David Stoll, Rigoberta Menchú y la historia de todos los guatemaltecos pobres
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Capítulo 16

La vida solitaria de una premio Nobel

«Para existir en el orden social con el sentimiento de ser una persona buena, estable y socialmente correcta, un individuo necesita tener una historia de vida coherente, aceptable y contantemente revisada.» –Charlotte Linde, 1993.{1}

Para mayor impacto, Rigoberta estaba en Guatemala cuando se anunció el premio de la paz. En vez del impredecible Quiché, sus organizadores y ella eligieron lugares en los que la izquierda podía movilizar a los sindicatos, profesores y estudiantes para que reunieran multitudes. La noche anterior al anuncio, recibió un homenaje en San Pedro Sacatepéquez, un próspero pueblo comercial maya en el departamento de San Marcos. A la mañana siguiente, el 16 de octubre, encabezó una marcha en la ciudad costera de Retalhuleu y dijo frente a una muchedumbre de campesinos que, años atrás, ella había cosechado allá café y algodón. Un día después, quince mil personas la recibían en la capital, en las ruinas prehispánicas de Kaminaljuyú.

El presidente Jorge Serrano Elías (1991-1993) no se sumó a las celebraciones. Eventualmente el palacio presidencial emitió una felicitación lacónica y Serrano la recibió en un encuentro gélido. Los sentimientos del gobierno fueron puestos de manifiesto por el ministro de asuntos exteriores y un portavoz del ejército que dijeron que sus vínculos con los enemigos de Guatemala la debían haber descalificado como Nobel de la paz. Era cierto que la guerrilla había rechazado las propuestas de cese al fuego del gobierno. A nivel oficial, el entusiasmo fue exclusivo de otros gobiernos. Después del nombramiento, fue recibida por Carlos Salinas de México, François Miterrand de Francia, Oscar Luigi Scalfaro de Italia, Felipe González de España, Boutros Boutros-Ghali de las Naciones Unidas y el Papa Juan Pablo II.{2}

En Guatemala era fácil oír reacciones hostiles por parte de los ladinos. Le sacaron tantos chistes racistas y de género que mi colega Diane Nelson los coleccionó. Un día Rigoberta llega al cielo y llama a la puerta, «¡Eh, Jesús», dice San Pedro, «ya llegaron las tortillas!». Contados indistintamente por mujeres e indígenas así como por hombres ladinos, los chistes reflejan el desafío que la talla de Rigoberta supone para las normas de etnia y género de la sociedad guatemalteca, donde tanto las mujeres como las indígenas son ciudadanas de segunda clase.{3} «Que una indígena sea hoy la personalidad guatemalteca de mayor relieve en el ámbito internacional», escribió Elisabeth Burgos, refiriéndose a las clases altas guatemaltecas, «lo consideran como un hecho intolerable».{4}

Sin embargo, entre las damas de la sociedad hubo declaraciones de conversión provocados por el libro de Rigoberta. «Esto no puede seguir así», le dijeron a mi colega Helen Rivas. «Hemos cambiado». Haciendo caso omiso de las expresiones malhumoradas de la administración Serrano, los demócrata cristianos que controlaban el congreso le dieron la bienvenida, aunque sólo fuera para apoyarse en un nuevo pilar de legitimidad. A pesar de algunas cartas de protesta, en general la prensa fue favorable, debido, en buena medida, a que los periodistas tenían sus propias quejas contra las fuerzas de seguridad. Que Rigoberta hubiera escapado a sus perseguidores y los hubiera denunciado mundialmente era algo que le otorgaba mucho crédito. En Nebaj y Uspantán, quedé impresionado por el número de ladinos que expresaron su simpatía por ella.

Luego de las ceremonias, Rigoberta se encontró en una situación difícil, empeorada por el hecho de tratarse de algo que apenas podía reconocer. El retorno al país requería un proceso de transición mayor del que la mayor parte de sus admiradores se imaginaban. Hasta este momento ella había sido una exiliada revolucionaria que representaba internacionalmente a los indígenas y los pobres de Guatemala. A pesar de estar etiquetada como líder indígena, no era muy conocida entre sus representados. Durante la campaña para el Nobel, el simple hecho de que el ejército se viera obligado a permitirle organizar mítines y ser recibida por multitudes de la oposición, y que sólo fuera objeto de amenazas y sabotajes, era más importante que lo que decía. Ahora tendría que aprender a ser un personaje de la oposición dentro de Guatemala. Tendría que demostrar que en efecto representaba a las personas que las audiencias internacionales asumían que representaba. Puesto que hasta entonces no había llevado la paz a nadie, ésta era una laureada Nobel que se tenía que demostrar como líder.

