David Stoll, Rigoberta Menchú y la historia de todos los guatemaltecos pobres
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Capítulo 13

La construcción de
Me llamo Rigoberta Menchú

«París les sirve de caja de resonancia. Todo lo que se hace en París alcanza una repercusión mundial.» –Elisabeth Burgos-Debray, Me llamo Rigoberta Menchú, pág. 15 (ed. Arcoiris).

En enero de 1982 Rigoberta salió a su primera gira por Europa, como representante del Frente Popular 31 de Enero. Su primera parada fue París, donde contó la historia que se convirtió en Me llamo Rigoberta Menchú. Estaba bien y mal preparada para la labor que se puede colegir del mismo libro. Estaba poco preparada ya que, a pesar de lo rápido que absorbía el léxico revolucionario, su experiencia política era escasa. Estaba bien preparada ya que las monjas católicas la habían distanciado de la vida rural de un modo que es difícil alcanzar sin escolarización. Aún estando lo bastante cerca de sus orígenes como para hablar de ellos elocuentemente, se encontraba en el umbral entre el analfabetismo de la sociedad campesina y el mundo más amplio abierto por la escolarización. Desde ese umbral, podía retroceder al pasado y recrearlo para los extranjeros que labrarían su futuro.

A pesar de que la experiencia escolar de Rigoberta le privó la libertad de hacerse activista del CUC antes de su huida del país en 1980, la colocó en la cresta de la ola revolucionaria de esa época, y no sólo en Guatemala. Su educación católica la sitúa entre los estudiantes que eran un componente fundamental para las organizaciones guerrilleras latinoamericanas. Sin embargo, si la escolarización fue una experiencia central para Rigoberta, si su familia la valoraba, y si ésta le ayudó a hablar en nombre de su pueblo, ¿por qué negarla? La pregunta más básica es: ¿por qué transformó tantos aspectos de su experiencia? Se puede encontrar una pista en el estilo lleno de acción de su historia. La narradora de Me llamo Rigoberta Menchú pasa hasta ocho meses del año trabajando en las fincas, además de un difícil periodo como criada en la Ciudad de Guatemala. Sin embargo, le sobra tiempo para interludios felices de infancia en una aldea del altiplano. Acompaña a su padre en sus peregrinajes al INTA, después se hace catequista, ayuda a defender su aldea contra el ejército y se convierte en organizadora itinerante del Comité de Unidad Campesina. Ella nos dice que ésta fue la última vez que vio a su familia, hasta que se incorpora a una repentina reunión familiar para presenciar la muerte de Petrocinio. La historia incluye tantas experiencias que Rigoberta siempre parece estar corriendo de un compromiso a otro, como si estuviera narrando una vida demasiado ajetreada para una sola persona. O como si estuviera tratando de ser más representativa de su pueblo que lo que nadie podría llegar a ser.

¿Pero es Me llamo Rigoberta Menchú su verdadera voz? Puesto que sus historias grabadas fueron editadas por la antropóloga Elisabeth Burgos-Debray, ¿es posible que fueran gravemente distorsionadas? Da la impresión que Rigoberta quiso confirmar exactamente eso cuando en diciembre de 1997 le dijo a un periodista que el libro era de Elisabeth, y no suyo. «No me pertenece ni moralmente ni políticamente ni económicamente. Yo lo he respetado mucho porque jugó un inmenso papel para Guatemala. Pero yo no tuve derecho de decir si el texto me gustaba o no, si era fiel a los datos de mi vida. Ahora mi vida es mía, por lo tanto creo que ya es oportuno decirlo, que no es mi libro... Pienso que todos aquellos que tengan sus dudas sobre la obra deben acudir a ella, porque incluso, legalmente, yo no tengo derechos de autor ni regalías ni nada de eso».{1} Son acusaciones serias. Debemos preguntarnos, ¿quién es Elisabeth Burgos-Debray, cuál fue su papel en la creación de Me llamo Rigoberta Menchú y de quién es la historia?

Una semana con Elisabeth Burgos-Debray

Cuando Rigoberta llegó por primera vez a Europa en enero de 1982 no era una figura pública. En su pueblo fue una estudiante, y en San Cristóbal, una vivaz refugiada. Ahora tenía la tarea de representar al movimiento revolucionario ante los grupos de solidaridad. Estaba acompañada por un sindicalista llamado Mazariegos que, según sus propias palabras, era el que más hablaba.{2} Al principio de la gira, en París, alguien tuvo la ocurrencia de presentársela a Elisabeth Burgos. La mujer que convertiría las historias de Rigoberta en un libro era una vieja amiga de la guerrilla guatemalteca. Procedente de una familia de clase alta venezolana, Elisabeth era conocida como la esposa del hombre de letras francés más aventurero, el filósofo Régis Debray.{3} Al igual que su también notorio mentor, Louis Althusser, el joven y apuesto Régis había alcanzado la cresta del marxismo de los 60, convirtiéndose en una figura intelectual mundial. Su trabajo más conocido, ¿Revolución en la Revolución? promovió la teoría cubana de la lucha armada para liberar a América Latina del imperialismo norteamericano.

A causa de su famoso esposo, los escépticos han menospreciado a Elisabeth como una izquierdista de la alta sociedad. Pero ella misma era exiliada política, con una larga historia de activismo que se remontaba a su juventud en Venezuela bajo el dictador Pérez Jiménez. Durante las manifestaciones que llevaron a su caída en 1958, Elisabeth se afilió al Partido Comunista. Cinco años después, cuando los comunistas venezolanos libraban una guerrilla –de moda ideológicamente, y también autodestructiva– contra un gobierno electo, Elisabeth conoció a Régis durante uno de sus viajes como reportero. Cuando la policía descubrió sus relaciones con la guerrilla, escaparon del país, viajaron por Colombia y Ecuador, fueron arrestados en Perú, deportados a Chile, y terminaron en Bolivia, donde Elisabeth se quedó trabajando para el gobierno hasta que fue derrocado por un golpe de estado. Luego de ser arrestada de nuevo, esta vez en Venezuela, cuando trataba de visitar a su familia, se reunió con Régis en Francia.

