Nódulo materialistaSeparata de la revista El Catoblepas • ISSN 1579-3974
publicada por Nódulo Materialista • nodulo.org


 

El Catoblepas
  El Catoblepasnúmero 9 • noviembre 2002 • página 3
Guía de Perplejos

Del suicidio

Alfonso Fernández Tresguerres

¿Es posible considerar, en algunas ocasiones, el suicidio como un acto «normal» desde el punto de vista psicológico, y prudente, y, por tanto, admisible, desde una perspectiva ética o moral? El autor sostiene que a las dos cuestiones se puede responder afirmativamente

1

En definición ya clásica, propone Durkheim considerar suicidio «todo caso de muerte que resultase, directa o indirectamente, de un acto positivo o negativo, realizado por la víctima misma sabiendo que debía producir ese resultado». La definición parece excesiva, puesto que obligaría a considerar suicida cualquier acto altruista que tuviese como consecuencia la muerte del individuo que se sacrifica por otro (desde el ámbito de la Sociobiología, Wilson no encuentra mayor inconveniente para suscribir esta afirmación; y, así, utilizará el término «suicida» para referirse al acto de la abeja obrera que al atacar al intruso, por lo general el hombre y otros vertebrados, pierde no sólo el aguijón, sino también parte de las vísceras, lo que provoca su muerte). Cierto es que, desde la perspectiva de Durkheim, podría argüirse que el altruista no sabe que su acción le acarreará la muerte (a veces ni tiene tiempo de evaluar seriamente el peligro a que va a exponerse), que su intención es salvar al otro, sin por ello perder su propia vida. Con todo, la propuesta de Durkheim exige alguna matización que venga a separar nítidamente el suicidio de los actos altruistas (y aun de otros) cuyo desenlace fuese la muerte del individuo que los realiza. Y eso es lo que posteriormente ha hecho la Psiquiatría con la introducción del concepto de «ideación suicida»: sólo cabría hablar de suicidio, en sentido estricto, cuando el sujeto piensa y desea matarse, objetivo al servicio del cual realiza las acciones pertinentes.

En cualquier caso, tanto si decidimos apoyarnos en Durkheim como si lo hacemos en la moderna Psiquiatría, disponemos de razones suficientes (creo yo) para negar que pueda hablarse de suicidio animal: difícilmente podemos atribuir al animal la capacidad de ideación suicida, sencillamente porque el animal no sabe que va a morir. No me refiero solamente a que no sabe que va a morir en esa circunstancia concreta en la que una determinada acción pondrá fin a su vida (esto, después de todo, le ocurre también al altruista), sino que no lo sabe en general: el animal no tiene conciencia de su finitud, no se autoconoce como mortal, y, en consecuencia, no puede pensar en su aniquilación, ni desearla, ni planificarla, ni, finalmente, llevarla a término. Quien no conoce la existencia de la muerte no puede deliberadamente buscarla. El alacrán que viendo amenazada seriamente su vida vuelve su aguijón contra sí mismo, o el jabalí que acosado y aterrorizado se despeña antes que caer en manos de los cazadores, no se están suicidando, sino reaccionando de una manera desesperada ante una situación de peligro excepcional; tampoco se suicida el perro que se deja morir de hambre sobre la sepultura de su dueño: más lógico resulta pensar que el dolor ha sumido al animal en un estado de depresión profunda que acaba por conducirle a la muerte. Y en cuanto a las muertes altruistas que encontramos en el mundo animal, se trata de imperativos biológicos y genéticos a los que el individuo se ve obligado a responder, sin conocer siquiera las consecuencias, para él funestas, de su acción, mas no de suicidios: ni se suicida la abeja que en la picadura pierde la vida, ni lo hace tampoco el pájaro que al avisar de la presencia de un halcón se descubre a sí mismo, haciéndose víctima del depredador, pero salvando al grupo. En ambos casos, no son más que instrumentos de la selección natural, para quien la vida del individuo cuenta poco, no así la supervivencia de la especie (o la de los genes, como quieren los sociobiólogos).

Este acto distintivamente humano plantea, sin duda, múltiples problemas. A mí me interesan principalmente dos: en primer lugar, ¿por qué se suicida el ser humano? No me refiero a las causas del acto, que pueden ser tan diversas como variopintas, sino al acto mismo, esto es, ¿qué fuerza es ésa, capaz de imponerse al propio instinto de supervivencia? Y, en segundo lugar, la cuestión de la legitimidad o ilegitimidad ética del suicidio: ¿es siempre reprobable, es siempre admisible?

