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El Catoblepas
  El Catoblepasnúmero 9 • noviembre 2002 • página 13
Artículos

El problema de España

Pablo Huerga Melcón

Texto leído, el 5 de julio de 1999, en la inauguración de los
IV Encuentros de Filosofía en Gijón

Tengo el honor de presentar ante el público gijonés estos cuartos encuentros de Filosofía que ya podrían ir llamándose «de la ciudad de Gijón», dedicados este año a otro tema de Filosofía Mundana, y por ello, especialmente importante: El problema de España.

Como tema de Filosofía mundana, el problema de España ofrece un aspecto peculiar, porque aun siendo mundano se ha convertido en un tema tabú. (Eloy Benito Ruano dice que el tema de España «aparece contundentemente erradicado del discurso común de nuestros días»{1}). Las razones de la reticencia a hablar del ser de España son complejas y nos introducen de nuevo en el problema de España. En cierto modo, ese mismo tabú es una modulación más del mismo problema. Mundanizar el problema de España de nuevo debe ser uno de los objetivos de este Congreso para que deje de ser ya solamente, como lo ha venido siendo durante años, tema de especialistas eruditos que normalmente han dado por supuesto lo que sea España sin demasiadas dificultades para los efectos de sus propias investigaciones. No vayamos a hacer como aquellos ideólogos de los que se quejaba Ganivet cuando decía: «Si en España no se hace caso de los ideólogos (pongamos nosotros Filósofos), es porque estos han dado en la manía de empolvarse y engomarse, de «academizarse» en una palabra, y no se atreven a hablar claro por no desentonar ni a hablar de los asuntos del día por no caer en lugares comunes.»{2}

Nuevas y no siempre igualmente relevantes situaciones han abierto de nuevo las heridas por las que otra vez fluye la sangre del dolor de una patria aborrecida y anhelada, desde la muerte de Franco, la Constitución de 1978 y su definición del Estado, el ingreso en la OTAN, en la Comunidad Europea, la restauración monárquica, el desenvolvimiento implacable de los nacionalismos, el quinto centenario de 1492, o el primer centenario del noventa y ocho. Situaciones que nos han puesto otra vez y sin remedio ante el Problema de España a toro pasado, o en el crepúsculo, alza su vuelo nuevamente, la lechuza de Minerva.

En este Congreso se hablará de la Historia de España, de la Unión Europea, del problema de América Latina, de la Nación, con la intención de proporcionar argumentos para ir solventando la pregunta desesperada de Ortega ¿Qué es España? Ortega, que en su desesperación creía ver la raíz de todos los males endémicos de nuestra patria en la falta de una buena y franca invasión germánica, o en la colonización por un afeminado y demasiado civilizado pueblo visigótico, que ya nunca nos dio la oportunidad de contar con líderes ardorosos y en número suficiente para dirigirnos, haciendo así por ello del pueblo español un pueblo indócil, peyorativo de lo que otros preferirían llamar «indómito».

Nos falta ese componente germánico, bárbaro, que algunos como Sánchez Albornoz o Macías Picavea (vallisoletano él) han querido encontrar, para alivio de España, en los vascos no romanizados veintidós siglos después. Aunque Ortega afirme que sólo cabezas castellanas tienen órganos adecuados para percibir el gran problema de la España integral: la ausencia de los mejores.

Ahora, ¿acaso sólo ciertos notables habrán de representarse la idea de España, su problema y su solución? La rebelión de las masas que alcanza con agudeza la crítica que Sócrates haría a quien no se dirige a un experto en virtudes prometéicas para resolver algún problema técnico que lo requiera, no creo que acierte en el ámbito de la política con cuyas virtudes herméticas estamos de algún modo todos equipados. Esta es la razón por la que el problema de España es un problema especialmente importante de la Filosofía mundana, porque compromete a todos los españoles en él. Aquello que Ganivet parafraseaba de Terencio: Español soy y nada de lo español me es ajeno.

Esa rebelión de las masas que paulatinamente va judicializando la vida pública y disolviendo la tradicional autoridad del Estado (como vimos el año pasado en los III Encuentros de Filosofía en Gijón expresado en los problemas de la Bioética) es quizás en política un sano ejercicio: poner en entredicho la autoridad del político, o incluso la definición de España, su propia posibilidad.

Ciertamente, si esas virtudes herméticas no son enseñables en el mismo sentido que las prometéicas, cuando se pide al experto que ofrezca un modelo de España, un molde en que encajar la actividad de todos, en que vertebrar el conjunto como un todo, se da por supuesto su ausencia en la mente, en la representación de la masa. La idea así concebida se convierte en un instrumento enseñable a la masa para que reaccione según dicho modelo, como proponía el Protágoras de Platón frente a Sócrates.

El problema de España, una y otra vez planteado, incluso ya desde los desgarrados versos de Quevedo mirando los muros de la patria mía, se plantea de esta forma: ¿cómo seguir siendo? ¿Cómo evitar que España se extinga? tal y como Laín Entralgo se lo atribuyó a Antonio Machado. O en expresión explícita y radical, ni siquiera como pregunta, cuando dice Unamuno: «No es que esté enferma; España está dormida o muerta. Si dormida, despertarla; si muerta, resucitarla. Y si nunca la tuvimos, crearla.»

