David Stoll, Rigoberta Menchú y la historia de todos los guatemaltecos pobres
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Capítulo 11

¿Dónde estaba Rigoberta?

«Ya cuando fui grandecita, mi papá lamentaba mucho que yo no fuera una alumna o una mujer que aprendiera muchas cosas. El siempre decía, desgraciadamente, si te pongo en una escuela, te van a desclasar, te van a ladinizar y eso no quiero para tí y por esta razón no te pongo. Quizás hubiera tenido mi papá la oportunidad de darme una escuela a los catorce años, a los quince años. Pero no podía, porque sabía las consecuencias y las ideas que me iban a meter en la escuela.» –Me llamo Rigoberta Menchú, págs. 215-216 (ed. Arcoiris).

Ahora que la comunidad de Rigoberta ha sido engullida, es posible que los lectores se pregunten qué pasó con la figura central de nuestra historia. ¿Por qué ha pasado prácticamente desapercibida una persona que jugó un papel tan activo en Chimel? La razón, según aquellos que la conocieron, es que Rigoberta no vivió allí desde mediados de los 70. La narradora de Me llamo Rigoberta Menchú es muy recordada, pero no como catequista u organizadora. En una sociedad campesina dirigida por los ancianos, en la que las niñas son sometidas a una estrecha vigilancia cuando llegan a la pubertad, sería muy insólito que una persona de su edad y género tuviera el papel de liderazgo que ella describe. Sí destacaba de otras muchachas mayas en un aspecto. Aunque a menudo Rigoberta ha dicho que creció monolingüe y analfabeta, no es así como la recuerdan en Uspantán. Lo que la distinguía era que las monjas católicas se la habían llevado a varios internados. En Uspantán esto no sólo no es un secreto, sino que todos los que se acuerdan de Rigoberta afirman que se fue de Uspantán para ir a estudiar. Su educación goza de tan alta estima que algunos creen que incluso llegó a la Universidad de San Carlos.

Si uno lo observa detalladamente, Me llamo Rigoberta Menchú hace algunas referencias a su vida escolar en un colegio de monjas. Pero estas alusiones se ven opacadas por la repetida afirmación de que nunca ha ido a la escuela y que sólo recientemente ha aprendido el castellano, como si esto fuera un motivo de orgullo. En la misma línea, Rigoberta cuenta como su aldea despidió a dos maestros del gobierno, para impedir que alienaran a los niños con una educación ladina, y que su padre se niega a mandarla a la escuela.{1} Lo que yo oí en Uspantán fue diferente. Al igual que muchos líderes campesinos, Vicente Menchú apreciaba el valor de la educación y trataba de obtenerlo para sus hijos. A finales de los años 70, una maestra del gobierno trabajó en Chimel hasta que la violencia la obligó a marcharse.

Antes, durante la niñez de Rigoberta, las oportunidades educativas en Chimel eran bastante limitadas, hasta el punto de que hay quienes niegan que llegara a haber. Otros dicen que hubo campañas de alfabetización patrocinadas por la Iglesia Católica. Uno de los primos de Rigoberta me dijo que había sido su animador durante cuatro años, hasta que las monjas se la llevaron para que prosiguiera sus estudios. Las limitaciones de la memoria impiden especificar fechas, pero el testimonio local deja claro que asistió a un total de cuatro escuelas. Según dos de sus hermanos, Rigoberta salió de Chimel a los seis o siete años. Uno recordaba que, cuando la enviaron al internado católico de Chichicastenango, al sur de El Quiché, «lloró mucho cuando se fue. Rigoberta se pegó una enfermedad en los ojos, por rascarse mucho, pero poco a poco se curó. Pasó un año y medio en Chichicastenango».

Después Rigoberta regresó unos años a Chimel antes de seguir su educación desde los doce a los catorce años (1971-1973), esta vez en Uspantán. Según todo el mundo, sus estudios fueron patrocinados por la Orden belga de la Sagrada Familia, que se especializaba en la educación de muchachas jóvenes. A veces vivía en el convento, a veces con familiares en la cabecera municipal. También trabajó para, por lo menos, dos mujeres ladinas. Una era amiga de su madre, que le consiguió el trabajo sirviendo en un comedor. No pude entrevistar a la otra patrona ya que su esposo y ella murieron a finales de los 80 cuando un borracho lanzó una granada al interior de su cantina.