Lo más difícil para Rigoberta fue el propio proceso de paz. Finalmente, las negociaciones entre el gobierno y la guerrilla habían comenzado en abril de 1991. Pero no iban a ningún lado. Ninguna de las partes estaba dispuesta a ceder, y eso dejaba a la laureada balanceándose entre sus antiguos patrocinadores de la Unión Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG), a los que no podía criticar, y una población cansada de la guerra, cuyas esperanzas de paz supuestamente representaba. Incapaz de defender a la guerrilla o cortar con ella, aceptada sólo a medias por las organizaciones mayas independientes y agasajada principalmente por las organizaciones populares pro URNG, estaba sola en su simbólica eminencia. Todavía tenía que encontrar la manera de salir de las cortinas de humo y los espejos de un movimiento revolucionario derrotado. Estaba atrapada entre su pasado como militante revolucionaria y el papel representativo que ahora se esperaba que desempeñara en el proceso de paz; entre lo que ella había sido diez años atrás y lo que era ahora; entre la historia que contó en 1982 y la necesidad de revisarla.

Los indígenas reaccionan ante el premio

«Nunca hubiera pensado que alguien como nosotros pudiera alcanzar un honor tan alto. Ella es 'natural' y es mujer. Tienen que haber cambiado mucho los tiempos para que una cosa de éstas esté pasando en Guatemala. Pero, ¿cómo sabe uno qué intenciones tiene la gente que anda detrás de ella?» –Una mujer k'iche', vendedora del mercado, octubre de 1992.{5}

Para 1992, la izquierda podía reunir en algunas áreas a miles de personas que eran muy conscientes de lo que representaba Rigoberta. He aquí a alguien que había sufrido lo que ellos habían sufrido, que había dado a conocer en todo el mundo los secuestros y las masacres del ejército. No obstante, una gran mayoría de la población indígena seguía estando fuera del alcance de la izquierda. Si alguien en las organizaciones populares era consciente de cuán cuestionable era Me llamo Rigoberta Menchú, de lo contradictorias que eran algunas de sus afirmaciones con las experiencias devastadoras de su aldea y de muchas otras aldeas, debían preguntarse cómo sería recibida.

Por lo menos ahora su nombre era conocido. A los indígenas les impresionaba que un miembro de su raza hubiera alcanzado un honor tan grande. Pero siendo escépticos hacia cualquiera que hubiera participado con el ejército o la guerrilla, tenían preguntas. Un colega que hacía trabajo de campo en Huehuetenango incluyó a la nueva laureada en sus entrevistas, y descubrió que la respuesta más frecuente era: «¿Puedes hablarme de ella?». Paul Kobrak me dijo que «para mucha gente parecía salida de la nada. Estaban desinformados, pero genuinamente interesados». Preguntaban: «¿Es cierto que tuvo que ver con la guerrilla?». Cuando les confirmó que sí, no todos los huehuetecos la condenaron. Un ex soldado dijo que a él no le importaba puesto que si el ejército hubiera matado a su familia, él también se habría ido con la guerrilla.

En Nebaj, durante las fiestas patronales, los maestros organizaron un desfile histórico en que sus alumnos participaban vestidos de antiguos mayas, de conquistadores españoles y demás. Cerrando el cortejo había una niña vestida de k'iche', con una bandera que decía: «1992. Año de los Pueblos Indígenas. Rigoberta Menchú Premio Nobel de la Paz». Tal vez no parece gran cosa que Rigoberta estuviera incluida en el desfile, salvo que se trataba de una marcha cívico-militar obligatoria en la que también participaba el destacamento militar. A pesar de que muchos ixiles se sentían orgullosos de Rigoberta, ésta no fue la única reacción. «El Nobel es un tema muy discutido», justificaba un promotor de desarrollo. «Hay mucha manipulación, por eso la gente no tiene confianza en lo que dicen ni a favor ni en contra de ella. Todavía no se sabe».