En 1966 la pareja fue a La Habana para la Conferencia Tricontinental, una asamblea internacional de latinoamericanos, africanos y asiáticos, que lanzó una declaración de guerra revolucionaria en todo el Tercer Mundo. Invitados por los cubanos a quedarse, Elisabeth y Régis recibieron entrenamiento militar. La idea era unirse al Che Guevara en un lugar secreto, donde, con una pequeña banda de revolucionarios, desencadenarían «dos, tres o muchos Vietnam». El lugar resultó ser Bolivia, donde el Che estuvo a punto de convertirse en el Cristo de la izquierda latinoamericana. Mientras que él y su columna estaban atrapados por el ejército boliviano y sus asesores estadounidenses, Régis cayó en manos del ejército. Poco después el Che estaba muerto y Régis era sentenciado a treinta años de prisión. A fin de tener derecho a visitarlo, Elisabeth se casó con él entre las rejas, y durante los siguientes tres años dirigió la campaña internacional que logró su libertad.

Con su instinto para la historia, Elisabeth siguió la revolución hasta Chile, para una lección acerca de las limitaciones del cambio democrático. Había sido electo presidente un marxista llamado Salvador Allende que, a la cabeza de una coalición de la izquierda chilena, juró construir el socialismo democráticamente. Elisabeth figuraba entre los miles de militantes extranjeros que llegaron a ayudar. Una de las presuposiciones para el experimento de Allende era la tradición constitucional de los militares chilenos. Presumiblemente, los militares no lo destituirían. Tal y como resultó, Allende murió en los escombros del palacio presidencial. Afortunadamente para Elisabeth, su amplia experiencia en golpes militares la convencieron de irse justo antes de la llegada de la contrarrevolución apoyada por la CIA que cobró las vidas de tantos jóvenes de izquierdas como ella.

A lo largo de quince años, la vida de Elisabeth había personificado las aspiraciones, estrategias y derrotas de la izquierda latinoamericana. El destino de Allende sugiere por qué era difícil concebir una alternativa. En cuanto la izquierda empezaba a competir con éxito en la arena democrática, era reprimida por el ejército local y sus aliados norteamericanos. ¿Quizás la lucha armada era el único modo de avanzar? Es por ello que Elisabeth y Régis estaban lejos de ser renegados, especialmente en la Europa social demócrata. A principios de los 80, Régis era asesor de política exterior de su amigo el Presidente François Miterrand. A pesar de seguir manteniendo buenas relaciones con los líderes guerrilleros, había rechazado las teorías del Che por impracticables. En lugar de promover nuevas guerras de liberación, estaba tratando de guiar a la guerrilla de El Salvador hacia un acuerdo negociado y la social democracia.{4}

Al igual que otros marxistas, Régis consideraba que la clase social era una categoría más fundamental que la etnicidad. Obviamente, los grupos indígenas tenían que ser integrados a los movimientos revolucionarios, pero no se podía esperar de ellos que adoptaran un rol de vanguardia, al menos no sin un liderazgo considerable por parte de otros sectores de la sociedad. Siendo poco lo existente en cuestión de organizaciones políticas indígenas, los marxistas no habían realizado grandes esfuerzos para tomarlos en cuanta. En comparación con su esposo, Elisabeth se interesaba más por los pueblos indígenas y defendía su importancia, como quedó subrayado por la incapacidad del Che de comunicarse con los campesinos entre los que trataba de implantar su última columna guerrillera. Por enero de 1982 los mayas de Guatemala estaban en el centro de la revolución centroamericana, y Elisabeth se vio en una posición estratégica para ayudarlos.

Elisabeth estaba viviendo en París, criando a su hija y escribiendo una tesis doctoral, cuando le pidieron que entrevistara a una joven refugiada maya. Ella ya había organizado un acto de solidaridad con Guatemala en la Casa de América Latina del estado francés. Sus vínculos con el país se remontaban a Cuba en los 60, donde había hecho amistad con guatemaltecos que recibían entrenamiento militar para liberar su patria. Entre ellos había algunos que darían sus vidas, incluyendo a Luis Turcios Lima, el teniente del ejército que se hizo comandante, y al poeta Otto René Castillo. Otros amigos de Cuba sobrevivieron hasta la actualidad, incluidos Ricardo Ramírez (Rolando Morán), el futuro fundador del Ejército Guerrillero de los Pobres, y su compañera de muchos años, la antropóloga Aura Marina Arriola, con la que Elisabeth colaboró para establecer estructuras de solidaridad.{5}

Rigoberta pasó una semana con Elisabeth en su apartamento parisino. «Lo que me sorprendió a primera vista fue su sonrisa franca y casi infantil. Su cara redonda tenía forma de luna llena. Su mirada franca era la de un niño, con labios siempre dispuestos a sonreír. Despedía una asombrosa juventud. Más tarde pude darme cuenta de que aquel aire de juventud se empañaba de repente, cuando le tocaba hablar de los acontecimientos dramáticos acaecidos a su familia». Siguiendo un paradigma antropológico, Elisabeth elaboró primero «un esquema rápido, estableciendo un hilo conductor cronológico: infancia, adolescencia, familia, compromiso con la lucha», antes de encender la grabadora.{6} Pero las historias de Rigoberta fluían con tanta libertad que dominaron todo el proceso y Elisabeth tuvo que hacer pocas preguntas. Al final, las grabaciones se prolongaron hasta dieciocho horas y media. Después de la partida de Rigoberta, Elisabeth transcribió las cintas en un manuscrito de casi quinientas páginas; readaptó el material para mantener el orden cronológico, lo dividió en capítulos; omitió sus propias preguntas; y convirtió el material en un monólogo, como si fuera una narración continua.

