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El Catoblepas
  El Catoblepasnúmero 6 • agosto 2002 • página 23
Artículos

Un precursor de Adam Smith

Sigfrido Samet Letichevsky

En cada época hay ideas que «están en el aire» y los filósofos e investigadores se influyen mutuamente, incluso sin tener a veces conciencia de ello. Un ejemplo notable es la influencia de Mandeville en Smith. Y, más aún, la de ambos en la comprensión de lo imprevisible de las consecuencias de la alteración de sistemas complejos, y la emergencia de la autoorganización. Se dan ejemplos del mercado, de la ciencia, religión, ética e ideas filosóficas

«Así, entre los hombres, hasta que se constituyeron los grandes Estados no se consideraba como deshonor ser pirata o salteador de caminos, sino que más bien se estimulaba este como un negocio no solo entre los griegos, sino también en todas las demás naciones; así lo prueba la historia de los tiempos antiguos.» Leviatán. Thomas Hobbes (1588-1679)

«No podían permitirse [los Templarios] estar a merced de una mala cosecha. Fue también por dicho motivo por lo que crearon por doquier silos, comprando y almacenando cereal los años de gran producción y revendiéndolo, más caro por supuesto, pero a un precio que seguía siendo muy razonable, cuando había una mala cosecha. Resultado: unos beneficios cómodos para la Orden, pero también una ausencia total de hambruna en las regiones en las que la Orden estaba implantada; y ello durante los dos siglos de su existencia.» La Otra historia de los Templarios. Michael Lamy (1994)

El médico holandés Bernardo de Mandeville (1690-1733) radicado en Inglaterra, publicó en 1729 su famosa Fábula de las abejas. Según Alfonso Reyes, el objetivo fue «mostrar la vileza irreductible de la naturaleza humana y el mal en que se funda necesariamente la sociedad.» Tal vez revisando la edición de 1982 del Fondo de Cultura Económica (que se basa en la edición facsimilar de Clarendon Press, de 1924) podemos introducir alguna matización a esta indudablemente autorizada opinión. Y lo mismo con respecto a la opinión de otro ilustre mejicano, Octavio Paz, acerca de la célebre metáfora de la mano invisible, que arranca de Mandeville, aunque enunciada en forma precisa por Adam Smith y ha sido frecuentemente, a mi juicio, mal interpretada.

En la moraleja de «El panel rumoroso» (que data de 1705, pero forma parte de la Fábula) escribió Mandeville:

«Dejad, pues, de quejaros; sólo los tontos se esfuerzan
por hacer de un gran panal un panal honrado.»
...
«Fraude, lujo y orgullo deben vivir
mientras disfrutemos de sus beneficios.»
...
«la virtud sola no puede hacer que vivan las Naciones
esplendorosamente; las que revivir quisieran
la Edad de Oro, han de liberarse
de la honradez como de las bellotas.»

Ya hemos tratado específicamente la afición al lujo (Parte I). Siguiendo con los ejemplos de que los vicios son los sostenes del progreso y la felicidad de las Sociedades, en pág. 35 relata las astucias de dos comerciantes para, aprovechando informaciones circunstanciales, lucrarse al máximo en el trato que estaban efectuando acerca de un cargamento de azúcar. Alcánder se entera de que está en viaje un cargamento tan grande que hará bajar el precio del producto en el mercado inglés, pero oculta esta información e intenta vender a Decio, al precio antiguo. Poco después, de manera casual, Decio se entera de que una tormenta destruyó la flota de las Barbados y que con seguridad el azúcar subirá un 25%. Oculta esta información y cierra el trato al precio ofrecido por Alcánder.

Naturalmente, el comportamiento tanto de Alcánder como de Decio, fue egoísta e insolidario, movidos cada uno exclusivamente por su interés. En esencia, este ejemplo es idéntico a los de los escolásticos tardíos. Dice Alejandro Chafúen:

«Para probar que es legítimo obtener ganancias por tener un mejor conocimiento del mercado, los escolásticos por lo general repetían el ejemplo utilizado por Santo Tomás acerca de un mercader que, sabiendo que en el futuro existiría un incremento en la oferta del bien que él tiene para la venta, se apresure a vender todo su stock antes de que esta mayor oferta llegue al mercado. (...) Un individuo puede adquirir conocimientos especiales de futuros embarques, ofertas, nueva legislación, o de variaciones en el valor de la moneda. El vendedor poseedor de estos conocimientos tiene el derecho de lucrar con ellos incluso cuando la mayoría del público no se percata de la importancia de estos fenómenos. Lessio [1554-1623] señaló que si la justicia no permite que los vendedores con conocimiento de futuras bajas en los precios vendan al precio corriente, «siguiendo el mismo razonamiento, no se debería permitir que los compradores adquieran el producto al precio corriente si es que saben que el precio aumentará en el futuro, y esto también es falso.»{6}

