David Stoll, Rigoberta Menchú y la historia de todos los guatemaltecos pobres
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Capítulo 7

Vicente Menchú
y el Comité de Unidad Campesina

«Entonces mi papá regresó con tanto orgullo y dijo, tenemos que enfrentar a esos ricos que han sido ricos por nuestros cultivos, por nuestras cosechas. Así fue cuando mi padre empezó a unirse con los demás campesinos. Desde ese entonces estuvo en plática con los campesinos para la creación del Comité de Unidad Campesina (CUC). Muchos campesinos estaban platicando del comité, pues, pero todavía no había nada en concreto. Entonces mi padre se sumó como un elemento más para participar en el CUC y con tanta claridad.» –Me llamo Rigoberta Menchú, pág. 115 (edición en inglés).

La lucha de Vicente Menchú por la tierra, que culminó en martirio en la embajada de España, lo convierte en la figura más heroica del libro de su hija. Perpetuado en las páginas de Me llamo Rigoberta Menchú, es el fundador más conocido del Comité de Unidad Campesina, cuya importancia en la interpretación de la guerra según la izquierda no se debe subestimar. Aún siendo un movimiento dirigido por ladinos, el CUC mostró que la revolución estaba desarrollando una amplia base de apoyo entre los indígenas. Luego de que el soporte visible de la guerrilla fuera aplastado en 1982, el CUC continuó la lucha en el exterior movilizando a la opinión internacional en contra del ejército guatemalteco. Esta fue la organización a la que se sumó Rigoberta y en cuyo nombre hablaba en las giras internacionales. En la imagen de Guatemala propagada por los exiliados revolucionarios, Rigoberta y el CUC representaban a los campesinos que habían sido silenciados por las campañas contrainsurgentes del ejército.

El CUC nació en el sur de El Quiché, en torno a la cabecera departamental de Santa Cruz.{1} Esta era una región más desarrollada y densamente poblada que Uspantán, en la que había mucho más contacto con la vida nacional. A medida que el crecimiento demográfico les fue confinando en pequeñas parcelas, los campesinos perdieron la esperanza en la agricultura de subsistencia. En vez de trabajar en las fincas comenzaron a hacerse tejedores y comerciantes itinerantes. Cada vez eran más los que estaban escolarizados y los que formaban parte de nuevas organizaciones que fomentaban estas tendencias. Desde los cincuenta hasta los setenta, el más importante de estos vehículos de modernización fue Acción Católica, fundada por una nueva generación de sacerdotes de España. Su idea era la de revitalizar parroquias abandonadas durante muchos años, por atraer los mayas de sus propios costumbres y formarlos como catequistas. Pero los catequistas en seguida empezaron a participar en la organización de cooperativas y a presentarse para cargos políticos. Algunos de los sacerdotes que fundaron Acción Católica habían luchado a favor de Franco durante la guerra civil española; proyectaban que la nueva organización fuera una contrareforma que protegiera a los parroquianos de los encantos del comunismo. En vez de esto, ellos y sus catequistas chocaron con la estructura patrón-cliente de la Guatemala rural, convirtiendo a la diócesis de El Quiché en avanzada local de la teología de la liberación.

Los movimientos revolucionarios a menudo se atribuyen al despertar de las expectativas y a estructuras anticuadas. En este caso, Acción Católica estaba modernizando el liderazgo en las aldeas. Los campesinos kíicheís empezaban a escapar de la trampa del trabajo temporal en las fincas. Pero sus municipios seguían bajo el control de patrones ladinos. Alertas desde el intento de reforma agraria de los cincuenta, los patrones de Santa Cruz no dudaban en reportar cualquier desafío a la dictadura, lo que resultaba en el encarcelamiento de los agitadores o la expulsión del sacerdote que les aconsejaba. La paranoia fue en aumento a partir de 1974, año en que la reformista Democracia Cristiana atrajo suficientes votantes kíicheís como para ganar un buen número de municipalidades. La reacción conservadora no fue en nada parecida al holocausto de finales de la década. Pero con el Ejército Guerrillero de los Pobres llevando a cabo sus primeros ataques en la parte norte del departamento, crecían los rumores. Mientras tanto, el robo de la carrera presidencial de 1974 perpetrado por el ejército sugería que era inútil una política electoral.

Santa Cruz del Quiché era un lugar más polarizado que Uspantán, y fue de su rama izquierda de Acción Católica de donde surgieron muchos de los fundadores del CUC. Los otros miembros del CUC eran hombres de ideas similares procedentes de Chimaltenango, Huehuetenango, Baja Verapaz y la costa del Pacífico. Los más sorprendente de la nueva organización fue su amplia visión de representar a «todos los trabajadores del campo». Con el apoyo de la «concientización», una técnica pedagógica asociada con la teología de la liberación y la izquierda católica, el CUC quería reunir a diferentes categorías de campesinos. Quería incorporar a los proletarios rurales y a los pequeños propietarios, a los que no tenían tierra y a los que tenían muy poca, a ladinos e indígenas. Pero su prioridad era organizar a las remesas de trabajadores que migraban del altiplano a las fincas. Tras la contrarrevolución de 1954 los campesinos de Guatemala habían vuelto a adoptar una actitud de sumisión. A partir de 1978, el CUC denunciaba a la oligarquía en términos muy claros. Reclamaba salarios dignos y la distribución de las propiedades.

En febrero de 1980, justo después del incendio en la embajada de España, el CUC desplegó una ola sin precedentes de huelgas en la costa del Pacífico. Las cosechas del algodón y la caña de azúcar se paralizaron. Los finqueros se sintieron tan impotentes que el régimen de Lucas García aceptó triplicar el salario mínimo. Después que se interrumpió la huelga, las fuerzas de seguridad secuestraron a todos los organizadores que pudieron encontrar. Entretanto, nació el CUC en el altiplano y se unió a la guerrilla. Debido a la huelga de 1980 y a la rápida propagación de la insurrección, se presume por regla general que el CUC tenía una amplia base entre los campesinos mayas y que expresaba sus reivindicaciones. Pero dado que operaba en la semiclandestinidad, las dimensiones del movimiento siguen siendo vagas. Otro motivo por el que no se sabe con certeza su verdadero alcance es la pérdida de tantos de sus miembros. A finales de 1982, había sido prácticamente exterminado en el interior de Guatemala. La destrucción del CUC es otra razón plausible por la que no pude encontrar en Uspantán a nadie que lo recordara, como tampoco recordaban que Vicente Menchú hubiera sido uno de sus fundadores.

Entonces, ¿cuál fue la relación de Vicente con esta organización legendaria? ¿Se originó realmente como un movimiento de base? ¿Eran sus fundadores campesinos profundamente explotados y acorralados, como nos quiere hacer creer Me llamo Rigoberta Menchú? Lo fuera o no, el CUC ha encontrado un lugar en la imaginación popular. También Vicente Menchú, más allá de las páginas del libro de su hija, en las historias que hablan de sus viajes por el altiplano y en sus pláticas con otros campesinos acerca de su vida. Entonces, ¿qué han llegado a significar la vida simbólica de Vicente tras su muerte?

