David Stoll, Rigoberta Menchú y la historia de todos los guatemaltecos pobres
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Capítulo 5

La muerte de Petrocinio

«Mi madre estaba llorando. Miraba a su hijo.» –Me llamo Rigoberta Menchú, pág. 177.

En vista de los problemas que aparecen en el relato de Rigoberta, es posible que los lectores se pregunten si mis fuentes son fiables. Tal vez muchas de las personas que entrevisté tienen motivos para desacreditar a Rigoberta o a su padre. O quizás no les gustaba ser interrogados y me engañaron. Las contradicciones entre mis fuentes de Uspantán serán evidentes en algunos de los capítulos que siguen a continuación. ¿A quién tenemos que creer? Si hay discrepancias, ¿no podrían ser los testimonios que yo reuní tan poco fiables como los de Rigoberta? Quizás lo sean aún menos: Es de suponer que Rigoberta en París gozaba de entera libertad para contar su historia. En Guatemala los campesinos todavía se las tenían que ver con el poder del ejército guatemalteco. Tal vez sea imposible saber la verdad, puesto que el medio es demasiado ambiguo y tiene demasiada carga represiva como para poder dar crédito a una versión en particular.

La pregunta más difícil de responder, y la que se plantea en los próximos cinco capítulos, es en qué medida apoyaron a la guerrilla los campesinos como Vicente Menchú. Afortunadamente, muchos sobrevivientes no enmudecen ante este tema y sus testimonios sugieren ciertas conclusiones, aunque éstas sólo se puedan considerar hipótesis. Las razones que explicarían la colaboración de los campesinos con los insurgentes se pueden resumir en tres: Tal vez los campesinos han sido inspirados por la ideología revolucionaria, es decir, la idea de transformar la sociedad. O tal vez, sin dar mucho crédito a estos sueños, piensan que tienen algo más inmediato que ganar. O tal vez han sido presionados para colaborar con las guerrillas, luego de verse envueltos en un proceso de provocación, represalias y polarización que les obliga a tomar partido.{1}

Los escépticos que dudan que la guerrilla tuviera un gran apoyo prefieren defender el modelo presión-y-polarización. ésta se ha vuelto mi teoría preferida desde que me entrevisté con campesinos en lo que tenía fama de haber sido un bastión de la guerrilla. Muchos ixiles me contaron que se habían sentido atraídos por la visión revolucionaria de una sociedad en la que serían iguales que los ladinos. Pero que sólo comenzaron a unirse a la guerrilla en grandes números después de que las represalias del ejército les obligaran a defenderse.{2} Unos años antes, el EGP había comenzado en secreto un proceso de inducción mediante el establecimiento de una red de colaboradores que no se identificaron ante los vecinos hasta que llegaron las columnas guerrilleras y celebraron un mitin. Poco después de esto, la reacción del ejército revela a la comunidad un hecho consumado: ya estaban todos «quemados», es decir, identificados con la guerrilla. Es cierto que algunos ixiles se unieron por motivos ideológicos o pragmáticos, pero al mismo tiempo hubo fuerzas poderosas que forzaron la militancia de mayor número de campesinos. Cuando el ejército empezó a secuestrar sospechosos, los campesinos sólo podían elegir entre cooperar con uno de los dos bandos, arriesgándose a ser asesinados por el otro, o huir de sus hogares.

Los académicos que se solidarizan con la guerrilla tienden a recalcar la explicación ideológica: que los campesinos se sumaron a la insurgencia porque vieron en ella una vía para combatir la explotación y construir una sociedad mejor. También el movimiento revolucionario se ve así, en términos de la tesis del empobrecimiento. Los campesinos sufren una opresión que cada vez empeora más, lo cual despierta su conciencia y les empuja a abrazar la lucha armada. En realidad, empobrecimiento no es un buen término para describir las condiciones prevalecientes en el altiplano antes de la guerra. Más bien, en comparación con las penurias que recordaban los ancianos, los campesinos percibían ligeros progresos y esperaban que hubiera más en el futuro.{3} No obstante, esto no impidió que hubiera círculos de ixiles, así como de jóvenes aventureros, estudiantes y activistas políticos, que de entrada dieron la bienvenida a los guerrilleros, fuera a causa de agravios específicos (como por ejemplo, el robo de las elecciones) o de frustraciones más complejas, siendo ambas una constante bajo la dictadura militar.