2

Santo Tomás de Aquino, en el siglo XIII, se hará eco, asumiéndolos, de los principales argumentos que, antes y después de él, han sido esgrimidos para reprobar moralmente el suicidio. Tales argumentos son, principalmente, tres: «Es totalmente ilícito matarse a sí mismo –escribe en la Suma teológica–, por tres razones: (1) todas las cosas naturales se mantienen a sí mismas en el ser... Por lo cual el suicidio... es contrario a la ley natural y a la caridad. (2) Porque... todo hombre es parte de la comunidad, y..., al matarse a sí mismo lesiona a la comunidad. (3) Porque la vida es un regalo de Dios al hombre, y está sujeta a su poder.... De aquí que todo el que atenta contra su propia vida, peca contra Dios». Así pues, el suicidio atenta contra la ley natural y es contrario a los deberes para con uno mismo, atenta contra la sociedad, y atenta, por último, contra la voluntad de Dios.

El tercero de esos argumentos había sido defendido por Platón: a nadie le está permitido usar la violencia contra sí –se dice en Fedón–, porque pertenecemos a los dioses y «uno no debe darse muerte a sí mismo, hasta que el dios no envíe una ocasión forzosa». La afirmación, con todo, resulta ambigua, ya que parece contemplarse la posibilidad de alguna excepción (de alguna «ocasión forzosa»), en la que el principio general pudiera quedar sin valor. Y, en efecto, en Leyes, se sugiere que esa ocasión podría venir dada por la existencia de una culpa capaz de acarrear una absoluta vergüenza.

El segundo, que el suicidio supone una injusticia contra la sociedad, a quien se priva, de modo injusto e innecesario, de uno de sus miembros, ha sido defendido por Aristóteles: «el hombre que voluntariamente, en un arrebato de ira, se mata a sí mismo, lo hace en contra de la recta razón, lo cual no lo prescribe la ley; luego, obra injustamente. Pero, ¿contra quién? ¿No es verdad que contra la ciudad, y no contra sí mismo?». Por lo demás, respecto a la siempre debatida cuestión de si el suicidio supone un acto de valor o de cobardía, la posición de Aristóteles es terminante: se trata de una acción propia de cobardes, no de valientes («el morir por evitar la pobreza, el amor o algo doloroso, no es propio del valiente, sino, más bien, del cobarde; porque es blandura evitar lo penoso, y no sufre la muerte por ser noble, sino por evitar un mal»).

Apenas haría falta decir que toda la tradición filosófica y teológica cristiana (de quien hemos tomado a Santo Tomás como típico representante) se opone frontalmente al suicidio, sin admitir excepción de ningún tipo, ni siquiera para evitar la comisión de una grave afrenta, como podría ser el perder la virginidad (caso de las vírgenes y mártires cristianas). Bástenos sólo recordar a San Agustín, quien, en línea con el primer argumento del de Aquino, considera el suicidio como una forma de homicidio, sin más: «qui se ipsum occidit homicida est». Algo que, mucho más tarde, repetirá también Blackstone, al considerar el suicidio un «asesinato de sí mismo».

Ya en la época moderna, Espinosa lo considerará acto contrario a la naturaleza, y al suicida poseedor de un ánimo pusilánime e impotente, derrotado siempre, en todo caso, por causas exteriores: «los que se suicidan son de ánimo impotente, y están completamente derrotados por causas exteriores que repugnan a su naturaleza». No es posible desear el suicidio por sí mismo, porque «nadie –insiste Espinosa– deja de apetecer su utilidad, o sea, la conservación de su ser, como no sea vencido por causas exteriores y contrarias a su naturaleza». Probablemente, en último término, lo que quiere decir Espinosa (como observa Vidal Peña) es que el suicidio es un sinsentido, ya que nada puede desear ni esforzarse en no ser: el suicida es víctima siempre de causas exteriores. Pero si esto es así, no resulta claro, ni mucho menos, que Espinosa se oponga al suicidio (ni tampoco que lo justifique, naturalmente); más bien habría que decir que niega la idea misma de suicidio, su posibilidad real, o si se quiere, que relega el acto suicida, su realidad, al ámbito de la mera apariencia: el suicida no se mata a sí mismo, aunque sea su mano la que lo consume, porque su mano, diríamos, se halla siempre movida por causas externas a él mismo; tales causas, y no él, son las que lo matan.

