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El Catoblepas
  El Catoblepasnúmero 2 • abril 2002 • página 8
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Pedro José Vallín o el periodismo basura

María Santillana Acosta

A propósito del comentario a «Telebasura y democracia» firmado por un periodista licenciado en Euzkadi en el diario Micanoa, dirigido por Fernando Jáuregui

Pedro José Vallín Pedro José Vallín es un periodista español nacido en Asturias (Colunga 1971). Recibió su (de)formación universitaria en Leioa (Bizkaia –antes Lejona, Vizcaya–), en la Gizarte eta Komunikazio Zientzien Fakultatea, de la Euskal Herriko Unibertsitatea, donde obtuvo la Kazetaritzan lizentziatua. Gran aficionado y experto (incluso «adicto», reconoce él) en videojuegos y sus historias, su carrera profesional muestra, a pesar de su juventud, un curioso curso descendente.

Recién licenciado tuvo la suerte de poder incorporarse en 1993 a la plantilla del diario más importante de su provincia natal, La Nueva España, de Oviedo, periódico que se caracteriza por la estabilidad de su plantilla y la promoción de sus periodistas, en el mismo periódico o en otros del Grupo Prensa Ibérica; pero ese importante medio decidió en 1997 prescindir de sus servicios.

Tras algunas efímeras colaboraciones esporádicas, logra incorporarse a la delegación en Oviedo del segundo periódico en importancia de su provincia natal, El Comercio, de Gijón (propiedad del grupo vasco Correo), donde le dedican a cubrir gacetillas municipales –«De Lorenzo autoriza obras junto a la muralla de la ciudad sin seguimiento arqueológico», 14 mayo 1999; «Reinares ensalza a los ediles socialistas que fueron a Cuba e insulta de nuevo a su portavoz», 19 mayo 2000–. Pero pronto prescinden también allí de sus servicios, y Pedro José Vallín, periodista rebotado en muy poco tiempo de los dos diarios regionales más importantes, tenía que abrirse nuevos horizontes, intentarlo en Madrid.

Su cercanía a las nuevas tecnologías –la siempre presente e instructiva dependencia de los videojuegos– facilitó un fugaz paso por el portal El Foco y su incorporación, en julio de 2001, a la redacción de Micanoa, el periódico digital dirigido por el bregado periodista Fernando Jáuregui (este medio comenzó su navegación en diciembre de 2000 y fue presentado formalmente el 30 de marzo de 2001). Pero aunque Pedro José Vallín parece ocuparse en Micanoa de la sección de Economía, al publicar Gustavo Bueno su último libro, Telebasura y democracia (Ediciones B, Barcelona 2002), encontró ocasión para lanzarse por fin a la crítica bibliográfica y doctrinal.

Fabricó así Pedro José Vallín un ejemplo arquetípico de reseña basura, desveladora tanto de su calaña intelectual como de la catadura del medio («su ideario es la defensa de la libertad de expresión y la independencia, bajo el lema 'irreverentes, pero irreprochables'») y del director que se prestan a publicarla. Convendrá reproducir íntegramente esta crítica, firmada por Pedro J. Vallín y publicada por Micanoa tras la presentación del libro en Madrid, el 19 de febrero de 2002, pues es pieza que conviene conservar para que no caiga en el olvido (ya se sabe lo efímero del periodismo digital):