Lo mismo podría aplicarse a Uspantán y Vicente Menchú. Aunque no haya sido el campesino radical perseguido que cuenta la historia de su hija, incluso si fue un hombre relativamente adinerado para su origen, esto no lo descalifica como un posible revolucionario. Al contrario, otros futuros revolucionarios han tenido a menudo cierto éxito antes de chocar con la injusticia. Tal vez Vicente apoyó a la guerrilla no porque él formara parte de los más oprimidos sino porque se identificaba con ellos y pensaba que la lucha armada era la única manera de ayudarlos. Esta sería una reinterpretación razonable de Me llamo Rigoberta Menchú, exceptuando parte del melodrama, que conserva su premisa esencial de un campesinado revolucionario. ¿Pero es cierto? Alternativamente, ¿pudiera ser que Vicente pensara que tenía algo que ganar con los guerrilleros, sin dar mucho crédito a su visión más amplia?¿ O siguiendo el modelo de presión-y-polarización que expuse en el caso de la región ixil, podría haberse visto envuelto por fuerzas que no podía controlar?

En los tres capítulos anteriores, examinamos lo que se podía colegir sobre la situación de Chimel antes de la violencia, sus relaciones con los vecinos ladinos y k'iche's y cómo ocurrieron los primeros asesinatos políticos. Esta es una base esencial para entender cómo reaccionaron Vicente y su gente ante el Ejército Guerrillero de los Pobres. A lo largo de los próximos cinco capítulos, trataré otros episodios y temas claves que se refieren a esta difícil cuestión. Incluyen el asesinato de uno de los hijos de Vicente por el ejército y cómo reaccionó aquel; la muerte del propio Vicente, junto a treinta y cinco personas más, durante una protesta en la Ciudad de Guatemala; su relación con el Comité de Unidad Campesina y con el Ejército Guerrillero de los Pobres; y cómo la violencia destruyó Chimel.

La evidencia en torno a estos temas no escasea. Incluye otros relatos revolucionarios como el de Rigoberta, informes de derechos humanos, artículos de prensa y transcripciones de entrevistas con campesinos disconformes, Vicente incluido. Comprende también mis entrevistas con supervivientes de estos acontecimientos. Puesto que no siempre coinciden, sería aconsejable que estos testimonios no se tomaran ni como hechos establecidos ni como datos dudosos, sino como lo que mi colega Paul Kobrak llama «reconstrucciones de la violencia», expresiones de cómo se ubican las personas a si mismas en relación a un periodo traumático. Esta es una visión de la historia desde la perspectiva de la aldea; a través de los ojos de los campesinos, sus muchas limitaciones sugerirán cómo vivieron la guerra.{4} En cuanto a la objetividad de mis conclusiones, creo que algunos aspectos podrán resolverse por comparación de fuentes, pero otros sólo llevan a escenarios más o menos probables. Si el resultado es más creíble que el relato de Rigoberta, la razón se debe a que abarca un abanico de versiones más amplio, se ocupa de contradicciones que ella no contempla y admite más lo que no se puede establecer.

