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El Catoblepas, número 11, enero 2003
  El Catoblepasnúmero 11 • enero 2003 • página 24
Libros

Pueblo, Imperio y Nación

Pedro Insua Rodríguez

Sobre el libro de Anthony Pagden, Pueblos e Imperios,
Mondadori, Barcelona 2002

Anthony Pagden Con Timor Oriental{1} el globo y la humanidad están políticamente divididos en 226 países. El único territorio del globo que queda fuera de alguna de estas 226 partes, que como totalidades soberanas (propietarias) conforman el mapa global, es aquel que se define como «aguas internacionales», el mar fuera de las aguas jurisdiccionales, que si bien no forma parte de ninguna de estas totalidades, sí está conmensurado políticamente, pues se define en relación a estas partes (inter-nacionales). Hace tiempo que ha quedado desterrado de los mapas aquel sintagma de «Terra incognita». Y es que con el desarrollo del «imperialismo», o mejor dicho, con los desarrollos de los imperios, se culmina a finales del siglo XIX un proceso, en que ningún territorio del globo (aún siendo desconocido geográfica o etnológicamente en algunas de sus partes) queda fuera de su apropiación política, es decir, ningún territorio y ninguno de sus habitantes permanece indeterminado políticamente. Dicho con Lenin:

«Por primera vez [se refiere a la culminación del «imperialismo» en 1900], el mundo se encuentra ya repartido, de modo que lo que en adelante puede efectuarse son únicamente nuevos repartos, es decir, el paso de territorios de un "propietario" a otro, y no el paso de un territorio sin propietario a un "dueño"» (El imperialismo fase superior del Capitalismo, V. I. U. Lenin, págs. 84-85){2}.

El asunto está en que este proceso de globalización política tuvo como principales motores aquellas partes del globo que se constituyeron políticamente como «imperios». Y, una vez consumada a principios del siglo XX, la globalización política ha sufrido, según los distintos modos imperiales y tras su decaimiento, sucesivas reconfiguraciones que tienen por resultado la división política actual.

Por lo menos esta es la perspectiva en la que se sitúa Pagden para analizar las distintas realidades imperiales que, desde Alejandro hasta Estados Unidos, han llevado a cabo este proceso, y desde él analizar, además, lo que queda políticamente hablando tras esa transformación imperial del planeta, toda vez que los motores de esa transformación «hoy ya no existen –dice Pagden en la Introducción–, al menos en su forma tradicional» (pág. 25).

La tesis de Pagden es que los imperios han extraído su energía de los distintos «pueblos» que fueron absorbidos políticamente en dichas estructuras globalizadoras: como resultado del fracaso de tal globalización, nunca consumada completamente por ningún imperio, y tras la caída y divisiones internas que afecta a esas partes constituidas en imperio, aquellos pueblos que sirvieron de energía reaparecen, antes o después, y con distinta relevancia, transformados «naciones». Ni por su génesis, pues, ni por su estructura, el presente político, repartido en 226 «soberanías» es ajeno a la idea de Imperio: las «naciones-estado» actuales son resultado de la transformación, vía imperial, de los «pueblos». Una transformación además no sólo política: al «poder» imperial acompaña el «saber» civilizado, de tal modo que los imperios, para bien (ciencias...) y para mal (lujo, molicie...), han sido el instrumento civilizador de los pueblos. Pero también una absorción y transformación que, Pagden no lo ignora, es más lo subraya, supone el desplazamiento (emigraciones), el exterminio, e incluso aniquilación, de muchos de esos «pueblos» preexistentes. En definitiva los 226 países actuales, que definen el presente político-social del Globo, son el resultado del auge (eutaxia, en palabras de Gustavo Bueno) y caída (distaxia) de los imperios. Como ha dicho en numerosas ocasiones Gustavo Bueno «vivimos en una realidad política que es el resultado del naufragio de los grandes imperios». Este lema está plenamente aquí asumido por Pagden.

