. La guerra y el pueblo

El capitulo V del Príncipe nos habla «De qué Modo deben gobernarse las ciudades o principados que, antes de ocuparse por un nuevo príncipe, se gobernaban con sus leyes particulares.» La crudeza maquiavélica reluce como una chispa que todo lo inflama: «Hablando con verdad, no hay medio ninguno más seguro para conservar semejantes Estados que el de arruinarlos», dice este impío. Eso hicieron los romanos con Capua, Cartago y Numancia. Semejante consejo no puede ser de ningún modo explicado al pueblo, ni tampoco puede ser explicado el consejo del pseudoNapoleón cuando allí nos dice que «... puede hacerse esto a la letra de muchos modos sin destruirlos, mudando, sin embargo, su constitución.»{13}

También créese comúnmente que los Estados Unidos fueron derrotados en Vietnam por el ejército norvietnamita y la opinión pública norteamericana y mundial, pero la realidad fue la destrucción completa del país del sudeste asiático y el logro de la Política de Contención del comunismo ideada por la administración yanqui y por su ingeniero George Kennan.{14} Lo mismo hay que decir de las Filipinas después de la retirada de Japón.{15} La destrucción total es el camino más seguro de continuar la política por «otros medios»... Las obras citadas de Kolko y Horowitz están plagadas de ejemplos prácticamente idénticos.

Claro que el pueblo, amante como es de la oclocracia, no repara en buscar su ruina, como ya sabían Maquiavelo y el Dante, y, de acorde con ello, grita de continuo y sobre sí mismo: ¡Viva su muerte! y ¡Muera su vida!, pues «...el pueblo, engañado por una falsa apariencia de bien, desea muchas veces su propia ruina, y si alguno en quien él pueblo tenga confianza no le persuade, demostrándole que eso es un mal y donde está el auténtico bien, traerá sobre la república infinitos peligros y daños. Y cuando la suerte quiere que el pueblo no confíe en nadie, como a veces ocurre, entonces, engañado por una mala visión de las cosas o de los hombres, necesariamente se dirige a su ruina.»{16}

¿O es que acaso no es buscar su propia ruina el no saber de la necesidad del petróleo iraquí y de las materias primas o de la importancia geoestratégica de la zona? Qué pueblo hoy en día podría soportar el saber que «...todo el que te pide la neutralidad no es jamás amigo tuyo, y que, por el contrario, lo es el que solicita que te declares en favor suyo y tomes las armas en defensa de su causa. Los príncipes irresolutos que quieren evitar los peligros del momento abrazan con la mayor frecuencia la vía de la neutralidad; pero también con la mayor frecuencia caminan hacia su ruina.»{17}

Hoy más que nunca el poder ha de ser «astuto como la zorra y feroz como el león»{18} si quiere conquistar esa felicidad que ante Los Límites del Crecimiento (Meadows) por necesidad ha de hacerse en un mundo humano y en una Naturaleza oprimidos{19} para así satisfacer la voracidad de nuestro consumo.

¿Cómo explicar al pueblo –tanto al propio como al extranjero– que la actual situación de Irak es un caso tan postbélico y similar como lo fue en 1946 el caso de Bulgaria y su petróleo?

Según Gabriel Kolko, en Postdam, Byrnes, del Departamento de Estado norteamericano, indicaba por aquél entonces que: «Los Estados Unidos definían las existencias de petróleo en los yacimientos como propiedad norteamericana, exigiendo compensaciones por la extracción del mismo en cualquier cuantía... Lo que no dijo Byrnes a los rusos era que uno de los propósitos para plantear la cuestión se cifraba en el temor yanqui al monopolio ruso en los antiguos países amigos del Eje, lo cual deniega a los ciudadanos norteamericanos el acceso, en términos idénticos, a semejante comercio, materias primas e industria»{20} ¡Mutatis mutandis!

Y como la eutaxia nuestra conlleva siempre la distaxia del otro, la mejor forma de defenderla de los dos modos en que sólo es posible hacerlo, esto es, por la defensa o por la ofensa, consiste a veces en la ofensa, pues aunque la vía diplomática es siempre agotada (ya que suponer otra cosa sería suponer al Poder pleno de imbecilidad, o que por esa imbecilidad elige el camino más caro y costoso, o que es «perverso» por naturaleza), su fin sólo puede ser visto cuando la ocasión surge de los entresijos de la fortuna y es aprovechada por la prudencia.{21} Por eso Maquiavelo nos dice que «...hay dos modos de defenderse –(de defender nuestra eutaxia)–: el uno con las leyes y el otro con la fuerza. El primero es el que conviene a los hombres; el segundo pertenece esencialmente a los animales; pero, como a menudo no basta con aquél, es preciso recurrir al segundo. Le es, pues, indispensable a un príncipe el saber hacer buen uso de uno y otro enteramente juntos. Esto es lo que con palabras encubiertas enseñaron los antiguos autores a los príncipes, cuando escribieron que muchos de la antigüedad, y particularmente Aquiles, fueron confiados en su niñez al centauro Quirón para que los criara y educara bajo su disciplina. Esta alegoría no significa otra cosa sino que ellos tuvieron por preceptor a un maestro que era mitad bestia y mitad hombre; es decir, que un príncipe tiene necesidad de saber usar a un mismo tiempo de una y otra naturaleza, y que la una no podría durar si no la acompañara la otra... lo que él debe imitar son la zorra y el león enteramente juntos.»{22}