Para mostrar las ventajas del método, comparemos las versiones contradictorias de cómo murió Petrocinio, el hermano de Rigoberta, en el pueblo de Chajul. En el capítulo más emocionante de Me llamo Rigoberta Menchú, es ahí dónde Rigoberta sitúa el calvario de su hermano menor. En 1979, según su relato, Chimel ya está totalmente organizado y la mayor parte de su familia está escondida. Su padre ha pasado a la clandestinidad en el Comité de Unidad Campesina, mientras que por su parte Rigoberta está organizando en el departamento de Huehuetenango. En Chimel se ha quedado Petrocinio, un muchacho de dieciséis años que presta servicios como secretario de la comunidad. Está de viaje organizando otra aldea cuando le secuestran el 9 de septiembre, después de que un miembro de su comunidad le delata al ejército a cambio de un poco de dinero. En ese momento Petrocinio está acompañado de una joven y de la madre de ésta, ambas arriesgan sus vidas y les siguen a él y a sus captores hasta el destacamento militar, donde otros veinte cautivos han sido sometidos ya a horribles torturas.

La familia Menchú se reúne de inmediato. El ejército anuncia que los guerrilleros que ha capturado serán castigados públicamente en Chajul, y ordena a la población que presencie el espectáculo. Durante toda una noche Rigoberta y su familia se apuran por las montañas. Chajul dista veinticinco kilómetros de Chimel, si el día está claro se divisa su enorme iglesia desde un cerro cercano, pero queda más lejos por los abruptos senderos que serpentean entre un barranco y otro. El más conservador de los tres pueblos ixiles, con pocos ladinos y uso escaso del español, Chajul tiene connotaciones sagradas para los católicos tradicionales. Cada Cuaresma, desde lugares tan distantes como México y El Salvador, miles de peregrinos convergen en su iglesia colonial de muros encalados para venerar a una imagen ampliada de un Cristo que, vacilando bajo el peso de su cruz, mira al cielo con ojos suplicantes.

Los Menchú se suman a la multitud de la plaza justo en el momento en que los soldados arrastran a Petrocinio y los otros prisioneros fuera de un camión militar. Petrocinio tiene la cabeza rapada y llena de cortes; no tiene uñas en los dedos de las manos, ni plantas en los pies, supuran sus heridas infectadas. Un militar arenga a la multitud sobre los peligros del comunismo, luego ordena a los soldados que corten con unas tijeras las ropas de los cautivos, para explicar cómo ha sido infligida cada marca en los cuerpos torturados. Finalmente, el oficial ordena que cada prisionero sea rociado con gasolina. Cuando empezaron a gritar pidiendo clemencia, les prendieron fuego. El horror despierta la cólera del pueblo; muchos alzan sus machetes y avanzan sobre los soldados, que retroceden gritando consignas al ejército y la Patria.{5}

La marcha de las flores blancas

En Ciudad de Guatemala, tratando de rescatar a su hijo, Vicente le describe como el secretario de Chimel. «Él siempre lleva los apuntes de todos esos terrenos que estamos solicitando, tal vez sólo por eso se lo llevaron. Y como él ya sabe leer y todo, a veces habla un poco sobre injusticia»{6} Un encomio católico se refiere a él como un educador de alfabetización en la escuela que su padre y él habían fundado en Chimel.{7} Pero en Uspantán la gente simplemente recuerda a Petrocinio como un joven que acaso había recibido cierta instrucción escolar, no como catequista de la aldea, ni como secretario, ni como organizador. Se presume que fue agarrado porque estaba a mano en un momento en el que su familia acababa de ser culpada de la incursión del EGP a Soch. Su padre le había pedido que fuera a comprar azúcar al mercado semanal, tal vez porque no temía ningún peligro ya que hasta entonces no había sido secuestrado nadie en Chimel. Sucedió el 9 de septiembre de 1979. Descubierto por informantes, había salido del parque y caminaba hacia la aldea de su novia, delante de ésta y de su madre, cuando soldados y vigilantes se le fueron encima, cerca de la capilla del Calvario. Como se oyeron unos disparos, algunos piensan que se resistió y fue herido de bala.