Sin embargo en el libro de Pagden no se encuentra una definición abstracta de Imperio, no hace teoría sobre la idea de Imperio, sino que más bien lo que encontramos, en la Introducción, es una relación del uso del término de Imperio en distintos contextos, de los que extrae una definición, un concepto, del todo insuficiente como tal –«imperio es el gobierno sobre vastos territorios caracterizados por su multiplicidad y heterogeneidad cultural»–, pero que, sin embargo, en su ejercicio le sirve para identificar deícticamente los imperios «realmente existentes»{3}. Una identificación que tiene la virtud además de reconocer una variedad de modos imperiales de gobernar. Esto es, Pagden señala que la vía imperial ha tenido distintos modos, de hecho el análisis de estos distintos modos es lo que justifica la división de la obra de Pagden en distintos capítulos:

a) después de la Introducción, el primer capítulo lo dedica al imperio de Alejandro y el segundo al Imperio Romano, con ellos, en especial con el Romano, se elabora el canon, el arquetipo, de la idea de Imperio que después se tratará de reproducir, una vez consumada su caída;

b) los cuatro siguientes capítulos están dedicados al «verdadero imperio», dice Pagden, que, tras lo que suponemos simulacros centroeuropeos (Carlomagno, Otones), se forma con la dinastía Habsburgo (Pagden habla más de «Imperio europeo», que de Imperio español): el «Imperio Universal», realmente universal. El penúltimo de estos cuatro capítulos dedicados al Imperio de Carlos V está plenamente dedicado a lo que se supone un correctivo para la idea de Imperio: Las Casas. Además se observa en estos capítulos el repliegue de China y su renuncia globalizadora;

c) los cinco siguientes capítulos están dedicados a los «imperios de comercio» y su «gobierno indirecto» resultado, según Pagden, de la lección aprendida con la experiencia ibérica por parte de Inglaterra y Francia, principales agentes de este modo imperial de expansión. El último capítulo de estos cinco está dedicado a la aparición, en el seno del propio desarrollo de este modo imperial y como correctivo suyo, de la idea de nación como entidad política: el pionero en reconocer este límite, esta roca dura –la nación, que aparece resistente (en el contexto de la nueva ciencia etnológica) a las embestidas del desarrollo imperial–, es aquel que recorrió la «última frontera» global: Cook;

d) el último capítulo es la Conclusión en donde Pagden hace diagnóstico y balance, junto con algún pronóstico, respecto de la situación política actual y su relación con los Imperios.

El auge de los imperios tiene su punto culminante, pues, a finales del siglo XIX: efectivamente a partir de este momento lo que se puede contemplar políticamente son, en palabras de Lenin, «cambios de propietarios», pero no apropiaciones políticas de nuevos territorios, pues el planeta ya está políticamente saturado. Estos «cambios de propietarios», insistimos, se producen con la caída de los grandes imperios y su resultado es la realidad política tal como está configurada en el presente (226). Los principales procesos de «cambio de propietario», analizados por Pagden, serían los siguientes: la independencia de las nuevas naciones americanas a finales del siglo XVIII (EEUU) y en la primera mitad del XIX (América hispana); los procesos llamados de «autodeterminación» en África, Asia y (relativamente) en el Pacífico, después de la dos guerras mundiales; finalmente, tras la caída de la URSS, los procesos de independencia de las repúblicas bálticas, caucásicas y asiáticas, así como los procesos que afectaron a los países de su, mayor o menor, influencia (ex-Checoslovaquia, ex-Yugoslavia).

De este análisis, ni mucho menos pormenorizado{4} pero elaborado con bastante precisión y coherencia conceptual (otra cosa es su adecuación), Pagden concluye que los «pueblos» permanecen como unidades centrífugas resistentes a su absorción imperial centrípeta, y acaban, así, por disolver los grandes proyectos imperiales: es en este contexto en donde aparece la idea de estado-nación{5}. Y es que esta disolución de los imperios no significa la restauración de lo que había, sino que lo que había se transforma con el desarrollo de los imperios, reapareciendo así los pueblos en forma de unidades nacionales antes inexistentes.