En un mitin organizado por el ejército, las patrullas civiles gritaron: «Rigoberta es una guerrillera» «¡Si viene, hay que sacarla!» «¡Queremos paz!» y «¡Si la guerrilla no entrega las armas, queremos más armas!». Un activista cultural de Nebaj dijo: «Las personas conocedoras piensan que Rigoberta Menchú no se merecía el premio, porque ella está ligada a la subversión». «No estoy seguro de que realmente se lo mereciera, porque no ha hecho nada concreto por la paz», me dijo un evangélico. «Quien sí se lo merecía era Ríos Montt, porque él trajo la paz», refiriéndose a la convicción de muchos ixiles de que pueden agradecerle por detener las masacres del ejército. «Fue con ellos por aquí, por allá», dijo un ex patrullero, trazando con su dedo un círculo que abarcaba la zona de operaciones mientras hacía como que apretaba un gatillo. «Tiene que pedir perdón». «¿Perdón?», pregunté, no estando seguro de haber entendido bien. «Por haber caído en el engaño, por su familia y su pueblo. Ahora están todos juntos, todas las familias, pero tiene que pedir perdón».

Que la desconfianza hacia Rigoberta era más profunda que el miedo al ejército lo sugiere la reacción de Santiago Atitlán, un pueblo tz'utujil maya que, después de cientos de muertes y desapariciones, se enfrentó al ejército como nadie más lo ha hecho en Guatemala. La noche del 1 de diciembre de 1990, unos soldados borrachos dispararon a un hombre que protegía de ellos a su hija. Los vecinos se dirigieron a la iglesia católica, doblaron las campanas y sublevaron al pueblo. Miles de hombres y muchachos se reunieron en la plaza y fueron al destacamento militar armados con palos y machetes. El ejército abrió fuego, mató a trece personas e hirió a más de cuarenta. Las protestas resultantes obligaron al ejército a retirar su destacamento. Ahora los atitecos eran un símbolo nacional de resistencia, pero también pidieron a la guerrilla que se mantuviera alejada de ellos. Cuando Rigoberta proyectaba dar una conferencia en Santiago en 1993, el consejo municipal la rechazó aduciendo que no habían sido consultados. «Quién es ella». «¿Por qué viene aquí?», preguntaron los atitecos. «No sabemos qué nos va a traer». En su conciencia todavía no había espacio para incluir a una héroe maya creada en la arena nacional e internacional.

Sobreviviendo al proceso de paz

«Pienso que a la firma de la paz no habría que ponerle fecha.»
–Rigoberta Menchú, 1993.{6}

En 1993 dos crisis políticas pusieron punto final a la luna de miel de Rigoberta con el Nobel y dejaron la impresión de que todavía estaba colaborando con la guerrilla. En la primera, Serrano Elías suspendió la constitución para impedir que sus oponentes denunciaran su gula de enriquecimiento ilícito. La confianza en el sistema político ya era escasa después de su predecesor cristiano demócrata, Vinicio Cerezo, que convirtió la tan calurosamente acogida restauración de la democracia en un foso de corrupción. La desilusión provocada por Serrano fue aún mayor, ya que éste había sido elegido por votantes ávidos de un gobernante recto que confiaron en sus credenciales como líder de una iglesia evangélica. Al principio parecía que el ejército apoyaba al llamado «Serranazo», dando la impresión de un golpe militar. Sin embargo, parte de los mandos oficiales se opuso al golpe, así como parte de las clases altas, y la comunidad internacional lo condenó de inmediato. Días después el ejército obligó a Serrano a exiliarse, dejando a sus espaldas una crisis constitucional que acabó cuando el congreso eligió al Procurador de los Derechos Humanos, Ramiro de León Carpio, como nuevo presidente (1993-1996).