«Sí, es mi hijo», le dijo Vicente a un periodista de la capital cuatro meses después, apenas unos días antes de dirigirse a la embajada española. «Fue el 9 de noviembre, a las tres de la tarde, allí en el pueblo de Uspantán, eso no fue hasta allá en la casa, sino que lo agarraron en la calle... Es que cuando lo agarraron, no estaba yo é sino que otra persona estaba con él y como ya está noviado, entonces iba su novia con él, y la señora también, la mamá de la muchacha. Delante de ellas lo agarraron y lo llevaron al destacamento de Uspantán».{8}

La última vez que fue visto Petrocinio, era llevado a rastras en dirección a la base militar de Xejul, justo al este del pueblo, en la carretera de Alta Verapaz. Cuando visité el lugar, mucho después de que se hubiera ido el ejército, me impresionó lo indefenso que parecía en términos militares. En vez de estar en un montículo, el emplazamiento habitual de un destacamento militar, se encontraba en un bosque bajo, como si no tuvieran que preocuparse de su defensa en caso de ataque. La localización sugiere que sólo se utilizaba como campamento de torturas. Así como las historias acerca de los cadáveres mutilados que se sacaban en camiones para ser arrojados en otro sitio. Se presume que aún quedan víctimas allí, en hoyos que han sido rellenados pero que todavía son visibles entre los árboles. Catorce años después, algunos de los parientes de Petrocinio sospechaban que él todavía estaba allí, en el fondo de uno de estos hoyos.

A pesar de que fueron hombres uniformados los que agarraron al hermano de Rigoberta y las otras víctimas, los oficiales del ejército negaron saber su paradero. El comandante rehusó recibir a las familias, al igual que el comandante de Santa Cruz del Quiché, el ministro del interior y el Presidente Lucas García.{9} Un comunicado del ejército sugiere el grado de denegación que afrontaban los familiares: «Indudablemente, las falsas acusaciones de las que se hace víctima al Ejército de Guatemala, no han de ser más que el producto de las actividades delictivas de grupos subversivos que frecuentemente asesina a sus propios compañeros o colaboradores a los que ya no consideran útiles para sus aviesos propósitos, o bien tratarse de autosecuestro, con los cueles obtienen el mismo fin o jugosas ganancias. El Ejército de Guatemala reitera que está al servicio de la Patria y nunca al servicio de personas en particular... de tal manera que continuará cumpliendo celosamente con su deber constitucional, a fin de no permitir que nuestro sistema democrático sea socavado y menos permitir que el país caiga en manos del comunismo internacional».{10}

Puesto que los comandantes del lugar adoptaban nombres de guerra, en general los uspantanos desconocen su identidad. Pero en ocasiones algún oficial hacía amistades, o su rostro y su nombre aparecieron años más tarde en los periódicos. Tal es el caso de Carlos Roberto Ochoa Ruiz, un capitán que aparentemente era el segundo en jerarquía en Xejul cuando murió Petrocinio y que se fue poco después del fuego en la Embajada de España. Trece años después era un teniente coronel acusado de tráfico de media tonelada de cocaína a Florida.{11}

Hubo dos ocasiones en las que sin lugar a dudas la familia y los vecinos de Rigoberta estuvieron a la altura de su retrato, cuando fueron a la capital, en septiembre de 1977 y en enero de 1980, para protestar por los secuestros del ejército. En la primera ocasión, cincuenta campesinos llegaron a la capital y pasaron la noche en la sede de la Federación de Trabajadores de Guatemala (FTG). A la mañana siguiente, portando flores blancas en señal de sus intenciones pacíficas, entraron en el congreso nacional en pequeños grupos y solicitaron derecho a hablar. Les acompañaban aliados urbanos del FTG, el Frente Estudiantil Revolucionario Robin García (FERG) y el Frente Democrático Contra la Represión, sumando un total de sesenta personas. Los guardias de seguridad les impidieron el paso a la cámara legislativa; diputados hostiles les recriminaron. Eventualmente, los manifestantes fueron conducidos a una sala de conferencias, donde les permitieron hablar.