Entre las actividades de Rigoberta hubo un grupo juvenil católico que se reunía todas las semanas: «La conocí en 1972, 1973 y 1974», recordó un compañero de estudios. «Era decente, jugaba basquetbol, tiraba sus canastas, venía todos los sábados, bajaban (de la aldea) para recibir clases de religión en la parroquia. No sabía de política, pocos la conocían. En este momento muchos no sabían de política». Según otro miembro del grupo de jóvenes, «era muy inteligente, muy activa, muy servicial, hacía amistades con la gente muy rápido y colaboraba mucho. Si había que barrer, ella lo hacía. Si había que iniciar algún juego, ella lo hacía... El castellano lo hablaba tranquilamente y bien... No era ni muy pobre ni muy acomodada. Era mediana.».

Las monjas también patrocinaron los estudios de Rigoberta en la escuela primaria del gobierno, a dos cuadras de la casa parroquial. Cuando le pedí al director que confirmara las fechas, él recordó haber visto su nombre en un registro y nos pusimos a buscarlo. Lamentablemente, los registros estaban desordenados y nunca lo encontramos. Pero tanto él como una compañera de estudios recordaron que su profesor había sido el difunto Pompilio Gómez. Rigoberta es recordada como la mejor estudiante de su clase. Después de cursar primero y segundo grados en Uspantán, el siguiente paso de su educación fue el Colegio Belga, en el centro de la Ciudad de Guatemala. Administrado por la misma orden de monjas que servían en Uspantán, el colegio es una reconocida escuela de secundaria para señoritas de familias ricas. También destacó por su trabajo social en Uspantán, lo que lo convierte en una de las instituciones solidarias en las que Vicente Menchú y su delegación expresaron sus protestas de camino a la embajada española.

Cuando visité el colegio en 1991, un administrador me dijo que Rigoberta sólo había trabajado allí durante unos meses, que nunca había estudiado en él. Cuatro años después, luego de ciertos titubeos, otro administrador reconoció que Rigoberta había completado allí dos años de escuela primaria. Según varias compañeras de clase, trabajaba a cambio de alojamiento y comida mientras hacía progresos en un programa acelerado para muchachas de más edad. Ocupada desde el alba hasta avanzada la noche, sus compañeras y ella empezaban el día asistiendo a misa, luego se ponían a estudiar, antes de limpiar y trapear las habitaciones de las «estudiantes con dinero». Es posible que esto ayude a explicar su desdeñoso retrato del trabajo domestico para ladinos ricos.

Las compañeras de estudio afirman que a finales de los 70 Rigoberta pasó por lo menos dos años en el Colegio Belga, los cuales le permitieron avanzar de tercero a sexto grado. Es posible que pasara un año más en el colegio, simplemente trabajando. Después las monjas la enviaron a otra de sus instituciones, en el próspero pueblo ladino de Chiantla, en Huehuetenango. El Colegio Básico Nuestra Señora de la Candelaria es una instalación amurallada que ocupa toda una manzana. Siendo un internado femenino exclusivo, reúne a muchachas mayas de diferentes lugares del altiplano con unas cuantas ladinas. Dada la represión y el desgobierno de finales de los 70, la escuela pudo haber sido un semillero político. Evidentemente, las fuerzas de seguridad pensaban que lo era. Sin embargo el alumnado que yo entrevisté, seis en total, afirmó que no lo era. La única actividad política que describieron fue la de acompañar a las monjas en expediciones de caridad, para repartir ropa y alimentos entre los pobres.

Por lo demás, las monjas aislaban a sus estudiantes del mundo exterior con un régimen estricto. Confinar en internados a los jóvenes indígenas es una antigua práctica católica que con frecuencia ha sido acusada de desculturizar a éstas. En el caso de las estudiantes femeninas, una de las razones para internarlas es impedir que queden embarazadas. Las monjas esperaban guiar a algunas de sus alumnas a una carrera célibe en la Sagrada Familia. Por otra parte, nada sería más vergonzoso que devolverlas con un bebé a unos padres que desde un comienzo habían desconfiado de la idea de educar a sus hijas. Los novios, por lo tanto, eran anatema. Las muchachas tenían una hora de libertad semanal para ir al mercado. Según una de las alumnas, incluso les leían la correspondencia. «Estábamos bajo llave», dijo otra.