Para responder a estas preguntas, observemos detalladamente cómo surgió el CUC en el sur del Quiché a mediados de los setenta, cómo salió a la luz pública en 1978 y cómo se unió al Ejército Guerrillero de los Pobres en 1980. Su vertiginoso auge y caída incluye aldeas de adobe del altiplano, grupos de estudio dirigidos por los padres jesuitas, exaltados debates laborales en la capital, huelgas violentas en las fincas de la costa y campesinos valientes y mal armados que se enfrentaron al ejército a principios de los 80. Es una historia nacional, la de una organización que trató de representar a todos los pobres del medio rural del país, en un modo del que se haría eco Rigoberta cuando decía hablar en nombre de todos los guatemaltecos pobres.

Uspantán recuerda al padre de Rigoberta

«Desde el 77 mi padre fue clandestino. O sea, se escondió; abandonó la casa para no quemarnos a nosotros. Abandonó a toda su familia y se fue a otras regiones a trabajar con los campesinos. Llegaba de vez en cuando. Pero tenía que pasar por las montañas para llegar a casa. Para no pasar por el pueblo y para que los terratenientes no se dieran cuenta de que mi padre estaba en casa.» –Me llamo Rigoberta Menchú, pág. 142.

Según Rigoberta, los conflictos de su padre con los finqueros y el INTA lo empujan a participar en la formación del CUC y dedica todo su tiempo a organizar otras regiones. Sólo ocasionalmente y en secreto podía regresar a casa. Mientras tanto, incluso antes de que Petrocinio fuera secuestrado, las patrullas del ejército obligan a Chimel a organizar su autodefensa. La comunidad establece guardias, señales secretas y salidas de emergencia; construye un campamento secreto para ocultarse del ejército y cava trampas para que caigan en ellas los soldados. Luego de que los soldados golpean a sus perros, matan a sus animales y saquean sus viviendas, la comunidad se arma con hondas, machetes, piedras, palos, chile, sal y cócteles molotov.{2} En Me llamo Rigoberta Menchú la guerrilla no aparece en escena, pero se oculta en los alrededores y se les considera los defensores, lo cual da la impresión de que Chimel ya colaboraba con ella incluso en 1977.

Sin embargo, es confusa la cronología de cómo se convierte Chimel en aldea militante. Rigoberta presenta una comunidad que se está movilizando para sacar a Vicente Menchú de la cárcel después de su segundo arresto en 1977 (en realidad, 1978), luego añade que Chimel está tan bien organizado que captura a un soldado rezagado, pero después dice que «la comunidad se une por primera vez» después del secuestro de Petrocinio en septiembre de 1979.{3} Este no es el primer momento en el que Me llamo Rigoberta Menchú resulta confuso, sin embargo estas inconsistencias no tienen por qué significar necesariamente gran cosa. Puesto que Elisabeth Burgos volvió a ordenar los relatos de Rigoberta para ponerlos en orden cronológico, sería fácil cometer errores, además de las contradicciones que se pueden esperar en todo relato de una vida. Los problemas más serios surgen cuando nos apartamos de la historia de Rigoberta para compararla con otras. Según los testimonios locales, el ejército no envió tropas a Uspantán hasta después de que la guerrilla visitó el pueblo en abril de 1979. Nadie recordaba violencias del ejército hasta que el EGP asesinó a Honorio García y Eliu Martínez en agosto de 1979. En cuanto a la autodefensa de la aldea, no se menciona en los testimonios locales hasta después de estos acontecimientos.

¿Qué sucede con el Comité de Unidad Campesina? Si uno pregunta por esta organización en Uspantán, la respuesta habitual niega su presencia. «Aquí ni hubo CUC ni sindicalismo, nunca. No recuerdo que haya habido ninguna reunión del CUC», me dijo un ex alcalde, al igual que activistas de derechos humanos y otras fuentes próximas a temas delicados. La organización, por supuesto, siempre había sido semiclandestina: Todos los que supieran de ella en el ámbito local podían morir, desaparecer o negar su conocimiento. No obstante, ni siquiera los activistas locales que anhelaban reclamar el legado del CUC para la historia uspantana tenían recuerdos personales de su presencia. El CUC tampoco aparece en los informes de derechos humanos o en los recuerdos de la familia de Rigoberta. Aunque algunos afirman que tenía una historia local, su fuente de información es el libro de la laureada. Nadie dijo haber tenido una experiencia directa con el CUC.

Muchos uspantanos se acordaban de otra organización campesina con la que Vicente Menchú había tenido contactos, las Ligas Campesinas. Fue fundada en 1965 y combinaba el apoyo técnico con pláticas sobre reforma agraria. En Uspantán al parecer no se hizo gran cosa. Unos pocos dicen que Vicente colaboró en la formación de la primera filial, pero sus familiares y antiguos socios o lo niegan o dicen no saber nada al respecto. Según uno de los hijos de Vicente, es posible que en una ocasión asistiera a una reunión. Si buscaba un apoyo para su reclamación de tierras, la afiliación no figura en sus peticiones al INTA, lo que sugiere que si hubo algún tipo de compromiso éste fue fugaz. Ni sus hijos ni él pertenecieron tampoco a las dos cooperativas que se fundaron en los años 70, una de créditos y ahorro, y la otra para ayudar a los campesinos con los insumos agrícolas y la comercialización.

Sin embargo, Vicente y su familia participaron en otras organizaciones que Rigoberta no menciona, quizás porque serían difícilmente reconciliables con su versión de los hechos. Aunque habla de un Chimel resueltamente aislado, que desconfía de las influencias externas, otros recuerdan una aldea que, al igual que muchas otras, estaba impregnada con la ética de la superación, a través de los conocimientos adquiridos del mundo exterior. Como aldea dirigida por catequistas y que reclamaba tierras, Chimel tenía una mentalidad especialmente abierta a este respecto. Rigoberta de hecho se refiere a uno de los programas de desarrollo que proliferaron en el altiplano durante su infancia, pero éste acaba en fracaso: «Había unos europeos que nos ayudaban. Nos mandaban una cantidad de dinero. Eran unas personas que trabajaron un tiempo enseñando la agricultura a los campesinos. Pero la forma en que se siembra ahí no es la misma forma en que se siembra entre nosotros. El indígena rechaza cualquier clase de abonos químicos que le traten de enseñar. Entonces, no tuvieron bastante acogida en el lugar y se fueron, pero fueron muy amigos de mi padre.»{4}

Lo de «unos europeos» suena como una vaga referencia a un programa en el que los Menchú participaron con entusiasmo. El Dr. Carroll Behrhorst era un médico misionero luterano de Kansas, tan conocido que se le consideraba la respuesta de Guatemala a Albert Schweitzer. Tras fundar un hospital en Chimaltenango, expandió sus programas de salud y agricultura a Uspantán, incluyendo la aldea de Chimel. En los años 70 por lo menos tres estadounidenses trabajaban con la familia Menchú y sus vecinos, dos voluntarios del Cuerpo de Paz y otro ex-voluntario, asociados todos ellos a la Clínica Behrhorst. Vicente formó parte de los comités, y sus dos hijos mayores recibieron un curso de capacitación de dos años para promotores Behrhorst. Además de fundar una clínica para la aldea y de distribuir medicinas, los Menchú también experimentaron con verduras y recibieron diferentes animales de crianza, incluyendo pollos y cabras, así como vacas de otro programa norteamericano, el Proyecto Heifer. «Era un agricultor muy progresista», dice de Vicente uno de los voluntarios del Cuerpo de Paz. «Experimentaba con todo lo que le ofrecíamos, y lo hacía bien. En lo único que no estábamos de acuerdo era en su costumbre de cortar y quemar las laderas de los cerros. Esa no es forma de cultivar, pero él quería hacerlo así.»