Elementos inconexos en el testimonio de Rigoberta han suscitado acusaciones en contra de su editora. Algunos sospechan que Elisabeth fue la responsable de introducir errores en la historia, es decir, de intervenir demasiado en ella. Otros la critican por no haber intervenido suficiente, es decir, por no arreglar las inconsistencias que resultan evidentes para un lector atento. Desde un punto de vista académico, basar un libro en una relación de una semana y doce cassettes era algo precipitado. Tampoco hubo suficiente revisión de hechos (en la primera página identifica Uspantán como cabecera del departamento de El Quiché). Pero hubiera sido imposible verificar las historia de Rigoberta con otros sobrevivientes. En 1982 muchos seguían ocultos y otros podían morir por el mero hecho de hablar con un investigador. Dada la urgencia de hacer un llamado a la opinión internacional, resulta difícil culpar a Elisabeth por publicarlo tan pronto como pudo.

¿Quién es la autora de Me llamo Rigoberta Menchú?

«No es la historia de su vida, no es su autobiografía, no encaja con su tipo de persona. Uno pronto se da cuenta de que ella es una persona muy estudiada, que no tiene sólo hasta el tercer año, que habla muy bien el castellano, mejor que si lo hubiera aprendido como dice que lo aprendió. Pero el libro representa la vida de otras personas, aunque no la suya. Muchas personas tienen una vida así.» –Norteamericano que trabajó en El Quiché antes de la violencia, 1992.

Recientemente la autoría de los testimonios orales como Me llamo Rigoberta Menchú son tema de debate. Ahora que los pueblos nativos insisten en la igualdad, no están tan dispuestos a permitir que sus palabras sean difundidas por extranjeros. Esto incluye a los antropólogos, acostumbrados a hablar y publicar en su nombre. En mi propio caso, he sacado provecho de veinticuatro años de estudios, incluyendo generosos aportes a mis investigaciones, y puedo comunicar con algunos de los medios de información más influyentes del mundo. El prototipo de persona que yo suelo entrevistar tiene pocos años de escolarización, le cuesta descifrar un periódico y a duras penas puede escribir una nota sencilla. Esto es todo un desequilibrio de fuerzas. A medida que más personas indígenas aprenden a leer lo que se publica acerca de ellos, crecen sus críticas sobre lo que consideran incorrecto o inapropiado. Mientras tanto, en las revistas académicas abundan los debates sobre la representación antropológica, es decir, cómo comunicamos los pensamientos y las vidas de nuestros sujetos.

Entonces, ¿quién es el autor de una historia de vida grabada y transcrita como Me llamo Rigoberta Menchú? ¿La persona que la cuenta o el intermediario que la adapta para su publicación? La respuesta obvia parece ser el narrador, puesto que se trata del equivalente oral de una autobiografía, un género conocido en América Latina como testimonio. Pero el narrador no está capacitado para producir el libro por sí mismo. Las múltiples funciones del intermediario –plantear las preguntas que se deben responder, transcribir las respuestas de una grabación, reordenarlas para comunicárselas a una audiencia extranjera, editar las pruebas, corregir la gramática y firmar un contrato para su publicación– complican la cuestión de los derechos de autor. En el peor de los casos, el intermediario puede tomarse tantas libertades que resulta siendo el autor. Aun un intermediario fidedigno tiene que tomar tantas decisiones que adquiere ciertos atributos de autor.

En el caso de Me llamo Rigoberta Menchú, la persona que hizo el contrato con Ediciones Gallimard de París para administrar los derechos mundiales fue Elisabeth Burgos. Su nombre no aparece en la portada de la edición actual en inglés, apareciendo sólo como editora, aunque figura prominentemente en ediciones anteriores. Quién escribió el libro es un tema que ha sido debatido por los académicos y que ha hecho reflexionar a los lectores. También a la premio Nobel, que a veces afirma haber ejercido control editorial sobre el texto así como sobre el testimonio, y que a veces lo niega.

«El libro fue idea de Arturo Taracena, un amigo muy querido, un historiador latinoamericano», explicó cuando recibió el premio de la paz. «Él me animó a escribirlo. Para mí fue una tarea dolorosa, después de haber tenido unas experiencias tan horribles revivirlas para contarlas. Además tenía miedo de que nuestras historias terminaran siendo un panfleto, que fueran publicadas durante un tiempo y olvidadas después. Por eso decidimos trabajar con Elisabeth Burgos-Debray, una mujer maravillosa con un nombre muy conocido. En realidad, el libro es el resultado de un trabajo colectivo. El primer paso fue grabar durante doce días, doce días muy difíciles. Por aquel tiempo, mi español era muy malo. Apenas podía hablarlo, mucho menos leerlo. Con el apoyo de muchos amigos de los grupos de Solidaridad con Guatemala, se hicieron las transcripciones y me volvieron a leer el texto. De este modo pude oír lo que estaba escrito. Por supuesto, dejamos fuera muchos testimonios, testimonios que yo pensé que podríamos guardar para el futuro en lugar de publicarlos en aquel momento. Y además yo estaba inhibida porque nuestros padres nos dicen que hay cosas que es mejor no decirlas».{7}

Esta versión de los acontecimientos es muy diferente a la de Elisabeth, y también difiere de otras dos explicaciones que ha dado Rigoberta. A raíz de su historia de vida de 1997, La nieta de los mayas, la laureada reiteró que había ayudado a redactar el texto final de Me llamo Rigoberta Menchú. Sin embargo, poco antes de que apareciera su nuevo libro, se enojó durante el transcurso de una entrevista y acusó a Elisabeth de haberla excluido de la redacción del testimonio de 1982.{8} Una tercera versión de Rigoberta acusa a Elisabeth de sustituir las historias de vida de otras personas por la suya propia. Esta última explicación, inédita, era la que proporcionaba el personal de Rigoberta en 1993. Según esta versión, Elisabeth no había entrevistado únicamente a Rigoberta, sino a cuatro o cinco exilados mayas más. Presuntamente, Elisabeth unificó después todas las historias bajo el nombre de Rigoberta, para tener un testimonio más dramático. A pesar de que Rigoberta y los demás habían aceptado esta decisión, ahora, al parecer, no estaban conformes con ella.