Hacia dónde habrá de dirigir España sus pasos, o mejor, qué modelo(s) y qué programa(s) es aquel cuyo cumplimiento permitirá la recurrencia de España. Porque esa es la cuestión: dar con un programa capaz de articular todas las tendencias centrífugas que son la expresión misma del recurrente sentimiento agónico de España. Y esa es la encrucijada. Por eso, el problema de España no es, ni puede circunscribirse al marco de los problemas positivos categoriales que cualquier estado manifiesta, porque en él está comprometida la propia recurrencia del sujeto que pone en marcha dicho programa, y esto de manera permanente.

Cuando Ángel Ganivet propuso la encrucijada de elegir entre lo que él definía como: «dos soluciones radicales para el porvenir: someternos en absoluto a las exigencias de la vida europea, o retirarnos en absoluto también y trabajar para que se forme en nuestro suelo una concepción original, capaz de sostener la lucha contra las ideas corrientes»{3}, poco más nuevo se ha dicho: La encrucijada entre Europa, o España.

La opción por Europa nos acerca a la concepción de España como Estado-Nación entre otros (a la que se acerca Joseph Pérez, por ejemplo). O la opción por una originalidad que reviva el lema de «España es diferente». O bien, la alternativa de fusión, como la que Ortega proponía en España invertebrada: «España tiene que volver al crisol de una reforma omnímoda que, fundiendo sus partes, torne a unirlas, Reforma y América.»{4}

La España diferente y original de Macías Picavea regionalista y autonomista «vasquizante» o de Sánchez Albornoz, frente al europeísmo también regionalista que pretende disolverla en la Europa de las regiones, tema de importante actualidad, será otra modulación de la misma alternativa.

Una u otra opción operan con la Historia como almacén de recursos ideológicos para todo proyecto posible. Como dice América Castro, la pretensión es hacer de esa memoria una fuente de proyectos para determinar «el modo de conducirnos privada y públicamente»{5}, o también, de otro modo, como la fuente de «vacunas que inmunicen contra el cainismo y la autodestrucción»{6}.

Todos hemos sido testigos de cómo la historia interviene como instrumento ideológico fundamental, promotor de Modelos, cuando contemplamos la feroz reacción de los dirigentes nacionalistas contra el proyecto de Reforma de Humanidades de Esperanza Aguirre. La historia ejerce la función de construir una especie de «Mitos de Soberanía» como los llamaba Vernant, que legitiman determinados proyectos políticos frente a otros. Ahora bien, si la historia no quiere mantenerse en esa línea, si quiere realmente cumplir con el plan que por ejemplo Pierre Bayle le atribuía cuando decía que «la perfección de la historia es ser desagradable a todas las facciones»; o como lo dijo uno de los presentes profesores, Enrique Moradiellos: «La practicidad social de las disciplinas históricas reside en su potencia crítica y racionalmente destructiva de los mitos y falsas construcciones interesadas»{7}.

Si queremos ser fieles a estos dos principios, la historia como promotor de modelos, y la historia como crítica de todo modelo, ¿no será porque esperamos precisamente que ella construya una imagen (un modelo) capaz de liberarnos de cualquier imagen o modelo? O, para decirlo de otro modo, ¿es posible seguir un modelo vital o un programa que permita la emancipación de todo modelo; la posibilidad de revisar constantemente el programa?

Pero, ¿no es precisamente esta paradoja la expresión misma del modo de ser hispánico que Américo Castro identificaba como su rasgo esencial: «vivir desviviéndose»{8}? Ortega mismo concibe el existir mismo de España como un «existir radicalmente patológico»{9}. Ganivet lo formulaba de manera implacable: «España es una nación absurda y metafísicamente imposible, y el absurdo es su nervio y su principal sostén. Su cordura será la señal de su acabamiento»{10} (como lo fue el de Don Quijote).

Las conexiones que esta interpretación tiene con la filosofía materialista no son de considerar ahora, aunque son muy importantes, pero téngase en cuenta en todo caso que este acto público forma parte esencial de esa que es nuestra especial forma disolvente de vivir.

Notas

{1} RAH, España. Reflexiones sobre el ser de España, RAH, Madrid 1998, pág. 13.

{2} Carta de Ganivet a Unamuno, en Miguel de Unamuno, El porvenir de España y los españoles, Espasa Calpe, Madrid 1973, pág. 30.

{3} Op. cit., pág. 31.

{4} Ortega, España invertebrada, pág. 75.

{5} Américo Castro, «Español», palabra extranjera: razones y motivos, cuadernos taurus, Madrid 1970, pág. 93.

{6} Américo Castro, Op. cit., pág. 96.

{7} Enrique Moradiellos, Neutralidad benévola, Pentalfa, Oviedo 1990, pág. 29.

{8} Américo Castro, España en su historia, Grijalbo, Barcelona 1996, pág. 42.

{9} Américo Castro, Op. cit., pág. 41.

{10} Unamuno, Op. cit., pág. 33.

 

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