David Stoll, Rigoberta Menchú y la historia de todos los guatemaltecos pobres
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Capítulo 15

La campaña por el Nobel

«El hecho de vivir en el exilio y su labor de denuncia, le han otorgado un papel simbólico sobre los avances de la democracia en el país, lo que se ha reflejado cada vez que ha retornado.» –Santiago Bastos y Manuela Camus, 1993.{1}

Luego de la derrota de principios de los 80, el liderazgo revolucionario pasó al exilio. Aparte de unas cuantas columnas guerrilleras aisladas, la Unión Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG) apenas contaba para su lucha con el simbolismo de los muertos, lo que lograba resultados más inmediatos ante las audiencias extranjeras que en su propio país. Las masacres del ejército habían destruido la credibilidad del movimiento revolucionario entre los campesinos, pero estas mismas masacres tuvieron el efecto paradójico de aumentar su credibilidad en el extranjero. Quienquiera que pudiera asumir el rol de denunciar al ejército, tendría autoridad moral; aunque se tratara de un movimiento armado que decía representar a las víctimas. Vista la situación desde cierta distancia, la sangre exculpaba a las organizaciones guerrilleras que tanto habían contribuido a su derramamiento.

Los comandantes de la URNG no estaban dispuestos a admitir que habían sido derrotados. Pero después del retorno de Guatemala a un gobierno civil en 1986, fueron conscientes de que negociar era su única esperanza, y la batalla para esto se tenía que librar en la arena internacional. Puesto que el ejército no veía razón alguna para negociar con un oponente tan débil, la URNG necesitaba un apoyo externo que compensara la falta de apoyo en el propio país. Ahí residía la importancia de la historia de Rigoberta, que podía ser utilizada para convertir una revolución muerta en un movimiento campesino, una guerra de guerrillas en una reivindicación de derechos humanos y una derrota doméstica en un reconocimiento diplomático en el extranjero.

A lo largo de la siguiente década, estas conversiones exigieron asimismo que la futura premio Nobel pasara de ser revolucionaria a activista indígena de los derechos humanos. Se distanció de la insurgencia y negó su relación con ésta.{2} Pero nunca repudió las afiliaciones que declaró en su testimonio, y su trabajo internacional se desarrolló paralelamente con las necesidades del movimiento guerrillero. A principios de 1983, según una publicación indígena, era «una de las 4 personas de la delegación de Guatemala de la URNG é que asistieron a las seis semanas de sesión de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas en Ginebra».{3} Un ex-combatiente de Nebaj recordó que en 1984 había visitado una base del EGP en el Ixcán, cerca de la frontera mexicana. «No tengan pena, no se desanimen luchando contra el ejército», recuerda que les dijo. «Yo por mi parte estoy trabajando internacionalmente, haciendo todo lo posible para obtener recursos para los combatientes y los refugiados».

De hecho, el trabajo de Rigoberta se concentraba en la arena internacional, pero probablemente su misión más importante no era la de captar fondos para la lucha armada. Era, más bien, la de despertar sentimientos de solidaridad entre las organizaciones indígenas y sus partidarios blancos. El movimiento indígena podría parecer una fuente obvia de apoyo para la guerrilla, pero no era así. En Guatemala, las relaciones con las asociaciones mayas nunca fueron muy cálidas. Ideológicamente, dos de las cuatro organizaciones de la Unión Revolucionaria Nacional Guatemalteca, las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR) y el Partido Guatemalteco del Trabajo (PGT), tenían poco espacio para las demandas étnicas. La EGP y la Organización del Pueblo en Armas (ORPA) sí lo tenían. Pero aunque una gran mayoría de sus combatientes fueran indígenas, los líderes de rango superior al de las columnas seguían siendo exclusivamente ladinos. Desconfiaban específicamente de las organizaciones mayas, y el sentimiento era mutuo. Por regla general los activistas mayas no estaban muy entusiasmados con el enfrentamiento armado con el estado.{4} Cuando los disidentes del EGP y de la ORPA articularon el nacionalismo maya y organizaron su propio grupo guerrillero, llamado Ixim, fueron reprimidos por los ortodoxos.{5}

A partir de 1982, sin embargo, un liderazgo derrotado ansiaba conexiones internacionales, incluidas las indígenas. Afortunadamente para Rigoberta, fuera de Guatemala se desconocía que hubiera una historia de conflicto con los activistas mayas. Puesto que Me llamo Rigoberta Menchú presenta la cultura maya como una base para la lucha revolucionaria, ella se convertía en una equilibrista profesional entre las perspectivas étnicas y de clase. Los derechos indígenas complementaron su enfoque general de derechos humanos, dirigido siempre a los abusos desmesurados del ejército guatemalteco. Aunque no impulsaba explícitamente al movimiento guerrillero, nunca lo criticó.

A medida que iban desapareciendo los Cristianos Revolucionarios Vicente Menchú y el FP-31, Rigoberta empezó a identificarse como miembro del Comité de Unidad Campesina (CUC) y de la Representación Unitaria de la Oposición Guatemalteca (RUOG). El segundo grupo había sido fundado en septiembre de 1982 por exiliados que apoyaban al URNG, Rigoberta incluida, para denunciar las violaciones a los derechos humanos y abogar por sanciones internacionales.{6} Para el trabajo indígena de Rigoberta, una de las recepciones más cálidas fue en el Consejo Internacional de Tratados Indígenas, una rama diplomática del Movimiento Indígena Americano que dirigió la ocupación de Wounded Knee en 1973. El Consejo Internacional ayudó a Rigoberta a ejercer presión en las Naciones Unidas, y en 1986 ella se sumó a su consejo de dirección. Bajo sus auspicios, y los de la RUOG, se convirtió en un personaje de las conferencias de la ONU para las organizaciones no gubernamentales (ONGs).

Celebran en Ginebra conferencias de ONGs un abanico de grupos –indígenas, feministas, ecologistas, de derechos humanos– que no se sienten representados por los gobiernos. Normalmente, no se pueden cumplir las resoluciones que toman. Pero se siguen reuniendo año tras año con una determinación loable para impulsar temas que, de lo contrario, las Naciones Unidas ignorarían. Si fuera indicativa la indignación que expresa cada año el gobierno guatemalteco ante las resoluciones de la ONU, tiene sentido el remolino de cabildeos, informes y discurso. A través de las innumerables conferencias a las que asistieron Rigoberta y sus compañeros, la presión internacional terminaría obligando al ejército guatemalteco a negociar con la guerrilla y aceptar observadores de la ONU en todo el país.