El momento zorruno es el momento de la diplomacia, de las leyes y del Derecho Internacional. El momento del león es el momento de la bestia, de la ferocidad y la crueldad, de la guerra. Pero esta crueldad y esta ferocidad no están restringidas en los consejos de Maquiavelo solamente a los «Agatocles y algún otro de la misma especie», sino a cualquier príncipe en general{23} según la ocasión de la ofensa o la defensa aconseje: «Podemos llamar buen uso de los actos de crueldad –sí, sin embargo, es lícito hablar bien del mal– que se ejercen de una vez, únicamente por la necesidad de proveer a su propia seguridad, sin continuarlos después, y que al mismo tiempo trata uno de dirigirlos cuanto es posible, hacia la mayor utilidad de los gobernados.» Maquiavelo aconseja, pues, hacer uso de la crueldad y el rigor: «...de una sola vez, a fin de no estar obligado a volver a ellos todos los días, y poder, no renovándolos, tranquilizar a sus gobernados, a los que ganará después fácilmente haciéndoles bien»,{24} esto es: dándoles más opulencia y consumo.

Tenemos así, que el pueblo (como conjunto), en su ser doxológico, está –según creemos– incapacitado para comprender la «razón de Estado» o las razones últimas del actuar político. Y esto lo sabe Maquiavelo cuando nos dice al hablarnos de los asuntos internos del Estado, que: «Un príncipe no debe temer, pues, la infamia ajena a la crueldad cuando necesita de ella para tener unidos a sus gobernados e impedirles faltar a la fe que le deben.»{25} Maquiavelo se decanta y prefiere más «el ser temido que amado» como «el partido más seguro», ya que: «...más seguro es ser temido, primero que amado, cuando se está en la necesidad de carecer de uno u otro de ambos beneficios... Puede decirse, hablando generalmente, que los hombres son ingratos, volubles, disimulados, que huyen de los peligros y son ansiosos de ganancias. Mientras que les haces bien y que no necesitas de ellos, como lo he dicho, te son adictos, te ofrecen su caudal, vida e hijos, pero se rebelan cuando llega esta necesidad. El príncipe que se ha fundado enteramente sobre la palabra de ellos se halla destituido... y decae.»{26} Y esto es a sabiendas de que es preferible, cuando ello es posible, ser tenido por el pueblo por «clemente y no por cruel», para evitar «el ser aborrecido» por él, evitando así la distaxia interna que es uno de los más grandes peligros para el príncipe y para el Estado, aunque el peligro mayor de todos, es, sin duda alguna, la «inseguridad exterior», esto es, el fracaso en la lucha selvática que el Estado mantiene frente a otros sus iguales..., por eso dice Maquiavelo que: «...cuando las cosas exteriores están aseguradas lo están también las interiores.»{27}

Pero como «Los hombres son tan simples, y se sujetan en tanto grado a la necesidad, que el que engaña con arte halla siempre gentes que se dejan engañar»{28}... la verdad, resulta ser así insoportable y es mejor para la moral y doxología del pueblo el ser engañado-por «la paz y contra la guerra» de los adictos al eje franco-alemán –eje que persigue, a su vez, únicamente sus propios fines– que no el saber, por el contrario, que el Poder, el Príncipe, que desee perseverar y fomentar la eutaxia en su Estado (como aquella conquista de la felicidad antedicha) «...debe comprender que no le es posible observar en todo lo que hace mirar como virtuosos a los hombres; supuesto que a menudo, para conservar el orden de un Estado, está en la precisión de obrar contra su fe, contra las virtudes de humanidad, caridad, y aún contra su religión. Su espíritu debe estar dispuesto a volverse según que los vientos y variaciones de la fortuna lo exijan de él; y, como he dicho más arriba, a no apartarse del bien mientras lo puede, sino a saber entrar en el mal cuando hay necesidad.»{29}

Este escándalo, esta verdadera anomalía salvaje del cinismo impío de Maquiavelo jamás podrá ser comprendida por la doxología del pueblo. Únicamente la experiencia práctica del gobernante o la episteme (y Maquiavelo reúne ambas cualidades) pueden llegar a comprender que: «En las acciones de todos los hombres, pero especialmente en las de los príncipes, contra los cuales no hay juicio que implorar, se considera simplemente el fin que ellos llevan. Dedíquese, pues, el príncipe a superar siempre las dificultades y a conservar su Estado. Sí sale con acierto, se tendrán por honrosos siempre sus medios, alabándolos en todas partes; el vulgo se deja coger siempre por las exterioridades, y seducir del acierto. («Triunfad siempre, no importa cómo; y tendréis razón siempre», dice el pseudo Napoleón!) Ahora bien –sigue Maquiavelo–, no hay casi más que vulgo en el mundo; y el corto número de los espíritus penetrantes que en él se encuentra no dice lo que vislumbra hasta que el sinnúmero de los que no lo son no sabe ya a que atenerse.»{30}

Está claro, pues, que las relaciones interestatales son premorales, amorales e inmorales...y así deben serlo! Aunque nada más sea porque ese su ser así es la única posibilidad de ser que tienen.