«La tele y la filosofía inmoral, por Pedro J. Vallín. Gustavo Bueno escribe, en Telebasura y democracia (Ediciones B), más de 250 páginas de una nadería pasmosa en la que pone su prodigioso intelecto al servicio de la más absoluta vacuidad. No es que la Filosofía no deba encargarse, desde la perspectiva fenomenológica, de asuntos como la televisión que nos ha caído en suerte. Es que elevar la obviedad a compleja realidad intelectual es un insulto a la inteligencia.
El filósofo Gustavo Bueno, otrora marxista belicoso y sobrevenido en sostén intelectual de las viejas verdades rojigualdas, acaba de publicar Telebasura y democracia, un ensayo en el que desmenuza cual entomólogo la programación que nos ha tocado vivir para, tras sesudas disquisiciones, concluir en una obviedad. El fútil esfuerzo de Bueno supone, al cabo, una coartada perfecta para la invasión que padecemos. Quien se regocijase con sus certeras reflexiones a propósito de Gran Hermano que se mantenga alejado de este volumen.
Que los filósofos que se centran en análisis fenoménicos eluden contaminar sus reflexiones con prejuicios morales que enturbien el desentrañamiento del hecho en sí ha de ser garantía de la escrupulosidad de su disección. Es esta amoralidad del análisis su mayor atractivo, y lo que ha hecho de Gustavo Bueno uno de los más destacados filósofos de este país, por más que sus toscas maneras le hagan parecer ante las audiencias como cualquier cosa menos un intelectual.
"¿Cuál es el problema, entonces?" se preguntará el lector. Pues que el ejercicio de Telebasura y democracia es una reflexión tan escrupulosa con la metodología del autor como absolutamente huera en el resultado final. Cuando se contempla la sangre a simple vista, se pueden alcanzar pocas conclusiones, más allá de que es roja y que, pese ser líquida, tiene cierta cualidad viscosa. El método científico –un buen microscopio y unos conocimientos especializados– permiten llegar a otras certezas, en las que hoy descansa la hematología. El problema es que el método fenomenológico de Bueno, en ocasiones tan fecundo, lleva a un lugar común, asaz propio del más romo y predecible pensamiento único, a saber, que la telebasura es lo que el pueblo pide y por tanto es lo que debe dársele. Para lo cual, además, basta con leer la portada y la contraportada del volumen.
La filosofía inútil. Entre ambas se contiene el habitual despliegue de erudición del filósofo afincado (nunca mejor dicho) en Oviedo. Sin embargo, no hay solaz intelectual en toda la densa palabrería del libro. El cañón no se inventó para matar moscas. Por más que estemos de acuerdo con Gustavo Bueno en que es imprescindible que la Filosofía mire de cerca las cuestiones aparentemente banales del tiempo en que vive, esto sólo se justifica cuando el resultado es una aportación útil a la sabiduría –en el entendido de que el filosofo ha de ser sabio y oráculo de nuestro deambular– y no cuando constituye un cósmico esfuerzo intelectual para llegar a una obviedad. Así, la presunta amoralidad, imprescindible en el análisis, se convierte en inmoralidad al prestarse como un resorte más de la subyugación permitiendo mantener un statu quo a mayor gloria de los alienandos.
Para colmo, el autor incurre en paradojas propias de su monumental aparataje intelectual, como definir las relaciones entre "telebasura y democracia" dicotomía que da título a la obra, como "complejas" para luego concluir que son simples. No sencillas; simples. Salvo que la pretensión del filósofo sea hacer dinero (proposición que descartamos), no se entiende la edición de este libro. Que lo escriba es defendible. Pero cuando uno construye un laboratorio, realiza un experimento y las conclusiones carecen de utilidad, ni siquiera metodológica, lo mejor es guardarlas en un cajón. El panorama editorial ya está bastante contaminado. Gustavo Bueno ha encontrado el camino entre Madrid y Salamanca, pero, para ello, ha tenido que pasar por París, Roma, Estambul y la Polinesia, si me entienden. Una pérdida de tiempo y dinero.
Cuando a la futilidad, como decíamos, se une la inmoralidad precitada, el resultado es un libro más para engordar un estante, aunque mejor utilidad tendría calzando un armario al que falten dos patas. La otra pata se calza con España frente a Europa, el libro con el Gustavo Bueno se ganó unas palmaditas de todos los nostálgicos del destino histórico de España. Y, si me permiten la licencia, esto ocurre porque pone el carro delante de los bueyes: lo que llena estos ensayos son las coartadas que sostienen asertos preconcebidos. Y eso, además de no ser científico, ni siquiera es honesto. Pedro J. Vallín.»