Cuatro años después de que Rigoberta contara su historia en París, Guatemala volvía a tener un gobierno constitucional. Pero las tres primeras administraciones civiles, la de Vinicio Cerezo (1986-1991), Jorge Serrano Elías (1991-1993) y Ramiro de León Carpio (1993-1996) estuvieron claramente dominadas por el ejército. En todas imperó la disensión en los cuerpos de oficiales. Aunque la política del ejército es bizantina, da la impresión de que los institucionalistas, que querían mantener un régimen constitucional, se veían confrontados periódicamente por los ultraderechistas, que resentían cualquier restricción de su licencia para matar y para demostrarlo fraguaban golpes de estado. La atmósfera era tan conspiradora que la diferencia entre las dos tendencias a veces parecía más imaginaria que real. En opinión de muchos observadores, era posible que los institucionalistas estuvieran utilizando a los ultras y las actividades sediciosas para obtener privilegios en el palacio presidencial.

éste era el medio amenazante al que regresó Rigoberta en abril de 1988, legalmente por primera vez desde su huida ocho años atrás. Fue arrestada a su llegada al aeropuerto como parte de una delegación del RUOG que trataba de establecer las conversaciones de paz. Según el gobierno, su papel de líder en el CUC la convertía en miembro del EGP, lo que significaba que debía solicitar una amnistía. Sus compañeros y ella fueron retenidos ocho horas, hasta que las manifestaciones callejeras y la intervención diplomática (a nivel del presidente de Francia) obtuvieron su puesta en libertad.

Rigoberta y sus colegas regresaron un año después, en febrero de 1989, esta vez para tomar parte en el diálogo nacional auspiciado por la Iglesia Católica. Estando prohibido el URNG, todo el peso de la representación del movimiento revolucionario recaía en los delegados del RUOG, que pronto empezaron a recibir amenazas de muerte, incluyendo un ramo de flores con una invitación a sus funerales y un carro bomba dejado en la puerta de su domicilio. Justo antes del carro bomba, Rigoberta partió rumbo a Italia para hablar con el Partido Socialista. Los italianos sabían cómo tratar el problema. En primer lugar, dieron un escaño diplomático a Rigoberta en el parlamento italiano hasta que pudiera ocupar sin peligro su puesto en el guatemalteco. En segundo lugar, lanzaron una campaña para que le concedieran el premio Nobel de la Paz.{7}

Pronto Rigoberta fue nominada por Adolfo Pérez Esquivel, el Nobel de la Paz argentino. Durante los siguientes años, los ganadores fueron el Dalai Lama del Tíbet, Mikhail Gorbachev de la Unión Soviética y Aung San Suu Kyi de Birmania. Puesto que hay una lista de espera considerable para el premio –cada año son designados más de cien candidatos– muchos son nominados más de una vez. En el caso de Rigoberta, el premiado sudafricano Obispo Desmond Tutu se sumó a Esquivel y la postularon para el premio de 1992. Su candidatura comenzó a alzar el vuelo con el quinto centenario de la colonización de las Américas.

Las organizaciones populares contra el Movimiento Pan-Maya

La campaña para el Nobel comenzó en el exterior ante audiencias extranjeras, pero su último objetivo era la sociedad guatemalteca. Durante años, Rigoberta había sido reconocida internacionalmente como líder indígena, pero en su país era una extraña para las personas que supuestamente representaba. La campaña para el Nobel presentaba ahora a los indígenas un nuevo tipo de héroe, dando a Rigoberta y a la URNG una oportunidad para atraer un público más amplio. A mediados de los 80 había comenzado a surgir una izquierda legal, aunque más cauta que el movimiento aniquilado a principios de la década. De las cinco organizaciones del Frente Popular 31 de Enero, sólo permanecía el Comité de Unidad Campesina. Ya no se llamaba a sí mismo una «organización revolucionaria de masas». Ahora era una «organización popular» que no reconocía sus vínculos con el EGP y que podía abrir sede en la Ciudad de Guatemala.

Durante su breve apogeo, el CUC se había envuelto en una mitología revolucionaria, pero fue sobrepasado por una nueva generación de organizaciones. Los líderes solían ser supervivientes de organizaciones populares anteriores. Si eran o no independientes de la URNG fue objeto de un debate interminable. El primero en abrir la brecha fue el Grupo de Apoyo Mutuo (GAM), formado por familiares de las personas que habían sido secuestradas por las fuerzas de seguridad. «¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos de vuelta!», coreaban los manifestantes del GAM, haciendo eco a las Madres de la Plaza de Mayo en Argentina. En 1985 dos de los fundadores del grupo fueron torturados y asesinados; diez años más tarde la fundadora superviviente, Nineth Montenegro, la viuda de un sindicalista y cuadro de la guerrilla secuestrado por las fuerzas de seguridad, fue elegida para el congreso.{8}

Otra organización nueva que se ganó una reputación heroica fue el Consejo de Comunidades Etnicas Runujel Junam (CERJ). Recurrió a la nueva constitución para oponerse al reclutamiento forzoso de campesinos para las patrullas civiles. En el transcurso de dos años veintiséis miembros fueron asesinados o desaparecieron.{9} A pesar de que era una organización indígena, el CERJ fue fundado por un maestro ladino llamado Amílcar Méndez, que parecía cargar sobre sus hombros el récord nacional de amenazas de muerte aunque también sobrevivió y fue elegido diputado del congreso en 1995.

Una tercera organización era la Coordinadora Nacional de Viudas de Guatemala (CONAVIGUA). Al igual que el CERJ, surgió en el sur de El Quiché en 1988 y organizó filiales locales en municipios que aún estaban bajo el puño del ejército. No era fácil organizar a las viudas. Muchas dependían de las limosnas, siendo por ello vulnerables a coacciones flagrantes. Muchas eran estrechamente vigiladas por los vecinos que acusaban a sus difuntos maridos de haber sido guerrilleros. Pero CONAVIGUA supo utilizar los proyectos de socorro para organizar a las viudas de cara a diferentes fines, incluyendo una fructífera campaña contra las redadas de reclutamiento forzoso del ejército. Aunque el gobierno reveló que la líder de CONAVIGUA Rosalina Tuyuc tenía un hermano que era comandante del EGP, ello no impidió que también fuera elegida para el congreso.