Esta última versión de los hechos, la hipótesis de los múltiples narradores, explicaría la amplia gama de experiencias personales recogidas en Me llamo Rigoberta Menchú. Un grupo de personas expresando sus testimonios podía proporcionar experiencias que Rigoberta no tenía. Después Elisabeth pudo haber destilado el testimonio de cuatro o cinco personas en la historia de una sola, sobreviviente y militante. Sin embargo el libro no sólo es un compendio de demasiados episodios como para haber sido vividos por una sola persona. Capítulo tras capítulo, integra también paradigmas revolucionarios, substrayendo los elementos que los contradicen. Para satisfacer las expectativas de que los conflictos de tierra son entre los virtuosos campesinos mayas y los maléficos finqueros ladinos, alguien exageró los problemas de Vicente Menchú con los finqueros ladinos de Soch mientras que omitió los que tenía con sus parientes políticos k'iche's de Laguna Danta.

¿Quién fue este alguien? Parece inverosímil que fueran los otros presuntos colaboradores mayas, lo que nos deja con una de las dos personas con las que empezamos. Pudo ser Elisabeth la que decidió omitir toda referencia con el pleito con los Tum, el Cuerpo de Paz y el internado. Pudo haber sido Elisabeth la que convirtió a Vicente Menchú en el fundador del Comité de Unidad Campesina. Pero si fue Elisabeth la que inventó el inolvidable testimonio sobre cómo murió Petrocinio en Chajul, o el inexorable retrato de Vicente en la clandestinidad defendiendo sus derechos, entonces Rigoberta perdería la autoría de su historia y del texto final. En vez de ello, se convertiría en el simple instrumento de una escritora extranjera, lo que desacreditaría Me llamo Rigoberta Menchú profundamente. No sólo no reflejaría su vida y la de su aldea tal como la recuerdan muchos otros, ni siquiera sería Rigoberta quien contó la historia.

Dados los dones obvios de la premio Nobel como oradora y protagonista, la explicación de los múltiples narradores es condescendiente. Tampoco es plausible. Aparte de las cassettes, que aún existen, las cuales demuestran que fue Rigoberta quien contó la historia, ya la estaba contando con su estilo característico antes de conocer a Elisabeth. Encontrar una narración anterior a la visita a París no fue fácil, pero finalmente apareció una. En un boletín revolucionario fechado el 2 de diciembre de 1981 Rigoberta describe cómo su padre soportó años de heroica resistencia ante «los atropellos constantes de los terratenientes»; cómo su hermano Petrocinio fue secuestrado el 9 de diciembre de 1979, torturado durante varios días, luego fue llevado a Chajul con otros veinte hombres para ser quemados vivos; y cómo su madre fue secuestrada, torturada durante doce días y después abandonada en «un monte cerca de la comunidad» hasta que sus restos fueron devorados por los animales. También anticipa la declaración clave de su testimonio de París: «Mi dolor y mi lucha es también el dolor y la lucha de todo un pueblo oprimido que lucha por su liberación».{9} A pesar de las declaraciones ocasionales de la laureada en las que afirma lo contrario, todo parece indicar que Me llamo Rigoberta Menchú es el propio testimonio de su vida.

¿Qué dice hoy Elisabeth Burgos?

A medida que surgían más problemas con Me llamo Rigoberta Menchú resultaba obvio que debería hablar con la editora del libro. Lo que no resultaba tan obvio es que Elisabeth quisiera hablar conmigo. A principios de los 80 era partidaria del movimiento revolucionario, al igual que yo mismo y que muchos otros horrorizados por la brutalidad del ejército guatemalteco. Desde entonces mi pensamiento cambió debido a mis conversaciones con los campesinos, incluidos muchos que en su momento apoyaron a la guerrilla. Elisabeth no tenía la misma experiencia, la de haber oído tantos testimonios que contradecían el de Rigoberta. Si para algunos de mis colegas era difícil cuestionar la veracidad de Me llamo Rigoberta Menchú, ¿qué podía esperar de la persona que había convertido la historia de Rigoberta en un libro famoso?

Tal y como resultó, una viejo amigo de Elisabeth, un antropólogo que la había conocido en Bolivia, me aseguró que se prestaría al encuentro. Cuando llegué a su apartamento, en Madrid en 1995, recibió las malas noticias que yo traía con aparente ecuanimidad. Si yo hubiera estado en su lugar, escuchando nuevas informaciones que arrojaban dudas sobre uno de los proyectos más importantes de mi vida, dudo que hubiera reaccionado con tanta calma. También es posible que no hubiera estado dispuesto a presentar mi versión de los hechos a alguien que estaba en condiciones de dañar mi reputación.

Acerca de cómo había surgido el libro, Elisabeth me contó esencialmente la misma historia que aparece en la introducción de 1982, añadiendo algunos detalles fascinantes. Una médica canadiense que vivía bajo el nombre de Marie Tremblay le había pedido que entrevistara para una revista a una persona interesante. A pesar del frío invierno, Rigoberta apareció en la puerta de su casa acompañada por Tremblay y vestida con la misma ropa ligera que usaba en su país natal. Iba de viaje a una conferencia en Holanda, no había planificado nada para París, y demostró estar absolutamente dispuesta para lo que resultó ser, a medida que la historia fluía día a día, una inesperada semana de grabaciones. Al final de la semana, Arturo Taracena, el historiador guatemalteco que estaba acabando su doctorado en París, recogió a Rigoberta.