Él «...contra los cuales no hay juicio que implorar», nos encierra en la soledad propia del mundo político, y nos aleja, consecuentemente, de toda otra trascendencia externa al hombre. La moral del pueblo gusta de verse acompañada por dioses o duendes de los cuales poder coger el néctar de la «justicia eterna» (néctar que ha depositando en ella para así gozar de su inocencia y comodidad), resulta pues, totalmente ineficaz para el enjuiciamiento de la realiter política... y como su juicio necesariamente está impregnado por su moral, es casi siempre su juicio un juicio erróneo.

Pero la «protesta» popular o la distaxia interna, es, ciertamente, un gran peligro para el gobernante, como hemos dicho más arriba. Por ello, el ejemplo maquiavélico de Pertinax, nos enfrenta otra vez a la maldita fortuna, ya que, aunque «...uno se hace aborrecer tanto con las buenas como con las malas acciones... (es) por esto... (que) el príncipe que quiere conservar sus dominios está precisado con frecuencia a no ser bueno. Si aquella mayoría de hombres –cualquiera que ella sea– de soldados, de pueblo o grandes, de la que piensas necesitar para mantenerte, está corrompida, debes seguir su humor y contentarla. Las buenas acciones que hicieras entonces se volverían contra ti mismo.»{31} Para evitar eso, este es el momento de la zorra y el león. Más sólo hay una manera de conseguir «el fin que el príncipe lleva» sin disgustar y contentar a la vez a la mayoría de los hombres... esa manera es la mentira política, la ideología.

La prudencia se ha de batir aquí entre la Escila de la Razón de Estado y la Caribdis del riesgo de distaxia interna; entre aquello que la decisión persigue para incrementar la eutaxia y el bien de la república , y el juicio erróneo del pueblo que llevará casi siempre al príncipe a «... ser aborrecido» por él. Y esto es muy cierto, por cuanto... «Ahora es más necesario para todos nuestros príncipes, excepto, sin embargo, para el Turco y el Soldán –(para Saddam Husseim)–, el contentar al pueblo que a los soldados, a causa de que hoy día los pueblos pueden más que los soldados.»{32}

Es el sacrificio que el Poder ha de hacer para controlarse a sí mismo, o la «fortaleza» que ha de construir para así perseverar..., la fortaleza de la democracia y el «estado de Derecho» como cobertura zorruna para evitar así la Caribdis de la distaxia interna. Pues, «...el príncipe que tiene más miedo de sus pueblos que de los extranjeros debe hacerse fortalezas... (ya que) la mejor fortaleza que puede tenerse es no ser aborrecidos de sus pueblos.»{33} Y esto es así a pesar de la libertad de opinión y expresión que acompaña a ese «Estado de Derecho», libertades que pueden hacer caer gobiernos enteros. La mentira política sobre la libertad de expresión se descubre nítidamente en la censura de esa expresión.

Ante algunas graves situaciones no es fácil la decisión política. Por ello la buena prudencia es tomar en estas situaciones «...el camino menos malo.»{34} ¿Pero cual es? ¿Es el camino ese de la paz que algunos pregonan? ¿Puede ser ese pueblo que es azuzado por los sicofantes, capaz de prudencia política?

Al pueblo le está vedada la prudencia política porque «Es un defecto común a todos los hombres el no inquietarse de las borrascas cuando están en bonanza»,{35} esto es, porque siendo él el principal agente que ejerce una presión para la expansión, no puede aceptar nunca que de su consumo y su opulencia surja su culpa de la guerra y el peligro del azar y de la fortuna.

Y como toda decisión política arrastra ese riesgo de la fortuna, la decisión sólo cabe hacerla al gobernante..., pero la decisión puede ser una indecisión propia del gobernante timorato (del tibio) o una decisión propia del gobernante «impetuoso», del arrojado, del valiente o lleno de virtud. La virtud –como característica varonil– es así aquél actuar para el cual: «...vale más ser impetuoso que circunspecto, porque la fortuna es mujer, y es necesario, por esto mismo, cuando queremos tenerla sumisa, zurrarla y zaherirla. Se ve, en efecto, que se deja vencer más bien de los que le tratan así que de los que proceden tibiamente con ella.»{36}

Al pueblo la está vedada la prudencia política sobre todo en los tiempos de corrupción. Cuando el pueblo se halla desprovisto de virtud y no tiene a su lado Camilos ni Escipiones a los cuales emular y en los cuales verse reflejado, cuando ya olvidó hace tiempo la entrega que hizo de sus armas, y se acomodó al ocio de la vida afeminada (ver nota: *) y al cultivo urbano de su propiedad defendida por otros; entonces, no fue ya posible ni es posible nombrarle y hacerle oír lo más mínimo el horror de la guerra y el decirle al mismo tiempo lo evidente que es la necesidad de la decisión cuando la ocasione del tiempo presente se aparece ante nosotros para evitar así el triunfo de la fortuna.