A excepción de Amílcar Méndez, los líderes más conocidos del movimiento popular –Nineth, Rosalina y Rigoberta– eran mujeres cuyos esposos o padres habían muerto en la violencia. Si el CERJ era predominantemente masculino, GAM y CONAVIGUA estaban formados principalmente por mujeres, y en las organizaciones rurales era frecuente que las mujeres tuvieran el liderazgo, en parte puesto que era menos probable que las mataran. En vez de hacer propaganda directa de la URNG, lo que habría asustado y alejado a muchos de sus miembros, las nuevas organizaciones se centraron en las violaciones a los derechos humanos perpetradas por el ejército. Si bien su presencia en muchos municipios era mínima, no fue así en otros, a pesar de las amenazas que recibían del ejército.

Las organizaciones Pan-Mayas también atravesaron un periodo de renacimiento. Antes de la guerra habían tenido fuerza en la franja central del altiplano, que se extiende a lo largo de la carretera Panamericana desde Chimaltenango a Quetzaltenango. Aquí una economía de pequeño comercio, producción artesanal y pequeña manufactura controlada por los indígenas había dado lugar a una burguesía indígena. La igualdad cultural y política era el siguiente tema de la agenda. Las organizaciones mayas de antes de la guerra no habían sido tan severamente reprimidas como el CUC y la izquierda, pero la mayoría se había desarticulado durante un periodo en el que cualquier actividad podía atraer a los matones del ejército. A principios de los noventa, habían recuperado cierta confianza como para lanzarse a nuevas proyectos que los donantes internacionales estaban dispuestos a financiar. Surgieron cientos de organizaciones mayas nuevas, con una actitud crítica tanto hacia el movimiento guerrillero como hacia el estado.

Para subrayar la novedad de este desarrollo, debería reiterar que el término «maya» casi no aparece en el texto de Me llamo Rigoberta Menchú. Sólo encontré tres referencias, dos de ellas aparecen en la introducción de la editora. El único uso que hace Rigoberta de este término es para hablar de instrumentos musicales antiguos.{10} Hasta hace poco, para sus vecinos ixiles los mayas eran una raza antigua y mágica que vivía en cuevas y que se diferenciaba de los cristianos en que tenían seis dedos en las manos y seis en los pies. La mayoría de los indígenas sigue identificándose a si mismo según su aldea o municipio, o como hablantes de una lengua determinada, y después, quizá, como mayas. En los medios de información sólo a partir de principios de los noventa fue políticamente obligado referirse a los indígenas como mayas. En las aldeas, los campesinos aún pueden rascarse confusos la cabeza en respuesta a un discurso apasionado sobre la conciencia maya.

Sin embargo esta era la nueva fuente de legitimidad que alejaría a Rigoberta del movimiento que la lanzó. El movimiento Pan-Maya reivindicaba, por lo menos, que se acabara la discriminación y se consiguiera un nuevo nivel de reconocimiento para su cultura. Sin embargo, la igualdad lingüística en las instituciones del estado suponía un problema inquietante para los ladinos, ya que pocos hablaban una lengua maya. Aún más inquietantes eran las propuestas de autonomía política y territorial, que resultaban difíciles, por no decir imposibles, de incorporar a una forma republicana de gobierno. Estos temas conseguían caldear el ambiente en cualquier reunión. Tal como predijo con tristeza un uspantano, «El nuevo enemigo será el indígena, y no porque estemos pensando en otro levantamiento, sino sólo por pedir nuestros derechos».

Nacional e internacionalmente, la izquierda estaba atravesando otro de sus eclipses periódicos, coincidiendo con la desintegración de la Unión Soviética y sus estados aliados. Incluso la venerable revolución cubana parecía a punto de colapsar. Se necesitaban nuevas fuentes místicas. Si una de ellas podía ser la de los derechos humanos, otra eran los indígenas. Rigoberta estaba bien situada en la intersección de tres caminos: la izquierda, el movimiento indígena, y los derechos humanos. El hecho de que no fuera arrollada es un tributo al desarrollo de su habilidad diplomática. Se podría pensar que el fervor étnico que expresó en su testimonio de 1982 da fe de sus credenciales como líder indígena, pero éste se convirtió en una parábola sobre cómo aprender a confiar en la izquierda. Puesto que la URNG nunca fue capaz de promover a los indígenas hasta el rango más alto, Rigoberta ejemplificó la subordinación ante el liderazgo ladino hasta que se pudo demostrar lo contrario.

Los revolucionarios guatemaltecos de principios de los ochenta fueron algunos de los primeros marxistas latinoamericanos que reclutaron a un número importante de indígenas. Personajes sin precedentes como Rigoberta Menchú o Rosalina Tuyuc no son la única señal de que se había instaurado un proceso de empoderamiento. A juzgar por los cuadros y excombatientes que he conocido en el norte de El Quiché, miles de jóvenes mayas educados en el movimiento guerrillero proporcionarán un nuevo tipo de liderazgo hasta bien avanzado el siglo entrante. Aún así, el fracaso de la revolución había minado su reivindicación de que representaba a los indígenas. Independientemente de cuántos cuadros produjera, su credibilidad de cara a los mayas fue limitada hasta que se reinventaron a si mismos. La cuestión más compleja que se planteaba era si la organización étnica debería integrarse dentro de un movimiento de clases más amplio o si debería mantenerse aparte, alineada con la izquierda en muchos aspectos pero insistiendo en su propio enfoque.