Con lo que se justifica también la especulación. Hayek señaló que «(...) su idea más original [de Richard Cantillon, 1680-1734] se encuentra en su reconocimiento de que la especulación es capaz de suavizar las fluctuaciones previsibles del tipo de cambio, pero no pueden alterar su nivel natural a largo plazo»{7}. Es lo que dijo Soros: «Los grandes inversores institucionales siguen todos la tendencia principal del mercado, lo que generalmente lleva a grandes exageraciones. Los especuladores, en cambio, van a contracorriente. Eso tiene un efecto estabilizador para el sistema»{8}. Por eso mismo es poco realista decir que Soros «derribó la libra esterlina». Ningún individuo es tan rico como para hacerlo. Si en vez de apostar en contra, lo hubiera hecho a favor, habría fracasado: su éxito se debió a su intuición de lo que, de cualquier manera, iba a suceder. Ludwig von Mises dijo: «La especulación en busca del lucro es la fuerza que mueve al mercado y la que impulsa la producción.»{9} No es difícil entender por qué es así y por qué la especulación beneficia a todos. (En estos días han estallado escándalos como los de Enron, WorldCom, Xerox, Andersen, Vivendi y otros.Debe quedar bien claro que estos casos nada tienen que ver con especulación; son, simplemente, estafas). Cuando, en el siglo XI, la Europa feudal comenzó a romper su aislamiento y a comerciar con todo el mundo conocido, los comerciantes solían tener ganancias del orden de 1.200% (Luis Suárez, Historia..., pág.137). Tenían el talento empresarial (y en ese entonces, también la valentía de arriesgar no sólo sus bienes, sino incluso sus vidas en peligrosos viajes)de ubicar productos que eran baratos en países lejanos, a la vez que muy apreciados en Europa. Tenían que cubrirse de incertidumbres como las tormentas y demás riesgos de la navegación, y de peligros tan graves como los piratas. Por su propio interés, trataron de minimizar los riesgos, fomentando mejoras en la construcción naval y en las artes náuticas. Contra los piratas, fueron útiles los seguros marítimos; después, los gobiernos colaboraron en su persecución, ya que un comercio seguro y creciente, era una gran fuente de impuestos para los Estados. Por otro lado, las enormes ganancias atrajeron numerosos competidores. Esa activa competencia obligó a bajar los precios, al aumentar la oferta: la navegación más segura, más eficiente, facilitó esa disminución de precios. Los comerciantes se fueron ingeniando para seguir reduciendo costos y para aumentar sus volúmenes de ventas, de modo de hacer negocios lucrativos aún con bajos márgenes de beneficios. Todos, como compradores, somos beneficiados. Por eso lo que importa no es la intención de Dacio o de Alcánder, sino las consecuencias reales e independientes de sus deseos. Muchas de las ideas expresadas por Mandeville, estaban en el aire en su época. Así: «David Hume comentó que el mercado permite 'sin la incidencia de motivación altruista alguna, que las gentes se vean inducidas a subvenir las apetencias de otros'. Advirtió también dicho autor que ello sucedía sin que los distintos actores siquiera tuvieran necesidad de conocerse; que cabía 'propiciar el interés general sin que el propio actor se lo propusiera' y, en fin, que todo ello sucedía en virtud de la existencia de un orden 'que garantizaba la defensa del interés general aún en el supuesto de que la malevolencia inspire a los actores' (A Treatise on Human Nature, 1739).»{10} Luego, en pág. 138, dice Hayek: «En un orden capaz de hacer oportuno uso de la superior productividad en virtud de la división del trabajo, nadie está en condiciones de discernir a quién en definitiva beneficiará –en teoría o de hecho– el esfuerzo productivo asumido, ni puede nadie anticipar tampoco el efecto que sus decisiones puedan tener sobre quienes finalmente consuman los productos aportados por el actor al sistema o a cuya producción haya contribuido indirectamente. Así pues, carece de sentido recomendar a cualquier sujeto que oriente su comportamiento sobre motivaciones altruistas. En la medida en que quepa calificar de altruistas sus iniciativas -habida cuenta de que eventualmente redundarán en beneficio de muchos, el actor lo será, no porque intente o desee atender ninguna necesidad concreta, sino porque se aviene a asumir y respetar determinado esquema normativo abstracto [cursiva de S.S.] (...) Nuestra bondad o maldad no dependerá, como antaño, del fin perseguido, sino del mayor o menor respeto mostrado hacia el esquema normativo.»

Son formulaciones equivalentes a la metáfora de la «mano invisible» de Adam Smith (que menciona una sóla vez en The wealth of nations). Smith (ni nadie que yo sepa) dijo jamás que el mercado soluciona todos los problemas. Su funcionamiento establece precios, o sea equivalencias entre diversas materias primas, productos, servicios y factores de producción. El mercado es para quienes tienen lo que intercambiar. Ancianos y enfermos graves, deben ser sostenidos por la sociedad. Y el mercado exige la presencia del Estado y una estructura legal adecuada, como han sostenido siempre todos los liberales.