Rigoberta no era promotora de Berhrhorst, pero solía recibir material de la clínica que le daban sus hermanos. ¿Estaban metidos los Menchú en política radical? Ninguno de los tres voluntarios con los que hablé pudo recordar que fuera así. «Creo que ni se les llegó a ocurrir» respondió uno, basándose en las frecuentes visitas a Chimel entre 1976 y 1978. «Querían que les dejaran en paz y conseguir los títulos de las tierras que habían ocupado y limpiado. Eran personas muy activas, pero no eran revolucionarios. Eran pequeños capitalistas tratando de ajustar las cosas, de ganar un peso y salir adelante. Allí era tan remoto y estaban tan aislado. Nunca nos pareció que estuvieran tratando de ocultar algo; siempre me estaban llevando a algún lado para mostrarme algo». Es posible que Rigoberta esté en lo cierto cuando dice que los proyectos fracasaron. Pero no es así como lo recuerda uno de sus parientes. él habló de los proyectos con profunda nostalgia. «Nos enseñamos toda clase de cultivos y animales, nos ayudó bastante. Este trabajo me encantó mucho. ¡Cuántas cabezas teníamos! ¿Ahorita dónde las tenemos? No hay. Este señor nos mostró todo, para que no fracasamos. Cómo inyectar un ganado. Acaso dos años de esta practica teníamos (con una sonrisa). Cuando el se fue, sí lloré.»

El compromiso de Vicente con el Cuerpo de Paz no es el único aspecto por el que resulta difícil reconciliar al campesino que recuerdan sus vecinos con el organizador clandestino que describe su hija. Todo aquel con quien hablé negó que hubiera desaparecido de Uspantán después de 1977, cuando según su hija pasó a la clandestinidad.{5} Obviamente, no estaba en la clandestinidad cuando sus hijos y él trabajaban con la Clínica Berhrhorst y los voluntarios de los Cuerpos de Paz, entre 1973 y 1979. Ni tampoco cuando se llevó a cabo el último censo de Chimel en la municipalidad, en noviembre de 1978, fecha en la que los Tum lo metieron preso. O cuando el INTA llegó en helicóptero para entregar los títulos de propiedad en diciembre de 1979, un mes antes de su muerte. A juzgar por los testimonios locales, Vicente no se consideró un hombre perseguido hasta el secuestro de Petrocinio. Aun entonces, si no estaba arriesgando su vida manifestándose en la capital, se mantenía en Chimel. Sus antiguos amigos y vecinos también negaron que a Vicente le interesara la política. Lo que dicen es que siempre pidió su derecho.

Es notable que Vicente no fuera identificado como miembro o fundador del CUC hasta que su hija le contó su historia a Elisabeth Burgos en enero de 1982. El primer relato de vida de Rigoberta que pude encontrar, fechado en diciembre de 1981 y publicado por una agencia revolucionaria de noticias dispuesta a promover al CUC, no hace referencia a la asociación de su padre con éste.{6} Hasta el viaje de Rigoberta a París, Vicente nunca fue identificado con el grupo excepto por haber muerto junto a cinco de sus miembros en la embajada de España. Cuando Voz del CUC publicó las notas necrológicas de los mártires de la embajada, les describió como «un grupo de compañeros ixiles y quichés, acompañados de cinco compañeros del CUC», lo que sugiere que los ixiles y los quichés no eran miembros. Si existe una sola publicación que establezca que Vicente era miembro, por no decir fundador, todavía tengo que encontrarla.{7} Más recientemente, Rigoberta ha respondido ambiguamente a las preguntas sobre su padre y el CUC. Aunque en ocasiones sigue hablando de su padre como miembro fundador, en 1992 reconoció que no lo había sido, sólo «un miembro muy activo». Cuando ese mismo año Rigoberta y el CUC publicaron un libro sobre la organización, no se hacía referencia alguna a Vicente Menchú como uno de los fundadores.{8}

El CUC y los jesuitas

¿Por qué es importante que Vicente Menchú no fuera miembro del Comité de Unidad Campesina? La organización fue el vehículo que utilizó Rigoberta para generalizar la experiencia de todos los guatemaltecos pobres en su padre y su aldea. Su relato confirma las imágenes que envuelven al CUC, incluida la idea de que representaba a las masas pobres ansiosas de recurrir a las armas en contra del estado. El hecho de que Vicente se convirtiera en el fundador más conocido del CUC, aun si hasta el final de su vida no tuvo nada que ver con él, subraya la importancia del testimonio de Rigoberta. Sugiere también la necesidad de cuestionar si el CUC reflejaba en realidad un verdadero auge revolucionario popular. Para responder a esta pregunta, remontémonos a los orígenes del grupo al se sumó la hija de Vicente, aunque él no lo hiciera.

Al igual que Vicente, muchos de los hombres que fundaron el CUC eran catequistas católicos, lo que hace admisible la asociación de su hija entre ambos. No obstante el pertenecía a un estrato diferente de la sociedad maya que el de los fundadores del CUC. Puesto que él era catequista de primera generación, no tuvo la oportunidad de ir a la escuela y toda su vida fue campesino. Su principal logro fue haber ascendido desde una juventud pobre hasta llegar a ser un campesino próspero. Los fundadores del CUC procedían principalmente del sur del Quiché, pertenecían a una generación más joven y educada, y tenían pocas tierras o ninguna. Uno de ellos, un catequista de una aldea vecina a Santa Cruz habló con franqueza de las dificultades que sus compañeros y él habían tenido que enfrentar. Domingo Hernández Ixcoy dirigió en 1982 la ocupación de la embajada brasileña por el CUC, la cual se menciona brevemente en el capítulo anterior. En el exilio intimó con la nueva celebridad internacional de su organización, Rigoberta Menchú, pero dejó el CUC y el movimiento revolucionario pocos años después. Los kíicheís de su municipio no eran los más pobres entre los pobres, admitió Hernández en una entrevista con el antropólogo francés François Lartigue. Contrariamente a la habitual imagen de sobreexplotación que presentaba el CUC, ninguno de sus vecinos iba ya a la costa puesto que habían encontrado mejores alternativas más cerca de sus comunidades. Hernández y sus compañeros por lo tanto encontraban indiferencia entre las personas que querían organizar. «Al vivir demasiado lejos de su explotador, no lo conoce», observó, al contrario que los obreros de fábricas, que él suponía que tendrían más conciencia política.