«La tenían cocinando en México, los mismos guatemaltecos no se interesaban por ella porque era indígena», me dijo Elisabeth. «Rigoberta Menchú estaba angustiada, no tenía la menor idea de dónde estaba. Lo que yo detecté es que quería expresarse ya, superar sus experiencias y llegar a un campo más amplio que aquel donde la tenían. Por primera vez, no estaba en casa de guatemaltecos, y yo la escuchaba con atención. Pienso que para ella era un placer hablar con alguien que se tomaba interés en ella».

Gracias a su trabajo con el antropólogo George Devereux y su enfoque etnopsiquiátrico, Elisabeth fue capaz de escucharla largo rato, sin interrumpirla con preguntas. Había estudiado psicología clínica en la Universidad de París VII, así como etnología en la Escuela de Ciencias Sociales de París, y a la sazón estaba escribiendo una tesis sobre la etnopsiquiatría de las mujeres francesas y latinoamericanas. «Sin esta enseñanza, no podría haber hecho las entrevistas», me dijo. «Hay que empaparse con el entrevistado. Sólo se hacen preguntas cuando hay bloqueo, cuando el entrevistado se repite mucho, por ejemplo». Las preguntas que planteó giraban principalmente en torno a la cultura, porque Rigoberta estaba más interesada en hablar de la opresión.

En su introducción de 1982, Elisabeth atribuía el nacimiento del libro a una activista canadiense de París, la doctora Marie Tremblay. Trece años más tarde, Elisabeth me dijo que Tremblay sólo había sugerido una entrevista para una revista, que pronto sería publicada en el influyente semanario Le Nouvel Observateur, desde donde reverberó en seguida a América Latina.{10} Elisabeth me dijo que hasta después de haberse ido Rigoberta, no se había percatado de que tenía suficiente material para un libro. Puesto que nadie más había abordado la idea durante la semana que Rigoberta estuvo en París, nunca había podido hablarlo con ella. No pudo haber sabido que la historia que estaba contando adquiriría el peso y la influencia de un libro.

Como no tenía un empleo en aquel momento, Elisabeth podía dedicar todas sus energías al proyecto. Sólo tenía que posponer temporalmente su tesis doctoral. De modo que diariamente llevaba a su hija a la escuela, regresaba a la casa y trabajaba en la transcripción, ayudada por una amiga chilena. Aunque el español de Rigoberta era elocuente, al igual que el de algunos campesinos que oí en el norte de El Quiché, su gramática no era la que los lectores esperan en un página impresa. «Su español era muy básico. Traducía mentalmente de su propio idioma; eso fue lo que más me costó», dijo Elisabeth. «Sí, yo corregí tiempos verbales y géneros de sustantivos, ya que de lo contrario no habrían tenido sentido, pero siempre traté de conservar su poderosa forma de expresión. La narración de Rigoberta se saltaba la cronología. Tuvo que ser ordenada. Y los pasajes que yo extraje sobre la cultura tenían que ser incorporados a la narración de su vida».

«Tuve que volver a ordenarlo muchas veces para que siguiera un hilo, para darle un sentido de vida, de modo que llegara a todo el público. Lo hice a través de un archivo de fichas. Lo más difícil fue darle un sentido de continuidad con las mismas palabras de Rigoberta. Esto es un reto mucho más complicado que limitarse a citar a una persona como parte de tu propia narración. Si hubiera querido hacerlo como una publicación profesional, incluyendo mis preguntas, lo hubiera hecho así, pero ese no era mi objetivo».

Después de finalizar el manuscrito, Elisabeth le dio una copia a Arturo Taracena, para que él la mandara a la organización de Rigoberta para su revisión. Cuando regresó el manuscrito, iba acompañado de una carta pidiendo que se omitieran tres pasajes, dos de los cuales ahora parecen tener poca importancia. Los tres se referían a la participación de los niños en la autodefensa comunitaria, la relación entre el Frente Popular 31 de enero y las fuerzas guerrilleras, y las declaraciones del embajador español atribuyendo a los manifestantes el incendio de la embajada. La razón para esta última omisión, según la carta, era que las declaraciones del embajador habían sido distorsionadas por el gobierno. Fechada el 8 de agosto de 1982, la carta iba firmada por un seudónimo, «Vicente». Gracias a referencias personales, Elisabeth supo (y lo ha confirmado desde entonces) que se trataba del líder del EGP, Ricardo Ramírez, un amigo desde sus días de Cuba.

Lo que Elisabeth se negó a quitar fueron los epígrafes que había incluido en cada capítulo. Esta fue una petición adicional de Arturo Taracena, que resultó ser sobrino de la compañera de Ricardo Ramírez, Aura Marina Arriola. Arturo se opuso a los pasajes bíblicos que Elisabeth había elegido, y aún más a seis epígrafes del premio Nobel de Literatura, el novelista guatemalteco Miguel Angel Asturias. Su razonamiento era que puesto que el hijo de Miguel Angel, Rodrigo Asturias, era el fundador de un grupo guerrillero rival llamado la Organización del Pueblo en Armas, las citas podían llevar a pensar a los lectores entendidos que Rigoberta pertenecía al ORPA y no a su verdadera organización. Aunque la médica canadiense que arregló el encuentro entre Rigoberta y Elisabeth trabajaba con el ORPA, Arturo se reportaba con el EGP.{11}

La persona que llevó la carta de Ramírez y el manuscrito corregido desde México hasta París fue Rigoberta, a la que la carta también autorizaba a participar en un documental que aparecería en la televisión francesa un año después.{12} No estando segura de cómo iba a resultar el manuscrito y no queriendo perder el control de sus esfuerzos, Elisabeth no contactó ninguna editorial hasta que el manuscrito estuvo terminado, hacia setiembre de 1982. La editorial Gallimard fue la primera en responder con un contrato, que ella firmó. El libro apareció al año siguiente en español, en 1984 en francés y en inglés (las dos ediciones de las que más ejemplares se han vendido), luego en alemán, italiano, holandés, japonés, danés, sueco, noruego y ruso, además de una edición pirata en árabe.