Como el lector de El Catoblepas acaba de leer, la objeción principal y única que Vallín hace al libro Telebasura y democracia de Gustavo Bueno, es que se trata de un libro vacío, vano y sin contenidos, pero con este argumento el crítico queda atado de pies y manos: porque si comienza diciendo que en el interior de este libro no existe nada, entonces sus críticas no pueden considerarse dirigidas contra ninguno de sus contenidos, que no existen; las críticas se dirigirán, a lo sumo, contra otra cosa. En su crítica Pedro J. Vallín no puede encontrar, por tanto, ningún objeto criticable, es por tanto una crítica vacía si nos atenemos a su propio planteamiento. Parece como si Pedro José Vallín pretendiera proceder teológicamente, como un dios aniquilador, decretando que todo lo que se contiene en este libro es pura nihilidad. Pero en realidad lo que tendría que haber hecho Vallín sería ir demostrando uno por uno que cada uno de los contenidos que en el libro se contienen no son en realidad nada. Pero no hace esto, sino que de un modo mucho más cómodo y rápido decreta la aniquilación de todo su conjunto; sin entrar absolutamente en ninguno de los contenidos. Es por consiguiente una crítica vacía y que pide el principio.

En efecto, según Pedro J. Vallín nos encontramos ante doscientas cincuenta páginas de una nadería pasmosa. Pero evidentemente esto, que es lo único que se dice acerca del libro, no constituye una crítica; a lo sumo, sería una conclusión que debería ella misma ser demostrada una vez destruidos cada uno de los contenidos del libro. Por tanto, si esta conclusión o petición de principio no es una crítica, es porque se reduce simplemente a un insulto; pero no «contra la inteligencia», en general, sino contra un autor, al que se califica de vano y, por tanto, de impostor. Por otra parte, quien habla de «insulto a la inteligencia» es porque está sugiriendo que él mismo tiene tal grado de identidad con la «inteligencia» en general, que puede atreverse a hablar en nombre de ella. O dicho de otro modo, es un principiante que carece de la más elemental sindéresis.

«Es elevar la obviedad a compleja realidad intelectual», dice Pedro José Vallín en una variación sobre su mismo tema central. Pero la acusación contenida en esta variación es contradictoria, si el libro ha elevado una obviedad a «compleja realidad intelectual» –por tanto a algo vinculado a una compleja realidad objetiva–, es porque lo que se llamaba «obvio» sólo lo era en apariencia. ¿Hay algo más «obvio» y transparente que una gota de agua destilada? Sin embargo, los físicos han elevado esa obviedad a la complejísima realidad intelectual (sobreentendemos: a una realidad que sólo es accesible tras largos y seculares procesos intelectuales) a saber, a la realidad de la estructura de esa molécula, a la complejidad de los orbitales de sus electrones, de sus enlaces, de sus núcleos respectivos, de sus isótopos alternativos.

La obviedad de la televisión es, sólo en apariencia, que un hombre vulgar y falto de juicio puede creer que es transparente. Pedro J. Vallín parece creer saberlo todo sobre la televisión: todo ello es obvio y él cree poder controlar todo lo que allí ocurre. Y, lo que es más grave, tienen la insolencia de decirlo sin calibrar el alcance de los análisis que se le proponen. Sin duda parte del prejuicio de que el análisis filosófico (que él llama, no sabemos por qué vínculos estrechos con Husserl, fenomenológico) puede ser compatible con adjetivos tales como «inmoral» o «inútil»; pero si una filosofía es inmoral deja de ser filosofía, y deja de ser filosofía si es inútil. Cegado por el prejuicio, o simplemente por la cortedad de sus entendederas, el crítico se revela contra cualquier tipo de análisis que suponga una complicación («intelectual», dice él) de lo que él define como obvio.

Ahora bien: ¿cómo puede considerarse como vacuo un análisis a través del cual se constatan contenidos tan precisos y delimitados como los siguientes?:

(1) Se sugieren los caminos del regressus a partir de conceptos comunes y vulgares, como el de «televisión basura», hacia las ideas ontológicas o teológicas que tienen que ver con la basura y se constata por primera vez la naturaleza trascendental (en el sentido tradicional) de la Idea de basura y se traen al terreno del debate multitud de metafísicas o teologías de la basura que, no por motivos de erudición, sino para hacer ver que estas metafísicas o teologías son alternativas entre las cuales los hombres de hoy, incluido Vallín, tienen que elegir aunque no quieran. Se dan pistas suficientes para identificar estas alternativas desde Parménides hasta Gracián: cualquier cosa por tanto, menos páginas vacías.