Aquel día de mayo en que Serrano suspendió la constitución, Rigoberta estaba moderando una reunión de líderes indígenas de otros países. Puesto que existía la posibilidad de que hubiera detenciones y asesinatos, ella dedicó el primer día del golpe a recorrer las embajadas para obtener protección diplomática para sus invitados. Después se sumó a otros líderes de las organizaciones populares en una manifestación en la calle. Cumpliendo las expectativas creadas por su libro, salió a defender la democracia. Según el principal semanario del país, su valor la convirtió en «la líder que aún no era dentro de su propio país».{7}

Entonces, algo salió mal. Junto con las organizaciones populares partidarias de la URNG, Rigoberta tomó una dirección que parecía trazada por los comandantes en México. Estaba en juego la Instancia Nacional de Consenso (INC), un comité de elites civiles que se formó en defensa de la constitución e impidió que el vicepresidente de Serrano lo sucediera en el poder. Cometiendo un error, Rigoberta decidió que unirse a la INC era demasiado comprometedor. En vez de ello, repitió la postura de la URNG en cuanto a que la suspensión de la constitución era un golpe militar, a pesar de que era cada vez más evidente que militares disidentes se habían pronunciado en contra del golpe.{8} Al oponerse a lo que habría de convertirse en un fructífero acuerdo negociado, acabó dando la impresión de ser la representante de los exiliados revolucionarios y no una figura política por cuenta propia.

A principios de 1994, otra crisis enturbió la reputación de Rigoberta como campeona de los derechos humanos. Ser consistente hacia los gobiernos y sus errores, independientemente de las necesidades políticas propias, resulta difícil para cualquier personaje. Meses antes, Rigoberta había dado que hablar por aceptar una condecoración de Fidel Castro, a pesar de su largo historial de represión de disidentes. Pero fueron mayas como ella, que vivían al otro lado de la frontera con México, los que la pusieron en apuros. Cuando aceptó el Nobel, Rigoberta anunció que no llevaría la medalla a su país hasta que no hubiera paz en Guatemala. En vez de ello, lo confió al Museo del Sol, en el sitio de un templo azteca de la Ciudad de México, en agradecimiento por el apoyo que durante tantos años le habían brindado el gobierno y el pueblo mexicano, que también habían dado asilo a los líderes de la URNG y a miles de refugiados guatemaltecos.

Un año mas tarde, un levantamiento en el estado de Chiapas obligó a Rigoberta a tomar partido en la política doméstica de su benefactor. Rebeldes mayas pertenecientes a un recién proclamado Ejército Zapatista de Liberación Nacional ocuparon repentinamente varios pueblos y atacaron al ejército mexicano. Cientos de observadores de los derechos humanos llegaron a la carga, obligando al ejército a aceptar un cese al fuego en vez de responder con todas sus fuerzas. La rebelión era el resultado de una historia de abusos oficiales con los que Rigoberta estaba familiarizada debido a su amistad con el obispo que los había denunciado durante años, Samuel Ruiz. En lugar de sumarse a las condenas, Rigoberta decidió no pronunciar ningún comentario hasta que el gobierno mexicano presentara un informe.{9} Resultó ser un gran contraste con sus duras críticas habituales hacia las autoridades guatemaltecas, y los zapatistas cancelaron una invitación para que actuara como mediadora.{10}

En el fondo, el dilema de Rigoberta era el proceso de paz que supuestamente representaba. Su premio Nobel anunció al gobierno y al ejército que su reputación internacional dependía de abrir espacios políticos a la oposición democrática. Pero la propia Rigoberta sólo era una espectadora en las conversaciones de paz. Se veía a si misma como mediadora, pero para serlo hubiera tenido que reconocer y trascender su propia historia en la URNG. Alternativamente, podía haberse convertido en un miembro valioso de la delegación rebelde, pero esto nunca surgió como una posibilidad por razones significativas. Su evolución hacia el Nobel había exigido que negara su conexión con la URNG. Además ella resentía que la organización estuviera controlada por ladinos. Aunque estos sentimientos todavía no eran públicos, probablemente la convertían en persona indigna de confianza a ojos de los comandantes. En 1994 Rigoberta apoyó la reivindicación del Movimiento Maya de incluir a un tercer actor en las conversaciones, pero ni el gobierno ni la URNG, ni los mediadores de la ONU que participaban en las conversaciones, lo consideraban viable. En vez de ello, las organizaciones mayas fueron canalizadas hacia una Asamblea de Sectores Civiles que representaba un nivel inferior del proceso de paz. Rigoberta se negó a participar.