La delegación no había sido recibida cordialmente, pero al menos atrajo la atención de la prensa. Después la situación se volvió amenazadora. Cientos de soldados y policías antimotines rodearon el edificio. Luego de que los congresistas escoltaran a los manifestantes de vuelta a la sede del FTG, las fuerzas de seguridad también rodearon ese edificio. Cinco estudiantes y sindicalistas que se aventuraron a salir para comprar comida, fueron detenidos por hombres vestidos de civil y fuertemente armados.{12} Una noche después, doscientos manifestantes rompieron el disminuido cordón policial, subieron a los campesinos en camiones y los llevaron a la Universidad de San Carlos, un bastión de la izquierda, desde donde regresaron a Uspantán escoltados por periodistas y líderes estudiantiles.

Los Menchú y sus vecinos no fueron la primera delegación de campesinos que se manifestaba en contra del ejército, pero la prensa estaba tan amordazada durante esos años que sólo gracias a sus aliados urbanos y a la temeraria táctica de tomar el congreso, recibió ésta una atención especial. El discurso que leyeron ante el congreso sugiere que fue escrita por los aliados urbanos de la delegación y no por los propios campesinos, que eran en su mayoría analfabetos. Antes de enumerar las víctimas y de exponer cómo habían sido desoídas sus súplicas de que los pusieran en libertad, la declaración culpa de la represión a los tres hijos de Honorio García y a un pariente político que quieren robarles las tierras. No hace referencia alguna a la presencia del EGP en Uspantán ni al asesinato de Honorio y Eliu Martínez.{13}

En una conferencia de prensa celebrada justo antes de que los campesinos regresaran a Uspantán, varios de ellos expresaron quejas en sus propias palabras. Hablaron de la serie de fuerzas de seguridad que les acosaban, no sólo el ejército y la policía militar móvil sino también la guardia de hacienda (que había pasado de perseguir noctámbulos a secuestrar presuntos guerrilleros) y hasta la guardia forestal, que supuestamente protegía los bosques. Una vez más, no se hizo referencia a los asesinatos de Honorio García y Eliu Martínez, ni al pleito por el camino a San Pablo. Un campesino negó tener vínculos de organización con los estudiantes y también negó que estuvieran en contra del ejército o del gobierno. Sólo deseaban vivir en paz, dijo, cosa que la nunca mencionada guerrilla garantizaba que no habría de suceder. La naturaleza genérica de las quejas sugiere que las particularidades de Uspantán ya habían sido absorbidas por el discurso nacional de izquierdas contra el ejército.{14}

Cómo murió Petrocinio en Chajul

«Botaron los cadáveres desde un camión militar, uno por uno, uno por uno. Creo que habían siete. Los soldados tocaron las campanas y citaron a la gente para decir que los muertos eran guerrilleros. También dijeron que eran de San Miguel Uspantán. Era para darles miedo a la gente, para dar ejemplo, pero la gente solo se puso más brava. Sí, quemaron un cadáver. Pero ya estaba muerto, no estaba vivo.» –Testimonio de Chajul, 1994.

Cuando comencé a visitar Chajul regularmente en 1987, no era difícil escuchar historias sobre la violencia. La gente me contó como el ejército solía colgar del balcón de la municipalidad a los acusados de colaborar con la guerrilla. Generalmente, lo hacían de noche, lo que permitía que los bomberos voluntarios del pueblo bajaran los cadáveres al amanecer, pero no siempre. Después de que soldados y patrulleros civiles cayeran en una emboscada, una mujer fue arrestada por comerciar con el enemigo. Fue sacada al balcón frente a una multitud; allí suplicó clemencia y después pidió una última oportunidad para amamantar a su bebé. Luego de que le dio el pecho, se lo arrebataron de los brazos y la colgaron, al igual que a docenas de otros.