En las aldeas de Xesic, Xesic Cuarto y Chajbal, los activistas ganaron credibilidad al capturar a una banda de asaltantes, kíicheís que se vestían de uniforme para robar y violar. La gente empezó a acudir en tropel a sus reuniones; hasta los ricos estaban impresionados. Pero ley y orden no eran exactamente el objetivo. Hernández y sus compañeros habían oído hablar de la guerrilla en la región ixil, y les gustó lo que oyeron. «tiene que haber una vanguardia que nos va a proteger, nosotros sentíamos claro eso, ya el pueblo, la masa, los compañeros que estábamos organizados ya preguntábamos, muchas veces me acuerdo, las preguntas siempre pedían: ¿y los compañeros, los del EGP, los del FAR, no hay ninguna comunicación con ellos? ¿no se puede hacer una comunicación con ellos? Lo único que se les dice es que desconocemos, pero tal vez en el camino nos vamos encontrando con ellos, y así fue, ya se oía por parte del pueblo...»{9}

Este testimonio es fascinante porque muestra un discurso temprano del CUC muy diferente del que defenderían más tarde: el de una organización de clase que lucha contra los explotadores. Después de reconocer lo difícil que resulta reclutar a la población que no está al borde de la desesperación, Hernández habla de «el pueblo, la masa», antes de pasar a «los compañeros que estábamos organizados». Alimentando en silencio la esperanza de vincularse a la guerrilla, un núcleo de militantes debe enfrentarse a la ausencia de un explotador local que justifique una política radical. Antes de educar a los vecinos acerca del enemigo mayor –los finqueros para los que ya no están obligados a trabajar, un ejército que aún no ha llegado y un sistema capitalista que les permite mejorar su vida poco a poco– deben encontrar un enemigo significativo en términos locales. Los asaltantes eran la solución. Al proteger las propiedades de los campesinos frente a la delincuencia común, amplían su poder de captación. Luego de haberse apuntado un gol en cuanto a ley y orden, establecen sus cursos de alfabetización y concientización, para llevar a sus vecinos hacia un camino mucho más peligroso: el enfrentamiento con el ejército.

El testimonio de Hernández sugiere también cuán dramáticamente destacaba el CUC entre otras organizaciones del medio campesino. Tal como ha sido señalado por el sociólogo Yvon Le Bot, esta actitud de enfrentamiento hacia la estructura nacional de poder no era un desarrollo tan natural o inevitable como han presumido muchos.{10} Ciertamente, muchos guatemaltecos se sentían frustrados por el poder atenazante del ejército. La izquierda ya había perdido miles de activistas durante la represión contra el movimiento guerrillero, especialmente en el oriente de Guatemala. Después de que el EGP anunciara su presencia en 1975, también empezaron en El Quiché los secuestros de los escuadrones de la muerte. Pero durante varios años no parece que la mayor parte de la población se sintiera amenazada por ellos. Al igual que otra evidencia de este periodo, el relato de Domingo Hernández Ixcoy sugiere que la mayoría de sus vecinos no había experimentado que la represión fuera un asunto grave hasta que ésta tocó a sus puertas.{11}

Si la visión del CUC no se había originado en la experiencia compartida de una población oprimida, ¿de dónde procedía? Lo que caracterizaba a los fundadores era su participación en el estudio de la Biblia, aunque no en cualquier estudio de la Biblia. Practicaban la «pedagogía de los oprimidos», según la célebre frase del educador católico Paolo Freire, recurriendo a la concientización para movilizar a los pobres en la acción política. Al estudiar la Biblia, se suponía que los trabajadores pastorales y los feligreses tomarían conciencia de las estructuras de dominación y formularían estrategias para cambiarlas. En Santa Cruz la labor de concientización estuvo dirigida por los jesuitas con la colaboración de sus estudiantes de Ciudad de Guatemala. Conocidos como los «jesuitas de la zona 5», por la ubicación de su casa en una barrio pobre de la capital, no usaban ropas clericales ni cobraban por las misas como hacían otros sacerdotes. Enseñaban que la Iglesia no era sólo el templo y eran muy persistentes con el tema de la concientización política.

Puesto que los jesuitas obedecen directamente a Roma, no están sometidos al obispo en cuya diócesis operan. Pocos años después de su llegada en 1972, la pastoral jesuita tenía conflictos con los sacerdotes españoles del Sagrado Corazón que dirigían las parroquias. Las opiniones estaban particularmente divididas en torno a un joven jesuita llamado Fernando Hoyos, también español. Para sus muchos admiradores y detractores, Hoyos encarnaba las nuevas corrientes de pensamiento y acción de la Iglesia Católica, conocidas como la teología de la liberación. Si se pudiera reducir la teología de la liberación a una sola premisa, sería la de que la misión de la Iglesia es ayudar a los pobres a construir el Reino de Dios en la tierra. Aunque la mayoría de sus partidarios no iba tan lejos como Hoyos, sus objetivos también reflejaban las prioridades recién invertidas de los jesuitas en Centro América, que pasaron de pastorear a las clases altas a organizar a las clases más bajas, y de defender la fe a combatir la injusticia social. La constante en la misión jesuita, fuera educando a los niños de las clases altas o capacitando activistas campesinos, fue la formación espiritual de líderes políticos.

La concientización no atrajo a todos los catequistas de Santa Cruz. Más bien, los dividió. Pero los que trabajaban con Hoyos y los jesuitas obtuvieron buenos resultados en las elecciones para el liderazgo de Acción Católica. Ganaron mayor audiencia mediante la emisora de radio diocesana y ampliaron su red con el terremoto de 1976 que cobró tantas vidas. Los esfuerzos de socorro abrieron aldeas que antes desconfiaban de Acción Católica. Los donantes extranjeros canalizaron los recursos a través de ésta.{12} Mientras tanto, el control del estado por parte del ejército proporcionaba una razón poderosa para conspirar en contra del orden establecido. Convocar elecciones no tenía mucho sentido si se podía asegurar que el ejército las robaría. Esto mismo sentían los jesuitas, sus estudiantes colaboradores y los catequistas bajo su influencia acerca de los programas de desarrollo, que pasaban por las dificultades de costumbre. En consecuencia, el mensaje de los jesuitas «no estaba orientado a resolver los problemas económicos mediante el desarrollo, por ejemplo, de una nueva tecnología o de una organización de financiamiento. Sino que iba orientado a desbloquear la mente de ataduras tradicionales, siendo la principal y más profunda el respeto a las autoridades. Por eso, era un mensaje que subvertía la ley...»{13}