Incapaz de aclarar una asociación que habitualmente negaba, la postura de Rigoberta se aproximaba demasiado a la demanda urrenegetista de «paz con justicia», la estrategia de prolongar la guerra hasta que ganara concesiones improbables. En 1993-1994 cuando, por razones cada vez más oscuras, era evidente que las negociaciones no lograban avanzar, la ausencia de premura por parte de Rigoberta sugería que para ella, así como para ambos bandos, la guerra se había convertido en una forma de vida. Se volvió un blanco fácil para los comentarios de quienes desconfiaban de su pasado revolucionario. ¿Estaba tratando de frustrar las expectativas ya que, en contra de los deseos de la mayoría de los guatemaltecos, apoyaba la actitud de la URNG hacia las negociaciones? Cuando la guerrilla rechazó las propuestas de cese al fuego del ejército, las reacciones herméticas de la premio Nobel sugirieron que ella estaba de acuerdo o, por lo menos, que temía criticarlos.

«Yo pienso que es un error ponerle fecha al proceso porque tiene muchas complicaciones», explicó Rigoberta en julio de 1994. Una razón era que el proceso era secreto, otra que seguía excluyendo a los mayas. «Ha sido difícil para cualquier ciudadano influir en la mesa de negociaciones», añadió. La guerra «es un lucro y un negocio que ha dado tarea a una gran cantidad de gente frustrada». El mediador oficial la había invitado a tener mayor participación en el diálogo, pero «yo he querido jugar un papel más discreto» porque las partes involucradas han decidido la agenda «muy cerradamente y yo lo respeto porque soy una ciudadana común de Guatemala». También observó que el Grupo de los Países Amigos –Estados Unidos, Noruega, España, México y Venezuela– «han tenido mucha dificultad» para seguir las negociaciones.{11}

Además de sus propios sentimientos divididos, tenía una razón convincente para negar sus vínculos con la guerrilla, a pesar de que éstos resultaban evidentes en su curriculum vitae. La asociación era una lacra en su contra para gran parte del público guatemalteco, incluyendo a muchos de los indígenas a los que quería representar. Con esto no se pretende negar que muchos guatemaltecos también tuvieran sentimientos favorables hacia ella. Pero muchos de los que se solidarizaban con ella como víctima de la violencia también estaban hartos de la guerrilla, del desorden que causaba y de la excusas que daban al ejército para que aplicara sus medidas de seguridad. Mientras que las conversaciones de paz se prolongaban año tras año, para los guatemaltecos era difícil saber a quién culpar, ya que ambos bandos tenían un sinfín de explicaciones acerca de por qué el otro era responsable de la última ruptura de negociaciones. La conclusión más segura era que ambas partes compartían un interés en prolongar las hostilidades. La imagen de Rigoberta sufría con las paralizaciones. Al abstenerse de defender a la URNG, reiterando en su lugar mensajes sencillos sobre los derechos humanos, trataba de distanciarse de ellos.

Rigoberta y los antropólogos

«Hay un desafío para quienes estudiaron a los indios e hicieron de ello su profesión, su carrera, su dinero y su vida, y entonces en el momento que hablan los indígenas por si mismos, también esa carrera está de por medio. Yo sé que hay mucha gente que nunca nos va a querer, jamás va a aceptar que los indígenas hablen porque a medida que hablan viene el español y ya no son indios, dicen. Y eso es un poco lo que muchos irrespetuosos han dicho sobre mi persona también en los últimos tiempos. Es increíble la expresión racista de mucha gente que al principio cuando yo salí, conozco a muchos antropólogos o sociólogos y no estoy en contra de la carrera, dijeron que yo era manipulada por la izquierda porque se me había adoctrinado y que traía un cassette de la izquierda.» –Rigoberta Menchú, 26 de setiembre de 1992.{12}

Rigoberta ya estaba harta de los antropólogos. Si sus diferencias con Elisabeth Burgos eran una razón, indudablemente mi propia investigación sobre el pasado histórico de su testimonio era otra. Tuvo conocimiento de mi trabajo en abril de 1991, después de que mis primeras averiguaciones acerca de la muerte de su hermano Petrocinio salieron a la luz en las reuniones de la Asociación de Estudios Latinoamericanos (LASA, por sus siglas en inglés). Cómo sucedió esto es algo que merece una breve explicación. La historia de Rigoberta de 1982 no es un testimonio bajo juramento, pero es un testimonio que pertenece al género «como lo cuenta...». Da a quienes no son escritores, que por lo general están excluidos de la producción literaria, la oportunidad de contar su vida con sus propias palabras. Entre los académicos literarios se debate en qué medida se pueden considerar auténticos los resultados, pero es un tema muy delicado. Al igual que otros trabajos similares, el testimonio de Rigoberta se presenta como el relato de un testigo ocular y por ello quiere ser interpretado literalmente, lo que hace que cualquier sugerencia en su contra parezca un ataque ad hominem.{13}