La oposición de Kant, en cambio es rotunda: el suicidio es un acto contrario al deber para con uno mismo y viola el imperativo categórico en cualquiera de sus tres formulaciones. Ni es un acto que legítimamente pueda aspirar a convertirse en ley universal (la máxima por la que se regiría el individuo sería, según Kant, la siguiente: «En base al egoísmo adopto el principio de abreviarme la vida cuando ésta me amenace a largo plazo con más desgracias que amenidades prometa». Pero, argumenta Kant: «La cuestión es si este principio del egoísmo podría llegar a ser una ley universal de la naturaleza. Pronto se advierte que una naturaleza cuya ley fuera destruir la propia vida por esa misma sensación cuyo destino es impulsar el fomento de la vida se contradeciría a sí misma y no podría subsistir como naturaleza, por lo que aquella máxima no puede tener lugar como ley universal y por consiguiente contradice por completo al principio supremo de cualquier deber»), ni tampoco cumpliría con el precepto de tomar a la humanidad (incluido uno mismo) siempre como un fin y nunca solamente como un medio («Según el concepto del necesario deber para con uno mismo –escribe Kant–, quien ande dando vueltas alrededor del suicidio se preguntará si su acción puede compadecerse con la idea de humanidad como fin en sí mismo. Si para huir de una situación penosa se destruye a sí mismo, se sirve de una persona simplemente como medio para mantener una situación tolerable hasta el final de la vida. Pero el hombre no es una cosa y, por lo tanto, no es algo que pueda ser utilizado simplemente como un medio, sino que siempre ha de ser considerado en todas sus acciones como un fin en sí. Así pues, yo no puedo disponer del hombre en mi persona para mutilarle, estropearle o matarle»).

En Adam Smith encontramos, asimismo, una rotunda oposición al acto suicida, por ser contrario a la religión y a la naturaleza (ésta en ningún caso impele a tal acto, excepto en casos de melancolía extrema; en casos, diríamos hoy, de cuadros psicopatológicos graves). Por otra parte, no es ninguna prueba de valor, sino al contrario: de cobardía. Que pueda ser considerado objeto de aprobación o aplauso, no pasa de ser, en su opinión, más que «un puro refinamiento filosófico». En consecuencia: «Lo que nos puede empujar a esa decisión es sólo la conciencia de nuestra propia flaqueza, de nuestra incapacidad para aguantar la calamidad con valentía y entereza».

Recordemos finalmente a Schopenhauer, cuya oposición al suicidio no obedece a consideraciones éticas o morales, sino a considerarlo simplemente absurdo (algo en lo que más tarde insistirá Sartre). El suicidio, argumenta el filósofo alemán, es antes una rotunda afirmación de la voluntad de vivir, más que su negación: «El suicida quiere la vida, mas está descontento de las condiciones en que ésta se le ofrece. Al matar el cuerpo no renuncia a la voluntad de vivir, sino a vivir». Ahora bien, prosigue: «Como la voluntad de vivir (...) tiene asegurada una vida eterna, y la esencia de la vida es el dolor, suicidarse es un acto inútil e insensato».

Creo que los anteriores ejemplos bastan para hacerse una idea de las principales líneas por las que ha discurrido la argumentación de aquellos que se han opuesto al suicidio. En cuanto a quienes se han mostrado favorables a él, considerándolo, en consecuencia, admisible desde el punto de vista ético y moral, la posición más fuerte, y acaso también, la argumentación más detallada, la encontramos, seguramente, en D. Hume, en un artículo titulado «Sobre el suicidio», que no llegó a ver la luz en vida de su autor, quien ordenó retirarlo no bien hubo sido impreso junto a otros cuatro ensayos, uno de ellos, «Sobre la inmortalidad del alma», suprimido también por Hume (se discute si la eliminación de ambos tuvo lugar por expresa voluntad de su autor, tal como afirma éste, o si se vio forzado a ello por la autoridad pública).