Varias compañeras de estudio me dijeron que en ambos internados Rigoberta se había interesado por la política. Pero con escaso acceso al mundo exterior, había poco de qué protestar excepto de las mismas monjas. «Siempre tenía la idea de luchar para los menos afortunados. Y también por injusticias, nos sublevamos un poco contra las madres por cuestionar cosas como la comida, el horario, los castigos. Era duro el internado, las madres tenían lo mejor para ellas. Si ellas se dedicaban a nosotras, ¿por qué hay tanta diferencia? Si algún catedrático no nos enseñaba bien, nos ponía demasiada tarea, protestábamos. Por eso nos hicimos más criticas con la realidad, esto nos unía. Nos unía la idea de luchar en contra de las injusticias. Quizás éramos algo líderes».

Según esta amiga, Rigoberta nunca habló del Comité de Unidad Campesina. Más bien, quería ser una madre. «No para ser profesora, ni para tener una carrera, pero para llevar una vida cristiana, para ser buena gente. Quería ser religiosa, estudiaba hasta las 11 de la noche o las 2 de la mañana». A diferencia de sus otras compañeras, asistía a misa diariamente. Sin embargo, si es que veía en sus tutoras un modelo a seguir, se desilusionó de ellas. «Al principio, Rigoberta quería ser monja», dijo otra compañera suya, «pero al ver las desigualdades, se quitó las tintas y hacía comentarios fuertes».

¿Podría ser que la sedición estudiantil fuera el primer síntoma de la conciencia revolucionaria de Rigoberta? Ciertamente las referencias al clero católico de su testimonio de 1982 manifiestan sentimientos contradictorios de gratitud y hostilidad. Pero, ¿qué hacía durante los tres meses de vacaciones anuales, entre octubre y enero? Alejada del régimen del internado, pudo haber tenido libertad para convertirse en activista política. Pudo haber sido el vínculo perdido entre su padre y los estudiantes revolucionarios de la Universidad de San Carlos. Incluso es posible que trabajara para la insufrible señora de clase alta, que es uno de los caracteres memorables de Me llamo Rigoberta Menchú.

Una compañera de estudios me dijo que Rigoberta pasaba sus vacaciones en el Colegio Belga, donde seguía trabajando para pagarse su estancia. Otra compañera recuerda que, durante las vacaciones de Chiantla, que empezaron en octubre de 1979, Rigoberta apremió a sus compañeras para que volvieran con ella a la capital, y no para participar en protestas políticas, sino para trabajar una vez más en el Belga, ganar dinero para el próximo año y pasar Navidades en la capital. Si así fue, Rigoberta y sus amigas pasaron su último año de vacaciones escolares en el Colegio Belga, en el centro de la capital, a escasas cuadras de donde su familia acababa de arriesgar su vida protestando por el secuestro de Petrocinio. Luego Rigoberta y sus amigas regresaron a Chiantla entre el 13 y el 15 de enero de 1980, justo cuando su padre y sus hermanos llegaban a la capital para protestar por segunda vez.{2}

La última visita a casa

«Llegaron momentos amargos, que tenía que enfrentar. En primer lugar, cuando cayeron, salió la noticia y dijeron que eran irreconocibles. Yo pensaba que allí estaba mi madre, mis hermanos. Lo que yo no aceptaba era de caer todos juntos... Yo no soportaba esto. No era posible que yo sola me quede. Incluso deseaba morir.» –Me llamo Rigoberta Menchú, pág. 211 (ed. Arcoiris).

La educación de Rigoberta la había apartado de su familia en el momento de su destrucción. Los parientes no se ponen de acuerdo sobre la fecha de su última visita, quizás porque la vieron por última vez en diferentes ocasiones. Se percibe cierta distancia emocional (nada extraño en una joven de diecinueve años) en la declaración de un hermano suyo que recuerda que la última vez que estuvo de visita fue en 1978. Sin embargo evocó el momento con cariño: «su forma de hablar ya no era de nosotros. Podía hablar bien en castilla, todas las cosas podía hablar bien... Ella nos regañaba para que hablemos correctamente, siempre nos comparte el estudio que está estudiando ella. Donde estuvimos no había ladinos, no hablamos bien en español, lástima que no pudimos estudiar... Siempre nos enseñaba, como aquí en familia. Siempre estábamos captando, en caso de que hay algún tribunal o demanda. Siempre nos explicaba las cosas. Cuando ella se iba, siempre quedábamos tristes».