En fin, como «los pueblos son amigos del descanso»{37} hoy en día, no es a ellos a quienes debe escuchar el príncipe, sino a la necesidad que les muestra su prudencia. Pues hoy en día, al ser los muchos el Soberano (tanto si es un conjunto de los pocos como si es el uno a solas), al final es una decisión sola la que debe ser tomada: hacer o no hacer la guerra.

Cuando la virtud política impera en lugar de la maldita fortuna o azar, la experiencia de los ciudadanos les hace ver su virtud propia y entonces conocen por sí mismos y «...experimentan cada día, en público y en privado, su virtud y el poder de la fortuna, siempre, en cualquier situación, en cualquier tiempo mostrarán el mismo ánimo y mantendrán la misma dignidad. Pero cuando unos ciudadanos no están acostumbrados a las armas, y sólo se apoyan en el imperio de la fortuna y no en su propia virtud, varían en el cambio de la suerte, y darán siempre ejemplos tan lamentables como el de los venecianos.»{38}

El pueblo no está acostumbrado a la guerra ni a las armas y solamente desea engullir el mundo sin abrogarse responsabilidad en ello. Todos queremos más y más (como dice la canción) con el mínimo de riesgo...ha de haber ganancias a la vista para que el pueblo acepte el envite de la fortuna: «Y cuando en las cosas que se presentan a los ojos del pueblo se ve ganancia, aunque esconda en sí una pérdida o, cuando el acto parece animoso, aunque suponga la ruina de la república, siempre será fácil convencer a la multitud, y del mismo modo, siempre es difícil persuadirla para que elija algo que tenga apariencia de vileza o de pérdida.»{39} Y esto que es dicho por Maquiavelo sobre la mala opinión que tenían los romanos sobre Fabio Máximo, puede ser trasladado a la actualidad nuestra con entera soltura, y poner en el lugar del cónsul Varrón al Sr. Zapatero y a todos los que guiándose de su intima ética (se supone) se oponen por la ausencia de responsabilidad, a la guerra.

Mientras se consume petróleo limpio de chapapote y toda clase de recursos escasos, mientras se engulle el planeta entero, el pueblo pide paz y, si puede...socialismo o algo similar. ¡Por pedir que no quede! Pues no hay duda de quienes consumen: son las multitudes, las masas. Eso hace a todas –a todas, repito– nuestras sociedades el ser expansionistas y ambiciosas... entonces: «La intención del que hace la guerra por elección, o mejor dicho por ambición, es conquistar y mantener lo conquistado, y proceder de modo que con ello se enriquezca...»{40} Entonces... entonces tragamos pantangruélicamente siendo inocentes del consumo y frugales en teoría cual anacoretas escuálidos: nosotros no somos culpables.

No hay duda alguna de que a pesar del horror de esta guerra en ciernes y de otras muchas pasadas, los Estados Unidos son una república democrática en cuyo seno no hubo nunca Pisístratos. Los Estados Unidos son hoy por hoy el Imperio que arrancó de una gran igualdad según nos contó Tocqueville. El bien común es lo que lograron los norteamericanos (y otros), que ahora, algunos, ya han olvidado a pesar de vivir inmersos en él y a pesar de la desigualdad actual –con el complejo «militar-industrial» inclusive– que de aquella igualdad surgió. Creen algunos que el vivir civil y el bien común son naturales y que es natural el merecimiento de ese goce que arrancó siempre, para ser posible, de la guerra. El pueblo padece amnesia y ha olvidado que «...lo que hace grandes a las ciudades –(o sea, a los Estados, dice Maquiavelo)– no es el bien particular, sino el bien común. Y sin duda este bien común no se logra más que en las repúblicas, porque estas ponen en ejecución todo lo que se encamine a tal propósito, y si alguna vez esto supone un perjuicio para este o aquel particular, son tantos los que se beneficiarán con ello que se puede llevar adelante el proyecto pese a la oposición de aquellos pocos que resultan dañados.»{41}

Esto no sólo es dicho por Maquiavelo, sino que podemos encontrar argumentos similares en otros muchos autores, como por ejemplo en Alexis de Tocqueville o en Alexander Hamilton, cuyas palabras, dichas después de las luchas de la revolución nos la cita el mismo Tocqueville:

«El pueblo no quiere, muy frecuentemente, sino llegar al bien público, esto es verdad; pero se engaña a menudo al buscar ese bien... Cuando los verdaderos intereses del pueblo son contrarios a sus deseos, el deber de todos aquellos que ha propuesto para la salvaguardia de esos intereses, es combatir el error de que es momentáneamente víctima, a fin de darle tiempo para reconocerlo y considerar las cosas con sangre fría. Y ha llegado ha acontecer más de una vez que un pueblo salvado así de las fatales consecuencias de sus propios errores, se ha complacido en elevar monumentos de agradecimiento a los hombres que tuvieron el magnánimo valor de exponerse a desagradarle por servirlo.»{42}

El pueblo, con su sentido común, tan santo él, padece una miopía radical. En tiempos de paz y cuando la opulencia se desparrama en forma de consumo superfluo –que es el consumo de que más gusta el pueblo– no soporta ni la imagen del valor de otros ni la imagen de la alteración de esa paz que es la que le permite tener el estómago lleno y la cabeza vacía de problemas. Son las épocas fofas en que la virtud es por completo timorata y en las que se cree posible el vivir civil sin el hombre militar y guerrero: «Pues las repúblicas cometen a menudo ese error de tener en poca estima a los hombres valientes cuando los tiempos son tranquilos.»{43} Ut romani auro redempti non viverent.

Y si las tesis de los pacifistas triunfasen y fueran impuestas en las sociedades industriales-armamentistas e imperialistas en las que viven esos pacifistas, en tres días otros les arrebatarían el consumo, el lujo, y el vivir civil. Pero la fortuna ciega las mentes de los hombres cuando no quiere que se opongan a sus designios.{44} Y eso surge en nuestro tiempo con las vicisitudes del Imperio y de los intereses geoestratégicos por todo el mundo. Los errores y aciertos del pasado suman juntos los efectos presentes, y nadie nunca convencerá al pueblo, de que, si bien, los desaciertos de los gobernantes pasados y presentes nos llevaron a estos pagos, otros no acertarían mejor por muy populares que esos gobernantes futuros fueran.

«Adeo obcaecat animos fortuna, cum vim suam ingruenten refringi non vult...» Así ciega las mentes la fortuna, cuando no quiere que sus golpes sean obstaculizados», dice Tito Livio «...Cuando la fortuna quiere que se produzcan grandes acontecimientos, sabe cómo hacerlo, eligiendo a un hombre de tanto espíritu y tanta virtud que se dé cuenta de las oportunidades que ella le ofrece. Y lo mismo sucede cuando quiere provocar la ruina, escogiendo entonces a hombres que contribuyan a arruinarlo todo...»{45} Bien que es cierto que Roma no tiene las puertas abiertas y que Bush no es Camilo. Pero la fortuna está ahí y parece desear que sus golpes no sean obstaculizados. No todo es dominable y es muy fácil hacerse el pacífico...Ya suenan los tambores de la guerra y está próximo el estruendo de las bombardas. El futuro se escribe hoy y lo leemos mañana; y mientras tanto, hemos de esperar a que los acontecimientos (que es el nombre moderno de la fortuna) se desarrollen. En esos acontecimientos, en esa fortuna, también entran hasta los que salen a la calle a gritar en favor de la paz. La fortuna no deja fuera a nadie...

«...los hombres pueden secundar a la fortuna pero no oponerse a ella, que pueden tejer sus redes, pero no romperlas. Sin embargo, jamás deben abandonarse, pues, como desconocen su fin, y como la fortuna emplea caminos oblicuos y desconocidos, siempre hay esperanza, y así, esperando, no tienen que abandonarse, cualquiera que sea su suerte y por duros que sean sus trabajos.»{46}

Y hete aquí, que los sicofantes abogan por no actuar, por el «No a la guerra» como la política correcta a seguir, como la política «prudente». Desean romper «las redes de la fortuna» desde la política{47} y desde el supuesto de las leyes internacionales y el llamado Derecho Internacional.

Pero las cosas no son ni tan simples ni tan idílicas. Los pactos internacionales no tienen por qué incidir en la decisión soberana de los Estados, como de hecho no inciden, ni obligan al Soberano a hacer aquello que más le conviene. El cumplimiento de las resoluciones de la ONU son y serán cumplidas cuando así convenga al poder, a cualquier poder. Si el Sr. Saddam no desea cumplirlas él tiene su derecho, como su derecho tiene su enemigo de atacarle por ello o por otra cuestión cualquiera.{48}

Y dudo mucho que aún hoy en día cualesquiera organismos internacionales tipo la ONU no sean otra cosa que una forma encubierta del dominio de los más fuertes sobre los más débiles. A este respecto –y ya que la ONU o «Europa» no son hoy por hoy una federación clásica y real–, nos puede servir lo que dice Schmitt: «Si por medio de un tratado internacional, que no es un pacto federal (y, por tanto, no cambia el status de cada parte contratante en lo relativo a la adscripción a la federación) se fija el status político de totalidad de uno de los Estados contratantes, sólo puede tratarse del sometimiento y dependencia. El pacto contiene entonces una supresión del Poder Constituyente del Estado que ha entrado en dependencia.»{49}