Antes de Hume, los principales defensores del suicidio habían sido los epicúreos y los estoicos. En el caso de Epicuro, si bien no toda desdicha justifica el suicidio (no debemos, por ejemplo, temer al dolor, ya que si es débil, nos acostumbramos a él, y si es intenso, resulta breve), lo cierto es que siendo el fin de la vida la consecución del placer y la ataraxia, cuando ambos se hallan gravemente amenazados o resultan, sin más, imposibles de alcanzar, está justificado darse muerte a uno mismo, siempre que tal decisión sea la consecuencia de un cálculo racional y prudente.

También los estoicos piensan que el suicidio puede, en ocasiones, ser dictado por la recta razón. En líneas generales podríamos decir que, con concepto muy actual, los estoicos consideran admisible el suicidio en aquellas circunstancias en las que la calidad de vida se halle seriamente amenazada (caso de una enfermedad incurable o de un dolor que no puede ser razonablemente soportado; también de situaciones en las que la propia dignidad o virtud se hallen en peligro inevitable); y como recordará Séneca a Lucilio, lo que importa no es la cantidad, sino la calidad de vida: «Morir más pronto o más tarde no tiene importancia –escribe Séneca–: lo que sí la tiene es morir bien o mal, y es, ciertamente, morir bien huir del peligro de vivir mal (...) no vale la pena conservar la vida a cualquier precio». Y frente a quienes sostienen, con Aristóteles, que el suicida es un cobarde, Séneca argumentará que no se trata de cobardía, sino de ejercer la propia libertad: «La cosa mejor que ha hecho la ley eterna es que, habiéndonos dado una sola entrada a la vida, nos ha procurado miles de salidas (...) Si te place, vive; sino te place, estás perfectamente autorizado para volverte al lugar de donde viniste».

En la época antigua merece la pena recordar aquí la figura de Plinio, quien considera el suicidio un privilegio reservado sólo al hombre, frente a los animales e incluso al mismo Dios: «Dios, aun cuando quisiera –leemos en la Historia natural– no podría darse muerte y ejercitar ese privilegio que concedió al hombre, en medio de tantos sufrimientos de la vida».

Tampoco Voltaire parece encontrar objeciones mayores contra la conducta del suicida, cuyo acto, por otra parte (diríase estar pensando directamente contra la argumentación kantiana), no hay peligro de que se generalice, cual si se tratara de una epidemia, porque para evitarlo, la naturaleza dispone de dos fuerzas muy poderosas: la esperanza y el temor. Suicidarse no es, en consecuencia, un acto de cobardía, sino al contrario: «es indudable que no carece de valor el que tranquilamente se mata, porque se necesita gran fuerza de voluntad para sobreponerse al instinto más poderoso de la naturaleza, y en una palabra, el suicidio es un acto que prueba más ferocidad que debilidad».

En el escrito al que antes hacíamos alusión, David Hume rechazará, una a una, las principales razones esgrimidas por quienes se han opuesto al suicidio. En primer lugar, argumenta Hume, no es una falta contra Dios. La vida humana depende de las leyes de la materia y el movimiento por las que Dios ha decidido que se rija el universo, y si no es una ofensa a Dios el alterar o modificar dichas leyes, no se ve por qué habría de serlo el disponer libremente de la propia vida. Si no es un crimen, por ejemplo, el desviar el curso de un río, entonces: «¿Por qué habría de ser un acto criminal –pregunta Hume– el que yo desviase unas cuantas onzas de mi sangre de su curso natural?». Si todo cuanto acontece depende de la providencia de Dios, forzoso será concluir, piensa Hume, que otro tanto sucede también con mi muerte, aun cuando ésta sea voluntaria: pensar que yo, con cualquiera de mis actos, pueda estar interfiriendo en los planes de Dios, resulta sencillamente blasfemo. Por lo demás, si incurro en culpa al quitarme la vida, no lo haré menos cuando intento conservarla, frente a lo que parece ser la voluntad de Dios: «Si el disponer de la vida humana fuera algo reservado exclusivamente al Todopoderoso, y fuese un infringimiento del derecho divino el que los hombres dispusieran de sus propias vidas, tan criminal sería el que un hombre actuara para conservar la vida, como el que decidiese destruirla. Si yo rechazo una piedra que va a caer sobre mi cabeza, estoy alterando el curso de la naturaleza, y estoy invadiendo una región que sólo pertenece al Todopoderoso, al prolongar mi vida más allá del periodo que, según las leyes de la materia y el movimiento, Él le había asignado».