Una hermana recordó que la última visita de Rigoberta había sido cinco meses antes de la muerte de su padre. Eso sería en setiembre de 1979 (o un mes después, al inicio de las vacaciones escolares de octubre a enero). «Mi papá sólo andaba escondido en ese tiempo porque sus enemigos querían matarlo», me contó la hermana. «...Ya viniste», le dice Vicente a su hija, mientras se sienta en una silla para recibirla, en el pueblo, no en Chimel. «Voy a morir, mis enemigos me persiguen». Sus dos hijas lloran. «Me van a balear», añade Vicente. «Pero tú vas a lograr tus estudios». Si estas fueron las últimas palabras que Rigoberta oyó decir a su padre, explicarían porqué ella no se unió a las protestas en la capital. También corroborarían su retrato de Vicente como figura desafiante que sabe que sus días están contados.

En su historia de vida de 1997, Rigoberta sitúa su última visita a Chimel a principios de octubre de 1979. Su padre no está en la comunidad, pero su madre sí está, deshecha por el destino de Petrocinio y aliviada de verla con vida.{3} Aunque ésta fuera la última vez que Rigoberta puso sus ojos en Chimel, aparentemente no fue la última visita al municipio. Según otro pariente, la última vez que Rigoberta visitó Uspantán fue después de la muerte de su padre y de la desaparición de su madre (por lo tanto, después del 19 de abril de 1980), pero sólo por un periodo breve, tal vez de una semana, «Se dio cuenta de que podría estar perseguida y se fue otra vez».{4}

El dato más inconveniente con el que me crucé es una nota necrológica para Vicente Menchú. «Su hija es actualmente perseguida», afirma una publicación revolucionaria fechada el 1 de abril de 1980, «por lo que tiene que andar escondida». Si esto es una referencia a Rigoberta (la única de las seis hijas de Vicente que vivía fuera de Uspantán en aquella época), es la primera referencia a ella en una publicación que yo haya logrado encontrar. Puesto que el mero hecho de ser una joven indígena que recibe estudios podía atraer a los matones del régimen, puede que simplemente se refiera a la posición vulnerable de Rigoberta en un internado.{5} Interpretado literalmente, querría decir que ya estaba en la clandestinidad aun antes de la muerte de su madre, contrariamente a los recuerdos de sus compañeras de estudios.

La huida de Chiantla

Según un maestro de Chiantla, el internado tiene registrado que Rigoberta terminó primero básico en octubre de 1979, pero ningún indicio de que se inscribiera otra vez en enero de 1980. Sin embargo cinco compañeras de estudio recuerdan que Rigoberta comenzó su segundo año escolar en Chiantla y que lo dejó a mediados del curso, por lo que parece que su nombre fue tachado de las listas escolares. No es difícil entender el motivo. Al igual que el resto de Guatemala, la escuela de Chiantla estuvo sitiada a principios de los 80. Puesto que las monjas trabajaban en zonas contrainsurgentes y formaban parte de un clero que reportaba violaciones a los derechos humanos, estaban en el punto de mira del ejército. La directora belga de la escuela recibía amenazas anónimas. Sin ninguna explicación, los soldados rodeaban el recinto durante uno o dos días. Después se iban y regresaban más tarde. Las monjas decían a sus estudiantes que dejaran de llamarse unas a otras compañeras, (lo cual podía ser interpretado como léxico guerrillero) y que se tiraran al suelo cuando oyeran un silbido.

Fue en estas condiciones que Rigoberta dejó el internado una noche, sin previo anuncio y con destino al exilio. Luego de ser informada de la muerte de sus padres, pasaba gran parte de su tiempo sola en la capilla, de rodillas, llorando y rezando. «Yo no lo voy a dejar así», le dijo a una amiga. «Tengo que ver qué voy a hacer». «Nos tomábamos la religión muy en serio. Realmente creíamos que Cristo estaba allí, en la Eucaristía», explicó otra amiga, «así que cuando murieron los miembros de su familia, se refugió en la capilla. Hubo momentos de rebeldía en los que gritaba '¿por qué es que mi familia tiene que desaparecer?'»