¿Por qué «antaño» la bondad o maldad dependían del «fin perseguido» (v.gr., ser solidario, ayudar al vecino, &c.) mientras que ahora depende del cumplimiento de normas abstractas?

Tomemos el caso de la usura, que en la Edad Media era un grave pecado, para la Iglesia. La economía feudal era cerrada y autosuficiente. Si alguien pedía prestado, era por encontrarse en un grave aprieto y cobrarle interés era explotar su necesidad. Por lo tanto, la sanción de la Iglesia protegía de los abusos{11}. Pero al intensificarse el comercio la situación cambió: el dinero (junto con la tierra y el trabajo) pasó a ser un factor de producción. Carlomagno prohibió la usura en el sínodo de Aquisgrán del 789, y Rothbard dice: «Juristas y teólogos medievales cometieron un error trágico al incluir entre sus tesis económicas la prohibición de la usura.»{12} Relata los esfuerzos de los escolásticos tardíos para ir logrando la exculpación de la usura. Los Templarios desarrollaron las técnicas comerciales y contables, y, junto a una estricta ética, no vacilaron en cobrar (bajo cuerda) intereses en sus préstamos. Al servir el dinero para producir riqueza, es tan razonable cobrar intereses por su préstamo, como cobrar un alquiler por casas u oficinas compradas con ese dinero. De modo que lo que varió no es un juicio a priori, sino la naturaleza objetiva de su referente.

En su estudio introductorio a la Fábula, F.B.Kaye escribió: «Así, solamente son virtuosos aquellos actos que provienen de motivos que cumplen con las exigencias del rigorismo; sin que para la felicidad humana importe el verdadero efecto de la conducta. (...) La paradoja de que los vicios privados son beneficios públicos no es más que una formulación de la paradójica mescolanza de criterios morales que se manifiesta en todo el libro.» En la pág. 216 de la Fábula dice que Lord Shaftesbury «llama virtuosa a toda acción realizada con el propósito de contribuir al bien público, y vicio a toda actitud egoísta».

Es muy cierto que antiguamente lo decisivo era la intención; y como se actuaba en pequeños grupos, cuyos individuos se conocían personalmente, el efecto de la conducta era generalmente limitado y previsible. Todo cambió radicalmente cuando las poblaciones crecieron, el comercio se mundializó y el trabajo se dividió y subdividió, al cubrir mercados enormes y lejanos y elevar el nivel de vida de todos sus partícipes. El mercado articuló relaciones impersonales e imposibilitó prever las consecuencias de cada acción individual. Pero la mescolanza de criterios que se atribuye a Mandeville, se debe a que en su época, de rápido cambio, fue capaz de percibir las necesidades de la sociedad extensa sin atreverse a reconocer explícitamente las limitaciones de la moral tradicional. Se mantiene para los pequeños grupos, de relaciones «cara a cara» (la familia, los amigos, los vecinos) pero carece de sentido en las nuevas y fundamentales relaciones impersonales, regidas, en base a la experiencia, por normas abstractas. Un solo ejemplo: todos hemos experimentado que en alguna tienda nos hayan pasado un billete falso, o una mercadería en mal estado (y que en caso de pretender devolverla, pongan pegas). Esto no sucede con frecuencia, pero depende de la honestidad del comerciante. En cambio, en las grandes tiendas es impensable que intenten pasarnos dinero falso, o mercancías en mal estado (y aceptan cualquier devolución sin hacer preguntas). Esto no se debe a la bondad de los empleados, sino a que ellos obedecen a normas establecidas por la Empresa (que ellos pueden comprender y compartir, o no). La experiencia demuestra que la satisfacción del cliente hace crecer la Empresa, de modo que es una cuestión darwiniana: las Empresas que no cumplen estas normas tienen más posibilidades de desaparecer del mercado.

Mandeville dice en el Prefacio (pág.5) que en el hombre «son sus características más viles y odiosas las más necesarias perfecciones para equiparlo para las sociedades más grandes y, según va el mundo, más felices y florecientes.» Y en pág. 9: «Cuando afirmo que los vicios son inseparables de las sociedades grandes y poderosas y que sin ellos no podrían subsistir su riqueza ni su grandeza, no quiero decir que cada miembro de ellas, que sea culpable de algún vicio, no debe ser continuamente castigado por ellos, cuando se convierten en delito.»

Mandeville comprende claramente que la razón de la «paradoja» es la formación de grandes y extensas sociedades, articuladas por los mercados. En pág. 65 dice: «La frugalidad, como la honestidad, es una pobre virtud hambrienta, útil solamente para las pequeñas sociedades de hombres buenos y apacibles, contentos de ser pobres para vivir más tranquilos; pero en una nación grande y bulliciosa pronto os hartaréis de la frugalidad.»