Pero, y esta es la cuestión, ¿reaparecen en todas partes?, es decir, ¿existe correspondencia biunívoca entre pueblo y nación? Pues la respuesta de Pagden es, naturalmente, negativa. En algunas partes lo que está detrás de las «naciones» actuales son determinados segmentos de los antiguos imperios organizados equívocamente en forma de nación:

«Los procesos de descolonización no solo dejaron tras de sí recuerdos amargos y enemistades imperecederas. También produjeron lo que en ocasiones parecen dilemas insuperables para las nuevos naciones del mundo. Porque el de nación es un concepto relativamente nuevo y plenamente europeo, pero además sucede que muy pocos de los antiguos distritos imperiales a partir de los cuales se construyó la mayoría de las naciones poscoloniales existían antes de la llegada de los europeos. Así había sucedido también en el mundo antiguo.» (Pagden, Pueblos e imperios, pág. 194).

Es decir, que la reivindicación política de la soberanía nacional frente a los imperios de muchas de esas partes (226), no puede apelar a una constitución previa al imperio, porque su constitución está basada en el propio desarrollo del imperio en tanto que parte suya: este es el dilema de muchas «naciones» actuales. Hasta tal punto que el concepto de «nación» aplicado a muchas de esas partes resulta muy ambiguo e impreciso.

La cuestión, pues, que Pagden plantea, hay que decir que con toda claridad, es si la idea de «nación» es unívoca para las 226 partes que constituyen políticamente el globo: es decir, si después de las transformaciones imperiales de los pueblos, la idea de nación recoge, en un mismo sentido, la realidad de cada parte política en la que está dividido el planeta. Dicho claramente, retirada la marea imperial, ¿quedan, realmente, 226 naciones? La tendencia de Pagden es la de afirmar la equivocidad de este concepto, del concepto de nación, cuando con él nos referimos a esas 226 unidades, y su insuficiencia cuando la aplicamos a alguna de las partes: no es lo mismo la soberanía de EEUU o de China, que la soberanía de Andorra o Fidji. Y es que ninguna de estas cuatro partes políticas del globo son «naciones», en su sentido canónico, «europeo».

El formalismo de la ONU o de aquellos que hablan con tanto entusiasmo de «comunidad internacional», concepto que Pagden critica enérgicamente, estarían en la perspectiva de la univocidad. Del mismo modo se mantienen en esa univocidad, solo que con un entusiasmo en sentido contrario («miedo histérico», dice Pagden), aquellos que entienden la globalización como homogeneización (se refiere en concreto al libro Imperio de Hardt y Negri{6}), pues, afirma Pagden, que ni política, ni cultural, ni siquiera económicamente existe tal homogeneización.

De todos modos hay que reconocer al formalismo un sentido, y es que la globalización política se ha consumado: insistimos, todo territorio y población están determinados políticamente, determinados además, a partir de la caída efectiva de los imperios, bajo la forma de soberanía nacional. Así al menos lo recoge el derecho internacional{7}.

Ahora bien, la cuestión que se plantearía tras la asunción de las tesis de Pagden, sería la siguiente: toda vez que son los «pueblos» la energía de los «motores» imperiales, ¿hemos llegado al límite, aunque sea teórico, del desarrollo imperial al estar los «pueblos» completamente transformados en «naciones»? Es decir, al no haber «pueblos» indeterminados políticamente, ¿es la nación, las naciones (las soberanías), el límite infranqueable para la expansión imperial?

Este sería, asumiendo las tesis de Pagden, el problema de la constitución de EEUU como Imperio (que en buena medida ya tuvo la URSS): su energía no la toma de «pueblos», puesto que no los hay, sino que la toma de lo que se considera, por lo menos formalistamente (ONU) como naciones. Pues bien, la conclusión última de Pagden, a modo de diagnóstico, es que cabe un modo imperial de expansión sobre este panorama político: el gobierno de la «ley de las naciones», esto es, el «derecho internacional», sería la vía para convertir a un grupo de pueblos, EEUU y sus satélites europeos, en imperio (esa sería en realidad la llamada «comunidad internacional»). Es decir, el formalismo (reconocimiento de 226 soberanías unívocas) y sus leyes (derecho internacional) que impiden la expansión imperial (pues sería vista como injerencia sobre tales soberanías), es el nuevo modo imperial de expansión practicado por EEUU: esta contradicción, cabría concluir, sería la trágica agonía, dicho en términos unamunianos, del imperio americano, gobierna el globo con la misma ley que le impide gobernarlo, pero lo gobierna.