Algunas de sus compañeras creen que los soldados rodeaban el internado buscando expresamente a la futura premio Nobel. Según una de ellas, los soldados las habían estado observando detenidamente en su procesión diaria desde el recinto residencial hasta los salones de clase, junto a la iglesia. Luego, una noche las monjas prohibieron que hablaran durante la cena, mandaron a las estudiantes a la cama e impusieron un apagón de luces. Esa fue la noche en la que desapareció Rigoberta. Dijeron que estaba en la capilla, rezando por su familia. Pero nunca regresó y al día siguiente las muchachas observaron que los soldados estaban más vigilantes todavía, como si estuvieran buscando a alguien en particular. Citando las palabras de una compañera de estudios: «Se desapareció. A los cuantos días nos rodearon no sé cuantos comandos, buscando a alguien de apellido Menchú», y registraron todo el recinto en su busca.

El problema más obvio con esta versión de los hechos es que el ejército sólo registró el internado de Chiantla en una ocasión, bajo el estado de sitio de Ríos Montt en 1982 o 1983. La redada fue una experiencia traumática, los soldados pusieron en fila a las monjas y a las estudiantes, como si se estuvieran preparando para lo peor.{6} Según otras dos compañeras de estudios, Rigoberta abandonó el recinto una noche en la que los soldados no lo estaban rodeando. Se acostó a la hora de costumbre, pero a la mañana siguiente la cama estaba hecha y sus cosas habían desaparecido. Es posible que se despidiera de una sola amiga, que murió más tarde durante la violencia. Las monjas jamás explicaron su desaparición y las estudiantes no se atrevieron a preguntar. Supieron, por el personal de cocina, que habían sacado a Rigoberta inadvertidamente, vestida con ropas de ladina, y que la habían llevado a la capital, donde le consiguieron un pasaporte para que saliera del país.

Buscando a Bernardina

«Un día, hace como ocho años, me dijo que estaba en el parque de Mixco, pero no pudimos llegar. Hace un año, una patoja dice que está viva, pero no sabe dónde. Estoy en la camioneta y veo a una muchacha que se parece a ella. Me volteé para ver si es ella.» –Madre de una amiga de Rigoberta, 1994.

Encontrar a las antiguas compañeras de estudios de Rigoberta requirió un trabajo detectivesco. Algunas resultaron estar viviendo a la vuelta de la esquina, mientras que otras aparecieron en la red personal de un colega estadounidense, en otro pueblo, y otras más en una ciudad. No a todos les agradó tener a un gringo llamando a su puerta para hacer preguntas acerca de su antigua compañera. Una de ellas todavía ocultaba sus lecciones de estudios sociales de catorce años atrás. Les doy las gracias a cada una de ellas por ayudarme. Eventualmente entrevisté a seis mujeres que estudiaron con Rigoberta en Uspantán, Ciudad de Guatemala y/o Chiantla, además de a otras tres que habían oído historias sobre ella.

Sin embargo, nunca logré encontrar a una compañera del mismo pueblo. Su tío no la veía desde hacía años, pero tenía entendido que vivía en la capital. Seguramente su hermana tenía su dirección, en otro pueblo, en una dirección confusa. Recorriendo todo el vecindario, encontré la casa de la hermana. Allí no había nadie. Y tampoco la encontré en visitas posteriores. Después, un día, en las oficinas capitalinas de las Comunidades de Población en Resistencia, me puse a hablar con dos mujeres que tenían aspecto de ser de Uspantán. Resultaron ser la madre y la hermana de la amiga de Rigoberta.

Bernardina Us Hernández era de la aldea de Macalajau. Su padre, Reyes Us Hernández, era un promotor Behrhorst, al igual que dos de los hermanos de Rigoberta, y era por lo menos tan conocido como Vicente Menchú. Todas las personas con las que hablé lo recordaban con afecto. Cuando un terremoto derribó la escuela de la aldea, Reyes dirigió el comité para reconstruirla. También encabezó el comité que restauró la capilla. Formó parte del comité de caminos de la aldea, dirigió un almacén de la cooperativa y, con la ayuda del programa Behrhorst, fundó una clínica comunitaria. «Reyes Us Hernández era rápido, elocuente y sabía decir lo que pensaba», recordó un ex voluntario del Cuerpo de Paz. «Era muy respetado por su gente». «Esa gente luchaba mucho», me contó un activista de derechos humanos. «Nos decía que esto es nuestro derecho, que trabajamos por la ley. Pero otra gente lo llevaba mal, lo rechazaron y lo acusaron de ser comandante de la guerrilla».

