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El Catoblepas
  El Catoblepasnúmero 6 • agosto 2002 • página 4
Desde Ultima Thule

Corrupción, comunicación y conocimiento
Algunas reflexiones acerca de la acción corrupta

Fernando Flores Morador

Dado el auge del tema de la corrupción en el mundo contemporáneo y especialmente en América (Norte y Sur) se me ocurre relevante el estudiar el fenómeno desde el punto de vista filosófico. Lamentablemente las dimensiones de un artículo nos obligan a dejar de lado la historia del fenómeno, muy documentada por ejemplo durante la Grecia clásica (recordemos que Sócrates fue juzgado por corromper a la juventud)

Las siguientes páginas pretenden discutir los fundamentos cognoscitivos subyacentes a la corrupción, es decir no las causas que hacen «corruptas» a las personas –causas que consideramos propias de la naturaleza humana y de alguna manera obvias– sino los mecanismos cognoscitivos que rigen el fenómeno de la corrupción y que de alguna manera le hacen posible. Digamos que entendemos por corrupto todo acto por el cual se violan reglas jurídicas y/o éticas con beneficios económicos o de algún otro tipo para satisfacer necesidades individuales o de grupo. A continuación veremos como la corrupción se rige por los mecanismo de la creencia o «fe» y los del escepticismo o duda.

Permítasenos a continuación introducir la siguiente historia.

I. Había una vez dos funcionarios –Juan y María– quienes llegan en forma independiente a trabajar en una misma empresa. Suponemos que antes de este encuentro, nunca se habían visto. La empresa cuenta con varias decenas de empleados. Juan es empleado primero y poco después lo es María. A poco de comenzar, María cree descubrir que Juan se «lleva a su casa» algunos utensilios y materiales de trabajo. ¿Que hacer ante este hecho? ¿Ignorarle? ¿Denunciarle? María sabe que si hace «la vista gorda» se convierte en cómplice de Juan, de lo contrario se convierte en una colaboradora del empleador y en una entregadora de un colega. ¿Cómo determinar con quien mostrar una actitud solidaria? Primero debe estar segura de que Juan esta robando a la empresa. María razona en voz alta y se dice que si Juan esta robando seguramente se habrá llevado a su casa el objeto «A» (supongamos que los objetos «A» son valiosos). Llegado hasta el lugar en donde se guardan los objetos «A», descubre que alguien se ha llevado buena parte de los mismos. Seguidamente María se plantea revisar las pertenencias de Juan en busca de pruebas. Tan pronto como Juan abandona su lugar de trabajo pone manos a la obra. Así entre las pertenencias de Juan encuentra una serie de utensilios y materiales de propiedad del empleador, lo cual parece confirmar su hipótesis inicial. Decide devolver algunos de estos objetos a su lugar correspondiente, asumiendo por el momento una actitud conciliadora (¿restauradora?). Es decir, no toma partido. ¿Ahora bien, no sería acaso que Juan es un colaborador del empleador que se ha dispuesto a descubrir a empleados corruptos? María descarta esta última alternativa. Concluye que la probabilidad de la cadena de hipótesis y pruebas es tan fuerte, que Juan no puede estar haciendo otra cosa que «apropiándose en forma indebida» de cosas ajenas. Razonando de este modo se decide a confrontar a Juan y a asumir las consecuencias de esta acción. Antes de hacerlo debe decidir de una buena vez si Juan está llevándose cosas o simplemente robando. Tanto el «robo» como el «llevarse cosas» clasifican como «apropiaciones indebidas», pero son situaciones muy distintas. «Llevarse cosas» se justifica cuando: (a) uno cobra demasiado poco; (b) cuando uno pasa por una situación familiar especialmente difícil; (c) cuando el empleador te ha hecho mal; (d) cuando todos los demás lo hacen y uno no quiere pasar por gil o se muere de envidia por el sobresueldo de los demás, o por las dos cosas.

Mientras tanto, Juan se siente observado. Durante sus diarias visitas al depósito de utensilios y materiales de trabajo, descubre que alguien sigue sus pisadas. Poco después descubre indicios sospechosos en el interior del depósito donde se guardan los objetos «A». Juan no sabe que pensar. Si se tratase de espías del empleador, ya le habrían confrontado y denunciado. El depósito parecía un lugar ideal para confrontarle, sobre todo sabiendo que no tiene motivos para estar allí. Así Juan descubre la ausencia de algunos de los objetos apropiados que había guardado entre sus pertenencias personales. Se dice que el responsable debe ser alguien que: o bien esta juntando pruebas en su contra, o bien se trata de alguien que no está interesado en denunciarle. Deduce que debe ser alguien que conoce sus rutinas diarias, alguien que consciente o inconscientemente trata de ocultarse, alguien que le acecha. Así Juan se plantea varias posibilidades entre ellas la de que el misterioso visitante sea su colega María. Juan concluye que la probabilidad de que María sea la persona que le vigila es muy pequeña. Decide permanecer en guardia a la espera de disponer de más información, y es así que durante un tiempo deja de visitar el depósito y se refugia en hacer su trabajo.