Aún hoy, hay quienes defienden la «pobre virtud hambrienta» con la consigna de combatir el «consumismo» (de los demás). El consumismo generalizado es una manifestación del aumento de la riqueza social. En algunos casos, puede ser patológico. Mucha gente gasta su dinero en cosas que otros pueden considerar criticables. Es una elección personal: nadie nos obliga a consumir más de lo que deseamos ni a preferir unos productos en vez de otros. Más graves son las situaciones en las que cada día hay que perder horas haciendo colas para conseguir algún producto, donde casi todo es escaso.

Que el mercado regula la actividad económica, lo muestra, por ejemplo, en pág.199: «En el presente orden de cosas, sería absurdo tener tantos cerveceros como panaderos, o tantos pañeros como zapateros. Esta proporción numérica en cada oficio encuentra su propio nivel y nunca se conserva mejor el equilibrio que cuando nadie interfiere en ella.»

Es un evidente precursor de Adam Smith, lo que se ve también el pág. 127, donde dice que la riqueza es la producción (industrial, agraria y pesquera) y no el oro. Por eso, para que la nación prospere, el gobierno debe tomar medidas que estimulen la producción y no «las fútiles reglamentaciones de la prodigalidad y la frugalidad.»

En pág. 556 (cuarto diálogo entre Cleómenes y Horacio) Cleómenes dice que el asegurar la protección de la vida y de la propiedad fomenta la paz, clima en el cual rápidamente el hombre aprende «a dividir y subdividir su trabajo». «Pero si uno de ellos se dedica enteramente a fabricar arcos y flechas mientras otro busca el sustento, un tercero construye cabañas, un cuarto confecciona prendas de vestir y un quinto elabora utensilios, no solamente llegarán a serse útiles mutuamente, sino que los mismos oficios y empleos progresarán en el mismo tiempo mucho más que si todos esos trabajos los realizara desordenadamente cada uno de los cinco.»

Ya F.B. Kaye, en su «Comentario crítico, histórico y explicativo» de la edición de 1924 (Clarendon Press) consideró la «Fábula de las abejas» como una de las principales fuentes literarias de la doctrina del laissez faire.» Smith fue en Glasgow alumno de Francis Hutcheson, quien combatió obsesivamente la Fábula.

En pág. 605 dice que la sociedad civil está «edificada sobre la variedad de nuestras necesidades», y sobre ella funcionan «los servicios recíprocos que los hombres se prestan mutuamente.(...) Esperar que los demás nos sirvan por nada es poco razonable. Por lo tanto, todo el comercio que los hombres muestran tener juntos debe ser un continuo intercambio. El vendedor, que transfiere la propiedad de una cosa, se preocupa de su propio interés tanto como el comprador, que adquiere la propiedad. Y si se desea una cosa, su propietario, independientemente de la provisión que de ella tenga, o de la necesidad en que el que la quiere se encuentra de poseerla, no la cederá sin algo que le guste más que la cosa entregada. (...) El dinero resuelve y elimina todas esas dificultades, por cuanto constituye una recompensa aceptable para todos los servicios que los hombres puedan prestarse mutuamente». Luego explica como cuanto más numerosa es una sociedad, resulta más fácil, utilizando el dinero, satisfacer los múltiples deseos y necesidades de todos; en cambio, cuanto más pequeña sea la sociedad, bastará con el trueque, pero solo podrán satisfacerse las necesidades imprescindibles para la subsistencia. Y afirma: «No hay nada abundante que pueda ser caro, por beneficioso que sea para el hombre, y la escasez determina el precio de las cosas con más frecuencia que su utilidad.»

Y concluye en pág. 608 enunciando claramente la teoría del laissez faire que a lo largo de la obra vino fundamentando: «Por eso podemos advertir hasta que punto la sabiduría miope o acaso la buena intención nos robe la felicidad que fluiría espontáneamente de la naturaleza de toda gran sociedad, si nadie se dedicara a desviar u obstruir la corriente.»

En la época de Marx, en la intelectualidad más culta y sensata, era creencia firme que los conocimientos son acumulativos (que una vez adquiridos, son definitivos), que el Universo es determinista (y por lo tanto eterno), que el tiempo es absoluto y constante, de que la aritmética es coherente pues todos sus teoremas son deducibles de axiomas, etc. En el siglo XX se demostró la falsedad de todas estas creencias. Los teoremas de Gödel y el Principio de Indeterminación de Heisenberg pusieron en evidencia las limitaciones de la capacidad humana de captar la realidad. En el campo de la ética sucedió algo parecido. Las «paradojas» de Mandeville apuntan a cambios reales en las sociedades, pero también señalan algo cuya enunciación explícita se acredita como la gran contribución de Isaiah Berlin: no todos los valores son compatibles entre si, por lo que a menudo es necesario elegir{13}. El pensamiento de Berlin se refleja en esta cita de Merle: «No hay una sola moral, sino unas morales que se enfrentan, tanto en la escena internacional como en la existencia cotidiana de los Estados o en la vida privada de la gente.»{14}

«Incluso suponiendo que solamente existiera una única moral, el problema no estaría resuelto. Ya que, en el interior del mismo código de valores, ciertas normas pueden entrar en conflicto. Este es, por lo demás, el nervio de la tragedia, en la que el héroe carecería de mérito si tuviese que elegir simplemente entre el bien y el mal. Tanto en el teatro como en la vida, las dificultades empiezan a partir del momento en que es necesario sacrificar un bien para alcanzar otro.»