Gracias a la progresión de Rigoberta de una aldea indígena a una lucha de clases capitaneada por los ladinos, su vida ya había encarnado el debate cuando conoció a la antropóloga que registró su historia. Para los marxistas que se adentraron en el campo de los estudios étnicos, la colaboración Menchú-Burgos se convirtió en un texto clásico debido a su descripción del despertar político de una joven que convirtió la tradición indígena en una plataforma para la política clasista. Precisamente por esta misma razón, los líderes Pan-Mayas tenían opiniones contradictorias acerca de ella.{11} Los testimonios de Rigoberta sobre la brutalidad del ejército hacían eco de sus propias experiencias, pero no así la confianza que ella depositaba en la guerrilla. Puesto que seguía defendiendo la misma postura que en su testimonio de la década anterior, muchos activistas mayas no creían que ella los representaba.

La conferencia del Quinto Centenario en Quetzaltenango

Con la denominación del Nobel en el aire, Rigoberta se convirtió en un personaje nacional en octubre de 1991, en el Segundo Encuentro Continental sobre 500 años de Resistencia Indígena, Negra y Popular. La conferencia se celebró en la segunda ciudad de Guatemala. Ciento cincuenta años antes, los burgueses ladinos de Quezaltenango habían proclamado una República Independiente de Los Altos, lo que resultó en su arresto y fusilamiento. Ahora, en el corazón de la región maya, estaba en pie un nuevo tipo de independencia. El encuentro de los «500 años» atrajo a delegados de todo el hemisferio para planificar el quinto centenario y apoyar al movimiento indígena del país. Hubo una gran marcha de las organizaciones populares por toda la ciudad, y Rigoberta era su héroe.

«Rigoberta es como una santa, un impresionante símbolo indígena que está ganando un poder increíble», me dijo un estadounidense. «Cuando hizo su entrada en la conferencia, la gente coreaba su nombre. Tiene un perfil mucho mayor que el que el gobierno está dispuesto a admitir. Alguien habló de postularla para la presidencia; muchos indígenas votarían por ella. En Quetzaltenango había entre veinte y veinticinco mil personas, principalmente de Sololá, Totonicapán y demás. Los vi desfilar durante una hora y media, con banderines y pancartas, y cada grupo hacía referencia al CUC. Eso es el grupo de Rigoberta. Es la cabeza de un movimiento indígena muy poderoso y en alza constante. Parece que todo el mundo la apoya».

Había muchos partidarios extranjeros, como suele suceder en los encuentros indígenas, a menos que haya sido expresamente prohibido. «La reunión estaba plagada de gringos», comentó otro estadounidense. «Y de más guatemaltecos de los sectores populares que de indígenas, cuya representación era débil. La manifestación fue muy grande, con la presencia del sector popular, CONAVIGUA y otras organizaciones... Rigoberta era el centro de atención. Había allí cientos de periodistas extranjeros, muriéndose por entrevistarla. Los extranjeros se dedicaron a adular a esta mujercita campesina. Eran tan lisonjeros y tan poco críticos que resultaba irritante. Yo estaba a punto de vomitar. Nadie le hizo una pregunta comprometedora. Estaban demasiado obnubilados, no estaban dispuestos a preguntar algo como: ¿Cuál es la relación entre el CUC y la URNG?»

Aun si Rigoberta era un símbolo de unidad, no logró enmendar la falla geológica que dividió la conferencia. Se supone que un acontecimiento de esta magnitud representa a poblaciones completas, pero, ¿quiénes exactamente deberían ser invitados a participar como delegados? Ahora que había disminuido la represión, Guatemala bullía con todo tipo de iniciativas. En ninguna parte era esto tan evidente como entre los indígenas, a los que un número creciente de grupos trataba de representar de un modo u otro.

La organización de la conferencia había recaído en la red disponible más capacitada, las organizaciones populares alineadas con la URNG. Se le otorgó al CUC el honor de hacer la convocatoria, de ahí el prominente despliegue de su nombre. Pero esto se hizo para invocar una continuidad con el pasado, no como una alternativa práctica para la organización del evento, porque el CUC no era lo bastante grande o capaz. En realidad, el encuentro fue organizado por una coalición de activistas del CUC y otros aliados de la URNG. Puesto que estas organizaciones creen representar al pueblo de Guatemala, eligieron entre sus propias filas a la mayor parte de la delegación nacional. Como su composición étnica no era únicamente maya, decidieron que el equilibrio étnico apropiado para el encuentro de los quinientos años de resistencia indígena y popular era una delegación en la que la mitad de los miembros eran ladinos.

La mitad maya procedía principalmente de la nueva coalición, Majawil Q'ij (Nuevo Amanecer). Fueron excluidos los líderes independientes, que para entonces habían formado su propia red, la Coordinadora de Organizaciones Mayas de Guatemala (COMG). Para ellos, la opresión étnica era más importante que la cuestión de clase, tal como lo habían demostraba los líderes ladinos de la URNG utilizando a los indígenas para librar su guerra. Tras una larga historia de discriminación étnica, los mayas se merecían un trato especial. La izquierda tendría que aceptar las reivindicaciones indígenas aunque no encajaran con el programa más grande de lucha de clases. Para las organizaciones alineadas con la URNG, esta forma de pensar era peligrosa. Consideraban que el mayismo radical era una amenaza para la unidad popular. Pocos delegados independientes fueron elegidos, y estuvieron excluidos de la dirección del encuentro. Para vergüenza de los antropólogos estadounidenses que participaban como delegados, reconocidos intelectuales mayas acabaron siendo espectadores sin derecho a hablar. Criticaron que los organizadores del encuentro eran guerrilleros disfrazados, y fueron por ello tildados de destructivos, chauvinistas y retrógrados.{12}

Estaba claro que Rigoberta tomaba partido por la URNG, no por las organizaciones exclusivamente mayas. Esto le valió que la criticaran de ser otra indígena colonizada por el movimiento guerrillero. Pero hasta los mayas independientes se quedaban impresionados por su talla internacional. No estaban dispuestos a enfrentarse a ella, al menos no en público. Aunque el encuentro amplió la brecha entre los dos sectores, la reputación de Rigoberta como constructora de unidad entre mayas y ladinos permaneció más o menos intacta. Una de las razones era su lema de que los honores que estaba recibiendo eran para el pueblo indígena en general, no sólo para ella.