¿Cuál es la diferencia fundamental que estos dos funcionarios tienen de la realidad inmediata? Digamos que los funcionarios de nuestra historia enganchan en la acción en momentos diferentes. El primero, Juan inicia el proceso de «apropiación indebida» creyéndose seguro. La inseguridad crece con la aparición de fenómenos imprevistos a los que hemos llamado «indicios sospechosos». Los actos de María son para Juan parte de la información empírica inconsciente. En la esfera perceptiva de Juan, María no aparece como reconocible, es parte de la información de fondo. Contrariamente, Juan es parte central de la esfera perceptiva de María. Juan es el observado, María es la que observa. Digamos que en toda representación compartida, siempre hay alguien que asume el papel de «cazador» (observador) y alguien que asume el papel de «víctima» (el observado). La representación del «cazador» incluye siempre una «víctima». La representación de la «víctima» supone siempre un «cazador» el cual no se percibe y obliga a la alerta permanente.

Veamos cuales son las diferencias entre las representaciones de Juan y María y por qué estas diferencias conducen a actitudes diferentes. Podemos ver que la representación de la realidad inmediata de la que dispone María, le permite concluir un desenlace con un margen de error despreciable. Decimos que en este caso la representación le empuja a la acción. La certeza asociada a la representación, conduce automáticamente a la acción. Se actúa cuando se cree. De allí que el experimento científico por ejemplo, sea hijo de la fe en una teoría a pesar de que luego deba ser estudiado bajo la influencia de la duda metódica.

La situación de Juan, por otra parte, es la opuesta. La inseguridad asociada a la representación es tal, que toda idea de acción debe ser postergada a la espera de informaciones complementarias. Su abandono del depósito se justifica con el intento de reorganizar la representación buscando un punto a partir del cual poder creer y edificar una iniciativa para la acción.

Obsérvese el papel que en esta situación juega la cadena de los acontecimientos. El orden de los hechos es el que determina cual de los funcionarios será el que actúe y cual será el que espere. Aquél que «roba» primero está condenado a ponerse en evidencia. Al mismo tiempo es quién se mantiene abierto a nuevos resultados. Ante los indicios actúa con escepticismo, en tanto se halla desconectado del acontecer inmediato. Su situación es la de la representación científica pura, el puro carácter contemplativo y la simple participación del suceder sin compromiso. Los contenidos cognoscitivos del funcionario corrupto son los de la especulación pura. Para éste, el mundo es todo posibilidad. De esto se deduce con facilidad la naturaleza hipócrita de la corrupción, estado del alma que no «cree» ni puede comprometerse.

El funcionario «honesto», que busca una solución justa, es aquél que encaja inmediatamente después del otro corrupto –al cual obliga a asumir el papel de objeto de la representación («víctima»). Éste es quién con toda naturalidad, cree. «Creer» no es otra cosa que estar seguro, o si se quiere, convencido del desarrollo de lo acontecimientos en una representación dada cualquiera. El que «cree», cree poder predecir (en términos matemáticos) lo que va a suceder inmediatamente. Aquel que «cree», se siente además comprometido, siendo por lo tanto la fe un elemento indispensable de toda forma de compromiso. Por las mismas razones el «creyente» es dogmático.

La importancia del orden de los acontecimientos en la determinación del carácter de la representación, y sobre todo en la «fuerza convincente» de la misma, fue reconocida por Kierkegaard, cuando en la obra Temor y Temblor estudia la actitud de Abraham al obedecer la orden de Dios de matar a su hijo. La fe de Abraham, según Kierkegaard, se demuestra en el ritmo de la acción. Es ese ritmo el que determina que la intención de matar a su hijo no pueda ser entendida como un horrendo crimen, sino como un simple acto de fe de resultado cierto. Kierkegaard nos recuerda que Abraham se dispuso a cumplir la orden de Dios «ni con apuro y con retardo». El apuro daría a entender que no amaba a su hijo lo suficiente. La demora, daría a entender que no estaba dispuesto a obedecer la orden divina. «Creer» es, según Kierkegaard, cuestión de ritmo.