Como indica Rigoberta en su testimonio, no era raro que el ejército humillara y torturara a los cautivos antes de darles muerte, incluso delante de sus familias. Ni tampoco se ignoraba que el ejército quemaba personas vivas, por lo general cuando estaban atrapadas en el interior de sus casas. Pero cuando saqué a relucir el relato de Rigoberta sobre prisioneros quemados vivos en la plaza de Chajul, sólo coseché miradas de asombro. Los lugareños confirmaron que presos de Uspantán habían sido asesinados a principios de la violencia, pero lo que ellos evocaban era algo diferente. Un hombre recordó haber visto cinco o seis cadáveres, vestidos con ropas militares y dotados de escopetas viejas, a un kilómetro de distancia sobre el camino del destacamento militar. Un helicóptero había traído a los hombres antes de que les mataran: el ejército dijo que eran guerrilleros de Uspantán que iban a atacar Chajul.{15}

Para algunos lectores, una exégesis de cómo murió exactamente el hermano de Rigoberta podrá parecerles inútil o ingenuo. Dada la vaguedad de los recuerdos y la traducción de los testimonios de testigos oculares a versiones de segunda mano, no resulta sorprendente que haya interpretaciones contradictorias. Tal vez mis fuentes de Chajul todavía estaban demasiado atemorizadas del ejército guatemalteco como para admitir lo que habían presenciado. Entonces, ¿por qué su versión de los hechos es más creíble que la de Rigoberta? La razón es que poco después una delegación de campesinos, que incluía al padre de Rigoberta, comunicaba la misma versión que los chajules en una segunda ronda de protestas en la capital en enero de 1980.

«El día 6 de diciembre», anunció la delegación, con el apoyo del Frente Democrático Contra la Represión (FDCR), «el Ejército Nacional llevó a Chajul a siete campesinos que tenía secuestrados en Chicamán,{16} los vistió a todos de verde olivo y los obligó a avanzar por el camino que lleva al pueblo. Los soldados estaban escondidos a pocos metros de distancia y dispararon sobre los siete campesinos hasta matarlos a todos. Después de esto, el Ejército Nacional tiró junto a los cadáveres un par de escopetas viejas y sin tiros y empezó a decir que los muertos eran guerrilleros que habían querido asaltar el destacamento de Chajul. Allí tuvieron tirados los cadáveres por muchas horas, hasta que los metieron a todos en dos hoyos en el cementerio de Chajul, después de haber quemado con gasolina uno de los cuerpos».{17}

La construcción de esta versión de los hechos se puede confirmar en una entrevista fascinante que la delegación de Vicente dio en la capital, cinco días antes de la muerte de muchos de sus miembros en la embajada española. Vicente todavía no había aceptado totalmente que su hijo estaba muerto: «No se si están vivos o si ya lo mataron». Después un campesino de Chajul resumió la versión de los hechos de la delegación, exceptuando que los habitantes del pueblo son obligados a presenciar la ejecución de los siete frente a la iglesia. Otros miembros de la delegación insistieron en que los siete hombres habían sido ultimados en la carretera que lleva al pueblo, tal como lo describieron mis fuentes chajulenses una década más tarde, luego los botaron en la plaza para dramatizar una de las arengas antiguerrilleras del ejército. Si la delegación creyó que los siete eran de Uspantán fue porque así lo había dicho el ejército.{18} Los cadáveres nunca fueron identificados con certeza, de ahí las dudas de Vicente con respecto a si su hijo estaba o no entre ellos. Con variantes mínimas, esta es la misma versión de hechos que aparece en los informes de derechos humanos, y a la que Mario Payeras, del EGP, añade que el ejército estaba tomando represalias por una emboscada guerrillera.{19}

En conjunto, el contraste entre el testimonio de Rigoberta y el de todos los demás es insignificante. Excepto por los detalles sensacionalistas, la versión de Rigoberta coincide con las de los otros y se puede considerar real. Está en lo cierto cuando dice que el ejército llevó prisioneros a Chajul, alegó que eran guerrilleros y les dio muerte para intimidar a la población. Aparentemente, uno de ellos era su hermano menor.