La habilidad de Fernando Hoyos para despertar conciencias llevó a sus oyentes a preguntarse: ¿Y ahora qué? El Comité de Unidad Campesina era la respuesta, pero no empezó a existir como tal hasta después de un cisma en el movimiento obrero nacional en 1978. La opción de los sindicalistas era trabajar con sindicatos estadounidenses conservadores (que colaboraban con la CIA) o con instituciones más militantes (orientados por cuadros de la guerrilla). La disputa se expandió a los afiliados campesinos del movimiento obrero, que también se separaron. En este momento los campesinos más militantes organizaron el CUC.{14} Sospechando de qué rumbo soplaba el viento, las fuerzas de seguridad ya habían tratado de secuestrar a Hoyos en 1977. Tres años más tarde, cuando estaban dando caza a líderes católicos sospechosos de colaborar con la guerrilla, Hoyos dejó la orden jesuita por el Ejército Guerrillero de los Pobres. Se convirtió en miembro de la dirección nacional del EGP y se incorporó a una de sus columnas. Murió en 1982 luego de que le agarrara una de las patrullas civiles del ejército, formada por los campesinos mayas que él esperaba liberar.

Un año antes de la muerte de Hoyos, el ejército secuestró a dos de sus socios y les arrancó confesiones de su participación en el EGP. Emeterio Toj Medrano era comentarista de la emisora de radio diocesana de Santa Cruz del Quiché. Había trabajado estrechamente con Hoyos y era uno de los fundadores del CUC. Después de retractarse de su carrera subversiva en una conferencia de prensa militar, escapó con la ayuda del EGP, llegó a México y denunció cómo lo habían torturado. La otra presa del ejército, Luis Pellecer, era un joven jesuita de la clase alta guatemalteca. A diferencia de Toj Medrano, nunca se retractó de sus declaraciones, aunque pronto tuvo suficiente libertad para poder escapar. En vez de ello, renunció a la orden jesuita y se convirtió en uno de los asesores claves del ejército. Sus más vívidas descripciones de la conspiración católica-marxista parecían reflejar las teorías de sus captores, pero lo que contaba sobre sus experiencias personales era creíble, incluyendo la afirmación de que los jesuitas eran los «verdaderos fundadores» del CUC.{15} La orden lo niega,{16} y no hay duda de que entre los fundadores indígenas del CUC se incluían hombres muy capaces, pero la conexión jesuita es ineludible. La distancia radical que representaba el CUC en comparación con el nivel habitual de conciencia campesina en los años 70 sugiere que sus asesores jesuitas contribuyeron con bastante inspiración.

Una organización nacida para la guerra

«El CUC nació para la guerra. Desde un principio se planteó cuestiones que implicaban un cambio profundo, estructural, revolucionario. Podemos decir, entonces, que el objetivo estratégico de la organización es preparar a las masas para los momentos insurreccionales; para las etapas finales de la guerra popular... El CUC... es una organización revolucionaria de masas de campesinos» –Compañeros del CUC, Septiembre 1982.{17}

Otra asociación que emerge de la historia del Padre Fernando Hoyos es entre el CUC y el Ejército Guerrillero de los Pobres. En 1980 el CUC anunció que se unía a la insurgencia. La explicación habitual es que se vio obligado por la represión del gobierno. De la represión no hay duda. Pero parece ser que algunos jesuitas y catequistas de Santa Cruz ya se estaban preparando para la guerrilla incluso antes de organizar el CUC. Según un libro de la hermana de Hoyos, éste era miembro del EGP desde 1976.{18} De la premisa de la teología de la liberación, que la iglesia podía usar la concientización y la organización popular para construir el Reino de Dios en la tierra, a la premisa de la guerrilla guatemalteca, que podían lanzar un movimiento revolucionario aun si las masas no eran conscientes de que lo necesitaban, sólo había un paso.

Una entrevista de 1982 con el comandante en jefe del EGP también sugiere que el CUC en verdad había «nacido para la guerra». Rolando Morán (nombre de guerra de Ricardo Ramírez) estuvo conversando con la periodista chilena revolucionaria Marta Harnecker. Sin duda una de las razones para la franqueza de Morán era que el ejército ya estaba al corriente de la mayor parte de sus declaraciones. Aun así, es posible que dijera demasiado, ya que la entrevista se convirtió en lectura obligada de la academia militar guatemalteca.

«Las masas forman y enriquecen los destacamentos guerrilleros», comentaba Morán del rol militar que el EGP asignaba a la población civil. «Las masas se organizan y constituyen los grandes destacamentos paramilitares, las masas se organizan y constituyen también los grandes destacamentos de autodefensa del pueblo. Todos estas son las formas militares en que participan las masas en la guerra. Ellas participan también en la economía de la guerra: producen para el ejercito popular, producen también para el sostenimiento de los organismos políticos clandestinos que no pueden sobrevivir sin esta aportación de las masas...» «La dirección de todas nuestras organizaciones de masas es una organización secreta», añadió, en relación al Frente Popular 31 de Enero y a su integrante más conocido, el Comité de Unidad Campesina, que describía como una «organización campesina afín al EGP». «Por ejemplo, un grupo inicial de CUC se forma en una aldea, se trata de un comité secreto que desarrolla un trabajo de propaganda hasta que capta a la mayoría de la aldea y la incorpora al trabajo de masas del CUC. Eso solo se puede concebir en un país como Guatemala, donde el grado de represión, de agudización de la lucha de clases ha polarizado tanto a las fuerzas en pugna que é la gente acepta esa solución como la única para defenderse, para continuar la lucha y lograr la victoria.»

«En el Frente Guerrillero 'Luis Turcios Lima' que se encuentra ubicado en la costa sur del país, tenemos ya algunas fuerzas guerrilleras regulares: ¿En que se asientan estas fuerzas además de la geografía? Se asientan en que en las aldeas de la región funcionan

organismos de masas revolucionarios, hay asambleas locales del CUC que permiten el surgimiento de las fuerzas guerrilleras... No están todas armadas, pero tienen sus grupos de autodefensa que si están armados. Además, en otro orden, el del EGP propiamente tal, tenemos las guerrillas locales que son equivalentes a las milicias, luego las guerrillas regionales y luego el Ejercito Regular.»{19} Morán no llegó a contar cómo se originó la estrategia, pero habla del CUC como parte integral del EGP, no como una organización separada, que usa células clandestinas para reclutar a las aldeas. En vista de la confiada explicación del comandante del EGP, la descripción de Domingo Hernández Ixcoy acerca de cómo se hablaba de la guerrilla en los primeros años del CUC («lo único que se les dice es que desconocemos, pero tal vez en el camino nos vamos encontrando con ellos») sugiere que éste sabía más de lo que les decía a sus compañeros. Tal como describe Le Bot las implicaciones de la organización clandestina, era «la exclusiva de una vanguardia de círculos limitados que, por razones evidentes, se mantenían en la clandestinidad y destilaban verticalmente una información fragmentaria y cifrada».{20}