(2) ¿Acaso es obvio y vacío el concepto de clarividencia tal y como es aplicado a la televisión? ¿Acaso conocía ya este concepto Pedro José Vallín? ¿Por qué no publicó su descubrimiento? Precisamente este descubrimiento podría ser discutido por excesivamente fuerte, pero no por vacío, lo que quiere decir que Vallín no se ha enterado de su alcance.

(3) Y la teoría de la intimidad, vinculada a la teoría de la opacidad y a la de la clarividencia a través de la cual se define la televisión obscena: ¿puede llamarse obvia o vacía? Podrá llamarse excesiva –excesivamente llena– pero no obvia, salvo que el crítico no haya entendido nada o actúe de mala fe, o ambas cosas a la vez. ¿Acaso lo que le ha molestado a Pedro J. Vallín, o a sus presupuestos teológicos, son las consecuencias y aplicaciones de estas teorías a la confesión auricular?

(4) ¿Y cómo puede decir Pedro José Vallín que la distinción, enteramente nueva, entre televisión formal y televisión material, y sus relaciones con el mito platónico de la caverna (que requiere rectificar muchas interpretaciones tradicionales) sea una distinción obvia y vacía? ¿Acaso la poseía antes Vallín? ¿Por qué no lo dijo a su debido tiempo?

(5) Otro tanto hay que decir en relación con la distinción entre televisión basura fabricada y televisión basura desvelada. ¿Tan obvia y vacía es esta distinción que Pedro José Vallín la conocía ya? Y sin embargo jamás fue formulada, y sin ella no cabría dar un paso crítico serio.

(6) ¿Y cómo puede afirmarse que las conexiones que el libro establece entre televisión basura y democracia sean obvias o vacías? Serán discutibles, por excesivas, pero jamás vacías.

(7) Telebasura y democracia contiene también criterios inmanentes al campo de la televisión (es decir, no criterios extrínsecos –éticos, estéticos, morales o políticos– por importantes que ellos sean y que, en modo alguno se excluyen) para trazar la línea fronteriza entre una televisión normal (no necesariamente pura o excelente) y una televisión antidemocrática.

El resto del artículo crítico pertenece ya al género de la insinuación externa que no viene a cuento ¿qué tiene que ver que un (supuesto) «otrora marxista belicoso y sobrevenido en sostén intelectual de las viejas verdades rojigualdas» haya alcanzado distinciones tales como las que se han citado en los puntos 1, 2, 3, 4, 5, 6 y 7? Aquí parece que Pedro J. Vallín está contraponiendo a las verdades rojigualdas las verdades de la ikurriña. Aunque la actitud de Vallín más bien nos recuerda la de aquel vasco del cuento que fue al sermón y sólo pudo sacar de él (su mollera no daba para más) la borrosa impresión de que el predicador había estado condenando al pecado:

— ¿De dónde vienes Pancho?
— Vengo del sermón
—-¿Y de qué ha hablado el cura?
— Ha hablado del pecado
— ¿Y qué ha dicho?
— No es partidario

Por último, Pedro José Vallín se define a sí mismo al considerar a la televisión como algo tan trivial como pueda serlo una mosca, que no merece para su análisis la potencia de un cañonazo. ¿Es que Vallín tiene alguna filosofía particular aplicada al análisis de las cuestiones banales de nuestro tiempo? Si la tiene que las exponga. ¿Y por qué, finalmente, supone Pedro J. Vallín que el libro carece de utilidad? Si se aceptan distinciones como las reseñadas en los puntos 1 a 7, su utilidad es evidente.

Es bien sabido que mucha basura puede ser reciclada. ¿Sería posible reciclar al periodista Pedro José Vallín, brillante licenciado por la Gizarte eta Komunikazio Zientzien Fakultatea de la Euskal Herriko Unibertsitatea? No lo creemos. Nizkor.

 

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