El punto importante no es que lo sucedido realmente sea algo diferente a lo que Rigoberta dice que sucedió. La cuestión es que su relato, en éste y en otros episodios críticos, no es el testimonio ocular que ella da a entender. Aunque ella incluye a sus padres, hermanos y a sí misma en la escena, Vicente confesaba ignorar el destino de su hijo poco antes de su propia muerte. Los chajules solo presumían que las siete víctimas eran de Uspantán porque así lo había dicho el ejército. En resumen, no había parientes cerca para identificarlos y Rigoberta tampoco estuvo allí.{20}

Notas

{1} En la literatura académica, éstos se conocen como el modelo de economía moral (Scott 1976), el modelo de campesino racional (Popkin 1979) y el modelo de «conquista por coerción» (Leites y Wolf 1970).

{2} «Report on the Violence in Northern Quiché, Guatemala, by a Parish Priest, Agust 1979 to January 1980» y Polémica 1982.

{3} Compárese con Kobrak 1997:76-77.

{4} Estoy en deuda con Kobrak (1997:9-10, 132) por ilustrar este enfoque en su estudio acerca de la violencia en el municipio awakateko y k'iche' de Aguacatán, Huehuetenango.

{5} Burgos-Debray 1984:172-181.

{6} Transcripción sin título de una entrevista grabada con una delegación de campesinos, 13, pág. 26, enero de 1980.

{7} Comité Pro Justicia y Paz 1980.

{8} Transcripción de una entrevista con una delegación de campesinos, 26 enero de 1980. En un momento anterior de la misma entrevista, Vicente sitúa el secuestro de su hijo el 9 de setiembre, tal como lo corroboran otras fuentes.

{9} «Copia Integral del Discurso Pronunciado en el Congreso de la República», transcripción, 1 pág. , setiembre 1979.

{10} «Dice el Ejército: Campesinos de Uspantán Están Siendo Utilizados», Impacto, 28 setiembre 1979, pág. 2.

{11} Poco después de que la corte constitucional de Guatemala aprobara la extradición de Ochoa a los Estados Unidos, su presidente fue asesinado. El crimen se quiso hacer pasar por un robo de carro, pero la corte revirtió la extradición once días después, con el resultado de que Ochoa sólo podría ser arrestado si entraba en territorio de los Estados Unidos. En 1997 las autoridades guatemaltecas lo arrestaron por otro negocio de cocaína, esta vez en un centro comercial..

{12} «Cien campesinos irrumpieron el Congreso»; Prensa Libre, 27 setiembre 1979, pág. 4, y «Campesinos pidieron a diputados cese de la represión en Uspantán», Impacto, 27 setiembre 1979, pág. 2.

{13} «Copia Integra del Discurso».

{14} «Campesinos de Quiché Procuran Liberación de Secuestrados», Noticias de Guatemala 27, 8 de octubre 1879, págs. 388-391. En una entrevista concedida un día después de la ocupación del congreso, la explicación del grupo –haciendo referencia a que los secuestros eran represalias por negarse a aceptar los abusos de los hijos y el yerno de Honorio– fue interrumpido por un niño de trece años. A diferencia del resto de la delegación, el habló del asesinato de los dos ladinos el día 12 de agosto y de que se le inculpaba a San Pablo. Después de esta declaración, otro orador volvió al tema de que los finqueros se habían quejado al ejército porque los campesinos no aceptaban sus exiguos salarios. En el curso de la misma entrevista, una mujer taciturna identifica a Petrocinio Menchú como su hijo y dice que el ejército se lo llevó de la casa, al contrario que otra persona de la delegación que dice que lo secuestraron del pueblo (Amnistía Internacional 1980)

{15} Víctor Perera (1993:106) cita mis entrevistas de Chajul como su fuente para una versión de la masacre que nunca he oído a nadie. Ningún chajul me dijo jamás que las víctimas habían sido ejecutadas en la plaza, ni que mostraban unas cuantas señales de tortura o que habían visto a Vicente Menchú en la escena, o que no habían visto a Rigoberta. Lo que le dije a Víctor, comentando un borrador de su libro, es que no debía interpretar literalmente la versión de Rigoberta.