El encuentro del quinto centenario se convirtió en la plataforma para la campaña del Nobel dentro de Guatemala. Estrictamente hablando, una nominada no hace campaña por el premio, puesto que el laureado es elegido por un comité noruego, al que sólo se puede acceder a través de contactos bien elegidos. Pero no es raro que los candidatos y sus partidarios aboguen por la causa. En el caso de Rigoberta, ella se tomó la nominación muy en serio, como un medio para protestar por las violaciones del ejército frente a sus propias narices. Dentro de Guatemala, la nominación se podía utilizar como emblema de legitimidad para organizar a una población intimidada. Era una señal de reconocimiento internacional que podía impulsar a los guatemaltecos a expresarse a si mismos, así como una grieta derrumba un muro de silencio. Esta era su recompensa por tantos años de identificarse como la representante de su pueblo: la oportunidad de demostrar que lo era. Fuera cual fuese el publico guatemalteco que conseguiría atraer, proporcionaría una base firme para su reputación internacional.

A lo largo del siguiente año, el nombre de Rigoberta fue propagado como el evangelio por las organizaciones populares de la izquierda.{13} Su testimonio fue una odisea maya, la de una joven nacida en una aldea oprimida, pero cohesiva, que se une a la militancia a finales de los 70, sobrevive a la contrainsurgencia de principios de los 80, huye al exilio, y luego regresa triunfante a su patria. Esta era la historia que según Rigoberta era la historia de todos los guatemaltecos pobres. Ahora estaba siendo repatriada: ¿La aceptarían los guatemaltecos como una de los suyos? Flanqueada por escoltas de extranjeros en su comitiva, Rigoberta aumentó sus visitas y las organizaciones populares congregaron a miles de personas para recibirla. La campaña para el Nobel abrió territorios nuevos al movimiento popular, en lugares donde los campesinos todavía vivían con miedo. Indudablemente había militares que querían poner fin al espectáculo, pero el alto mando no era tan imprudente como para atacar a una candidata al Nobel. Gracias al apoyo internacional, Rigoberta pudo hacer campaña en el altiplano central, a lo largo de la Carretera Panamericana. Sin embargo, nunca visitó el departamento donde había nacido.

¿Por qué Rigoberta?

«El Comité Nobel ha decidido premiar con el Nobel de la Paz 1992 a Rigoberta Menchú, de Guatemala, en reconocimiento por su labor a favor de la justicia social y de la reconciliación etno-cultural basada en el respeto por los derechos de los pueblos indígenas. Al igual que muchos países de América del Sur y América Central, Guatemala ha sufrido grandes tensiones entre los descendientes de los inmigrantes europeos y la población indígena nativa. Durante los años setenta y ochenta esta tensión llegó al punto álgido con la represión masiva de los pueblos indígenas. Menchú ha representado un papel cada vez más destacado como defensora de los derechos nativos.
Rigoberta Menchú creció en la pobreza, en una familia que conoció la represión y la persecución más brutales. En su trabajo político y social, siempre ha tenido presente que el objetivo final de la lucha es la paz.
Hoy, Rigoberta Menchú destaca como un símbolo viviente de paz y reconciliación a pesar de las líneas de división étnicas, culturales y sociales, en su propio país, en el continente americano y en el mundo.»
–Oslo, 16 de octubre de 1992.{14}

El premio de la paz lleva el nombre del inventor sueco de la dinamita, Alfred Bernhard Nobel (1833-1896), que quiso crear un arma tan destructiva que convirtiera la guerra en algo impensable. Algunos de los premios dotados por su desasosegada conciencia han demostrado ser tan contradictorios como sus pronósticos para el nuevo explosivo. Cada año se concede una medalla y un premio en efectivo (Rigoberta recibió 1,2 millones de dólares) a la persona que «más haya contribuido a la confraternidad entre las naciones, a la abolición o reducción de los ejércitos o a celebrar y promover congresos por la paz».{15} Si el comité Nobel tuviera que elegir únicamente a individuos santificados que encajaran en esta descripción, los premios irían a parar a manos de utópicos chiflados. El abanico actual de laureados es más amplio de lo que Alfred Nobel pudo haber imaginado cuando redactó su testamento en 1895, aunque sólo sea porque las amenazas a la paz son muy distintas a aquellas a las que estaban acostumbrados los estadistas de su época.

Entre los ganadores recientes se incluyen diplomáticos como el presidente de Costa Rica, Oscar Arias (1987), por impulsar las negociaciones de paz en tres países centroamericanos; defensores de los derechos humanos como Adolfo Pérez Esquivel (1980), por denunciar los abusos de los militares argentinos; y parangones de la caridad como la Madre Teresa (1979){16}. El premio también ha sido concedido a líderes de la oposición, a pesar de sus vínculos con la resistencia armada en contra de regímenes ilegítimos, incluyendo al Dalai Lama, de un Tíbet ocupado por los chinos (1989); a Aung San Suu Kyi, prisionero durante años por la dictadura militar de Birmania (1991); y a José Ramos-Horta y Carlos Ximenes Belo, de Timor Oriental (1966). También ha habido estadistas bélicos que cambiaron de trayectoria, como el premio de 1973 para Henry Kissinger, de los Estados Unidos, y Le Duc Tho, de Vietnam del Norte (dos miembros del comité Nobel dimitieron en señal de protesta). Ni siquiera un historial personal de terrorismo es motivo de descalificación: En 1978 el Primer Ministro de Israel, Menachem Begin, compartía el premio con el presidente Anwar Sadat de Egipto, a pesar de los ataques del primero a las autoridades británicas de Palestina treinta años antes.

En un sentido importante, Rigoberta tenía mejores credenciales que muchos otros laureados de la paz. Puesto que nunca había estado a cargo de una organización estatal o semi estatal, no podía ser administrativamente responsable de violaciones a los derechos humanos.{17} Aun así, su elección revivió el debate acerca de los parámetros de aceptabilidad ya que su testimonio de 1982 defiende claramente la violencia. Invocando la Biblia como precedente, Rigoberta hace cócteles molotov, aprueba las amenazas de bomba como táctica y se plantea si se debe ejecutar a una anciana acusada de ser informante (afortunadamente para la futura laureada de la paz, se juzgó inocente a la sospechosa){18}. Otra objeción era que Rigoberta seguía perteneciendo al movimiento guerrillero. El comité Nobel eludió este tema decidiendo que era algo que no se podía saber con certeza. Teniendo presentes dichos problemas, no se refirió explícitamente a los dos beligerantes en su declaración. En vez de ello, el comité atribuyó la violencia política de Guatemala a la tensión étnica. El comité también eludió cualquier referencia explícita al libro que había hecho famosa a Rigoberta, como para evitar dudas al respecto.