En cuanto a que el suicida perjudica a la sociedad, Hume argumentará que, al contrario, lo que se consigue, en no pocas ocasiones, es liberarla de una carga, pero, en cualquier caso, lo único que se hace, a lo sumo, no es provocarle un daño, sino dejar de producirle algún bien. Además, la relación entre el individuo y la sociedad ha de implicar la existencia de algún bien recíproco, y, en consecuencia: «No estoy obligado a hacer un pequeño bien a la sociedad, si ello supone un gran mal para mí. ¿Por qué debo, pues, prolongar una existencia miserable sólo porque el público podría recibir de mí alguna minúscula ventaja?»

Y respecto a que el suicidio supone una falta al deber para con uno mismo, Hume observará que nadie renuncia a la vida gratuitamente, esto es, si mereciera la pena conservarla; entre otras cosas porque tenemos el suficiente temor a la muerte para arrojarnos a sus brazos por cualquier menudencia. Llegados a ese punto en que la vida no merece la pena de ser vivida, el suicidio no sólo no es una cobardía, sino un acto valeroso y prudente: «Si se admite que el suicidio es un crimen, sólo la cobardía puede empujarnos a cometerlo. Pero si no es un crimen, sólo la prudencia y el valor podrían llevarnos a deshacernos de la existencia cuando ésta ha llegado a ser una carga».

3

Tales son algunas de las principales posiciones que históricamente se han defendido a propósito del suicidio, y aunque, ciertamente, podrían recordarse otros nombres proclives a una u otra postura, lo cierto es que (si no me engaño) los argumentos son básicamente los que hemos expuesto. En todas ellos falta la perspectiva psicológica o psiquiátrica, esencial en este asunto, porque no hay duda que la primera pregunta que nos asalta, cuando del suicidio se trata, es si una tal suspensión del instinto hacia la propia supervivencia puede llevarse a término sin algún tipo de alteración psicopatológica. Podría sostenerse que el suicidio es, per se, consecuencia de una actividad psicológica «anómala», pero sin que «anómalo» tenga por qué significar, en este contexto, otra cosa que «raro» o «infrecuente», mas no «enfermo», es decir, sin que nos veamos por fuerza obligados a considerar el suicidio como el producto de una perturbación mental capaz de eximir al suicida de la responsabilidad de su acción, porque, en efecto, no toda alteración del comportamiento, de la afectividad o incluso de la personalidad, conllevan una perturbación tal de las facultades mentales que hagan al individuo no responsable, jurídica y éticamente, de sus actos (al menos ésa es la posición de la Psiquiatría forense). En consecuencia, no habría ninguna contradicción en considerar el suicido un acto «anómalo», mas realizado, al mismo tiempo, por un individuo «normal». Y, por supuesto, sólo en este caso el suicidio presenta algún interés desde el punto de vista ético. El suicidio perpetrado por un enfermo mental (y abundan los casos, sin duda) no tiene otro interés que el puramente psicológico o psiquiátrico, y, en ese caso, la confrontación ética resultaría absolutamente improcedente y fuera de lugar.

Centrado así el asunto, yo no sé hasta donde llegan mis alteraciones psicológicas, pero no soy víctima (puedo asegurarlo) de la más leve ideación suicida (pueden tranquilizarse quienes me estiman y perder toma esperanza quienes me odian). A mí, como a Unamuno, tendrán que cesarme de la vida, porque entre mis proyectos inmediatos no se encuentra el presentar la dimisión. Sin embargo (y con independencia de cuáles sean mis propias disposiciones al respecto), confieso no hallar demasiados argumentos para condenar al suicida (aunque cierto es que con que haya sólo uno sería más que de sobra). Me encuentro, sin duda alguna, más cerca de Hume (aun reconociendo lo ingenuo y pueril de alguna de sus argumentaciones) que de Santo Tomás.