Rigoberta rompe con Elisabeth

Las dos mujeres nunca volvieron a revivir la intimidad de aquella semana de enero de 1982. Fueron pocos los encuentros posteriores. Según Elisabeth, cuando Rigoberta pasó por París en 1984, no quería hablar del tema de los indígenas, hasta el extremo que rechazó un ejemplar del Popol Vuh que le regaló Marie Tremblay. Durante otra breve visita a París, en 1985-1986, la actitud de Rigoberta había cambiado de nuevo. «Parece que nosotros los indígenas tenemos que pagar muy caro para aprender», dijo mientras iban caminando hacia una reunión con Danielle Miterrand, la primera dama de Francia. «¿Por qué?», le preguntó Elisabeth. «Porque hemos tenido que pagar muchos muertos».

«Hablaba muy alegóricamente», observó Elisabeth. «Yo podía ver que estaba bajo mucha presión. Luego de aquel primer instante de apertura, se veía que no podía hablar. Puesto que yo había tenido noticias de ejecuciones dentro del EGP, supuse que su reticencia se relacionaba con las divisiones internas». Indudablemente Rigoberta también se sentía incómoda por el dilema al que inconscientemente la había llevado la editora de su testimonio. La historia que ella contó en 1982, la que lanzó su carrera, había sido narrada con el fervor de una conversa. Ahora ella era famosa, pero el fervor había pasado, y las palabras transformadas en un libro la definían, aparentemente para siempre, como alguien que no era.{13}

En 1989 Elisabeth fue nombrada directora del Instituto Francés de Sevilla, España, alejándose de los círculos parisinos en los que acostumbraba a tratar con personajes públicos. Éste también fue el año en el que escribió una carta a Fidel Castro pidiéndole que perdonara la vida del general Arnaldo Ochoa, un héroe de la expedición cubana a Angola, que repentinamente fue acusado de tráfico de drogas y otros crímenes contra el estado, sentenciado a muerte y ejecutado, todo en el intervalo de un mes. Junto con su ex marido, Régis, que también trató de salvar a Ochoa, Elisabeth había sido amiga del condenado y de Fidel. Ellos no creían que Ochoa hubiera hecho algo a espaldas de su jefe, que aparentemente estaba liquidando a un rival potencial.

Elisabeth atribuye su exclusión posterior de la campaña de Rigoberta para el premio de la paz al hecho de que había apelado por la vida de Ochoa. Para algunos lectores, la explicación de Elisabeth implica una visión excesivamente centralizada de las relaciones entre el régimen castrista, el Ejército Guerrillero de los Pobres (el preferido de la URNG para los cubanos), y los comités de solidaridad en Europa. O por lo menos, una sorprendente lealtad a Fidel en la red de apoyo de Rigoberta. Invocando tres décadas de experiencia con el movimiento revolucionario latinoamericano, Elisabeth insiste que fue eso lo que la convirtió en una paria.{14}

Hay indudablemente una segunda razón por la que Elisabeth fue excluida de la campaña del Nobel, una que complementa la primera. Resulta evidente en cómo respondió Rigoberta a una pregunta, en 1991, sobre su relación con Elisabeth y cómo había influido esta relación en el texto final. Tras oponerse a la sugerencia de que el testimonio pudiera ser de alguien más que suyo propio, Rigoberta reconoce que «lo que sí efectivamente es un vacío en el libro es el derecho de autor, ¿verdad? Porque la autoría del libro, efectivamente, debió ser más precisa, compartida, ¿verdad?... Por un lado es también producto del desconocimiento de hacer un libro. Se necesitaba un autor y ella es autora».{15} El deseo de Rigoberta de reclamar la autoría también se sugiere en su curriculum vitae para el premio Nobel, donde figura como ganadora del premio Casa de las Américas de 1983 en La Habana, cuando en realidad lo ganó Elisabeth Burgos como editora.

En cualquier caso, Elisabeth nunca fue invitada a ninguna de las ocasiones asociadas con el Nobel. La ausencia fue ampliamente notada. Su única contribución fue un nuevo prólogo para la edición en español, así como comentarios de apoyo en la prensa. La última reunión entre las dos mujeres ocurrió pocos meses después de la concesión del Nobel, en febrero de 1993. Rigoberta pidió a Elisabeth que renunciara a los derechos de autor para que ella pudiera hacer sus propios contratos. «Antes las cosas eran distintas», explicó. Pero según Ediciones Gallimard, Rigoberta no podía tener los derechos debido a los numerosos contratos que la editorial había hecho por todo el mundo. Elisabeth también temía que su nombre fuera borrado de las nuevas ediciones, así como había sido excluida de la campaña para el Nobel. Posteriormente, Rigoberta se quejó a la editorial Siglo Veintiuno, de que Elisabeth había dejado de entregarle el cincuenta por ciento de los derechos económicos. Según Elisabeth, siempre mandó a Rigoberta la totalidad de los derechos económicos (menos los impuestos) a través de un arreglo con Danielle Miterrand y la Fundación Miterrand.{16} Indignada por las acusaciones de Rigoberta, interrumpió las remesas.

Cuando estuve en Madrid, Elisabeth sacó de un ropero una caja de cassettes. Eran las grabaciones de la voz de Rigoberta, trece años atrás. De no ser por una mala planificación por mi parte, hubiera podido oír toda la secuencia. Aun así, pude escuchar las dos primeras horas y me causaron una gran impresión. Desde sus primeras palabras, Rigoberta parece dominar la situación. Habla lenta, atenta y claramente, con el compás característico de los mayas, haciendo pausas para buscar las palabras. En ningún momento vacila con «uhs» o «ehs». Es muy clara: Esto sucedió cuando yo tenía cinco años, esto cuando tenía ocho, o doce. También establece un estilo de contar su historia que se comunica sin esfuerzo a los extranjeros, enmarcada en amplias categorías tales como «nuestra cultura» y «nuestro pueblo» .