Reyes fue uno de los siete hombres que cayeron una noche de noviembre de 1980, víctimas del primer ataque del ejército a Macalajau. Guiados por vecinos con las caras cubiertas, los soldados derribaron la puerta de Reyes. Logró deslizarse fuera de la casa a través de un tablón suelto, pero le dispararon por la espalda y le ultimaron con dos balas en la cabeza. Cuatro meses después su hijo de diecisiete años, Daniel, era asesinado delante de su familia. Durante el mismo periodo, otros seis hombres de su red familiar fueron agarrados y nunca más se los volvió a ver.

Al igual que Rigoberta, Bernardina finalizó su educación primaria en el Colegio Belga y pasó a Chiantla. Compartía el interés de Rigoberta por la política y también se sintió obligada a dejar el colegio después de la muerte de su padre, para ayudar a su madre y sus hermanos menores. Por eso se refugió con ellos en el anonimato de la capital. Según la hermana suya que finalmente conocí en 1994, Bernardina trabajaba como criada para mantener a su familia, mientras proseguía sus estudios los domingos. Su hermana me dijo que había sido también simpatizante del Comité de Unidad Campesina, pero no había sido miembro. Tres años después de la muerte de su padre, en septiembre de 1983, Bernardina estaba haciendo un encargo para otra persona desplazada, cuando fue arrastrada por hombres vestidos de civil al interior de un vehículo. Me pregunto si no habría sido enviado a una misión clandestina, de la que tal vez estaba al corriente o tal vez no, que fue delatada a las fuerzas de seguridad. Mientras luchaba con los secuestradores, su reloj cayó a la calle. Más tarde la familia de Bernardina recuperó el reloj, pero ella nunca apareció. Por eso era tan difícil dar con ella. Su destino sugiere porqué era importante que Rigoberta huyera a México.

Notas

{1} Burgos-Debray 1984.89, 114, 120, 162, 190, 205. La nueva biografía de Rigoberta, Cruzando Fronteras, expresa gratitud a las madres de la Sagrada Familia, en particular, a la directora de la escuela de Chiantla, Gertrudis, por brindarle su apoyo después de la muerte de sus padres. Sin embargo, el internado sigue siendo un «convento» (Menchú et al. 1998:231-235).

{2} Otra compañera de estudios recordó que Vicente había ido a visitar a su hija en el Colegio Belga la víspera de su muerte, una evocación fascinante que no interpreto literalmente, ya que otras compañeras y la propia Rigoberta la sitúan lejos de la capital en este momento decisivo.

{3} Menchú et al. 1998:109-111.

{4} Una breve visita amedrantadora explicaría otra historia que escuché, que Rigoberta tuvo que ocultarse en el pueblo con la familia de una amiga. Según una compañera de Chiantla, Rigoberta tuvo permiso para abandonar el internado para ir a buscar a sus hermanas pequeñas, pero regresó sin ellas ocho días después.

{5} «Semblanza de los caídos el 31 de enero», Noticias de Guatemala, 39, 1 de abril de 1980, pág. 658. Un compañero uspantano de Rigoberta me dijo que su cohorte de estudiantes indígenas incluía dos que terminaron primaria, cuatro que acabaron estudios de básico y dos que completaron el bachillerato. A excepción de él, todos estaban muertos. Ninguno había participado en la guerrilla, dijo, y todos habían sido secuestrados o arrestados entre 1980 y 1982.

{6} Una monja de la Sagrada Familia me ayudó a establecer que el cateo ocurrió después de la salida de Rigoberta. Llegó a Chiantla cuando Rigoberta ya se había ido, luego vivió la experiencia de la redada, que ella situó el 14 de junio o de julio, bajo Ríos Montt. Un compañero uspantano me contó como la habían llevado al destacamento militar de Huehuetenango (de donde la liberaron pronto) a causa de su asociación con Rigoberta.

 

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