Nada diré de aquella posición que sostiene que el suicidio es una falta hecha a Dios (un pecado). Desde premisas ateas, no es ésta una cuestión que tenga el menor sentido suscitar, ni siquiera en términos puramente condicionales (en el supuesto de que Dios existiera), planteándola como si Dios existiera, lo que no dejaría de ser un mero entretenimiento intelectual: sencillamente, Dios no existe. En cuanto a que el suicidio supone un atentado contra la naturaleza (contra la ley natural), habría que decir que, al margen de que resulta enteramente discutible que yo tenga alguna obligación ética o moral para con la naturaleza, es completamente absurdo pensar que con mi desaparición le provoco algún daño: la vida del individuo importa muy poco en términos evolutivos, y la prueba es que la propia naturaleza se encarga de eliminarlo cuando lo considera oportuno. ¿Qué mal hay, pues, en que el individuo se anticipe a lo que acabará sucediendo? Si su desaparición es calamidad tan imperdonable, ¿por qué no lo es cuando la propia ley natural dispone de la vida del individuo a su antojo? Se necesita una dosis de vanidad verdaderamente notable para llegar a pensar que mi presencia en el conjunto de los seres vivos es cosa tan importante que, de ser suprimida por un acto de mi voluntad, ocasiono un perjuicio importante, o siquiera apreciable, al conjunto del mundo natural.

Una vanidad similar hace falta para creer que mi desaparición causa un mal importante al conjunto de la sociedad. Supongo que en algunos casos excepcionales podría afirmarse que la muerte de un individuo particular supone un daño sobresaliente e irreparable para la sociedad, del que el individuo sería culpable, siempre que él sea el causante de su propia muerte, pero en la mayoría de las ocasiones, como afirma Hume, a lo sumo, lo único que hace es dejar de producirle algún bien, y eso en el mejor de los casos, porque las más de las veces ni siquiera es así: si en mis manos estuviese detener una guerra o evitar su declaración, si de mí dependiese el remedio del SIDA o del cáncer, si fuese, siquiera, un notable compositor o un genio pictórico, tal vez podría exigírseme un ejercicio de fortaleza tendente a la conservación de mi propia vida, y acaso con razón pudiera considerárseme culpable de privar a la humanidad de aquellos beneficios que sólo yo puedo producirle, pero salvo estos casos excepcionales, lo cierto es cualquier individuo resulta perfectamente sustituible, tanto biológica como socialmente hablando.

¿Y qué decir de las obligaciones que tengo para conmigo mismo? ¿No diremos, acaso, que entre ellas se encuentra la de conservarme en la existencia? Sin duda. Mas la cuestión es si tal principio ha de poseer una validez absoluta, incondicionada, a priori, es decir, si es menester conservar la vida «a cualquier precio», o si, por el contrario, se trata de un principio que forzosamente a de ser conjugado con otros, que son también, constitutivamente, obligaciones para conmigo mismo, y que, ocasionalmente, pudiesen ser consideradas prioritarias y, por así decirlo, de rango superior. Vivir una vida digna (tanto en sentido biológico-médico como estrictamente moral) es también un deber que tengo para conmigo mismo; y acaso cuando, con carácter irremediable, el dolor, la enfermedad o la culpa han hecho perder a mi existencia aquel carácter, entonces tal vez mi vida ya no merece la pena de ser vivida, y el amor y el respeto que me debo a mí mismo me obliguen a retirarme del ser y volver a la nada. Si los males que me acosan tienen algún remedio, por doloroso que me resulte; si en medio de ellos se puede decir (en términos absolutamente objetivos) que continúo viviendo con un mínimo de dignidad, mi acción será producto de la debilidad y de la cobardía, pero si no es así, mi decisión habrá de ser vista, seguramente, como un acto dictado por la prudencia y el deber de la caridad para conmigo mismo.

Sólo encuentro un motivo para condenar el suicidio (y aun éste con ciertos matices); y es el daño que con mi muerte puedo ocasionar a los otros, mas no a unos «otros» abstractos (la sociedad, por ejemplo), sino a aquellos próximos a mí, que me aman, y a quienes mi muerte habrá por fuerza de causar un dolor que estoy obligado a evitar. Si se diera el caso, además, que el bienestar (no sólo de carácter afectivo, sino también económico, pongamos por caso) de algunas de esas personas dependa de mi propia existencia, de que yo me conserve con vida, entonces no dudo en afirmar que causarme la muerte es un acto enteramente reprobable desde el punto de vista ético, porque mi deber es tener la fortaleza suficiente para preservarme en la existencia y ayudar a quienes me necesitan. Mas cuando no se dieren tales circunstancias, o cuando mi vida haya de ser para aquellos motivo de dolor cotidiano y prolongado, y acaso superior al pasajero y efímero que les provocará mi muerte, o cuando por mis actos me haya hecho merecedor de culpa e infamia imborrables, que, por fuerza, habrán de ser trascendentales (aunque no sea más que por mera empatía afectiva) a los míos, cubriendo su existencia de dolor y vergüenza, entonces sostengo que el suicidio es nuevamente una salida tan honrosa como aceptable en términos éticos o morales.