Preocupado acerca de qué hacer con mis averiguaciones, consulté a una autoridad en testimonios llamada John Beverley. Beverley era un defensor del género, pero también parecía estar en contra de que fueran interpretados como interpretan la Biblia los fundamentalistas. Quizá podía ayudarme a encauzar mis dudas acerca de Me llamo Rigoberta Menchú de un modo más solidario. Luego de un intercambio de borradores, me llamó y me preguntó si podía citar el mío en una ponencia que iba a presentar en la próxima reunión de la Asociación de Estudios Latinoamericanos. Hasta entonces yo había expuesto mi argumento una sola vez, en una conferencia en Berkeley el otoño anterior, y no tenía interés en publicarlo. Pero no queriendo censurar el flujo de información, tras sólo un instante de duda, le contesté: ¿Por qué no?

La sala de un hotel y centro de convenciones próximo a Washington DC estaba llena de catedráticos de literatura. Entré discretamente justo en el momento en que Beverley comenzaba a hablar. No era éste mi campo en el mundo académico; el nivel de abstracción me sobrepasaba. De pronto Beverley bajó de las alturas y soltó su bomba, mi infortunado descubrimiento acerca de la muerte de Petrocinio. Gritos sofocados de asombro y «noes» escaparon de la audiencia. Mientras tanto, quién estaba disertando ampliamente ante una audiencia en el piso inferior sino la propia héroe, que a menudo era huésped de honor en estos eventos. Puesto que no tenía intención de hacer declaraciones, me hallaba en un callejón sin salida. Puesto que llegaría a oídos de Rigoberta que en otro piso un antropólogo estaba hablando mal de ella, no tuve otra alternativa mas que entregarle una copia de la ponencia de doce páginas que había citado Beverley. Cuando alcancé a Rigoberta en un pasillo, fue difícil intercambiar más de un par de frases sin ser interrumpidos por algún simpatizante. Pero logré darle una copia, además de explicarle de palabra que los chajules me estaban dando una versión diferente de la muerte de su hermano. Rigoberta estuvo cordial, pero recuerdo que dijo que así como yo tenía mi trabajo ella tenía el suyo, lo que yo interpreté como una sugerencia educada para que no interfiriera en él. Si la gente de Chajul estaba colaborando con el ejército, añadió, ¿qué razón tenía yo para creer lo que decían?

Después de LASA, mi siguiente encuentro con Rigoberta surgió en una conferencia de prensa en la Ciudad de Guatemala en julio de 1992, pocos meses antes de que recibiera el Nobel. Cuando me presenté y le hice una pregunta, me reconoció del año anterior. Más tarde, salió a un balcón y bromeó con un grupo de seguidores en la calle. Reconociéndome de nuevo, dijo a la multitud: «Mucha gente, muchos antropólogos nos han estudiado mucho, y han hecho mucho dinero por nosotros. Pero no les gusta cuando nosotros hablamos. Algunos son honrados, pero vamos a ver quiénes». Casi al mismo tiempo, un colega tuvo ocasión de preguntarle qué opinaba de mi ponencia sobre la muerte de su hermano. Respondió que era racista. «Los blancos llevan quinientos años escribiendo nuestra historia, y ningún antropólogo blanco va a decirme lo que he experimentado en mi propia carne».

Al igual que muchos personajes políticos que deben transitar entre verdades y mentiras, hace años que Rigoberta evita las preguntas comprometedoras de los periodistas. Yo había oído decir que ahora estaba a la defensiva con respecto a su testimonio de 1982, al extremo de que no quería hablar de ella. También supe que desconfiaba de cualquier miembro de su personal que tomara notas, como si éstas pudieran ser utilizadas en su contra. En junio de 1994, un académico sueco se sorprendió por la actitud hostil con que ella lo recibió. Jan Lundius es un historiador, especializado en la religión popular del Caribe, que quería entrevistar a Rigoberta sobre la relación entre la tradición maya y el catolicismo. La conoció en la Fundación Vicente Menchú de la capital de Guatemala, por medio de un científico social guatemalteco que los presentó.