Tal vez esté de más decir que esto nada tiene que ver con el relativismo moral ni con la burda moral utilitaria de quienes consideran moral todo lo que favorece sus objetivos (que los iluminados saben que convienen a todos, aunque no sean capaces de reconocerlo).

La sociedad es un organismo extremadamente complejo y delicado. Por eso: «Choiseul criticó a D'Alembert por ser tan vanidoso como para pensar que los acontecimientos de este mundo podían girar según las opiniones que concebía su mente.»{15} El siglo XX ha mostrado el fracaso de quienes quisieron cambiar radicalmente la sociedad. Aún admitiendo buenas intenciones, los resultados fueron opuestos a los buscados y sembraron el horror y la muerte, como sucedió siempre con las fantasías milenaristas de crear el paraíso en la tierra. También muestra la historia casos inversos, en los cuales medidas en principio malignas, tuvieron consecuencias positivas. De Vries, por ejemplo (La economía..., pág.185) relata como en los siglos XVI y XVII, impuestos regresivos (a los más pobres, y además para gastos militares) provocaron el aumento de la producción: «El aumento de los gastos de los Estados venía permitido por una desconcertante variedad de impuestos y recursos fiscales, la mayor parte de los cuales caían desproporcionadamente sobre las clases más bajas. En una economía moderna estos impuestos regresivos reducirían la demanda de los consumidores. Pero en tanto que caía sobre campesinos que se relacionaban tan solo marginalmente con la economía de mercado y sobre trabajadores que iban a por ingresos «prefijados», provocaban un aumento en la producción dirigida al mercado, cara al pago de esos impuestos que posibilitaban el aumento de los gastos estatales.»

Y en pág. 207 muestra el estímulo que para la economía fueron los nuevos ejércitos permanentes: «Los nuevos ejércitos permanentes necesitaron uniformes diferenciados por primera vez entre 1670-1700, y se establecieron intendentes militares para proveerles de comida y otros productos. Los pedidos militares de equipo, solamente en razón de su volumen y concentración, tuvieron gran influencia en el aumento del volumen de producción industrial. En Inglaterra, la industria del calzado de Northamptonshire se desarrolló tras 1650 a resulta de los grandes pedidos militares. De la misma forma se vieron estimulados la metalurgia y el curtido de cueros, en tanto que en Francia la industria textil de Romorantin en el Orleanesado, prosperó a base de los pedidos de uniformes militares».

Y en pág. 208: «Todos estos procesos en lo militar tomados globalmente constituyeron un reto para la economía europea tan importante como sus consecuencias políticas y administrativas. Pero alrededor de los años 80 del siglo XVII la guerra exigía para su servicio un 5% de la población masculina entre los 16 y 40 años. Como la mayor parte de la fuerza de trabajo así movilizada estaría, de no estar allí, subempleada (los ejércitos eran reclutados en las clases y regiones más pobres) el efecto neto del aumento del personal militar era el aumento de la demanda global sin reducir mucho la producción. La nueva demanda recaía fundamentalmente en los sectores textil, de metales pesados y de construcción de barcos. La demanda de cañones y mosquetes provocó la respuesta más espectacular: toda una nueva economía industrial apareció en Suecia para cubrir esta demanda mientras que en Inglaterra los esfuerzos por aumentar la producción vinieron a parar en la aplicación del horno de reverbero a los metales no ferrosos (última década siglo XVII) y, finalmente en el uso de la hulla para la fundición de hierro.»

Pero la tecnología militar incluso favoreció en el siglo XV la formación de estados-nación y la caída del feudalismo: «[El crecimiento de la nación-estado en el siglo XV] se ha atribuido a un cambio en la tecnología militar que favoreció la autoridad central iniciándose el período clave con el rápido progreso del cañón a mediados del siglo XV, el renovado crecimiento demográfico y del mercado de finales del siglo XV»{16}. El cañón derribó las murallas feudales.