Durante las dos primeras horas de grabación apenas oí interrupciones de Elisabeth. Su pregunta inicial es: «Su vivencia, su vida, ¿cómo es la vida de los indígenas?». Sus únicas intervenciones son para aclarar detalles. Elisabeth no sugiere nuevos temas, no cambia la dirección de la entrevista, ni presiona para seguir hablando de un tema renuente. En cuanto a Rigoberta, comienza con la famosa línea de apertura del texto publicado: que no se trata sólo de su vida, sino de la de todos los guatemaltecos pobres; que creció sin pasar por la escuela, en las fincas de la costa, donde trabajaba hasta ocho meses al año. Desde el inicio de la sesión, Rigoberta crea para sí el personaje de la guatemalteca universal, con poco estímulo por parte de su entrevistadora. Después de oír mis descubrimientos, tales como la probabilidad de que nunca trabajara en las fincas cuando era niña, Elisabeth recordó cuan convincentemente su interlocutora había detallado la vida allá, cómo cosechaban los granos del café («como tratar a un herido»).{17} No, me dijo Elisabeth, ella nunca puso en duda la historia de Rigoberta. Después de escuchar las primeras dos horas, yo podía entender el porqué. Rigoberta era totalmente convincente. Bajo el hechizo de su voz serena, yo también hubiera creído todo lo que decía.{18}

Notas

{1} «La conciencia de Rigoberta», El Periódico (Ciudad de Guatemala), 14 de diciembre de 1997. En El Periódico del 9 de diciembre apareció un reportaje anterior, seguido por la reacción horrorizada de su aliada y líder indígena Rosalina Tuyuc («¡Qué Dios la perdone!») el 10 de diciembre, y una carta aclaratoria el 12 de diciembre en la que Rigoberta reiteró que Elisabeth la había despojado de su testimonio, lo había editado sin consultarla y nunca le había pagado derechos económicos.

{2} Menchú et al. 1998:253.

{3} De quien se divorciaría más tarde.

{4} Castañeda 1993:129-132.

{5} Canteo 1998. Cuando Régis publicó una valoración de las perspectivas de la lucha armada en varios países, el capítulo sobre Guatemala fue un esfuerzo común con Ramírez (Debray 1974), que murió de un ataque al corazón cuando este libro entraba en imprenta.

{6} Burgos-Debray 1984:xiv, xix (Arcoiris: 16).

{7} Juana Ponce de León. «Mission of Peace: Winner of 1992 Nobel Peace Prize Speaks for Native People Everywhere», Vista (New York), diciembre de 1992, págs. 6-ss. Compárese con Brittin y Dworkin 1993:216-218.

{8} En su historia de vida de 1997, la laureada describe a Arturo Taracena como uno de sus asesores más importantes y le otorga, así como a ella misma, un papel importante en la redacción de Me llamo Rigoberta Menchú. «La grabación de mi testimonio duró alrededor de doce días. Después, existía en París un colectivo de solidaridad con Guatemala que ayudó a la transcripción. Allí conocí a Juan Mendoza, entrañable amigo hasta la fecha. El doctor Taracena participó bastante en ordenar el libro, junto con Elizabeth Burgos. Al final, también hicieron la selección de los capítulos juntos. Quiero decir con esto que Arturo Taracena tiene una parte significativa en el libro... Después vino el texto ya ordenado. Yo, como por dos meses o más, dediqué tiempo para entenderlo. Es muy distinto lo que uno siente hablando que cuando ya está en papel. Reconozco que en esos años yo era muy tímida... inocente e ingenua. Simplemente no conocía las reglas comerciales cuando escribí esa memoria. Solo daba gracias al creador por estar viva y no tenía ninguna idea de mis derechos de autor. Tuve que acudir a compañeros, en la ciudad de México, donde vivía en ese entonces, para tratar de entender el texto. Fue muy doloroso volver a vivir el contenido del libro. Censuré varias partes que me parecieron imprudentes. Quité las partes que se referían a la aldea, mucho detalle de mis hermanitos, mucho detalle de nombres.» (Menchú et al. 1998:252-255).

Algunos meses después, Rigoberta acusó a Elisabeth de impedir que Arturo y ella desempeñaran las funciones anteriormente descritas: «Todas esas cintas fueron transcritas por otras personas que quisieron colaborar de esa manera con nuestra causa... Arturo Taracena con su sabiduría y paciencia revisó y corrigió los errores que yo cometí en el uso del idioma español... Elizabeth Burgos tomó esos manuscritos, los ordenó según su criterio y agregó y suprimió lo que le pareció conveniente. Le puso subtítulos e incluyó breves citas de otros libros al principio de cada capítulo... Jamás permitió que yo o el doctor Taracena conociéramos la versión final y mucho menos que pudiéramos hacer observaciones o correcciones al texto. Supimos que la señora Burgos me había despojado de mi testimonio cuando apareció la primera edición en idioma francés, con su nombre como única autora». («Carta de Rigoberta Menchú», El Periódico, 12 de diciembre de 1997).

{9} Esto quiere decir que la aspiración de Rigoberta en el testimonio, en el sentido de querer hablar por toda una clase de gente, anticipa su encuentro con Elisabeth. Una referencia a su inminente gira sugiere que era la tarea que le había asignado su organización. La descripción detallada de la inmolación de su hermano en Chajul sugiere que ella era consciente de la necesidad de dramatizar su historia de modo que llamara la atención. El artículo de setecientas palabras no incluye referencia alguna a haber trabajado en las fincas, a su padre y ella misma como miembros del CUC, o a haber presenciado la masacre de su hermano en Chajul. Pero sí hace un énfasis en como han sido expulsados de sus tierras los campesinos, sugiriendo que los llamamientos revolucionarios no logran satisfacer las necesidades reales de los campesinos. (Noticias de Guatemala, 1981).