Pero, ¿por qué premiar a una indígena? Las deliberaciones del comité noruego son secretas, tanto por costumbre como por estatutos, pero las razones no son difíciles de suponer. Los 113 candidatos de 1992 incluían a Nelson Mandela de Sudáfrica, a Vaclav Hadel de Checoslovaquia, y a Javier Pérez de Cuéllar, ex-secretario general de las Naciones Unidas. En compañía tan distinguida, la razón más obvia para elegir a una indígena era el quinto centenario. Según el periodista noruego Henrik Hovland, hubo un sub-contexto local en la decisión, el sentido de culpa por los saami, los pastores indígenas de renos que vivían en el norte de Noruega.

Los noruegos tomaron consciencia de su propia historia de colonialismo cuando los saami se opusieron ferozmente a la presa Alta-Kautokeino, que anegaría parte de sus tierras ancestrales. Los saami perdieron, pero el conflicto les enseñó a organizarse, y también desencadenó divisiones obvias en el gobierno socialdemócrata de Noruega. Durante el conflicto Alta-Kautokeino, en 1981, el Partido Laboral cambió su directiva y sustituyó al Primer Ministro, Odvar Nordli. Nordli pasó a ser uno de los cinco miembros del comité Nobel que concedió el premio a Rigoberta. «Para Nordli y otros socialdemócratas», opina Hovland, «es posible que premiar a Rigoberta fuera también una forma de expiar culpas. Fuera o no el caso, yo creo que es algo que un gran número de noruegos sentía colectivamente».{19}

Después del premio, hubo algunas murmuraciones en el movimiento indígena internacional en el sentido de que la primera lealtad de Rigoberta no estaba con los derechos nativos. Este sentimiento había surgido en los años ochenta a raíz de un enfrentamiento entre activistas indígenas, por la rebelión de los miskitos contra el gobierno sandinista de Nicaragua. Puesto que los miskitos estaban financiados por la CIA, la izquierda internacional apoyaba a los sandinistas. En el movimiento indígena, los partidarios de los miskitos y los de los sandinistas polemizaban unos contra otros.{20} Eventualmente los sandinistas persuadieron a los rebeldes para que negociaran, pero no antes de que la polémica desvelara las lealtades de Rigoberta. Ella apoyaba firmemente a los sandinistas. Defendió su causa en los foros internacionales, contradijo a los líderes miskitos que denunciaban violaciones a los derechos humanos y les recordó sus deberes hacia la causa antiimperialista. Para los enemigos que hizo Rigoberta, era demasiado obvio que sus primeras lealtades eran hacia la internacional marxista. Cuando recibió el Nobel, sin embargo, guardaron silencio. Las acusaciones sólo servirían para desviar la atención en un momento único de reconocimiento a los derechos indígenas.

El comité Nobel pudo haber honrado a una organización, tal como en el caso de Amnistía Internacional (1977) y de las Fuerzas de Paz de las Naciones Unidas (1988). Para el quinto centenario, se habría podido pensar en entidades como el Grupo de Trabajo de las Naciones Unidas para los Pueblos Indígenas, o en etnias bien organizadas como los kayapós del Brasil o los kunas de Panamá. El proceso para las nominaciones no es muy restrictivo, pero no se propuso a ninguno de estos candidatos. En cuanto a individuos con un nombre internacionalmente reconocido, había pocos para escoger. La poderosa historia de Rigoberta y las fuerzas políticas que la promovían eclipsaron cualquier otra posibilidad.{21} Además, con ninguna otra persona se representaba un papel doble: honrar los derechos de los indígenas y denunciar una de las guerras civiles más largas de Latinoamérica.

La referencia a Guatemala era crucial porque la nominación de Rigoberta no había sido promovida por el movimiento de derechos indígenas. En vez de ello, procedía de las redes de solidaridad que apoyaban a los movimientos revolucionarios centroamericanos. Para los grupos guerrilleros que buscaban como sobrevivir a la caída del bloque soviético, a la bancarrota de Cuba y al agotamiento de las estrategias de finales de los setenta e inicio de los ochenta, tenía sentido jugar a la carta indígena. He aquí un nuevo movimiento social al que la izquierda podía dar el espaldarazo. En Europa, también eran receptivos los socialdemócratas, cuyos sentimientos definen lo aceptable en cuestión de premios Nobel. En este medio no resulta difícil encontrar visiones románticas de la guerrilla y del indígena noble y oprimido. Tales presunciones raras veces son contradecidas por los medios de difusión escandinavos, que en Centro América dependen de las colaboraciones de jóvenes idealistas y no de corresponsales más cínicos y experimentados. La neblina resultante ha permitido que los socialdemócratas europeos, que lucharon con uñas y dientes para derrotar a los revolucionarios marxistas en sus propios países, se entusiasmen con las revoluciones marxistas de América Latina.

En el caso de Guatemala, los socialdemócratas de varios países, incluyendo Noruega, Suecia, y Holanda, estaban listos para invertir en organizaciones alineadas con la URNG tales como CONAVIGUA, GAM, CUC y las CPRs. Es posible que los socialdemócratas también contribuyeran directamente con la guerrilla, a través de los partidos políticos más que de los gobiernos que controlaban, especialmente después de que Cuba se extinguiera como fuente de financiamiento. De ahí los rumores que surgieron en 1994, que los partidarios europeos, cansados de la contribución de la URNG en la paralización de las conversaciones de paz, amenazaban con cortar los fondos. Esta fue la implicación eventual de un premio Nobel que, en aquel tiempo, iba dirigido contra el ejército. Independientemente de cuánto simpatizaran los socialdemócratas europeos con la guerrilla, también querían que llegara a su fin la última guerra civil de Centro América. Honrando a un personaje como Rigoberta no sólo se enviaba un mensaje al ejército guatemalteco. También implicaba que, tarde o temprano, el apoyo europeo a la URNG dependería finalmente de su disposición a detener la lucha.

¿Paz con Justicia o un Nobel para más guerra?