{16} Chicamán es un pueblo de mayoría ladina que solía formar parte del municipio de Uspantán. Cuando comenzó la violencia, pasó a ser un municipio independiente que incluye los asentamientos vecinos de Soch y San Pablo. Al parecer el nuevo municipio también incluye gran parte de Chimel, pero los propietarios de este lugar consideran que tanto ellos como su propiedad forman parte de Uspantán. Los k'iche's de San Pablo sientan lo mismo. El límite todavía está por definir.

{17} «Carta Abierta», fechada el 31 de enero de 1980, firmada por «Comunidades campesinas de Chajul, Nebaj, Cotzal y San Miguel Uspantán del Departamento de El Quiché», distribuida por el Frente Democrático contra la Represión el 1 de febrero de 1980.

{18} Transcripción de una entrevista con una delegación de campesinos, 26 de enero de 1980.

{19} La versión de los hechos que los chajules dieron en 1980 y que me reiteraron a finales de los 80 también aparece en Davis y Hodson 1982: 48-49 y en Payeras 1987:49. Solamente Me llamo Rigoberta Menchú sitúa el incidente el 24 de septiembre. Casi todas las otras fuentes lo sitúan el 6 de diciembre. Rigoberta también se presenta como testigo ocular en su testimonio para la Iglesia Guatemalteca en el Exilio (1982:30-40), el Comité Guatemalteco de Unidad Patriótica (n.d.:27-31) y el Tribunal Russell (Jonas et al. 1984:120-125).

{20} Hay otro rasgo del relato de Rigoberta que merece un comentario. Según su versión de los hechos, luego de que el ejército asesina a sus prisioneros, los furiosos espectadores amenazan con machetes a los soldados y les obligan a retirarse. Podría parecer el colmo de la improbabilidad que una multitud logre enfrentarse a los soldados sin ser masacrada. Sin embargo, un incidente parecido ocurrió un poco antes de la matanza de los siete Uspantanos y es posible que los comentarios acerca de éste puedan haber contribuido al de Rigoberta. Dos meses antes de la muerte de Petrocinio, el 18 de octubre de 1979, el Ejército Guerrillero de los Pobres ocupó Chajul y dio un mitín en la plaza. Al día siguiente mataron a tres soldados y llevaron al pueblo sus armas manchadas de sangre. Al igual que el ejército expondría siete cadáveres para dramatizar sus advertencias en contra de la colaboración con la guerrilla, la guerrilla usó las armas ensangrentadas para dramatizar el mensaje de que el pueblo debe organizarse para defenderse del ejército.

Al tercer día, según un sacerdote católico: «una patrulla del ejército ocupó Chajul e inició un registro sistemático, golpeando a la gente y abusando de ella. Cuando se oyó el grito tradicional de los chajules, hombres, mujeres, jóvenes, niños y ancianos salieron de sus casas armados con piedras, palos y machetes y todo el pueblo enfrentó al ejército en la plaza central. Entre los dos grupos estaban los cadáveres de los tres soldados muertos por la guerrilla. Un helicóptero del ejército comenzó a sobrevolar por encima de ambos grupos mientras negociaban. El pueblo exigía que se fuera el ejército y si no lo hacían estaban dispuestos a atacarles. Decían que matarían más de los que podría matar el ejército. Un ciudadano demostró que había sido golpeado por los soldados. El teniente al mando pidió un palo y empezó a golpear al soldado responsable hasta dejarlo medio muerto. La gente volvió a exigir que se fuera el ejército y empezó a empujar a los soldados hasta que salieron del pueblo. Indignados por la situación que habían soportado, decidieron linchar a Pedro Pacheco y Melchor Xinic por colaboradores e informantes del ejército» («Report on the Violence in Northern Quiché, Guatemala, by a Parish Priest, Agust 1979 to January 1980»).

 

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