Las primeras palabras de Rigoberta fueron: «¿Qué quiere de nosotros?». Tomado por sorpresa, Lundius pasó a decirle cuánto le había gustado su testimonio, sus dimensiones religiosas y su capacidad de hacer mella en una audiencia tan vasta. Añadió que no era antropólogo y que quería platicar con ella. «Lo más sagrado es el pensamiento, la manera de ser de una gente», respondió Rigoberta, «Nuestra gente vive con su manera de ser, y es mi convicción que la gente no tiene que estudiar otra gente. Mucho menos, los indígenas no pueden ser objetos de estudio, porque eso no contribuye a nada». Lundius reiteró su deseo de platicar con ella. «El mundo está en deterioro», replicó Rigoberta. «Esos son tiempos de mucho cambio. Hay que poner las cosas que son sagradas aparte y luchar para una nueva ética. No solamente ley y poder... Va a estar muy difícil estudiar nuestra religión. Ustedes nunca van a entender la religión maya. Todo ese tipo de trabajo merece una nueva relación. Nuestro pueblo vive con más cautela que antes. Antes estuvimos más abiertos. La razón es porque... de imposición unilateral. Cada vez nuestro pueblo tiene más y más conciencia de eso y por ello estamos reclamando una nueva ética. Nosotros siempre hemos sido definidos por otra gente. Los libros nos definen. La política nos define... No podemos negar que la investigación nos ha hecho mucho daño».

A partir de aquí, Rigoberta se centró en la necesidad de apoyo práctico para su pueblo, por medio de los proyectos de la Fundación Vicente Menchú que había fundado con el dinero del Nobel. «No está interesada en dialogar con los científicos», me dijo Lundius cinco meses más tarde. «Resulta unilateral y se asemeja a una violación. No quiere ser estudiada, lo que quiere es apoyo político y económico. Me trató como si fuera un vampiro académico. Fue muy incómodo». Para redimirse, elogió a Rigoberta como portavoz de la población maya, tal como lo ilustra su discurso de aceptación del Nobel.

«Soy una persona que aprendí a ser integral», esto lo repitió varias veces. Es necesario que una relación sea respetuosa. Uno tiene que entender que la fe de una persona, su religión, es la misma cosa que su lucha por su vida. La confianza cuesta mucho ganársela. Uno tiene que entender que mucha gente perdió su palabra. Yo creo mucho en la capacidad [¿de los indígenas?] Los que nos estudian tienen que recoger respeto, entre nosotros existen valores milenarios, y esto se entiende poco. La integridad es esencial en nuestra lucha, es una parte de los derechos de los pueblos indígenas, es una parte de la declaración universal de todos los pueblos del mundo. Cada diálogo tiene sus límites. No es justo interpretar a la gente. Yo llego como una hermana, yo tengo más derecho que un antropólogo. No hay un conflicto mas doloroso que el sufrimiento de nosotros, ni siquiera un conflicto tan moderno, tan grande, como la caída del muro [de Berlín] en Europa. Un conflicto como ese no es tan grande como el proceso guatemalteco. Creo que el derecho individual es suficiente para el respeto ajeno...

«Otro tipo de comprensión tiene que empezar en otro camino. Nosotros necesitamos relaciones totalmente distintas. Usted puede decir que la religión de Rigoberta Menchú es que uno tiene que soñar con el futuro, y no hablar de la religión. Ustedes tienen una deuda moral con nuestra gente. Y nosotros podemos convivir, pero específicamente en Guatemala, queda muy clara nuestra incapacidad de participar en un diálogo de esta naturaleza. Tengo muchas dudas con las investigaciones. Usted tiene que entender que yo, Rigoberta, soy el objeto de estudios. La política [de estudios] no puede ser tan irresponsables como lo ha sido antes. Queremos la paz, y necesitamos una cuota de tolerancia. Ahora cuando se termina la guerra, se queda de nosotros para crear algo nuevo . Y quiero decir que la religión no es nuestro problema, porque para mí la fe es un acto de modestia frente al mundo. Muchas veces es una impunidad. Puede usted escribirlo. Para mí, para Rigoberta Menchú, la fe es mi modestia frente al mundo.»{14}