Si el CUC fue un vehículo de la guerrilla desde su origen o sólo después de que recrudeciera la represión, es un tema que carece de importancia para muchos de sus miembros ya que están muertos. Pero para quienes tratan de aprender de las experiencias de aquellos, el asunto debería ser importante. Si el CUC fue desde el principio un frente de la guerrilla, ello plantearía interrogantes en cuanto a su derecho a hablar en nombre del pueblo. Una organización creada como vehículo para una guerra de guerrillas, que no haya expuesto este objetivo, es un instrumento que atrae a los campesinos a una estrategia de alto riesgo sin proporcionales la información necesaria para entender en qué se están metiendo. Sólo se puede movilizar a un sector de las masas, explicó Morán a Harnecker. Por ejemplo, si un sindicato tiene ochocientas personas, sólo se puede movilizar a cuatrocientas. De éstas, sólo cien son «la avanzada de las masas» –por definición del EGP y no de los otros setecientos, que evidentemente no están totalmente de acuerdo con la dirección que está tomando su organización.{21} En el caso del CUC, Morán dijo que podría captar a «la mayoría de la aldea», pero esto es un mecanismo de reclutamiento dirigido desde las alturas, no una organización que procede de las bases o que establece su curso mediante la toma de decisiones en común. También implica que parte de la aldea se quedará relegada, para ser discriminada como oposición desleal cuando haya comenzado la violencia.

En 1980, a medida que el gobierno agudizaba el terror y que afluían los reclutas en las organizaciones revolucionarias, los «grupos de autodefensa armados» se convertían en tema del debate de la izquierda guatemalteca. ¿Crecería el movimiento revolucionario con la incorporación de los activistas y de las comunidades a la lucha armada? ¿O les destruirían las inevitables represalias? Quince años antes, en el oriente de Guatemala, los intentos de la guerrilla para establecer zonas de autodefensa rural habían sido un desastre. Gustavo Porras, un intelectual del EGP que trabajó con el CUC, recuerda lo que vino después como un enfrentamiento social imparable. Provocado por los secuestros del ejército, el apoyo a la lucha armada en el sur de El Quiché se infló tan rápidamente que desbordó la capacidad del EGP para canalizarlo. Hasta este momento, el EGP había reclutado individuos lenta y cuidadosamente a fin de construir un ejército disciplinado para una guerra prolongada. Ahora estaba incorporando de repente masas de afiliados y se precipitaba a la estrategia de la insurrección popular.

Hacia 1981 el sur de El Quiché estaba en estado de rebelión. Enfurecida por las masacres del ejército, la mayor parte de la población parecía apoyar al Ejército Guerrillero de los Pobres. Según una fuente, más de un millar de personas se incorporaron a la fuerza guerrillera sólo en el municipio de Santa Cruz. Organizados por el CUC e incorporados al EGP, minaron carreteras, quemaron vehículos del gobierno, volaron infraestructura eléctrica, derribaron helicópteros, emboscaron patrullas del ejército y atacaron sus bases.{22} También practicaban la autodefensa mediante sistemas de seguridad y trampas cavadas en la tierra. Pero los insurgentes no tenían suficientes armas para protegerse del ejército, que en seguida empezó a quemar sus aldeas. Hambrientos y sin hogar, los supervivientes sólo podían escapar o, más a menudo, rendirse, lo cual significaba ser reclutado obligatoriamente para el nuevo sistema de patrullas civiles del ejército. Apartados de sus seguidores, o de lo que quedaba de éstos, la guerrilla salió del sur de El Quiché para reagruparse en el norte.

En los análisis acerca de dónde se equivocó el EGP, éste ha sido criticado por empujar al movimiento popular a una lucha armada antes de que se pudiera proteger.{23} Sin embargo, también había campesinos que querían tomar la iniciativa, que exigían a la guerrilla armas que no tenía, como si el EGP hubiera sido arrastrado a un levantamiento de masas antes de que estuviera preparado para dirigirlo.{24} La guerrilla guatemalteca nunca volvió a experimentar el desborde de apoyo que se dio en el sur del Quiché y áreas vecinas entre 1980-1981. Creyendo que seria imparable, el EGP ignoró las experiencias previas en el oriente de Guatemala, donde el ejército había demostrado su disposición para matar a cualquier número de campesinos. Ahora sucedía lo mismo nuevamente, en mayor escala. En cuanto a los civiles que dieron la bienvenida a la guerrilla e incluso exigieron armas, nada en su experiencia les había preparado para la respuesta del ejército. En Baja Verapaz, el departamento vecino, la reacción del ejército a las barricadas del CUC fue tan salvaje que algunos de los sobrevivientes de la aldea de Xococ cambiaron de bando y ayudaron al ejército a masacrar una aldea desarmada tras otra.{25} Cuando el ejército mostró su capacidad de asesinar a cientos de hombres, mujeres y niños en un sólo día, los campesinos, según palabras de Gustavo Porras, «cambiaron completamente sus criterios.»

Porras también reconoce que el EGP subestimó la profundidad de las contradicciones locales, viejos pleitos, a menudo invisibles para los de afuera, que aislaban a parte de la población de los cuadros revolucionarios, incluso en las aldeas que se adherían a la causa.{26} Lo visible era la multitud de campesinos dándoles la bienvenida y exigiendo acciones contra los matones del gobierno. Lo invisible era otra población que permanecía callada, tras las puertas cerradas o en los campos. Eran demasiado desconfiados para comprometerse. Aunque se podía identificar a unos cuantos como espías del ejército, para matarlos o alejarlos, a la mayoría no. Tras aplastar a las fuerzas debilitadas del EGP, el ejército formaría las patrullas civiles e impondría rigurosos controles a partir de estos espectadores cautelosos.{27}

La razón por la que el CUC atrajo tanta atención, nacional e internacionalmente, fue porque decía hablar en nombre de todos los campesinos guatemaltecos. Aun si sus éxitos fueron sustanciales, esta premisa iba mucho más lejos de lo que jamás había logrado ninguna organización. Pero el CUC apareció en un momento en el que la izquierda de Guatemala y sus partidarios internacionales querían identificar un solo grupo que dijera simplemente eso. La dimensión de las huelgas de 1980 en la costa Sur daba la impresión de una organización más grande. Pero esto no sólo fue trabajo del CUC (participaron organizaciones más antiguas) y nunca se repitieron. Además, la represión no fue la única razón para las derrotas posteriores. Incluso en el contexto proletario de las fincas, el gran problema subestimado era el de la concientización de los trabajadores migratorios del altiplano a los que se suponía que representaba el CUC.

Vicente Menchú como héroe campesino

«¡No seas un Menchú!» –Madre reprendiendo a un hijo rebelde, 1993.

