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El Catoblepas
  El Catoblepasnúmero 1 • marzo 2002 • página 4
Guía de Perplejos
Animalia

De coaliciones, políticos y chimpancés

Alfonso Fernández Tresguerres

Los arreglos de los políticos humanos no se alejan tanto
de las coaliciones observadas entre chimpancés

Quienes ignoran todo de la Etología, no sólo se engañan en su concepción del mundo animal, con frecuencia similar a la del automatismo de las bestias, heredada del racionalismo moderno, sino que suelen ser víctimas, también, de un espejismo no menos frecuente y acaso más grave: el de suponer que nuestra propia especie se ha constituido merced a un virtuoso salto en el vacío («salto a la reflexión», lo llaman algunos; la aparición del reino de la noosfera, dice el padre Teilhard de Chardin), cuando no mediante una suerte de participación directa en el espíritu divino; participación de la que es responsable Dios mismo; en todo caso, un buen día el cosmos presenció asombrado nuestra emergencia, convertidos ya en este bípedo implume y pensante. Darwin y los etólogos nos despertaron, sin embargo, de este dulce sueño –al menos a aquéllos dotados de un dormir más inquieto–. Hoy sabemos que somos animales y que sólo con la mirada puesta en el animal nos será factible decir algo atinado sobre nosotros mismos, lo que no implica arrojarnos en brazos del reduccionismo etologista, en el que toda diferencia significativa acaba por diluirse en las semejanzas. Si de lo que se trata es de saber quiénes somos, tenemos que ser capaces de subrayar las diferencias sobre el fondo de las similitudes. Por ejemplo, en esto de la política.

La sociedad política ni brota de la nada ni es un legado de los dioses, sino el resultado de la transformación de la sociedad humana natural; pero lo que sea ésta no puede ser determinado más que en confrontación con las sociedades naturales presentes en el mundo animal, particularmente en los primates. Por supuesto, es obvio que el paso de la sociedad natural a la sociedad política, y la sociedad política misma, son el resultado de complejos factores económicos, jurídicos o morales; elementos todos ellos culturales en sentido objetivo, que sólo por vía de pura especulación ficticia podrían ser atribuidos a los animales. Por ello, quedarnos únicamente con las semejanzas puramente formales que el juego político humano presenta con determinados comportamientos detectables en el mundo animal, sería, sin duda, ceguera imperdonable y renuncia expresa a entender nada sustancial. Pero ignorarlas, resultaría, acaso, torpeza no menos culpable. Yo ahora voy a limitarme a un simple ejemplo, pero inquietante.

En los años ochenta, el etólogo Frans de Waal dio a conocer un interesante estudio titulado La política de los chimpancés. El título, por lo que acabamos de decir, resulta seguramente excesivo: en los chimpancés no hay ni puede haber política. En cualquier caso, en el grupo de chimpancés estudiado por Waal hay tres machos adultos enfrentados en una permanente lucha por el poder. Luit es el macho alfa, Nikkie el beta y Yeroen el gamma. Eso significa que Luit puede dominar a cualquiera de los otros dos individualmente, aunque no hacer frente a una coalición entre ellos; Nikkie, por su parte, puede dominar a Yeroen, pero no a Luit; por último, Yeroen está condenado a ser el tercero; pero eso, paradójicamente, le convierte en el más influyente de los tres, porque tanto Luit como Nikkie han de ganárselo como aliado si quieren alcanzar el poder. De manera que la fuerza de Yeroen radica en el hecho de que con su actuación puede decidir quién será el líder del grupo (es llave, se dice en nuestro argot político). Finalmente, el «débil» Yeroen decide dar su apoyo a Nikkie, pero amenazando siempre con abandonarle y establecer una coalición con Luit. Es la «dictadura del tercero»: cortejado y agasagado por los otros dos, él es, realmente, quien manda, quien domina a los otros; a uno, con la amenza de destronarle; al otro, con la coquetería de la mujer deseada que, sin acabar de entregarse, promete, no obstante, dulzuras sin fin.

La anéctoda es un caso característico de coalición en tríadas: concretamente, el número 5 de los ocho tipos básicos estudiados por Theodore Caplow en su obra Dos contra uno: teoría de coaliciones en las tríadas. Se trata, sin duda, de una de las situaciones más características y frecuentes en el juego político humano. El lector, más versado en política que yo, puede ocuparse en la instructiva tarea de efectuar la traducción pertinente: para ello apenas necesita más que cambiar algunos nombres propios. Naturalmente, no hace falta indicarle que el conflicto puede resolverse de otro modo, pero lo interesante es que siempre es el individuo C (Yeroen) quien decide: puede optar por unirse a B (como en el caso que nos ocupa), pero también por coaligarse con A, o con ninguno, y en este caso será quien tenga el control de la inestabilidad reinante, o también puede adoptar la estrategia de apoyar a cada uno de los otros en según qué circunstancias (en «temas puntuales», como se dice). Sea como sea, él manda. Y simulará no hacerlo. Y simulará que en todas sus decisiones no le guia otro interés que el bien (la «gobernabilidad») del grupo. Como ha escrito François de la Rochefoucauld: «El interés habla toda suerte de lenguas y representa toda suerte de personajes, incluso el del desinteresado».

 

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