Así como las consecuencias de ciertas acciones son impredecibles –y a menudo opuestas a lo que racionalmente podría preverse–, lo mismo sucede con las «ideas» y creencias. Hayek dijo: «Debemos en parte a las creencias místicas, religiosas –y, en mi opinión, especialmente a las monoteístas– el que las tradiciones beneficiosas se hayan conservado y transmitido al menos durante el tiempo necesario para que los grupos que las aceptaron pudieran desarrollarse y tuvieran la oportunidad de extenderlas a través de la selección natural o cultural» (pág. 213). Y en pág. 214: «Entre los fundadores de religiones a lo largo de los dos últimos milenios no han faltado quienes se opusieron a la propiedad y a la familia. Pero las únicas religiones que han sobrevivido han sido aquellas que defienden ambas instituciones.» De modo que, independientemente de nuestro juicio acerca de la bondad o maldad de las creencias y normas morales, algunas contribuyen –por razones que frecuentemente ignoramos– al crecimiento del grupo social que las detenta, y con otras sucede lo contrario. Por un proceso «darwinista» las primeras se mantienen y las segundas se extinguen (junto con el grupo social que las sostenía). Y Hayek dice en pág. 224 (Apéndice B): «Solo la revolución marginalista de los años 1870 fue capaz de ofrecer una explicación satisfactoria del proceso de mercado que Adam Smith había descrito muchos años antes sirviéndose de la metáfora de la «mano invisible», recurso que, a pesar de su carácter metafórico e incompleto, fue sin embargo la primera descripción científica de los procesos de autoordenación.» Murray N. Rothbard menciona un antecedente chino de esta idea: «Chuang Tse fue también el primero en exponer la idea de 'orden espontáneo' descubierta de modo independiente por Proudhon en el siglo XIX y desarrollada en el XX por F.A. von Hayek en a Escuela Austríaca. El palabras de Chuang Tse: 'El buen orden resulta espontáneamente cuando se dejan las cosas a si mismas'» (pág. 55).

La revolución marginalista explicó fenómenos económicos a nivel micro. Pero el orden espontáneo es objeto de estudio de las nuevas ciencias del caos y la complejidad. Roger Levin{17} dice que los genes funcionan –contraintuitivamente– como redes booleanas, cuyo funcionamiento genera orden. Y en pág. 77: «Durante un tiempo se creyó que los individuos dentro de las especies, podían conformar su comportamiento en bien del grupo. En la actualidad, los biólogos saben que los individuos actúan de forma limitada, darwinista y egoísta y que harán trampas si pueden. La sugerencia de que un grupo de especies pudiera adaptarse colectivamente teniendo como objetivo el beneficio del grupo, provoca sonrisas de conmiseración en las caras de los biólogos. 'Pero resulta que los individuos de mi grupo se comportan egoístamente', dijo Stu [Stuart Kauffman]. «Eso es lo que tiene de hermoso. La adaptación colectiva con fines egoístas produce la máxima eficacia biológica promedio, cada especie dentro del contexto de las otras. Como si por medio de una mano invisible –la expresión de Adam Smith para referirse a los mercados en una economía capitalista– se garantizara el bien colectivo.» (Y, de paso, en pág. 166 cita a Stephen Jay Gould: «El progreso es una idea perniciosa, culturalmente arraigada, inestable e inoperativa que debe ser abolida si queremos comprender las pautas de la historia.»).

Octavio Paz, creador de tantas concepciones brillantes de la política y la sociedad, escribió: «El fenómeno de la globalización de la economía no depende de la voluntad de esta o de aquella nación sino de la expansión de la economía mundial. Es un fenómeno universal. Mejor dicho, es una fase de un proceso que comenzó hace siglos. Precisamente uno de los primeros en advertirlo fue Marx; dijo varias veces que la expansión del capitalismo realizaba por primera vez en la historia la unificación de los hombres y de los pueblos en un sistema económico mundial. Ahora vivimos en otro momento de ese proceso. La América Latina, por lo demás, no tiene mucho que perder y si que ganar al insertarse en la economía mundial. Entre otras ganancias: será el paso definitivo hacia su modernización económica.»{18} Por lo tanto «oponerse» a la globalización, además de imposible, es reaccionario; por eso los elementos más esclarecidos hablan de otra globalización, o de poner al alcance de todos las ventajas de la globalización. En línea con lo anterior, Paz había hecho en el mismo escrito (Postdata, de Octubre de 1969, pág.108) un pronóstico que hoy es evidente: «Tal vez en un futuro no demasiado lejano los países adelantados ni siquiera esquilmen a los subdesarrollados: los abandonarán a sus miserias y a sus convulsiones.» Eso es lo fundamental del ahogo que hoy experimentan Africa y América Latina: no el ser «explotados» sino su exclusión de los mercados; y el mantener una visión decimonónica de ese fenómeno solo ayuda a mantenerlos en esa situación. Ante estas formulaciones brillantes y precisas, es curiosa, a mi parecer, la interpretación de Paz acerca de la metáfora de Smith. Dijo en pág. 50: «Pero el mercado no es una ley natural ni divina: es un mecanismo inventado por los hombres. Como todos los mecanismos es ciego; no sabe a dónde va, su misión es girar sin fin. Adam Smith creyó encontrar en su movimiento circular una intención divina, un propósito justiciero.» Como ya hemos comentado, no se trata de una idea mística, sino de un anticipo, de una intuición del orden espontáneo que surge de la complejidad. Las moléculas de un mineral fundido o disuelto en agua son ciegas, pero eso no impide que al enfriarse, o al evaporarse el agua, se formen maravillosos cristales que implican un estricto orden. En la Edad Media solía ponerse como prueba de la existencia de Dios, el orden de la naturaleza. Un mecanismo tan maravilloso como el del ojo implicaba, para los religiosos, la existencia de un Planificador.