Los ordenamientos del Derecho Internacional «se convierten así en Derecho legal del Estado; pero no en leyes constitucionales o, acaso, en un elemento de la Constitución...» y sigue Schmitt: «La Comunidad jurídico-internacional no tiene estructura como para que se inserte en ella un Estado, a la manera que puede insertarse un Estado en una auténtica federación; no es una organización sólida; es el reflejo de la coexistencia de unidades políticas independientes.»{50}

Y esa independencia de las unidades políticas es lo que hace tan legítima la alianza de España con los EE.UU. y sus otros aliados, como la alianza del eje París-Berlín con los aliados suyos.

La guerra es muy primitiva y muy moderna. Ella es, desde luego, para Maquiavelo la «locomotora de la historia», como insinúa Bueno. Ella es el eje de la rueda de la fortuna, de la rueda poliviana, ella es la que pone orden en el desorden del tiempo. La raíz del republicanismo que arranca en la acción, en la actividad maquiavélica,{51} es saber tomar la ocasione cuando la fortuna la espeta a la cara del Soberano. Esa decisión de agarrar a la fortuna por los cuernos es la virtud republicana.

La indecisión y la inhibición o neutralismo que piden los pacifistas a los EE.UU. y a España (en lo que nos roza), sólo es falta de virtud y la abundancia de miopía política, y eso se acerca más al la virtud cristiana que no a un verdadero republicanismo. ¿Pero de qué estoy hablando? ¿Acaso se me podía ocurrir pedirle al Sr. Zapatero y al Sr. Llamazares que sean o piensen republicánamente?

Si bien el príncipe no es nuevo, sí son nuevas las circunstancias, y caven aquí, por eso, para acabar, estas palabras de Pocock:

«Entonces, cabe decir con absoluta propiedad que la acción es virtud; cuando el mundo está desestabilizado y constantemente amenazan eventos inesperados, actuar –es decir, hacer algo que no se inscribe en las estructuras de la legitimidad– significa imponer una forma a la fortuna. Es así como la agresión se convierte en la mejor elección.»{52}

La acción es una estrategia política tan legitima como lo sería el estarnos quietos. Sólo el futuro dirá si la prudencia ha de ser recompensada por movernos y actuar o, por el contrario todo serán miserias. De todos modos, se tome la decisión que se tome, el Soberano siempre será criticado, porque el pueblo cuando goza, mira sólo de no ser molestado ni escandalizado.

Notas

{*} Ver sobre la virtud y su diferencia respecto de la virtud religiosa: Maquiavelo, Discursos sobre la Primera Década de Tito Livio, Alianza Editorial, Madrid 2000, págs. 198 y 199: «La religión antigua, además, no beatificaba más que a hombres llenos de gloria mundana, como los capitanes de los ejércitos o los jefes de las repúblicas. Nuestra religión a glorificado más a los hombres contemplativos que a los activos. A esto se añade que ha puesto el mayor bien en la humildad, la abyección y el desprecio de las cosas humanas, mientras que la otra lo ponía en la grandeza de ánimo, en la fortaleza corporal y en todas las cosas adecuadas para hacer fuertes a los hombres. Y cuando nuestra religión te pide que tengas fortaleza, quiere decir que seas capaz de soportar, no de hacer, un acto de fuerza. Este modo de vivir parece que ha debilitado al mundo, convirtiéndolo en presa de los hombres malvados, los cuales lo pueden manejar con plena seguridad, viendo que la totalidad de los hombres, con tal de ir al paraíso, prefiere soportar sus opresiones que vengarse de ellas. Y aunque parece que se ha afeminado el mundo y desarmado el cielo, esto procede sin duda de la vileza de los hombres, que han interpretado nuestra religión según el ocio, y no según la virtud. Porque si se dieran cuenta de que ella permite la exaltación y la defensa de la patria, verían que quiere que la amemos y la honremos y nos dispongamos a ser tales que podamos defenderla. Tanto han podido esta educación y estas falsas interpretaciones, que no hay en el mundo tantas repúblicas como había antiguamente, y, por consiguiente, no se ve en los pueblos el amor a la libertad que antes tenían...» Esta nostalgia de Maquiavelo, si fuera puesto en los púlpitos actuales, atronaría el mundo y lo llenaría de zozobra y espanto. Él se mofaría de los «escudos humanos» que van piadosamente a taparle las vergüenzas a Saddam Husseim.

{1} Ver a J. G. A. Pocock, El Momento Maquiavélico, Tecnos, Madrid 2002, pág. 591, 592.

{2} Sobre la «materia y su forma» y la generación y regeneración de la materia debido a su corrupción o incorrupción,... y el bagaje escolástico de Maquiavelo sobre este asunto, ver, por ejemplo sus Discursos..., págs. 87, 91, 125, 170, 346, 347.