«Pregunta: ¿Cuál es el grupo sanguíneo de Rigoberta?
Respuesta: URNG positivo.»
–Chiste que circulaba en Guatemala, 1993.{22}

Tras el grado de terror en el norte de El Quiché, nunca esperé que miembros de la familia Menchú siguieran viviendo en la escena, y mucho menos que quisieran hablar de sus experiencias. Sin embargo, cuando visité Uspantán por primera vez, en junio de 1989, la municipalidad me refirió inmediatamente a un hombre que podía tratar el tema con autoridad. Aunque escaparon por los pelos, la mayoría de los Menchú habían sobrevivido a la violencia. Sabían que Rigoberta estaba viva y que era famosa, pero sólo tenían una idea vaga del libro. Aparentemente ignoraban el contraste entre sus recuerdos y los de ella. En 1991, luego de oír una versión sorprendentemente distinta de los hechos, me sentí obligado a informar a mi interlocutor de la discrepancia. No obstante, quiso que su historia fuera grabada al igual que lo había sido la de Rigoberta. Tras un breve intento, frustrado por causas ajenas a nuestra voluntad, se abandonó el proyecto. Entre otras cosas, yo no quería ser responsable de una versión diferente de los hechos en la misma familia.

Mi descubrimiento de 1989 coincidió con las primeras conversaciones acerca de presentar a Rigoberta para el premio de la paz. Mis siguientes visitas coincidieron con su campaña para el Nobel y el inicio de la conversaciones de paz entre el gobierno y la URNG. Desgraciadamente, por la época en la que fue premiada Rigoberta, las esperanzas creadas por el inicio de las conversaciones de paz estaban marchitándose. Tanto los comandantes como los generales consideraban las negociaciones como un medio de renovar la legitimidad que necesitaban para proseguir la guerra. El ejército no veía motivo alguno para renunciar a lo que había ganado. ¿Que mejor excusa para seguir militarizando al país que unas cuantas columnas guerrilleras que no suponían ninguna amenaza seria? En cuanto a la URNG, seguía reivindicando que hablaba en nombre de las masas. Si la mayoría de los guatemaltecos decían que estaban hartos de la guerra o que querían que la guerrilla dejara de luchar, era porque estaban demasiado aterrorizados para expresar su apoyo. Por lo tanto la URNG seguiría luchando hasta lograr «paz con justicia», es decir, grandes concesiones en la mesa de negociación.

Puesto que el testimonio de Rigoberta justificaba la necesidad histórica de lucha guerrillera, yo me preguntaba si los grandes honores que le habían concedido validarían la estrategia de la URNG de prolongar la guerra hasta obtener concesiones improbables. La primera propuesta de mi investigación comenzaba así: «El tema de este proyecto es la posibilidad de que una Premio Nobel de la Paz pueda tener el efecto paradójico de racionalizar la continuación de la violencia». Los partidarios extranjeros habían aceptado poco a poco la derrota de la guerrilla, con el resultado de que todo el mundo esperaba que hubiera un fin negociado para la lucha. Sin embargo la mayoría de los activistas, y más de un académico, seguían aceptando la versión de la guerra expresada por la URNG. Creían que el movimiento guerrillero surgía a partir de las necesidades locales, que era la respuesta inevitable a la represión, y que representaba las aspiraciones populares. Siendo así, los extranjeros que deseaban solidarizarse con el pueblo guatemalteco apoyaban la postura de la URNG de no entregar las armas hasta obtener grandes concesiones.

El prestigio de Me llamo Rigoberta Menchú era tal que, cuando comencé a hablar de mis averiguaciones en 1990-1991, algunos de mis colegas las consideraron sacrílegas. Yo había traspasado los límites de la decencia. Quienes aún consentían en hablar conmigo, señalaban que al contradecir la historia de Rigoberta no sólo hacía daño a la que pronto sería Nobel de la Paz sino al movimiento indígena, a la izquierda guatemalteca, a su capacidad de trabajar juntos, incluso a las conversaciones de paz. Compartí su preocupación por el último punto. La historia de Rigoberta había centrado la atención internacional en un conflicto que fácilmente podía ser ignorado. En un momento en el que el compromiso del ejército con las conversaciones de paz era bastante incierto, no parecía una buena idea minar la credibilidad de su azote más conocido.

Algunos colegas también me advirtieron que un antropólogo blanco no tenía derecho a contradecir el derecho de una indígena a contar su propia historia. Avergonzados por su asociación con el poder occidental, los antropólogos cada vez tienen más reparos para imponer su propio marco interpretativo a las narrativas de los demás, especialmente cuando se trata de víctimas del colonialismo. Esto implica una creciente renuencia a juzgar la verdad de lo que nos dicen. Sin embargo, no haber sometido el testimonio de Rigoberta a un juicio crítico tuvo costos definitivos. El más grave fue permitir que su voz internacionalmente amplificada ahogara las voces de los campesinos que ella decía representar, que no consideraban a la guerrilla como una contribución a sus necesidades, que más bien la consideraban otro problema más, y que querían que la guerra se acabara mucho antes de lo que se acabó.

Una sugerencia de mis colegas fue que yo hiciera que se escucharan estas otras voces sin confrontar la historia de Rigoberta. En lugar de utilizar historias contradictorias para construir mi propia versión de los hechos, lo que desmentiría la de Rigoberta, debería basar mi investigación únicamente en la comparación de narrativas. En lugar de procesarla por distorsionar lo que había pasado «realmente», en lugar de privilegiar mi propia versión de los hechos, el resultado sería una comparación de perspectivas, donde yo señalaría las diferencias entre versiones, sugeriría las circunstancias que habían generado cada versión y propondría por qué motivo la suya ganó tanta credibilidad.

Este procedimiento hubiera sido más diplomático que el que yo seguí. Pero, ¿era práctico? ¿Qué se suponía que debería hacer con los documentos, principalmente informes de derechos humanos y solicitudes de tierras? Los académicos saben que los documentos no son un juzgado final de apelaciones; pueden traer más mentiras que estadísticas. Pero establecen parámetros, mediante fechas y acciones oficiales, para evaluar el testimonio oral. Elaborados en el calor del conflicto, los documentos también pueden hablar más sinceramente que sus autores décadas más tarde. No podía ignorar los documentos sólo porque indicaran que la versión Rigoberta era imposible. Tenía que incorporar su autoridad a mi relato o ignorar lo que revelaban.