Lo que ocurre en realidad, pues, según parece derivarse de las tesis de Pagden, es que si hubiera 226 soberanías no podría haber imperio. Realmente hay imperio, luego, no hay 226 soberanías, por eso, de hecho, EEUU puede gobernar el globo. Y lo seguirá gobernando, por lo menos de momento, a instancias de esa ley que solo formalistamente se lo impide. Este, si nuestra interpretación no falla, sería el pronóstico con el que Pagden cierra su obra.

En definitiva, si los imperios fueron grandes generadores de naciones, su trabajo no ha resultado del todo efectivo: su tarea no ha terminado. Dicho al modo yanqui, to be continued...

Notas

{1} En El Catoblepas, nº 10, página 17, se encuentra un interesante estudio de la constitución de Timor Oriental y sus problemas, cuyo enfoque, tal como lo presenta Jorge Lombardero Álvarez, tiene que ver directamente con la temática del libro que reseñamos.

{2} Esto no es del todo preciso: si tenemos en cuenta las bulas alejandrinas, el tratado de AlcaÇovas, el Tratado de Tordesillas..., es el Papa el que figura como propietario de las tierras descubiertas y «por descubrir», cediéndolas para su administración a Portugal y a España. No vamos a entrar en detalles acerca del problema del «testamento de Adán», así llamado irónicamente por los franceses –que se veían fuera de este reparto ibérico del planeta–, pero lo que sí subrayamos es que ese «Por primera vez» que Lenin sitúa en 1900, habría que matizarlo e incluso rectificarlo para situarlo 400 años antes (Tratado de Tordesillas).

{3} Decimos que es insuficiente porque, según esa definición que da, no vemos por qué no se remite a Egipto, Mesopotamia, Asiria... dado que son «gobiernos sobre vastos territorios de gran variedad cultural». Algo hay en los gobiernos de Macedonia, Roma, España... que permiten señalarlos característicamente como Imperios (de hecho así lo hace Pagden) y que, sin embargo, no se recoge en la definición dada.

{4} Cosa que advierte Pagden: «Este es un libro muy pequeño para un tema extensísimo», así empieza el libro, un libro con un texto de 207 páginas que recorre nada menos que la «historia universal», la «historia del mundo», en palabras de Pagden.

{5} Hay algunas imprecisiones, e incluso errores de enfoque, relativas al Imperio español y sus diferencias con respecto al británico y al francés. Algunos errores son de bulto, como las referencias a Ceuta y Melilla como «residuos marchitos» (pág. 191) del «colonialismo» español cuando ambas ciudades nunca han sido «colonias». O cuando dice que en España los monarcas y caudillos «intentaron reunir» (pág. 198) a catalanes, vascos, gallegos, andaluces..., cuando, de hecho, se reunieron en las empresas de la Reconquista, en las de la Monarquía Católica y también posteriormente.

{6} En El Catoblepas nº 8, página 9 y página 10, aparecen dos amplias reseñas, una expositiva, la de José Sánchez Tortosa, otra crítica, la de Pelayo Pérez, que dan cuenta de la alta difusión del libro en cuestión.

{7} Un concepto de soberanía, el que en general se maneja en el derecho internacional, ciertamente substancialista, de ahí el formalismo: las soberanías se definen, desde Bodino, como sustancias megáricas, impenetrables, cuyo principal atributo es darse la ley a sí misma («autodeterminación»). Ni que decir tiene que la realidad política está constantemente rectificando dicha definición, siendo, como Gustavo Bueno ha subrayado en numerosas ocasiones, la «codeterminación» la realidad definitoria del concepto de soberanía.

 

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