4

Mas, ¿por qué se suicida la gente? Lo que pregunto no es, obviamente, por las causas inmediatas que pueden conducir a un individuo al suicidio (éstas, como ya hemos dicho, pueden ser tan variopintas como diversas). Lo que me interesa saber es qué puede suceder para que un ser humano atente directamente contra un impulso biológico primario, como es el de la propia supervivencia. En las ciencias psicológicas y psiquiátricas el suicidio es generalmente asociado a alteraciones de carácter psíquico, frecuentemente depresión (casi siempre de carácter medio, no tanto profundo). A veces, tal estado depresivo puede conducir al individuo a lo que los psicopatólogos llaman «suicidio ampliado», que no es otra cosa, como señala García Andrade, que un «homicidio por amor»: el suicida, antes de matarse, dará muerte a sus seres más queridos, para evitarles los pesares de una existencia que a él se le antoja espantosa. Y aún existirían otras ocasiones en las que el suicidio se encuentra relacionado con cuadros psicóticos graves, como sería el caso de los suicidios colectivos inducidos por determinadas sectas. Sin duda, todo esto resulta difícilmente discutible. Mas, ¿es siempre así? ¿Cabe sostener con carácter absoluto que siempre el acto suicida es consecuencia de un estado anómalo desde el punto de vista psíquico (estado, no obstante que, como ya hemos señalado, no convierte inmediatamente al sujeto en no responsable, desde el punto de vista ético o jurídico)? ¿Es impensable el suicidio nacido, no de una anomalía psicológica, sino de una serena reflexión, conducente a una valoración objetiva de una situación determinada?

Para la Sociobiología la cuestión del suicidio supone un problema importante, al punto de que podría llegar a comprometer seriamente sus postulados esenciales, como, en efecto, ha sido reconocido en ocasiones (por ejemplo, R.D. Alexander). Si el interés primordial del individuo (la fuerza, en cierta medida, para él, inconsciente, que determina, al menos hasta cierto punto, su comportamiento) es la transmisión de sus genes a la generación siguiente, ¿cómo explicar esa radical renuncia a ello? ¿Cómo explicar que un comportamiento tal se haya consolidado por selección natural? ¿Cómo es posible que se haya establecido genéticamente una tendencia a la autodestrucción? Que yo sepa, los sociobiólogos no han proporcionado aún respuesta a tales interrogantes. Pero problemas similares (similares en tanto que ponen en entredicho los principios básicos de la Sociobiología, y por el mismo motivos: la renuncia a la reproducción), tales como la adopción o la homosexualidad, son explicados como comportamientos altruistas (altruismo recíproco, en el primer caso; eficacia global o adaptación inclusiva, en el segundo), que constituyen, en el fondo, una especie de egoísmo genético: el homosexual que sacrifica su propia reproducción obtiene, en el fondo, importantes ventajas genéticas mediante la colaboración en la reproducción de sus parientes (eficacia global); el individuo que adopta hijos de otro, puede en el futuro beneficiarse de lo mismo, si otros individuos se hallan también predispuestos (genéticamente) a adoptar a los suyos (altruismo recíproco). Supongo que no sería extraño que los sociobiólogos ensayasen respuestas similares para el caso del suicidio: el suicida aumenta su eficacia reproductiva al beneficiar la de sus parientes. Mas una explicación tal (como tantas otras proporcionadas por los sociobiólogos), no sólo parece caer de lleno en el ámbito de lo incomprobable, sino también en el de la pura ciencia-ficción.

En cualquier caso, parece que un grupo de científicos canadienses, pertenecientes al Royal Hospital de Ottawa, cree haber descubierto el gen que predispone al suicidio: se trata del gen que controla los receptores de la serotonina neurotransmisor esencial en el estado de ánimo; y dado que la depresión se halla asociada a bajos niveles de serotonina, el descubrimiento vendría a confirmar la relación que los psiquiatras han establecido desde siempre entre depresión y suicidio, mas poniendo de relieve que cuando a una personalidad depresiva básica se le añade una mutación de dicho gen, presenta el doble de posibilidades de suicidarse que aquellos otros sujetos depresivos que no tienen, en cambio, tal mutación.