{10} Burgos 1982.

{11} Entrevistas del autor y Canteo 1998.

{12} El documental, que retrata a Elisabeth y Rigoberta en París, reitera los puntos clave del testimonio de enero de 1982 (Burgos y Romero 1983). En una versión anterior de este capítulo, yo declaré que nunca se recibió ningún comentario de Rigoberta, que nunca mostró interés en el manuscrito, y que nunca dio su permiso a Elisabeth para publicarlo (Stoll 1997:36). Ahora que tengo una copia de la carta de dos páginas mecanografiadas, fechada el 8 de agosto (no el 9, como se afirma por error), dirigida a la «Compañera Elisabeth» y firmada «Hasta la victoria siempre. Vicente», es evidente que, por lo menos, Rigoberta sirvió de correo en el proceso editorial.

{13} Las recriminaciones por parte de personajes de libros como Me llamo Rigoberta Menchú no son insólitas. Otro ejemplo es Phoolan Devi, una esposa impúber de la India que huyó de un marido abusivo para convertirse en delincuente y, por último, en «la reina de los bandidos» (Shears y Gidley 1984). Desde la prisión, Devi logró sacar clandestinamente un diario en el que describía todas las violaciones a las que había sido sometida. Este diario se convertiría en la base del libro Bandit Queen, del escritor Mala Sen; de la película de Shekhar Kapur sobre su vida; y de la fructífera campaña para su liberación. Aunque Devi había firmado un contrato aceptando que se utilizara su historia, recurrió a los tribunales para impedir que se proyectara la película, alegando que violaba sus derechos personales, distorsionaba los hechos sobre su vida, ponía en peligro su defensa legal contra cargos de homicidio y fomentaba el odio entre las castas (Hamish Mc Donald, «Queens' Gambit», Far Eastern Economic Review, 3 de noviembre de 1944, pág. 29; «Hands Up», Economist, 12 de noviembre de 1994, págs. 116-117). En ocasiones Devi reconocía su responsabilidad en la masacre de veintidós miembros de una casta que habían abusado de ella; otras veces lo negaba. En 1996 el Partido Socialista la eligió para el parlamento nacional, donde formó parte de una coalición para impedir que el gobierno cayera en manos de los nacionalistas hindúes.

{14} La revolución cubana todavía considera que la crítica es traición, como lo ilustra la reacción ante las críticas de Régis hacia su antiguo camarada Che Guevara. El contraataque fue capitaneado por la hija del Che, Aleida Guevara, que acusó a Régis de entregar información a sus captores bolivianos y, por lo tanto, de compartir la responsabilidad por la muerte de su padre (Vilas 1996). Mientras tanto, Elisabeth ha redactado una segunda historia de vida, la de uno de los sobrevivientes de la expedición boliviana del Che. Corroborando testimonios anteriores, Benigno dice que la columna del Che fue delatada por campesinos desconfiados y por un miembro boliviano reclutado a la ligera que resultó ser un ex policía (Alarcón Ramírez 1997:138-143).

{15} Brittin y Dworkin 1993:218, tal y como está traducido en Brittin 1995:110-111, excepto por la frase «derecho del autor».

{16} En mayo de 1998 Elisabeth me envió fotocopias de correspondencia que incluyen:

— una nota mecanografiada, con el membrete del CUC, en la que dice: «A quien interese: La que firma abajo, Rigoberta Menchú, miembro del Comité de Unidad Campesina –CUC– por este medio hace constar que acepta la suma que le corresponde a Elisabeth Burgos por derechos de autor. Atentamente, (firmado) Rigoberta Menchú. Guatemala, Junio de 1982.»

— una nota mecanografiada dirigida a Elisabeth en París, con fecha 24 de setiembre de 1986, diciendo: «Estimada señora: Me dirijo a usted con un saludo fraternal y respetuoso. De acuerdo con nuestra última conversación, del 22 de setiembre de 1986, usted me cede los derechos económicos del Libro 'Me llamo Rigoberta Menchú', los que, por el momento, ascienden a la suma de 74.335,98 francos, conforme al cheque extendido por las ediciones Gallimard, el 7 de marzo del año en curso. Por medio de la presente quiero dejar constancia que el beneficiario de dichos derechos económicos será el Collectif Guatemala (Asociación 1901), con sede en Rue du Theatre, París 75015. Me despido de usted agradeciendo su fina atención y espero volver a verla pronto. Atentamente, (firmado) Rigoberta Menchú Tum».

— una nota escrita a mano, fechada en París el 25 de setiembre de 1986, en la que Rigoberta y Juan Mendoza reconocen haber recibido los 74.335,98 francos anteriormente mencionados en nombre del Collectif Guatemala.

— cuatro notas mecanografiadas, con el membrete de Ediciones Gallimard, fechadas entre el 26 de mayo de 1989 y el 18 de diciembre de 1992, reportando el envío de un total de 221.466,80 francos a la Fundación France-Libertés, que estaba asociada con la Fundación Danielle Miterrand.

{17} Burgos-Debray 1984:35. Acerca de esta frase, frecuentemente citada, un finquero comenta: «Son pendejadas eso de que el trabajador tenga que tratar un grano de café como si fuera una persona herida. Está rodeado de una corteza dura, de modo que se trata de despojar una rama de todos sus granos maduros, y que quede intacta con los granos verdes».

{18} En mayo de 1999 pude oír otras dieciséis horas de cassettes en el apartamento de Elisabeth en París. Al igual que las recientes declaraciones de la propia Rigoberta, corroboran mi conclusión anterior, que ella es la única narradora de Me llamo Rigoberta Menchú.

 

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