{3} Carl Schmitt, Teoría de la Constitución, Alianza, Madrid 1996, pág. 265.

{4} Schmitt, El Concepto de lo Político, Alianza, Madrid 1969, pág. 95.

{5} André de Muralt, La Estructura de la Filosofía Política moderna, Istmo, Madrid 2002, pág. 145.

{6} Schmitt, Teoría de la Constitución, pág. 213.

{7} Maquiavelo, Discursos..., pág. 35.

{8} Schmitt, Teoría de la Constitución, pág. 237.

{8*} «La naturaleza obra por un fin, como obraría el arte si obrara naturalmente.» Dice el Scoto en su Tratado del Primer Principio (Aguilar, Buenos Aires 1955, pág. 40.)

{9} Immanuel Kant, Ideas para una historia universal en clave cosmopolita y otros escritos sobre filosofía de la Historia, Tecnos, Madrid 1994. Kant dice que «las disposiciones naturales que tienden al uso de su razón –en el hombre– sólo deben desarrollarse por completo en la especie, mas no en el individuo» (pág. 6) Lo que me recuerda la «conciencia de clase» del marxismo clásico, consciencia que vendría a ser el acabose del cuarto principio kantiano (pág. 8) que saca de las contradicciones o antagonismos «la causa de un orden legal de aquellas disposiciones»; orden legal que no es otro que el Estado mismo como efecto. De la «consciencia de clase» proletaria habría de surgir, de modo similar, esa «humanidad al cuadrado» de Negri, pero ya, por innecesario, sin orden legal alguno, esto es, sin Estado.

{10} Hagnes Heller, Sociología de la Vida Cotidiana, Península, Barcelona 1977, pág. 104.

{11} Maquiavelo, El Príncipe, Espasa Calpe, Col. Austral, Madrid 1970, pág. 89.

{12} Hagnes Heller, Teoría de la Historia, Fontamara, Barcelona 1982, pág. 65. Sin embargo, Heller sabe que para Aristóteles y para todo el mundo antiguo, la virtud era «enérgeia, acción, actividad»...y como el fin de la virtud es la felicidad que debía ser de continuo conquistada, dice: «...ser feliz significa ser capaz de actuar y sentir que la realidad social está a nuestro servicio». Lo que ocurre, es que la virtud de los antiguos (como valor y valentía) es filtrada a través de un marxismo que ha olvidado la dureza «viril» que conlleva la lucha de clases y la «fortuna» misma de la revolución. Es por eso que unas líneas más abajo nos dice Heller del mundo antiguo, para así diferenciarlo del mundo moderno nuestro: «Mientras se consideraba al hombre un juguete del destino y de la ciega casualidad, tal conquista parecía identificarse con el poder. El poder y la fortuna inmunes al azar (sic!), al dominio de los demás, eran la prueba de la autonomía y, por consiguiente, también de la felicidad» (Ver de A. Heller, Aristóteles y el Mundo Antiguo, Península, Barcelona 1983, págs. 362 y ss.). Ahora no podemos meternos a analizar la transmutación del objeto a conquistar. La lucha política (del ciudadano y del partido político de tipo clásico) ha operado un cambio desde la lucha por el poder –y en el Estado– hacia la lucha de clases y la pretendida eliminación del Estado. Pero en esa transmutación la virtud misma ha quedado mal parada... cercenada... como si aquella 'enérgeia, acción, actividad' se hubiese contagiado de la férula cristiana al estilo de un Ernst Bloch y su Principio Esperanza. Y no nos convencen los restantes argumentos que ahí nos da Heller, porque aunque es cierto que hace tiempo que la comunidad de la Polis antigua se ha desintegrado, no es menos cierto que esa virtud sigue vigente en Maquiavelo y otros (incluso posteriores), y que sigue muy vigente la lucha por el poder, es decir, la conquista de la felicidad. La lucha de las barricadas en París cedió a una práctica marxista integrada, que era ya, (pues que ya ni es) en sí misma, una excrecencia parachutada de la real lucha entre Estados, de la cruda «realiter» política. La lucha de clases nos aparece ahora, vista desde la lontananza, un mero instrumento o herramienta para el logro de la eutaxia propia y la distaxia ajena. El fin fue siempre el mismo, sólo había variado el medio.

{13} Maquiavelo, El Príncipe, pág. 28.

{14} Ver a David Horowitz, quién mantiene esta desusada tesis: Estados Unidos frente a la Revolución Mundial (de Yalta al Vietnam), Cultura Popular, Barcelona 1968.

{15} Gabriel Kolko, Políticas de Guerra, Grijalbo, Barcelona 1974, pág. 852 y ss.

{16} Maquiavelo, Discursos..., págs. 162, 163.

{17} Maquiavelo, El Príncipe, pág. 111.

{18} Maquiavelo, El Príncipe, págs. 96 y 98.

{19} Ver Max Horkheimer, Crítica de la razón instrumental, Trotta, Madrid 2002, págs. 116 y 117.