Por lo que estamos viendo, en el ámbito de las ciencias médicas y psicológicas, el suicidio, por lo general, es visto en relación con anomalías de carácter psíquico o biológico, o de las dos cosas a un tiempo. Y resultaría, por mi parte, absolutamente temerario discutir a tales especialistas el dominio y conocimiento de sus campos de estudio. Mas creo que puede resultar esclarecedor, para la comprensión del suicidio, introducir otras perspectivas, de carácter sociológico y cultural (como, por otra parte, hizo tiempo atrás propio Durkheim con su concepto de «anomía»). Por lo pronto el suicidio mismo (fenómeno, insistamos, exclusivamente humano) difícilmente puede ser comprendido cuando se le abstrae de los contextos sociales y culturales (en sentido objetivo) en los que se inserta: el harakiri de un noble japonés, el disparo en la sien del banquero arruinado, o el suplicio aceptado voluntariamente por el mártir cristiano, no pueden ser entendidos más que por referencia a tales contextos. La exigencia capaz de desactivar un imperativo biológico tal como la propia supervivencia ha de ser, sin duda, muy fuerte, y no veo que esa exigencia pueda venir de otra parte que no sean las propias coordenadas históricas, sociales y culturales en las que se inserta el hacer del individuo en cuestión, y al sistema de creencias y valores («honor» /«deshonor», «sentido» / «sinsentido», &c.) que aquéllas comportan. Tales exigencias, de carácter cultural y moral, se muestran capaces de anular aquellos imperativos biológicos y éticos que impulsarían a un individuo a su conservación y a la de los suyos (caso del «suicidio ampliado»), lo que constituye un fenómeno sin parangón en el resto del mundo animal y, por ello, uno de los rasgos distintivos del ser humano.

Nadie se quita la vida si considera factible continuar viviendo (dejo a un lado los casos que caen de lleno en el terreno de la psicopatología), y sólo lo hace cuando las exigencias a las que ha de hacer frente le resultan más indeseables e insoportables que la muerte misma. Que tales circunstancias se vean acompañadas frecuentemente por un estado depresivo (con o sin deficiencia de serotonina), no tiene nada de extraño (lo extraño, si acaso, sería lo contrario). Mas que la depresión sea un estado psíquico que acompañe con frecuencia al acto suicida no significa, necesariamente, que sea su causa: tal vez un individuo no se suicida porque está deprimido, sino que está deprimido porque no ve más alternativa que suicidarse. Dicho de otro modo: acaso la depresión no sea la causa de la «ideación suicida», sino su consecuencia.

Para comprender al suicida es necesario (creo yo) ir más allá de las ciencias psicológicas y médicas. La figura antropológica de «individuo flotante», de Gustavo Bueno, resulta, a este respecto, enormemente fructífera y sugerente: Individuos flotantes serían «individuos –escribe Bueno– que dejan de estar asentados en la tierra firme de una personalidad ligada a un tejido de arquetipos regularmente interadaptados. Las individualidades flotantes resultarían de situaciones en las cuales desfallece, en un proporción significativa, la conexión entre los fines de muchos individuos y los planes o programas colectivos». Sin duda, una situación tal podría provocar en el individuo un estado de depresión e impotencia, de inadaptación y de completa perdida de sentido, capaz de conducirle a la decisión de terminar con su vida. Ahora bien, la ruptura de esa conexión entre los fines individuales y los programas colectivos, su incompatibilidad, no ha de ser por fuerza interpretada en términos subjetivos, es decir, percibida como tal únicamente por el individuo que se muestra incapaz de ajustarse a las condiciones en las que ha de resolver su vida, mediante la opción entre los planes y programas disponibles, sino que el desajuste puede ser (creo yo) enteramente objetivo, porque el hacer, en general, del individuo (y también su hacer en sentido moral) se ha vuelto imposible en esas condiciones dadas. En este segundo caso, substraerse definitivamente de la sociedad y del mundo, de la vida, suicidarse, lejos de ser consecuencia de una alteración psíquica, puede ser visto como un acto dictado por la prudencia y por la razón; también un acto, seguramente, de vana e inútil protesta, porque, a fin de cuentas, es probable que uno siempre se suicide contra algo o contra alguien.

 

El Catoblepas
© 2002 nodulo.org