Puesto que en aquel tiempo Lundius era consultor de la ONU, es posible que Rigoberta se sintiera obligada a recibirlo. Pero él no sabía nada de mi investigación (nos conocimos más tarde en Nueva York) y la veracidad de su testimonio nunca se presentó como tema, por lo menos en la mente de él. «Mi impresión es que se trata de una persona muy herida», me dijo Lundius, «particularmente cuando dijo que 'Yo, Rigoberta Menchú, soy el objeto de estudios' estaba reaccionado en contra de esto, estaba a la defensiva. Habla como si estuviera defendiendo a su pueblo, pero es fácil suponer que está reflejando un trauma muy personal. Este «nosotros» que ella asume lleva a conclusiones erróneas. Difiere tanto de las personas que conozco cuando salgo al campo, que están llenas de curiosidad acerca de sus raíces y quieren comunicarse con los extranjeros. Mi impresión es que hizo Me llamo Rigoberta Menchú cuando era demasiado joven. Ellos la tuvieron muy joven y ahora está madurando. Pero ahora es un enorme símbolo público que ya no puede ser ella misma, puesto que no se puede escapar del «nosotros» que se vio obligada a asumir y que todavía la tiene atrapada. Sospecho que Rigoberta no reacciona como una persona sino como el símbolo de un movimiento, y que teme revelarse como persona».

Notas

{1} Linde 1993:3, tal como se cita en Frank 1995.

{2} Juan Luis Font, «El galardón se va al exilio», Crónica, 23 de octubre de 1982, págs. 23-24; Golden 1992; «Support of the International Community for the Nobel Prize», Noticias de Guatemala, diciembre 1992, págs. 9-11; y David Loeb, «Rigoberta Menchú Wins Nobel Peace Prize», Report on Guatemala (Oakland, Calif.), Winter 1992, págs. 2-3, 14.

{3} Nelson 1993. Chiste citado en Tobar 1994:29.

{4} Burgos 1992.

{5} Font, «El galardón se va al exilio», pág. 23.

{6} Gregorio De Broi, «Nuevo sol» (entrevista con Rigoberta Menchú), Pensamiento Propio, marzo 1993, págs. 21-22.

{7} Evelyn Blanck, «Entrevista con Rigoberta Menchú: 'Con la crisis, todos aprendimos algo'», Crónica, 11 junio 1993, pág. 30.

{8} Lionel Toriello, uno de los fundadores del INC, publicó una descripción mordaz de una reunión con Rigoberta y sus asesores en la que aparentemente estaban recibiendo instrucciones por teléfono desde México («La noche que 'enloquecí'» , Siglo Veintiuno, 13 junio 1993, págs. 1-4, sección Opinión). Menchú y las organizaciones populares querían que el congreso dimitiera y fuera sustituido por una asamblea constituyente que redactara una nueva constitución (Haroldo Shetemul et al., «La caída de un dictador de papel», Crónica, 4 junio 1993, págs. 16-22).

{9} «La Nobel no ve, a veces», Siglo Veintiuno, 13 enero 1994, pág. 10.

{10} En defensa de Rigoberta, criticar al gobierno mexicano podía haber afectado a los muchos refugiados guatemaltecos que dependían de su buena voluntad. La rebelión Zapatista puso a toda la URNG en una posición delicada ya que el gobierno mexicano había tolerado durante muchos años que utilizaran Chiapas como base logística («Obispo y Nobel de la paz mediarán en enfrentamiento armado mexicano»; Prensa Libre, 10 enero 1994, pág. 4, y «¡Guerra a muerte piden contra el EZLN!», El Regional, 21 enero 1994, pág. 18).

{11} Oscar René Oliva, «Menchú duda de firma de la paz en diciembre», La República, 5 julio 1994, pág. 6.

{12} Menchú y el CUC 1992: entrevista con Bernardo Atxaga.

{13} MacFarquhar 1996:46.

{14} Según las notas de Jan Lundius, sobre una entrevista el 13 junio de 1994. Los corchetes corresponden a vacíos en sus notas.

 

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