La razón principal por la que decidí no limitarme a comparar narrativas es que no quería ceder el derecho, como un observador externo, de juzgar la veracidad de lo que estaba oyendo. El precio hubiera sido demasiado alto. Considérense todas las historias contradictorias que había oído sobre tres temas: conflictos por la tierra, participación en organizaciones clandestinas y responsabilidad por las muertes. Principalmente lo que yo estaba oyendo eran narrativas de victimización, a menudo las reclamaciones recíprocas en torno a la victimización que se hacen los enemigos mutuamente. Negarse a juzgar cuál historia era más digna de crédito significaría, en un lugar como Uspantán, conceder la misma credibilidad a un colaborador del ejército que a la viuda del hombre que éste había asesinado. Si los extranjeros tienen algún función constructiva a realizar en un lugar como el norte del El Quiché, sólo podemos decidir cómo nos posicionamos si nos mantenemos a una distancia respetuosa de las historias sobre la victimización y sopesamos su credibilidad.

Notas

{1} Bastos y Camus 1993:69.

{2} «Decidida a luchar por la justicia social, pero renuente a sumarse a la guerrilla, eligió el camino más pacífico del activismo comunitario» (Kasey Vannett, «Activist Fights to Preserve Indigenous Culture», Times of the Americas, 22 de enero de 1992, pág. 7). La misma transformación también es evidente en el relato de Rigoberta de 1997 (Menchú et al. 1998).

{3} «Organization of the People in Arms: Indians in Guatemala», Indigenous World, (San Francisco), 2 (2) (1983):4-5.

{4} Falla 1978 y Arias 1985.

{5} Este es un tema tabú que todavía tengo que ver bien documentado. Sin embargo, Mario Roberto Morales (1994:87-88) describe dichas matanzas en su novela documental Señores bajo los árboles.

{6} Los otros miembros eran Raúl Molina, Rolando Castillo Montalvo, Frank LaRue y Marta Gloria Torres (Menchú et al. 1998:299-302).

{7} «Hostigamiento a la RUOG», Diario El Gráfico, 13 de mayo de 1989, pág. 7. «Rigoberta Menchú, una persona que no merece el Premio Nobel», Prensa Libre, 22 de mayo de 1989, pág. 4, y «A Nobel Prize for an Indigenous Woman», Noticias de Guatemala, 165, junio de 1989, págs. 1-3.

{8} Amnistía Internacional 1987:136-148 y Simon 1987:209, 212.

{9} Bastos y Camus 1993:86.

{10} Burgos-Debray 1984:xvi, xix, 154.

{11} Para una referencia excepcional sobre los sentimientos divididos, que omite el tema de los vínculos de Rigoberta con la URNG, véase Bastos y Camus 1993:181-184 y 1995:32-36. Bastos y Camus detallan el desarrollo organizacional de las ramas clasista (URNG) y etnicista del movimiento maya, incluyendo los intentos periódicos para unificarlos, aunque Stener Ekern (1997) proporciona un análisis más franco de las contradicciones involucradas. Para las diferentes formas de activismo lingüístico y cultural que persiguen los mayas, véase la colección de Edward Fisher y McKenna Brown (1996).

{12} Esta crónica de la conferencia se debe a Smith 1992; Bastos y Camus 1993:95-97, 169-175; y Hale 1994.

{13} Según el relato de Rigoberta de 1997, el equipo de coordinación de la campaña estuvo formado por Rosalina Tuyuc de CONAVIGUA, el líder sindical Byron Morales de la Unión de Acción Social y Popular (UASP), el pastor kaqchikel Vitalino Similox del Concilio de Indígenas Evangélicos de Guatemala (CIEDEG), Arlena y Rolando Cabrera y la periodista Luz Méndez de la Vega (Menchú et al. 1998:320, 327).

{14} Golden 1992.

{15} Fundación Nobel, «Nobelstiftelsen: Statutes of the Nobel Foundation», Stockholm, 1988, pág. 1. Para una biografía de Nobel, véase Fant 1993.

{16} Para una perspectiva diferente sobre la Madre Teresa, véase Hitchens 1995.

{17} Un año después de la nominación de Rigoberta, el premio fue para F.W. de Klerk y Nelson Mandela de Sudáfrica, a pesar de que diez mil personas habían muerto a causa de la violencia política desde que Klerk pusiera en libertad a Mandela. Aun después del premio, los dos co-laureados se acusaban mutuamente de no hacer lo suficiente para controlar a las diferentes fuerzas de seguridad y pandillas callejeras que controlaban. El premio de 1994 resultó más controvertido todavía. Fue para Yitzhak Rabin, primer ministro de Israel, y Yasir Arafat, presidente de la Organización para la Liberación de Palestina. Un miembro del comité Nobel dimitió aduciendo que Arafat seguía defendiendo el terrorismo. En cuanto a Rabin, era el responsable de las acciones de las Fuerzas de Defensa Israelíes. A diferencia del acuerdo de paz sudafricano, que controló y redujo la violencia política, el acuerdo palestino-israelí se desintegró con nuevas olas de ataques y represalias. Bajo estas circunstancias, es fácil imaginar a más de un laureado por la paz enjuiciado por las acciones de sus subordinados.

{18} Burgos-Debray 1984:136-137, 146-17, 232-233.

{19} Henrik Hovland, comunicaciones personales, 6 de enero y 11 de junio de 1995.

{20} El periódico de la nación mohawk, Akwesasne Notes (Rooseveltown, N.Y.) cubrió extensamente este debate.

{21} Una rama del fraccionado Movimiento Indígena Americano quería presentar a Leonard Peltier, un militante sentenciado a cadena perpetua por haber matado a dos agentes federales, a pesar de las anomalías de la evidencia en su contra. Desde hacía años se había puesto en marcha una campaña para liberarlo y para Amnistía Internacional era un prisionero político. A cambio del apoyo de Rigoberta, los partidarios de Peltier aceptaron cancelar su propia campaña para el Nobel.

{22} Diane Nelson, comunicación personal, agosto de 1993.

 

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