{20} Gabriel Kolko, op. cit., pág. 819.

{21} Sobre la prudencia como opuesta a la fortuna, ver el capítulo XXV de El Príncipe, págs. 121 y 122 de la ed. cit. Allí nos dice Maquiavelo: «No se me oculta que muchos creyeron y creen que la fortuna, es decir, Dios, gobierna de tal modo las cosas de este mundo que los hombres con su prudencia no pueden corregir lo que ellas tienen de adverso, y aún que no hay remedio ninguno que oponerles. Con arreglo a esto podrían juzgar que es en balde fatigarse mucho en semejantes ocasiones, y que conviene dejarse gobernar entonces por la suerte...» Maquiavelo ve «la necesidad de oponerse a la fortuna en general...», ya que «...el príncipe que no se apoya más que en la fortuna cae según que ella varia. Creo también –sigue diciendo– que es dichoso aquel cuyo modo de proceder se halla en armonía con la calidad de las circunstancias, y que no puede menos de ser desgraciado aquel cuya conducta está en discordancia con los tiempos.» La prudencia es para Maquiavelo, pues, el saber –al igual que lo sabía Guicciardini y Aristóteles– que «no existe una verdad determinante sobre las contingencias futuras», y que por tanto eso «pertenece al dominio de la fortuna». (Ver Pocock, Op. cit., pág. 347) La prudencia habrá de ser, pues, oportunista según las circunstancias se presenten y habrá de saber tomar la más conveniente y apropiada decisión para el logro de lo menos malo.

{22} Maquiavelo, El Príncipe, págs. 85 y 86.

{23} Maquiavelo, El Príncipe, pág. 45. De los modos en que puede ser usada la crueldad: «El primero es cuando un particular se eleva por una vía malvada y detestable al principado, y el segundo cuando un hombre llega a ser príncipe de su patria con el favor de sus conciudadanos», esto es, el modo tiránico y el modo republicano. Para el método republicano, ver el capítulo IX o Del Principado Civil.

{24} Maquiavelo, El Príncipe, págs. 49 y 50.

{25} Maquiavelo, El Príncipe, pág. 81.

{26} Maquiavelo, El Príncipe, pág. 82 y 83.

{27} Maquiavelo, El Príncipe, pág. 90.

{28} Maquiavelo, El Príncipe, pág. 87.

{29} Maquiavelo, El Príncipe, págs. 87 y 88.

{30} Maquiavelo, El Príncipe, Ibid. Al fin y al cabo, la doxología y el «pensamiento cotidiano» están incapacitados para gobernar, según incluso algunos marxistas: «La actividad política dirigente nunca puede ser desarrollada con una consciencia cotidiana», dice Hagnes Heller, Sociología de la Vida Cotidiana, Península, Barcelona 1977, pág. 174.

{31} Maquiavelo, El Príncipe, págs. 95 y 96.

{32} Maquiavelo, El Príncipe, pág. 100.

{33} Maquiavelo, El Príncipe, pág. 107.

{34} Maquiavelo, El Príncipe, pág. 113.

{35} Maquiavelo, El Príncipe, pág. 120.

{36} Maquiavelo, El Príncipe, pág. 125.

{37} Maquiavelo, El Príncipe, pág. 94.

{38} Discursos..., pág. 409.

{39} Discursos..., pág. 163.

{40} Discursos..., pág. 210.

{41} Discursos..., pág. 196.

{42} Alexis de Tocqueville, La democracia en América, FCE, México 2001, pág. 498 y 499. Lo extractado pertenece a la nota 35 y se halla en la pág. 687.

{43} Discursos..., pág. 369.

{44} Discursos..., pág. 290.

{45} Discursos..., pág. 291.

{46} Discursos..., pág. 192.

{47} «...un político que condena la guerra apelando a su conciencia ética deja automáticamente de actuar como político, pues ha puesto aparte la prudencia política.» Gustavo Bueno, en El Catoblepas, nº 13.

{48} Carl Schmitt, hablándonos sobre «La Constitución como pacto» dice: «Un tratado internacional como tal, no es nunca una Constitución en sentido positivo.» Schmitt cita el Artículo 176 del Tratado de Versalles: «Un deber puramente internacional no pertenece a la Constitución en sentido positivo. Una empresa encaminada a suprimirlo no es tampoco, por lo tanto, alta traición en el sentido de las normas penales; la apelación a un deber internacional del Estado no puede justificar una traición al País; un deber internacional no se jura al jurar los cargos.» (Schmitt, Teoría de la Constitución, pág. 89)

{49} Schmitt, Teoría de la Constitución, págs. 90, 91.

{50} Schmitt, Teoría de la Constitución, pág. 90.

{51} J. G. A. Pocock, El Momento Maquiavélico, Tecnos, Madrid 2002, pág. 591 y 592.

{52} J. G. A. Pocock, El Momento Maquiavélico, Tecnos, Madrid 2002, pág. 262.

 

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