Si el contexto de la finca era difícil, también lo era el de las aldeas del altiplano. Aquí los campesinos eran pequeños propietarios con tendencia a rechazar a los de afuera, a menos que llegaran vía una institución de confianza como la Iglesia Católica. En su relato de 1982, Rigoberta esquiva el problema describiendo a su padre como un trabajador migratorio reducido a la miseria, que combina la conciencia del semiproletariado rural con la del campesino independiente que cultiva tierras nacionales y se defiende de la expropiación. Esto transforma a Vicente en un campesino universal, un símbolo que tiene un atractivo innegable para los campesinos y sus simpatizantes pero que, al igual que todo símbolo poderoso, condensa tanta particularidad que puede ocultar muchas cosas.

No obstante, aun si la vida de Vicente fue muy diferente a cómo la describe su hija, ha venido a representar algo más transcendental, un cambio de conciencia que diecisiete años después de su muerte sigue de manifiesto en toda la población maya. Algo parecido se puede decir de la organización a la que nunca perteneció Vicente, el Comité de Unidad Campesina. Incluso si el CUC empezó como un frente de la guerrilla, aun si tuvo unas bases mucho más reducidas que las que reclamaba, se ha convertido en una instancia legendaria de la lucha, invocada hasta por los etno-nacionalistas mayas, a pesar de que no se llevan bien con la URNG.

Esto merece un comentario acerca de la concientización. Los marxistas solían asumir que inevitablemente la clase obrera tomarían conciencia de su explotación. Los campesinos eran más problemáticos, ya que al ser pequeños propietarios no estaban totalmente desposeídos. Por lo tanto, tendrían que ser liderados por la clase obrera urbana, es decir, por los intelectuales marxistas. Los campesinos indígenas, conscientes de ser un pueblo aparte, resultaban aún más problemáticos. Para comunicarse con los indígenas, la izquierda guatemalteca tomó prestada de la teología de la liberación la doctrina de la concientización. Este fenómeno se expresó en un lenguaje de reciprocidad, en el que los campesinos educaban a sus pedagogos de clase media y viceversa, y contribuyó al surgimiento de nuevas organizaciones de base. Pero este enfoque también implica que la conciencia previa estaba aletargada. Es el método utilizado por los radicales para tapar el vacío entre el reformismo típico de los pobres y su propia agenda de enfrentamiento. En Guatemala el EGP lo convirtió en tapadera para transformar catequistas en cuadros guerrilleros.

El Comité de Unidad Campesina ha dejado de ser uno de los actores principales de la izquierda, pero ahora las imágenes que lo rodean pueden ser más atractivas para los indígenas que en 1980. Parte del crédito de este sorprendente desarrollo se debe al relato que Rigoberta contó en París, no tanto a través del libro (que pocos indígenas han podido leer) como de la transmisión oral. Uno de los temas favoritos de Rigoberta es la toma de conciencia (recordemos que el título completo de su libro es Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia), que ella vincula a la militancia de su familia en el CUC. Aunque su padre y su aldea jamás pertenecieron a la organización, la historia atrae a los indígenas porque expresa sus experiencias como pueblo, siguiendo las líneas de: (1) nos quitaron nuestras tierras, (2) ahora somos más listos y (3) no vamos a permitir que nos lo hagan de nuevo.

Luego que la historia de Rigoberta se hiciera conocida, los campesinos del movimiento popular empezaron a añadir la suya propia, acerca de cómo el propio Vicente había ido a contarles sus experiencias. Uno de estos relatos data de poco después de que Rigoberta contara su testimonio en París, en una de las primeras conferencias en la que fue presentada como un personaje representativo. «Cuando más gente de La Estancia se organizó fue cuando llego Vicente Menchú y uno de sus hijos a refugiarse con nosotros. Ellos contaron cómo vivían allá en el norte. De la miseria y del hambre que eran peor que en La Estancia. Pero lo peor que decían es que allá en el norte de El Quiché ya no se podía vivir por la represión. Que los soldados del ejército se metían a las aldeas y a los pueblos y mataban gente. También se robaban todo lo que la gente tenía y forzaban a las mujeres. Contaba que pasaban cosas horribles y que esa era la guerra. Decía que esa guerra sólo se podía acabar cuando la gente pobre estuviera organizada y peleara por sus derechos. Que así se iba a acabar la guerra, porque el pueblo tiene la verdad y la justicia y el pueblo es la mayor cantidad de la gente. Aprendiendo esas ideas mucha gente se organizó.»{28}

Otra de las historias procede de uno de los pocos fundadores del CUC que sigue vivo y activo en el movimiento popular, un comerciante de Chichicastenango llamado Sebastián Morales. Según Sebastián, dos o tres meses antes de la muerte de Vicente, «llegó directamente a mi casa, porque estaba perseguido, pasó una semana conmigo, dos o tres meses antes de quemar en la embajada. Lo que él me dijo era la historia de él, que tenía sus terrenos, que venía el ejército o las autoridades y lo sacaban de su casa para darlo a un terrateniente. Como ellos no salían de aquí, llegaban a Quiché, al capital, siempre reclamando su derecho.»{29}

¿Es posible que estos relatos sean históricos? Aparte del testimonio de Rigoberta, la historia de La Estancia es la única evidencia que he podido encontrar de que Vicente Menchú estuviera asociado con el CUC. Interpretado literalmente, lo refuta el hecho de que la vida en las abundantes tierras de Chimel no era hambre y miseria, y el ejército no cometió masacres en las aldeas de El Quiché hasta después de la muerte de Vicente. Sin embargo, que la historia esté expresada en hipérboles no significa que Vicente nunca visitara a los catequistas de las aldeas del sur del departamento, especialmente durante los últimos meses de su vida cuando organizó dos delegaciones a la capital. No obstante, si se compara al Vicente de estos relatos con el que recuerdan en Uspantán, el contraste suscita la necesidad de ser cautos, como lo recalca el Vicente que visita Rabinal, Baja Verapaz, en otra historia que ha recogido un investigador.

Según el narrador, un catequista de Rabinal que habló a principios de los años 90, él era de un grupo que había sido concientizado por el padre de Rigoberta. Vicente «leyó una frase de la Biblia que decía que ante la injusticia no nos debíamos quedar de brazos cruzados, que había que intervenir para cambiar esa situación. Así me convencí, con una cosa tan sencilla. Después yo convencía de la misma manera, porque a la gente le gusta oír la verdad». Supuestamente, Vicente también dijo: «Tenemos que organizarnos para poder recibir ayuda de afuera. No importa de donde venga, si es del extranjero, si es del gobierno; lo que importa es que la gente vaya saliendo de esta miseria y eso sólo se logra si trabajamos juntos y aprovechamos los recursos que nos den. Cualquier oportunidad hay que agarrarla, para capacitarse, para proyectos, para construir, para lo que sea. El CUC no puede rechazar lo que venga del gobierno, al contrario, hay que usarlo como se debe, para que se beneficia la gente.»{30} Esta reencarnación de Vicente a duras penas parece la del aislacionista que describe su hija, más bien se refiere a un hombre que está dispuesto a trabajar con el Cuerpo de Paz estadounidense. Entretanto, en El Quiché he oído a otros campesinos que en sus relatos retratan a Vicente o Rigoberta con el uniforme de los combatientes del EGP.