Hemos dicho que las creencias, independientemente del juicio que nos merezcan en si mismas (por ejemplo, la polémica que en una época apasionó a muchos librepensadores: si Dios existe o no), se afirman cuando influyen en consolidar y fomentar el crecimiento de sus grupos sociales. Esta influencia toma a veces rumbos sorprendentes y ha tenido gran importancia en el desarrollo científico. Stephen F. Mason nos dice: «Así pues, la teoría de la circulación de la sangre y la doctrina de la supremacía del corazón en el cuerpo humano constituían aplicaciones particulares de la nueva concepción del siglo dieciséis de que tanto el microcosmos como el macrocosmos estaban regidos por un Gobernante Absoluto y en los que todas las demás entidades del mundo grande y pequeño gozaban de una condición paritaria bajo el Poder Supremo.»{19} El mismo autor nos dice: «Las vesículas mucosas (Oken) eran unidades vitales de las que se componían todos los seres orgánicos. Eran, por decir así, las mónadas de Leibniz en forma material. (...) Como las mónadas, las vesículas mucosas no morían con la muerte del organismo, sino que seguían viviendo para formar la sustancia de un nuevo ser orgánico. La teoría de las partículas mucosas condujo a la teoría celular y en los años de la década de 1830, cuando aparecieron los nuevos microscopios acromáticos, las unidades vivas de los seres orgánicos, las células, pudieron verse y describirse.»{20} Luego, en pág. 130, dice: «En el terreno de la química, los filósofos naturales postulaban que las fuerzas eléctricas eran responsables de la combinación de las sustancias químicas, una teoría que gozó de considerable atractivo cuando más adelante se encontraron pruebas experimentales a su favor.»

Mason da ejemplos igualmente sorprendentes de la influencia de las creencias a priori en la biología: «Haeckel era un apasionado de la clasificación y, como Schelling, Hegel y Oken, buscaba en todas partes en la naturaleza divisiones triples.»{21} Y en pág. 52: «Nageli suponía que la evolución no era un proceso gradual y contínuo, sino que la fuerza interna se movía siguiendo las categorías de la dialéctica hegeliana, dando saltos. Por consiguiente, la evolución era discontínua, consistiendo en una serie de mutaciones. De hecho, el botánico holandés Hugo de Vries (1848-1935) sacó de Nageli la idea de las mutaciones biológicas a finales de siglo.»

Y, finalmente, en pág. 54 dice: «Weismann rechazó la teoría de Nageli de que las variaciones de perfección creciente se produjesen en el germoplasma en virtud de una fuerza vital interna al organismo. Pensaba que las variaciones se producían por la unión de dos germoplasmas diferentes, uno procedente de la madre y otro del padre. La descendencia no podría tener el doble de germoplasma que cualquiera de sus padres, de manera que sugirió ya en 1887 que el germoplasma de cada uno de los padres se divide en dos partes cuando se forma el huevo o el espermatozoide.(...) Esta predicción de los fenómenos de la meiosis se hizo unos cuantos años antes de que se rastrease plenamente de manera empírica mediante la investigación microscópica. Weismann sugirió también que el germoplasma estaba contenido en los cromosomas filiformes de los núcleos de las células sexuales, componiéndose el germoplasma de unidades que llamó determinantes, cada una de las cuales dirigía una característica particular del organismo. Esta propuesta se hizo también algunos años antes de que hubiese muchas pruebas de que los cromosomas eran de hecho los portadores de las cualidades hereditarias.»

Los sistemas filosóficos son, como la ciencia y la religión, conjuntos de ideas y creencias. Acabamos de ver la influencia de la dialéctica hegeliana en la ciencia (y a través de la ciencia, en el mundo real). No es de extrañar entonces que otros sistemas hayan influido de un modo igual o mayor. Gerard Holton: «En otro lugar, Heisenberg explica que «para el físico atómico la cosa en si, en caso de que llegue a usar ese concepto, es en definitiva una estructura matemática»{22}. Esta es una elección temática que alinea a Heisenberg con la gran tradición platónica; no se puede construir materia con materia, sino que se debe buscar la base en principios formales, matemáticos; porque «nuestras partículas elementales son comparables a los cuerpos regulares del Timeo de Platón. Son los modelos originales, la idea de materia.» Y en pág. 228 transcribe la opinión de Einstein, de su contribución al Volumen Cooperativo de Schilpp (1949): «(...) el científico no puede el llevar tan lejos sus ansias de sistematización epistemológica. Recibe con los brazos abiertos el análisis epistemológico de los conceptos; pero las condiciones externas que para él definen los hechos de la experiencia le impiden limitarse excesivamente al construir su mundo conceptual por la adhesión a un sistema epistemológico. Por ello debe parecer un oportunista sin escrúpulos a los ojos del epistemólogo sistemático: se muestra como realista en cuanto intenta describir un mundo independiente del acto de percibir; como idealista en cuanto considera los conceptos y teorías como invenciones libres del espíritu humano (que no son derivables lógicamente de los datos empíricos); como positivista en cuanto considera justificados sus conceptos y teorías solamente en la medida en que proporcionen una representación lógica de las relaciones entre las experiencias sensoriales. Puede incluso parecer platónico o pitagórico en cuanto considera la simplicidad lógica como un enfoque que sirve como herramienta indispensable y efectiva en su investigación».