En el ritmo de los hechos de nuestra historia, Juan es un corrupto escéptico y María es una funcionaria leal y además una buena colega que se compromete y cree. Pero: ¿se deben estas cualidades a méritos propios? De ninguna manera. María no puede ser corrupta, porque entra en la situación comunicativa después que Juan. Imaginemos la siguiente continuación a nuestra historia:

II. Estando María en funciones de restituir al depósito los objetos «A» que Juan había tomado, es descubierta por éste. Juan cree que María está «llevando para su casa» los objetos en consideración y le recuerda que esto puede costarle el empleo. María se defiende diciendo que está restituyendo al depósito los objetos que había encontrado entre las pertenencias de Juan. Juan se indigna y le reprocha la bajeza de una defensa tan indigna. María comprende la dificultad en la que se encuentra y pide a Juan olvidar las cosas. Juan le hace saber que él es comprensivo y que: (a) los sueldos son malos; (b) el empleador es malo; (c) los tiempos son difíciles; (d) además todo el mundo lo hace. Aquí Juan invierte el orden de las cosas. Para nosotros, lectores de esta historia ubicados en una lugar privilegiado (fuera del diálogo), María sigue siendo inocente. Pero en la lógica rítmica de la comunicación con Juan, ella ha dejado de serlo. La «objetividad» no existe en situaciones concretas. Crearla supone mecanismos las más de las veces ajenos al devenir de la vida cotidiana. ¿Qué mecanismos podrían crear esa objetividad en el marco de nuestra historia? ¿Ventilar el caso en una corte de justicia? ¿Sería esto posible en un caso de corrupción tan simple? Los hechos dicen que las más de las veces empleados y empleadores pierden con la ventilación de estos hechos. Las perdidas son económicas pero también morales y ocasionan un gran desgaste psíquico a los sujetos envueltos.

Imaginemos ahora esta otra continuación:

III. Estando María en funciones de restituir al depósito los objetos «A» que Juan había tomado, es descubierta por el empleador. Dos cosas pueden pasar, o bien María es despedida y denunciada por robo, o bien María denuncia a Juan, quién es despedido y denunciado. También puede suceder que ambos sean despedidos y denunciados. Muchas veces sucede que el empleador les ofrece un acuerdo que conviene a todas las partes, incluso a los sindicatos.

También puede suceder lo siguiente:

IV. Estando María en funciones de restituir al depósito los objetos «A» que Juan había tomado, es descubierta por un supervisor o capataz. El capataz puede actuar como el empleador y en ese caso se cumpliría lo dicho más arriba. Pero el capataz puede ser sobornado. En ese caso se pasa a una situación similar a la original. Supongamos que el capataz se llama Pedro. Un funcionario de nombre Martín sospecha que el capataz Pedro acepta coimas. Decide ponerlo bajo vigilancia...

Nos interesa ahora investigar cual es la diferencia entre «robar» y «llevarse para la casa». En principio «llevarse para la casa» se justifica si uno también se «lleva el trabajo a la casa». Empleadores que abusan de los horarios normales de trabajo fomentan la corrupción de las reglas de juego del mercado laboral y estimulan el establecimiento de límites flexibles en lo que a la privacidad de las personas y las cosas se refiere. El respeto de los derechos del empleado parece ser la condición necesaria para evitar que este se corrompa.

Conclusiones:

1) La diferencia entre «llevarse para la casa» y «robar» es empírica. Cualquiera puede constatar esta diferencia en cualquiera lugar de trabajo y en cualquier país. Creo que es fundamental para comprender el fenómeno de la corrupción.

2) Mi aproximación al tema es cognoscitiva, no ética. No es mi objetivo aquí saber qué es lo que esta bien o mal, sino cual es el mecanismo de la corrupción. Por lo tanto no se trata de justificar y/o condenar. Claro que el tema tiene connotaciones éticas, pero me parecen obvias.

3) María invade la privacidad de Juan en tanto Juan cuestiona el sistema de creencias de María. Del mismo modo, Dios invade la privacidad de Abraham y éste la de su hijo. En todos los casos se trata de poner a prueba un sistema de creencias.

4) La situación de María es exactamente la misma de Abraham en un sentido: ambos saben (o creen saber) qué es lo que va a pasar. La situación del hijo de Abraham es similar a la de Juan, que no sabe que es el objeto de una acción que le involucra. Por eso María y Abraham pueden creer.

La conclusión fundamental que se puede sacar de mi reflexión es la de que un sistema corrupto es un sistema escéptico, incrédulo. Del mismo modo, cuando el escepticismo aumenta en un sistema social, aumenta la «corrupción» del sistema o por lo menos la predisposición a la misma.

20 de julio de 2002

 

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