La elasticidad de las historias que hablan de los Menchú muestra que éstos se han convertido en un mito, en el sentido de un modelo a seguir, no en el de algo falso. Según Claude Lévi-Strauss, el mito consiste «en los restos y escombros de hechos históricos dispuestos según una estructura».{31} Si el mito consiste en fórmulas simbólicas para resolver los conflictos, siguiendo una vez más a Lévi-Strauss, ¿cuáles son las contradicciones que encara el mítico Vicente Menchú? Obviamente, el EGP tenía que demostrar que representaba a los campesinos de Guatemala, pero esto sólo explica la razón por la cual emerge un símbolo como Vicente en el movimiento revolucionario, pero no aclara por qué resulta atractivo para un público más amplio. Para los detractores de Uspantán, la imagen de Vicente y su familia como combatientes de la guerrilla permite culparles de la llegada del ejército a Uspantán. Pero la imagen más popular de Vicente, la de organizador del CUC que defiende a su comunidad de los terratenientes ladinos, transciende uno de los dilemas crónicos que enfrentan los mayas: la rivalidad entre ellos mismos, especialmente en cuestión de tierras. Tal y como lo resucita Rigoberta, su padre está por encima de pleitos entre familiares y vecinos puesto que él defiende sus tierras de los finqueros ladinos, no de otros mayas. En la persona de Vicente Menchú, el Comité de Unidad Campesina representa una coyuntura en la que los campesinos superaron sus diferencias y se unieron para defender sus derechos.

Notas

{1} Mi análisis sobre los orígenes del CUC se debe al trabajo de José Manuel Fernández Fernández (1988), Robert Carmack (1988), Arturo Arias (1990) y Yvon Le Bot (1995).

{2} Burgos-Debray 1984: 136-137, 146-147.

{3} Burgos-Debray 1984:114-115, 123-140, 196 (221 Arcoiris)

{4} Burgos-Debray 1984:114 (140-41 Arcoiris)

{5} Burgos-Debray 1984:115

{6} Noticias de Guatemala 1981

{7} Comité de Unidad Campesina 1980:4. Cuando el Comité Pro Justicia y Paz, de base católica, recordó a Vicente como «un héroe y mártir del pueblo cristiano», no hizo referencia alguna al CUC. En vez de ello, lo identificó como un agricultor y catequista de sesenta y tres años que luchaba por un título de tierra y una escuela para su aldea (Comité Pro Justicia y Paz 1980). El primer manifiesto de la organización bautizada en su nombre («Manifiesto de Cristianos Revolucionarios Vicente Menchú») no se refería a él como miembro del CUC, ni tampoco su biografía de enero de 1981 (Centro de Estudios y Publicaciones 1981:147-148).

{8} Miembro fundador: McConahay 1993:4. No fundador: Blanck 1992:31; Menchú y Comité de Unidad Campesina 1992.

{9} Lartigue 1984:342, 298-303

{10} Le Bot 1995:160-179.

{11} Para un testimonio paralelo de un hombre del sur de El Quiché, véase Simon 1987:106-107

{12} Diócesis del Quiché 1994:192-193. Para los antecedentes católicos del CUC, véase también Fernández Fernández 1988.6-8.

{13} Iglesia Guatemalteca en el Exilio 1982:44. Para la relación de los jesuitas con el CUC, véase también Iglesia Guatemalteca en el Exilio 1983:10; Diócesis del Quiché 1994:104-107 y Le Bot 1995:146-152.

{14} Fernández y Fernández 1988:14-15

{15} U.S. Senate Judiciary Committee 1984:233-234.

{16} Chea 1988:249.

{17} Frente Popular, 31 de Enero 1982:17.

{18} Hoyos de Asig 1997:141, 191. Según un intelectual que perteneció al EGP, no logró reclutar mucha gente alrededor de Santa Cruz del Quiché hasta el terremoto de 1976, cuando se incorporaron muchos de los mismos activistas que iniciaron el CUC. «Acción Católica penetró los niveles bajos y medios de la organización (EGP) hasta el punto que tuvo que ser reconocida».

{19} Harnecker (1984:297-303) estaba casada con el jefe de inteligencia cubano Manuel Piñeiro, cuyos deberes incluían entrenamiento, abastecimiento y unificación de los líderes guerrilleros de toda América Latina.

{20} Le Bot 1995:272.

{21} Harnecker 1984:299.

{22} Carmack 1988:56-59.

{23} Por ejemplo, Castañeda 1993:93 y Le Bot 1995.

{24} Hasta la fecha, la mejor descripción de campesinos clamando por tomar las armas proviene de Rabinal, en el departamento de Baja Verapaz, a través de un equipo de antropólogos forenses que exhumaron a víctimas de las masacres. Rabinal es un municipio maya achí con una historia excepcional de participación con la izquierda. Los achís aparecen en las organizaciones de campesinos antes de la invasión de la CIA en 1954, después en las guerrillas ladinas de los sesenta, y en 1976 daban la bienvenida a los delegados del EGP y del futuro CUC. En aquel tiempo, sus medios de vida se vieron amenazados por la subida de las aguas del embalse del Chixoy, que desplazarían a unas tres mil quinientas personas. La historia que rescató el equipo forense comienza con un enfrentamiento entre una aldea amenazada por el embalse y tres miembros de las fuerzas de seguridad. El CUC local decide que necesita armas para protegerse, pero la dirección le disuade con el argumento de que teniendo armas sólo conseguirán convertirse en el blanco de feroces represalias. De todas maneras, los colaboradores locales del ejército comienzan a atacar a los lugareños, de modo que éstos se dirigen al EGP en busca de armas, que el EGP se niega a proporcionar. Finalmente, después del incendio de la embajada de España, un comandante del EGP se reúne con los líderes del CUC local y les autoriza a formar una columna militar si logran conseguir sus propias armas. Para nosotros, el punto importante es que en Rabinal el CUC era un movimiento de base que surgió a partir de una larga historia de descontento campesino. También parece que ellos presionaron para incorporarse al movimiento armado, en vez de ser presionados por los estrategas de la guerrilla (Equipo de Antropología Forense de Guatemala 1995:82-103).

{25} Equipo de Antropología Forense de Guatemala 1995:206.

{26} Entrevista del autor con Gustavo Porras, Ciudad de Guatemala, 20 julio 1994.

{27} Fernández Fernández 1988:35, 38.

{28} Frank y Wheaton 1984:50, que cita una entrevista con Petrona Zapon, y «Martirio y Lucha» de Ricardo Falla (Iglesia Guatemalteca en el Exilio 1982:46). Frank y Wheaton sitúan la llegada de Vicente a La Estancia en 1977, mientras que Falla fecha la misma historia dos años más tarde.

{29} Entrevista del autor con Sebastián Morales, Ciudad de Guatemala, 5 de julio de 1996.

{30} Equipo de Antropología Forense de Guatemala 1995:89, 92-93.

{31} Victoria Bricker (1981:4) citando a Claude Lévi-Strauss (1966:22).

 

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