Muchas personas, especialmente las que quieren dar una base filosófica a su militancia, creen que hay ideas filosóficas verdaderas y otras falsas. Frecuentemente, para ubicar las ideas en un esquema general, suele clasificárselas como «materialistas» o «idealistas». (Los científicos suelen usar el término realista para designar la creencia en la existencia de la «realidad» independiente de las percepciones y de los individuos que perciben). Y suele asociarse «materialista» con bueno, correcto, progresista, e «idealista» con malo, erróneo, reaccionario. La anterior cita de Einstein es, entre otras cosas, una advertencia acerca de la puerilidad de tal división maniquea. El materialismo y el idealismo son maneras de enfocar la interpretación de los datos sensoriales. Pues la realidad no nos es «dada» a través de los sentidos: nuestros pobres y limitados sentidos perciben algunas (pues el Universo está constituido, al parecer, por un 90% de materia «oscura») de las señales que emite la realidad. No tenemos ninguna «visión directa» del mundo, debemos imaginarlo interpretando las limitadas señales que captan nuestros sentidos. La mayoría de los científicos son realistas (no «materialistas», cuyo significado preciso resulta hoy poco claro), pero ambos enfoques tienen serias razones lógicas que los avalan. La cita de Holton ubica a Heisenberg «con la gran tradición platónica». Platón fue un gran filósofo idealista (y un político reaccionario) que sostenía que los objetos de nuestro mundo son solo copias imperfectas y sujetas a degradación, de los modelos perfectos y eternos que constituyen el mundo de las Ideas. El platonismo ejerció profunda y contínua influencia en los científicos. Por ejemplo, tanto Galileo como Newton, describieron la realidad basándose en un modelo ideal. Un objeto lanzado, debería continuar eternamente con movimiento uniforme y trayectoria rectilínea. Esto nunca sucede así en la realidad, de modo que se introducen «fuerzas» correctoras (v.gr. el roce, la atracción de a tierra, la resistencia del aire) para explicar el movimiento real. Esto muestra la fertilidad de las ideas platónicas. La Física es la ciencia por antonomasia para estudiar y explicar la realidad. Curiosamente, la mayor influencia en el desarrollo progresivo de la Física, se ha debido a los filósofos idealistas, como Platón, Berkeley, Mach, y otros. Mach preparó el camino a la Teoría de la Relatividad, cosa que Einstein reconoció generosamente.

Notas

{6} Alejandro A. Chafúen, Economía y ética (1986). Ediciones Rialp, Madrid 1991, pág. 123.

{7} Friedrich A. Hayek, Las tendencias del pensamiento económico, Vol. III. Unión Editorial 1995, pág. 171.

{8} George Soros: «Quizás soy un especulador, pero no un jugador.» (El País, 23 junio 1996.)

{9} Ludwig von Mises, La acción humana (1966). Unión Editorial 1995, pág. 397.

{10} Friedrich A. Hayek, La fatal arrogancia (1998). Unión Editorial 1990, pág. 91.

{11} Henri Pirenne, Historia económica y social de la Edad Media (1933). FCE, Méjico 1955, pág. 17.

{12} Murray N. Rothbard, Historia del pensamiento económico (1995). Vol. I. Unión Editorial 1999, pág. 75.

{13} Isaiah Berlin, El sentido de la realidad (1996), Editorial Taurus, Madrid 1998, pág. 122.

{14} Marcel Merle, Sociología de las relaciones internacionales (1978), Alianza Editorial, Madrid 1997, pág. 36.

{15} Jeremy Black, La Europa del siglo XVIII (1990), Editorial Akal, Madrid 1997, pág. 454.

{16} Jeremy Black, La Europa..., pág. 176.

{17} Roger Levin, Complejidad. El caos como generador de orden, Tusquets Editores, pág. 41.

{18} Octavio Paz, Sueño de libertad, Editorial Seix Barral, Barcelona 2001, pág. 411.

{19} Stephen F. Mason, Historia de las Ciencias, Alianza Editorial, Madrid 1985, tomo 2, pág. 128.

{20} Mason, Historia de las Ciencias, Tomo 3, pág. 127.

{21} Mason, Historia de las Ciencias, Tomo 4, pág. 49.

{22} Gerard Holton, Ensayos sobre el pensamiento científico en la época de Einstein (1973), Alianza Universidad, Madrid 1982, pág. 37.

 

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